Un gato llamado Eriol.

Las personas a las que no les gustan los gatos, seguramente en otra vida fueron ratones.

Anónimo.

Era un sábado al mediodía, un sábado no muy diferente a cualquier otro. Los rayos del sol primaveral se escurrían traviesos por los amplios ventanales de la sala, y a lo lejos, las canticos de algunas aves se dejaban escuchar, dándole al ambiente un calor acogedor que solo los días de primavera saben propinar.

Desde que ciertos niños fueran invitados a tomar el té por el dueño de la casa, hacia ya cinco años, nada había cambiado ni un ápice, desde los imponentes candelabros que pendían de cada una de las habitaciones, hasta el añejo empapelado que tan solo hacía de la mansión un lugar muy antiguo a la vista. Y es que la casona de hecho ya era antigua, el mobiliario y decorado únicamente le daban el toque final a esa vieja escena.

Esa mañana de sábado un chico de algunos diecisiete años se encontraba en su lugar favorito de la mansión, la sala que albergaba a su preciado y antiquísimo piano negro de cola. Sentado plácidamente en el banquito, disfrutaba de aquella embriagante sensación de deslizar sus delgados dedos por cada una de las blancas teclas, entonando una hermosa melodía desconocida, mientras permitía que sus pensamientos vagabundearan en asuntos sin importancia.

Desde el decisivo encuentro con la nueva dueña de las cartas, Sakura Kinomoto, la reencarnación del mago Clow había decidido regresar a su natal Inglaterra para no volver una vez más a Japón, pero por curiosidades del destino, ahora se le podía ver allí, sentado al piano como cada sábado por la mañana y cursando la escuela preparatoria, conviviendo con aquellos que alguna vez lo llamaron "enemigo".

Como con los demás, los años no habían pasado en vano para Eriol Hiragizawa. Aunque su cabello negro azulado, sus ojos profundos y azules y aquellos finos anteojos continuaban siendo los mismos, las infantiles facciones redondeadas que alguna vez tuviera pasaron a convertirse en afiladas y firmes líneas, ahora era también acreedor de una alta estatura y su voz poseía un timbre ligeramente más grave. Quizá, lo único que realmente no había sufrido los estragos del tiempo y se mantenía intacto, aunque oculto, era aquella singular personalidad suya, divertida y burlesca, y a la vez con el toque justo de misterio para llevar a cabo sus "pequeñas travesuras", como le encantaba llamar a esos ratos malos que hacía pasar a los que eran sus amigos.

Una nota aguda marco el fin de la melodía y Eriol suspiro satisfecho, para después escuchar sin sorpresa la forma en que era aplaudido.

Sonrió en agradecimiento y observo a las otras dos personas que ocupaban la sala. Ese sábado al mediodía no sería exactamente identico a los anteriores.

—Sigues tocando igual de maravilloso que siempre —dijo una mujer de cabello pelirrojo con esa elegante sonrisa acostumbrada.

—Desde luego, Eriol se la pasa practicando por horas —Nakuru, la tercera en aquella habitación, asintió con orgullo—. Aun no entiendo cómo es que se niega a participar en un recital.

—Nakuru, para mi tocar el piano no es otra cosa aparte de un pasatiempo —le recordó Eriol con poco entusiasmo, luego, componiendo una sonrisa, se dirigió a su verdadera invitada—: Me alegra que estés aquí. Bienvenida de nuevo Kaho.

—Gracias a ti por llamarme, ha pasado tiempo desde la última vez.

Kaho Mizuki se había convertido en un gran apoyo desde que él tuviera doce años, no solo le había ayudado en su cometido con Sakura, sino que además había guardado a la perfección su secreto y el de sus nuevos Guardianes. ¿Cómo decirlo? Para Eriol, Kaho era "su persona más querida", y él estaba seguro que lo seguiría siendo.

Segundos más tarde Nakuru observo con cautela las sonrisas cómplices que ambos se dirigían, tenían el aspecto de dos enamorados que se decían infinidad de palabras con una única mirada. Incomoda por la situación, balbuceo un par de cosas ininteligibles y salió como bólido de aquella habitación.

