¡Aye! No esperaba actualizar tan rápido (no suelo hacerlo nunca) pero bueno, aquí estoy. Supongo que me habrán agarrado de buen humor xDD. Además, me divierto tanto escribiendo este fic que me dan muchas ganas de seguirlo. Las imágenes hablan por sí solas y me dan muchísima inspiración –aunque también debería agradecerles a las personalidades desquiciadas que tienen todos (y, por ende, a Mashima-sensei)… en fin…

El capítulo de hoy será en enfoque a Gray y Juvia (con respecto al cuento). Vamos a escuchar la historia de "Blanca Nieves y los siete enanitos" –derechos reservados del autor, aunque no tengo idea de quién escribió ésta hermosa historia- al Juvia Style. ¡Espero que la disfruten!

OoOoOoOoOoOoO


Cuentos para dormir.

"Blanca Aguas y los siete gatitos"


El reloj daba las 12:01 a.m.

El gremio estaba a oscuras, con nada más que velas alumbrándolo para hacer el ambiente "más romántico" –no pregunten quién fue la genio que tuvo la idea- aunque no hubiera necesidad de hacerlo. ¡Se suponía que iban a contar cuentos infantiles! No historias de vampiros que se enamoraban de inocentes jovencitas, súper puras y hermosas, que no tenían otra cosa que hacer más que seducirlos y llevarlos a la cama (vamos, nadie se cree el verso ese de que las damas son las pobres víctimas engatusadas con las viles artimañas de los murciélagos humanizados).

Todo seguía destruido, claro. A pesar del esfuerzo que se estaba haciendo, y que se vio interrumpido sin objeción aparente, más de la mitad del lugar estaba inhabitable. Lo único que parecía haber sobrevivido de milagro era la barra. No tenía ni un mísero rasguño en su pulida y perfecta estructura. Era raro, por supuesto, pero siempre se salvaba; algunos incluso sospechaban que tenía una magia especial de protección para que nunca le pasara nada en las acatombes gremiales. Después de todo, de ahí provenía la comida. Y la comida es sagrada para Fairy Tail.

En el centro –casi el único lugar en el que trece personas y dos gatos podían caber- se habían corrido las mesas, las sillas y los restos de madera de quién-sabe-qué-cosas para poder acomodar sábanas y almohadones en donde sentarse cómodamente para disfrutar de lo que duraran los cuentos que estaban por ser contados. También se habían hecho unos rápidos bocaditos, dulces y salados, para cuando el hambre atacara, colocados en hermosas bandejas de plata justo en el centro del círculo de personas. Lo que daba el toque final a la escena, nombrada como "pseudo-picnic nocturno", eran las jarras con leche calentita y humeante, y los vasos de vidrio reluciente.

El ambiente era una mezcla de emoción, por parte de las féminas, frustración y ganas de salir corriendo, por parte de los masculinos, y de incertidumbre ante la situación, por parte de los padres de la pequeña por la cual se estaba haciendo todo eso. La excepción a estos tres sentimientos predominantes –que parecían empujarse unos a otros con furia- eran Jellal, Natsu, Evergreen, Happy y Lily. Los cinco tenían pensamientos muy diferentes pero que, ante todo el rollo guerrero que se estaba desarrollando, no resaltaban en lo absoluto; y la verdad, se contentaban con que las cosas fueran así. No querían problemas.

Alzack suspiró mientras su hija se removía inquieta en su regazo. Pasó la vista por todo el círculo, sin enfocarla en nadie en particular. Sólo miraba a todas aquellas almas con aires sicópatas que ahora le contarían un cuento a la razón de su vida –estaba, por demás, aterrado, ¿Qué clase de cosas saldrían de la boca de aquellas magas? No quería ni imaginárselo- que parecía ausente a su sufrimiento. Bisca, acurrucada a su lado, era la única que lo comprendía, y sospechaba que tenía los mismos temores que él, puesto que también recorría con la mirada al círculo del infierno que se había formado.

Todos se estaban terminando de acomodar. El conseguir lugares también había sido motivo para una lucha campal –que casi termina desatándose si no fuera por Asuka (la niña tiene sus métodos, no la subestimen)- y varios insultos, burlas, y hasta algunos golpes de por medio. Incluso, terminó desatando una ola de semi-rubor en varios rostros, que el idiota de Natsu –palabras textuales de Lucy- había mal interpretado como enfermedad colectiva y sumamente contagiosa, y por poco entraba en pánico; quiso salir corriendo del lugar para ponerlo en cuarentena –sí, todos desconocen también cómo es que sabe esa palabra y su significado.

Al final los lugares fueron elegidos, y nadie dijo una palabra más.

Levy estaba sentada sobre el regazo de Gajeel -que a su vez, Lily estaba sentado sobre el regazo de la pequeña maga-; obviamente el mago había fulminado con la mirada a todo aquel que se atrevía a querer burlarse de su situación. Elfman y Evergreen le seguían, sentados hombro con hombro, pero aparentemente –nótese la ironía- ignorándose. Gray y Juvia eran los siguientes, con una Maga de Agua abrazada efusivamente alrededor del brazo del joven hombre, quien bufaba de vez en cuando pero no decía nada puntual como queja. La familia de tres seguían en la fila. Lucy y Natsu seguían, con un Dragon Slayer apoyando su barbilla en el hombro de una muy sonrojada Maga Estelar, y Happy sentado sobre sus piernas comiendo un delicioso pescado. Jellal y Erza cerraban y volvían a comenzar el círculo, sentados uno al lado del otro.

— ¡Cuento, cuento, cuento! —pedía la niña, emocionada.

Desde hacía media hora, por lo menos, que Asuka venía repitiendo el mismo cantico. Apenas se había decidido la táctica para hacer que la niña se fuera a dormir pacíficamente Erza había tomado las riendas de la situación como todo macho, ejem, hembra alfa que era. Puso a los hombres al mando de Lily –no quería que ninguno se quejara de que tenía algún favoritismo por Jellal- para organizar el lugar y hacer un ambiente cómodo casi empujándolos a que fueran a conseguir sábanas y almohadas, mientras que ella dirigía a las mujeres para aportar lo suyo.

