.
Sherlock Holmes:
Sinfonía
XXXV
Explosión de los sentimientos
Opening: Give Me a Chance de Gotye
Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,
que siempre me inspiran a seguir escribiendo…
John observó cómo Irene caía al suelo, cómo le arrojaba un objeto cortante a uno de los guardas y cómo lo degollaba.
El guarda caía secamente al suelo y se retorcía. La sangre brotaba a borbotones y pronto comenzó a mancharlo todo.
Pero a John no le importó; ni siquiera se puso a ver qué haría Balthazar, o los otros dos guardas.
Su interés, sin embargo, estaba en otro lugar.
Las cadenas que sostenían a Sherlock y a Mary suspendidos se soltarían en sólo segundos y ambos caerían libremente hacia el fondo del mar.
John corría hacia Mary cuando Irene cayó, de modo que se detuvo de golpe, atontado por el cambio de variables que se había sucedido. Sólo podía salvar a uno.
Sólo a uno.
No pudo mirar el rostro de Mary. Se negó a verla. No pudo mirarla a los ojos. John se dio rápidamente la vuelta y se zambulló en el agua en dirección a Sherlock, que apenas comenzaba a caer.
Mary Watson no gritó, no dijo nada. No tuvo tiempo de pensar cuando sus pies tocaron el agua y supo que el final estaba cerca.
Los bloques de acero tocaron el agua y pronto Mary y Sherlock comenzaron a hundirse.
John nadó hasta Sherlock, sujetó su rostro y lo miró sólo un instante; ambos sumergidos en la profundidad azul que era el mar.
"Todo va a estar bien", le dijo en sus pensamientos.
Pero era algo que él necesitaba más que Sherlock. Estaba atemorizado. Estaba completamente agitado y temía que hubiera tomado la decisión incorrecta.
Y por supuesto así era. Lo sabía; no había decisiones acertadas cuando se trataba de elegir una vida u otra.
John tenía fuertemente sujeto el pasador que Irene le había dado, y rápidamente lo insertó en el agujero de los grilletes en los pies de Sherlock. Tuvo dificultades para encontrar la cerradura porque pretendía encontrarla con los ojos y la corriente y el burbujeo del agua le impedían ver. Pero palpó con la mano y lo encontró.
Insertó apresuradamente el pasador y empezó a moverlo.
Después de un instante la cerradura se abrió.
El bloque siguió cayendo en el agua, en tanto John nadó para llevar a Sherlock a la superficie. Aún tenía aire en los pulmones como para hacerlo. Lo levantó fuertemente y lo puso en el suelo de madera. John no pensaba absolutamente en nada; ni en Balthazar ni en los guardas restantes ni en Irene. Tras asegurarse de que Sherlock respirara, y por un impulso, corrió hacia el agujero por el que cayó Mary y se lanzó de nuevo al agua.
Nadó hacia abajo con una increíble determinación, y pronto notó algo extraño. Mary estaba ahí, cerca, al alcance de sus manos, lo que significaba que la profundidad en esa parte del muelle no era mucha. John bajó hasta los grilletes de sus pies y rápidamente la soltó. También la subió al piso, pero ella, a diferencia de Sherlock, ella no respiraba.
Entonces, desesperado, comenzó a presionar su pecho con fuerza para sacar el agua que pudiera tener dentro.
Y entonces uno de los guardas pateó la cara de John y lo alejó de Mary.
—¡No! —gritó John; sin entender del todo qué es lo que estaba ocurriendo. Tenía sangre en la cara y un ojo cerrado a causa de ella. El golpe probablemente había sido con la orilla de la bota.
John estaba desesperado, si pretendía ayudar a Mary era sólo cuestión de segundos los que tenía para salvarla.
Las botas de Balthazar resonaron al acercarse; pasos amenazadores que anunciaban la catástrofe para John.
—Usted tomó su decisión —dijo.
—¡No! —volvió a gritar John sin mirar hacia donde estaba Balthazar; tenía la atención fija en Mary. Necesitaba ayudarla. Necesitaba que se salvara.
Sherlock escuchó el grito de desesperación de John. Apenas levantó el rostro y buscó entre la bruma que era su vista el lugar del que había venido.
Cuando encontró el lugar de donde provenían los gritos observó con dificultad a John. Uno de los guardas lo sostenía por los brazos. Y entonces distinguió a Mary en el suelo, frente al doctor. Entonces comprendió qué había pasado. John se había lanzado para salvarlo a él, y ahora lo estaban forzando a ver morir a Mary.
El cuerpo de la mujer se retorcía ligeramente.
—¡Mary no, por favor! —gritaba John frenéticamente. Estaba alterado. Sus facciones reflejaban el profundo dolor que sentía. Estaba aterrorizado.
—John —musitó Sherlock. Intentó estirar una mano, como para alcanzarlo, pero entonces reparó en que estaban aseguradas con grilletes—. John —repitió con voz quebrada. Se sintió completamente inútil ahí tirado, mojado, adolorido, lleno de heridas que le carcomían por la sal del océano.
