¡Buenas, buenas! Aquí les traigo el cuento número tres de esta historia tan linda (bueno, por lo menos yo la considero linda xDD). No quiero preguntarles como están porque sé que más de uno me dirá que está con ganas de matar a alguien –échenle culpas a un mangaka torturador- así que ahora nos salteamos esa parte y a pasarla bien ¿Si? La siguiente en contar un cuento será la queridísima amante de los cuentos… ¡Levy! Esperen a escuchar lo que esta pequeña hada tiene para contarnos… *risa de bruja*.
Como ya dije con las anteriores historias, Rapunzel no me pertenece. Al igual que el resto, su autor es anónimo y probablemente nunca se sepa quién fue, pero en algún lado vivió, lo pensó y lo contó, y hoy millones de personas se saben la historia. Ahora sí, dejo de molestarlos con idioteces sin sentido.
Por favor, apaguen sus celulares que la obra está a punto de comenzar. Se les agradece su cooperación. Espero que lo disfruten…
OoOoOoOoOoOoOoOoO
Cuentos para dormir.
"Rapunzelo"
El reloj daba las 2:30 a.m.
Ajá.
Aquella situación no tenía fin, y dudaban que tuviera un principio definido. La línea ya se había borrado. Era como un anillo, redondo, que no tiene ni principio ni fin. Bisca sospechaba que de alguna manera su propio anillo de casada estaba hechizado, y provocaba aquella situación que se repetía y se repetía –hasta tenía a la posible culpable- es más, lo discutía con Alzack de una manera muy seria, como si estuvieran hablando de un hecho factico importante. Se lo había quitado varias veces, y juntos lo habían examinado meticulosamente. No parecía tener nada raro, ni haber sido rociado con alguna poción mágica.
También habían pensado echarle la culpa a la hora. ¡Joder, eran las dos de la mañana! ¡Las dos y media! Hacía por lo menos cuatro horas que tendrían que haberse ido a la cama y estar durmiendo. O también pensaron en culpar a las galletas de chocolate; ya es sabido lo que el azúcar puede hacer en algunas personas… Pero nada. No encontraban la razón de por qué las cosas eran como un ciclo interminable. Cualquiera podría decirles que no había caso, que no se gastaran y que eso iba a seguir, pero ellos querían hacer algo para acelerar las cosas. A ese ritmo, lo más probable era que el último cuento se contara a las seis de la mañana, como mínimo.
Ni Levy, ni Lucy, ni mucho menos Erza parecían tener la intención de dejar salir a alguno fuera del recinto hasta que contaran las ideas retorcidas que navegaban por sus mentes. De ser necesario, seguramente emplearían la fuerza. Decir que las dos magas amantes de los libros se enfrentaban a la pelirroja como si no hubiera mañana era decir poco, poquísimo. Para ellas, el miedo a desatar el terrible monstruo que habitaba en las profundidades de su amiga no existía. Si alguna vocecita dentro de sus conciencias les gritaba que parasen, pues, se habían quedado sordas.
Gray estaba firmemente convencido, y lo decía –claro, desde su refugio detrás de Juvia- que por fin los retrasados de los Dragon Slayer les habían pegado a las respectivas luchadoras el cero instinto de conservación física y mental que ambos tenían. Los dos mininos, refugiados en el regazo de Jellal, apoyaban esa teoría, por mucho que los susodichos protestaran.
Por otro lado, y volviendo a los padres desesperanzados, Bisca y Alzack estaban lejos de preocuparse por la fiera pelea. Es más, estaban agradecidos del terrible bullicio que armaban. ¿Por qué? Simple. Después de un tiempo se dieron cuenta que faltaban dos personas. Dos: un hombre y una mujer; y cuando Happy les confirmó con una sonrisa pervertida que los había visto escabullirse hacia los baños femeninos, ambos se miraron preocupadísimos. No querían ni imaginar qué clase de explicaciones tendrían que darle a Asuka –y al siempre distraído (tarado) de Natsu- si algún ruido se llegaba a filtrar por las paredes y terminaban escuchándolo todos. Bisca también hacía una nota mental para limpiar los baños después. El estómago se le encogía con la sola idea de ir a ese pulcro lugar. Sólo esperaba que a nadie le dieran ganas, por lo menos, no en el futuro cercano.
Y así, los hechos seguían desarrollándose con total normalidad.
Nadie estaba dispuesto a arriesgar su pellejo para que tres señoritas dejaran de pelear, aunque fuera lo más sano; después de todo, y por ahora, la pelea no afectaba directamente a terceros ni los involucraba. Estaban como meros espectadores y así se querían quedar. Incluso, Happy tuvo la genial idea de abrir un puesto de apuestas –imagínense quienes fueron los primeros en saltar con "¡Yo seré el ganador pedazo de lava/hielo!"- para ver quién sería la siguiente. Por ahora, la ganadora era Erza, teniendo seis posibilidades a una.
—Mami —Bisca corrió su vista del espectáculo de circo y miró a su hija—. Quiero leche calentita.
De repente, todo fue silencio.
Las tres magas que se habían agarrado de la primera parte del cuerpo que tenían más cerca –literalmente parecía un puzle humano, incluso, Levy estuvo a punto de morderse su propio brazo sin darse cuenta- se quedaron estáticas, mirando como poseídas a la pequeña de cabellos verde que las ignoraba completamente. Sus, por alguna razón, súper oídos desarrollados milagrosamente habían captado las sagradas palabras recién pronunciadas.
Se miraron entre ellas, con muda comprensión, y fijaron su vista en la única jarra de leche caliente que quedaba. La única. La última. Estaba a pocos metros de donde Juvia y Gray se sentaban, a su izquierda, justo sobre una bandeja de galletas vacía, como si fuera su sagrado pedestal. Se volvieron a mirar y repitieron el proceso varias veces, con un silencio de ultratumba. Las tres, por separado, analizaban la vía más rápida para llegar al codiciado objeto en un santiamén: todas tenían una ventaja y una desventaja desde sus posiciones que parecía un monumento al contorsionismo humano.
Primero estaba Levy. Su ventaja era su posición y su vista panorámica, la más cercana a la jarra. Su desventaja era la peor, su propio cuerpo. Sus piernas eran demasiado cortas y en una carrera a fondo, probablemente saldría perdiendo; y no estaba segura de llegar aunque saltara con todas sus fuerzas.
Luego venía Lucy. Su ventaja era estar en el medio. Así podía saltar a la pequeña maga y golpear a la que tenia detrás con un simple codazo, para retrasarla (aunque dudaba un poco que Erza se dejara ganar por un simple golpe). Su desventaja era que no tenía idea de cómo iba a salir de ahí y para su desgracia, comenzó a entrar en pánico, porque no podía distinguir cuál era su pierna y cuál no.
Por último, pero no menos importante, estaba Erza. Su ventaja era meramente física. Un golpe y dejaba noqueadas a las dos. Y su desventaja era que fuera muy poco probable que el plan antes mencionado –un solo golpe para dejar K.O a sus rivales- fuera factible en la práctica. En fila, tal y como estaban acomodadas, era la última y la más lejana a la jarra.
Volvieron a mirarse, con una actitud fiera. Gracias a las hadas ninguna estaba en una posición privilegiada y deberían pelear con uñas y dientes de igual forma, aunque pareciese lo contrario. Como felinos en plena acción de caza, tensaron sus músculos, calmaron sus respiraciones, agudizaron el oído, expandieron sus fosas nasales y volvieron su mirada al codiciado y sagrado objeto. Un solo movimiento en falso, una sola acción errada o un solo milisegundo de retraso podían causarles la desgracia, la muerte.
Todos estaban expectantes, con las respiraciones cortadas. La atmosfera era de suma tensión.
