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Sherlock Holmes:
Sinfonía
XXXVIII
Sinfonía
(o El trastorno de un detective que lo había perdido todo)
Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,
que siempre me inspiran a seguir escribiendo…
Para mí, muchas veces una historia empieza con una melodía; con una canción o con una palabra.
En este caso también fue así.
Wu Gyllenhaal
La cafetería había quedado atrás. Después del espasmo que Sherlock tuvo sólo fue capaz de pedirle a John con toda sinceridad que lo llevara a casa. A pesar de todo, necesitaba descansar.
¿Pero cuál era su casa? Eso se preguntó de camino. Cuando John detuvo con toda tranquilidad el coche y ordenó que fuera a Baker Street. El cochero se les quedó viendo, como si le estuvieran jugando una mala broma, pero no puso objeción y les permitió subir.
—¿Cómo haces para estar tan bien? —preguntó Sherlock, cuando se sintió en la comodidad del coche.
—Me fui precisamente para eso —dijo—. Tú necesitabas cierto espacio, cierto tiempo para meditar. Y aquí estoy, esperando que ese tiempo que te di te haya sido suficiente.
Sherlock miró hacia la calle.
—¿Para ti lo fue? —preguntó.
John apretó los puños contra sus rodillas.
—Sé que de ningún modo podré remediar el daño que le hice a Mary —respondió angustioso—. Si no la hubiera comprometido conmigo ella hubiera tenido otro tipo de oportunidades…
»Pero eso no cambia el hecho de que fue Balthazar quien se entrometió, yo no la até a esas cadenas, ni le puse ese enorme peso en las piernas. De cualquier forma, aún si la hubiera salvado a ella, estaría arrepentido por no haberte salvado a ti. Así que… creo que estoy bien.
El coche dio un ligero salto en el suelo.
"Escombros", pensó Sherlock. Y cuando el cochero redujo su velocidad supo que tenía razón. Habían llegado.
John abrió la puerta, pero Sherlock lo detuvo antes de que decidiera salir.
—¿Seguro que estás listo?
Y John no tuvo más que dirigirle una mirada ruda.
Entonces descendieron, y se abrieron paso entre el ajetreo que eran los trabajadores y empleados que estaban ahí. Aún había escombros de lo que alguna vez fue Baker Street, y por todos lados se veía a personas trabajando en obras de reconstrucción, demolición o de limpieza para volver a construir la calle.
Como Balthazar había amenazado, detonó una serie de bombas que destruyó la calle completa, a excepción del edificio 221, como un recordatorio para sus habitantes de que había sido culpa de ellos la muerte de sus vecinos y del resto de la calle.
Opening: Counting Stars de OneRepublic
VI
Wooden floors, wooden floors whisper
And they creak under your sockless feet
A secret door, a door undiscovered
Suelos de madera, los suelos de madera susurran,
y crujen bajo tus pies desnudos.
Una puerta secreta, una puerta sin descubrir.
La habitación era silenciosa. Estaba construida con madera y una ventana daba directo hacia el cielo; no había nadie que los estuviera viendo. Probablemente estaban en un segundo piso, o hasta en un tercero.
Sherlock observó fijamente a John.
El latido en su corazón era intenso. Palpitaba con si hubiera corrido durante varias horas la distancia correspondiente a mil millas.
Estaba cansado; exhausto. Pero no podía negar que se sentía feliz de que John estuviera bien.
Bien, no obstante, era un término relativo.
—Te bañaste —dijo Sherlock. Era más una obviedad que una deducción.
—No.
—¿No? —preguntó el detective, confundido.
—No vas a cambiarme el tema.
Y Sherlock volteó hacia la ventana para ignorar la mirada de su amigo.
—Parece que va a llover.
Y entonces Sherlock respingó porque John le dio un fuerte golpe a la mesita que tenía al lado.
—No me hagas esto por favor —le pidió en un tono suplicante.
—¿Hacer qué?
—No me hagas a un lado. No me apartes de ti.
Sherlock suspiró.
¿Qué podía decir?, se preguntó. ¿Qué podía decir que lograra explicar de una forma certera y contundente los sentimientos que tenía atorados en el pecho? Trató de pensar. De idear una forma de salir de aquella situación sin lastimar a John, pero no había nada en su cerebro una sola respuesta; veía a los ojos a su amigo y todo el mundo perdía sentido. Y sólo importaba él y nada más; y quizás por ello fuera tan difícil aceptar lo que sentía, quizás por eso si debía sentirse una escoria, se sentía mil veces peor que una. Puso su mano en la mejilla de John.
—Te defraudé —dijo finalmente.
John tomó la mano de Sherlock y la apartó suavemente de su mano, conduciéndola hacia su pecho.
—No. Me salvaste, ya dijimos eso.
—Lamento lo de Mary.
—Y yo también. Pero no es tu culpa, sino mía.
—Por supuesto que no. Se supone que yo fui a ayudarla y en lugar de eso terminé siendo otro rehén. De no ser por mí la hubieras salvado sin problemas.
John le dio un golpe a Sherlock en la cara; no con todas sus fuerzas pero suficientemente fuerte como para aturdirlo durante un segundo.