Levy tuvo la fantástica idea, cuando se escuchó a más de un estomago gruñir con deseo, de cocinar bocadillos y preparar leche caliente para acompañarlos –iban a contar cuentos después de todo, tenía que haber algo que rememorara sus infancias. Así, todas se pusieron manos a la obra y cocinaron diferentes tipos de galletas en menos de media hora; gracias al maravilloso poder de la magia. Había de todo y para todos los gustos, desde galletas heladas con diferentes sabores hasta galletas con pedazos de pescado, tuercas metálicas, bonitos bombones de chocolate relleno y pastelitos de fresa, crema, y otros dulces.

—Ya, pequeña, ya van a contar —la calmó Bisca, acariciando su cabeza con dulzura.

— ¡Pero yo quiero ahora! —se quejó, inflando los mofletes. Ya había esperado suficiente, ella quería los cuentos de inmediato.

Muchos rieron ante la inocente acción.

—Bien —habló Erza con decisión, al ver que ya cada uno estaba en su lugar. Los ojos de Asuka comenzaron a brillar—. La cuestión principal ahora, ya que hemos resuelto por fin los detalles, es ¿Quién va a ser la primera en contar el cuento? Yo propongo que la primera sea, obviamente, yo.

Pobre Asuka, el destino no estaba con ella en ese momento. Ahora tendría que esperar.

(Y vaya que tendría que esperar).

— ¿Por qué Erza-san? —se atrevió a preguntar Juvia, aliviando el agarre que sostenía prisionero al brazo de su querido Gray-sama—. Juvia y las demás también trabajamos duro. Además, Juvia se esmeró mucho en preparar las galletas ¡Juvia quiere ser la primera!

—Juvia tiene razón —habló Levy, con una convicción que le iluminaba los ojos. Ella tampoco daría el brazo a torcer tan fácilmente—. Pero yo fui la de la idea de poner comida para todos, así que la merecedora de la primera en contar un cuento tengo que ser yo.

— ¡Momentito! —frenó Evergreen, viendo que las tres magas estaban a punto de comenzar a retrucarse entre ellas. Se acomodó los lentes sobre su nariz—. Como Reina de las Hadas, yo debería empezar primero.

— ¿Y a ti quien cuernos te nombro "Reina de las Hadas"? —le preguntó Erza, furiosa.

—Yo, por supuesto.

— ¡Juvia no está de acuerdo! ¡Juvia merece ser la primera! —protestó.

Y el griterío fue en aumento. Parecía que, por el momento, las tres magas que participaban de la conversación se habían unido momentáneamente para luchar contra Ever, que se creía una súper estrella merecedora del título, cuando en realidad era la que menos había participado en la elaboración de la comida –según ella, las damas refinadas no debían ensuciarse las manos con tareas que eran claramente para plebeyas. Apenas había ayudado a calentar la leche.

— ¡Alto! –gritó Lucy interrumpiendo el terrible griterío disfuncional. Se había mantenido escondida esperando el momento oportuno para aparecer y callar a todas de una vez—. Yo fui la de la idea de los cuentos, así que… —sonrió maléficamente, segura de ganar—. ¡Yo merezco ser la primera!

—Eso no es cierto, Lucy —metió pata Happy—. La idea fue mía.

— ¡¿Cómo?! —gritaron todas, mientras miraban acusadoramente a la rubia.

— ¡Eso no es cierto! —se desesperó—. ¡No le crean, es un embustero! —sujetó a Happy de la cabeza y lo miró desquiciadamente para susurrarle en sus suaves orejitas:— Di una palabra más, y serás cadáver, gato.

— ¡Natsu, Lucy es una asesina serial!

—Luce… —canturreó el mago de fuego, cansado—. Deja de molestar a Happy…

— ¡Natsu! —se quejaron ambos, mujer y gato, a la vez.

Como si los hubieran llamado, los hombres también entraron a la discusión, que parecía no tener fin. Un tema llevaba al otro de un salto gigantesco, logrando que las palabras dichas no tuvieran sentido alguno. Del tema de decidir quién sería la primera que tuviera el privilegio de contar una historia saltaron a que las tuercas estaban oxidadas y de que eran un asco, volviendo rápidamente al asunto de que la única rubia presente tenía un desequilibrio mental y que ahora era una asesina perseguida por las autoridades.

Alzack y Bisca suspiraron llenos de frustración ante el panorama. De alguna manera, habían presentido que las cosas terminarían así: con una discusión terriblemente importante –tanto, que fuera necesario llegar a los puños para defender una posición- pero sin sentido, y con su pequeña Asuka decepcionada y a punto de llorar.

— ¡SUFICIENTE! —gritó Bisca, de improvisto y decidida a terminar de una vez con todo.

Las voces se acallaron, temerosas.

—Me importa un comino quién mato a quién, pero esto se termina acá. Asuka —llamó a su niña—. Decide tú quién va a ser la primera en contar un cuento.

Algunas quisieron protestar, obviamente. Pero Bisca no estaba para juegos –ya había tenido más que suficiente esa tarde- y las volvió a callar a todas con un simple movimiento de cabeza, que reflejó en todo su esplendor sus ojos carnívoros y deseosos de sangre fresca.

La niña se puso a meditar, al comando de su madre, cobrando un aire extraño de seriedad. Más de una quiso llamar su atención, poniendo su mejor cara de buena y prometiéndole entre susurros algún trato que la beneficiaria enormemente, pero la pequeña no se dejó sobornar. Pensó tranquila, en silencio, mientras todos esperaban ansiosos su decisión unánime e irrevocable. Hasta que de golpe, levantó su carita redonda, con una enorme sonrisa dibujada, y señaló a la afortunada que gritaría de emoción: Juvia.

— ¿De verdad? —preguntó emocionada, mientras recibía miradas de reproche que ignoró.

— ¡Sí! La tía Juvia siempre es graciosa —dijo, como único argumento a su decisión.

Juvia aplaudió, más que feliz, y miró de refilón a todas y cada una de las magas; mostrando aires de asesina superioridad que a Gray le dieron escalofríos, al estar tan cerca de semejante aura malévola. Sólo ahora se arrepentía –un poco- de haberse sentado ahí, pero ya no había marcha atrás. Ninguna pudo decir nada, aunque a más de una el reproche se le quedó atorado en la garganta con ganas de salir explotando de allí. No armaban alboroto por el simple hecho de que esa situación tenía altas probabilidades de hacer llorar a Asuka.

