Discalimer: Los personajes de Smash Brothers utilizados en esta historia no son míos, si no de la compañía Nintenso y/o sus respectivos creadores. No tengo ningún beneficio lucrativo de esto, mi único propósito es el de entretener. Lo único que es mío, es la trama.

Aclaraciones al final


Indefenso


Han pasado tres días.

Tres días en los que todo lo que hizo fue luchar sus batallas correspondientes, comer algo y si acaso conciliar unas pocas horas de sueño. De ahí en más, toda su rutina se había hecho bastante monótona.

Eso sí, la gran parte del día se la pasaba en la Enfermería, en el área de Cuidados Intensivos, acompañando a la persona que amaba, velando su descanso desde un estúpido ventanal enorme, que era lo único que los separaba en ese instante. Sin duda, sentía una impotencia enorme. Verla ahí… débil, pálida, apenas respirando… no sabía si se estaba haciendo un mal a él mismo, o si estaba haciendo lo correcto estar para ella, en cualquier momento que despertara.

¡Él se hubiera sacrificado a ese hechizo! ¡Él se hubiera entrometido desde un inicio con los asuntos del hylian! ¿Por qué mierda había dejado que todo eso pasara? Esa era la pregunta que seguía rondando en su mente.

¿Le vas a decir?

Sí.

Ya era hora.

Algo que no le había dicho a Marth, ni a Zelda, era el hecho que él, Ike Greil, sabía todo lo que estuvo haciendo, las dos semanas previas de este trágico accidente. El rubio le contaba las cosas que hacía con Peach, a pesar de que ellos tenían una pareja; Una persona a la que, según ellos, seguían amando como si fuera el primer día.

Lo aceptaba, la lujuria hacía cambiar bastante a las personas, hasta llegar a un punto dónde tocas fondo, y no sabes que fue todo lo que hiciste, ni a terceros que hiciste sufrir. En este caso, su gran amiga, de quién ahora él estaba enamorado, fue la víctima de engaño, de infidelidad. Sonaba a novela, pero era cierto. Sólo por unas cuantas noches de sexo… todo se fue al carajo.

Entonces, sabiendo él todo eso, sabiendo él que pudo haber evitado lágrimas, tristezas y sufrimiento… ¿Por qué no le dijo a nadie de aquello?...

Una posible respuesta era: "Son sus asuntos lo que haga o no", pero nunca, en su vida, se pudo imaginar que aquello si le concernía. No fue hasta que se enamoró de la novia de su amigo. No fue hasta que escuchó hablar a la de cabello café, decir cosas como: "Él es el hombre de mi vida", "No hay persona que ame más que a Link". Fue en ese momento que reflexionó, que desde un principio, tuvo que hacer algo.

Se lamentó internamente, vaya mierda en la que se había metido. Aunque, si algo lo caracterizaba, era eso.

Se la había pasado pensando, mirando el techo como si un refugió para su mente, acostado en su cama. No bajo ni si quiera a desayunar. No estaba de humor para comer nada, ni si quiera para entrenar, hasta pereza le dio ponerse una camisa, estaba en unos simples jeans desgastados y en calcetines. Le valía un cacahuate si se llegaba a enfermar o no. Miró el reloj, eran las 5:30 PM. No había luz en su habitación, optaba que la oscuridad de diera tranquilidad a su ajetreada mente… a sus sentimientos.

Pensó que sería una buena idea aclararle las cosas a Marth, explicarle todo lo que él sabía. Quería, necesitaba hablar con alguien al respecto, y su único allegado de confianza, era el Príncipe de Altea. En ese lapso de tres días, lo evito a toda costa, y sabía que estuvo mal de su parte el hacer tal acción, cuando lo único que Marth quería era verlos juntos. A él… y a Zelda.

En eso, alguien todo la puerta.

—2-5-0-8-9-9 — ni siquiera preguntó quién era o miró hacia aquella, sólo dio el código de acceso de su habitación, accionado del otro lado la clave, abriéndose la puerta automáticamente.

—Soy yo, Ike— no lo miró, su voz era inconfundible. Pareciera como si lo hubiera invocado— Vine a traerte algo de comer…

—Muchas Gracias, Marth— intentó formar una curvatura en sus labios, pero no lo logró. Volvió a mirar el techo—No era necesario, pero te lo agradezco. —El recién llegado se adentró a la habitación, dejando una bandeja en el pequeño buró a un lado de la mullida cama.