Pese a que Nakuru Akizuki estaba consciente de quién había sido Eriol en un pasado y sabía que el alma de su creador era tan vieja que difícilmente podría considerársele un adolescente, la idea de que él tuviera un "algo mas" con aquella mujer simplemente no terminaba de gustarle. Por supuesto, la señorita Mizuki era un encanto, pero ella esperaba con vehemencia que algún día Eriol dejara aquel capricho catorce años mayor y pudiera encontrar en una chica de su edad la dulce fascinación que regalaba la juventud.

—Realmente… extrañaba estar en Japón —murmuro Kaho acercándose lentamente hacia uno de los ventanales, la nostalgia perlando sus ojos—. El tiempo no ha transcurrido para el paisaje, pero si para nosotros ¿eh?

—Es inevitable —Eriol se coloco a un lado de la esbelta mujer, viendo igualmente hacia el exterior, pero él viendo hacia la nada—. Espero no haberte molestado, ¿trajiste lo que te pedí?

—Para nada, aquí esta —Kaho Mizuki señalo la bolsa oscura que llevaba y entonces lo miro con aprensión—. No lo entiendo, ¿por qué haces esto Eriol?

El aludido le sonrió tiernamente.

— ¿Sabes? Los años se han vuelto… aburridos. Lo único que quiero es un poco de diversión.

— ¿A costa de Tomoyo Daidouji?

—Siempre me pareció una persona interesante y centrada, te aseguro que le será una experiencia grata.

Aun con el desacuerdo maquillándole el rostro, Kaho asintió.

—Después de esto… ¿volverás conmigo a Inglaterra como prometiste? —pregunto dudosa. Eriol acomodo sus anteojos en un acto inconsciente, haciéndolo parecer mucho mayor de lo que en realidad era.

—Cuenta con ello, Kaho.

La conversación vio el punto final cuando su acompañante le regalo un pequeño beso en la comisura de los labios, deshizo sus pasos y antes de encaminarse al umbral de la puerta se detuvo a un lado del piano. De aquella bolsa oscura de mano extrajo un pequeño frasco estilizado color lila y lo coloco con cuidado sobre el instrumento lustrado. Kaho dejo salir una risita que conmovió al ingles.

—Suerte en tu juego Eriol, no hagas muchas travesuras ¿quieres? —El sonido de los tacones femeninos resonaba al tiempo que llegaba al marco de la puerta—. Yuuko te manda saludos y dice que con esto le debes un favor.

Un ligero aire se escurrió desde algún lugar perdido de la mansión, llevándose la figura de la señorita Mizuki y dejándole a él un halo de fragancia de mujer con olor a vainilla.

Eriol contemplo atentamente el frasco que posaba altanero encima del piano rustico… ¿En que estaba pensando? Era cierto que ya las cosas no tenían mucho sentido para él, con los recuerdos de Clow delicadamente acomodados en una vitrina mental, siempre presente, en realidad estaba viviendo las mismas situaciones por segunda ocasión, lo que las había convertido en aburridas y monótonas. Una segunda adolescencia para muchos sería un regalo, para él se volvía indignante.

Era cierto también que quería divertirse, no hubiera convencido a Kaho de visitar a su antigua amiga Yuuko y viajar hasta Japón si no fuera así, pero… hasta para él las cosas eran bastante repentinas, ¡la idea le había cruzado la mente apenas un día antes! En el minuto en que Daidouji diera su negación, ya un plan perverso se maquilaba en su cabeza. ¡Que va! Era demasiado modesto, si Eriol debía ser completamente sincero, tendría que admitir que venía ideando unas cuantas circunstancias para entretenerse a costa de sus amigos desde tiempo atrás, pero ciertamente sus intensiones se encontraban dirigidas a cierto par de castaños atolondrados y no a una chica de ojos amatista. Al parecer, Tomoyo Daidouji tan solo había estado en el lugar equivocado, a la hora equivocada y… bueno, con la persona equivocada.

No existen las coincidencias en este mundo, sólo lo inevitable —murmuro Eriol reflexivo y al rato dejo la sala de piano con una sonrisa tranquila y un frasco color lila en las manos. Estaba dispuesto a comenzar su juego esa noche.