— ¿Qué cuento me vas a contar? —preguntó curiosa.

«¡Juvia ha estado esperando este momento por tanto tiempo! Ya es hora de demostrarle a Gray-sama lo que Juvia puede hacer…» Y miró a Gray con una sonrisa torcida, a quien otro escalofrío lo recorrió. «Por favor, Gray-sama, elogie a Juvia después.»

— ¡Blanca Aguas y los siete gatitos!

— ¿No que era "Blanca Nieves y los siete enanitos"? —interrumpió de inmediato Gajeel con pose pensativa, recordando haber visto esa historia en algún libro de la enana. ¡Y no es como si el pasara mucho tiempo con Levy o como si le gustara leer al lado de ella en algunas ocasiones! ¡No señor! ¡No tenía nada ver, estaba totalmente alejado de la realidad!

— ¡No! —le respondió Natsu, segurísimo—. ¡Era "los siete dragoncitos"!

—Natsu… —suspiró Lucy, estampándose la mano en el rostro.

—Ehh… J-Juvia está segura d-de…

—Típico —aseguró Evergreen, con pose altanera—. Yo debí empezar. Ya tengo todo un repertorio preparado, los personajes, el ambiente, la historia… y no soy ninguna improvisada como otras… —miró de arriba abajo a la Maga de Agua—. Que, por supuesto, no saben ni cómo empezar —y sonrió.

—Juvia no…

— ¡Oye! —le rugió Gray, enfadado con la autoproclamada Reina de las Hadas (lo que hiso que las mejillas de la defendida se encendieran por un momento, al ver a su caballero de fuerte y congelada armadura defenderla de las garras de ese horrible monstruo color verde con olor a rosas y mirada aguda –oh si, Juvia tiene una muy viva imaginación).

—Gray-sama… —suspiró enamorada, con dos enormes corazones en sus ojos.

—Por Mavis… —susurró Jellal y miró a Erza.

La maga estaba ofendidísima con la niña –su actitud corporal la delataba, brazos cruzados y el ceño fruncido- por no haberla elegido a ella, después de todo el esfuerzo que había hecho, pero ante aquella mirada llena de dulzura que le revolvía el estómago y le daba vuelta el corazón era completamente inútil. No tenía defensas, ni reproches validos, ni tácticas para huir hábilmente. Resistió cinco segundos antes de darse vuelta como un panque que y bufar frustrada mientras el mago le sonreía dulcemente; sin muecas malvadas o tramposas de telón.

— ¡SILENCIO! —rugió como una fiera, imponiendo toda su autoridad—. Juvia —carraspeó unos segundos—. Continúa por favor.

La Maga de Agua asintió algo acongojada, aunque el término "continuar" estaba mal empleado. Ella ni siquiera había empezado, para su eterna desgracia. Miró a la pequeña Asuka y sonrió en sus adentros animada a comenzar por fin. Su historia iba, no, tenía que ser la mejor.

Había una vez, en un reino muy, muy, muy lejano, llamado…. ¡Ah! Llamado Agualandia, una bellísima princesa que vivía pacíficamente con su padre, el rey, en un enorme castillo. Por desgracia, la princesa no tenía madre; ella había fallecido cuando la pequeña alcanzó los cinco años de edad. Tampoco tenía amigos. Los niños de su edad se burlaban de ella porque hablaba extraño y porque, incluso, su aspecto era raro y les satisfacía gritarle que era diferente.

Más de uno rodó los ojos, era más obvio que Juvia hablaba de ella misma.

Su nombre era Blanca Aguas. Su madre la había llamado así por su increíble aspecto al nacer y por el día en que había nacido, cuando una feroz tormenta azotó al reino. La niña tenía la piel de porcelana y pura como la cálida corriente de un río. Sus ojos reflejaban el océano sin horizonte y sus cabellos se ondeaban al compas del aire de mar. Era un pequeño angelito, y desde que nació, sus padres la mimaron y la amaron como el mayor tesoro del reino, lo que le dio la fortaleza para seguir y levantarse en los momentos que se le presentaron difíciles. Sobre todo, cuando su madre murió.

Ese día, pareció que la naturaleza también lloraba la perdida de la reina madre. Los arboles perdieron sus hojas, las flores se marchitaron, los frutos cayeron de las ramas con sabores amargos, los pájaros dejaron de cantar, el cielo se cubrió con feos nubarrones grises. La tierra lloró, lloró su perdida.

Quien más la padeció, sin embargo, fue el rey. Amaba a su esposa con locura, tan desesperadamente que habría ido con ella si no fuera por su pequeño retoño. Desde ese día, el rey perdió brillo, sensibilidad y amor. Deprimido, apenas tenía tiempo para sus deberes como rey y se pasaba todo el día viendo el retrato pintado a mano de su amada, quien le sonreír como si el sol mismo la iluminara con sus brillantes rayos. Lo único que lo hacía feliz era ver a su hija crecer, verla convertirse en esa hermosa mujer casi igual a su madre.

Pero estaba solo, no podía evitar sentir ese vacío en su corazón, que ni siquiera Blanca Aguas podía rellenar. Hasta que esa mujer apareció.

En ese momento Lucy sintió como si la amenazaran de muerte con un cuchillo bien afilado al cuello, encontrándose con la mirada fija de Juvia sobre su persona. Giro rápidamente su rostro, pensando que quizá así, esa horrible sensación de tener a la muerte sobre su yugular se fuera. Las gotas de sudor eran gordas, y bajaban por su espalda completamente frías. ¡¿Qué nadie se daba cuenta de que Juvia quería degollarla y bailar sobre su cadáver?!

—Natsu… —susurró, agarrando al mago del brazo y pegándose a su cuerpo—. Tengo miedo…

— ¿Eh?

Juvia hiso crujir sus dientes, satisfecha. ¡Su rival en el amor había sido completamente neutralizada! Carraspeó un poco su garganta, al darse cuenta de que todos se comenzaban a impacientar por su repentina pausa –sobre todo la más pequeña- y reacomodándose en su lugar, retomó la historia. Eso iba a ser espectacular.

