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Sherlock Holmes:
Sinfonía
XXXI
La casa de los pulgares
Opening: Can't stop - OneRepublic
Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,
que siempre me inspiran a seguir escribiendo…
—Tres… —No podía hacerlo, no debía hacerlo. Sabía que era incorrecto, que era un juego más de Balthazar. Sherlock no podía caer en él. Si golpeaba en ese momento a Gebrard, pero no… ¿en qué estaba pensando? No podría enfrentarse a Gebrard mano a mano, indudablemente Sherlock perdería… y con él John. Pensaba sin lógica. No podía matar a Susa. Nada lo haría cambiar de opinión—.Recuerde al doctor… —Susurró Gebrard. El corazón se le detuvo a Sherlock. Pero Susa moriría de todos modos, no había modo de salvarla… lo que Sherlock haría por ella sería sólo aliviar el dolor—, dos —Todo se detuvo y Sherlock respiró. No podía hacerlo, no podía. No podía aliviar a Susa de esa forma. Debería estar buscando la manera de ayudarla en lugar de buscar un modo compasivo para ayudarla. No debía… No podía. Pero si no lo hacía él, Gebrard sin duda lo haría, y también acabaría con Sherlock con ayuda de su francotirador… Y entonces John quedaría a merced de Balthazar—, uno…
La mirada de Susa era triste.
¡Bang!
El cráneo de Susa se perforó por la frente, y parte de sus sesos se desperdigaron por el suelo, manchando la madera.
Cuando el cuerpo de la mujer cayó, produjo un sonido uniforme y hueco.
Y un último "uh" salió de su boca antes de que el brillo de sus ojos se esfumara, de la misma forma que el humo de la pipa de Sherlock.
Y todo se quedó en silencio.
Sherlock notó que el francotirador bajaba su arma. Pero no le importó. Estaba estático, aún en shock por lo que acababa de hacer.
Había apretado el gatillo.
La bala que asesinó a Susa fue disparada por él.
Tenía los ojos abiertos, cristalinos y rojizos. No podía evitar sentirse como una miserable pieza de estiércol.
Su respiración era acelerada. ¿Por qué demonios seguía respirando?
Se dejó caer en el suelo, derrotado. Esa había sido una jugada demasiado cruel por parte de Balthazar, y lo había destrozado.
Sherlock Holmes estaba hecho trizas.
—Venga, detective —dijo Gebrard—. Levántese.
Lo tomó por un brazo y lo hizo ponerse de pie.
—Lo ayudo, señor —dijo el francotirador. Se acercó y tomó a Sherlock por el hombro.
—Tráelo contigo —ordenó Gebrard, y comenzó a dar unos pasos lentos y sinuosos.
Atravesaron el resto del almacén, dejando el cuerpo de Susa tendido en el suelo. Sherlock tenía la esperanza de que alguien más lo encontrara y le diera una sepultura digna. Sintió un remordimiento intenso creciendo en su estómago, uno tan fuerte que no fue capaz de volver la mirada y ver el cuerpo de Susa.
De nuevo, trató de consolarse con la idea de que había parado su sufrimiento, pero no era suficiente.
Gebrard condujo a ambos a través de una ladera, hacia el otro lado de las colinas que rodeaban el muelle.
Conforme avanzaban Sherlock podía apreciar mejor el lugar. Los terrenos eran planos y abundaba la arena (nada extraño en las cercanías del mar), había matorrales dispersos y muy pocas rocas.
Caminaban con lentitud, debido a la resistencia de Sherlock. Estaba sumido en su propia mente. Y sin embargo la imagen latente de John se pronunciaba cada vez más cercana. Entonces se preguntó cómo haría para verlo a los ojos después de lo que había hecho. Y después en cómo es que lograría salvarlo si no había sido capaz de ayudar a Susa. Y lo peor cruzó por su mente. ¿Qué haría si John estaba muerto?
Empezaba a oscurecer cuando Gebrard redujo su velocidad. Se asomaron por encima de una colina hacia un pequeño valle. Había una casa enorme en él, iluminada por velas. El lugar no parecía tan remoto como para llevar a cabo asesinatos, sin embargo sí era solitario y desolador.
Gebrard se plantó justo en donde terminaba la colina. El francotirador se acercó a su nivel, cargando a Sherlock.
—Muy bien, detective. Este es el lugar —señaló hacia la casa, sin ninguna emoción reflejada en su rostro. En ese momento el francotirador lo tiró con fuerza hacia debajo de la colina. Sherlock no tuvo tiempo para oponer resistencia; y quizá no lo hubiera hecho. Rodó a través de los matorrales, levantando el polvo a su caída—. No olvide darse prisa, detective. No me hago responsable de lo que pueda hacer mi hermano con su amigo en las próximas horas.
