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Sherlock Holmes:
Sinfonía
XXVII
Yo entregué a John
Opening: Sooner or Later de Mat Kearney
Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,
que siempre me inspiran a seguir escribiendo…
Lestrade miró fijamente a John.
Para el doctor todo el mundo se detuvo. Incluso el bullicio dentro de la cafetería. El cielo oscuro, el viento. Todo.
Las palabras resonaron en su cabeza como en un eco disperso, ininteligible.
"¿Qué?", se decía.
—Tienes que irte de Londres —le dijo Lestrade—. Mary corre peligro, encontré un rastro. Ella fue trasladada a Estados Unidos, en un embarque comercial. Cuando llegue allá estará por completo a merced de su secuestrador; Holmes no te lo dijo pero el secuestro se le salió de las manos al tal Balthazar: el hombre que mandó a secuestrar a Mary huyó con ella.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó John, consternado.
—Hablé con Holmes hace un rato, ¿recuerdas? Le compartí el archivo en el que mis ayudantes resolvieron eso; varias personas reportaron haber visto a la señora Watson subir contra su voluntad al barco, y además de eso… —Lestrade pareció pensarlo demasiado—. No quería decírtelo así, pero Balthazar halló un modo de filtrarse en el archivo policiaco y dejó una nota en tu expediente; ¿por qué? No lo sé, Holmes leyó la nota y después la vi: decía "La mujer está fuera de mi alcance, haga lo que pueda por encontrarla a ella o por detenerme a mí." Holmes fue claro, ya sabes cómo es: arrogante, terco, se encapricha en cuanto alguien se mete en su camino. Decidió seguir a Balthazar y dejar a Mary de lado.
John estaba incrédulo. Parpadeaba repetidamente para tratar de ahuyentar las dudas. Pero la furia se encargaba de él y lo zarandeaba como un zorro a un conejo.
Lestrade vio la ira reflejada en los ojos de John, y se encogió.
—Hay algo más que debes saber —dijo Lestrade.
—¿Más? —exclamó John un tanto sorprendido.
—Sí… está la cuestión de que Holmes recibió una invitación para esta noche… una invitación de parte de Balthazar… —explicó—. Ya que tú conoces mejor a Holmes debes saber que aceptó ir… Le encanta arriesgarse. Si no lo encuentras hoy en casa es porque está haciendo de las suyas en lugar de buscar a Mary… si no llega esta noche, John… Tengo que decírtelo, será porque se ha cegado, y no le importas en absoluto.
John parpadeó varias veces. No lograba entender la pastosidad en las palabras de Lestrade. Quizás quería decir que si Sherlock no llegaba esa noche, eso sería una señal clara de que a Sherlock no le importaba nada más que sí mismo.
Los recuerdos de las drogas invadieron a John.
Y luego…
"Quizá sí. Quizá sí me estoy enamorando de ti."
—Lamento haberte dicho todo esto —dijo Lestrade, y lo sacó de su ensimismamiento.
—Está bien —dijo John.
—Disculpa…
—Dije que está bien.
Lestrade se quedó callado, sin poder argumentar nada.
—Debo irme —dijo John, antes de que el otro pudiera añadir algo.
—Entiendo.
—Me iré a Estados Unidos. Iré a buscar a mi esposa —dijo—. Tengo que encontrarla… Sherlock puede quedarse a jugar como un niño si quiere, yo tengo esta responsabilidad.
—Lo sé… —dijo Lestrade. Se mordía el labio y parecía bastante contrariado—. Pero prométeme que tendrás mucho cuidado.
John no se molestó en hacer promesas. Se puso de pie de inmediato y dio la media vuelta para perderse en el callejón oscuro y más tarde en el centro de la ciudad. Si había un lugar al que necesitaba llegar urgentemente, ese era el Támesis; sólo ahí podría encontrar una forma de llegar a un buen puerto que lo trasladara a Estados Unidos. En su cabeza se maquinaba una estrategia para llegar cuanto antes.
Arribó al Támesis en un coche alquilado. Ahí consultó a cada uno de los pequeños barqueros acerca del costo de llevarlo a un buen puerto. El precio era bastante elevado, pero dado que él pedía que fuera a primera hora del día siguiente, creyó que no tenía por qué poner exigencias.
Le pagó a un hombre, uno que le recordó mucho al caso de la marca de los cuatro.
Después John tomó el coche de regreso a casa.