Era una mujer bellísima, sin dudas, y captó la atención del rey en un instante. Fue en aquel baile, en honor al cumpleaños número diez de Blanca Aguas donde el rey pareció recibir un flechazo de amor a primera vista y donde la verdadera pesadilla de la joven comenzó. Al principio habían intercambiado unos comentarios, pero después, en el baile de mascaras, el hombre cayó rendido a sus pies, casi hipnotizado. El nombre de la hermosa y enigmática mujer era Minerva, una poderosa hechicera que todo el mundo desconocía. A los pocos meses de haberse conocido, se convirtió en la nueva esposa del rey, y por ende, en la nueva reina de todo Agualandia.

Juvia había meditado seriamente el nombre de la bruja malvada: al principio había querido ponerle Lucy, pero decidió que la rubia no era tan mala, además de que era una buena amiga; quitando el hecho de que quería robarle a su querido Gray-sama y de que tenía unos cuantos planes de "muerte accidental" planificados.

En un principio, se mostró muy maternal y atenta con Blanca Aguas, y con el resto del reino. Sin embargo, a medida que los años iban pasando y la niña crecía rebelando su belleza, se hacía notable el desprecio que le tenía y que todo en realidad había sido una pantalla para agradar al rey. Lo que Minerva deseaba era poder y ser proclamada como la más bella de todo el reino, pues si tenía belleza, tenía poder.

La desgracia volvió a golpear a la Familia Real cuando el rey cayó misteriosamente enfermo y, un mes después, falleció el mismo día en que su hija alcanzaba sus dieciocho años. Blanca Aguas, siendo ya toda una mujer, quedó devastada y completamente indefensa ante la ambición de Minerva; quien tenía los ojos clavados en ella desde hacía años, como cualquier depredador que espera paciente por su presa.

La reina, como todos los años hacía en el cumpleaños de la niña, bajó hasta lo profundo del castillo y cuestionó a su Espejito Mágico quién era la más hermosa de todo el reino. El Espejo le respondió: "Sin duda, mi reina, eras tú. Pero hoy, ante las desgracias del caprichoso destino, ha alcanzado la madurez una joven que sobrepasa tu belleza". Furiosa, le exigió saber quién era y el Espejo volvió a responderle: "Blanca Aguas".

Fue la sentencia de muerte de la hermosa princesa. La reina, sin querer ensuciarse las manos, planificó un maléfico plan: la mandaría al bosque para despejarse por la muerte de su padre, como buena madrastra que era, y haría que uno de sus cazadores le arrancara el corazón y se lo trajera en bandeja de plata. Obviamente diría que la pobre princesa fue atrapada por una bestia feroz. Así, se desharía de la niña, sería la única belleza del reino y se aseguraría la corona. Para siempre.

— ¡Duuu! ¿Quién se cree esa reina? —protestó Natsu, con el puño rodeado de fuego—. ¡Que venga y de pelea!

—Es un cuento, cabeza de flama —le gruñó Gray.

— ¿Y eso qué tiene que ver, hielo derretido?

—Que no es real, ¡No es r-e-a-l! —deletreó—. ¡Y no me llames hielo derretido, cerebro de lava!

— ¡Basta! —los interrumpió Asuka notablemente enojada, callándolos de inmediato—. Quiero ver como sigue la historia —las miradas que el resto les dirigió a ambos magos bastaron para hacerles entender que la niña no era la única que quería seguir escuchando la historia.

Ahora, el problema era ver quién podía ser el cazador que le fuera fiel. Traer un corazón no era tarea para cualquiera y Minerva lo sabía muy bien. Durante una semana pensó, y también consultó a su Espejito Mágico, hasta que dio con el indicado: Gajeel, el de ojos rojos.

— ¡Oye! —se quejó el mago de hierro—. ¿Por qué yo?

—Eso es obvio —le explicó Evergreen, mirándolo como si se tratara de una mosca diminuta—. Es lógico que un retrasado cavernícola como tú sea el único capacitado para semejante tarea desagradable ¿Qué no lo ves?

— ¿Qué dijiste, bruja?

— ¿A quién le dices bruja, bruto animal?

— ¡Gajeel, Ever, insultar a otra persona no es de hombres!

—¡Tú no te metas! –le rugieron al pobre de Elfman ambos magos a la vez, que se tuvo que callar de inmediato.

Alzack y Bisca volvieron a suspirar. ¿Qué tan larga podía ser esa noche?

— ¡A CALLAR!

¿Y cuántas veces más tenían que escuchar a Erza gritar para imponer orden?

Juvia también suspiró, al verse interrumpida por ¿Tercera vez ya, o la primera contaba? Bajó el rostro, deprimida. Quizá su cuento era tan aburrido que no valía la pena escucharlo y por eso cada tanto alguien saltaba para interrumpir y agilizar las cosas. O quizás era ella el problema, quizá no le ponía suficiente entusiasmo a la hora de relatar o hacer gestos –si, mientras hablaba, Juvia cambiaba sus voces y hacía gestos para que el cuento tuviera más consistencia, haciendo reír casi siempre a Asuka- quizá simplemente no era buena para eso.

—Juvia es muy mala contando cuentos… —murmuró, a sabiendas de que nadie iba a escucharla.

O eso creyó.

—Eso no es cierto —su rostro se levantó de improvisto. Sus enormes ojos azules chocaron con unos de color gris, en apariencia indiferentes—. Que este sequito de idiotas te esté interrumpiendo a cada rato no significa que seas mala contando historias, Juvia. Sólo significa que no pueden estar callados en el mismo lugar por menos de diez minutos.

— ¿Gray-sama lo dice en serio? —preguntó, ilusionada.

—Ajá –asintió, colocando sus manos detrás de su nuca—. Me gusta tu cuento.

De golpe, Juvia entró en una especie de vórtice amoroso, donde todo lo que veía era a su amado repetir una y otra vez aquellas palabras: "Me gusta tu cuento..." Mientras le sonreía de forma coqueta y sostenía en sus manos un ramo de rosas color azul con un paquetito, bien armado con moño gris y todo, en donde un anillo de puro cristal descansaba, sólo para ella. Decir que casi se muere por shock mental, era decir poco.

Gray se asustó al ver a la maga con los ojos en blanco y caer desmayada en sus brazos. Sin saber qué hacer, giró su cabeza desesperado, esperando encontrar alguna ayuda. Todo lo que consiguió fue ver una banda de locos gritarse entre ellos desquiciadamente. En su imaginación –casi tan viva como su compañera desmayada- ya veía venir a una Erza hecha una furia cuando descubriera que Juvia estaba en sus brazos y en ese estado, y le rebanara las tripas de un solo movimiento de espadas, por lo que comenzó a agitarla, llamándola.