—Si te hace sentir mejor digamos que yo no te elegí. Fue Balthazar quien amarró a Mary ahí, fue él quien la secuestró; ni tú ni yo. Que quede claro.
Sherlock lo miró.
—Entiendo.
Y John volvió a besar a sherlock.
—Quiero estar contigo —dijo—. De verdad quiero volver contigo a Baker Street, y que volvamos a resolver casos, y que todo sea como antes.
Sherlock abrazó a John.
—Yo también.
Y entonces John volvió a besar a Sherlock, apasionadamente.
Se dejó llevar por el impulso. Mordisqueó un labio de su amigo y después se alejó para verlo a los ojos.
—¿Qué haces? —preguntó Sherlock.
—Todo este tiempo has estado ahí para mí y yo no me había dado cuenta… o no había querido darme cuenta.
—Sí, ¿pero qué haces?
John tomó una de las manos de Sherlock entre las suyas.
—En este momento estoy comprendiendo lo mucho que tú significas para mí —dijo—. Quiero que sepas lo que siento.
Sherlock pestañeó varias veces. Se sentó con dificultad sobre la cama.
—¿Y qué sientes? —preguntó.
—Sabes que no hablo mucho de mis sentimientos.
—Dos en el club.
—La sociedad nos ha acostumbrado a ello.
Sherlock repasó el techo con la mirada.
—Para mí es pura elección propia.
John sonrió. Puso una de sus manos en el pecho de Sherlock.
—Estás frío —comentó.
—Y tú eres cálido.
—Yo… —dijo, y después se aseguró de ver a su amigo a los ojos—. Yo te amo, Sherlock Holmes.
Aquello fue todo un descubrimiento para el detective. Múltiples emociones recorrieron su cuerpo, tomando como principal vehículo a su torrente sanguíneo. Cu corazón volvió a palpitar; sus pupilas se dilataron y contuvo su respiración. Aquello era una noticia de tal importancia que no podía sino sentirse aterrado. ¿Qué era el amor? Y, ¿Sherlock Holmes había sido hecho para ser amado?
¿O no?
Pero nada de esa discusión interna tenía importancia. Nada parecía tener un peso grande en su vida; todo lo demás se volvió trivial, incluyendo las heridas y el dolor que éstas le producían. Todo ese dolor, de pronto, se sintió tan distante y lejano como una estrella difusa que se extravía a causa del brillo del sol.
Y el nombre de su sol era John Watson.
Una lágrima se escapó de su ojo y empezó a recorrer su mejilla, lentamente; quizás, pensó Sherlock, el dolor había tomado esa forma y ahora salía de su cuerpo, porque ya no había lugar para él ahí.
John acercó su mano y con el pulgar limpió la lágrima de la mejilla de Sherlock.
—No llores —dijo—. Por favor.
—No estoy llorando —dijo Sherlock; porque al parecer aquél había sido sólo un impulso de su cuerpo para expulsar el miedo. Sherlock sonrió—. Estoy feliz, Johnny.
Y la expresión del doctor también cambió.
Estaba feliz.
—¿En serio? —dijo.
—Sí —y Sherlock respiró profundamente—. Yo también te amo, John Hamish Watson.
Y John besó a Sherlock.
Las manos del detective se movieron por la espalda del doctor, las introdujo debajo de su camisa y comenzó a acariciar su espalda.
John se montó sobre Sherlock para darle una mejor vista de sí, y para darle un acceso más sencillo.
Sherlock desabotonó lentamente su camisa, hasta dejar al descubierto el pecho de John. Después acercó su rostro y besó lentamente uno de sus pezones, y luego el otro. Y luego dirigió su lengua a su cuello y luego a su boca.
John gimió.
Sherlock no pudo contenerse más. Necesitaba a John. Lo necesitaba con todas sus energías. Era todo en lo que podía pensar.
Así que desabotonó su pantalón y pronto lo dejó completamente desnudo.
Cuando Sherlock vio el cuerpo de John enfrente, desnudo, vulnerable, con su miembro perfectamente listo para el amor, miró a los ojos a John.
—Eres perfecto —le dijo.
John también desvistió a Sherlock.
Cuando le quitó la ropa interior Sherlock ahogó un grito.
—¿Estás bien? —preguntó John.
—Es la pierna, pero no es gran cosa —dijo Sherlock.
Aún le dolía, y John había rozado los vendajes cuando lo desnudó. Pero a Sherlock no le importó, lo único que necesitaba era a John.
—Date la vuelta —le pidió el doctor, y Sherlock lo hizo.
Se recostó sobre la cama boca abajo, dejando su espalda a merced del doctor.
Entonces John comenzó a besar lentamente el cuello de Sherlock. Bajó con la lengua lentamente, besando con cuidado cada parte de su espalda.
Sherlock sintió cosquilleos y se estremeció, pero John lo controló. Hasta que el doctor llegó a su trasero. Primero mordisqueó sus glúteos y después comenzó a lamerlo lentamente.
—John —gimió Sherlock.
Estaba aterrado. Era la primera vez en toda su vida que se exponía de aquella forma. Estaba sumamente nervioso y se sentía avergonzado.
Entonces John volvió a subir hasta besar su cuello, recargándose sobre el detective, haciendo que éste sintiera el miembro erecto del doctor entre sus piernas, dispuesto a penetrarlo, a entrar en su cavidad húmeda y cálida.
