Disclaimer: Toda la gran franquicia de Super Smash Bros. Brawl no me pertence. Es de propiedad de Miyamoto-sensei y de la Compañía de Nintendo. No lo hago con fines de lucro, si no con el único fin de entretener… Lo único que sí es mio; es la trama.

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Sacrificio


Me temo que ya he elegido su castigo…—Habló la imponente voz, llamando así al trío distraído. Hubo un momento de silencio, mientras Master Hand seguía analizando si era lo correcto hacer eso —"Les revocaré sus poderes… hasta nuevo aviso"

La rubia princesa seguía cubriendo su rostro, sin dejar de reprimir aquellas lágrimas de culpabilidad que brotaban de sus enormes ojos azules, sin importarle que estuviese manchando sus guantes blancos del maquillaje corrido. El héroe del Tiempo se recargó en una de sus rodillas, cubriendo con su otra mano su mirada de la de Master Hand, en esos momentos no tenía cara para mirar a la gran mano. La princesa de Hyrule no salía de su asombro, ¡sus poderes lo eran todo! ¿Se los quitaría? ¿De veras la gran mano tenía corazón para hacerlo? Estaba al borde de la desesperación…

Mientras cada uno seguía en su embebecimiento, Master Hand se dirigió al gran librero de su derecha, señalando con su dedo índice hilera por hilera, al parecer buscando algún ejemplar. Lo encontró en la sección empolvada, lo sacó y lo dejó caer en el escritorio, provocando que las víctimas lo miraran expectantes y con expresiones llenas de miedo.

Abrió el gran y pesado libro de pasta rojo sangre, ojeando las empolvadas y carcomidas páginas color ceniza. Sin dejar que otros se sorprendieran por su asombro, Zelda reconoció ese libro, inclusive preguntándose donde lo había conseguido. Ese era un ejemplar de conjuro y de hechizos muy antiguos, pero poderosos. Tenía una copia exacta de él (en versión para "manos pequeñas") en el castillo de Hyrule. Ahí había aprendido sus primeros conjuros de Magia, como el Din's Fire.

Veamos… — murmuró la enguantada mano, cambiando de página telepáticamente mientras 'leía' cada título de cada hoja. Había muchos conjuros, casi se había olvidado de que poseía este libro, regalo de su hermano desquiciado— "Conjuro de invisibilidad"… "Conjuro para volar"… "Conjuro de ceguera temporal"…— Master Hand 'leía' en voz baja cada título, el último les sacó un escalofrió a los demás presentes— ¡Bingo!... —señaló con si dedo índice la página deseada— "Conjuro anulador de poderes".

Más de uno trago pesado al escuchar esa oración.

Disculpe, superior Master Hand— el mencionado posó su atención a la persona dueña de esa pregunta, nada más ni nada menos que le soberana de Hyrule, que lucía bastante tranquila.

¿Si, Señorita Hyrule? — habló la profunda voz.

¿Hará ahora mismo el conjuro anulador de poderes? — Su voz era baja, pero amable, sin dejar de tener ese aire de tristeza, que casi pudo conmover a Master Hand de no hacer el encantamiento. Era fácil percibir la agonía en aquellos ojos azules, suplicantes al borde del llanto.

Entre más rápido empiece el castigo, más pronto terminara— esa aclaración fue tomada con un sí por parte de los tres. Zelda aspiró aire fuerte, controlando aquel nudo en su garganta. En verdad que le era demasiado difícil, pero lo haría.

"…El conjuro anulador de poderes— comenzó a leer Master Hand en voz alta— es uno de los conjuros más poderosos e infalibles del mundo de la Magia Blanca y Negra. Revoca, ya sea parcial o totalmente, los poderes, talentos y habilidades especiales de cualquiera usuario en que este conjuro se lleve a cabo. Este hechizo debe ser realizado únicamente por un hechicero experimentado, de no ser así, la vida del que se va a revocar los poderes correría peligro…"— Un toque de nerviosismo se apodero de la mano. Hace tanto que no hacía ese conjuro. En realidad que no quería llegar a matar a nadie.

