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Sherlock Holmes:

Sinfonía

XXXIII

Sólo uno


Opening: Can't Stop de OneRepublic


Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,

que siempre me inspiran a seguir escribiendo…


Salir no fue buena idea, pensó John

—Lamento haberte traído aquí —dijo a Sherlock.

Estaban en la cafetería. Sherlock había tenido ese espasmo que lo derribó de la silla.

John lo estaba abrazando para ayudarlo a ponerse de pie.

La gente curiosa había dejado de observarlos. Algunos los conocían y por eso estaban preocupados. Otros eran simples curiosos.

—No te preocupes —dijo Sherlock—. Fue mi culpa. Debo aprender a controlarme.

—No es tu culpa.

John presionó fuertemente un hombro de Sherlock.

—Duele —dijo el detective.

—¿Aún?

—El otro también.

—Cortesía de Moriarty.

John odiaba recordar aquel incidente en la fábrica de armas. Cuando Moriarty tan despiadadamente atravesó el gancho en el hombro de Sherlock.

—Era un sádico —comentó John.

—Era un villano desesperado.

De pronto Sherlock se quedó callado, como si acabara de cometer un error.

—¿Pasa algo?

—Luego te digo.

Y se quedó callado.

Se escuchó un disparo.

Y otro.

Y otro.

El detective se desplomó en el suelo, provocando un sonido sordo y levantando una capa de polvo.

—¡SHERLOCK! —gritó John.

Con cada disparo John se había encogido cada vez más.

Pero corrió. Sin saber cómo.

Tomó una de las escopetas que tenía un guarda y la empuñó por el cañón y golpeó al que había disparado fuertemente con la culata.

El golpe rompió la nariz del guarda sonoramente.

Chorros de sangre brotaron de su cara.

John volvió a golpear.

Una y otra vez.

Hasta que sintió que alguien agarraba su pantalón.

Volteó alarmado hacia su costado, y luego al otro, en busca de quien lo había agarrado. Instintivamente llevaba el arma dispuesta como como bate de beisbol. Pero no halló a nadie cercano.

Los ojos le lagrimaban.

Entonces la lógica volvió al doctor y se dio cuenta de que para que alguien lo tomara de la parte baja debía estar abajo.

Su mirada se dirigió al suelo y encontró a Sherlock ahí, sujetándolo fuertemente.

—Tranquilo —dijo—. Tranquilo —Lo dijo dolorosamente. Algo le quebró el alma a John.

Sherlock no podía sentir su cuerpo.

Le dolía el hombro. Y las piernas.

Pero no pudo resistir ver a John cometiendo semejante acto de violencia. Necesitaba tranquilizarlo.

Respiró hondamente para tratar de contener el dolor.

Miró el suelo. Allá en donde estaba su hombro había una mancha abundante de sangre. También en sus piernas. En una. Las balas habían dado ambas en la misma pierna. Dolía demasiado. Peor que una mordedura de serpiente, peor que una pieza de metal al rojo. Pero las balas parecían haber evitado los huesos.

Su hombro también dolía.

—¿Sherlock?

Escuchó la voz de John en medio de una bruma densa que era el dolor que sentía.

Un dolor agudo.

—Johnny —dijo él entrecortadamente—. ¿Estás bien?

—Sí… No… digo ¡No te preocupes!

—¡Holmes, no te sobre esfuerces!

Era Irene la que había gritado. Estaba preocupada. Por un momento Sherlock se olvidó de que ella estaba ahí, y de Mary. Y de Balthazar.

Por un momento sólo habían existido él y John.

—Ustedes dos se toman muchas libertades tomando en cuenta que yo estoy aquí —dijo entonces Balthazar, con su voz penetrante y amenazadora.

Dio un paso hacia adelante.

Llegó hasta donde estaba el hombre que John había pateado. Lo miró con repugnancia y después pateó el cuello del hombre.

Un sonido gutural salió de su boca y el hombre dejó de retorcerse.

—Espero que ninguno de ustedes sea tan estúpido como para dejarse atrapar tan fácil —dijo a los otros tres que lo observaron; Sherlock notó que todos estaban muy bien entrenados, dispuestos a morir si era necesario, porque ninguno se impresionó con la rudeza de Balthazar.

»Tómenlos.

Sherlock no entendió la orden hasta que fue demasiado tarde.

Por el rabillo del ojo sólo pudo observar cómo los tres hombres se separaban y le daban un culatazo a Irene, a John y a él mismo.

Después todo se apagó.

La oscuridad lo abordó todo.

De pronto el silencio.

Y Sherlock corría y corría. A través de larguísimos corredores que se extendían hasta convertirse en puntos extraviados en el horizonte. Puntos distantes, diversos, de un color oscuro. Como la pupila de un ojo vigilante.

¿Quién soy y adónde voy?

La carrera se prolonga.

El tiempo se desvanece, como un mar intenso que no cesa su oleaje.

Y John.

¿Adónde ha ido?

El sonido de algo arrastrándose atraviesa la bruma. ¿Quién se arrastra? ¿Adónde lo arrastran? Algo debajo de él golpea su cabeza suavemente y Sherlock sabe que es a él a quien arrastran.