—¿No tienes frio? — inquirió, con un ligero rosado en sus mejillas. Si bien era hombre, no era como si él anduviera sin camisa por ahí, ni en su propio cuarto. Claro, él y Ike eran totalmente diferentes, incluyendo el hecho de que Ike casi no tenía pudor alguno.

—La verdad, no— colocó sus manos en la nuca, mirándolo nuevamente— Tengo unos baberos en mi closet, por si los necesitas.

—Idiota— se limitó a contestar, causándole una risa al mercenario, contagiando a Marth el gesto. No le duró mucho— Bien, sólo vine a dejarte eso, ya me vo-

—¡Ey! Espera— levantó el torso de la cama, mientras Marth le dirigía nuevamente la mirada, Ike se la devolvió— Lamento estarte evitando estos días… es que…— el menor sonrió, compadeciéndose de él. Sabía que todo eso le afectaba de sobremanera al gorila que tenía frente suyo. Claro, a él le afectaba casi igual que a él. Sin embargo, él estaba acostumbrado al dolor, fingiendo un semblante feliz todo el tiempo. A diferencia de Ike, el siempre daba a conocer sus emociones.

—No tienes que disculparte en nada, comparto tu dolor. — Sonrió como pudo— Podemos posponer todo esto…

—Hablando de ello— se dispuso a hablar, pero esta vez prefirió mirar el alfombrado suelo. Una mueca se posó en la comisura de sus labios, llamando la atención del menor de cabello cobalto. —… es mejor que tomes asiento, presiento que esto va para largo.

...


Ese sonido repetitivo. Una y otra vez lo escuchaba. ¿Cuándo tendría que escuchar aquel corazón destrozado, pidiendo a gritos que lo calmaran?

Más de una vez tuvieron que entrar a su habitación, para reducir su acelerado ritmo cardiaco. Tal vez no podía abrir sus ojos, pero podía escuchar a la perfección, aunque nadie de ellos se hubiera dado cuenta. Por lo que había escuchado, ella era la última en estarse recuperando de su ausencia de poderes. ¿Cómo no afirmar aquello? Más de su 80% de consumo era magia…

El progreso de todos era extraordinario, hasta el mismo Dr. Mario lo había mencionado en un descuido. El primero en recuperarse de todos ellos, había sido Link. Su complexión estaba basada más en fuerza humana… en habilidades, talento nato… no en magia, ni poderes. Se permanecía estable. El segundo había sido Mario, que volvió a recaer en un sueño profundo, sin embargo, sus signos vitales subían… estaba mejorando.

Las únicas que no habían dado buenos pronósticos… eran las dos princesas.

La de cabello rubio si quiera había abierto sus ojos. La princesa de Hyrule sólo los había abierto una vez… pero nadie se había dado cuenta. Ellas eran las que más magia consumían… y las últimas en estarse recuperando.

Sólo hasta el tercer día… fue que mostraron signos alentadores.

Nuevamente, Zelda abrió los ojos. Su habitación estaba oscura. La única iluminación era la luz del pasillo. Por una parte, quería dejar de escuchar aquel sonido repetitivo de su corazón, por otro lado, era lo único que le hacía saber que aún seguía viva.

No lo había notado, pero había un bulto en la esquina de la habitación, sentado en una pequeña butaca. Estaba respirando tranquilamente… y tenía cabello azul. Estaba dormido. Parpadeo, e intentó llamarlo, pero de su garganta no salía nada. Ya no sentía tanto dolor como el primer día, cosa que agradecía bastante. Aunque aún no podía asegurar que se pudiera levantar. Lo único que logró… fue susurrar su nombre.

—I-Ike…

...


—¿De qué quieres hablar, Ike? —concede el príncipe de Altea, tomando asiento en el lugar mencionado. El mercenario lucía bastante nervioso, a pesar de su semblante triste. Las ojeras comenzaban a pronunciarse debajo de sus ojos azules. La mirada de este estaba perdida en el suelo. Sabía que llevaba varios días en vela.

—No es como si me enorgulleciera mucho de mis acciones…— comenzó Greil, mirando hacia la única fuente de luz de la habitación. Miles de recuerdos abarcaban su cabeza— Nunca tomo buenas decisiones y siento que, últimamente, perjudica a las personas que son importantes para mi…

A pesar de que el menor escuchaba atento, no entendí muy bien la indirecta.

—Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos pasado por eso. Es casi normal en esta etapa.

—¿Cuál etapa?

—Del enamoramiento, ¿No? — inquirió Marth, confundido. Juraría que apenas y le estaba tomando el hilo de la conversación.

—Pues… —dudó unos segundos. No era un sí, pero tampoco era un no. Se rascó la nunca, inquieto. —… algo así.

—¿Y a qué viene todo esto? — pregunto nuevamente, esperando paciente lo que el otro le tuviera que decir. El susodicho le dirigió la mirada, observando su expresión de confusión.

—Hay algo que no te dije…— suelta de una vez, no queriendo alargar su tortura. Estaba recargando los codos en sus rodillas, tensando los hombros y su torso. Se podía apreciar a simple vista, ya que no tenía puesta camiseta alguna. — respecto a unas cosas.

—¿De qué? — el menor enarcó una ceja. — ¿Qué fue… lo que no me dijiste?

Se quedaron callados por unos segundos.

—¿Recuerdas cuando te pregunté que… si Zelda… me…— las mejillas de Ike tomaron un color rosa. El príncipe no pudo evitar que la comisura de sus labios formara una sonrisa triste, fuera lo que fuera a decir. El mayor respiró profundamente— me… aceptaría?

—Si, ¿Qué sucede con eso?

—No fui del todo sincero ese día— admite apenado, pero esta vez haciendo contacto visual— Lo dije porque… Zelda no se merece estar con alguien como yo— dijo el mercenario, aunque ese hecho no era del todo verdad.

—Ike, Zelda acaba de pasar por una situación que ni tú, ni yo ni nadie se imaginó— confiesa el príncipe, estaba de más decir a qué o quién se refería.

Ike suspira pesadamente.

—Quiero decir que yo supe todo el tiempo los planes de Link. —soltó como si nada— Sabía lo que estaba haciendo, con quién… y hasta como. — El mercenario miró a Marth, quién apenas estaba asimilando lo primero que le había dicho. Iba a argumentar al respecto, pero no lo dejó, al mismo tiempo en que este se ponía de pié en la cama. —Ni tu, ni Zelda… nadie, sólo yo. Es por eso… que no sabes que mal y arrepentido me siento. Sí, sé que hice mal. Si, se que no tengo perdón de nada, sin mencionar el de ella…— mientras hablaba, comenzó a caminar en círculos, revolviéndose su cabello azul, para finalizar dejándose caer en la cama.

Hubo un insignificante instante en que Marth se desconectó de la realidad, Qué… ¿Qué acababa de decir?. Cada sílaba se repetía en su mente, como si su pensamiento le estuviera jugando una mala treta. El príncipe seguía sin expresión, estaba con los ojos en blanco.

Entonces, comprendió.

¿Cómo es que Ike había tenido acceso a información tan importante?

Es decir, ¡No era de cualquier persona de la que estaban hablando! Estaban hablando de la mejor amiga que ambos tenían, la misma que ahora estaba sufriendo. No tenía poderes en este momento. Si de por si eso es malo, ahora sabiendo con lo que le acababa de decir… su ánimo se fue a la…

Estaba triste, decepcionado, se atrevería a decir que hasta molesto con aquello. ¿Quién no lo estaría? No sabía que decir, que reprocharle… sentía el personaje frente a él también compartía algo de culpa sobre todo lo que sucedió.

—¿Cómo…— intentó comenzar lo más calmadamente que le permitía su humor— ¿Cómo pudiste ocultar algo como… eso? — en verdad que Marth se estaba esforzando por alguna razón válida para ocultar semejante hecho. No sólo a él se lo ocultó, sino también a la persona que supuestamente amaba. ¡Pedía porque esto no se llegase a transformar para mal en cualquier momento!

—¡Ya sé que estuve mal!, ¡Estoy consciente de todo lo que aquello implica! Pero…

—¿Tienes idea de lo que hiciste? — soltó el príncipe, obligándolo a levantarse de su lugar, haciendo que Ike lo mirara sorprendido. Suspiró abnegado, volviéndose a sentar— Antes de perder la calma… explícame por qué te guardaste algo como eso.