—Oh, Sherlock —dijo el doctor, mordiendo uno de los lóbulos de Sherlock—. Te deseo tanto.
Y Sherlock también lo deseaba en su interior.
Así que el detective oprimió el trasero de John para invitarlo a entrar. John produjo un gemido, pero en lugar de entrar le dio la vuelta a Sherlock debajo de él y comenzó a hacer otro recorrido sobre su superficie.
Su lengua se detuvo en su pezón y luego bajó muy lentamente al estómago.
Y bajó, y bajó.
Hasta que John tuvo que abrir las piernas de Sherlock para tener acceso completo a su miembro.
Sherlock estaba excitado.
John lo apreció con anhelo, primero besó el lugar en donde sus piernas se unían con la entrepierna, después jugó con sus testículos y Sherlock volvió a gemir.
Entonces insertó el miembro de su amigo en su boca y Sherlock se retorció de placer puro.
—John —volvió a gritar.
Y esta vez el doctor le puso una mano en la boca para callarlo. Pero no dejó de lamer el miembro de su amigo.
Sherlock pataleó.
Y entonces John supo que era momento de entrar.
Abrió las piernas de Sherlock y las puso sobre sus hombros.
Sherlock tenía los ojos vidriosos, pero lucía preparado.
John lo besó.
Y entonces comenzó a frotar su propio miembro contra la cavidad de Sherlock. Lentamente, humedeciéndolo, dilatándolo. Y luego se ayudó de su mano para colocarlo firmemente en el acceso, y empujó.
Sherlock gimió fuertemente.
—Espera —dijo.
Y John aguardó un segundo y después continuó entrando muy suavemente; cuando ya estaba más de la mitad dentro de Sherlock empujó fuertemente y ambos gritaron de placer y excitación.
Y se abrazaron.
Y entonces John se retiró suavemente y volvió a entrar.
Y una y otra vez lo hizo.
Embistió a Sherlock con todas esas ganas que había contenido durante tanto tiempo.
Y Sherlock gemía y gemía.
Adentro, afuera.
Entonces John hizo que Sherlock se diera la vuelta y volvió a penetrarlo.
Abrazó a su amigo y con un abrazo lo obligó a sostenerse de rodillas contra la pared mientras él se abría paso en su cavidad.
Las manos de John descendieron y comenzaron a acariciar el miembro de Sherlock.
Y luego comenzó a masturbarlo al ritmo en que él lo penetraba.
Ambos se besaron, sin dejar de gemir, sin dejar de decir uno el nombre del otro.
Hasta que Sherlock alcanzó el orgasmo y mojó las manos de John. Eso provocó aún más al doctor, que continuó embistiendo a Sherlock hasta que finalmente vació su semilla en el detective.
Y ambos exclamaron de placer. Se quedaron ahí, arrodillados, desnudos, abrazándose, sin poder creer lo que estaba ocurriendo.
John sonrió, con la respiración agitada.
—No debiste gritar tanto… —dijo, a modo de broma; o quizás en serio. Pero debido al placer nada importaba.
Sherlock lo miró fijamente y comprendió que no estaban solos en la casa.
—Lo siento, debí avisarte —dijo John.
Sherlock sonrió.
—No importa.
Dijo.
Y ambos se recostaron en la cama, desnudos y sudorosos.
Y ambos se quedaron dormidos.
VII
A record plays a song that you've not heard
It is perfect, it is home
Everything, now everything's different
It is sweeter on your tongue
Suena una grabación, una canción que no has oído.
Es perfecto, es tu hogar.
Todo, ahora todo es diferente.
Es más dulce en tu lengua.
Alguien llamó a la puerta al día siguiente.
Sin saberlo, Sherlock y John habían dormido durante toda la noche, y el sol había salido ya desde hacía un rato.
Sherlock fue el primero en levantarse.
Se vistió y abrió la puerta apenas un palmo para mostrar la cara; se negó a despertar a John y a dejar que quien quiera que estuviera afuera lo viera así: desnudo, vulnerable.
Se llevó una sorpresa grande cuando a quien encontró ahí afuera resultó ser Gebrard.
—Muy buenos días, señor Holmes —saludó él con naturalidad.
Hasta ese momento Sherlock reparó en que jamás se preguntó en dónde estaban. Había asumido —gracias a su desmayo involuntario— que John había logrado sacarlo de aquel almacén, y con eso en mente asumió que estaban a salvo en algún lugar que John había alquilado o encontrado.
Pero Gebrard vestía cómodamente, y también llevaba una bandeja de desayuno con él; dos cafés, dos jugos, pan tostado, galletas y un huevo revuelto, acompañados de un periódico. Así que Sherlock dedujo que el lugar le pertenecía a Gebrard, y sin entender qué sucedía, dio los buenos días.
—Lamento despertarlo —dijo Gebrard—. Le traigo a usted y al doctor el desayuno. Anoche se la pasaron muy ben, ¿eh? Déjeme decirle que su escándalo se escuchó hasta el patio; menos mal que los criados son bastante discretos.
»¿El doctor sigue dormido?
Sherlock enrojeció completamente.