—¿QUÉÉÉÉÉ? —protestó cierta persona, cortando el ambiente—. ¿No hay más galletas?
Sí, fue Natsu.
—Pedazo de idiota… —murmuró Gajeel, cruzándose de brazos en una posición muy enojada. ¡Había echado a perder todo!— ¡Hace un siglo que no hay galletas, retrasado! ¡La última se la comió la mocosa!
Fue allí, en ese preciso momento que la primera letra fue dicha, que las tres rompieron su fina estructura y pisándose entre ellas, se largaron a la carrera por atrapar el destino. Gray chilló de pánico, al ver semejantes bestias tirarse sobre él, y de un rápido movimiento se apartó a un lado, salvándose. Juvia no tuvo tanta suerte –preocupada como estaba de su querido Gray-sama, que la abandonó en el último segundo- y fue aplastada por el terremoto. Muchos se lamentaron ante la desgraciada perdida, pero estaban felices de que la maga hubiera tenido una vida larga.
Ignorando todo a su alrededor, las tres pusieron sus enormes garras de leona sobre su presa. Levy la sujetó por el mango, Lucy por la boca y Erza tuvo el horrible descaro –según las otras dos- de sujetarla toda, con ambas manos. El preciado objeto cristalino hiso un sonido al ser aprisionado, como si se estuviera partiendo. Ninguna se dio cuenta de ese insignificante detalle y comenzaron a jalonear la jarra con fuerza para el lado de cada una, mientras se gritaban improperios, muy propios de una señorita. Cualquier boca de hombres que frecuentan bares quedarían como porotos al lado de estas; Bisca tuvo que taparle los oídos a su pequeña.
Por largo rato, mientras los minutos pasaban descaradamente, siguieron así, tironeando la jarra –que si hablaría, seguramente lloraría de terror suplicando que la salvasen, que era demasiado joven para morir- gritándose hasta que sus pulmones se secaban y tenían que volver a tomar aire. Sólo en esos segundos se volvía al silencio sepulcral y luego estallaba otra vez la bomba de voces agudas que volvían sordo a cualquiera. Sobre todo, a los Dragon Slayer, que se tapaban los oídos con fuerza, aunque eso no fuera de mucha ayuda.
Tan desesperado estaba Gajeel por callarlas, que su mente maquinaba –si, estaba pensando- a toda velocidad alguna solución sin que su cuerpo sufriese efectos colaterales en el proceso. Le habría venido excelente la ayuda de Lily, pero el gato traidor se había ido corriendo con Jellal apenas la pelea de las féminas se había desatado. Según su propio testimonio, «se sentía más seguro con el Mago Celestial». Bah, eran puras patrañas, había que ser bien macho para no tener miedo con una Erza furiosa. Encima de ser un traidor, era un cobarde.
Tenía que pensar solo. Solo como un perro –por eso odiaba a los perros. No había imaginado que era algo tan difícil, pero lo era; y sólo por eso ahora sentía un respeto mucho mayor hacia Levy. No importaba el tiempo que pasaba, ninguna idea parecía salir a luz y eso lo ponía furioso. Si no fuera porque era su propio cerebro, ya se habría abierto la cabeza para extraerlo y luego estrolado contra el piso, mientras lo pisaba por ser tan poco útil en una situación de vida o muerte, donde sus oídos eran las principales víctimas.
¡Joder! ¿Por qué las mujeres eran tan chillonas? ¿No podían resolverlo sólo con los puños? Él no tenía ningún problema con aquello. Para colmo, a nadie parecía importarle un comino que sus tímpanos fueran a reventar de un momento a otro. Ni el imbécil de Salamander parecía darse cuenta de la situación, es más, seguía buscando las desaparecidas galletas. Tenía que admitir, sin embargo, que entendía a Natsu, él también podía ser un barril sin fondo cuando lo quería, pero, ¡Doblemente joder! ¡Ese no era el momento para pensar en comida! Había que parar a esos megáfonos parlantes ¡Y eso no se podía resolver pensando en comid….!
Oh. Gajeel sonrió tétricamente, mostrando todos sus dientes. Gihi. Claro que se podía solucionar el problema pensando en comida. Bastaba con sumar una cabellera rosa, unas galletitas inexistentes y unos grandes pechos pertenecientes a una coneja rubia para eliminar a la primera contrincante. Además, si su plan funcionaba como tenía planeado él no saldría herido y terminaría haciendo ganar a Levy. Solucionaba casi cuatro problemas de un solo tiro. Se merecía un premio después de eso.
— ¡Oi, Salamander! —llamó, invitándolo con la mano.
Natsu lo miró, levantando una ceja. Aunque una pequeña vocecita –que estaba segurísimo no era Happy- le decía que iba a entrar en una boca de lobo hambriento, la ignoró completamente, encogiéndose de hombros. Total, si no era su fiel amigo quien se lo decía y estaba seguro que Gajeel no era un lobo y no podría metérselo en su boca, no tenía por qué preocuparse.
— ¿Pasa algo? —le preguntó, justo cuando llegó a su lado.
— ¿Eh? Claro que no, cabeza carbonizada —entonces, Gajeel rodeó sus hombros con sus brazos y le sonrió de lado, causándole escalofríos—. ¿No querías saber dónde había más galletas?
Si Natsu se habia sentido acongojado o había dudado de su compatriota dragón, esas sensaciones desaparecieron. Mostró una sonrisa inocentona, emocionado y completamente confiado.
— ¿Tú sabes donde hay?
—Por supuesto —y acentuó su sonrisa. Ya lo tenía atrapado en sus redes.
— ¿Dónde, dónde?
—Mi buen amigo, sólo queda una —acercó su boca al oído de su compañero, susurrándole para que nadie escuchara—. La tiene la Coneja, entre sus pechos —se separó, sintiéndose completamente realizado—. Y si la quieres, debes ir por ella.
— ¿De verdad Lucy la tiene ahí? —preguntó. Eso era extraño, incluso para Lucy, y él verdaderamente dudaba si era la verdad.
— ¿Me estas tachando de mentiroso? —fingió enojarse, separándose bruscamente de él. Si Natsu no caía, su plan se echaba a perder—. Ya sabes cómo es la Coneja, está algo loca —se puso un dedo en la cabeza y lo giró, haciendo el gesto propio de la locura—. Pero si no quieres la galleta, la última galleta…
Gajeel dejó la frase en el aire, esperando que las palabras entraran en el cerebro de su compañero y se lo taladrasen hasta el cansancio. Además de que se romperían sus tímpanos –y esa pelea no parecía tener fin- estaba el peligro de que la jarra cediese ante la fuerza animal que le imprimían y se rompiese en miles de pedazos, derramando su líquido y haciendo volar peligrosos proyectiles de vidrio. Ya había tenido suficiente con la primera vez que se arrojaron cosas. No quería ni imaginarse que, si eso pasaba, después las magas se pasarían factura, comenzando otra interminable discusión.
— ¡La última galleta! —reaccionó Natsu.
El mago de hierro dejó salir aire de sus pulmones. ¡Al fin! La primera etapa de su plan se estaba completando de acuerdo a como lo planeado, ahora sólo faltaba que el idiota hiciera lo que en un principio se había imaginado y podría pasar a la segunda fase, dando como ganadora a la enana (aunque ahora que lo analizaba fríamente, si Levy contaba su cuento su víctima seria él…).
Rayos, ya no había marcha atrás. De todas formas, no iba a ponerse a pensar en otro plan.
— ¡Lucy!
La maga ni siquiera lo escuchó. Estaba muy preocupada en romperse los huesos de las manos para jalonear la jarra a hacia su lado; y ese fue su error. Aunque lo escuchara o no, Natsu se abalanzó sobre el ahora mini-círculo del infierno y se tiró sobre la maga, en una acción desesperada por comer el último pedacito de azúcar con chocolate que quedaba. Ante la sorpresa de ser aprisionada por dos brazos masculinos en su cadera, Lucy soltó el agarre, cayendo ambos al piso en el proceso, en lo que pareció ser cámara lenta.
