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Anna pasó hasta el estrado indicado y tomó su lugar. Su hermana le dirigía una mirada preocupada pero ella correspondió con una diminuta sonrisa para asegurarle que todo estaba bajo control.

Desde la llegada del Príncipe hacía unos días y la programación del juicio, la menor de las hermanas había estado muy inquieta. Sabía que tendría que declarar lo sucedido y había pasado incontables horas tratando de hacer memoria de cada palabra falsa e hipócrita que había vertido el hombre en su contra y con propósito de dañar a Elsa para adueñarse del Reino. Elsa y Kristoff habían llegado a pensar que en cuanto lo tuviera de frente no iba a poder evitar propinarle otro golpe como había ocurrido hacía unos meses.

Le pidieron a la princesa que expresara su testimonio. Anna cerró los ojos y respiró profundamente para mantener la calma. En ese momento apareció en su mente la sonrisa de Kristoff diciéndole que la amaba, las incontables tardes que había pasado platicando con su hermana después de tantos años de silencio, las carcajadas que le regalaban Olaf y Sven todos los días, los amigos excéntricos que había encontrado en la familia Troll, el pueblo alegre visitando el palacio y loando a la Reina… las puertas abiertas que significaban que todo había cambiado.

Abrió los ojos y se apresuró a buscar con la mirada aquella cara familiar entre los presentes. Casi no lo reconoció, el Príncipe derrotado mostraba un aspecto terrible. Sorpresivamente Anna se puso en pie. –Yo…- Estaba un poco titubeante. Miró a Elsa, luego hacia la puerta por donde había llegado. –Quiero… -Vio al acusado, de nuevo a Elsa. Todos los ojos estaban puestos en ella.- Yo… lo… lo perdono… – Trató de reunir toda la autoridad posible. – ¡Hans, te perdono! Esa es mi decisión.

Ante la mirada atónita de todos, la Princesa hizo una leve reverencia, bajó del estrado y desapareció del salón.