—Oh, no, no, no —se apresuró a decir Gebrard con animosidad—. No se ponga nervioso, o estoy totalmente de acuerdo con que ustedes dos tengan… un rato; se lo merecen… y si durante ese rato hay amor yo lo entiendo bien… Como diría… ¿quién lo dijo?, ah, sí, fui yo…, como diría yo, el doctor sólo tenía ganas de "poner todo su amor dentro de usted". Ju, ju, ju.
»Tome —le extendió la bandeja a Sherlock—. Asegúrese de comer bien; y también el doctor. Los veré abajo para almorzar; tómese su tiempo. Mandaré también un criado para traerles ropa limpia. La señora Irene también tendrá el gusto de acompañarnos y así aclararemos un par de cosas; usted aún tiene mucho trabajo pendiente, así que —se acercó al oído de Sherlock— disfrute todo lo que pueda mientras tanto —y le dio un beso en la mejilla para después darse la vuelta y retirarse por todo el pasillo.
El lugar era grande; más de lo que Sherlock había pensado sólo por una habitación.
Cerró la puerta y volvió a la cama. Puso la bandeja en el mueble de al lado, procurando revisarla de antemano; no podía confiar del todo en Gebrard.
En ese momento John se despertó.
Rodó en la cama hacia donde estaba Sherlock y lo envolvió con un brazo.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
—¿Estás bien? —preguntó John—. ¿Te hice daño?
Sherlock sonrió.
—Estoy muy bien, gracias.
—¿Preparaste el desayuno? —preguntó John, sentándose sobre la cama y observando la bandeja atrás de Sherlock.
—¿Qué? ¿Esto? No. Gebrard hizo el favor de traerlo.
—Oh.
—Olvidaste decirme que estamos en su casa.
—No lo olvidé.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Porque estabas lo suficientemente cansado sin saberlo.
Sherlock se limitó a tomar su café.
Después de ello alguien más tocó la puerta; Sherlock fue quien se levantó y recibió al criado con un par de trajes. Sherlock agradeció al criado y después él y John se dirigieron al baño para asearse.
Se metieron en la tina, y después de una pequeña sesión de besuqueos salieron para vestirse.
El traje de Sherlock era oscuro, y el de John de un azul claro.
Bajaron juntos por las escaleras, y cuando llegaron al salón principal, escucharon la voz de Gebrard que los llamaba desde una habitación contigua.
Al acceder notaron que se trataba del comedor principal; el comedor era una estructura plana de cristal de al menos ocho metros de largo y dos de ancho.
—Muy buenos días —dijo Gebrard desde el lugar principal del comedor.
—Buenos días —saludaron ambos.
—Adelante, tomen asiento. Espero encuentren reconfortante mi casa.
—Es muy grande y está muy bien decorada —comento Sherlock—. Muchas gracias por el desayuno.
—No hay de qué.
John y Sherlock se sentaron a la mitad de la mesa, uno frente al otro.
—Pueden pedir lo que gusten; mis cocineros tienen una extraordinaria facilidad a la hora de preparar alimentos exóticos; por otro lado, el pescado en cualquier forma es su mayor fuerte.
Uno de los criados se acercó a John para preguntar por su orden, y cuando éste pidió se dirigió con Sherlock para hacer lo mismo.
Después el criado se retiró.
—Espero que se encuentre bien, señor Holmes. ¿Qué tal su pierna?
Sherlock había cojeado todo el camino hasta el comedor, y halló sumamente difícil bajar las escaleras; tuvo que apoyarse del brazo de John para poder hacerlo.
—Sigue en donde tiene que estar —comentó Sherlock—. Muchas gracias por su preocupación.
Gebrard sonrió.
—Es lo menos que les debo después de lo que mi hermano les hizo pasar.
John desvió la mirada, el detective lo notó, pero no le dio importancia.
—¿Usted no apoyaba los intereses de su hermano? —preguntó Sherlock entonces.
Gebrard pasó su mirada de un lado a otro en el techo.
—Los intereses de mi hermano eran muy particulares —Y le guiñó un ojo a John—. No hab{ia mucho que apoyar o reprobar, en todo caso.
—Entiendo.
—Sin embargo —interrumpió John—, a mí me comentó que también podría tener usted sus motivos para habernos ayudado a Sherlock y a mí, ¿no es así? ¿De qué se tratan exactamente esos motivos?
Gebrard sonrió nuevamente.
—Según las propias reglas que se impuso mi hermano, él se consideraría derrotado en el momento en que el doctor John Watson hubiera elegido a Sherlock Holmes por sobre él —explicó Gebrard con naturalidad. Levantó una copa de vino y le dio un trago, y siguió hablando sin soltar la copa—. Así que como ya habrán deducido, él fue derrotado incluso antes de que el fuego o lo que fuera lo acabaran.
Volteó la copa y derramó el resto del vino. Uno de los criados que estaban en las orillas del cuarto se acercó rápidamente para limpiar la copa de vino con una toalla.
John no pudo verlo porque estaba del lado opuesto, pero para Sherlock fue todo un espectáculo lo que Gebrard hizo a continuación: pisoteó las manos del criado y después pateó la toalla, apenas un palmo lejos del criado, pero éste, al parecer, sabía lo que tenía que hacer, y en lugar de levantar la toalla comenzó a lamer el vino del suelo-
Sherlock arrugó el ceño. Por ningún motivo consideraba aquello un comportamiento normal ni permisible; humillar a los criados no era algo que fuera con él.