Levy y Erza la miraron triunfantes, sonriendo como psicóticas y con los ojos brillándoles de esperanza retorcida, ignorándola casi al instante. Ahora la lucha era completamente frontal. Uno contra uno. Los huesos que mas aguantaran el agarre serían los ganadores y la pelirroja tenía todas las de ganar, no por nada se recuperaba al instante de casi todas sus peleas.
La Maga Estelar tenía los ojos como platos, abiertos de par en par, sin reaccionar. Acostada como estaba sobre el piso, con la vista en el techo y teniendo a cierta persona sobre ella, todo parecía demasiado irreal. Las manos le ardían como caldera en invierno y sentía que sus huesos le crujían. Sólo pareció reaccionar cuando sintió que Natsu le decía algo –que claramente no comprendió- y pasaba a meter su mano entre sus pechos, como buscando algo. Ante esa acción, incluso Levy y Erza parecieron dejar de lado por un segundo su pelea, y todas las miradas se desviaron hacia ellos.
Lo apartó de empujón repentino, enchufándole una cachetada justo en el centro de su mejilla derecha, mientras se incorporaba tapándose los pechos.
— ¡¿Qué crees que estás haciendo, Natsu?! —le rugió cohibida y completamente ruborizada.
— ¡Luce! —se quejó reclamándole, mientras se sobaba la parte herida de su anatomía—. ¡Gajeel me dijo que guardabas la última galleta ahí! Además, te pregunté si me dejabas y me dijiste que si…
— ¡¿Por qué demonios crees que guardaría una galletita en mis pechos?! ¡Y jamás te dije que si a nada!
—Bueno, no me dijiste que si exactamente, pero no me respondiste nada. Supuse que me dejab…
— ¡NATSU!
— ¡No me golpees! —suplicó, cubriendo su rostro con los brazos.
Como no estaba seguro de que su suplica fuera a ser escuchada, Natsu salió disparado, corriendo a ningún lugar en particular. Sólo huyendo.
Lucy estaba furiosa. Ahora que se daba cuenta, no sólo la había tocado sin su permiso sino que también le había hecho perder ante sus contrincantes y ahora no tendría ningún derecho a contar el siguiente cuento ¡Iba descuartizarlo con sus propias manos para hacerlo estofado de dragón de fuego al horno con papas! Por lo que salió en su persecución decidida, que pronto todos ignoraron. Les daba pena, pero el Dragon Slayer era hombre muerto y no iban a intervenir contra el destino. Había llegado su momento, que en paz descanse.
Gajeel festejó en sus adentros sonriendo triunfante, mientras veía corretear a esos dos alrededor del círculo, que ya no parecía tanto un círculo –lo único que le daba ese aspecto, eran las sábanas. Salamander había actuado exactamente como había planeado y no hubo necesidad de un plan b, gracias a Mavis, porque nunca lo planeó. Volvió su vista a las dos magas restantes, que habían vuelto a pelear por la jarra, y se fijó especialmente en Erza.
No tenía idea de lo que le esperaba.
— ¡Hey, Titania! —la llamó, gritando por sobre sus gritos. Aunque la pelirroja no mostró señales de escucharlo, sabía que prestaba total atención a sus palabras—. ¡Jellal se está sacando la camisa, y sólo para ti!
— ¿Eh?
— ¡O-oye! —gritó el aludido completamente avergonzado. Erza lo estaba mirando.
Fue el momento de debilidad que Levy había estado esperando. Sus ojos brillaron misteriosamente –que a los que la miraban les dio helados escalofríos- y de un simple y delicado movimiento de muñecas, apartó de las manos de Erza la cristalina jarra. El objeto quedó enteramente en sus manos, que refugió alrededor de su pecho de inmediato. La pelirroja, que había dejado de sentir el suave vidrio sobre sus yemas, cayó de rodillas al suelo, completamente rendida y avergonzada. El que le dijera que habia perdido por ser una pervertida, le partiría el alma, lo juraba.
Lucy dejó de perseguir a Natsu y como habia hecho su compañera, cayó de rodillas al suelo, rendida también. Un aura de pura derrota y pesimismo las rodeo a ambas, mientras murmuraban deseos suicidas que resultaban peligrosos, incluso, de mencionar. Todos las ignoraron.
Levy festejó, dando saltitos en su lugar y volcando algo de leche en las sábanas. Rápidamente, y sin perder un solo segundo más, fue hasta donde Asuka esperaba. La niña estaba algo enojada por la tardanza de su preciada leche –que se había enfriado algo- pero pareció disfrutar tanto del espectáculo que desfiló ante sus ojos que pareció no importarle. Con su mejor cara de santa –sin dejar rastro alguno de la horrible bestia que dejó entrever segundos antes- se inclinó sobre la niña, quien le tendió el vaso vacío, y le sirvió al fin la leche.
— ¡Gracias tía Levy!
—De nada —le sonrió suevamente—. Dime, Asuka-chan… ¿Puedo ser la siguiente en contarte un cuento?
— ¡Sí! —asintió la niña.
Todos suspiraron, al fin se había decidido la siguiente.
No sólo Levy pareció encenderse de felicidad, como un foco en navidad, cierto hombre de larga cabellera mostró su característica sonrisa ladina. No se sorprendió nada cuando la pequeña maga se acercó a él y chocaron puños, en un modo mudo de agradecimiento. Sin duda alguna, eran el mejor equipo que ese gremio pudiera tener (aunque Juvia –y extrañamente Gray- se los discutieran a morir).
— ¡En sus caras imbéciles! —les grito Gajeel a Natsu y Gray. Él habia sido el único en apostar que Levy seria la ganadora y no Erza.
Los susodichos gruñeron en respuesta. Ahora debían pagarle a Gajeel y eso no les gustaba nada.
— ¿Qué cuento vas a contarme, tía Levy? —preguntó ansiosa Asuka.
—Bueno… —la maga giró sobre sus talones y colocó el dedo índice sobre su barbilla, en una pose muy inocente—. Yo lo llamo… ¡Rapunzelo!
Por alguna razón –quizá porque todas las miradas se posaron sobre su persona, incluida las suicidas de Lucy y Erza- Gajeel se sintió observado y su cuerpo tembló instintivamente. Por primera vez desde que había dicho que Levy sería la ganadora, tenía miedo. No, miedo no. Tenía terror. Susto. Pánico. Murciélagos asesinos en su estómago. Tenía ganas de salir corriendo de allí, porque lo que sea que fuera a pasar, no era nada bueno. No era nada bueno para su integridad física y mental. Nada.
¡Eso sería tan divertido para las personas que no eran Gajeel!
—Por favor Levy, empieza —pidió Jellal. Quizá uno de los más interesados en ver sufrir, ejem, ejem, en escuchar el magnífico cuento.
Dulce, dulce venganza…
Había una vez, en un reino no tan lejano, un joven príncipe. Su nombre era Rapunzelo y había nacido con una característica codiciada para muchos y divina para otros: su largo y sedoso cabello azabache era mágico. Podía curar enfermedades de todo tipo, siempre y cuando, entonara una canción en particular, que hacía que sus adorables rizos brillasen como la luna, resplandeciendo al enfermo.
— ¡El tío Gajeel será la princesa! —señaló Asuka, con la inocencia propia de su edad.