Juvia reaccionó y saltó, quedando parada casi en el centro del círculo.

— ¡Muy bien! —dijo enérgica con sus puños cerrados y al aire, mientras todos la miraban extrañados—. ¡Juvia terminará de contar el mejor cuento de toda la historia!

— ¡Natsu, Lucy le contagio su locura a Juvia!

Happy recibió una mirada perforadora departe de ambas magas (tanto de la Maga Estelar como de la Maga de Agua) por lo que se calló de inmediato, aterrado, y sin ánimos de seguir quejándose con su amigo –que, en definitiva, no le estaba prestando ni la más mínima atención- seguramente, si fuera por Natsu, el podía morirse tranquilamente debajo de un puente que ni un pelo se le iba a mover.

— ¡Hurra! —le festejó Asuka, aplaudiendo. Juvia le sonrió y volvió a acomodarse en su lugar, junto a su amado, quien le acababa de dar fuerzas para seguir con la tarea.

El cazador accedió a la vil tarea y esa misma tarde, llevo a Blanca Aguas al bosque, con el fin de "protegerla".

Ella estaba encantada. Rara vez su padre le había permitido salir del castillo y adentrarse a las profundidades del bosque por lo que esa oportunidad era única. Paseó cuanto quiso, haciéndose amiga de los animales y jugando en la espesura de la hierba, trepando árboles y dejando que la brisa la acariciase. Se olvidó de los problemas, se olvidó de que ya no tenía ni padre ni madre y que estaba sola, sola en el mundo, sin un amigo en quien confiar. Si bien su madrastra nunca la había tratado mal, no directamente, recelaba de ella.

"¿Señor cazador, usted tiene amigos?" le preguntó, inocente. El hombre casi se atraganta ante la impresión. No esperaba que una muchacha como ella fuera hablarle, ni le tuviera ese respeto. Toda su vida le habían tratado como lo que era: un simple y asqueroso plebeyo, que no merecía el respeto de los grandes nobles. "Eh… uno" admitió, sorprendiéndose a si mismo respondiendo. Blanca Aguas le sonrió, pero no le respondió. "¿Por qué preguntas? ¿Tú no tienes?"

El silencio fue abrumador cuando ella negó, suavemente. "¿No le gustaría ser el primer amigo de Blanca Aguas, señor cazador?" y fue aún peor, cuando esa pregunta fue hecha. Por primera vez en la vida, el cazador se sentía como siempre habían querido hacerlo sentir; un asqueroso plebeyo. Pateó el suelo, furioso consigo mismo, y miró con sus enormes ojos rojos a la dulce princesa. "Escucha niña, la reina quiere tu corazón en bandeja de plata. Si no quieres que te mate, huye lejos de aquí, ve a las profundidades del bosque y nunca regreses". Blanca Aguas entendió a lo que se refería de inmediato, y con las lágrimas a punto de caer, se despidió del cazador agradecida, corriendo.

Gajeel le devolvió el gesto, aún cuando ella no podía verlo. "Creo que no sería malo ser tu amigo…" susurró al viento, antes de ir a buscar un corazón sustituto, porque aquel era demasiado puro para las sucias manos de la reina.

Gajeel le sonrió a su amiga, a su hermana. Su personaje no estaba tan mal después de todo.

Blanca Aguas, llorando, alcanzó su límite al anochecer. Asustada de un lugar tan desconocido, encontró refugio en las enormes raíces de un viejo árbol, donde cayó dormida de inmediato pensando en el dulce gesto del cazador. Jamás podría pagárselo.

Justo por esos parajes, siete simpáticos y alados gatos volaban en dirección a su casa, en lo más profundo del bosque, cuando uno de ellos divisó a la hermosa dama que se recostaba sobre el sagrado Árbol de las Hadas. "¡Aye!" gritó alegre Happy Uno "¿Eso no es una chica?" todos miraron en dirección donde su compañero señalaba, hallándose con la sorpresa de verla. Parecía asustada, y sus mejillas tenían restos de lágrimas. "¿Qué hacemos con ella?" preguntó Happy Dos. "Dejarla, obviamente" respondió Charle Uno. "¡Charle Uno! ¡No seas cruel!" se quejaron Happy Uno, Dos, y Tres "¡Hay que llevarla a casa!" volvieron a hablar a la vez. "Concordamos con los Happy" apoyaron Lily Uno y Lily Dos, por lo que Charle Uno y Charle Dos debieron acceder a regañadientes.

— ¡¿Tres Happys?! —preguntó alterado Natsu.

—Un completo dolor de cabeza —murmuró Lucy frotándose las sienes, imaginándoselos, volando por su cabeza y riendo de forma pervertida. ¡Que alguien la ayudara a espantar esas pesadillas!

— ¿Por qué hay tres Happys, dos Charles y dos yo, Juvia? —preguntó Lily, realmente desconcertado.

La Maga de Agua los ignoró. ¡Era su historia, por Mavis!

Al amanecer, Blanca Aguas despertó sobre algo cómodo, acolchonado. Dándose cuenta de la situación, despertó completamente encontrándose en una habitación, donde siete diminutas camas hacían una sola para que ella pudiera dormir. Con sigilo, se escabulló hasta el comedor, donde provenían voces chillonas. Alta fue su sorpresa cuando se encontró con siete mininos desayunando, charlando y algunos hasta volando. No aguantó la ternura y saliendo de su escondite, abrazó a cuanto pudo agarrar.

"¡Ayuda, ayuda! Una loca nos quiere comer" gritaban Happy Uno, Dos y Tres, siendo los mayores afectados por el abrazo efusivo. "N…o puedo… respirar…" se quejaba Lily Dos, mientras ambas Charle se hacían las desentendidas, mirando al resto con una expresión seria de se-los-dijimos. Por lo que Lily Uno fue quien tuvo que dignarse a calmar a la jovencita y explicarle la situación. Al final Blanca Aguas también terminó contando su desgracia. Los siete gatitos se compadecieron de la pobre y le ofrecieron vivir allí, con ellos.

