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Sherlock Holmes:
Sinfonía
XXXIV
Uno no es suficiente
Opening: Fallen de Imagine Dragons
Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,
que siempre me inspiran a seguir escribiendo…
—Vamos, dime qué sucede —lo urgió John.
Estaban en el café. La luz del día se anunciaba casi como el medio día.
Sherlock miró su taza de café; por alguna razón seguía llena. John ya había terminado tres tazas de té.
El café estaba frío.
—No me puedo concentrar —dijo Sherlock.
John pareció examinarlo como el médico que era.
—No luces traumatizado.
El diagnóstico hizo sonreír a Sherlock. Se llevó la taza a los labios pero sólo sorbió unas gotas.
—Aunque lo estuviera no lo notarías… no en mí.
—Eso es muy injusto.
Sherlock miró en el café el reflejo de las nubes.
—Lo sé.
John parecía distraído pero completamente decidido a sacar a su amigo de ese estado. Ambos estaban cansados.
—¿Quieres ir a otro lugar?
Sherlock volteó a ver a John.
—¿Unos meses atrás sería posible?
A John aquello le pareció tan injusto. Carraspeó y soltó su cuchara sobre la taza sonoramente, provocando que más de un comensal volteara a verlos.
—¿Cuándo sabía que estabas vivo pero no tenía noticias de ti? No, jamás. Prefiero estar aquí, a tu lado.
—No digas esas cosas.
—Es cierto.
—Pero yo…
—No me importa.
—Pero.
—Estoy aquí, ¿o no?
Sherlock desvió la mirada. Sentía un profundo dolor en el pecho. ¿Hacía cuánto que no dormía en paz? Lo había olvidado. Las pesadillas lo tenían agobiado.
—Si volví fue para estar contigo —comentó John al admitir que Sherlock no hablaría.
—Eso creo.
—No me agrada verte así.
Sherlock no podía hacer más.
—A casa —dijo al cabo de unos minutos.
—¿Eh?
—Preguntaste adónde quiero ir. A casa. La respuesta es a casa.
John puso una de sus manos sobre la de Sherlock.
—Entonces vamos —dijo.
El almacén era una inmensa construcción a la orilla del mar; parecía no haber nada a los alrededores. Estaba frío, estaba por amanecer.
El sol se anunciaba como una pálida luz en el oriente. Las cadenas tintineaban y las estrellas comenzaban a difuminarse como ligeros nubarrones cada vez más pequeños y distantes.
Había un intenso y profundo silencio en el almacén, pero la voz de alguien lo destrozó:
—¡No lo hagas por favor! —rugió John cuando comprendió que podía perder a Sherlock o a Mary en ese momento.
Ambos pendían de sendas cadenas; y la caída de uno provocaría la del otro.
Irene también estaba colgada en otro extremo del almacén, sujeta a quién sabe qué.
Sherlock no lo sabía.
—John —dijo el detective entonces; tenía que adelantarse a cualquier giro de tuerca que pudiera darle Balthazar a la situación. El doctor volteó a verlo, con el ceño fruncido; luchando, sin duda, por encontrar una solución—. Salva a Mary —dijo. Y no agregó lo que pensaba además: Yo ya estoy muerto.
Prefirió dejarlo así. Para que John no se preocupara más por él de lo que ya lo hacía.
El doctor lo miró fijamente, y Sherlock pudo notar con claridad el momento en el que algo se quebró dentro de su amigo.
—No… —susurró John.
Por supuesto que no podría dejar a Sherlock así como así. Por supuesto que intentaría salvarlo. ¿Pero cómo?
"Piensa, piensa", se dijo a sí mismo.
¿Cómo había pasado de la seguridad de Cheste a ese lugar? En ese continente al otro lado del océano: por idiota. Porque había desconfiado de Sherlock y se había entregado a las fauces del lobo. Por imbécil, porque si hubiera sido lo suficientemente inteligente hubiera notado que el niño de los Landel estaba empeorando cada vez más, y si hubiera confiado en su intuición y en todo lo que aprendió de Sherlock, habría descubierto a Balthazar desde antes, cuando todavía se hacía pasar por el criado de la familia acaudalada.
¿Y si no hubiera involucrado al detective?
Quizás si se hubiera permitido encerrar y caer en manos de Balthazar, así, sin luchar, sin enfrentarse, sin patalear y sólo entregarse… quizás entonces Sherlock no hubiera salido tan lastimado. Ni tampoco Mary.
