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Sherlock Holmes:

Sinfonía

XXXII

Confrontación


Opening: Marching On de OneRepublic


Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,

que siempre me inspiran a seguir escribiendo…


—¿Cómo estás? —preguntó John, con tranquilidad. Revolvía su té con ayuda de una cuchara.

El azúcar se había disuelto por completo pero al parecer el doctor estaba esmerado en revolver el té.

—Se enfriará —comentó Sherlock, mirando hacia la calle.

Había un montón de niños que correteaban por todo el lugar. A las afueras del café había un espacio lo suficientemente grande como para que los niños se reunieran a jugar a las escondidas.

Los padres los vigilaban descuidadamente desde las mesas exteriores del café.

Sherlock sólo podía pensar en cuán afortunados eran los niños. Sin problemas, sin miedos, sin la incesante amenaza de lo inesperado. Y de pronto tuvo la idea de proteger esa fortuna. Tanto como había deseado proteger la integridad y la inocencia de John.

Por un momento los vellos de su nuca se erizaron y tuvo un espasmo.

Debió ser violento porque cuando reaccionó estaba en el suelo y John lo miraba con mucha preocupación.

John había preguntado cómo estaba.

—Ahí tienes.

Fue la respuesta de Sherlock.

John se acercó todavía más y abrazó al detective fuertemente, sin importarle la gente que estaba a su alrededor, la gente que se había puesto de pie para corroborar el estado de Sherlock.

—Tranquilo —dijo—. Estoy aquí.

El detective fijo su atención en el cielo; estaba amaneciendo.

Irene estaba amarrada a la columna. La señora Watson estaba a una mesa.

Al voltear la mirada hacia las escaleras, Sherlock descubrió en el umbral, por el cual recién había entrado, a Balthazar, que lo miraba desafiante desde la altura.

—¿Qué planeas ahora? —preguntó Sherlock, desafiante. Procuró sostener su actitud fría pero la ira lo había abordado.

"No", pensó, "no debo procesarlo a un nivel emocional."

Balthazar sonrió.

Él lo sabía. Sabía que había hecho caer a Sherlock. Sabía que lo tenía a su merced. Y que sólo quedaba una pieza en el tablero que podía mover para dar Mate.

—Bienvenido, señor Holmes.

Balthazar tenía un rostro lleno de satisfacción. Como si lo hubiera planeado todo, como si cada punto en su estrategia se hubiera cumplido sin errores.

—No me gustan los recibimientos demasiado cálidos, Balthazar —comentó Sherlock. Esta vez logró contener la ira, o al menos logró disimularla.

El hombre comenzó a bajar las escaleras con tranquilidad. Con cada paso que daba la madera crujía debajo de él, haciendo un sonido espectral.

—Dígame, señor Holmes, ¿encontró conmovedor mi recibimiento?

Continuaba bajando, lentamente, como un león que acecha a su presa.

Balthazar, por supuesto, se refería a Susa.

Estaba a punto de responderle de la misma forma, pero una voz más parecida a un mormullo lo hizo quebrarse y sentir cómo su corazón se detuvo. Era John.

—¿Sherlock? —preguntó.

Fue entonces que el detective entendió que John estaba al tanto del plan de Balthazar; y las intenciones de éste para poner a John al corriente, eran seguramente las de destruir la imagen de Sherlock. Si John sabía que Sherlock le disparó a Susa, aun cuando no hubiera tenido salida, aun cuando hubiera sido para salvarlo, el doctor jamás se lo perdonaría.

Sherlock volteó lentamente hacia John.

Sus miradas se cruzaron.

Entonces el detective encontró en la mirada de John lo que tanto temía: lo sabía.

—John… —susurró.

Pero el doctor no parecía escucharlo. Estaba asustando.

Y algo impactó ferozmente el rostro de Sherlock y lo derribó hacia la pared con una fuerza casi extraordinaria. El detective no pudo ver qué lo había golpeado. Su espalda chocó con una viga saliente de la pared y un dolor agudo lo sacudió y lo hizo gritar de dolor.

Cuando abrió los ojos para buscar qué lo había derribado encontró a Balthazar de pie en donde él había estado, con su puño cerrado y el brazo extendido.