Cuando abrió la puerta vio que, tal como había dicho Lestrade, Sherlock no estaba. Esperó durante toda la noche pero el detective no llegó. El sol empezaba a anunciarse, y entonces tomó una nota y escribió "Eres un vil mentiroso. Quizás recordabas lo que me dijiste hace dos noches, como si necesitara más cosas en mi cabeza que tus problemas existenciales y tus gustos retorcidos. Imbécil."
Releyó la nota una sola vez. Cuando escribió "gustos retorcidos" se refería a la forma en que Sherlock trataba a las personas en general; a su egocentrismo y todo eso. Pero la frase tomaba otro sentido cuando recordaba el beso y sus palabras. Y era demasiado ofensivo.
John tomó la nota, la rompió en dos y después la tiró a la chimenea. No se molestó en ver dónde cayó, porque dio por hecho que ni siquiera Sherlock Holmes pensaría en que John dejaría una nota.
Salió temprano de casa, antes de que el sol hiciera aparición pero cuando ya aclaraba el cielo. Previamente había arreglado su maletín con sus cosas. Se dirigió al Támesis y abordó el bote que lo llevaría al puerto.
El conductor lo miró con recelo; John indudablemente parecía un hombre que poco tuviera que ver con aventuras, era más bien elegante, con la apariencia de cualquier caballero. Sólo la pierna herida lo hacía resaltar de eso.
La barcaza desembarcó justo cuando el sol salía e iluminaba las lejanas colinas.
John iba decidido a recuperar a Mary.
Cuando Sherlock Holmes entró a la calle Baker eran las 10 de la mañana.
La oferta había sido demasiado clara por parte de Balthazar: el cuerpo de Sherlock a cambio de no lastimar a nadie. Balthazar había cumplido y la calle Baker estaba intacta; había evitado la detonación de la bomba, donde quiera que estuviese.
¿Cómo?
Aceptando el trato, por supuesto. ¿Y qué hizo Balthazar? Tocó el rostro de Sherlock con un hambre mordaz, removió su saco y se montó sobre Sherlock en la silla del restaurante. Rompió su camisa y dejó al descubierto su pecho. Lo tocó con su mejilla y sintió el calor del detective… y su corazón.
—Vaya que tiene uno —dijo Balthazar.
Sherlock se sentía torpe. Evitaba mirar al hombre a la cara. Si iba más allá no había modo de saber cómo reaccionaría.
Balthazar olfateaba el pecho de Sherlock, se acurrucaba en él, lo lamía, y buscó en él cierto refugio que no fue capaz de hallar.
Después de un momento Balthazar simplemente se recostó contra Sherlock.
—Usted no es a quien necesito, detective —dijo—. Yo quiero hacer esto por primera y última vez con sólo una persona.
—¿Con John? —preguntó Sherlock, cuando recobró el dominio de sí mismo.
—Así es… el buen doctor sí que despierta mis bajos instintos. Moriría por hacerle cosas que usted ni imagina.
De pronto el cuerpo de Sherlock se tensó.
—No —dijo.
Balthazar sonrió y levantó la cara para mirar a Sherlock.
—¿Que no? ¿Por qué? —preguntó, sonriente.
—Porque John no es juguete de nadie.
—Si su esposa lo ha manoseado y ha disfrutado de ese cuerpo, ¿por qué yo no? —Las manos de Balthazar se apretaron con fuerza sobre los brazos de Sherlock, provocándole dolor—. Esa sucia, pérfida, zorra mujer ha tenido el placer de probar el sabor de nuestro doctor, ¿y por qué, Holmes? ¿Por qué? ¡Porque usted se lo permitió! —le dio una bofetada de lleno a Sherlock.
El detective permaneció inmóvil, comprometido con su parte del trato.
—John eligió, y yo no tenía ningún derecho a aislarlo de sí mismo.
—¡Lo entregaste a una prostituta cualquiera! —exclamó Balthazar y le dio otra bofetada.
Sherlock se quedó con el rostro recargado sobre su hombro, negándose a mirar fijamente a Balthazar.
—Mary no es una prostituta…
Otra bofetada.
—¡Lo es!
—No…
—¡Lo es! —exclamó con furia desenfrenada.
—No…
Una bofetada más. La ira fue tal que Balthazar se puso de pie, caminó hacia la escalera y llamó a un mesero. Hasta entonces Sherlock comprendió que no era un mesero cualquiera del establecimiento, sino alguien que trabajaba para Balthazar.