John volteó a ver a Sherlock, suspendido en las cadenas. Tenía sangre en una pierna del pantalón y en toda la camisa. Apenas escurría. Las heridas se estaban secando, y eso era malo. Si no lo atendía pronto seguramente se pudrirían. Las balas necesitaban ser extraídas.
Pero no podía escoger salvar a Sherlock.
No cuando Mary también lo necesitaba; y quizás más.
Salvar a uno no era suficiente.
No podía escoger a ninguno.
—Doctor —era Balthazar, quien lo sacó de su ensimismamiento dándole una pequeña patada en el costado; John estaba arrodillado en el suelo—. ¿Preguntará a su amigo eso que le comenté? Digo, para mostrar que no soy un mentiroso y dejar en claro mi imagen.
John cerró fuertemente los ojos. Sí, tenía que preguntar. Tenía que saberlo.
—Sherlock… —pronunció con trabajo, sin abrir los ojos—. Es… ¿Es verdad que tú… mataste a Susa?
Entonces miró a Sherlock.
El detective lucía cansado. Estaba agitado y respiraba con dificultad. Su mirada, sin embargo, era la misma que tenía cuando le costaba trabajo resolver un acertijo o encontrar la solución a un caso complicado: un tanto sereno, un tanto desesperado, un tanto decidido.
Pero su expresión había cambiado cuando John lo miró directamente a los ojos.
—¿Mataste a la mujer que me salvó la vida? —quiso saber John, porque esas eran las palabras que Balthazar le había pronunciado.
Sherlock desvió la mirada.
—¡Mírame a los ojos! —le urgió John con furia. No sabía qué lo molestaba más. Que Susa hubiera sido una víctima o que Sherlock hubiera sido el asesino.
El detective regresó la mirada al rostro de John.
—No le des el placer a Balthazar, Johnny —le suplicó Sherlock con calma.
—¡No me llames así! —gritó John. ¿Qué era? ¿Qué le dolía tanto?
Y entonces entendió que la resignación de Sherlock era lo que lo había perturbado tanto. Que el detective le hubiera dicho "salva a Mary" lo había molestado.
Quizás así Sherlock se había enojado cuando John dijo que se quedaría con Balthazar a cambio de que dejara libres a Mary, Irene y a Sherlock.
Aquel tiempo feliz en Cheste que vivió con Mary parecía tan lejano y distante. Y más aún lo parecían los años en que estuvo en Baker Street.
Entonces una pregunta loca se cruzó por su mente: ¿cómo supo Balthazar que Susa lo salvó?
Y entonces la voz de Mary fue la que habló e interrumpió sus pensamientos.
—¿John? —preguntó.
Acababa de despertar.
La mujer estaba balanceándose ligeramente, sin duda por la sorpresa y el terror que sintió al principio. Pero ahora parecía haberlo dominado por completo y Mary se mostraba recia.
—Mary —susurró John.
Sherlock comprendió que ellos no se habían visto desde que ella había sido secuestrada, y se sintió bastante mal por no ser capaz de ayudarlos a reunirse.
Un retorcijón abordó su estómago y entonces se preguntó por qué.
"Sé más honesto. Sé más frío. Más calculador. Piensa con detenimiento", se dijo, y tuvo que admitir que no deseaba del todo que ellos se reunieran de nuevo; así John no tendría que irse de su lado.
Pero eso era algo de lo que tendría que preocuparse más adelante, cuando ya hubiera asegurado la integridad del doctor.
—Sálvala, John —se atrevió a decir Sherlock.
John lo miró.
Su rostro develaba su miedo. Su rostro decía que no.
—Mi querido doctor, si no toma pronto una decisión yo me encargaré de tomarla por usted, y créame que no le va a gustar —le advirtió Balthazar.
El doctor se contrajo en el suelo.
—Levard —dijo entonces Balthazar, y uno de los guardas se acercó. Después le entregó una caja pequeña—. Gracias.
»Necesitará esto, doctor.
Le dio la caja a John.
—¿Qué es esto?
—Un explosivo, ¿no escucha el tick tock?
John comenzó a escucharlo. Sus vellos se erizaron y el pánico que había sentido se intensificó considerablemente.