Así, horas después, al tiempo en que Hiragizawa se despedía de unos muy confundidos Nakuru y Spinel y abandonaba la mansión, en el centro de la ciudad de Tomoeda una muchacha realizaba exactamente la misma acción con aquel dependiente de la tienda de textiles, quien desconcertado en demasía, se preguntaba qué diablos haría una niña con todas esas toneladas de tela que había comprado minutos antes.

—Veamos… cachemira, gabardina, satín, seda y terciopelo… —decía Tomoyo mientras caminaba por la banqueta y repetía aquellas telas que debió haber adquirido—. Están todas. ¡Sakura se verá divina en un vestido de seda!

Y había cosas que nunca cambiaban. Si bien Tomoyo dejo de pasarse la vida filmando cualquier simple momento de su amiga, no acababa de deshacerse de su gusto por la confección de ropa. Afortunadamente no diseñaba más vestuarios extravagantes y eso era algo que Sakura agradecía profundamente.

La chica de cabello azabache recorría las tiendas emocionada por la infinidad de artículos que se hallaban a la venta y por los otros tantos que el sequito de guardaespaldas detrás de ella cargaban con mucho gusto. Para Tomoyo ir de compras siempre se convertía en un deleite personal.

El reloj de su teléfono móvil marcaba las cuatro y cincuenta de la tarde cuando, exhausta de todo el recorrido, alcanzo a tomar asiento en una de las mesas de esa nueva cafetería que habían inaugurado hacía apenas un mes. A simple vista, el ambiente que despedía el lugar era cómodo, las paredes detrás de la barra y del aparador de pasteles eran de un color cálido, en contraste al lugar de las mesas, donde las paredes teñidas de tonalidades azules y verdes daban una tranquilidad innata. Pequeñas esferas colgantes dotaban al local de la iluminación necesaria y las mesas y sillas bajas tan solo acababan por darle el último toque informal a la cafetería.

Una de las tres meseras que deambulaban en busca de clientes a los que atender, se dirigió con amabilidad a Tomoyo, ofreciéndole el menú y aguardando su pedido.

La chica de cabello rizado y rubio rondaría los veinte años, ataviada con el uniforme del trabajo lucía como una pequeña muñequita, no obstante, aquello que indudablemente llamo la atención de Tomoyo fue esa peculiar sonrisa que dejaba a la vista una serie de blanquecinos dientes. Ella parecía intensamente feliz y Tomoyo se pregunto cuando había sido la última vez que ella misma sonriera de esa forma. Desde hace años, tal vez, pensó y una sensación de amargura llego escurridiza a su estado de ánimo, mientras encargaba a la muchacha un café frio y empanadas rellenas de piña.

Tomoyo medito un momento y llego a la conclusión de que las cosas habían cambiado. Recordó a Sakura, a Chiharu, a Rika y a Naoko. Con las últimas tres mantenía una comunicación casual, en especial con Rika, que compartía la misma preparatoria pero un aula diferente. No obstante… con Sakura… no podía negar que se habían distanciado demasiado desde que la castaña iniciara su relación con Li, y aunque a Tomoyo la embargaba la alegría cada vez que presenciaba lo feliz que era su amiga con el chino, no podía evitar extrañar a la Sakurita con la que en algún tiempo compartió temporadas maravillosas.

Disfruto de su tentempié como quien disfruta de la mejor peripecia de la vida, entre sonrisas dulces hacia sus guardaespaldas, que sentadas en los banquillos de la barra se embelesaban con los diversos postres que saboreaban, entre su vestido de primavera azul y sus cabellos negros atados en una coleta alta, entre la agridulce idea de que realmente no era tan feliz como creía Tomoyo guardo una lagrima para después, para la ocasión en que tuviera una buena excusa para derramarla.

Al final, salieron rumbo a casa justo una hora después. El ocaso amenazaba con hacerse presente cuando la joven de ojos amatista cruzo la gran puerta de roble de la mansión y sus doncellas la recibieron con una sonrisa.

—Bienvenida señorita —dijeron cinco mujeres al unísono haciendo una formal reverencia.

