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Sherlock Holmes:

Sinfonía

XXX

¿Recuerdas a Susa?


Opening:Of The Night de Bastille


Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,

que siempre me inspiran a seguir escribiendo…


Se movió a través de un lugar que no conocía. Estaba exhausto porque no pudo conciliar el sueño la noche anterior. Sin embargo se dio ánimos, se dio fuerza. Se repitió a sí mismo que debía tener la determinación para seguir.

Irene tomó su mano. Qué extraño que ella fuera el apoyo para él, John Watson, en ese momento de incertidumbre.

Se abrieron paso a través de la multitud.

—¿Hacia dónde? —pregunta John.

—Le dije que no sé —dijo Irene—. Tampoco creo que sea conveniente que nos encuentren por aquí rondando. Estas personas nos conocen y todo.

—¿Qué propone?

—Primero ir a aquel lugar —Señaló un callejón entre dos almacenes—. Tengo que quitarme este horrible vestido.

John no hizo demasiado caso y se encaminó hacia el callejón. Estaba oscuro, así que no tenían que cuidarse de que alguien los viera. Irene arrojó su parasol hacia un contenedor de basura. Después intentó deshacerse del vestido, pero era demasiado complicado.

—¿Doctor, sería tan amable? —dijo ella. Se dio la espalda y John la observó; una espalda pálida pero tersa. Desabrochó los botones que tenía Irene.

Debajo del vestido llevaba una camisa y su pantalón, de modo que pronto estuvo lista para ir a buscar a Balthazar.

—Tendríamos que separarnos —dijo Irene—. Sería más fácil… pero si Balthazar espera que hagamos eso, entonces nos encontrará antes de que podamos reunirnos…

John se mordió el labio.

—Entonces vayamos juntos, eso estará bien, ¿no?

Irene examinó la idea.

—Balthazar dispuso el barco para que usted llegara… si sabía exactamente a qué hora arribaría el barco, ¿no cree que estará esperándolo? ¿No cree, doctor, que será más prudente esperar a Holmes?

John la miró con un gesto adusto.

—No lo necesitamos —dijo. Entonces Irene notó que era el orgullo lo que lo cegaba.

—¡No sea estúpido, doctor! Holmes es la mejor oportunidad que tenemos, si a usted sólo lo motiva su orgullo debe saber de una vez por todas que cualquier intento que haga será en vano. Usted perderá a su esposa sin duda y probablemente a todo lo que quiere.

Las palabras de Irene tuvieron un efecto instantáneo en John. Éste la miró furioso, pero pronto su semblante se ablandó.

—¿Y qué propone? ¿Qué lo esperemos?

—Creo, querido doctor, que eso sería lo más sensato.

John siguió a Irene hacia donde ella le indicó. Se desviaron en una esquina, sin prestar mayor atención a la gente del muelle. Al parecer se trataba de uno grande, en donde probablemente arribaban grandes trasatlánticos.

Irene observó con atención los alrededores de un almacén y después abrió la puerta y ambos entraron.

Eran las diez de la mañana, el lugar estaba bastante abandonado y oscuro. Había muchas cajas de madera apiladas por todo el lugar y fuera de eso parecía un lugar bastante adecuado para esperar y para esconderse en caso de ser necesario. Apenas estaba iluminado por un poco de luz que se filtraba a través de las ventanas superiores.

—Tengo que hacer algo —dijo Irene entonces—. Doctor, quítese el saco por favor —le dijo.

—¿Para qué?

—Sólo hágalo.

La mirada en el rostro de Irene era firme y determinada. Así que John se quitó el saco. Ella dio unos pasos alrededor de John y de inmediato tomó su hombro y jaló su camisa con fuerza, arrancándole la manga.

—¿Pero qué…?

—Tranquilícese, doctor. Usted podrá estar muy guapo pero ni yo tengo tiempo para pensar en cosas sucias en medio de todo esto.

Irene rompió la manga a lo ancho, dejando una especie de rectángulo blanco.

—Quédese aquí, en un momento vuelvo —dijo.

—Pero…

—Hágalo.

Irene salió por la puerta de al lado, en donde todo lucía tranquilo y las sombras podían ocultar sus movimientos.