Todos, absolutamente todos –incluso Elfman y Evergreen, que habían aparecido quien sabe cuándo- rieron a carcajada limpia. ¡Era más claro que el agua que la princesa en apuros sería nada más y nada menos que Gajeel! Y la pequeña Asuka acababa de confirmarlo. Gray y Natsu se descostillaron de la risa, cayendo al piso, mientras que otros no lo aguantaban y lloraban, sujetándose el tan dolido vientre. Incluso Lily parecía no aguantar, mientras lo apuntaba con el dedo. El Dragon Slayer estaba completa y vergonzosamente indignado, sin saber a dónde esconder su rostro; la culpable de todo eso, Levy, parecía ser ignorante a todo aquello.
— ¡Enana traidora! —la acusó. Todos se reían, originando un murmullo poco agradable.
— ¿Yo? —se señaló, inocente—. No he hecho nada.
—¡Has hecho todo! ¡Mira como se ríen de mí! ¡DE MÍ!
—Gajeel —lo miró, logrando que se atragantara. Levy tenía una mirada muy seria, como si fuera a explicarle algo importante—. Eres el más indicado para interpretar el papel de Rapunzel, yo nunca podría hacerlo.
— ¡Me importa una mierda! —reaccionó, furioso—. De todas maneras ¿Por qué cojones soy yo el más indicado y no tú? ¡No soy ninguna princesita en apuros, que te quede claro!
—Porque el que tiene el pelo largo, eres tú —le dijo, simple y sencilla, ignorando su último comentario.
Se quedó pasmado, con los ojos como dos tortillas. En un principio, pensó que le estaba tomando por idiota, pero luego la analizó de pies a cabeza y descubrió que Levy no estaba jugando con él, ni mucho menos tomándole el pelo. Se veía muy seria y decidida, y sin intenciones de ceder ni un poco ante alguna idea ajena.
— ¡Mira Natsu! —lo señaló Gray, apenas y podía respirar—. ¡Ahí va la princesa en apuros!
Y más risas de los presentes inundaron el lugar.
— ¡Soy Gajeel y necesito que un príncipe venga a rescatarme! ¡Ayuda, ayuda! —soltó Natsu con sorna, que no quería ser menos que el Mago de Hielo.
— ¡YA CALLENSE!
Pero nadie se calló. Nadie lo hiso. Las risas y las burlas furtivas siguieron un rato largo, hasta que la maga culpable de su humillación aplaudió para llamar la atención –considerando que ya era suficiente tortura, por ahora- y todos, que apenas podían respirar o articular alguna palabra, hicieron caso a la nueva diosa del Olimpo, y poco a poco se fueron callando, recobrando el sentido de la realidad.
No era una cualidad que había llegado al joven príncipe de forma natural. Para nada. Cuando su madre, la reina, estaba embarazada de él, cayó repentinamente enferma, en un estado muy delicado. Todo el reino se alarmó y el rey decretó una sanción especial: aquel que encontrara algo, lo que sea, que salvara a su mujer, sería enteramente recompensado para toda la vida. Los días pasaron y el estado de la reina no parecía querer mejorar, empeoraba con cada horrible segundo que pasaba.
Una de las soluciones más rápidas, era que el embarazado se terminase. Pero ni el rey, ni mucho menos la reina, querían que eso pasase. Era su pequeño niño el que estaba en juego. Estaban dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias; y la reina quería tener a ese bebé a como dé lugar, no importaba si eso significaba que ella fuera a morir. Les había costado mucho a ella y a su esposo el poder concebir y ahora no iba a echar todo eso a perder ¡Querían tener a ese pequeño en sus brazos!
Por eso, aunque el octavo mes llegó sin la solución, la reina estuvo dispuesta a entrar en trabajo de parto, aunque su cuerpo estuviese muy débil. El rey, desesperado, salió él mismo en busca de una solución: había escuchado en una vieja canción que existía una flor mágica, bendecida por las hadas, que podía curar cualquier enfermedad. Buscó y buscó, llegó hasta los confines del reino tratando de ubicar a la flor mencionada en la antigua canción y cuando todo parecía estar perdido, la encontró en lo profundo de un bosque, cerca de una torre.
Aunque la preciosa flor roja ya tenía "dueño", el rey sin saberlo la tomó. Ese sería nada más que el comienzo de su triste agonía, en un futuro no tan cercano, aquella persona reclamaría lo que era suyo. Volvió al castillo, tan rápido como su fiel corcel se lo permitió y ordenó a los médicos que pronto transformaran la flor en un brebaje para que la reina pudiera beberlo. Y cerca de la fecha de parto, la reina bebió de la mágica flor y milagrosamente se recuperó. Recuperó sus fuerzas, su vitalidad, su calidez. Días después, un hermoso niño de curiosos ojos rojos nació.
Su nombre fue Rapunzelo, porque la reina estaba segurísima de que iba a ser una niña, aunque al final terminara por equivocarse. Su esposo intentó protestar, considerando un poco ridículo ese nombre, más ella no lo dejó. Sin embargo, ambos padres estaba más que felices de recibir en sus vidas a quien era fruto de su más profundo amor. Un niño sano y con unos increíbles pulmones llenó sus vidas hasta que la desgracia cayó sobre ellos nuevamente. Fue en una noche de tormenta, de esas que la reina detestaba con todo su ser, al recordarle su triste infancia.
Una extraña sombra se coló en el castillo, yendo directamente a los aposentos de los reyes, que dormían sin sospechar nada. El malvado ladrón tomó al niño de apenas un año y se lo llevó, como pago de su flor rodaba. Ambos reyes se despertaron ante el llanto del pequeño pero cuando lo hicieron ya era demasiado tarde, el vil ladrón abrió la ventana y en la tormentosa noche desapareció sin dejar rastro. A partir de ese día, en el que un gran agujero atravesó los corazones de los reyes, ninguno descansó en su búsqueda, sabían que tarde o temprano lo encontrarían. "No te preocupes, Juvia" le había dicho el rey a su esposa, mientras la abrazaba con dulzura "Lo encontraremos, no importa qué". "Si, Gray-sama".
Se hiso el silencio.
Gray dejó caer su mandíbula hasta el piso, completamente sonrojado, con claras intenciones de salir corriendo a los baños y meter su cabeza dentro del primer inodoro que viera y ahogarse ahí mismo. ¿Qué diablos…? ¡¿Por qué otra vez a él?! ¿Había sido tan mala persona con sus amigos en su anterior vida que a estos en esta les gustaba humillarlo hasta el cansancio?
— ¡Gray-sama! —suspiró Juvia, mientras sus manos rodeaban su cuello melosamente. La maga estaba sonrojada también, pero a diferencia de su compañero, ella estaba algo caliente. Imaginarse que tenía un hijo con él era demasiado para su mente—. ¡Tengamos hijos!
— ¿Pero qué demonios…? —estaba tan avergonzado que no pudo continuar. Ni siquiera intentó quitársela de encima, sólo giró su cabeza hacia otro lado, imaginándose a sí mismo en otro mundo.
—No puede ser… —murmuró Natsu, ladeando su cabeza—. ¡¿Gajeel es hijo de Gray y Juvia?!
—Hay Natsu —suspiró Lucy, completamente rendida.
Levy rió con ganas y la pareja casada la acompañó.
—Será payaso —pensó en voz alta el "supuesto" hijo de la dulce pareja—. ¡Pero claro que NO soy hijo del imbécil de hielo y Juvia, TARADO! ¿Cómo demonios supones eso? —«De verdad, no sé que tiene en la cabeza, ni tampoco quiero imaginármelo…».
— ¡Gajeel-kun, no insultes a Gray-sama! —lo retó Juvia, exprimiendo el cuello de su amado con un poco mas de fuerza.
— ¡Eso! —le reprochó Natsu—. ¡Hazle caso a tu mamá!
— ¡Que no es mi mamá, idiota! —volvió a gritarle, haciendo crujir sus dientes con ira.