Tomoyo les correspondió el saludo y sin mucho ánimo fue directo a su habitación. Tal vez si el cansancio no se volvía dueño de su cuerpo conseguiría mantenerse despierta y recibir a su madre. Sonomi regresaba de la empresa de juguetes hasta altas horas de la noche.

Entro a su recamara y el silencio y la penumbra fueron los únicos que la esperaban en ese lugar. Acostumbrada a sus dos queridos acompañantes irrumpió en la habitación aun a oscuras y se dirigió al armario, dispuesta a cambiar el femenino vestido por un pijama que le diera la comodidad que necesitaba después de una ajetreada tarde de compras.

Decidida iba a su objetivo cuando un descomunal ruido le hizo pegar un brinco. Asustada, Tomoyo giro en redondo y observo con atención todo el cuarto, buscando en vano la fuente de semejante sonido ronco. Podía sentir con claridad cada uno de los latidos de su corazón, era como si de pronto estos se hubieran vuelto pesados y atronadores, las manos le temblaban y parecía que la penumbra era más oscura que antes, palpable y espesa frente a sus ojos cubiertos de miedo.

Aquel ruido similar al de una bestia mortal llego de nuevo a sus oídos y ella tembló, su piel se erizo al percatarse que el motivo de que su pulso se acelerara cual estampida provenía de la cama. Allí noto un bulto de gran tamaño cubierto por las cobijas.

Un paso, dos, tres pasos dio, y a cada andar Tomoyo conseguía sentir una opresión más intensa en el pecho. Ya frente a la cama extendió un poco la mano derecha con la clara intención de desvelar la identidad de lo que fuera que estuviera allí.

El ruido de su corazón atormentándole los tímpanos, la respiración profunda, el temblor de su mano y la firme convicción de que moriría, sino por la cosa que estuviera ocupando la cama, si por un ataque cardiaco.

Corrió las mantas y observo… observo…

Observo la gran montaña de cojines que había apilado en la mañana justo antes de salir.

A Tomoyo casi le daba aquel ataque al corazón que acabaría con su vida de no ser por la silueta que distinguió en el piso de madera, al otro costado de la cama.

Con cautela trepo al mullido colchón y desde allí, como si se tratara de un fuerte que la protegiera de todo mal asomo la cabeza.

Y entonces Tomoyo no pudo evitar soltar un gritito de sorpresa al notar lo que era en realidad aquella silueta.

¡Pero si era el mismísimo Eriol Hiragizawa durmiendo en el piso de su habitación, y aquello que momentos antes la espantara no era otra cosa que sus ronquidos!

Rauda, Tomoyo encendió la lámpara que descansaba en la mesita de noche y tal acción fue suficiente para que el muchacho abriera los ojos y la observara, desconfiado.

— ¿H-Hiragizawa? —pregunto la pelinegra cuidadosamente a un Eriol que tomaba asiento aun en el piso.

El chico continúo observándola y se volvió cuestión de segundos para que su semblante cambiara y una sonrisa le adornara el rostro.

— ¡Te estuve esperando Tomoyo-san! —dijo Eriol— ¡Bienvenida!

Y ella abrió sus ojos cual platos, no por el mote con que la había llamado, sino porque al prestar más atención, Tomoyo pudo ver aquello que estaba en la cabeza del ingles.

Puntiagudas y de un negro azulado eran esas orejas, y la cola que se movía de un lado a otro detrás del chico en efecto le daban el aspecto de…

Oh, no puede ser… pensó Tomoyo asustada otra vez.

¡Esas orejas y esa cola le daban a Eriol el aspecto de un gato!


Notas de la autora: Bueno, primero que nada, muchas gracias a todas las personas que han comentado y han leido el fic! en verdad me animaron bastante :'D y ya paso a responder los reviews :)

Una disculpa por el ligero Eriol/Kaho del principio pero ya que el fic no es completamente un UA no quise pasar por alto como terminaron esos dos en el manga, aunque no me gusta para nada la pareja, era necesaria.

Hasta aquí llego, un abrazo para todos, me encantaría saber sus opiniones sobre la historia :D Hasta la proxima actualización!