—No se atreva a decir nada, detective —dijo Gebrard entonces—. Créame que lo que vamos a hablar le importa más que la vida de este criado.
Sherlock miró con fijeza a Gebrard; aquello no era un desafío o una advertencia. Era algo que para Gebrard no tenía importancia, algo que veía con suma naturalidad y a lo que no necesitaba darle mayor importancia en ese momento.
Así que Sherlock se tranquilizó.
—¿Cuál es el asunto?
—Balthazar me aseguró que le haría saber que Irene estaba viva, y alguien más también.
A Sherlock se le erizó la piel.
—Continúe.
—No obstante, parece que no terminó de revelarlo todo; encontrará usted que mi hermano fue un contrincante peligroso, sádico y hasta loco. Y que su destreza sólo lo llevó hasta donde lo llevó por su propia locura.
»La otra persona viva, por supuesto, es ni más ni menos que el profesor James Moriarty.
John dio un golpe de ira sobre la mesa.
Gebrard sólo hizo una señal para contener al doctor, porque al parecer había más que decir.
Sherlock se mordió un labio.
—El estado de ese hombre es grave, sin embargo. Usted mismo debe haber sabido que si anduviera suelto sus actos no tardarían en revelarlo. Fue mi hermano quien lo rescató, lo sacó del río bajo Reichebach y después lo atendió. Sin embargo, se limitó a encerrarlo en un calabozo. Mi hermano y él tenían su historia como alguna clase de súper enemigos o algo así. Son niñerías, como bien sabrá usted.
»De cualquier forma, la derrota de mi hermano conlleva una consecuencia más, que es la siguiente: en el momento en el que Sherlock Holmes fuera escogido por John Watson, como una clase de apuesta, Balthazar Leprince-Ringuet se comprometió a liberar a James Moriarty.
—Y por supuesto usted cumplió —asumió Sherlock, en su habitual tono serio.
Gebrard asintió suavemente.
—¿Por qué? —preguntó John—. ¿Por qué me ayudó a mí y a Sherlock, y también a Moriarty a pesar de todo? Para que nos enfrentáramos… Usted sólo…
—Mis intereses son muy particulares; digamos que yo sólo me siento como el vehículo a través del que todo lo que tiene que ser, es.
»Yo los ayudé porque mi hermano así lo habría decidido, y liberé a Moriarty porque así lo prometió. Nada más. Yo no me meto más allá de eso con ninguno de ustedes y espero que sepan apreciar eso.
Sherlock recargó su cabeza en su mano.
En ese momento se escucharon pasos atrás de ellos, e Irene Addler apareció ataviada con un inmenso vestido de fiesta.
Lucía en extremo hermosa.
VIII
Cause you can see the road ahead in your dream
And the engine's more a sigh than a scream
And your ghosts look more like angels from there
And the coast comes like a raft of warm air
Porque puedes ver el camino adelante en tus sueños.
Y el motor es más un suspiro que un grito,
Y sus fantasmas se parecen más a los ángeles a partir de ahí,
Y la costa viene como una balsa de aire caliente.
Ella dirigió una sonrisa pícara a todos.
—Muy buenos días tengan todos, caballeros —dijo, y tomó asiento al frente de Gebrard; al otro lado de la mesa.
Siendo una mujer como era, Irene no esperó que nadie se levantara para acomodarle la silla, y lo hizo por ella misma. Al parecer su herida había sido menos grave que la de Sherlock, porque ella andaba sin problemas por todos lados.
—¿Y bien? —dijo, y uno de los criados se acercó apresuradamente hacia la mujer para pedir su orden. Ella pidió algo de pescado frito con una abundante ensalada.
El criado salió apresuradamente del salón, dirigiéndose a la cocina.
—Bueno —dijo Gebrard—. Yo intenté advertirles un poco en aquel tren, ¿recuerdan? Tampoco es que yo sea un villano más en esta historia.
—Pero teniendo posibilidades de detener a Balthazar, usted decidió dejarlo hacer lo que quisiera. No hacer nada es tan malo como hacerlo.
—No precisamente —interrumpió Irene—. ¿Holmes?
Sherlock desvió la mirada un segundo, y después fijó su atención en la cuchara que tenía en las manos.
—No se puede obligar a alguien a ser "bueno" o hacer "lo correcto". Cada quien toma decisiones sobre sí mismo —dijo Sherlock—. A lo mucho las leyes existen para exigir que no seamos malos, pero éstas no nos exigen de ninguna forma que seamos propiamente "buenos". Para las leyes, mientras no sobrepasemos esos límites establecidos para separar lo malo de lo que no lo es, no hay problema. Lo "no malo" no significa siempre "bueno". El mundo no está compuesto sólo por dos variables, querido John. No se le puede culpar a Gebrard por no haber hecho lo que tú habrías hecho. Pero tampoco se le puede culpar por haber actuado mal, porque como él mismo dijo, se mantuvo al margen.
John se puso de pie, molesto.
—¡Pero él te clavó el sable!
Irene volteó a ver a Sherlock y después a Gebrard con una mirada curiosa.
—Yo lo provoqué —admitió Sherlock—. ¿No es así?