Los tres presentes escuchaban atentamente la lectura de la gran mano, unos sin dejar las lágrimas brotar de sus ojos. No querían perderse ni un detalle.

"…Este conjuro no posee ningún efecto secundario, si se hace de manera correcta. Se debe hacer en un espacio abierto, en completo silencio y con una hebra de cabello al usuario que se le realizara el encantamiento." —concluyó, para proseguir con los pasos a seguir del encantamiento, todo al pie de la letra. No quería cometer un error que probablemente les pudiera costar las vidas a esos niños. El hechizo consumía mucha magia.

Master Hand oprimió un botón de un altoparlante. Una voz contesto del otro lado.

Dígame, señor Master Hand. — La mano presionó de nuevo el botón

Dr. Mario, tráigame inmediatamente una muestra de cabello del señor Mario Bros. Es urgente.

A sus órdenes, Master Hand. En seguida se la llevo.

Gracias— agradeció la gran mano, viendo la expresión confundía de los presentes, enfocándose en ellos— Este encantamiento se puede hacer a larga distancia, solo requería de más magia.

¿No considera que es peligroso? — habló la de cabello castaño. — Mario aún se encuentra en recuperación, su vida podría…

Para este tipo de cosas hay que tomar riesgos, y usted mejor que nadie lo sabe, Princesa—claro que sabía a qué se refería. La frase de que su padre siempre le decía se apoderó de ella.

"…Un rey siempre debe ver primero por su gente, su pueblo. Ese es su deber, no importa los riesgos que haya que tomar…"

Y en minutos, tocaron la gran puerta de la oficina. La versión Doctor de Mario se dio a conocer, y en su mano había un tubo de ensayo con un corcho. La muestra de cabello estaba ahí.

Aquí tiene, señor Master Hand—manifestó Dr. Mario, interrogándose en su mente por que estaban ahí tres luchadores en su oficina, que al parecer no se trataba de una felicitación por parte de la gran mano, si no todo lo contrario. Prefirió no preguntar, no era sus asuntos después de todo.

Gracias Doctor. Puede retirarse…

A sus órdenes, señor—y tan rápido como llego, este se fue, aun con la interrogativa en su mente.

...


Más de una hora llevaban parados afuera de las oficinas de Master Hand, esperando pacientemente lo que fuera que se estuviera llevando a cabo ahí adentro. Estaban a más de 5 metros lejos de la gran puerta, la gran mano no debía enterarse de que estuvieran ahí. Habían visto a Dr. Mario pasar por el alfombrado pasillo, dirigiéndoles una fugaz mirada y un con "con permiso" de su parte. Al salir este, su rostro era una cosa que ninguno de los dos pudo comprender.

Reflejaba miedo, y preocupación.

—Lo que sea que esté haciendo Master Han allá adentro…— murmuró el doctor al estar frente a los dos de cabello azulino, expectantes a lo que dijera el mayor — … no es nada bueno.

Y sin decir más, la presencia del doctor fue reemplazada por el sepulcral silencio del lugar, junto con dos angustiados espadachines.

—¿Qué crees que esté pasando adentro? — inquirió el menor de los dos, recargado en la pared contraria en la que su amigo estaba.

—No lo sé…— En verdad, no lo sabía. No quería pensar en nada. Más bien, no podía pensar en nada. Todo era su culpa. Lo sabía. De no ser por él, ninguno de los que estaban ahí dentro estaría sufriendo fuera lo que fuera que Master Hand les estuviera haciendo. Quería intervenir, acabar con todo ese alboroto. La impotencia comenzaba a apoderarse de él.

De pronto, hubo un bajón de luz eléctrica. La mansión se había quedado en penumbras.

Los gritos provenientes de la oficina se dieron a conocer, junto con la sepulcral voz de la mano enguantada.

—¡Zelda! —exclamó el mayor de los dos. Lo único que alumbraba el obscuro pasillo, era la relampagueante luz proveniente de las bisagras y de la división de la puerta de la oficina.