Tardó alrededor de diez minutos en volver. John estaba nervioso y sumamente impaciente. Sabía que en cualquier momento podía caer víctima de una trampa y no estaba dispuesto a permitirlo. Cuando Irene regresó ésta parecía bastante feliz.

—¿Qué pasó?

—Le pagué a un chico.

—¿Qué? ¿Para qué?

—El chico atará la manga a un poste en el muelle —comentó ella, tranquila—. Hice que colocara el número de este almacén para que Sherlock lo observara en cuanto llegue.

—¿No es eso arriesgado? —se apresuró a señalar John—. Quiero decir, y si no es él quien deduce el significado de ese número y Balthazar nos encuentra antes que Sherlock. ¿Estaremos preparados para eso?

Irene lo observó conmovedoramente.

—Un poco —dijo, y sacó un revólver de su bota izquierda—. ¿Trae armas, doctor?

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Sherlock caminó apresuradamente, abriéndose paso a través de la multitud de marineros, de coches y de personas que transitaban por el muelle. A su nariz le llegaba el aroma del pescado, ya que en las orillas del lugar era donde los mercaderes establecían sus puestos de venta de mariscos.

La gente no le prestaba mayor atención al hombre inglés; parecía bastante ocupada con sus propios quehaceres como para prestar atención a los de otra persona. Además, que se tratara de un puerto podía ser un factor determinante para esto: se veía a tantísima gente desembarcar que una persona más no representaba ninguna novedad.

Llegó al almacén 202 al cabo de unos minutos, iba un tanto nervioso pero decidido, y eso se reflejaba en su semblante.

Cuando Sherlock abrió la puerta principal del almacén eran las tres de la tarde.

El detective examinó el lugar, había un aroma peculiar y todo estaba tapizado de cajas de madera.

Sherlock se paseó a través de los pasillos que dejaban estas cajas y buscó con atención cualquier indicio de John.

—¿John? —preguntó. Pero no recibió mayor respuesta que el eco de su voz.

Caminó en medio de la oscuridad, procurando no hacer ruido. Estaba convencido de que la señal había sido puesta por John o por alguien más; estaba seguro de que John estaba a salvo, y que la manga de su camisa no había sido cortada como una amenaza de parte de Balthazar. Eso lo sabía por la meticulosidad con la que colocaron el número.

Sherlock se ocultaba detrás de las cajas de cualquier forma, desenfundó su revólver y continuó caminando, sigiloso.

—¿John? —repitió.

Entonces escuchó algo diferente al eco.

—Ju, ju, ju, ju.

Sherlock se sobresaltó y se ocultó en una caja. Después comenzó a escuchar pasos o tal vez una especie de saltos. Entonces asomó la mirada por detrás de las cajas y observó una luz en el medio que iluminaba a una anciana mujer.

La mujer brincaba y bailaba, como muy feliz por estar ahí, o quizás como si estuviera loca.

—¿Susa? —preguntó Sherlock, apretando la mirada para distinguir mejor a la mujer. La reconoció por el ángulo en que estaba encorvada la espalda de la anciana.

—El detective le habla a la vieja Susa —dijo la mujer, con una alegría auténtica—. ¿Cómo está, detective?

La mujer se había quedado quieta en el mismo lugar en donde la iluminaba la luz, se miraba las manos como lo haría una mantis religiosa.

—Susa… ¿qué haces aquí? —preguntó Sherlock, dando un par de pasos para acercarse a la mujer. Ciertamente la presencia de la mujer lo había sorprendido mucho, y estaba bastante impresionado como para pensar con claridad.

—Susa… Susa vino porque el hombre malo la trajo…

—¿El hombre malo? ¿De qué…?

Entonces Sherlock escuchó en la oscuridad el eco de unos pasos.

Volteó hacia todos lados en busca del origen de esos pasos.

—Hacia acá, señor Holmes —dijo una voz.

Sherlock identificó el lugar del origen: detrás de Susa. De entre las sombras emergió un hombre delgado, de piel pálida y mirada astuta.

