.
Sherlock Holmes:
Sinfonía
XXIII
Comida con el enfado
Opening: Let Me Be With You - Round Table feat. Nino
Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,
que siempre me inspiran a seguir escribiendo…
John estaba consternado. Saber que Sherlock se había retirado lo removía en alguna parte de su cuerpo; alguna muy remota como para identificarla con facilidad. Se quedó recargado contra la puerta, como pasmado por la noticia. Después de un momento empezó a subir las escaleras.
Sherlock lo esperaba en la entrada a su piso.
—¿Necesitabas hablar algo con él? —preguntó el detective, suspicaz.
—No… es sólo que hacía tiempo que no lo veía —respondió John, un tanto perturbado aún.
»Sherlock, creo que deberíamos hablar.
—Estoy un poco cansado. Espero me entiendas —dijo el detective—. Es más, llegamos hace un par de horas apenas y ni siquiera hemos comido algo. ¿Quieres ir conmigo a un restaurante?
John sacudió la cabeza, tratando de resolver sus propias dudas.
—No, está bien si comemos aquí.
—Con gusto puedo recibirlos en mi mesa —dijo la señora Hudson de pronto.
Al parecer la casera había escuchado parte de la conversación desde la parte baja del edificio. Los miraba justo desde el pie de las escalinatas, como extrañada.
John volteó, un tanto sorprendido.
—Pero…
—No hay peros. Quizás sea una buena oportunidad para presentarlos con Harold. Él me pregunta mucho por ambos, y quizás podamos tener una agradable cena —dijo con amabilidad—. Eso si el señor Holmes no la arruina —agregó con cierto sarcasmo.
El doctor sonrió.
—Sería muy agradable, señora Hudson.
—Gracias, nany —dijo Sherlock, procurando ser amable.
—Bueno, entonces vístanse adecuadamente, por favor —sentenció la casera—. Mi Harold llegará en media hora, así que tienen tiempo. Señor Holmes, quizás deba considerar tomar una ducha.
La señora Hudson se dio media vuelta y se perdió en uno de los cuartos; el del comedor.
Sherlock arrojó una mirada furiosa sobre el lugar en el que había estado la casera; seguramente la hubiera desintegrado si ella hubiera seguido ahí. John se acercó al detective y lo empujó hacia adentro del piso.
—Ya escuchaste a la señora Hudson —dijo John, retomando su habitual papel del hombre de la casa, el más sensato (Holmes, aunque inteligente, perdía el control en presencia de la casera)—. Ve a darte un baño, por favor. Y vístete decente.
Por un momento John había olvidado la molestia que le quedó cuando Lestrade se fue y le dijo que Sherlock se había retirado de su profesión. Ahora tantas cosas tenían sentido en la casa: el orden, la limpieza… incluso las drogas.
—¿Podrías seleccionarme un buen vestuario mientras me baño? —preguntó Sherlock, como un niño pequeño que necesitara esa ayuda.
John lo miró, tan absorbido por la molestia y después tan conmovido por la vulnerabilidad del detective.
Y es que Sherlock tenía algo así como una habilidad especial, una de la que aparentemente sólo John era víctima irrevocable: su mirada. Era capaz de tornar sus ojos color miel en una mirada desoladora, como la de un cachorro abandonado.
El doctor jamás había descifrado si Sherlock era consciente de esa mirada o si era una de esas tantas particularidades bellas de las que gozaba, así como su capacidad de respetar a las mujeres, de hacer lo correcto, de determinar siempre el castigo apropiado en base a cálculos fríos.
John sonrió.
—De acuerdo —dijo, agitando la cabeza.
Sherlock sonrió y se alejó hacia su cuarto para entrar al baño. El doctor lo siguió y caminó por el cuarto hasta el closet. Abrió las puertas del mueble y buscó entre las camisas de Sherlock una en especial; en ese momento no podía pensar en otra que no fuera la favorita de John. La encontró después de dar un segundo recorrido a ellas; la camisa era azul con motas negras, y cuadriculada. Después extrajo un pantalón negro y el saco negro del detective. Tomó uno de los pañuelos y lo puso sobre la cama.
Después John recordó que él no había llevado nada de ropa formal, así que tomó prestado un saco del detective y una camisa. La ropa de Sherlock probablemente le quedaría corta, pero esperaba que fuera suficiente.
En el baño se escuchaba a Sherlock llenando la tina.
John se quitó la camisa.
Sherlock salió unos minutos después, envuelto en una toalla. Le pidió a John que le mostrara lo que había escogido y John se limitó a señalarle lo que había en la cama. Después John entró al baño para ducharse.