Era más fuerte, y probablemente más ágil que el menor de sus hermanos.

—Debería usted poner más atención a sus enemigos, querido detective.

»Sobre todo cuando se trata de mí.

John se abalanzó sobre Balthazar. A Sherlock le pareció extraño, pero agradeció profundamente que lo defendiera.

Pero Balthazar se escabulló, era demasiado hábil en combate. Dio dos golpes en la cara al doctor y éste se vino abajo en el suelo.

Cuando Sherlock estuvo a punto de lanzarse para atacar a Balthazar, uno de sus secuaces levantó un arma y la apuntó directo al doctor.

El detective se detuvo de inmediato, paralizando sus músculos con tanta fuerza que le revivió el dolor que sintió al chocar con la viga.

—No sea impaciente, detective. Usted y yo nos divertiremos un momento más…

—Deja a John en paz…

—Sabe que no le haré nada al doctor. Tiene un rostro demasiado perfecto como para echarlo a perder a golpes. Quizás… quizás debería cortarle la cabeza y conservarla en algún lugar… sólo para mí, ¿qué le parece esa idea, detective…? No volver a ver jamás en su vida el rostro de nuestro querido doctor.

Ante esa sentencia Sherlock no pudo controlarse.

Se abalanzó sobre Balthazar dándole un golpe en la nariz.

Y entonces el disparo.

Los vellos de la nuca de Sherlock se erizaron. Se sintió perdido. El sonido agudo del disparo rebotaba en sus tímpanos y la sorpresa lo tenía aterrado.

John.

Buscó al doctor con la mirada, y con alivio descubrió que la bala se había encajado en el suelo, entre las piernas de John: fue una advertencia.

Sherlock estaba tan inmerso en el agujero del suelo que no se percató del momento en el que Balthazar se acercó y le dio una patada en la cabeza, como si fuera un balón de futbol.

El dolor fue terrible y Sherlock cayó al suelo de inmediato.

—Le dije que no se apresurara, ¿por qué tiene tanta prisa?

Sherlock se incorporó y se puso de pie.

—No dejaré que le hagas daño a John.

—Sherlock, no… —dijo el doctor, con la voz quebrada.

El detective lo miró fijamente.

—No está en mis intenciones hacerle daño a usted, señor Holmes. Usted, más bien, se ha entrometido en mi camino y por eso está sufriendo.

»Adelante —dijo con calma—, le doy la opción de irse de esta casa: llévese a la señora Watson y a la señorita Irene, y déjeme solo con el doctor. Usted tiene la posibilidad de irse, sano y salvo. Nadie los perseguirá, y regresarán sanos y salvos a Londres… Pero el doctor se tiene que quedar conmigo.

Sherlock observó fijamente a John. No podía hacerlo; aunque no se tratara de John, estaba contra sus principios no ayudar a alguien que mereciera su ayuda.

Que Balthazar hiciera esa sugerencia frente a John no sólo era para destruir la poca confianza que el doctor le tenía: John era muy noble, y probablemente gritaría "Sálvalas, sálvate. Váyanse." Y al ver que Sherlock no se iría, lo odiaría. Como héroe de guerra los principios de sacrificio estaban bien cimentados en John.

Por otro lado, si Sherlock se iba, así como si nada. John lo vería como traición, no hacía él sino hacia el vínculo de amistad que los dos comparten.

El doctor también lo observaba. Tenía en su mirada un dolor distante, un miedo con presencia.

Era ese sentimiento al que Sherlock ya estaba tan acostumbrado: "vete", decía con la mirada.

Pero Sherlock no estaba dispuesto a dejarlo ahí.

—¿Qué dice, señor Holmes? ¿Tenemos un trato?

—Por supuesto que no.

—Por desgracia —comentó Balthazar con tranquilidad—, sus decisiones son tan predecibles cuando se trata de John Watson como lo serán para usted los planes del delincuente más alcornoque en Londres. Bang —exclamó con sorna—. Eso fue un golpe bajo para usted, ¿no? Compararlo con el más mediocre de los delincuentes. ¿Le duele el orgullo, señor? ¿Está usted acabado? Lo siento…, de veras lo siento. Nunca fue mi intención someterlo a esta humillación. Usted merecía más, pequeño detective.