— ¿A no? —el mago de fuego parecía estar en una encrucijada, pensando. De pronto, chocó su puño con su mano, captando la situación—. Ya me parecía. Eres demasiado feo para ser hijo de Juvia, aunque… Bueno —se encogió de hombros—. De Gray también. Además, ninguno de los dos aparenta ser mayor que tú así que…
— ¿Me llamaste feo, Salamander?
— ¿Algún problema con eso, cara de metal? —y ambos dragones de dos zancadas rápidas, chocaron sus frentes.
— ¡YA! —gritó Erza, volviendo a imponer autoridad después de mucho tiempo—. Quiero seguir escuchando el cuento. ¡Todos a callar y a sentarse!
El malvado ladrón se llamaba José. Hacía muchísimos siglos atrás, el hombre había encontrado la flor, cuando aquel lugar todavía lo habitaban las hadas. Siendo de naturaleza cruel, las echó a todas, reconociendo en la poderosa planta una magia especial. Así vivió durante siglos con el poder de ésta, alejando a los intrusos, siendo egoísta. Cuando el rey robó su flor, el juró vengarse, matando al niño. Pero descubrió que la magia se habia trasladado de la flor al niño y tuvo que dejarlo vivir.
Lo crió como su propio hijo, encerrándolo en la torre. Al principio, cuando era muy pequeño, Rapunzelo no le cuestionaba nada a su padre, ni por qué no podía salir de la torre; cuando lo hacía, José le decía que afuera había personas malas que querían robar su mágico cabello y el niño se quedaba conforme. Pero a medida que iba creciendo y que su carácter desafiante salía a la luz, Rapunzelo no se contentaba con las estúpidas explicaciones que su padre le daba.
Era aun más, en el día de su cumpleaños, Rapunzelo veía desde su ventana unas hermosas linternas que se alzaban en el cielo nocturno. Todos los años. Hacía diecisiete años que veía ese espectáculo y de alguna manera, sabía que eran un mensaje para él, solamente para él. Cada vez que se lo comentaba a su padre, y que le pedía salir afuera para averiguar la verdad, este se enfurecía y terminaba por abofetearlo, gritándole que nunca jamás le preguntara una cosa así. Por eso, ese año, en su cumpleaños número dieciocho, decidió que las cosas iban a cambiar.
— ¿Por qué no sale de la torre y ya? —interrumpió Natsu, sin verle la lógica a la situación.
— ¿Y tú podrías cerrar tu enorme y horrible bocota de una puta vez? —le preguntó Gajeel. Por muy avergonzado que se sintiera de ser el protagonista de la historia de esa manera, era la historia de Levy, su enana. Y no iba a permitir que nadie se la arruinara.
— ¡Me callo si quiero! ¡Tú no eres quien para darme ordenes!
—Entonces ¿Prefieres que te calle a golpes? —sugirió, chocando sus puños.
—Inténtalo.
—Ya déjalo, Natsu —los interrumpió Gray, quien aún tenía a Juvia colgada de su cuello y parecía no importarle mucho ese detalle—. ¿No ves que está defendiendo el amor que siente hacia Levy? —provocó, sonriendo triunfante. Era su momento de venganza.
— ¡Es cierto Gajeel-kun! –apoyó Juvia—. ¡Gray-sama tiene razón! No deberías negarlo.
— ¿Q-q-q-q-u-ué…? —Gajeel se puso nuevamente colorado, retrocediendo unos pasos—. ¡Es-eso es-s me-mentira!
—Oh, ¿De verdad? –Gray apuntó a Levy, conteniendo las ganas de reír del puro gozo que sentía—. ¿Por qué no se lo dices en la cara?
El dragón de hierro ni se atrevió a mirarla de reojo. Se quedó estático en su lugar, como una roca. Sus mejillas refulgían tanto de color rojo que podría ser sin problemas un faro de atención para barcos que se acercaban al puerto. Se sentía completamente abochornado, de pies a cabeza. No resultaba nada bonito cuando el afectado por las burlas era él y no otra persona. Intentó pedirle ayuda con la mirada a Lily, pero el gato doblemente traidor se desentendió del problema, negando con la cabeza.
¡Maldita había sido la hora en la que a Natsu se le ocurrió interrumpir! ¡Y al él protestar!
—Ya, ya, ya —calmo Levy, sonriendo—. ¿Podríamos continuar con el cuento?
Nadie puso ninguna objeción. Volviendo sus lugares, Gajeel se sentó en el suyo y esperó a que la enana se sentara sobre su regazo, como venía haciendo. Sin embargo, Levy no lo hiso. Se sentó a su lado, al parecer, ignorándolo un poco; aunque le palmeó la rodilla con cariño. Si no la conociera mejor, podría jurar que se sentía algo decepcionada. Se mordía la lengua por decirle algo, pero no iba disculparse ni decirle nada frente a todos. ¡Esos chismosos probablemente acomodarían sus orejas para escuchar!
Tres días antes de su cumpleaños, se las arregló para escabullirse de la torre. Su padre había salido al mercado de la capital del reino, que era el más cercano a su hogar, y aprovechó para huir, aunque no fuera nada fácil. La torre era un lugar muy peligroso y muy engañoso, además, tuvo que pensarlo bien antes de decidir si irse o no. Sería la primera vez en su vida que saliera al mundo exterior, del cual no conocía nada. Sólo sabía de él por los libros, aunque no le gustara leer.
Así, descendiendo gracias a su propio cabello, pisó el pasto, por primera vez. Se sintió libre por primera vez y era una sensación, sin ninguna duda, maravillosa. Se quedó allí parado un tiempo, dejando que la brisa lo acariciase, sus ojos observaran el cielo azulado sin restricciones y sus oídos se deleitaran con el murmullo de las hojas al agitarse. Pasó un tiempo, hasta que decidió que por fin abandonaba la dichosa torre.
Estuvo todo ese día caminando por el bosque, sin encontrar salida alguna, hasta que anocheció. Furioso como estaba, pateó una roca, que voló unos metros hasta estrellarse contra algo. En realidad, contra alguien. "Ouch" se oyó. Rapunzelo se alarmó, pensando que quizá podría ser José. Se reprendió a sí mismo al instante, recordase que el quejido había sonado demasiado agudo para ser una voz de hombre, y aun más, de su padre. Se acercó sigilosamente, teniendo en mente que era un hombre grandote y que podría defenderse solo.
Cuando llegó al lugar donde el sonido había salido, se quedó pasmado. Frente a él se encontraba lo que parecía ser una enana, sobándose la cabeza. La pequeña mujer se dio vuelta, mirándolo furiosamente. "¡Tú!" lo acusó, levantándose; en definitiva si era una enana, apenas si le llagaba a la cintura "¿Crees que es sano ir revoleando rocas por ahí?". "Oye, oye, no me grites ¡Fue un accidente!" se acercó a ella, y le palmeó la cabeza "No deberías gritarle a alguien más grande que ti, enana".
Rapunzelo jamás se imaginó lo que vendría después. La pequeña mujer lo pateó, justo ahí. "¡Enana tu abuela imbécil! ¡Mi nombre es Levy!" y orgullosa, se palmeó el pecho. Aunque Rapunzelo se retorcía de dolor, le devolvió el insulto y comenzaron a pelearse. Parecía que querían descubrir quien gritaba más alto y con más fuerza, porque iban elevando las voces, hasta que de súbito, él se calló, recordando que su padre todavía podría escucharlo. Aunque a Levy le pareció sospechosa su actitud, también se calló, en un mudo acuerdo y ambos comenzaron una conversación medianamente normal.
Aunque la enana se rió a más no poder al descubrir su nombre, lo que lo hiso enfadar, hablar con ella era fácil. Descubrió que estaba viajando a la capital para conseguir algo, aunque no le dijo qué, que parecía de suma importancia. Le llamó la atención que cargara una espada, no era propio de las damas, y ella por toda explicación le dijo que era para defensa personal. Rapunzelo dudaba que la necesitara. Por otro lado, él también le comentó que iba a la capital y que estaba huyendo de su padre.