Gebrard asintió.
—Podría admitir la mitad de la culpa —comentó—: se supone que cualquier persona debería ser más… ¿cómo se dice?... ah, sí, prudente.
—Pero por supuesto, eso opera para ambos, ¿no?
—Es que cuando se trata de John Watson todo mundo pierde la cabeza —ironizó Irene, y todos se quedaron mirando al aludido.
John miró con ira a todos. Se sentía como excluido en ese grupo tan particular; hasta Balthazar hubiera podido congeniar bien con todos ellos si no hubiera resultado un maniaco homicida.
—Así que ¿cuál será su siguiente movimiento, señor Holmes?
—Creo que sus movimientos los escuchamos anoche —sonrió Irene, y ella y Gebrard se desataron a reír.
—Es siempre tan cómica, señorita Addler —refunfuñó John.
Entonces Gebrard interrumpió.
—No sonrojemos a los invitados. Limitémonos a darles un momento de descanso, querida Irene.
—Oh, ¿entonces se conocen? —preguntó Sherlock.
—Trabajo con él —explicó Irene.
—Ah… por eso estabas tan enterada…
—Sólo un poco.
En ese momento comenzaron a llegar los criados cargando cada quien una bandeja con distintos platillos de comida. Otro de ellos se dedicó a servir vino en las copas.
—Preguntó cuál sería mi siguiente movimiento —dijo Sherlock, mientras se llevaba un trozo de su comida a la boca—. Iré tras Luis LePrince-Ringuet.
—Oh. ¿Sabe que es un hombre tan poderoso como su querido hermano, señor Holmes? Probablemente lo sea más.
—Entre más altos sean, más dura es la caída.
—No necesariamente, también usted puede caer: ya vivió un ejemplo. Y déjeme advertirle que Balthazar era por mucho el más estúpido de nosotros tres.
Sherlock no pudo evitar sorprenderse.
—¿Considera usted que está en deuda conmigo, señor Holmes? —preguntó entonces Gebrard.
Sherlock estuvo a punto de decir que no, pero entonces vio a John, comiendo, casi despreocupado, y tuvo que admitir que estaba totalmente agradecido porque lo hubieran sacado de aquel almacén.
—Sí.
—Entonces págueme esta deuda así: deje en paz a mi hermano.
John dio un respingo.
—¡Pero eso no es posible!
Sherlock desvió la mirada de John a Gebrard.
Luego miró a Irene, y ésta asintió.
—De acuerdo —dijo Sherlock.
—¡Pero qué demonios te sucede! ¿No recuerdas lo que te hizo ese maldito Luis?
—No importa.
—¡Pero, Sherlock…!
—Escuche a su detective, querido John —dijo Gebrard—. Él ha entendido algo que usted no. Eso ocurre a menudo, ¿no es así? Además, es también por el bien de usted y de él mismo. No se metan con mi hermano, puede resultar sumamente peligroso.
John se echó hacia atrás en su silla, completamente resignado.
Si lo pensaba con mayor detenimiento, ni siquiera tenía fuerzas para perseguir a otro villano. Lo que debía hacer, y con justa razón, y en deuda de Mary, era guardar el luto por su esposa.
De pronto el estómago se le contrajo porque recordó la noche anterior y lo estúpidamente mal que había actuado. ¿O no?
Sintió arrepentimiento y posteriormente un sentimiento de odio y reprobación hacia sí mismo.
—De acuerdo —dijo—. Si Sherlock así lo quiere, entonces no iremos tras él.
—Sabia decisión.
Y continuaron comiendo.
IX
A symphony, slow music of longing
Plays in movements inside your head
There are no ghosts,
no ghosts that can shake you
Like they used to, anymore
Una sinfonía, música lenta de la nostalgia
Juega en los movimientos dentro de tu cabeza
No hay fantasmas,
no hay fantasma que puedan estremecerte
Como solían hacerlo, no más
La noticia de que Baker Street había sido casi borrada del mapa no llegó a sus oídos hasta varios días después.
Se embarcaron de regreso a Londres con la esperanza de volver a los días de antes y dejar el episodio de Balthazar varios cientos de kilómetros atrás; en otro continente, con todo el dolor que eso acarreaba.
Sherlock estaba sentado a la popa, observando el camino blancuzco de espuma que dejaba el barco al abrirse paso en la superficie del agua. Se sentía sumamente cansado, agradecido por seguir vivo, pero exhausto. El sonido del mar lo tranquilizaba, y no necesitaba más que eso para relajarse y perderse en el azul del océano y del cielo, apenas tapizados ambos por líneas blancas.
—Te encontré —dijo entonces la voz de John.
Sherlock lo había dejado en el camarote que ambos compartían. Acababa de amanecer y no había querido despertarlo por ningún motivo; la noche anterior habían estado juntos de nuevo. Eso lo agradecía totalmente el detective.
—Allá se queda Susa —comentó Sherlock, distraído.
—Y también Mary —dijo John, y tomó asiento al lado del detective.
—Claro, también ella.
Sherlock observaba sus manos; las manos asesinas, las manos que le habían arrebatado la vida a Susa y habían sido inútiles a la hora de salvar a John Watson.