Contenta, por primera vez en mucho tiempo la vida le sonreía, aceptó vivir bajo la tutela de los siete mininos, quienes le dijeron que trabajan recogiendo frutos del Árbol de las Hadas, donde, cuentan, alguna vez las hadas de todo el reino se pasearon por ahí, dejando parte de su magia en aquel frondoso árbol. Blanca Aguas también se dispuso a ayudar y una nueva etapa de su vida comenzó.

Sin embargo, el "felices para siempre" aún estaba lejos para la princesa. Cuando la reina, contenta por saberse la más hermosa de todas, le preguntó a su Espejito Mágico quién era la más hermosa, el Espejo le respondió que Blanca Aguas seguía siéndolo, escondida en lo profundo del bosque. Furiosa, decidió acabar con el problema ella misma y disfrazándose de vieja vendedora, envenenó con sus hechizos una manzana, que sería la perdición de la pequeña princesa.

"Enseguida volvemos" le habló Happy Tres, mientras sus alas se elevaban hacia lo alto del árbol, donde los perdió de vista. Aburrida, Blanca Aguas se sentó sobre una de las ramas que la habían cobijado tantas noches atrás y admiró el paisaje, hasta que una señora muy arrugada pasó por allí, gritando que vendía manzanas. Su estomago rugió y con rapidez le fue a pedir una manzana que le fue entregada. "Una mordida, y el hambre se irá de inmediato" le dijo, con los ojos brillándole.

Blanca Aguas asintió, y posó sus dientes sobre el jugoso fruto.

— ¡No te la comas! –gritaron Natsu y Happy, a coro, casi desesperados.

—Tenía que ser Salamander… —murmuró Gajeel, molesto porque interrumpieran en la mejor parte, apoyando su mentón en la cabeza de la Maga de Escritura. Lily negó con la cabeza ante la actitud infantil de sus amigos y Levy rió por lo bajo, tapándose la boca, conmovida por la inocencia de esos dos.

— ¿No se la va a comer, verdad Luce? —la miró con ojos de perro mojado esperando que se le diera una negativa de inmediato. Mirada que le llegó a lo profundo del corazón a la maga. A veces, su mejor amigo podía ser tan condenadamente inocente.

— ¡Ya cierra el pico de una jodida vez, Natsu, y deja que Juvia termine la historia! —lo calló Gray, bufando.

Y la mordió, arrancando un enorme pedazo. Inmediatamente, Blanca Aguas notó que algo andaba mal y miró a la anciana, quien se transformó en Minerva de improvisto. La reina reía, frenética de haberla vencido por fin, mientras la princesa caía al suelo, cerrando sus ojos para siempre.

—Lucy… —le susurró al oído, angustiado.

—No te preocupes —le sonrió cálidamente—. Ya verás que pasa, sólo presta atención ¿Si?

Cuando los siete gatitos bajaron de la copa del árbol al finalizar su tarea, la sangre se les congeló. Allí, tirada a la sombra de las raíces, Blanca Aguas sostenía lo que parecía ser una manzana mordida. Se miraron preocupados entre sí e intentaron reanimarla, a sabiendas de que eso no funcionaria. Entristecidos por la pérdida de su reciente nueva amiga decidieron prepararle una bonita tumba de cristal, donde todo aquel que quisiera contemplar su belleza, pudiera hacerlo. La bañaron, la cambiaron y la peinaron y luego la colocaron delicadamente en la tumba, justo debajo del gran Árbol de las Hadas.

Las mininos hicieron un círculo a su alrededor, con las cabezas gachas y los corazones a punto de reventar de tristeza. Recordaban, con dolor, la graciosa forma de ser de la princesa: tímida, cariñosa y llena de buenos deseos para el resto de la personas, a pesar de la dura infancia que había tenido. "¿No hay nada que podamos hacer?" preguntó Happy Dos, frustrado "¿No hay nada que podamos hacer?" repitió, al borde de las lágrimas. "La hay" sentencio Charle Uno, todas las miradas se posaron en la gata "No está muerta, pero el hechizo sólo se romperá con un beso…"

Happy Tres se adelantó, dispuesto a correr el cristal para besarla. "¿Qué crees que estás haciendo, gato?" rugió Charle Dos, al verlo. "Pero Charle Uno dijo que…". "¡No la dejaste terminar! El hechizo sólo se romperá con el beso de un príncipe". Un príncipe, pensaron todos, ¿Quién podría ser? En todo Agualandia no había nadie que se pudiera catalogar como "príncipe". "Podríamos probar en el reino de Iceland" sugirió Lily Dos. El resto de sus compañeros lo miraron y soltaron sonrisas. Definitivamente, si había algún príncipe que pudiera salvar a Blanca Aguas, ese se encontraba en el vecino reino de Iceland.

— ¿Iceland? —preguntó Alzack, más para sí que para el resto.

Juvia no podría haber sido más obvia.

Así, Happy Uno, Happy Dos, Lily Uno y Lily Dos abrieron sus alas y volaron rápido en dirección norte, a donde el reino se encontraba. Todos tenían la fulgurosa esperanza de encontrar a alguien que rompiera el hechizo y liberara a su amiga del sueño eterno al que había sido condenada, tan sólo por ser una bella y joven mujer.

Al llegar al congelado castillo para pedir auxilio, la Reina del Hielo los recibió con una amplia sonrisa. Los alados gatos contaron la trágica historia de su futura regente, pidiendo desesperados ayuda. La reina, conmovida en lo profundo de su corazón, aceptó de inmediato los pedidos de ayuda, prometiendo que iba a hacer todo lo que estuviera en sus manos. Llamó a sus dos hijos menores, el Príncipe Blanco y el Príncipe Negro, y les pidió que acompañaran a los huéspedes en ayuda de la princesa de Agualandia.

—Pfff… —se escuchó, proveniente de alguien de color azul y finos bigotes blancos—. ¡Aye! Parece que Gray tiene competencia.

Más de uno tuvo la tentación de echarse a reír ante el comentario –algunos tenían que taparse la boca con ambas manos para no estallar- y la situación, pero prefirieron fijar su mirada en el Mago de Hielo, que no se había movido de su lugar ni un centímetro pero tenía la mirada gacha, en el piso, y no se le podía notar qué cuernos estaba pasando por su mente. Juvia tenía una mente muy perversa para hacer semejante vuelta de tuerca.