Pero ninguno hiso mención alguna sobre las razones principales del viaje ni de sus pasados, fue un acuerdo mudo. Esa noche, la pasaron juntos cobijados por la fogata que armaron y al día siguiente, ambos decidieron que el viaje sería más fácil de a dos. En un santiamén salieron del profundo bosque, lo que Rapunzelo no había podido lograr en un día, y pudieron observar el hermoso paisaje frente a sus ojos. El bosque estaba en la cima de un valle, cercano al mar y desde allí se podía apreciar todo el lugar. La capital se veía imponente, cobijada por sus murallas y sus puentes.
"Es…". "Es increíble" terminó Levy, sonriéndole. A Rapunzelo, aquella sonrisa como el sol, le pareció la más hermosa que hubiera visto en la vida. Incluso, más hermosa que el paisaje que tenía en frente.
—Aburrido… —comentó Natsu, apoyando la cabeza sobre su mano.
— ¡Aye, sir! —apoyó Happy, que se había acomodado sobre su regazo.
—Lo mato, juro que lo mato ahora mismo.
—No eres el único que al parecer quiere eso, Gajeel —le comentó Lily, desde su cómodo lugar acurrucado en Levy. Le señaló delante, justo a Lucy, donde la rubia acechaba al joven hombre con las manos abiertas, dispuesta a matarlo. El morocho bufó, no le molestaba que la Coneja le diera su merecido, sólo hubiera preferido ser él el primero.
— ¡Natsu, cuidado! —advirtió Happy, oliendo el peligro.
Ya era tarde, Lucy lo cazó por atrás, sujetándolo del cuello. Natsu chilló y pidió ayuda mientras era ahogado por una poseída Maga Estelar. Nadie le hiso caso, incluso, muchos reían divertidos ante la situación ¡Como si esta de verdad fuera divertida! ¡Lucy lo estaba ahogando de verdad! ¡Lo estaba matando de verdad! ¿No se daban cuenta? ¿Eran de verdad todos tan desalmados para dejarlo morir tan terriblemente? Incluso Happy había huido al regazo de Jellal nuevamente, dejando que se pudriera solo como un cadáver.
— ¡G-gato… traido-d-dor! —logró articular, señalandolo—. P-p-pen-se… q-ue… e-e-eras… dif-f-fente a… a… Lily…
— ¡Erza, Natsu dice que soy malo!
Gajeel se cruzó de brazos, molesto por la situación. No podía ser que interrumpiera cada dos por tres. Era simplemente ridículo. Miró a Levy de soslayo, quien se reía divertida por la situación que se habia armado entre Lucy, Natsu, Happy y ahora Erza entraba en la discusión, acusando a Salamander –como si fuera una especie de criminal híper peligroso para la sociedad- de maltratador de animales. Se veía tan tierna con las mejillas sonrojadas y las leves arruguitas que se formaban alrededor de sus ojos.
Le daban ganas de comérsela.
— ¿Sucede algo, Gajeel? —le preguntó, al darse cuenta que la miraba fijamente.
«Idiota, idiota, idiota, idiota…» Se reprendía mentalmente.
—Eh… no —lo escudriño con la mirada, provocando que se sintiera amenazado. Debía inventar algo rápido—. Sólo pensaba en como soportas que te interrumpan tanto —aunque no era del todo mentira, se alejaba bastante de la realidad.
— ¿Quién? ¿Natsu? —Gajeel asintió—. Ah, bueno, él siempre es así, no hay nada que se pueda hacer. Además, no lo hace con maldad —explicó, con aires de gran sabiduría.
—Ya, pero eso no quita que sea molesto.
—Gajeel —la maga lo tomó de la mano, enredando sus dedos con los de él—. Aunque nos cueste, si queremos a la otra persona, tenemos que aceptarla tal cual es. ¿No lo crees?
El mago sospechó que esa pregunta tenía una intención de fondo, algo más profundo. No era el ser más avivado del planeta, ni tenía todas las luces bien colocadas, pero había aprendido a entender a Levy de una manera que él mismo se sorprendía. La admiraba mucho, más que a cualquier otra persona en el mundo y esa admiración provocaba que la mirara todo el tiempo, que observara cada parte de su ser. Era tan perfecta, tan amorosa, tan tierna, tan buena persona, que era capaz de aceptar cualquier cosa. Incluso, a un idiota como él, que no tenía remedio.
Asintió, con total franqueza, mientras de fondo se escuchaba el rugido de Erza.
Llegaron a la capital en un día, evitando recorrer el camino real. Aunque Levy se excusó en que era "un atajo" Rapunzelo supo leer entre líneas, aunque no divisó la verdadera razón del desvió. La enana parecía ser una mujer muy práctica y llena de energía, a pesar de su pequeño cuerpo, no se dejaba amedrentar por nada y evitaba los obstáculos con gran agilidad. Hablaron casi todo el trayecto, conociéndose aun más, pero siempre evitando un tema: sus respectivos pasados. Levy le había preguntado por qué tenía el cabello tan largo y él, al callarse, dio a entender que no quería hablar. Ella se lo respetó.
El lugar era enorme y lleno de gente. Claro que nunca había visto nada igual en su vida. Se sintió acongojado, pero lo ocultó muy bien. "Bien" le habló ella, de frente "Creo que acá nos despedimos". "¿Ya?". "¿Qué, tienes miedo de andar solo por ahí? ¡Vamos! Como si nunca hubiera salido de tu casa ¿Ah?" bromeó, sin sospechar ni un segundo que era la pura verdad. El labio de Rapunzelo tembló y no fue hasta que la vió alejarse que reaccionó. Por mucho orgullo que tuviese que tragarse, no podía solo y aunque no confiada del todo en la pequeña gnomo, era lo único que conocía.
La corrió antes de perderla y cuando la alcanzó, a pesar de sus protestas, la subió a su hombro y se la llevó lejos, a una calle donde no pasara tanta gente. Cuando la bajó, le tapó la boca antes de que comenzara a recriminarle cosas, y avergonzado, le soltó toda su historia. Su padre, su cabello mágico, la torre y las linternas. Todo. Y le pidió su ayuda. Levy se quedó sorprendida, y el silencio los envolvió por largo rato. "¿De verdad en tu vida has salido de la torre?". "¿Por qué rayos te mentiría?". "No lo sé, ¿Para dar lastima, quizá? Conozco muchos hombres que se hacen…". "¡Ya!" la interrumpió "¿Vas a ayudarme o no?"
Así lo hiso, Levy prometió ayudarlo. Como todavía faltaba un día para las linternas, y por ende, para su cumpleaños, la pequeña mujer consiguió una habitación en una posada, cerca del castillo. Ambos se apoyaron en la ventana, y la joven le comentó que hacía casi veinte años que los reyes buscaban a su hijo perdido y que en cada víspera de su nacimiento, largaban las linternas hacia el cielo, con la esperanza de que el príncipe las viera y volviera a casa. Rapunzelo se quedó pensando seriamente aquella noche ¿Y si él era…? No, imposible, su padre era José ¿Por qué iba a mentirle?
"¿Y tu historia es…?" le había preguntado, antes de irse a dormir. La joven dama era bastante reservada, pero aun así, consideró que no iba a pasarle nada malo si le contaba a Rapunzelo. Había ido a la ciudad porque su pequeña hermana estaba enferma y necesitaba la cura, aunque no tenía mucho dinero. Vivian solas, sus padres las habían abandonado a su suerte, y Levy se había hecho cargo de ambas desde muy pequeña. La historia le llegó al corazón. "Cuando veamos las linternas, puedes llevarme a tu casa. Curaré a tu hermana" le dijo. La sonrisa de Levy, esa noche, fue la más hermosa de todas. Iluminó su sueño.