La grave voz comenzó a hablar, en una lengua antigua. Un especie de latín, combinado con otro lenguaje que desconocía totalmente.

Ay no…— Marth tragó pesado. No supo si para su buena o mala suerte, pero conocía lo que estaba pasando ahí adentro.

—¡Marth, tenemos que hacer algo! —gritó Ike, dirigiéndose a la gran entrada, pero una mano le jaloneó el brazo. —¿¡Pero qué haces?!, ¡Suéltame!

—¡No, Ike! Si Master Hand no termina el conjuro, todo saldrá mal— Lo miró con ojos expectantes. Ike no entendía nada de lo que estaba pasando.

—¡Cuál conjuro! No sé de qué me estás hablando, ¡Tenemos que salvar a Zelda, a Link!

—¡Ya lo sé! Pero si Master Hand no termina el conjuro, ¡Ellos pueden morir! — Luces brillantes, de todos colores, y relampagueos era lo que iluminaban sus rostros. No podían hacer más que mirar en dirección a la puerta.

Hasta que la luz volvió a la mansión. La oficina se dejó de iluminar.

Solo así, Marth y Ike corrieron hacia la gran entrada. La empujaron con todas sus fuerzas, pero estaba cerrada bajo llave. Lo único que pudieron escuchar afuera de este, fueron tres estrepitosas caídas hacia el suelo, como si hubieran dejado caer un costal de papas desde una gran altura. Ambos imaginaron lo peor.

Siguieron forcejeando contra las grandes puertas de madera, empujándola con todo lo que podían.

El cerrojo cedió de forma automática, obligando a entrar disparados a las dos personas que trataban de abrirlas con desesperación, causando un estruendoso ruido.

La escena que vieron ante sus ojos los hizo flaquear, casi cayendo sobre sus rodillas.

Los cuerpos de sus compañeros yacían en el suelo, sin orden alguno; Inertes, con tonos pálidos, grisáceos. Sin vida.

Master Hand ya no estaba en la habitación. Se había esfumado. Muchas cosas no estaban en su lugar: libros tirados, papeles regados por toda la oficina, había restos destrozados de lo que anteriormente pudieron ser sillas. La mayoría de las cosas, estaban desacomodadas. Se podía percibir que el conjuro que realizó Master Hand, era uno de los más fuertes que pudiera haber existido.

Habiendo salido del asombro, Marth fue el primero en reaccionar, corriendo en dirección hacia Peach, verificando si tenía pulso. Después, corrió en dirección hacia Zelda, verificando igualmente el pulso, y finalmente con Link. La pulsación de los tres era muy baja y pausada.

—Ike, tenemos que llevarlos a la Enfermería— habló con tono serio el soberado de Altea, dirigiendo su mirada a Ike. Lo único que pudo apreciar al entrar al salón, fue el cuerpo de Zelda; En el suelo, boca abajo, con sus brazos en una dirección, y su pelo cubriendo la mayoría de su rostro. Parte de sus prendas estaban en mal estado. Le fue difícil respirar.

—¡Ese idiota me las va a pagar! — vociferó el mayor, refiriéndose a Master Hand.

—Ike, no hay tiempo. Tenemos que sacarlos de aquí. — continuó el menor, levantándose con Peach en brazos. Estaba fría —¿Podrás con Link y Zelda?

Con un "Sí" en tono serio, levantó los dos cuerpos. Link yacía en su hombro derecho, y Zelda en el otro. No eran tan pesados como aparentaban. Al igual que Peach, estaban muy fríos.

Comenzaron su carrera contra tiempo a la Enfermería. Todos se dieron cuenta del apagón, pero fue una suerte para ellos que la mayoría estuviera entrenando en el gimnasio o en el área exterior. Lo que sí fue una mala suerte, era que la oficina de Master Hand estuviera en el tercer piso…

...


El pecho de ambos ardía incesablemente. La carrera había sido larga, ni se diga las escaleras. Sus respiraciones eran muy agitadas. Tan rápido como llegaron, Dr. Mario ya tenía tres camillas listas. Depositaron a sus inertes colegas en ellas, y se los llevaron a un pasillo por otra sala.