—No —dijo John, y puso sus manos sobre las de Sherlock—. No lo hagas. No te castigues. No tiene caso.
—Lo sé.
—¿Entonces?
—Necesito recordar lo que hice para asegurarme de que no lo volveré a hacer.
John le dio un beso.
El detective lo empujó con su mano.
—Podrían vernos —dijo Sherlock, apartando la cara con brusquedad.
John rio.
—¿Hablas en serio?
—Sí.
—¿Después de todo por lo que hemos pasado?
Sherlock miró hacia el mar.
—No sé, sí, creo.
—¿No te importo?
—Claro que sí.
—¿Entonces?
—No sé.
—Dime.
—No sé.
—Anda.
—¡Que no sé!
Sherlock había gritado estrepitosamente.
John se hizo hacia atrás un momento.
—Sólo no sé, ¿de acuerdo? —dijo Sherlock, con más tranquilidad.
John se le quedó viendo. Después de un segundo se recargó sobre el barco.
—De acuerdo. Lo que necesites: tiempo, espacio, tranquilidad. Es totalmente tu decisión.
—Necesito pensar.
—Pienso que necesitas no pensar.
—Necesito apoyo…
John odiaba aquello; lo que quería decir era que necesitaba sus drogas.
—No.
—Sí… déjame. Es mi método.
—Soy tu doctor.
—No necesito un doctor.
De nuevo John se sintió rechazado.
—Me necesitas.
—Más de lo que creí —admitió Sherlock—. Pero quiero salir de esto solo.
—No tienes por qué.
—Gracias.
Y el viaje de regreso a casa se extendió durante un par de días más.
X
If this is all you ever asked for
Then this is all you'll get
Si esto es todo lo que pediste
Entonces esto es todo lo que tendrás
Al descender del barco Sherlock experimentó su primer espasmo.
"Es una respuesta natural al ajetreo que hemos tenido", había resuelto John. "Además tus heridas están demasiado resientes, y creo que se dañó un nervio tuyo de la pierna. Es probable que ante cualquier provocación mínima tu nervio se vea afectado, y te produzca ciertos episodios y ataques."
Aquello no conmovió a Sherlock, que siguió caminando como si John no hubiera dicho nada.
—Lo mejor es que descanses… Podemos conseguir algún coche, algo para que no tengas que hacer este esfuerzo extra —dijo John—. Estando en Baker Street puedo tratar tu herida y ver qué tanto se puede remediar del nervio.
Sherlock lo miró fijamente, como si no confiara en él.
—Bien, hagamos lo que tú dices.
John lo miró dubitativamente, como preguntándose si en realidad se merecía aquel trato de parte de Sherlock cuando lo que él buscaba era precisamente que el detective estuviera en mejores condiciones, y ante todo rescatar su pierna; era algo que no estaba dispuesto a decirle a Sherlock. Que tenía un riesgo creciente de perderla.
Así que John detuvo uno de los coches que pasaban por la calle en ese momento.
—Buenas tardes —saludó el doctor.
—Buenas tardes —respondió el cochero.
—A Baker Street, por favor —dijo John, cuando él y Sherlock ya se encontraban en el coche.
El cochero se les quedó viendo, sin fustigar a los caballos.
—Señor, parece que le hubieran dado una paliza —comentó el cochero, viendo a John. Ciertamente tenía cicatrices y vendas en la cara—. ¿Está seguro de que quiere ir a Baker Street?
—Por supuesto —dijo John apresuradamente. Frunció el ceño.
—Bueno… lo tendré que dejar en la calle contigua, usted sabe.
—¿Saber qué? —se apresuró a preguntar Sherlock.
John le puso una mano en la pierna, como para detener su impulso de moverse de su lugar.
El cochero fustigó a los caballos y comenzaron a andar.
—Bueno, lo que le pasó a la calle entera.
—¿Qué pasó? —preguntó John.
—La volaron… Algún loco la hizo desaparecer de la faz de Londres… Bueno, ahora son escombros, polvo, cadáveres…
—¡Pero eso no puede ser posible! —exclamó John.
Sherlock se echó hacia atrás de su asiento, recordando las palabras de Balthazar acerca de hacer explotar la calle.
—Oh, ustedes vienen del otro lado del océano, ¿no? Quizás por eso no se enteraron.
—¿Hace cuánto fue? —preguntó Sherlock, recargándose en la ventana.
—Hace una semana más o menos.
—Oh…
—¿Qué buscan allá? —preguntó el cochero—. No creo que tengan familia por ahí porque se habrían enterado.
—A menos que ya estuviéramos de camino acá cuando la noticia apenas viajaba a través del atlántico.
—Sí. Puede ser —comentó el cochero.
—¿Alguna idea de quién pudo ser? —Hasta ese momento John había permanecido callado, horrorizado por la noticia. Gran parte de él pensaba en la señora Hudson y en Gladstone.
El cochero no respondió de inmediato.
—Dicen que tiene que ver con el detective que vive ahí…
—¿Por qué lo dicen? —preguntó Sherlock.