—No… no lo…

—¿Acaso no te importó que tu amigo se estuviera acostando con alguien más, en lo que no decías nada? —encaró de nuevo el príncipe. Se agarró el cabello, como si eso le fuera de ayuda para su mente. Millones de imágenes pasaban una y otra vez en su cerebro. ¿Qué clase de persona se guarda algo como aquello? ¡Nadie!

—¡Claro que me importa!

—¡¿Entonces?! — se levantó, encontrándose con otros ojos azules. A decir verdad, era raro ver a Marth enojado. Se le caracterizaba por tener una paciencia de los mismos monjes. —¡Respóndeme algo, Ike!

—¡Esos asuntos no nos concernían! — exclamó como respuesta.

—¡Ah, claro! — Afirmó con ironía, haciendo ademanes con sus delgados brazos— ¡Y por eso, ahora están a un paso de no despertar nunca!

—¡Si te lo dije fue para que comprendieras mi posición, no para que me estés reclamando mis acciones! — los ojos azules de Ike afrontaron a los del príncipe, haciéndolo callar. —Sí decía algo, perdería a un gran camarada como lo es Link, y si no lo hacía… igual habría alguien perjudicado. Además, Link me dijo que se lo diría, ¡Eso eran de sus asuntos y no míos! ¿Cómo iba a saber que terminarían peleando entre ellos? ¡Por favor, ni si quiera al más idiota de esta mansión se le ocurriría discutir en un área que no es la de batalla!

Exasperado, el mercenario calló, jadeando. El menor lo miraba como si hubiera matado a alguien, para luego mirar hacia el suelo. Maldita sea, Ike… tenía razón. Por primera vez que llegó a la mansión… tenía la razón de algo.

—Sólo supe que todo eso si era de mi incumbencia…—continuó, llamando así la atención del príncipe, viendo como Ike se volvía a sentar en el colchón—… hasta que me enamore de Zelda.

Con esa última oración, mató todos los regaños que le iba a decir. Se hizo un silencio incomodo, pero a la vez era… ¿Cómo decirlo? ¿Sanador? No lo sabía exactamente. Después, siguiendo el consejo del mercenario, se colocó mentalmente en sus zapatos. Si él hubiera estado justo en esa situación, entre la espada y la pared… verdaderamente nada se le hubiera ocurrido. Comprendía un poquito de lo que Ike había afrontado. Claro, había estado presente en miles de guerras, tanto él como Ike, en situaciones que simplemente no te dejaban muchas opciones a escoger, más que entre la vida y muerte.

A pesar de ello… salieron adelante, con todo y las heridas de esos combates, tal vez heridas que nunca cicatrizarían eran parte de ellos de ahora en lo que resta de sus vidas. Pero… ¿Qué había ahora de sus seres queridos, de esos inigualables camaradas que los rodean?... Ellos… ¿Podrían sanar sus heridas?

Pudo ver aquella luz de esperanza en ese túnel que pensó que no tenía fin. ¡Claro que esas heridas podían sanar! Sabía que solo el tiempo lo diría, y que con dedicación… quizás hasta las cicatrices se desvanecerían.

Mentalmente hizo el intento de serenarse, para que luego su cuerpo hiciera lo mismo. ¡Hasta sus hombros se volvieron tensos! Inhaló y exhaló pausadamente. Suponía que su compañero estaba igual o hasta más irritado que el mismo.

—Tienes razón— admitió el menor, pasando una mano por su cabella, inconscientemente topándose con su tiara. Sí, sonaba bastante femenino si lo ponía así, pero así se llamaba, no podía cambiarle el nombre.

Recordó la persona que se lo había regalado, más bien, heredado. Su hermana. Sabía que ella podría con este tipo de situaciones, era su más gran consejera.

—Iré a decirle todo esto. Es por eso que te lo quería decir antes de que otra cosa sucediera. —habló Ike. Ambos sabían a quién se refería, el único problema era que aún no despertaba.

—Pero ponte algo, te resfriaras— recordó el menor. Por mucho que fuera habitación ajena, no quería verlo por ahí como si nada sin camisa.

—¿Qué? ¿No puedes resistir la tentación?

—No soy marica como tú— respondió divertido. Al menos su pequeña discusión no pasó a mayores.