Al día siguiente, pasearon por la ciudad, sin sospechar que alguien los seguía desde las sombras. Fueron a la plaza principal, donde una enorme pintura de los reyes con su pequeño hijo, siendo apenas un bebé, decoraba una enorme pared. Rapunzelo se la quedó viendo largo rato, sintiéndose parte de esa pintura. Por alguna razón, ese bebé le hacía recordar a él. Lo que no entendía, era por qué, si él era el príncipe perdido, su padre le había mentido. Era cierto que a veces lo golpeaba y nunca le había permitido salir de esa torre, pero era su padre. Entonces ¿Por qué? ¿Por qué…?
Gajeel le dio un apretón de manos a Levy, quien lo miró fijamente.
Sabía que la enana no tenía ninguna intención de hacerlo sentir mal –por lo menos, no de esa manera tan profunda- pero aquella historia le estaba pegando duro, y sólo era por la mención de su antiguo maestro, José. Los recuerdos borrosos de cuando asaltó Fairy Tail siendo parte de Phantom, cuando atacó y torturó a Levy de esa manera tan cruel y descorazonada le revolvían el estómago y le estrujaban el corazón.
Por mucho que Levy lo perdonó hacía tiempo, a veces sentía una culpa terriblemente profunda y revoltosa, que lo hacía temblar. La maga, sintiendo su aflicción, se arrodilló y le dio un tierno beso en la mejilla, poniéndolo colorado -se oyó a más de un suspiro femenino de trasfondo- y luego se acomodó en su regazo nuevamente. Intentaba demostrarle, con ese simple gesto, lo mucho que lo quería ver bien.
— ¡Qué miran, entrometidos! —les rugió el mago a los atentos espectadores, rodeando a Levy posesivamente por la cintura.
— ¡Se guss…! —Erza sujetó a Happy con fuerza de la mandíbula, impidiendo que dijera algo más. Le hiso un gesto con la cabeza a la Maga de Escritura para que continuara, completamente seria, aunque contrastara con su rostro ruborizado. Esta le agradeció mudamente sonriendo, no quería que su fiero dragón se sintiera mas incomodo.
Esa noche, vieron las dichosas linternas adornar el cielo nocturno como pequeñas estrellas de fuego desde el techo de la posada. Fue un espectáculo único, mágico. Rapunzelo, al admirarlas de tan cerca, se sintió extrañamente parte de ese lugar. Sentía que pertenecía ahí, que había nacido ahí, que era su lugar en el mundo. Animado, miró a Levy profundamente, quien observaba el espectáculo con una suave sonrisa. Había aprendido a amar las sonrisas de esa pequeña mujer en el corto tiempo que llevaba conociéndola.
"¿Pasa algo?" lo cuestionó apenas verlo. Rapunzelo negó y se acercó a ella, rodeándola con sus fuertes brazos. Ninguno dijo nada, se abrazaron bajo el hermoso río de estrellas de colores. El joven cerró los ojos, disfrutando de la cercanía, del calor que Levy despedía hacia su persona… cuando lo vio. Dos enormes sonrisas, solo para él. Dos pares de brazos, rodeándolo con cariño. Una mujer de cabellos celestes, llamándolo por su nombre tiernamente, y un hombre de cabellos azabaches mirándolo con orgullo. Sus padres. Los reyes. El rey y la reina. "¡Dios mío!" murmuró, separándose bruscamente.
Levy lo miró, alarmada. Antes de que pudiera decirle algo, Rapunzelo se adelantó. "¡Enana! ¡El príncipe perdido soy yo!" la tomó por los hombros, sonriendo "¡Los reyes son mis padres, lo acabo de ver!". "¿Te golpeaste la cabeza?". Rapunzelo negó, enérgicamente. "¿Estás seguro?". "¡Jamás he estado tan seguro en toda mi vida!". Levy estaba a punto de preguntarle sobre su padre, José, y qué papel jugaba él todo eso, cuando una sombra se abalanzó sobre ambos, empujando a Rapunzelo y tomando a Levy del cuello.
Casi cae del techo, de la altura de cuatro pisos, pero logró sujetarse del borde. Con esfuerzo, subió y se quedó helado, mirando a su padr… no, mirando a José, quien tenía prisionera a Levy, con una afilada daga sobre su garganta. "Mi querido Rapunzelo, no quería hacer las cosas de esta forma, pero tú me obligaste" habló con sorna, apretando la daga contra el delgado cuello femenino. "¿Por qué?" preguntó, simplemente. "Veras…" y José le contó todo, el embarazo dificultoso de su madre, la desesperación y "robo" de su padre, su nacimiento y su secuestro.
"Pensaba matarte" admitió, lleno de furia asesina "Pero si lo hacía, el poder de la flor se perdería para siempre, así que opté por criarte como mi hijo y no dejarte salir nunca, hasta que, bueno, te rebelaste". Rapunzelo no salía de su asombro, sin embargo, tenía miedo, miedo por lo que ese hombre era capaz de hacer. "¡Suéltala!" pidió, refiriéndose a Levy. "Si no quieres que le haga nada malo, vendrás conmigo y jamás, JAMÁS, podrás escapar". No lo pensó dos veces. A pesar de las protestas de Levy, aceptó.
— ¡Hazlo picadillo, Rapunzelo! —pidió Natsu, poniendo sus puños en pose de pelea.
— ¡Aye, sir!
—Tranquilo, respira, cuenta hasta diez. Uno, dos, tres… —murmuró Gajeel, antes de dirigir sus manos hasta cierto cuello y partirlo en dos.
— ¡Interrumpir todo el tiempo no es de hombres!
— ¡Shhh! —pidió Asuka—. La tía Levy aun no terminó de contar. El que vuelva a interrumpir será castigado por la tía Erza, ¿Verdad mami? —Bisca asintió, muy seria. A la pelirroja se le infló el pecho de orgullo y asesinó con la mirada a todo aquel que estaba dispuesto a abrir la boca para protestar, o para lo que fuera.
Si las miradas matasen…
Entonces, José noqueó a Levy de un golpe en la nuca. Lo último que la muchacha vio antes de desvanecerse, fue la sonrisa llena de agradecimiento de Rapunzelo.
Cuando recobró la conciencia ya era de madrugada. Alarmada, decidió ordenar sus ideas y decidió los pasos que iba a seguir: para rescatar a Rapunzelo, tendría que pedir ayuda ¿Y qué mejor que ir al castillo? La muchacha era muy hábil y, a sabiendas que los guardias no la dejarían pasar, llegó hasta el aposento de los reyes, donde aun dormían. Levy los observó detenidamente, se veían tan cansados rodeados de una tristeza que padres como ellos no se merecían. Mordiéndose la lengua, tocó el hombro de la reina, y la despertó.
Ambas mujeres se quedaron viéndose, hasta que Juvia despertó a su esposo, quien se alarmó, dispuesto a llamar a los guardias. "¡Esperen!" pidió Levy "Se que posiblemente no van a creerme, pero sé donde está su hijo y necesito de su ayuda. Está en peligro" sentenció. Gray la miró desconfiado y reclamó a su esposa, diciéndole que no se ilusionara, que era todo una mentira. "Por favor" rogó la pequeña mujer. La reina miró a su esposo y le sonrió cálidamente. Habían pasado dieciocho años, vacíos, desesperanzadores, ¿Qué importaba? ¡No tenían nada que perder! "¿Dónde está?" cedió el rey.