Ahora se encontraban sentados en la pequeña sala de espera de la Enfermería, un poco más tranquilos. Sin embargo, eso nos los quitaba de su estado de alerta. Si bien Marth sabía qué fue lo que Master Hand hizo, Ike no tenía ni idea. De rato, se levantó y comenzó a caminar en círculos, sin dirección aparente.

—Terminarás mareándote, Ike

—¿Y qué esperas que haga? ¡No puedo estar tranquilo!, ¡Cómo se le ocurre a ese idiota hacer semejante cosa con nuestros amigos!, ¡A Zelda! —exclamó el mayor, sin dejar de caminar en la sala, ondeando su capa cada vez que giraba.

—Baja la voz. Estás en la enfermería— aclaró el príncipe de Altea con brazos cruzados.

—¡Me importa un…!

—Deberías hacer caso a Marth. — Las dos miradas giraron hacia la nueva voz, quién estaba recargado en el marco de la pared— Si no, me veré con la pena de sacarte de aquí. — Finalizó.

Cómo si de un perrito desconsolado se tratase, Ike tomó asiento del otro lado de la habitación, con los brazos cruzados y con un pie encima de una rodilla, desviando la mirada. El menor de cabello cobalto no pudo evitar sonreír. Tremendo gorila y se comportaba como un niño pequeño. Bueno, cada quién tenía su forma de expresarse. El hecho de que el mismo estuviera serio, no quería decir que no le importaban sus camaradas. Estaba tan preocupado como Ike, pero él pensaba un poco más las cosas. De nada serviría estar cabreado en esos momentos.

—¿Cómo están, Doctor? — preguntó Marth, con una sonrisa triste, saliendo de sus pensamientos— ¿Todo bien?

—Sí, sus respiraciones y temperaturas corporales están en los estándares normales. — Respondió el de bata blanca, con su tabla café en mano— Sin embargo, aún no despiertan. Estarán en reposo absoluto.

—¿Por cuánto tiempo? — inquirió el mercenario. Pudo adivinar que el semblante del Doctor no era bueno.

—He tenido muy pocos casos así— admitió, recordando el último caso que había tenido como estudiante de medicina, hace más de 10 años— Despertarán más o menos en 2 días, si es en menos tiempo mucho mejor. Pero, como máximo, serán dos días.

—Dr. Mario, ¿Qué fue lo que Master Hand hizo ahí adentro? — preguntó el mercenario— ¿Tiene si quiera el derecho de hacer algo así…?

—Fue el conjuro anulador de poderes. — respondió Marth, a lo que el dueño de la pregunta quedó mudo. Tenía muchas preguntas.

—¿Y tu cómo…?

—En el momento en que Master Hand comenzó a hablar en latín— respondió, sin dejar a Ike terminar la pregunta. Sin embargo, su semblante seguía confundido. Suspiró pesadamente. —Existe un libro muy poderoso, y poco accesible. No recuerdo su nombre, pero es de pasta roja y muy grueso, bastante antiguo. Sólo una vez lo leí, y recuerdo haber visto esos pentagramas, los mismos que escuché de Master Hand.

Ike, y hasta el mismo Doctor, estaban anonadados.

—¿Sabes latín?

—Sí, de chico lo estudié, aunque está un poco oxidado. —admite apenado.

—Déjame ver si entendí…. — dudó el otro de cabello azul— Entonces, ¿Ninguno de los tres tiene poderes?

—Cuatro— corrigió el médico— Mario también sufrió los estragos de ese hechizo.

Después de eso, la mente de Ike era un caos. ¿Cómo era posible que Master Hand fuera tan malvado para hacer eso? ¡Ni Zelda ni Mario tenía que ver en esto! Ahora están nuevamente en la Enfermería, con las posibles esperanzas de despertar. Pero, ¿Y si nunca lo hacían? ¿Qué pasaba si llegaban a decaer en un coma indefinido?

—¿Podemos verlos? — fue lo único que atino a decir, dirigiéndose al médico. La mirada inquisitiva decayó en Ike, solo que esa vez no supo cómo responder.