—Gebrard…

—Buenas tardes, señor Holmes, je, je, je —dijo el hombre—. Es un gusto saludarlo de nuevo.

—¿Qué hace usted aquí? Pensé que los hermanos no se entrometían en los asuntos de Balthazar.

—Ah, claro —dijo el hombre, y luego miró hacia la ventana de donde procedía la luz—. Eso por supuesto fue antes de que Balthy no nos dejara otra opción.

—¿De qué habla? —preguntó Sherlock, un tanto aterrado de lo que podría ocurrir a continuación.

—Balthy tiene ciertas… formas de hacer que las personas hagan lo que quieran.

—Creí que ustedes, sus hermanos, estarían exentos de sus habilidades y sus peticiones… ¿no eran ustedes más inteligentes?

—Balthy es por mucho más astuto. Si uno es inteligente, él no nos dejará muchas opciones… y la más inteligente, por cierto, será hacer lo que él dice, je, je, je —sonrió lentamente, como si para él no significara nada lo que acababa de decir.

»Señor Holmes, espero que entienda que lo que a continuación sucederá no tiene nada que ver con usted… nada personal al menos.

Sherlock lo miró desafiante.

—¿Qué hace ella aquí?

—Balthy se enteró de que fue ella quien les avisó a usted y al doctor Watson que huyeran de Cheste… —comentó Gebrard—, ¿es eso cierto, señor Holmes?

—Susa hizo lo que creyó conveniente… no es una mujer que esté en sus cabales, como podrá ver. ¿No le parece?

La mujer estaba dibujando garabatos en el suelo. Dibujos sin sentido que quedaban invisibles al ojo humano.

—Entiendo —respondió Gebrard, observando a la mujer con un tono despectivo.

—Si pretendes hacerle daño te pido que lo reconsideres, porque en realidad no tiene mayor sentido.

—Así como las acciones de Balthazar, como podrá usted haber notado. Todo lo que el buen Balthy hace lo hace por insanidad…. No es consciente, me atrevería a decir, de lo que hace tanto como usted o yo. Ese hombre seguramente es un enfermo, en la medida en la que siendo mi hermano no es un insulto. Y como tal no puede juzgarlo, ¿o sí?

—¡Por supuesto que puedo!

—Humm —dijo pensativo Gebrard—. Señor Holmes… Balthy tiene en sus manos a John Watson.

El corazón le dio un vuelco a Sherlock. Se sintió aterrorizado y por primera vez desde que había evitado el asalto de Moriarty a John en el tren, temió por la vida de su amigo.

—¡¿En dónde lo tiene?! —gritó.

—Je, je, je… —sonrió.

Sherlock se adelantó a toda prisa y apuntó a Gebrard con el revólver.

—¡¿En dónde?!

—Je…

—Te dispararé.

Entonces un disparo se escuchó en medio del almacén. Sherlock sintió un golpe en su mano, y sólo unos segundos después logró comprender lo que había sucedido. El revólver se le cayó de las manos, provocándole un dolor agudo.

Sherlock volteo hacia el lugar de donde provino el disparo y observó, sorprendido, que había un francotirador a una distancia de seis metros de él. El hombre había disparado y acertado al revólver, derribándolo de las manos de Sherlock.

El detective profirió un grito de dolor.

—Independientemente de mi amigo —dijo Gebrard—, usted y yo sabemos que le sería imposible vencerme en un mano a mano. Dolorosamente lo averiguó en el tren, ¿o no?

Sherlock se llevó la mano a su hombro. De vez en cuando le dolía, y tenía una cicatriz avanzada en el lugar donde Gebrard había dejado su sable.

—Lo habría olvidado de no ser por usted —dijo Sherlock con sarcasmo.

Gebrard sonrió malévolamente. Se acercó a Susa de forma amenazadora, y entonces le soltó una patada que derribó a la anciana en el suelo.

La anciana profirió un grito muy fuerte.

—¡¿Qué haces?! —gritó Sherlock, y estuvo a punto de correr para ayudar a la mujer, pero una bala se interpuso, cortándole el camino.

—Si intentas moverte mi compañero no volverá a fallar —le advirtió Gebrard—, y tú y yo sabemos que si algo te sucede, entonces el doctor quedará a merced de mi querido hermano Balthy.