Entonces sintió algo que se movía a su lado; Irene estaba abriendo el grillete que lo aprisionaba.
—No puedo… —susurró Sherlock—… no puedo.
Irene arrugó el ceño, confundida. No podía creer lo que Sherlock estaba diciendo.
Sherlock se arrastró un poco hacia John.
—No puedo —volvió a decir.
Y de pronto los ojos del detective comenzaron a anegarse de lágrimas. No supo si eran de impotencia, de dolor, de ira… o de miedo.
Irene lo tomo por la mano.
—¡NOOOOOOO! —gritó John en el momento en el que Balthazar ponía su pie sobre la cara de Mary.
—Creo que se nos fue —dijo Balthazar a modo de burla.
—Eres un maldito —John irradiaba ira. Estaba agitándose con brusquedad, apresado por el guarda. Sus ojos hervían de coraje, su tez se había enrojecido por el torrente sanguíneo que lo recorría. Sus dientes se mostraban férreos—. Te mataré —dijo entonces—, te mataré, maldito.
Y Balthazar rio.
—No creo que alguien tan recto como usted vaya a ir por sobre otra persona para matarlo a sangre fría, señor Watson. Hasta donde sé, siempre que lo ha hecho ha sido por defensa propia —Y entonces sonrió maliciosamente.
»No puedo asegurar lo mismo de parte de otras personas —y miró en dirección a Sherlock.
»¿Está agotado ya, señor Holmes? —preguntó entonces—. No puedo creer que su resistencia sea tan poca. Según investigué usted es un gran peleador.
Sherlock lo miraba con rabia.
John se agitaba con fuerza.
Balthazar pasó la mirada de uno a otro.
—Los destrocé —dijo—, los acabé —dijo con más fuerza—. El gran Sherlock Holmes acabado. Pisoteado, tirado en el suelo sin poder hacer nada. Oh, incluso a la gran ladrona Irene. La que sobrevivió al profesor.
»Así es —dijo Balthazar cuando Sherlock volteó a verlo—, conozco al profesor. También lo investigué. Tanto como me lo permitió, por supuesto. Supe de su enfrentamiento con él. Pensé que él se había deshecho del gran Sherlock Holmes, pero usted volvió. Vivo. Por suerte se alejó de mi doctor Watson. Por suerte a mi doctor no le importó que usted siguiera vivo porque decidió quedarse en el campo, no verlo, no saber nada más de usted…
John se agitaba. Por supuesto aquello no era del todo cierto.
A oídos de John llegó la noticia de que Sherlock Holmes había regresado después de un tiempo. Aun cuando él estaba casi seguro —por la dotación de oxigeno que recibió en un paquete, la dotación de Mycroft. Pero John se negó a visitar Londres.
¿Por qué? Se había preguntado.
Y Balthazar le dio la respuesta.
—¿Sabe por qué no le importó? ¿Por qué no lo visitó en Londres, señor Holmes? Porque el doctor no quería saber que lo prefería a usted sobre la señora Mary Watson. Pero gracias a mí, ahora lo sabe.
»Así que dígame, señor Holmes, ¿qué se siente saber que lo eligieron a usted?
Sherlock volteó a ver a John. Estaba vencido, apenas sostenido por la fuerza del guarda. Resignado al fin. Había admitido que había perdido a Mary. El detective sintió una punzada grave en el pecho. Su corazón le dolía. Sentía que había causado un daño irreparable a John.
Las lágrimas habían cesado desde el momento en el que Balthazar habló.
—¿Qué se siente saber que ahora el doctor es viudo gracias a usted? Je —Balthazar ya estaba cantando su victoria.
Entonces Sherlock comenzó a levantarse, lenta y dolorosamente. Primero se apoyó sobre una rodilla, luego levantó el otro pie y con ayuda de su brazo se impulsó para ponerse de pie.
Le dolían mucho las muñecas y los tobillos de donde había estado asegurado con los grilletes. Pero lo que más le dolía eran las heridas provocadas por las balas; la pierna y el hombro.
—Oh, el hombre se pone de pie —dijo Balthazar.
Y comenzó a caminar. Sus pasos fueron presurosos y se detuvo cuando estuvo frente a Sherlock.
—Déjalo —dijo Irene, y lo tomó por una pierna.
Balthazar hizo caso omiso de la interrupción.
Empujó a Sherlock con una mano y éste cayó hacia atrás sobre unas cajas. Pero volvió a ponerse de pie.
—¿No le duele la humillación? —preguntó Balthazar—. Sé que sí. Lo comprobamos cuando nos vimos en el restaurante, ¿lo recuerda? ¿Cuando se quedó conmigo toda la noche para salvar al querido doctor Watson?
»Somos completamente opuestos; usted tan orgulloso… y bueno, a mí me gusta darle una dosis de humillación para que recobre la humildad —Sherlock se puso de pie, con gesto amenazador—. Pero debo admitir que usted a veces parece más fuerte de lo que imagino. Cada momento me sorprendo un poco con usted.
Sherlock arrojó un golpe, pero Balthazar lo evadió con facilidad. Le bastó con apenas mover el torso hacia atrás.