»Bang —volvió a burlarse—. Le dije pequeño…

La sangre le hervía a Sherlock.

«No procesarlo a un nivel emocional», se dijo, «no procesarlo a un nivel emocional», se repitió. El problema no era que lo hubieran llamado mediocre o que lo hubieran comparado con el peor de los criminales londinenses. El problema es que Balthazar estaba haciendo mofa de la amenaza que tenía sobre John… y Sherlock estaba perdido. No sabía cómo ayudarlo.

«Cuatro secuaces más Balthazar, son cinco. John está en el suelo, no podrá hacer nada hasta que le haya quitado la amenaza del arma. Ergo, no podrá ayudarme. Balthazar es rápido y fuerte, mis posibilidades son escasas, y aun acabando con él restan cuatro. Sin embargo lo más probable es que para el momento en el que logre deshacerme de Balthazar, alguien ya se habrá deshecho de John».

El miedo lo tenía presa.

Entonces una fugaz oportunidad cruzó enfrente: una pequeña polilla.

Sherlock, sin sobrepensarlo, dio un manotazo al insecto, que cayó directo en la cara de quien amenazaba a John, esto le dio la oportunidad al doctor de arrojarse sobre el hombre que lo tenía amenazado.

El detective pegó una patada en el momento en el que todos estaban distraídos y golpeó fuertemente a Balthazar. En algún momento Sherlock había olvidado que llevaba el revólver debajo de su saco, pero en el momento en el que Balthazar caía en el suelo, el artefacto le provocó un pequeño dolor el estómago que lo hizo reaccionar. Sacó el arma y apunto a Balthazar.

—Aquí termina todo —dijo Sherlock.

Balthazar lo miró con sorpresa. Se sacudió el polvo que se le había impregnado y después pronunció una sutil sonrisa.

—¿Ah, sí, detective? —preguntó—. Ya me habían dicho las historias sobre usted que era muy difícil de doblegar. Yo no tenía idea de cuánto podía ser de difícil realmente.

»Déjeme felicitarlo por su integridad. Pensé que tendría límites, límites reales para lo que usted siente por el doctor Watson. ¿Es acaso que rivalizaremos hasta el final de nuestros días por ver quién lo merece más? ¿Yo, acaso, con todo el entramado que he logrado para poder tenerlo en mis brazos? ¿O usted, con sus incansables acciones por protegerlo, por defenderlo… incluso por devolverle a su esposa?

John tenía al hombre que lo había sujetado por el cuello; también se había deshecho de los otros tres y observaba con atención a Balthazar y a Sherlock.

—Yo no sería capaz de devolverlo a su esposa. En ese sentido, señor Holmes, su proeza es admirable: usted lo ama más que yo, porque incluso es capaz de dejarlo ir.

»Ponga atención, doctor Watson —dijo Balthazar, sin quitar la mirada de Sherlock—. Este hombre lo ama más que a nada en el mundo. Y ni siquiera yo puedo igualar ese sentimiento. Pero escuche bien: haré todo lo que está en mis manos para que usted sea mío.

Entonces se escuchó un disparo.

John soltó al hombre que estaba agarrando.

—¡Noooooo! —gritó Irene hasta que su garganta pareció desgarrarse.

Otro disparo.

John abrió la boca, sin poder exclamar nada.

Balthazar sonrió.

El detective se desplomó en el suelo, provocando un sonido sordo y levantando una capa de polvo.

—¡SHERLOCK! —gritó John.


Ending: Do What U Want de Lady Gaga


Hola a tod s!

Les debo una disculpa tremenda porque no había subido nada. No tuve tiempo de escribir.

Lo que pasa es que durante estos meses me encontré en Acapulco (ya saben lo de las tormentas, etc.). Además se me atravesó la escuela.

Pero por fin he terminado la Universidad! Y me titulé!

Ahora empecé a trabajar pero por lo que veo tendré algo de tiempo para escribir, así que al menos un capítulo por semana lo garantizo.

Creo que faltan 2 para que concluya Sinfonía.

La primera parte es una introducción del final.

Saludos!

Muchas gracias por su comprensión!

Wu