La advertencia fue suficiente para que Sherlock se pusiera de pie de inmediato.
Había dado mucho, había arriesgado tanto, y sólo esperaba que todo valiera la pena. Que pudiera recatar a John de manos de Balthazar antes de que éste pudiera hacerle más daño.
Miró hacia arriba, pero las siluetas de Gebrard y su cómplice se desvanecieron en la oscuridad. Quizás iban de vuelta al muelle, y probablemente a Londres.
Sherlock buscó en la oscuridad, con ayuda de la pobre luz que alcanzaba la colina, el lugar en donde cayó su sombrero. Estaba sobre una enorme roca, lo tomó y se lo puso. Después comenzó a caminar, lentamente. Apenas y moviendo los pies. Después la imagen de John volvió a su mente y aceleró el paso.
Estaba agitado y jadeaba. La casa estaba más lejos de lo que había pensado.
Cuando llegó a la cerca se detuvo, casi estupefacto. En el suelo había un dedo pulgar. Sherlock se agachó. Tenía apenas una hora cuando mucho de cortado. Lo observó.
"Que no sea de John", pensó, alarmado. Pero al examinar el pulgar notó que no era de John.
Por un momento Sherlock volvió a sentirse mal: se había aliviado, y sin embargo Balthazar podía haber herido a alguien; a quien sea.
A Sherlock sólo le había alegrado que no fuera John.
Entonces, cuando empujó la reja para entrar al patio, su corazón se le aceleró porque en el suelo había otros dos pulgares. Estaban dispuestos en fila, directo hacia la entrada de la casa. Sherlock avanzó unos pasos y observó el segundo. No era de John, aunque tampoco era de la misma persona que el del primero. El color, el ancho… era de otra persona sin duda.
Examinó en sus recuerdos pero no encontró a alguien a quien pudiera pertenecer el pulgar.
Siguió caminando, dejando los restos atrás.
Cuando llegó con el tercero de inmediato notó que era de una mujer y no se alarmó.
Entró a la casa; la puerta estaba abierta. Sabía que no había modo de predecir los movimientos de su enemigo, pero estaba dispuesto a correr el riesgo.
Iba desarmado, por supuesto.
Adentro todo estaba iluminado. Había un tapiz aperlado en las paredes, y el suelo parecía recién pulido. Indiferente a los pulgares, a la zona desértica que se extendía afuera de la casa.
Todo era tan ordenado que no había rastros de pistas por ahí.
Sin embargo, las escaleras y los accesos a habitaciones contiguas estaban bloqueados, de modo que únicamente había paso hacia adelante. Detrás de las escaleras estaba una puerta abierta. Sherlock entró y bajó por unas escaleras pequeñas.
Todo estaba iluminado.
Los vellos se le erizaron cuando vio a John de pie abajo, esperándolo, como si nada.
—¡John! —exclamó. Se lanzó a abrazarlo—. ¿Estás bien? —preguntó.
—Sí. Gracias —pero John no correspondió a los brazos de Sherlock. Tenía una expresión seria en el rostro.
—¿Pasa algo? —preguntó Sherlock, preocupado.
Y de pronto quiso darse un golpe en la cabeza. Por supuesto que pasaba algo.
Miró a los alrededores de la habitación y pudo apreciar que era una especie de salón muy amplio. Había cinco personas enfrente de John y atrás de las escaleras. Todos cómplices, según dedujo, porque no los conocía.
Después Sherlock notó, amarrada a una columna, a Irene. Se sorprendió demasiado porque era a la última que esperaba ver en ese lugar.
—¿Qué haces aquí?
—Decir que ayudar sería irónico —expresó Irene.
Cuando Sherlock asimiló la presencia de Irene su mirada se dirigió hacia la otra mujer: Mary.
La señora Watson estaba amarrada a una mesa, con las extremidades bien sujetas a las patas de la misma con ayuda de fuertes ataduras.
Mary parecía estar inconsciente.
—¿Hace cuánto que están aquí? —preguntó Sherlock a su amigo.
—Unas horas —respondió uno de los cinco hombres. Todos salieron de debajo de las escaleras y dieron las caras. Como lo pensaba Sherlock, no conocía a ninguno.
—¿En dónde está Balthazar?
—Por acá, señor Holmes —escuchó la voz del hombre.
Sherlock volteó la mirada hacia las escaleras y descubrió en el umbral, por el cual recién había entrado, a Balthazar, que lo miraba desafiante desde la altura.
—¿Qué planeas ahora? —preguntó Sherlock, desafiante.
Balthazar sonrió.
—Bienvenido, señor Holmes.
Ending: Us against the world - Coldplay