El pero del detective por poco lo vence y lo deja caer hacia adelante.
Irene no había soltado a Balthazar.
El hombre hizo un gesto y el segundo guarda se acercó y jaló a Irene por los pies, arrastrándola por el suelo y apresándola en sus manos, tal como el otro tenía John.
—Apártate —gritó ella, pero estaba bastante herida.
—Qué mujer, ¿no cree? —preguntó Balthazar.
Sherlock volvió a abalanzarse sobre él. De nueva cuenta Balthazar esquivó el golpe y el esfuerzo fue inútil. Pero esta vez Sherlock no pudo sostener el equilibrio y se vino hacia el frente, cayendo en los brazos de Balthazar.
—Wo —dijo él—. Qué atrevimiento de su parte —dijo sonriente. Sherlock trató se apartarse pero Balthazar lo sujetó fuertemente por los brazos—. Pero qué bonito es usted cuando está agonizando —le dijo—. Creo que podría comérmelo —Y dicho eso unió su boca con la de Sherlock en una especie de beso que el detective no contestó.
»No sea aburrido —dijo él, cuando se apartó—. Tiene bonitos ojos y su cabello mojado se ve casi tan exquisito como el del doctor —Y puso su mano sobre la cabeza del detective.
»Quizás me los coma a ambos.
Sherlock lo pateó fuertemente en el estómago. Había reunido todas sus fuerzas y tuvo que hacerlo con la pierna lastimada, así que ambos cayeron al suelo retorciéndose de dolor.
—Señor —gritó uno de los guardas, el que sostenía a John, y en ese momento aflojó sus manos por la preocupación y John pudo aprovechar para golpearlo.
Utilizó todas sus fuerzas y lo golpeó en la parte lateral de la cabeza, dejándolo inconsciente en el suelo.
John corrió, pero también el guarda que apresaba a Irene había corrido. La mujer fue más rápida, sin embargo.
Alcanzó al guarda y lo golpeó fuertemente, de modo que lo derribó.
Cuando ambos llegaron ahí Sherlock comenzaba a levantarse.
John le dio la vuelta a Balthazar con su pie, y entonces un escalofrío recorrió su espalda y se extendió por todo su cuerpo hasta que se quedó petrificado.
En el pecho de Balthazar, cubierto con el saco, estaba el explosivo, la caja que le había dado a John al principio para asegurar que escogiera a Mary o a Sherlock.
¿De dónde lo había sacado?
Y entonces John reparó en que jamás lo había desactivado, jamás lo había apartado del suelo… todo había sido una completa y elaborada trampa.
Balthazar sonrió.
John vio la caja moverse, y por un momento no comprendió qué ocurría. Entonces la caja lo golpeó en la cara, Balthazar, ágil como era, se levantó apresuradamente, sin soltar el explosivo.
John pataleó y lanzó un golpe. Balthazar lo contestó y ambos comenzaron a pelear.
Pero algo andaba mal. John lo notó. Para Balthazar aquellos golpes eran suaves y lentos. Estaba cansado. Estaba lastimado. Donde quiera que lo hubiera golpeado Sherlock había hecho bien.
Justo mientras pensaba todo eso el hombre soltó la caja, arrojándola con fuerza contra John. Y mientras éste la balanceaba para no dejarla caer, Balthazar salió corriendo hacia el mar.
John sintió miedo.
Miró hacia la caja y vio que apenas restaban treinta segundos.
La soltó en el suelo e intentó levantar apresuradamente a Sherlock, cargándolo por un brazo. Y restaban veinte.
Irene lo miró inquisitivamente y lo único que John fue capaz de gritar fue:
—¡Bomba!
Y quedaban diez.
Pero justo cuando iba a comenzar a correr, Sherlock pateó el dispositivo hacia el mar, cerca de donde Balthazar había saltado, y antes de que tocara el agua el dispositivo explotó.
Fue una explosión intensa. El agua se tornó roja por el fuego y el almacén se derrumbó casi instantáneamente.
Sherlock se dio la vuelta para cubrir con su espalda a John, y lo jaló junto con Mary hacia las cajas sobre las que había caído para tratar de disminuir el daño de la explosión, pero ésta fue más fuerte y los tres salieron disparados por la intensidad de la explosión por el aire.
La construcción de madera comenzó a derrumbarse sobre ellos.
John sólo pudo ver cómo la saliente en donde estaba Mary se hundía en el agua. Después sólo pudo ver el techo caerse sobre ellos.
Apretó a Sherlock para protegerlo de las vigas incendiadas que comenzaron a caer.
Sherlock era todo lo que tenía.
Y quedaron sepultados en los escombros y en el fuego.
Ending: Sorrow de The National
Hola!
Aquí tienen el siguiente capítulo del fic. Que ya es el penúltimo.
Así es, el siguiente capítulo es probablemente el último. Y digo probablemente porque depende de mis ocurrencias.
Saludos a todos. Y muchísimas gracias por sus reviews, sus comentarios son siempre importantísimos.
Feliz año nuevo.
Wu Gyllenhaal.