¿Por qué?

Entonces siente algo cálido al extremo de su mano. Presiona con fuerza y se niega a dejarlo ir. ¿Qué es? Una débil voz logra filtrarse a su inconciencia:

—Sherlock.

Abre los ojos y descubre a John frente a él. A ambos los arrastran los guardas de Balthazar. No está lo bastante consciente como para determinar en dónde están o hacia dónde se dirigen.

John lo está tomando por la mano mientras son arrastrados.

Pero Sherlock está débil. Deja un rastro de sangre conforme se mueve.

—No te vayas, por favor —le suplica John—. No me dejes.

—Yo no… no…

Pero la inconciencia encuentra a Sherlock una vez más.

¿No qué?

No lo dejaría solo. Jamás.

Cuando despertó sintió la gravedad atrayéndolo hacia el suelo. Había un silencio sepulcral que apenas rompía el oleaje del océano. De la playa.

Sherlock volteó a su alrededor.

Estaba en una especie de almacén frente a la playa.

Todo estaba desierto.

Cuando se preguntó por John volteó hacia todos lados y descubrió con sorpresa que estaba atado por ambas manos. Suspendido a varios metros de distancia del suelo con una cadena gruesa, desde una grúa. Volteó hacia abajo y descubrió con horror algo que no vio venir: no había suelo debajo de él, sino el agua, profunda y oscura. Y la fuerza que él interpretó como la gravedad que lo llevaba al suelo no era sólo la gravedad, sino un bloque de hierro asegurado a sus dos pies.

En el momento en el que Sherlock se soltara de esas cadenas caería de lleno en el mar, sin posibilidad alguna de liberarse de ese bloque. Y se ahogaría en las profundidades del océano.

Siguió el camino de las cadenas con la mirada y descubrió que ésta se unía a una soga en una viga sobre el techo. Ahí la soga se extendía varios metros más lejos, en donde Mary Morstan estaba atada.

Ahí estaba todo. Ni más ni menos

Sherlock abrió mucho los ojos, aterrorizado.

En el momento en el que uno de los dos cayera el otro caería también inmediatamente ambos al agua. Ambos a las profundidades de un oscuro océano con varios kilos sujetados a las piernas.

Sherlock respiró profundamente.

Necesitaba estudiar el modelo del plan.

Pero no encontraba algunas fallas. Había una, pero no era crucial ni era garantía de nada: las cadenas que sostenían a uno y a otro podían sabotear las poleas grúas.

Abajo todo era una superficie de madera. Un piso uniforme que se extendía hasta donde las paredes del almacén lo cerraban todo.

Sherlock escuchó voces. Seguidas de un par de pasos. Atrás de una puerta lateral se observaron siluetas oscuras. La puerta se abrió ligeramente y Balthazar fue quien entró por ahí, iba vestido de la misma forma que en la casa de los pulgares, así que Sherlock comprendió que no había tardado demasiado tiempo inconsciente.

—Vaya, mi estimado señor Holmes —saludó el hombre—. Bienvenido de nuevo. Está por amanecer, tenía miedo de que no despertara pronto. Si no lo hubiera hecho me lo hubiera cobrado con el doctor, por supuesto.

»¡Chicos!

A su lado la puerta volvió a abrirse y los tres guardas salieron de ahí cargando a John, que seguía inconsciente.

—No —susurró Sherlock.

John no llevaba heridas algunas.

—¿Y dónde está Irene? —preguntó el detective desafiante.

Balthazar chasqueó los dedos.

Una luz se encendió en la parte trasera del almacén y develó una tercera figura pendiendo de una cadena: Irene Addler.

Sherlock no entendió. Había seguido la secuencia de su soga y no había descubierto una tercera añadidura. Pero ahí estaba colgando Irene.

¿De dónde?

¿Cuál era el truco?

—No lo busque —se apresuró a decir Balthazar, como si leyera sus pensamientos—. No hay tal.

Sherlock apretó los dientes.

—Señor Watson.

Los guardias apretaron los hombros del doctor para hacerlo despertar.

John despertó.

—¡SHERLOCK! —gritó el doctor cuando vio al detective suspendido en el aire. Su voz fue desgarradora. Al detective le produjo un retorcijón más en el estómago.

Entonces la risa malévola de Balthazar cortó todo sonido.

—¿Ahora dígame, doctor, qué hará cuando tenga que elegir entre su esposa y el detective? —le dijo, señalándole a Mary que pendía a varios metros de Sherlock.

John la miró. Siguió la soga y llegó hasta Sherlock.

Sin duda entendió lo que pasaría.

Sólo podría salvar a uno.


Ending: Touch de Daft Punk


Como les comenté subiría un capítulo por semana. Entre este y otro fic de JARVIS/Tony, estoy un poco ocupado con fics.

Pero aquí está, como les prometí, un capítulo más de este fic que ya se anuncia casi terminado.

¡Y bueno, no me queda más que dejarlos con él y desearles una FELIZ navidad y un PROSPERíSiMO año nuevo!

Muchas gracias a todos por su apoyo y por sus reviews.

Saludos,

Wu Gyllenhaal.