Antes de que alguien pudiera decir algo, las puertas eléctricas de la Enfermería se abrieron, dejando ver a varias personas más.

...


Luces brillantes, de todos colores, era lo único que podía observar. Su cuerpo se fue haciendo mucho más ligero, como si estuviera flotando.

Sus pies abandonaron la tierra por unos segundos.

No coordinaba sus pensamientos, comenzó a sentirse débil. Ruidos extraños, gritos, una gran y profunda voz, un lenguaje extraño, un aire frio. Su cuerpo se paralizó totalmente.

Era todo lo que recordaba.

Hasta sentir como su persona física era liberada de tan tremendo agarre, azotando contra una superficie dura.

Todo le dio vueltas, todo comenzó a tornarse oscuro. Tenía mucho frio, y unas inevitables ganas de dormir.

Finalmente, no sintió nada.

Fue la experiencia más horrible, dolorosa y completamente fuera de este mundo. Estaba segura que no quería volver a repetirla.

Después de todo, le habían quitado sus poderes.

Se reincorporó lentamente, levantando sus pesados parpados, dejando ver unos cansados ojos azules. Al menos su banco de datos seguía intacto. Al poco rato de tomar conciencia, se dio cuenta que estaba recibiendo oxígeno, por medio de un aparato transparente, que cubría su nariz y boca. Podía sentir como el aire caliente proveniente de ella chocaba con este. Intentó levantarse, pero el cuerpo le dolía como los mil demonios, como si le incrustaran un millón de agujas en cada poro de su blanca piel. Creyó que lo más sensato en ese momento era no moverse.

Su oído comenzó a captar algo, un sonido agudo, repetitivo. Sonaba idéntico a los latidos de un corazón. Giro ligeramente su cabeza hacía la derecha. Le dolía, pero lo que observó, le dolió a un más.

Era Peach, recostada en otra cama, al otro lado de la habitación, con oxígeno igualmente, con un monitor de signos vitales a un lado de ella. Estaba dormida. Su mejilla estaba cubierta con una gasa, con un poco de sangre, y en su frente había un curita. Sus cuencas se dirigieron al monitor, observando si su compañera estaba bien. Sus signos eran estables, lo cual le alegró mucho. No lo había notado pero, al mirar hacia arriba, se dio cuenta que un monitor de signos vitales estaba midiendo los suyos de igual manera.

Suspiró cansada, lo cual le hizo doler el pecho, causándole una mueca de dolor. Sin duda alguna no debía moverse.

Prestó atención a su mano, esta estaba canalizada, por medio de un una aguja especial, conectada a un catéter que le transfundía líquido. Le dolía mucho esa zona, el dorso de esta, sin mencionar que tenía vendado todo el brazo.

Movió lentamente su cabeza, mirando hacia el frente, y se dio cuenta que había un gran ventanal, que dejaba ver el blanco y solitario pasillo de la Enfermería. Cruzando ese pasillo, se podía apreciar parte de otro ventanal. En una de las camas, y en lo que su vista le podía ayudar, encontró otra persona.

Era Mario, en las mismas situaciones que ella. Suponía que Link estaba a un lado de él, en el área en que lo le era imposible mirar.

¿Cómo habían llegado hasta ese punto? Estaban casi al borde de la muerte. Al menos, ella lo estaba. Sus poderes lo eran todo, y se los quitaron. Sin ellos, no era nadie, era solo una princesa, heredera al trono de Hyrule. Sus poderes era lo que le agregaba el hecho de que no la creyeran una soberana cualquiera.

Le habían quitado su identidad.

Todo comenzó con una historia de amor, y terminó en tragedia. Ni si quiera tenía las suficientes fuerzas para llorar, solo pudo poner sus ojos llorosos. Suponía que este era un sacrificio, aunque ¿Sacrificio de qué? ¿De no haber amado lo suficiente? ¿De no haber sido buena amiga? ¿Buena hija?