—Lucy… —Natsu se agachó, cruzando sus brazos sobre su pecho en una pose muy seria—. No entiendo ¿Qué tiene que ver con Gray la historia de Juvia?

—Tarado —lo acusó, golpeándole la frente con el dedo índice—. En el cuento, Gray es el Príncipe Negro y Lyon (seguro recuerdas quién es Lyon) es el Príncipe Blanco, y al parecer van a enfrentarse por el beso que despertara a Juv… digo, a Blanca Aguas ¿Lo captas ahora, Natsu?

—Creo…

—J-Juvia, continúa po-por favor —pidió Erza, con las mejillas al rojo vivo, casi igualando el color de su cabello.

¡La situación por fin se ponía caliente!

Los dos príncipes aceptaron la misión que su madre les encomendó y marcharon junto a los gatos, al profundo bosque. Al llegar volando, pudieron contemplar a la maravillosa princesa desde los cielos: su delicado vestido en azul y blanco resaltaban su pálida y hermosa piel, que parecía brillar al contacto con los rayos solares que lograban traspasar la espesura de las hojas del Árbol de las Hadas.

Al aterrizar en la suave tierra, ambos hermanos se miraron con chispas de resolución en sus ojos. La princesa era sencillamente demasiado hermosa para que alguno quisiera renunciar a ella. Después de salvarla, ambos tenían planeado proponerle matrimonio, derribarían dos pájaros de un tiro: unirían ambos reinos y se casarían con una magnífica mujer. Por lo que, decididos a no perder, desenfundar sus espadas de hielo fundido y mirándose desafiante, las hicieron chocar con furia. "Jamás te la entregaré" desafió el Príncipe Blanco. "Ya lo veremos" devolvió el desafío el valiente Príncipe Negro.

"¿Pero qué están haciendo estos descerebrados?" preguntó Charle Dos, fastidiada "¿No se supone que están aquí para liberar a Blanca Aguas?". El resto de los gatos se encogieron de hombros, mirando fascinados la escena de las espadas chocar, mientras saltaban chispas azuladas por la fricción de los fríos metales. Al irse expandiendo el tiempo, el Príncipe Negro parecía estar agotado, iba perdiendo terreno poco a poco. Se veía que el Príncipe Blanco sería el triunfador…

Los ojos de todos estaban expectantes, abiertos de par en par fijando como único objetivo al mago de ojos grises. Lucy y Levy se comían las uñas –y Happy las imitaba-, Erza apretaba con furia la pierna de Jellal –hasta el punto de que el mago tenía que tragarse las ganas de gritar de dolor-, Elfman tenía atorada en la garganta alguna de sus frases que siempre terminaban en "¡…hombre!", Gajeel apretaba con furia a un muy asfixiado Lily y el resto de los presentes se limitaba a esperar, aunque fuera demasiado cruel.

Al fin, una de las espadas se proclamó triunfadora. El Príncipe Bl…

Estalló.

Lo que todos esperaban con morboso interés, estalló.

— ¡Y una mierda! —gritó Gray, tomando a una sorprendida Juvia de los hombros—. ¡Lyon no puede ser el ganador! ¿Oíste Juvia? ¡Lyon no es merecedor de ti ni en cien años! ¡Mucho menos en este mundo ni en ningún otro! ¡El que debe ganar, soy yo!

El eco de sus palabras rebotó en los rincones del gremio.

Fue ahí cuando se dio cuenta que todas las miradas –las muy simpaticonas miradas- estaban posadas en su persona. Soltó rápido el agarre que mantenía a la maga, que otra vez parecía haber entrado en shock, y carraspeó su garganta intentando por todos los medios conocidos por el hombre que su cara no se pusiera roja de la vergüenza, aunque fuera algo natural, fisiológico, que no se puede controlar por mucho que uno lo desease.

¿Alguna vez sintieron que era mejor estar bajo amenaza de posibles extraterrestres que quieren llevarte para hacer horribles experimentos con tu cuerpo y luego tirarte a algún descampado, y cuando quisiste contar la historia, te diagnosticar de loco y te metieron dentro de un manicomio, sin posibilidades de salir en la puta vida? Bueno, Gray se sentía exactamente de la misma manera; quizá un poquito menos exagerado: con romperse la cabeza contra el suelo y dejar que sus sesos se esparcieran por allí estaba satisfecho si eso permitía que de una condenada vez dejaran de mirarlo de esa manera.

— ¡Qué miran! —les rugió furioso, en modo orgulloso.

—Gray-sama… él, él le dijo a Juvia… Gray-sama le dijo a Juvia… é-é-él-l… —balbuceaba, fuera de sí. Parecía como si le hubieran inyectado alguna droga poderosa que volvía su mente completamente estúpida y su cuerpo de gelatina.

—Pobrecita —murmuró Bisca, casi sonriendo.

—Ya está —chasqueó la lengua Gajeel—. La perdimos ¡Y todo por tu culpa, complejo de stripper! ¡Ahora no sabremos el jodido final de la historia!

— ¡¿Mi culpa?! —se alteró, saltando en su lugar como un resorte—. ¡Y no me llames complejo de stripper, complejo de tuerca oxidada! ¡Fue Juvia la que… la que…! —empezó a hiperventilar, recordando el vergonzoso momentos de hacía unos segundos—. ¡Fue Juvia la que inventó el cuento ese!

— ¿Y a ti quién mierda te dijo que eras el "Príncipe Negro"? ¿Eh? —Gajeel sonrió, mostrando sus afilados dientes.

Gray balbuceó algo inentendible, mientras el color se le volvía a la cara.

— ¡Te gussssssssssta! —canturreó Happy, volando por sobre la cabeza del mago, mientras el resto lo apoyaba con su característico ¡Aye! y alzaban los brazos triunfantes, con los puños cerrados; como si acabaran de ganar los Grandes Juegos Mágicos, aunque ya hacía de eso unos varios meses.

Gray volvió a sentirse descompuesto y, casi suplicante, miró a Juvia. La maga pareció reaccionar ante el aura de "necesito o que me ayudes a suicidarme o que pares toda esta situación ya" y le sonrió con complicidad. Llamando la atención de todos, les hiso jurar que se callarían hasta el final de la historia, que ya estaba más que cerca.

