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Sherlock Holmes:
Sinfonía
XXIX
El viaje casi termina
Opening: Seventeen de Stone cold fox
Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,
que siempre me inspiran a seguir escribiendo…
John estaba ya en un barco. Un inmenso distribuidor de telas de satín que también trasladaba una preciosa colección de pinturas próxima a ser entregada al gobierno de Estados Unidos como un regalo de parte de la reina.
El doctor estaba en la popa, observando la inmensidad del océano que se quedaba atrás. Una inmensa distancia que se estaba formando entre él y Londres, entre él y su casa… entre él y Sherlock. Momentáneamente sintió un mareo que nada tenía que ver con la corriente del mar meciendo el barco. Era una especie de arrepentimiento que anidó en su estómago y que ahora lo sacudía como a un péndulo; eso pasaba siempre que pensaba en Sherlock.
Después de unas horas en altamar había comenzado a reevaluar los motivos que lo llevaron ahí: que Lestrade le dijera todas esas cosas respecto a que Sherlock sabía todo y que habría podido detener el circo de Balthazar desde hace mucho. Parecía tan poco probable por la forma en que Sherlock se dedicó a resolver el caso, por la forma en que Sherlock procuraba a John y lo protegía. Por supuesto no era la primera vez que Sherlock le ocultaba información a John para lograr desentrañar un caso; en el caso de los Baskerville pasó lo mismo. El detective había acampado en los terrenos que circundaban la gran mansión Baskerville, y le hacía creer a John que estaba solo, únicamente para ver de qué forma se desarrollaban las cosas.
Esto, sin embargo, era un tanto diferente.
Sherlock había probado ser un egoísta sin remedio, salvo, quizás, cuando se trataba de la seguridad de John… Era un egoísta, no obstante, y esa premisa bastaba para tomar por verídicas todas las palabras de Lestrade. Además, era Lestrade quien se lo había dicho, y no había razones para desconfiar de él. ¿Entonces por qué John tenía la sensación de que había caído en una trampa?
Sacudió la cabeza para despejar las dudas que se habían apoderado de ella. Se recargó sobre los barandales y observó con atención el flujo del agua y la espuma que el barco dejaba a su paso.
Entonces pensó en algo aún más importante. El beso que él le dio a Sherlock. ¿Por qué lo había hecho?, se preguntó una vez más, y, al igual que las otras veces en que se había hecho esa pregunta, la respuesta fue: porque lo prometí.
Y sabía que era una mentira total, pero bastaba para calmar sus inquietudes y sus miedos.
John escuchó que alguien se aproximaba, pero no se molestó en voltear a ver quién era.
Irene Addler se recargó sobre el barandal, al lado de John.
—Es agradable volver a verlo, doctor —comentó la mujer.
El doctor hizo el mismo caso que anteriormente, desvió la mirada.
—Es bueno que esté viva, así Sherlock se sentirá más tranquilo.
Irene sonrió.
—No me diga que está celoso.
Sólo entonces John reparó en todas las cosas que él mismo decía y se sintió avergonzado. De pronto entendía por qué la gente los señalaba como a una pareja.
—Me refiero a que así me dejará en paz —dijo, y volteó a ver a Irene. Ella lucía igual que siempre, arreglada, demasiado hermosa como para no llamar la atención; pero John sabía muy bien que debajo de ese disfraz estaba un arma mortal.
Irene llevaba un parasol, pequeño y con un bordado de rosas. Se veía bastante femenino en comparación con lo que ella usaba comúnmente. Eso hizo pensar a John que quizás estaba de incógnito en alguna especie de misión.
—¿Qué hace aquí? —preguntó John, sin ánimos de ser cortés.
—Bueno, estoy siguiéndolo a usted—admitió ella.
—¿Por qué? —dijo John, arrugando el ceño y dando su atención a las palabras de Irene.
—No se preocupe. No es nada grave o malo en lo absoluto. Es simplemente que… temo por usted. Y sé que es muy importante para Holmes que usted esté a salvo… Así que…
John se dio media vuelta.
—Deje de preocuparse por mí y por Sherlock, en lo que a mí respecta puede ir a cuidarlo solamente a él. Así quizás nos ahorraríamos tantos viajes y tanto embrollo.
Irene sonrió.
—Es amor incondicional lo que siente, es hermoso —dijo.
—Por favor, cállese. No quiero saber nada de él.
La mujer retrocedió un paso.
—Sé en dónde está su esposa, doctor —dijo.
Eso bastó para atraer la atención de John.
—¿En dónde?
—Justo adonde lo lleva este barco —dijo Irene.
—¿Qué? ¿Está tomándome el pelo?
—Sería incapaz. Sin embargo… Ella no está sola. La tienen bien resguardada en uno de los almacenes. Es todo lo que puedo decirte.
—Por favor, dime en cuál almacén.
—No, en serio, es todo lo que puedo decirte —dijo Irene con ironía—, porque es todo lo que sé.
—¿Qué tan confiable es esta información?