—Sé que soy irresistible

—Cállate ya— las bromas de Ike le causaban gracia. Tenía sentido del humor, de hecho. Sólo que la situación no había dejado mucho que desear.

Luego de que el mercenario comiera rápidamente, y que se colocara algo de ropa decente, salieron de la alcoba directo a la Enfermería.

...


La verdad, ni si quiera sabía el porqué estaba ahí, "de visita" como había dicho el doctor ese. Menudo idiota…

Cuando llegó a sus oídos aquella noticia, simplemente no pudo creerlo, hasta detuvo lo que estaba haciendo para cerciorarse de que lo que había oído no fue solo producto de su imaginación. Los grandes héroes, los sublimes salvadores de sus mundos, ¡Los excelsos peleadores del siglo!... en riesgo de morir.

Bah, pensaba que ese Dr. Mario le estaba dando duro a la hierba.

Sólo comprobó lo contrario hasta que lo vio con sus propios ojos. Ni si quiera él había pasado por un castigo de esos en esta mansión, ni el hecho de que esa mano loca tuviera el mando para hacer tales cosas. Bueno, estaba loca.

Imaginar que el duende y el bigotón tuvieron una pelea fuera de la arena de batallas… vaya sorpresas le daban el día de hoy. Sonrió con autosuficiencia. El rubio se lo tenía bien merecido, por hacer frustrado tantas veces sus planes contra la tierra que lo había desterrado de su poder por derecho. Sin embargo, debía admitir que la mansión estaba más lúgubre de lo normal. Bien, él era Ganondorf, tampoco se iba a fijar mucho en esos detalles.

Miró por el rabillo del ojo hacía la otra ventana, ahí estaba la princesa de Hyrule. A simple vista se notaba que no estaba bien. Si entrecejo se frunció, confundido. ¿Qué habían tenido que ver ellas en todo aquello? En todo caso, los únicos castigados debieron haber sido esos mocosos inmaduros… debieron haber tenido algo que ver. ¿Quién lo diría? La inocente niña de papi no resultó ser tan inocente como aparentaba. Eso le sacó otra sonrisa de satisfacción.

Volvió su mirada hacia donde la tenía en un principio. Sin duda le tenía algo de celos a ese Master Hand, se llevó toda la diversión haciéndole sufrir a todos ellos.

—Vaya, vaya, ¿Nos honra con su presencia el Rey de las Tinieblas? — su voz lo sacó de sus pensamientos, aun así no le dirigió la mirada, ya sabía quién era. Esa tortuga pedorra lo iba a sacar de quicio. ¿A caso tenía que seguirlo a todos lados?

—Debería preguntar lo mismo—respondió indiferente. No tenía ganas de discutir con aquel idiota sin remedio. El otro lo miró con brazos cruzados, dirigiendo sus ojos a lo que lo tenía tan interesado.

—Qué sorpresa, ¿No crees? De las personas menos pensadas— continuó, mostrando sus colmillos con maldad. El mayor no dijo nada. — Y decía que aquellos no tenían las agallas para desobedecer las reglas — rió con ironía. Eso causó un gesto divertido en el rostro del Gerudo. Ellos eran los primeros en quebrantar esas "normas para la sana convivencia entre peleadores", toda esa mierda que le valía un carajo.

Entonces Bowser no lo había notado, hasta que miró en lo que se había recargado, en un vidrio que dejaba ver dos personas más ahí adentro. Su rostro de duda no tardó mucho en aparecer.

—¿Esas qué? — inquiere la tortuga. El otro no tuvo que voltear a mirarlas, no había necesidad. Sus ojos ambarinos estaban concentrados en ese hylian, como si su mirar lo hiciera despertar en cualquier instante. —¿También pelearon entre ellas?

—No lo sé— cortó secamente, antes de que perdiera la paciencia. Aunque tuviera la respuesta, lo hubiera mandado a freír espárragos.

—Sin poderes, ¿Eh? Debe sonar interesante— El gerudo rodó los ojos, ¿Cuándo se iba a callar esa tortuga? Como si le importara en establecer conversación alguna con ese engendro, cosa en la que el otro seguía empeñado en hacer. No obstante, lo que dijo lo trajo a la realidad.

Sin poderes…

Sonrió de medio lado. Tal vez su aburrimiento no le duraría mucho después de todo. Se preguntaba si…

...


Por tercera vez, si mal lo recordaba, abrió sus ojos.