Tanto ajetreo mental la estaba cansado, obligándola a volver a cerrar sus párpados. No quería dormir en ese momento.

Le aterraba la idea de no volver a despertar.

...


La hora de la cena había llegado, y el ambiente se había tornado totalmente sombrío. Muchos no estaban presentes en el comedor, sin mencionar cuatro personas en específico. Todos supieron lo sucedido.

Los niños no tenían energías para hablar, sus rostros solo mostraban tristeza y sus ojos estaban a punto de aguarse. Sin Peach que los alegrara, o que les permitiera jugar con ella después de la cena, esa hora de la comida ya no tenía nada de especial.

Pit comía lentamente, Roy mantenía un codo recargado en la mesa, menando con su tenedor la cena, Samus seguía comiendo, pero se veía notablemente triste. Sin Link que los hiciera reír, o que discutiera con la rubia de coleta alta llamándola "gorda", esa hora era muy monótona. Hasta Ganondorf estaba de un humor raro, usualmente peleaba con el elfo por alguna pieza de comida. Ahora que no estaba, se sentía extraño.

Luigi, comiendo solitariamente, estaba devastado. Mario, y a veces Peach lo acompañaban a la hora de comer. Sin ellos, su estado era bastante depresivo.

En ese momento, se dieron cuenta como unas simples personas, podían afectar en el estado emocional del grupo.

Marth había obligado a Ike a bajar a cenar, si no, el seguiría en la pequeña sala de espera. El argumento con el que lo convenció fue que, si quería ver a Zelda, tenía que recuperar energía, si es que quería encontrarla despierta para cuando el regresara.

Ellos eran los únicos presentes en el comedor.

Terminada la cena, el primer pensamiento de Ike fue ir a la Enfermería, seguido de Marth. Sin embargo, al llegar a esta y que las puertas se abrieran, era como si hubiera un pequeña reunión ahí adentro. Había muchos peleadores ahí adentro, hasta que Dr. Mario salió por otra puerta, y hablo:

—Me temo decirles que hoy no podrán ver a nadie— quejas y reclamos comenzaron a debatir en la sala de espera. El médico tuvo que proseguir de igual manera, tratando de elevar más su tono de voz. — Sus compañeros se encuentran en estados delicados, no podrán verlos, al menos hasta que despierten. Tendrán que venir el día de mañana

—¡Pero..!

—Nada de "peros", Ike— interceptó el de vestimenta blanca, posándosele varias miradas en él. El mercenario tuvo que tragarse lo que iba a decir. — Sé que todos quieren saber del estado de sus colegas. — Reiteró, hablándoles a todos— Pero, si de verdad quieren verlos, lo mejor será que hoy descansen, hasta el día de mañana. Ahora, por favor, les pido que de la forma más ordenada posible, abandonen la estancia.

Hecho y dicho, todos fueron desalojando el lugar, hasta volver a la usual silenciosa sala de espera. El Doctor suspiró aliviado, por un momento pensó que sería más difícil. Sin embargo, había tres personas ahí adentro. Una gotita de sudor resbalo por la frente del clon de Mario. Algo le decía que no sería fácil deshacerse de ellos.

—Saben que…

—Lo sabemos, pero somos las personas más cercanas a ellos. — interrumpió Luigi, cosa sorprendió a los demás, hasta a Pauline que recién iba entrando a la estancia. — Doctor, por favor… es mi hermano… Si quiera, déjeme verlo. No haré ruido, no lo llamaré, ni si quiera lo tocaré, pero, por favor… — la voz de Luigi se convertía cada vez en un pequeño hilo—… Déjeme verlo.

Con todo el pesar del mundo, y con una Pauline al borde del llanto, el doctor no tuvo otra opción. Si una de las cosas que había aprendido como médico, era el humanismo. En verdad, no podía dejarlos así, ni si quiera a Ike ni a Marth que le iban haciendo compañía.

—Ni una palabra de esto — habló el doctor con tono serio, tomando su tabla café en donde usualmente escribía— Síganme.