—Tratándose de Balthazar… nada. Con él siempre hay que estar atento a todo —Irene se acercó a John—. Este barco, por ejemplo, fue embarcado en el momento en el que lo necesitabas. Sí, él es capaz de comprar una colección de pinturas y mandarla como un regalo a Estados Unidos. Que tú y yo estemos hablando en estos momentos sucede sólo porque él lo permite; de lo contrario ya estaría yo en medio del océano.
El doctor miró hacia el mar. Era inmenso. Probablemente Irene tuviera razón. Todo era un completo caos y él estaba en el medio de todo eso. No era más que una pieza en un tonto tablero. En un estúpido juego de egos entre Sherlock y Balthazar.
—Se supone que nuestro querido amigo viene también en camino. A poco más de dos horas de diferencia tal vez —dijo ella, mirando al horizonte—. ¿Lo esperará, doctor? ¿O se enfrentará usted en solitario a Balthazar?
—Iré a rescatar a mi esposa, esa es mi prioridad —respondió John de forma tajante.
—Entonces lo acompañaré, doctor.
El viaje se prolongó durante tres días más, en los que John tuvo la oportunidad de hablar un poco con Irene; regularmente la evitaba, pero ella era una ladrona experimentada, y siempre encontraba un modo de acorralarlo, ya fuera a la salida del baño, o en la comida, o mientras John se decidía a dar un paseo por la proa del barco.
Hablaron tranquilamente de muchas cosas, de forma pausada; en realidad a John le llevó un gran rato acostumbrarse a charlar con Irene.
—¿Cómo sobreviviste? —preguntó John el segundo día.
—Moriarty pudo ser un gran enemigo, pero yo jamás fui desleal, y jamás desobedecí. Él me tomó por un estorbo, sólo eso. Así que decidió utilizarme. Él sabía que yo tengo ciertos sentimientos por Holmes, y quizás pensó en utilizarlos para desequilibrar a nuestro amigo… Moriarty pudo ser terrible, pero tenía cierto nivel de moralidad… bueno, muy limitado diría yo.
La mañana del tercer día a John lo despertaron los gritos de los tripulantes, todos festejaban haber visto tierra, y estaban felices por haber llegado a salvo. John se alistó. Subió a popa y desde allí divisó cómo la masa de tierra comenzaba a hacerse cada vez más grande mientras ellos se acercaban.
El corazón de John latía apresuradamente, y su pecho se comprimía de tal forma que llegó pensar que estaba sufriendo un ataque al corazón. Entonces apretó el barandal del barco mientras miraba desafiante al horizonte.
Irene apareció atrás de él y lo tomó por la mano con la que apretaba el barandal.
—Es nuestro turno de entrar en el juego —dijo ella.
—Gracias —dijo él.
El silbato principal del barco comenzó a sonar, indicando que la velocidad empezaría a disminuir pronto.
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Para Sherlock el viaje fue un tanto más tranquilo. Durmió la mayoría del transcurso del camino.
Ocasionalmente se levantaba de la cama para sanar las heridas que tenía en la mejilla izquierda y para untarse un poco de pomada en los moretones de los brazos. Había un tema respecto a todo el caso que no había logrado deducir del todo; ¿qué había sido aquel aullido que John escuchó en Cheste? Entendió, claro que entendió, que era una especie de regreso al caso de los Baskerville que tenía el único propósito de hacer desesperar a John, pero ¿cómo fue posible? Que alguien se hubiera plantado al pie de la ventana de John sólo para aullar parecía tan ilógico, tan improbable; tan irreal.
El corazón le dio un vuelco a Sherlock cuando el barco anunció que estaba por arribar. John ya tenía algunas horas en esas tierras, y Sherlock no estaba convencido de poder seguirle las pistas hasta alcanzarlo. Sólo esperaba que pudiera encontrarlo él antes que Balthazar, de lo contrario todo sería… un desastre.
Descendió del barco antes que los demás tripulantes; no llevaba nada salvo un revólver que compró en el puerto antes de zarpar y su pipa, a la que se le había acabado el tabaco.
Sherlock inspeccionó el muelle con la tonta idea de que encontraría alguna señal; pero el muelle era usado por todas las personas que bajaban de los barcos, así que había menos que pocas probabilidades de encontrar algo. Por un momento Sherlock se quedó allí de pie, sin hacer nada, preguntándose qué debía hacer a continuación. Ir a un país sin noción alguna de por dónde tenía que empezar había sido un error garrafal sin duda, pero, ¿qué otra cosa hubiera podido hacer?
Entonces sopló el viento, en una fuerte ventisca que arremolinó su gabardina y que por poco se lleva su sombrero.
El ruido de algo ondeando llamó la atención de Sherlock.
Volteó hacia un poste frente al muelle, en donde había una pequeña banderilla izada.
La banderilla decía:
"202".
Y entonces Sherlock supo exactamente hacia dónde dirigirse. Empezó a caminar. Todo terminaría pronto, pensó.
Ending: Things we lost in the flames de Bastille
Hola! Aquí les entrego el siguiente capítulo, espero que les guste tanto como a mí al escribirlo.
Saludos!
