Preciosa, abre tus ojos y ven a mí. Canta en mi nombre y ruega al cielo que me brinde un poco de tiempo para seguir escuchando tu dotada voz. Que no me ofrezca hermosura a mi ser, si no, que me regale tus notas dedicadas a mi corazón.

-Te escucho. ¿Quién eres?

Soy tu ángel de la música.

-¿Música? ¡Debes estar jugando! Yo no he nacido para cantar…

Canta con tu corazón y entenderás mis razones. Cántame con tu alma y veras la verdad tras tus sueños, pequeña lote.


El impulso ocasionado por mi sueño hace que me levante de golpe. Abro mis ojos al par y busco mi celular con las manos para dar un poco de luz a la oscuridad en la que me he encerrado en mi cuarto. Mi pulso es rápido y mi cuerpo esta sudado a pesar del frío. Y no es la calefacción la que lo ha causado.

-Pequeña Lotte.- repito mientras vago en la oscuridad debido a mi perdido celular.

Camino directo a la ventana y consigo abrirla para dejar entrar aire. Vuelvo minutos después con un par de almohadas y me quedo bajo la ventana que me ilumina con la luna llena.

Los tiempos han cambiado, ya no soy la misma de antes. Cada minuto que paso aquí me hace descubrir que nunca fui nada de lo que creí ser. Pequeña Lotte, ¿Quién fue tu padre en realidad?

Un buen hombre, por supuesto. Con elegancia distinguida y una hermosa sonrisa que iluminaba los días cuando esta se mostraba. Sin embargo, con una gran carga que llevar que le hacía perderla momentos después de haberla conseguido.

Pero a padre no le gustaba que le molestaran. Pasaba horas escribiendo y aunque él estuviera en un lugar tranquilo, no gustaba de mi compañía. La soledad era su amiga.

Algunas ocasiones los sueños se hacían realidad. Muchas veces terminaba estando en casa sola. Cocinaba y limpiaba mientras estudiaba con mi maestra de hogar. Nunca fui mandada a la escuela por miedo de mi padre de perderme. Y aunque no me prestaba atención, tampoco me dejaba estar con él ni jugar conmigo.

Entonces, ¿Por qué fue un buen hombre? Por el simple hecho de ser mi padre. Pues aunque su lejanía me hacían encoger el corazón, siempre se preocupó de mi más de lo que todos los padres de mis vecinas lo hacían.

Algunas ocasiones buscaba el enfermarme por simple capricho de llamar su atención. Esos momentos a mi lado me hacían sentir superior a las demás. Un padre que cumplía con las dos obligaciones. Sin embargo, nada de eso cambiaba el hecho de que yo me sintiera como una muñequita de aparado cuando dejaba de estar enferma, enjaulada en una repisa mientras juegan con los demás. Soñando con ser mimada y compartir felicidad de cada día y no cuando fuese necesitada.

Había decidido no acudir a la Opera de Garnier ese día. Las cosas habían tornado de un modo muy extraño que hasta el propio mundo me estaba diciendo a gritos no poner un pie ahí ese día. Horas antes de decidir mi rumbo, el taxista trató de charlar conmigo y termine cediendo. Me termino comentado sobre un ataque a un guardia que había sido encontrado degollado en la sala principal del teatro y que con su sangre había sido escrito "elle est ici" alrededor del lugar en grandes cantidades. Y entonces decidido alojarme en un pequeño departamento lejos de ahí.

La luz del sol empieza a colarse por la ventana, lo cual me hace recordar que tal vez no haya despertado en la noche, si no que me había despertado al amanecer. Gran coincidencia, pues planeaba dar una visita a ese lugar en cuanto el sol se pusiera en lo alto.

Me levanto del suelo y dejo las sabanas tiradas justo ahí. Algunas veces agradecía no tener a nadie.

*knock, knock, knock* Suena la puerta repetidas ocasiones mientras me encontraba en la cocina. Nunca me había gustado que las personas tocaran la puerta debido a que había crecido en un lugar muy silencioso. El ruido era horroroso para mí adorada soledad.