—¿Me prestas tu toalla? —dijo antes a Sherlock.
El detective lo miró un poco extrañado, y después se la quitó, dejándole a John una vista completa de su espalda (aún con las cicatrices de haber caído por la rama del árbol), y de sus piernas y su perfecto trasero. John sintió cosquillas en el vientre y después desapareció detrás de la puerta del baño, sin que Sherlock pudiera decir nada.
El sonido del agua al llenar la tina volvió a oírse y Sherlock comenzó a ponerse lo que John le había escogido.
Sin embargo, cuando John salió del baño con la toalla para cubrirlo, soltó ésta al ver que Sherlock se había vestido con la ropa que John escogió para sí mismo.
Sherlock se quedó boquiabierto contemplando a John, un tanto confundido por su actitud.
—¿Estás presumiendo algo? —preguntó el detective, sonriente—. O… ¿me estás ofreciendo algo?
Tenía las cejas arrugadas y John no pareció entender. Sin embargo cuando lo hizo se agachó y se colocó la toalla al frente, no sin antes sonrojarse completamente. El doctor no hizo comentario alguno respecto a la ropa.
De modo que John se vistió con su ropa favorita de Sherlock.
Ambos bajaron al cabo de veinte minutos. El doctor bajó primero y Sherlock lo siguió. Cuando estaban a medio camino hasta la planta baja, el detective detuvo a John y lo hizo darse media vuelta en los escalones. Como Sherlock estaba un escalón arriba de John, ambos parecían de la misma estatura.
El detective acomodó con cuidado el pelo de su amigo.
—Perfecto. Te ves muy guapo, Johnny.
El efecto que esas palabras tuvieron en el doctor fue más grande de lo que hubiera imaginado. Por un momento perdió el equilibrio y casi se cae, pero el Sherlock lo detuvo con sus brazos. Después John se puso aún más enrojecido por el rubor, y desvió la mirada; lo que fuera con tal de evitar los ojos de Sherlock.
John carraspeó.
—Gracias —dijo, y se dio la vuelta para seguir bajando.
Ambos llegaron al comedor al cabo de un momento.
La señora Hudson ya los esperaba con una mesa preparada; Harold también estaba ahí. Era un hombre regordete y bonachón. Se veía muy agradable, y tenía la apariencia de que sería un gran abuelo en alguna etapa de su vida.
Todos se saludaron, y el hombre pareció más que satisfecho por tener la oportunidad de compartir la mesa con tan distinguidas personalidades: el mejor detective del mundo y su compañero y amigo, el doctor John Watson.
La señora Hudson llevó muy bien la comida, sentó a Harold en un extremo de la mesa rectangular mientras ella se sentaba en el otro, y a John y a Sherlock los sentó en los laterales, frente a frente.
Al principio comenzaron un una taza de café y de aperitivos cubitos de piña con una delgadísima capa de jamón.
Harold les pidió a los otros hombres que les relatara alguna de sus aventuras, la que fuera; moría por escuchar sus hazañas de sus propios labios, así que ni Sherlock ni John repararon en comenzar a contar el caso de los Baskerville.
—Recuerdo que John estaba totalmente pálido cuando escuchó el aullido y volteó a verme en contra de la luna —rio Sherlock, y esto pareció divertir a sus anfitriones.
John se sentía extraño recordando todo aquello, porque de pronto parecía todo tan lejano.
Poco después, cuando el detective terminó la historia, la señora Hudson empezó a servir el asado de cerdo con papas hervidas, acompañado de una ensalada y de una manzana asada. El platillo fue delicioso, y ninguno dejó de comer una vez que empezó, salvo para hacer un halago a alguna parte del sabor o para recomendar alguna pieza.
Después del platillo principal la señora Hudson acarreó pequeñas tazas de natilla de vainilla para todos.
—La hice personalmente, claro —comentó la mujer.
—Entonces sabemos que será exquisita —respondió Harold, que tenía una sorprendente química con la casera.
—¡Oh, y vaya que lo está! —exclamó John, que ya había dado la primera cucharada a su postre.
Sherlock probó también, y le pareció deliciosa.
—Qué increíble sabor —dijo, y la señora Hudson no pudo evitar sonrojarse un poco.
—Y díganme —comentó Harold, que devoraba su natilla con avidez—, ¿volverán a resolver casos? Supongo que por eso está aquí, señor Watson. Estoy seguro de que se enteró que Holmes se había retirado y no pudo permitirlo.