—Si no mal recuerdo le debía una nota: y aquí está. Cuando el tick tock se acabe llegará la última nota y entonces tendrá el peor de los daños posibles —John se retorció. Balthazar, en cambio, parecía bastante complacido con los resultados de su amenaza—. Aunque no quisiera que eso ocurriera. Venga conmigo y dejaré a estos dos aquí… Prometo no hacerles más daño.
El viento sopló fuertemente.
Jhon bajó la caja al suelo. Y después tomó una de las manos de Balthazar.
—¿Lo prometes? —le preguntó.
—Lo prometo.
Balthazar estaba sonriendo. Bastante complacido con la manera en que se habían llevado a cabo las cosas. Tomó a John por la mano para ayudarlo a levantarse y después lo levantó con suma facilidad para cargarlo en sus brazos.
Después aspiró profundamente el aroma del doctor y sonrió observando a Sherlock.
—Le dije que sería mío por su propia voluntad —le dijo Balthazar.
—¡John, no por favor! —gritó Sherlock. Pero sabía que sería inútil. De parte de John estaba siempre ayudar a los demás antes que a sí mismo.
John se sintió estúpido ahí, a merced de Balthazar.
—Esta noche el doctor será mío, detective. Dígame ¿qué se siente?, saber que tendré el placer de tenerlo entre mis sábanas antes que usted…
Aquello fue una acusación; fue una provocación de su parte. Sherlock lo miró con ira y empezó a zarandearse lo más que podía entre las cadenas.
—¡No te atrevas, maldito!
—¡John! —gritó Mary también, pero su voz se escuchaba distante. O quizás Sherlock simplemente la ignoraba.
—Ja, ja, ja, ja —rio Balthazar—. Eso le pasa a usted por no atreverse antes a estar con él.
John se había encogido en los brazos de balthazar, incapaz de hacer algo más; estaba demasiado cansado, el golpe que le habían dado en la cabeza aún lo tenía torpe.
Entonces Balthazar se dio la vuelta y caminó hacia la salida, seguido por sus guardas.
—¡JOHNNNN! —exclamó Sherlock cuando los vio salir del cuarto—. ¡JOHN!
Y seguía moviéndose en su lugar, apresado por las cadenas; sus movimientos tenúan consecuencias, y Mary se agitaba también en su lado, aunque levemente.
Afuera John podía escuchar vociferar a su amigo.
—Bájame —le dijo a Balthazar con firmeza.
Él sonrió.
—¿Ya te arrepentiste? —preguntó—. La bomba aún puede explotar.
—No es eso… —dijo John—. Prefiero caminar solo si no te molesta.
Balthazar volvió a sonreír.
—De acuerdo —dijo, y bajó a John—. ¿Se encuentra bien, doctor? No lo quiero cansado esta noche.
John arrugó el ceño y bajó la mirada.
—¿Por qué? —preguntó, temeroso.
—¿Eh?
—¿Por qué hace esto? —siguió John.
Balthazar se plantó frente a él. Tomó la quijada del doctor con mucha delicadeza y levantó el rostro de John para verlo fijamente, frente a frente.
Apenas habían avanzado veinte metros desde la salida del almacén.
—Lo encuentro sumamente hermoso, docto —dijo Balthazar—. Es usted exquisito.
A John lo abordó un ligero tic en el ojo derecho. Sin embargo no podía evitar mirar de frente a Balthazar. Tenía unos ojos profundos, oscuros. De un negro azabache que le recordaba a la noche.
De pronto John no tenía miedo; Balthazar lo hacía sentir seguro.
Aun así bajó la mirada, sintiéndose impotente.
Siguieron avanzando. Balthazar puso un brazo sobre los hombros de John.
—Dígame —dijo, casi susurrándole al oído; al fondo se escuchaba como un eco los gritos de Sherlock—. ¿Prefiere dar o recibir?
John dio un respingo.
El miedo volvió.
¡¿Qué demonios estoy haciendo?!, se cuestionó. ¿En qué momento me rendí tan facilmente?
—Yo no tengo ningún problema con cualquiera —dijo Balthazar, y luego se acercó amenazadoramente—. Aunque supongo que quiero saber qué se siente estar dentro de usted —Balthazar abrazó a John y bajó lentamente sus manos—. Oh... vaya que son perfectas.
Le había tocado el trasero.
Ante ese gesto John no pudo contenerse.
Golpeó fuertemente el rostro de Balthazar; de frente. El hombre salió disparado unos metros al suelo; no se lo esperaba.
John no se detuvo a ver qué hacían los guardas, pero estaba seguro de que ellos irían a levantar a su jefe.