Sherlock retrocedió un paso, impotente. Empezó a tramar alguna estrategia rápidamente: si arrojaba su sombrero hacia el francotirador tenía una oportunidad de distraerlo, pero, ¿entonces qué? Entonces vendría la pelea mano a mano con Gebrard, y Sherlock sabía muy bien que perdería el encuentro. A pesar de ser muy diestro en el combate, Sherlock no tenía posibilidad ante las habilidades de su contrincante, como se lo había demostrado en el tren.

Trato de pensar más rápido, pero le fue casi imposible. Cuando logró salir de su ensimismamiento Gebrard ya había hecho lo suyo con Susa.

La anciana gritaba desgarradoramente.

En las manos de Gebrard resplandecía una jeringa con una aguja. El brillo metálico resplandeció y por un momento Sherlock fue deslumbrado por el reflejo.

—¿Qué hiciste? —preguntó Sherlock, consternado.

—Veneno de treinta minutos —explicó Gebrard.

Entonces un sonido más potente inundó el almacén y Susa comenzó a retorcerse y a arrastrase de forma desesperada.

—¡Qué está pasando! —gritó Sherlock. Sólo en ese momento reparó en que se había movido y que el francotirador no había disparado.

—Je, je, je. Es uno de los venenos más poderosos, pero también muy doloroso —explicó Gebrard—. Se trata de una gota diluida de Cabeza Parda… Estoy completamente seguro de que su amigo el doctor conoce muy bien de esos venenos. Claro, eso me dijo Balthy. Al parecer Susa lo rescató… Así que él quería una especie de venganza poética.

»Pero ese no es el sentido de todo, señor Holmes… pongámoslo así. Ella sufrirá por los próximos 28 minutos un dolor de verdad terrible… ¿Lo escucha? —hizo eco sobre su oído con su mano, señalándole a Sherlock que prestara atención a los gritos de Susa; eran desgarradores—. Eso claro, a menos que usted desee terminar con su sufrimiento. Sé que tiene un revólver porque ya antes me apuntó… así que… hágalo. Y se lo facilitaré un poco… Si usted no lo hace antes de cinco minutos a partir de ahora, mi francotirador se encargará de usted, y eso significa que el doctor permanecerá en manos de mi hermano. Si lo hace, tenga por seguro que le diré en dónde encontrarlo.

Sherlock se había sorprendido demasiado.

—¡Está loco!

—No, mi hermano lo está. Yo hago lo que me está pidiendo por ahora.

—¡No lo haré!

—Entonces el doctor tendrá el peor de los destinos.

Gebrard dio unos pasos; Sherlock retrocedió. Gebrard se acercó hasta estar a su altura. Sacó el revólver del saco de Sherlock y se lo puso en las manos al detective.

El arma estaba preparada.

—¡Tick, tock! —le susurró al oído Gebrard.

—¡No lo haré! —repitió Sherlock, consternado.

Los gritos de Susa eran inclementes y no paraban. El dolor parecía insoportable.

—Por favor, detective —logró articular la mujer.

Sherlock la miró, con los ojos abiertos y llorosos.

—Jamás mataré a una persona inocente.

—Pero ella ya está muerta —le susurró Gebrard.

—Por favor —repitió Susa entre gritos.

—Cinco —Gebrard levantó la mano de Sherlock para que el revólver apuntara directamente a Susa—, cuatro —Sherlock temblaba—, tres… —No podía hacerlo, no debía hacerlo. Era un juego más de Balthazar y Sherlock no podía caer en él. Si golpeaba en ese momento a Gebrard, pero no… ¿en qué estaba pensando? No podría. Pensaba sin lógica. No podía matar a Susa. Nada lo haría cambiar de opinión—.Recuerde al doctor… —Susurró Gebrard—, dos —Todo se detuvo y Sherlock respiró. No podía hacerlo, no podía. No debía… No—, uno…

¡Bang!


Ending: In This Shirt de The Irrepressibles


Hola, aquí les traigo el siguiente capítulo. Espero que les guste. Saludos.

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