—Porque el número 221 quedó intacto. Su estructura se dañó un poco, claro, y dicen que se cubrió de tanto polvo que la señora que vive ahí creyó que había nevado al día siguiente… Pero unas piezas de cuerpos mutilados cambiaron su perspectiva, claro…
»El detective vive ahí, ¿saben? En el 221. Aunque según sé, hace un rato que se retiró. Quizás fue un ajuste de cuentas, una venganza… O hasta el mismo detective pudo hacerlo, dicen que se está quedando loco. Y su casa no quedó destruida… Quién sabe. A lo mejor quería ser el único que viviera en la calle.
»Oh, a lo mejor van a visitar al detective para llevarle un caso… Si es así no se esfuercen, ése hombre ha estado tan empecinado en su retiro que ni la policía lo ha convencido de resolver uno que otro crimen que se da por aquí. No me extraña, dicen que estuvo a punto de morir en Suecia.
El cochero rio a carcajadas.
—En Suiza —comentó John—. Creo que fue en Suiza.
—Oh… Suiza, Suecia, ¿qué importa en realidad? El detective está vivo y coleando e ignora las necesidades de su gente.
John estuvo a punto de protestar pero Sherlock lo tomó por un brazo y lo detuvo.
—Y díganme, ¿qué hacen un par de caballeros por aquí? No tienen acento americano así que asumo son de por aquí.
—Algo así —comentó Sherlock.
—Bueno, si buscan vacaciones hay mejores lugares que Baker Street. Quizás les recomendaron un buen hotel por ahí, pero como les digo, la calle no existe más.
Sherlock se limitó a sonreír.
—Por otro lado —comentó el cochero —. ¿No deberían estar viajando con sus respectivas esposas?
John volteó la mirada.
—Usted, querido amigo —dijo Sherlock—, acaba de tocar un tema demasiado delicado en estos momentos. Mucho le agradeceré que se abstenga de continuar.
—Oh, lo siento. —Y entonces la indiscreción del cochero rebasó los límites—. Espero que no tenga que ver con uno de ustedes sodomizando al otro… porque… quizás en América y en otros lugares eso no es motivo de prisión pero aquí la tendrían muy difícil.
Sherlock cerró los ojos y sonrió.
—Descuide, tampoco es el caso.
—Menos mal —suspiró el cochero, y en ese momento detuvo el carruaje—. Bueno… aquí estamos.
Sherlock se asomó primero por la ventana, y cuando lo hizo se quedó horrorizado con lo que vio.
Baker Street estaba hecha trizas, y en medio de la prolongación que era la calle sólo el 221 permanecía erguido.
—¡Señora Hudson! —gritó Sherlock, y se lanzó corriendo hacia la calle.
John se apresuró a pagar al cochero. Sacó de su bolsillo algunas monedas pero cuando se las puso en la mano al cochero, éste sujetó fuertemente su mano.
—Señor Watson —dijo el cochero con tono serio—. Tres días bastaron para que él volviera. El profesor envía sus saludos.
Dicho eso el cochero fustigó al cochero y se fue.
John se quedó ahí, de pie. Sorprendido.
Después se adentró en Baker Street para buscar a la señora Hudson, quien se encontraba sana y salva.
John llamó a Sherlock y ambos se retiraron a su piso. John le explicó lo que le había dicho el cochero.
—Era algo obvio —dijo Sherlock—. No quiero pensar ahora.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó John.
—Esta semana descansemos, ¿te parece? Y si estás de acuerdo al término de la semana enviaré un comunicado de que estoy dispuesto a volver a resolver crímenes.
John abrazó a Sherlock.
—Gracias —dijo.
—Pero démonos esta semana sólo para nosotros, ¿de acuerdo?
Y una vez que lo dijo besó a John.
Esa noche se fueron a dormir con la esperanza de que todo hubiera sido un mal sueño; la señora Hudson les había contado, horrorizada, la noche en la que ocurrió la detonación. Por suerte no se había dormido aún y el estruendo del otro lado de la calle la hizo buscar refugio debajo de la cama.
Después otra detonación, y otra. Y los gritos de horror de los vecinos.
Por un momento, admitió la mujer, se sintió preparada para morir, y asumió que así sería.
Pero el 221 no desapareció, y cuando la mujer se asomó a la calle al día siguiente vio horrorizada que el lugar en el que había vivido por mucho tiempo se había derrumbado.
Durmieron abrazados, pero a la mañana siguiente, cuando Sherlock despertó, notó la ausencia de John.
Pensó que se había ido a bañar, pero se llevó una sorpresa cuando no lo encontró en el baño.
Entonces reparó en una nota que estaba en el mueble de a un lado de la cama.
"Creo que necesito un tiempo también. Esta semana me iré a Cheste, arreglaré lo que tenga que arreglar de mi vieja casa y espero poder volver al final de la semana para reanudar las cosas donde las dejamos. Siempre tuyo, John Watson."
Sherlock sonrió, pero supo entonces que todo estaba bien. Por ahora tendría que reponer fuerzas, y después iría con todo en contra de Luis LePrince Ringuet, y después sobre el profesor. Tenía que detenerlo costara lo que costara.
Gladstone se acercó moviendo la cola.
—¿Qué pasa, compañero? —preguntó Sherlock—. ¿Quieres que te mate de nuevo?
Y dicho eso el perro se le abalanzó para lambizquear todo su rostro.
Por ese momento, todo estaba bien.
Ending: The Symphony de Snow Patrol
Por Wu Gyllenhaal