El mesero bajó por las escaleras pero subió casi de inmediato, con una soga en sus manos. Amarró hábilmente a Sherlock a la silla, asegurando sus manos y sus pies; incluso para el detective hubiera resultado imposible liberarse… si lo hubiera intentado. El ayudante de Balthazar aseguró también el cuello de Sherlock, dejando apenas el espacio suficiente para que el detective tragara saliva.
—¿Se siente igual de libre que el doctor cuando lo dejó ir? —preguntó Balthazar, ahuyentando a su secuaz.
—Yo sólo no estoy de acuerdo con lo que dijo de Mary… por lo demás estoy de acuerdo: yo entregué a John, yo lo dejé ir… Yo permití que Mary fuera quien probara sus habilidades como amante, porque si yo hubiera querido impedir ese matrimonio lo habría podido hacer.
Balthazar se agachó lentamente y desabrochó el cinturón de Sherlock. Luego lo sacó.
—Al menos lo admite —dijo, y después, sin que Sherlock pudiera anticiparlo dirigió un golpe con el cinturón a toda velocidad hacia el rostro del detective, dejándole una herida debajo del ojo—. Cómo pude contemplar siquiera la idea de hacerlo con usted…
—¿Hacer qué? —preguntó Sherlock.
—De entregarle mi virginidad, por supuesto. Pensé que si lo hacía con usted entonces estaría más que listo para el doctor. Y el doctor sería sólo mío y entonces podría hacerle todo lo que yo quisiera… Sólo necesitaba saber si usted soportaba todo lo que tengo reservado para él, ¿lo ve?: incluso iba a compartir algunas fantasías con usted…
—¿Qué le quiere hacer? —preguntó Sherlock, un tanto molesto.
Balthazar volvió a sentarse con las piernas abiertas sobre Sherlock. Se acercó a sus labios y les habló:
—Es un secreto —dijo suavemente, después Balthazar deslizó una de sus manos hacia la entrepierna del detective y apretó con una fuerza soportable—. Pero puedo asegurarle, detective, que después de que yo haya terminado con él, entonces nadie podrá jamás estar con él. Y eso no es todo —apretó un poco más—, si lo que hagamos no me complace y no es lo que he estado buscando durante toda mi vida, entonces lo mataré lentamente…
—Si lo amas no deberías querer matarlo —dijo Sherlock con convicción.
—Oh… quizás debería comérmelo, entonces —dijo, y lengüeteó el pecho de Sherlock hasta mordisquear uno de sus pezones.
Sherlock exclamó algo entre el dolor y un gemido similar al placer. Intentó apartarse, pero estaba amarrado.
—Recuerde que sólo si se queda quieto todo estará bien en Baker Street, de lo contrario… Quizás ni siquiera encuentre la calle.
Sólo ante la amenaza Sherlock pudo guardar compostura.
—No reacciona, ¿eh? —dijo Balthazar, notando que la entrepierna del detective no tenía actividad—. ¿Y qué si hago esto? —Desvió su mano un poco más abajo, hacia la abertura de Sherlock y oprimió con cierta fuerza.
—No… —musitó el detective.
A Balthazar aquello no le gustó, y volvió a darle una bofetada al detective.
Se puso de pie y caminó hasta quedar detrás de Sherlock.
—¿Entonces esto? —dijo, y jaló con fuerza la cuerda que tenía en el cuello. Sherlock se quedó sin respiración por unos segundos—. ¿No me diga que eso no le gusta? Porque a mí me fascina su gemido…
Volvió a jalar.
Sherlock casi se ahoga.
Entonces Balthazar tiró la silla, con todo y Sherlock, y bajó por las escaleras.
Al cabo de un rato fue el mesero el que subió.
—El señor ordenó que se quede ahí toda la noche —dijo, inexpresivo.
—De acuerdo —dijo Sherlock.
Y así lo hizo. Cuando el sol ya había salido el mesero comenzó a desatar a Sherlock.
—Ya puede irse —dijo.
El detective se encaminó hacia su hogar, en espera de que John aún estuviera ahí.
Ending: "Pompeii" de Bastille
Saludos a todas, espero que les haya gustado.
No olviden dejar sus reviews porque son siempre muy útiles y beneficiosos para la inspiración de cualquier escritor. Muchas ganas de antemano por ellos.
Anunció que quizás falte poco para el final, no lo sé aún. Quizás cinco o diez capis más.