Al final, una de las espadas se proclamó triunfadora. El Príncipe Blanco cayó de rodillas al suelo, derrotado. Miró a su hermano, quien en seguida se puso en pose de defensa, y le sonrió cálidamente, aceptando su completa derrota con honor. El Príncipe Negro le devolvió el gesto y tendiéndole una mano, lo ayudó a levantarse. "Libérala, hermano" le dio ánimos.

El Príncipe Negro miró a los gatos y estos asintieron. Quitaron el cristal que cubría a la bella princesa y le indicaron que podía proceder a liberarla, por fin. El clima había cambiado notablemente, y la noche había llegado con sus pisadas sin que nadie se diera por enterado. El Árbol de las Hadas pareció emitir un brillo especial cuando el príncipe elegido se acercó y por el aire comenzaron a volar pequeñas hojas con forma de hadas, haciendo el ambiente perfecto para romper el hechizo. Se respiraba el dulce aroma de la magia del amor. La magia más poderosa de todas.

El príncipe se arrimó a la princesa, bajo la atenta mirada de todos los presentes. La contempló unos segundos, y de a poco fue bajando sus labios hasta casi rozarlos…

Juvia se atragantó, roja hasta la medula. Ahora entendía cómo se había sentido su querido Gray-sama al tener todas esas miradas puestas en su persona, sin ninguna razón aparente. No sólo tenía la mirada de todo Fairy Tail, sino que también tenía la mirada de su amado sobre ella.

— ¡Tía Juvia, continua! —pidió Asuka.

Asintió a la niña. «¡Juvia debe hacerlo por Asuka-chan!». Se dijo, para darse ánimos.

Entonces, la magia hiso efecto. Los labios se unieron en dulce y delicado rose y la princesa abrió los ojos, como si nunca hubiera estado dormida. Se incorporó con la ayuda de su salvador y lo contempló, dedicándole una hermosa sonrisa de oreja a oreja. "Eres libre de tu prisión, Blanca Aguas" le habló el príncipe, también contento de verla tan radiante. Ella asintió, enamorándose de inmediato de esos ojos que le transmitían tanta seguridad. "¿El príncipe va a quedarse al lado de Blanca Aguas?" preguntó, temiendo que dijera que no.

"Si. Para siempre" y la princesa se derritió de amor, quedando desmayada en sus brazos.

Los mininos alados vitorearon y el Príncipe Blanco sonrió, verdaderamente contento por su hermano de sangre y por la princesa, que encontraban el amor en los suspiros del otro. Al final, la historia de Blanca Aguas y los siete gatitos tuvo un final feliz. Los príncipes se casaron y echaron a la malvada reina Minerva, aunque les costase un poquito, y gobernaron el reino con la misma sabiduría que sus predecesores. Pero esa, es otra historia.

Fin.

Los aplausos no se hicieron esperar.

Juvia volvió a ponerse colorada. Retorció sus manos sobre su vestido azul y trató de esconder su rostro. Se sentía tan apenada de haber relatado semejante historia, aunque tenía que admitir que estaba demasiado feliz de que haya caído bien en el público –había que admitirlo, era un público muy exigente- como para preocuparse por su repentina timidez. Iba a salir corriendo en dirección a los baños cuando una mano cálida, y grande, se posó en las suyas.

Levantó repentinamente la vista chocando con los ojos de Gray, su querido Gray-sama. Tenía una expresión tan seria e indescifrable que, por un momento, las ganas de salir corriendo hacia el baño volvieron a invadirla por mucho que le gustara que el mago la tocara de esa manera. ¿Lo habría hecho enojar cuando lo hiso pasar el papelón de su vida? –no, claro, ¡Manzana por la noticia!- ¿La historia había sido demasiado "reveladora" para él? ¿Le gritaría, rechazándola con rudeza? ¿La golpearía? –bien, quizá era un poquito exagerada. Mil escenarios se armaban en su cabeza y ninguno tenía un panorama muy bonito.

—Juvia —pronunció su nombre, haciéndola temblar.

— ¿Si, Gray-sama?

—Deberías… —entonces, por increíble que pareciera, Gray le sonrió, le sonrió puramente mostrando sus dientes de forma pícara—. Deberías contarle esa historia a Lyon, un día de estos, ¿Qué te parece? ¿Lo harías por mí?

Juvia asintió, enamorada. Y Gray, por toda respuesta, le dio un ligero apretón de manos, con dulzura.

Alrededor de ellos, y sin que se dieran cuenta, otra nueva discusión había comenzado apenas Juvia terminar su historia. Y por increíble que pareciera –en realidad, no era muy raro, pero eran contadas las veces en las que pasaba- Erza y Evergreen habían chocado frentes mientras se murmuraban palabras de tortura medieval, chorros de sangre y otras atrocidades que no tiene sentido contarlas –más de uno se quedaría traumado, créanme- mientras el resto se mantenía a una distancia prudencial, a no ser que fueras Natsu y tuvieras cero instinto de conservación propia.

Y es que ¿Quién sería la próxima maga en generar discusiones sin sentido, atormentar al hombre que amaban –y dejarlo avergonzado de por vida- y hacer reír a la pequeña Asuka con un inocente y dulce cuento, que no tenía ni por asomo mensajes subliminales incrustados y dobles sentidos por doquier?

Ese, era el quid de la cuestión.

...

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NOTAS: ¡La tía Misari está de vuelta! ¿Qué tal, les gustó el capitulo? No esperen que el que venga sea taaan largo como este porque no estoy segura de poderlo lograr otra vez; ya es un milagro, pero me gusta como quedó. Bueno, ¡adivinen quién será la próxima en deleitarnos con sus locas ideas! ¡Hagan sus apuestas ya! Happy va a ser el encargado de cotejarlas, cualquier detalle, queja, montos máximos, se lo preguntan a él xDDD (discúlpenme, esto pasa por estar despierta a la madrugada, sin ingerir azucares o salados). Pasando a los agradecimientos: Gabe Logan, Hikari no kokoro, CrazyGirlOtaku, Juli-nyaan, Saya Nightray, Akira Grit Akaku. ¡GRACIAS! También a aquellos que se animaron a dejarla en favs y alerts, ¡los animo a que comenten!

¡Nos vemos en el próximo capitulo! ¡Saludos y Besos a todos!

Atte, Misari.

(EDITADO: 23/08/14)