*knock, knock, knock* Tiro un plato mientras aguantaba el coraje. Mi cólera no subía con facilidad, pero en ocasiones esta incrementaba cuando se trataba de sonidos insoportables para mi cerebro.

Abro la puerta de golpe y frente a mí se encuentra una mujer de pelo rubio pequeña e increíbles ojos azules resplandecientes.

Bienvenida a Paris!- Grita con alegría y su voz es como un suave pitido. Muy dulce y agradable, más que los dolorosos golpes en la puerta.

-G…¿Gracias?- Respondo con poca amabilidad. – Disculpa, ¿Quién te dijo que no era de aquí?- Le pregunto mientras ella fisgonea hacia dentro de mi departamento.

-Las noticias vuelan rápido aquí, uuuh. Esta mañana…-

-¿Esta mañana? ¡Pero si son las 7!-

-…Son las nueve y media.-

Su declaración me sorprende y me deja sin palabras. Había jurado haberme levantado momentos antes y haberme quedado despierta hasta que el rayo de sol me desconcentrará y me hiciera levantar. Había jurado que era más temprano, sin embargo, algo mal sucedía a mi alrededor.

-¿Pasa algo?-

-No. Solo que puse mi reloj en la hora equivocada…-

Su sonrisa se deshizo poco a poco hasta tornarse cuidadosa.

-Mi nombre es Kristin Guillen y a lado de ti. Soy historiadora y trabajo en la universidad de Paris en un programa de intercambios de maestros. Hace poco llegue de América y justo esta mañana me ha dicho el encargado que mi nueva vecina también hablaba mi idioma ¡No sabes cuánto me alegro! Hablar francés a veces te deja exhausta…. Espero no haberte molestado.

Niego con tranquilidad y sonrió. Mi sobriedad a veces me hacía lucir amargada y lo último que deseaba es perder a una posible amistad. La única tal vez.

-¿Quieres pasar?- Y sin preguntarlo dos veces esa extraña mujer entro en mi departamento.

Camino junto a ella hasta que la guio a la cocina.

-¿Cuál es tu nombre?-

-Darcy Lewis.-

-¿Lewis como el escritor?- Me pregunta con curiosidad y me estremezco al instante.

-Mi padre es Robert Lewis…-

-Interesante…. Sus libros siempre me han parecido muy impresionantes. Más por la forma en que describe Paris como la palma de su mano. Me han servido de ayuda en varias de mis investigaciones de la ciudad.

-¿Cómo adivinaste que él era mi padre?- Pregunto tratando de controlar mi miedo.

-Lewis no es un apellido muy común. Sobre todo porque en tu papel de departamento viene su nombre como cuenta de banco, ahah…- Así que era eso.

Aun utilizaba la cuenta de banco de mi padre debido que aún no era mayor de edad y el banco no me dejaba abrir mi propia cuenta hasta que trabajara o estudiara. Y ninguna de las dos cosas había sucedido, así que debía de utilizar el dinero que mi padre me había heredado.

-Cierto. Me agarraste.- Bromeo para intentar levantar mi ánimo.

-¿Qué haces en Paris? ¿Escribirás libros como tu padre?

-No. En realidad vengo a cumplir su último deseo.

-¡Qué romántico! Con lo tanto que escribía de Francia, supongo que este era el lugar que quería ser enterrado, ¿No?-

Pienso minutos antes de contestarle. Ella se queda inmóvil mirándome mientras le servía una taza de café.

-Eres una historiadora, ¿verdad?- pregunto con asombro mientras cubro mi plan con palabras bonitas.

-Sí. Historiadora en busca de su maestría, ¿Por qué?- sorbe a su café y me apalanco en la barra de la cocina.

-¿Sabes algo sobre la Opera de Garnier?- Su mirada se transforma espantada y se corta el ambiente. Siento mil dagas caer en mi espalda al sentir sus ojos en mí.

-Hay muchas cosas que sé de ahí, señorita Lewis.- Me dice con inquietud en sus palabras.

-Hay algunas cosas que vine a terminar. Una de ellas es buscar algunos archivos y libros que mi padre había dejado ahí cuando trabajo aquí.- Miento y pido al cielo que ella se trague mi palabrería absurda.