Condujo a los soldados por lo profundo del bosque, hasta llegar a la dichosa torre. Tanto el rey como la reina habían accedido a ir, si de verdad ese hombre era su hijo, querían ser los primeros en verlo. Levy se posicionó debajo de la torre "¡José, sal de ahí, estas rodeado!" más nadie respondió, por lo que optó por otra opción "¡Rapunzelo, deja caer tu cabello!" y milagrosamente, la mata de pelo negro cayó por la ventana, hasta donde ellos estaban. El rey olió a trampa, y por eso, Levy decidió ir primero.
Cuando subió habilidosamente y entro por la ventana, pudo divisar fácilmente a Rapunzelo, amordazado y atado frente a ella, intentando decirle algo. Fue demasiado tarde, José salió de entre las sombras y le enterró la daga en el costado. Al siguiente instante, los soldados subieron y aprisionaron a José, pero ya era demasiado tarde. Juvia se acercó a quien parecía ser su hijo y lo soltó, él apenas pareció notarla. Se acercó rápido a Levy, quien estaba tendida sobre el piso.
— ¿Por qué demonios siempre matan a alguno de los protagonistas?
— ¡QUE TE CALLES! —le gritaron todos, incluida la pequeña Asuka.
Natsu se encogió sobre sí mismo, y cerró su boca.
"Traje… a tus… padres" le murmuró en apenas un hilo de voz. La cantidad de sangre que salía de la herida era demasiada, no estaba seguro de que su cabello fuera a… ¡No! Tenía que pensar en positivo, tenía que hacerlo. "No hables" le ordenó, mientras acomodaba su cabello sobre la herida. "Rapunzelo… cuida… cuida a mi hermanita… por, por mi…". "¡Que te calles dije!". La pequeña mujer rió, escupiendo algo de sangre. "Lo siento. Sólo quería… que tuvieras lo que yo… nunca tuve… Por favor, cuida de ella…". El hombre negó, negó una y otra vez.
Los rayos de luz que Levy siempre despedía se fueron apagando, de a poco. Rapunzelo se concentró y entonó la canción que José le habia enseñado, para que sus poderes mágicos funcionaran. Un brillo de luna rodeo el lugar, iluminando a todos los presentes. La herida pareció curarse, sin dejar un solo rastro, ni siquiera estaba rasgada la ropa.
Pero los ojos de Levy no se abrían, y su pecho estaba estático. No se movía. "Daría todo, todo, para que abrieras los ojos" murmuró, rozando la mejilla con su dedo. Sus ojos se cristalizaron y una pequeña lágrima se filtró de ellos, cayendo en la punta de la nariz de ella. De verdad lo daría todo, su libertad, su cabello, su magia, su pasado, su futuro, su vida… todo. Ni Rapunzelo, ni José, ni los reyes sabían que en realidad, la fuerza mágica que poseía la flor venía de una sola y única fuente: el amor.
La flor no era lo suficientemente poderosa como para salvar a los muertos, pero la fuerza del amor había salvado a la reina, a Juvia, y la fuerza del amor también salvaría a Levy. El pequeño pecho subió, y luego bajó, comenzando a filtrar aire hacia sus pulmones. Y luego, bajo la atenta mirada de Rapunzelo, abrió los ojos, sonriéndole con sus rayos de sol. "Enana idiota" le murmuró, antes de besarla con dulzura en sus labios. Beso que fue correspondido en el acto, de la misma manera.
Juvia y Gray se abrazaron, viendo a su hijo, llenos de orgullo y amor de padres. Así, el príncipe perdido volvió al reino, que se sumergió en una fiesta que duró una semana. Levy y su pequeña hermana, curada gracias al mágico cabello de Rapunzelo, se mudaron al castillo, donde encontraron una nueva familia que las recibió con los brazos abiertos. El rey y la reina pudieron descansar en paz después de muchos años de sufrimiento, pues al fin su hijo estaba de vuelta, y pronto los sorprendió con que iban a ser abuelos.
Rapunzelo y la pequeña Levy tuvieron su final feliz, formando la familia que ellos nunca pudieron tener y que ahora disfrutaban. Al final, ambos comprendieron que, la magia más poderosa de todas no era aquella que te mantenía joven para siempre, sino aquella que se podía usar para los demás: EL AMOR.
The End.
La maga se paró y recibió los aplausos que le dieron inclinándose, como si fuera una directora de teatro parada frente a su obra recién terminada. Gajeel se sentía orgulloso de ella, y más que eso. Por eso, cuando volvió a sentarse nuevamente en su lugar y sin que nadie lo viera –lo último que le faltaba era justamente eso- besó el cuello de Levy con dulzura, mientras la apretaba más contra sí.
Levy se puso completamente colorada, desde la punta de su nariz, hasta la raíz de sus pelos.
—Felicitaciones —le susurró al oído, de forma sensual—. Enana.
— ¿T-te gusto? —se estremeció de puro placer, algo cohibida por las sensaciones que le causaba con tan sólo un pequeño beso en el cuello—. Pen-pense que te había molestado…
—Un poco… Pero cierta personita me dijo que si quería a alguien, debía aceptarla tal cual era.
No pudo sentirse más feliz. Para su fortuna, nadie les prestaba atención.
Natsu y Asuka se habían comenzado a quejar de que no había más comida, mientras los padres de la niña intentaban buscar a alguna maga disponible que les fuera a dar una solución. La única que estaba "sin hacer nada" –porque en realidad estaba discutiendo con cierto hombre gigante de las mismas estupideces de siempre, haciendo nada productivo con su vida, para variar- era Evergreen, quien apenas olió el peligro en el aire, los ignoró completamente, dejándolos desamparados.
Gray intentaba sacarse a Juvia de encima. La Maga de Agua parecía pegada a él con la más fuerte de las plasticolas, y por mucho que protestara, tironeara o se quejara, ella parecía ser inmune a absolutamente todo. Lily y Happy estaban en el aire charlando, camino a la barra. Por alguna razón, les había agarrado hambre; a diferencia de Natsu y Asuka –entendían a la pequeña, pero el dragón era una vergüenza para su edad- eran autosuficientes, no tenían que quejarse ni reclamar ante nadie que sus estómagos rugían con fuerza, reclamando alimento. Y Jellal intentaba –Mavis sabía que lo hacía- calmar a Erza. La maga quería perseguir a toda costa a una muy aterrada Lucy, a quien la valentía de minutos pasados la había abandonado.
Levy rió ante el panorama desordenado y abrazó a Gajeel, reventado de felicidad.
Hogar dulce hogar.
Ahora sólo quedaban dos. Erza vs Lucy. ¿A quién le tocaría?
...
...
NOTAS: La verdad, no sé para qué carajos les digo que no esperen que el próximo capítulo sea largo porque siempre termino haciéndolo aún peor. Me sale solo. Igual, cof, no esperen que el que sigue sea así porque ahí si que me voy a morir. Disculpen la tardanza, en serio, problemas y shock post-traumáticos por culpa de cierto mangaka (no, Mashima-sensei, no te estoy mirando a vos...). ¿Qué les pareció el capítulo de hoy? Me divertí tantísimo escribiéndolo, aunque me llevara tanto tiempo. ¡Ah! La versión de Rapunzel en la que decidí basarme es la nueva que sacó Disney -bah, nueva- esa que se llama Enredados. No conozco mucho la historia original de Rapunzel, so, me pareció la mejor opción. Pasando a los agradecimientos: Nakamura Kaze, Gabe Logan, Kumi Strife, Blackbell77, Akira Grit Akaku, CrazyGirlOtaku, valqiria8, Girl Master Houndoom, CATITA-EDWIN, Elibe, theONOFRE, Hime Shiraiwa. ¡MUCHISIMAS GRACIAS!
Animense a dejarme un caramelito. Nos vemos en el próximo capitulo. ¡Saludos y Besos a todos!
Atte, Misari.
(EDITADO: 02/10/24).