Admitía que se sentía levemente mejor. ¿Qué tantos medicamentos le habían administrado? Por su pantalla de signos, notó que se veía estable. Con alegría se dio cuenta que podía mover sus dedos, ¡Nunca pensó que una actividad tan simple le traería tan felicidad! Apretaba y cerraba sus puños, sin ejercer mucha fuerza.

Tenía muchas preguntas sin responder. No sabía ni si quiera que día era. Aseguraba un milagro que se acordara de su nombre todavía. Respiró e inhaló fuertemente, ya no le dolía el pecho por respirar, eso era un alivio. Se preguntó internamente cuanto tiempo estaría postrada en aquella cama, por todas las diosas que apenas y sentía las piernas. ¿Dónde estaba Dr. Mario cuando se necesitaba?

Suspiró lo más quedo posible. No quería volver a forzarse de más. No ahora que no tenía poderes.

Sin poderes.

Cruda realidad.

Maldita cruda realidad.

Bien, no aguantaría un segundo más en cama.

Con toda su fuerza de voluntad, intentó remover sus hombros hasta apoyar ligeramente sus codos en el colchón. Pasaron severos minutos hasta que lo logró, y así hacer el esfuerzo con sus brazos para levantar su adolorido torso. Por Din que hasta sentía como si una costilla se le hubiera roto, pero no lo podía comprobar aún. Recorrió un poco su cadera para que esta resistiera el peso de su tronco. Minutos de esfuerzo y ligeros quejidos provenientes de la princesa con el esfuerzo de moverse, solo se detuvo en lo que comprobaba que ponía mantenerse en equilibrio, y no irse para atrás en el intento.

¡Estaba sentada por las Benditas Diosas! No pudo reprimir aquella sonrisa de satisfacción, hasta que le dolió justo dónde creía tener la costilla rota, haciendo un gesto de evidente daño. Le día al moverse, pero no al respirar… que raro. No supo si había tomado la mejor de las ideas. Le daba igual, lo que quería era poder dormir fuera de la enfermería. Si seguía así, bautizarían un cuarto con su nombre en una placa. Bonito regalo.

Talló levemente sus cansados ojos azules, que visiblemente parecía al de una persona sin vida. Quizás físicamente así se sentía. No fue que escuchó la puerta abrir, que volvió a abrir sus perlas apagadas.

Al doctor casi le da un ataque de nervios.

—¡No sea imprudente princesa Zelda! Vuelva a dormir— corrió hacía ella, asegurando que no se fuera a caer para ninguno de los lados.

—E-Estoy bien— contestó calmada, haciendo el vano intento de sonrisa. El doctor no parecía hacerle mucho caso.

—Aún necesitas mucho reposo. Estarás por buen tiempo aquí, y más si intentas levantarte en estos momentos. —Esa no era una de las mejores noticias que podían darle. Su sonrisa se esfumó.

—¿Cómo están… lo demás? — inquirió casi en susurro, cambiándole el tema al médico. Este no hizo más que dedicarle una mirada cansada. La princesa se imaginó el duro trabajo que le debieron dar al pobre de bata blanca. Este no hizo más que exhalar casado aire por la nariz.

—Bien. Link y Mario parecen estarse recuperando de forma satisfactoria.

—E-Es… bueno escuchar e-eso—concedió la joven, mirando hacia algún punto entre las sábanas. Parpadeo con cansancio— ¿Peach c-cómo está?

—Mejorando, pero aun no despierta del todo. Ha estado balbuceando algunas cosas, pero nada que yo pueda entender— habló el de bata blanca, haciendo anotaciones en una hoja. La princesa lo observaba curiosa, en lo que el doctor le dirigía la mirada de nuevo. —¿Cómo te sientes?

¿Cómo se sentía? Buena pregunta… se sentía como basura, como si fuera un desecho del que nadie se ocuparía. ¿De qué les serviría una princesa sin poderes mágicos? Esta mansión solo es para peleadores y, en cierta manera, ella ya no era uno.

—He estado mejor— aclara con una sonrisa fingida, que al parecer el doctor creyó verdadera. El prosiguió anotando en sus hojas médicas, o lo que sea que estuviera haciendo. Con dolor físico, volteó hacia dónde estaba la rubia. Seguía con sus ojos cerrados, en la misma posición en la que la encontró la primera vez. Inconsciente apretó las sábanas, y los ojos comenzaron a aguársele. Aun así no dejó escapar ninguna gota.