-Años antes de que tu padre se fuera de Paris. Habían sucedido una serie de extraños eventos que hacían pensar que uno de los monstruos más temidos de siglos atrás había vuelto.

Con la llegada de los musicales como ¡Mamma Mia! o Los Miserables, había también llegado muertes extrañas e inesperadas. Sobre todo de cuando de personal de las obras se trataba y raras desapariciones de personas de la compañía principal. Algunas personas dicen en mala fe que el responsable era el temido fantasma de la Opera que había vuelto a tomar venganza tal como lo había hecho en la antigüedad. Nadie sabe si fue verdad o solo un maldito psicópata el que hacia caer de terror a la Opera Nacional de Paris o Garnier, como desees, pero lo extraño de esto es que tu padre se encargaba de dirigir los dos musicales cuando esos eventos habían estado sucediendo. Nunca dijo nada sobre lo que pasaba, por lo cual después de un tiempo, las obras dejaron de seguir presentándose. Y así también como las muertes se terminaron.

-Mi padre era un hombre talentoso…-

-Lo sé. ¿Deseas que siga contándote?- mueve su taza de café y asiento. La tomo con rapidez y enciendo la estufa eléctrica para calentar el agua.

-Dos de leche y no azúcar, por favor.- carraspea- Sin embargo, hace días empezaron a ocurrir ataques al personal. A mí me tocó verlo de cerca, pues trabajo medio tiempo en un pequeño periódico local como experiencia para mis estudios.

-Un guardia degollado, ¿no?- sirvo su café a su lado y escucho.

-Cuatro en diferentes semanas. Cada uno con un pajarillo dibujado.-

-¿Pajarillo?-

-Cada guardia tenía dibujado un pajarillo. El primero estaba lastimado, el segundo estaba cubierto de vendas, el tercero en una jaula y el cuarto…-

-¿El cuarto estaba libre?-

-El cuarto era un pájaro australiano de verdad. Estaba enterrando en el corazón del guardia. Aún estaba con vida, pero momentos después murió debido a las toxinas del cuerpo.

Lo misterioso del todo es que ninguna de las cámaras muestra quien fue el asesino. Como si un fantasma hubiera tomado y después vomitado de su guarida a los cuerpos sin vida.

-El fantasma de la opera…-

-Está aquí.- Me dice mientras toma la bebida.

-¿Disculpa?- grito con espanto y araño mis uñas para controlarme.

-Es lo que decía en la pared con la sangre del último guardia. Justamente ayer por la tarde. –


Había pasado gran parte de la mañana platicando con Kristin, parecía ser una buena persona y era fácil hacer platica con ella. Sobre todo porque no tenía que estar escuchando el típico acento francés y adoraba sus raras ideas de como la tierra podría haber sido creada por alienígenas del centro de la tierra.

El sol está en la punta del cielo y me he cambiado decentemente. Kristin me había advertido sobre la seguridad extrema del lugar, por lo que me debía de mover con cuidado si no quería ser vetada.

Y aunque los sucesos me hicieran sentir peor de lo que estaba a punto de hacer, de alguna u otra forma debía de descubrir mi pasado y la verdad de la que mi padre me había estado ocultando.

-Está aquí…- Repito en voz baja mientras guardo mis documentos.

Venez à moi.

La voz interna suena en varias ocasiones. La voz que mi padre me había hecho olvidar. Esa voz había regresado… La voz que una vez me acecho en la oscuridad.

Cada vez más cerca que lejano esta, que amor más cercano nunca has tenido. ¿No recuerdas su voz en la oscuridad? Esa voz que de calidez te inundaba y dormir te hacía. Esa voz que de anestesia a tu dolor servía.

Nota: Gracias a los review que me han dejado. A Triana C. A mí me encanta el Logyn, pero la historia de Christine y Erik siempre me ha seguido por culpa de Charles Dance.

Y Bueno, no soy una escritora ni tengo la mejor ortografía, pero trato de hacer lo mejor para compartir mis historias. Cuídense mucho.