Y con solo esa palabra, no esperaron más, siguiendo el trío a la enfermera Pauline y a la versión doctor de Mario. Atravesaron una puerta automática, caminando por el blanco pasillo de ahí. Las primeras habitaciones eran individuales, en donde una vez estuvieron Zelda, y Mario.

Pasando esa área, giraron a la derecha hacía otro pasillo, abriéndose otra puerta automática. Esta decía al inicio Unidad de Cuidados Intensivos. Los nuevos iban con un manojo de nervios.

Al entrar, lo primero que escucharon fueron los típicos pitidos, que indicaban un corazón latiendo, en este caso, se escuchaban cuatro. Solo había dos grandes ventanales y únicamente dos puertas. Cada una en lados contrarios.

—Aquí está el cuarto de hombres— pronunció el doctor, entregándole su tabla a Pauline, señalando con su mano el primer vidrio, donde su imagen se reflejaba. —Y aquel es el cuarto de mujeres— señaló el otro ventanal— Solo podrán observar desde las ventanas. No hagan mucho ruido. Tienen 5 minutos.

El doctor y su enfermera abandonaron el área de Terapia Intensiva. Creyeron que lo mejor era dejarles un tiempo a solas.

Al cerrarse las puertas, el trío quedo solo, y se miraron entre sí. Si la mayoría tenía nudos en sus gargantas, sabían que, al mirar por aquellas ventanas, se romperían definitivamente. Era muy duro para ellos. Bueno, ¿Y para quién no?

Tenían que darse prisa, solo les quedaban pocos minutos.

El primero en mirar por la primera ventana fue el hermano de Mario, llevándose sus dos manos hacia el rostro, ahogando su voz.

Los dos últimos también miraron por esta, y por un instante les faltaba el aire. Después de unos tortuosos segundos, giraron tras de sí, para mirar por la segunda ventana.

Las lágrimas estaban a punto de bajar por sus mejillas, y las del menor de cabello azul fueron las que dieron inicio.

—Mario… hermano… — Ike podría escuchar los inútiles intentos por mantener su voz normal de aquel, personaje de gorra verde. Sin darse cuenta, una gota salada resbalo por su mejilla. Observó su reflejo en aquel vidrio, incluyendo el de Marth, quién tenía sus ojos rojos, y su cara con pequeños caminos de agua.

Luego, observo nuevamente el contenido de la habitación.

Ahí estaba Peach, conectada a varios aparatos que desconocía. Aunque, lo que más le dolió, fue ver al amor de su vida, en la misma situación. Ambas tenían sus ojos cerrados. Inconscientemente, tuvo que poner una mano en el vidrio, como si eso le fuera a permitir tocar a la persona con la que quería estar en ese momento, con la quería sostener su mano en ese instante. Con la que nunca se quería separar de nuevo.

No pudo más, y soltó aquel dolor que lo estaba carcomiendo, cubriendo su rostro con su mano. No quería que lo vieran llorar.

...

...

...


Bueno, hasta aquí queda el capítulo 7. Lo quise hacer un poco emotivo, sin mencionar que ando un poco seca de ideas. Lamento la tardanza, pero había dicho que no iba a prometer nada jijiji…

Agradezco, con mucho amor, a:

Ncy Stirling

JohnUzumaki90

Princces-Zelda

Lucina-Lowell

Lektor

Sugar5Star

ZeldaBH

Valerie Joan

PandaBoyYoyoCat

En verdad, ustedes chicos son mi motivación. Sin ustedes, no tendría la inspiración para seguir escribiendo. ¡Sus reviews son muy especiales para mí! Y agradezco con mucho cariño también, a todos los que me siguen a mí, a mis historias, y las agregan a favoritos nwn ¡Me hacen muy feliz!

También, ya que ando por aquí, mil gracias a todos los que dejan review en mis demás historias, ¡No crean que no los tome en cuenta!

Al parecer, cumplí el reto de actualizar antes de mi cumpleaños, jejejé.

Todos los reviews, de cualquier tipo, son bienvenidos nwn

¡Nos leemos!

Zeldi-chan de hyuuga

Jueves 18 de Julio del 2013