Lo mejor era olvidar su sufrir por un rato, recién acababa de levantarse, debería celebrar un acontecimiento como ese. Bueno, dudo bastante el hecho de que volvería a despertar. Teóricamente debería estar feliz por estar viva.

—Me tengo que retirar, princesa. Iré a revisar a sus compañeros en la habitación de continua—habló la versión doctor de Mario, llamando la atención de la joven, en lo que este guardaba su pluma. Ya en la puerta, este la miró, con una sonrisa—Me alegro de que haya despertado.

La soberana sonrió, dejándola él otra vez como despertó: sola. Sus facciones se tornaron tristes. Ahora más que nunca, no quería estar sola. Sin embargo, sentía que eso era lo que se merecía. Tal vez por no haber sido buena en nada de lo que ha hecho en la mansión, en su propia vida, quizás. Ya no sabía nada, en realidad. Su cabeza empezaba a doler, y no precisamente por el golpe. Suspiró entrecortadamente, recordando como la costilla le dolía en exceso. Se olvido completamente de preguntarle a Dr.

No lo había notado hasta mirar por la ventana, pero apareció una figura de espaldas hacía ella, haciendo bastante presencia y con ropas oscuras. Su capa le caía por los hombros. La respiración se le cortó.

Era Ganondorf.

Sus ojos reflejaron el horror hacia su persona, tratando de no hacer mucho ruido. Usualmente, ella no le tendría miedo a aquel que siempre quiso apoderarse de su sabiduría, de su Trifuerza. Era lo único que le quedaba en este momento, lo sabía porque eso tres triángulos sagrados seguían en el dorso de su mano derecha. Aun así, el hecho de no tener nada con que defenderse por el momento si le causaba un considerable pavor hacia el gerudo. Si planeaba atacarla, o atacarlos, él tendría la total ventaja en la situación. Sentía como su garganta comenzaba a cerrarse, apretando las sabanas entre sus manos.

Pudo ver como este giraba su rostro hacía su habitación. La falta de oxígeno casi la hizo ver en cámara lenta. No le importo el dolor en ese momento, volviendo como rayo a acostarse en dónde residía. Su espalda le fue un suplicio al dejarse caer de esa manera, ahogó un grito. Fingió estar dormida, y cuando volvió a abrir los ojos este seguía en la misma posición, como si nunca se hubiera girado. Si no fuera poco con lo que acababa de pasar, otra persona se le unió al gerudo: El Rey Koopa. De nuevo hizo como estar dormida, entrecerrando un ojo para tener visión. Hubo un momento es que pensó que la tortuga la estaba mirando, pero luego retiro sus ojos de de ella. La oscuridad de la habitación le hizo un grandísimo favor al no dejar ver demasiado y que no la descubrieran. Ni si quiera se percató de cuando empezó a sudar.

A juzgar por la indiferencia del mayor, se notaba harto por la presencia de la tortuga. Entonces, si no vino a hacerles nada, ¿Qué hacía en ese pasillo? Tal vez regocijarse con el hecho de saber que sus más grandes enemigos estaban casi en estado de coma. Su duda se desvaneció al notar como el de la capa se movía hacia el área restringida de su visión. Al parecer su acompañante le pregunto hacía dónde se dirigía, y a final de cuentas terminó acompañándolo. Pasaron algunos minutos para que decidiera si era lo correcto volver a levantarse. A fin de cuentas hizo el esfuerzo para tomar su antigua posición, doliendo otra vez la costilla. Suspiró con alivio, los otros dos ya se habían ido. Suponía que entraron a la habitación de Mario y Link, aunque no lo pudo confirmar del todo. Sintió su respiración normalizarse.

Su estómago comenzó a hacer ruidos extraños, avisándole que le hacía falta algo que digerir. Ahora que lo pensaba, se sentía más delgada, retiró un poco las sábanas para confirmarlo. También sus brazos lucían algo pálidos. Quien sabe que tantas cosas habían cambiado en ella en la ausencia de su estado consiente. A lo mejor al verse en un espejo ni ella misma se reconocería.

