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Aunque la tibia noche de fin de verano envolvía el reino, el décimo tercer príncipe la sentía hirviente como el infierno.
Estaba sentado en su celda, en la parte más profunda del palacio, inmerso en una oscuridad mortuoria, abandonado sólo con su ira y sin saber cuándo volvería a ver la luz del día, o si en algún momento lo haría. -¡TRAICIÓN! – Gritó hacia la nada, como si algún espíritu verdaderamente caritativo pudiera salir de la penumbra y acertar un golpe letal como castigo.
Después de que no hubo al menos uno de sus hermanos que le tendiera la mano de regreso a su país, y al contrario se deshicieron de él como el peor de los criminales, se había hecho a la idea de lo que le esperaría de vuelta en Arendelle bajo el juicio de la Reina de Hielo. Durante los días que había pasado atado en el barco no había hecho otra cosa que repetir en su mente sus acciones durante el Invierno eterno, todo era perfecto, su plan en teoría no había presentado falla, había aprovechado todas las circunstancias y las había usado en su favor, no tenía duda. Pero quien lo había arruinado todo era la Princesa Anna, con aquella obstinación y confianza tan ridícula, con ese amor ciego. Esa mujer había resultado impredeciblemente peligrosa y ahora lo llevaba a la muerte.
El Príncipe ignorado, maldito con la muerte de su madre en el nacimiento, carente de heredad, acusado de traición, desechado por sus hermanos, juzgado por una mujer. Desde su retorcido punto de vista la muerte en algún momento se asomó como un aliado. En el transcurso del viaje cesó de comer la porquería que le servían y dejó de pensar, trató de poner la mente en blanco e ignorar lo que ocurría a su alrededor. Esperaría por la sentencia que pondría fin a una vida que tal vez nunca debió ocurrir.
Al llegar a su destino no quiso siquiera mirar los alrededores pues nada de eso sería suyo. Ni en las Islas del Sur, ni en Arendelle, ni en alguno de los reinos de sus hermanos había espacio para él. Hubo esperado pacientemente en una celda hasta el momento del juicio, que ocurrió muy pronto para su beneplácito. Entonces fue conducido con la cabeza baja por los corredores del castillo hasta el Gran Salón. "Un lugar para mí." Pensó con ironía.
Pudo notar la poca concurrencia en el lugar. Escuchaba a la Reina conducirse con mucha seguridad y tranquilidad pero realmente no estaba poniendo atención a sus palabras. Ya había anticipado todo lo que se expondría ahí y fue ocurriendo tal cual lo había pensado dentro del barco.
Sólo faltaba la confirmación de Anna y todo ese espectáculo terminaría.
La mayoría de los presentes en el juicio habían sido testigos de la amenaza contra la vida de la Monarca y la mentira acerca de la muerte de la Princesa. Aportaron rápida y concretamente el correspondiente testimonio.
Anna permanecía en una habitación contigua al Gran Salón por órdenes de su hermana. Elsa había visto varias veces encenderse la ira de la menor cuando se mencionaba al Príncipe traidor e inclusive, a veces, derramar una lágrima. Para que todo fuera más ágil y evitar al máximo los sentimentalismos, se requeriría solamente su presencia en el momento en que debiera rendir el testimonio protocolario. Mientras tanto, se hacía compañía de Olaf y Kirstoff, quien sujetaba fuertemente su pequeña mano en todo momento para darle valor.
Un secretario abrió sigilosamente la puerta y le indicó a la Princesa que era su turno. Anna se levantó un poco nerviosa del asiento que estaba ocupando y aún sujetando la mano de Kristoff volteó a verlo. La mirada tierna y transparente del montañés estaba puesta en ella para darle la seguridad que necesitaba. –Todo va a estar bien.
Se separaron suavemente y la chica de trenzas se dirigió hacia la puerta por donde había aparecido el ayudante.
En forma de susurro pero con un sonido bastante fuerte, el joven rubio trató de llamar la atención.- ¡Anna!- Ella le dirigió una última mirada antes de entrar y se encontró con la tímida sonrisa sincera que tanto disfrutaba, haciendo cambiar su expresión seria por una más relajada. Él continuó con esa voz rasposa y divertida.-¡Te amo!