El hombre rió con satisfacción. Para John fue como una paleada, como si el hombre hubiera examinado perfectamente la situación y hubiera tocado exactamente el lugar donde la herida dolía más. Pero claro, era imposible, nadie había hecho comentario alguno al respecto, y John era el único que asociaba el comentario del hombre con su propia ira.
Sherlock no pareció notarlo, así que sonrió, pero no apartó la vista de la reacción que John tendría.
—No sabía que Sherlock se había retirado —comentó John con naturalidad.
"Lo sabía", entendió el detective, lo que no entendió fue cómo lo sabía.
—Pensé que seguía resolviendo casos y ayudando a la gente —siguió el doctor.
"De verdad creyó que continuaría sin él", supo Sherlock, examinando sus gestos.
—Si lo hubiera sabido, yo… yo…
"No sabe qué hubiera hecho."
De pronto el puño de John se comprimió con fuerza, y Sherlock se extrañó de la respuesta violenta que estaba teniendo. Estaba molesto, sin duda.
—Johnny —dijo Sherlock, tendiendo la mano hacia la del doctor cuando éste trataba de explicar la importancia del trabajo de Sherlock y por qué no podía tomar ese tipo de decisiones tan a la ligera.
—¿Qué quieres? —respondió el otro furioso.
El detective se echó hacia atrás, sorprendido. Lo mismo que la señora Hudson.
—Lo lamento —dijo John, cuando reparó en la manera en que había reaccionado—. Lo siento. —dijo, buscando una manera para quitarse de ahí, y al no encontrarla se puso de pie súbitamente y corrió hacia las escaleras y hacia el piso.
El señor Harold también parecía muy extrañado, incluso había soltado la cuchara y había dejado de comer la natilla. La señora Hudson tenía la mano sobre el pecho, como si se hubiera llevado un gran susto.
—¿Qué le hizo, señor Holmes? —preguntó la mujer.
La misma pregunta se hizo Sherlock.
—Mejor voy a verlo —dijo el detective, y se levantó de la mesa—. Con permiso.
Subió con calma las escaleras, tratando de encontrar en el comportamiento de su amigo algo que lo ayudara a entender su reacción.
Llegó arriba y abrió la puerta.
John estaba de pie hacia la ventana, sin hacer nada más que ver a la gente yendo de un lado a otro en las calles.
—¿Ocurre algo? —preguntó Sherlock, pero no recibió respuestas.
El detective cerró la puerta detrás de él, avanzó unos pasos y se puso detrás de John.
—¿Por qué no me dijiste que te habías retirado? —preguntó el doctor con calma.
Sherlock hizo una mueca y después respiró hondo.
—Si puedo ser sincero contigo te diré que no esperaba que te importada; tú te habías ido y ahora todo era responsabilidad mía… preferí dejarlo.
—Pero tú no eres así.
—¿Cómo?
—No renuncias —John se dio la vuelta—. Tampoco eres limpio —dijo, señalando al resto del cuarto—. Ni ordenado… no eres nada de esto en lo que te convertiste.
—Quizás no lo era contigo a ti. Cuando estabas conmigo todo tenía sentido…
Sherlock sonrió, y después sonrió más porque comprendió la importancia de lo que acababa de decir.
—Ya te lo dije… eres lo más importante que tengo —le explicó a John; si ya había dicho lo primero, qué importancia tenía decir eso.
—¿Por qué? —quiso saber John, con seriedad en el rostro.
—Yo… no lo sé.
—Trata de ponerlo en palabras, por favor —suplicó el doctor.
Sherlock trató, pero no fue capaz.
—¿Por qué es tan importante? —preguntó el detective.
—Necesito saberlo.
—Yo… supongo que… yo… te quiero mucho.
John se adelantó dos pasos hasta quedar frente a Sherlock, apenas separados por un palmo. Miró los ojos color miel de su amigo, y encontró en ellos una tranquilidad desorbitante.
Sujetó a Sherlock por la barbilla.
Y lo besó.
Ending: America de Imagine Dragons
Sígueme: Gyllenhaal1
¡Hola!
El opening fue recomendación de una de mis lectoras. Me hizo recordar mi época otaku. Jeje. Gracias, Chiara!
Bueno, sin querer la relación avanzó otro poco. Es algo complicado que la relación se vaya dando en medio del caso que estos dos enfrentan, pero espero hacerlo de forma equilibrada.
Muchas gracias a todas por sus reviews. Sé que hay más gente que lee este fic y que no deja reviews, ojalá pudieran hacerlo.
Saludos a todas.
:)
Abrazos