No fue hasta que una luz en su rostro la distrajo, haciendo que sus ojos buscaran refugio al cambio tan brusco. Cuando volteó a la fuente, fue como si el corazón le hubiera dejado de latir. La figura en la puerta la miraba con esos ojos ámbar, junto con el acompañante. Como ella, estaban sorprendidos de que estuviera despierta, al menos refiriendo al de caparazón. Sus manos buscaron refugio al estrujar las sábanas, en lo que sus perlas azules los miraban con cierto temor.

Se adentraron al lugar, cerrándose la puerta detrás de ellos. Transcurrieron algunos segundos sin que nadie dijera algo.

—Parece como si hubiera visto un fantasma, princesa—la voz de Bowser la sacó de la barrera que su mente creo, derribándola cual cristal frágil. Su rostro se conservaba impasible, aunque sus ojos mostraran lo contrario. ¡Maldita sea, era una princesa! Debía mostrar su fortaleza ante aquellos hombres. Obvio decirlo era mucho más fácil que hacerlo.

Sus músculos se tensaron al ver como Bowser se dirigía a su compañera de melena rubia. Apretó sus labios en señal de nerviosismo. A pesar de todo, quería decirle que si se atrevía a hacerle algo, se las vería con ella. Sonaba casi a una película donde ella podía ser la heroína, presa de los villanos de la trama. En este caso, era más que evidente que la heroína estaba en total desventaja ante ellos, empezando no solamente por el estado físico, sino porque aquella ya no tenía con que defenderse.

Estaba totalmente desprotegida.

Sin nada más que decir, bajó su mirada, impotente debajo de aquella tela que parecía ser su única defensa propia. ¿Dónde quedó toda su autosuficiencia?

—No venimos a hacerte daño— la grave voz hizo que elevara su rostro, algo sorprendida por sus palabras. Estaba cruzado de brazos, casi clavándole la mirada. Estaba pálida, desaliñada, ojeras pronunciadas. Una imagen que nunca se imaginó presenciar.

Aun así no le tomó demasiada atención, centró la atención en su compañero, quien empeñado le decía que fueran a la habitación de las princesas. Sorpresa se llevaron al ver que una de ellas estaba consciente. ¿Qué tal si aprovechaban y le hacían un par de preguntas?

Dirigió su mirada hacia donde el pelirrojo posaba la suya, el gran Koopa solo estaba ensimismado en mirar a la ausente rubia. Solo hacía eso, observarla.

—¿Qué sucedió para que terminara así? — El gerudo preguntó a la joven, viendo como ella dirigía sus azulinos ojos en él. Se le hizo bastante extraño ese hecho.

Tenía buen rato en silencio, hasta que desvió su rostro de él.

Suponía que debía contarle… solo lo necesario.

...

...

...


En verdad lamento la tardanza. Espero el capítulo haya sido de su agrado n_nU

De paso, aviso que no había podido actualizar constante, debido a un dolor que recién me empezó. Se llama vértigo. Me he sentido fatal, ¡Pero aquí me tienen sin falta! (Después de medio año…) Investigue sobre ello, y me recomendaron no sobre-esforzar mucho mi visión. Quiere decir cero computador por un tiempecito. Ni si quiera voy a poder leer un libro…

Agradezco con mucho amor a mis fieles lectores:

Seiichi Ryota-kun

Lucina Lowell

JohnUzumaki90

Sugar5Star

Sekmeth Dei

Lectorr

Ayane Fenrir

Kuroki-Neko96

Mr-Roki9100

Princces-Zelda

Elizabeth-Abadeer (Eli)

¡Son mi motivación para seguir escribiendo!

Una colosal disculpa a Seiichi Ryota-kun por no mencionarlo en mis lectores anteriores. I'm a moron, seriously. My apologizes! Hug and kisses.

Un agradecimiento enorme a JohnUzumaki90 por darme la idea de Bowser y Ganondorf. ¡El capítulo va para ti! Ojalá y haya sido de agrado

Y otra disculpa a Mr-Roki9100. Por alguna razón que desconozco, si escribo tu nombre con el página me lo borra. Lo único que pude hacer es escribirlo con un guión (-). ¡Lo siento! ;.;

Sin nada más que decir, me despido. Cualquier error son libres de dejar un comentario acerca de ello.

¡Se agradecen reviews!

Zeldi-chan de hyuuga

Lunes 27 de Enero del 2014