John corrió.
Regresó apresuradamente al almacén. Adonde los gritos de Sherlock le suplicaban que volviera; que no se entregara a Balthazar.
Por un momento John se preguntó por qué le afectaba tanto a Sherlock. Por qué… o quizás se preguntó si le importaba tanto a Sherlock; tanto como jamás había imaginado. Y recordó el beso impulsivo que él le dio al detective. Y después la noche en la que Sherlock se inyectó la morfina y lo que le dijo, levemente, casi al oído, casi para él mismo: Quizás, sí, quizás me estoy enamorando de ti.
John cerró la puerta detrás de él y los gritos cesaron.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó John—. ¡Rápido, no tenemos tiempo! —urgió a Sherlock, pero éste se encontraba demasiado sorprendido de que hubiera vuelto.
—No tenemos tiempo, señor Holmes —dijo entonces Irene. Al parecer había estado consciente desde hacía un rato—. Dígame que ya no es el patético hombre que se retiró y que tiene un plan para sacarnos de aquí. ¿No es así?
John, Irene y Mary observaron con atención a Sherlock, pero éste no pareció dar señales de reaccionar.
Cuando John se acercó a él pudo notar con mayor facilidad por qué. La sangre en sus heridas no se había detenido; incluso el bloque de hierro a los pies de Sherlock estaba manchado. El detective estaba muy débil; probablemente mareado por la pérdida de sangre y las heridas.
—Sherlock —susurró John.
En ese momento comenzaron a golpear la puerta de la entrada para derribarla.
—¡Doctor! —gritó Irene—. Examine el centro del sistema; libéreme a mí si no pasa nada y lo ayudaré con Sherlock mientras va por su esposa.
No tenía tiempo para pensar, así que John obedeció a Irene.
Siguió la línea y encontró una palanca que la soltaría. No la accionó porque aún tenía el bloque de hierro en los pies y éste la haría caer al agua.
Así que John tuvo que correr hacia Irene. Le quitó un pasador y con él se apresuró a forzar la cerradura en los pies de ella.
—Apresúrese —gritó Irene; la puerta caería pronto.
La cerradura cedió y el bloque de hierro cayó al agua.
John corrió a accionar la palanca y esto liberó automáticamente a Irene.
Ella cayó al agua, pero gracias a que llevaba pantalones no tuvo dificultades para salir.
—Acciona la otra —dijo ella, refiriéndose a la palanca que liberaría simultáneamente a Mary y a Sherlock.
Para John aquello resultaba demasiado arriesgado. Pero la puerta sedería pronto.
La palanca estaba justo enfrente de Sherlock.
—Yo no creo en los héroes, Johnny —musitó entonces el detective—. Pero creo en ti.
Eso le dio más fuerzas a John.
—Aguanten la respiración.
Accionó la palanca y corrió rápidamente hacia Mary, era a quien tenía que salvar él. Irene correría a Sherlock y lo ayudaría.
Estaban todos cerca.
Las poleas crujieron, también las cadenas y todo comenzó a moverse primero lentamente y luego más rápido. Ambos tocarían el agua en cuestión de un minuto.
Pero cuando John iba a la mitad del camino hacia Mary, se escuchó un disparo, y John pudo observar cómo Irene caía al suelo.
Irene sintió como una mordida en la pierna.
Eso sólo lo dejaba a él para salvar a los dos.
¿Y a quién?
Pero estando Irene en el suelo arrojó una pequeña pieza de metal que había en él, y degolló de un golpe a uno de los guardas de Balthazar.
—Ja —sonrió ella en el suelo, mientras el otro guarda se acercaba.
Le dio una patada de lleno en el estómago.
Los bloques de acero de Mary y Sherlock tocaron el agua. Las cadenas se soltarían en sólo segundos y ambos caerían libremente hacia el fondo del mar.
Ending: Something I Need de OneRepublic
Creo que me adelanté un poco pero es lo de menos.
Aquí tienen un nuevo capítulo del fic. Creo que es posible que termine en el siguiente capítulo; y cuando mucho se puede extender a otros dos.
Espero que les guste mucho.
Esta era la parte que más queria poner; hacer decidir a John entre Mary y Sherlock. Y también quería tratar de entender por qué elegiría a quién.
Saludos, y de nuevo muchísimas gracias por sus reviews. Son parte importante de mi escritura,
Wu Gyllenhaal.
