Cuando ríes.

"La risa no es un mal comienzo para la amistad. Y está lejos de ser un mal final."

Oscar Wilde.

Agitaron su mano por última vez en una despedida silenciosa y comenzaron a caminar de regreso a casa. A sus espaldas alcanzaron a escuchar lloriqueos escandalosos.

—Deberías quedarte —dijo Tomoyo al ver de soslayo la figura de Nakuru tirarse al piso, lamentando la nueva partida de su creador. La amatista compuso una sonrisa de pena y una gota apareció en su cabeza.

—Ella solo esta dramatizando —contesto Eriol con la vista fija en el frente. Desde hacía rato que la sonrisa juguetona había desaparecido y en su lugar empezaba a presentarse un rictus de seriedad.

El ocaso empezaba a presentarse cuando ambos chicos dejaron atrás la mansión del ingles, andando en silencio, perdidos en sus propios pensamientos nebulosos.

Al final de una agitada tarde, ni Sakura consiguió hacer un solo pastel, ni Tomoyo logro cobrarle factura a su compañero. Muy por el contrario, las dos muchachas habían pasado el día tratando de controlar las interminables discusiones entre Touya y Shaoran, la efusividad de Nakuru para con el hermano mayor de la castaña, las peleas de Kero y de un Spinel ebrio de dulces (que nadie sabía donde los había sacado) y la curiosidad de Eriol, que de un momento a otro, había comenzado a comportarse igual que un pequeño niño, sorprendiendo a todos en esa casa de locos.

Tomoyo observo sus pies, repentinamente incomoda, ¿Qué pasaba con esa atmosfera? Hiragizawa no era precisamente un chico callado, no al menos en el último tiempo, y el hecho de que en esos momentos no formulara palabra la ponía nerviosa. ¿Sería buena idea hablar?

Iban caminando por el parque pingüino en ese mismo silencio del principio, cuando Tomoyo vio algo que quizá relajaría el ambiente tenso que sin darse cuenta se venía formando.

— ¿Quieres uno? —pregunto señalando al carrito de helados que estaba algunos metros delante de ellos.

Eriol se encogió de hombros, indiferente, pero aun así camino a paso lento hacia el carrito.

— ¿Fresa, chocolate o vainilla, bella señorita? —pregunto el dueño del carrito de helados cuando se acercaron a él. Era un hombre de unos 50 años, con un prominente bigote negro, una barriga inmensa y una sonrisa afable.

—Vainilla, por favor —respondió la chica, haciendo ademan de reír.

— ¿Y usted joven?

—Fresa —fue la única contestación del chico de ojos zafiro.

El hombre se apresuro a colocar dos inmensas bolas de helado en cada cono, y después de una pequeña discusión sobre quien pagaba (en donde la victoriosa fue Tomoyo), ambos compañeros terminaron sentados en un propio columpio, viendo sin ver en realidad, como el hombre de los helados se marchaba del parque, tarareando una melodía que no conocían.

—Siempre me gusto este lugar —dijo Tomoyo con una sonrisa nerviosa, ¿Por qué trataba de entablar conversación con él? Hasta hace unas horas, cuando aun se encontraban en casa de Sakura, incluso había deseado que el chico desapareciera de su vista, pese a que había sido ella misma quien lo llevara a rastras al hogar de la esmeralda.

Apretó los labios molesta. Ahora ni ella misma se entendía.

—Contéstame una pregunta Daidouji —escucho la voz grave de Eriol repentinamente y Tomoyo le prestó toda su atención pese a que el muchacho no quitaba la vista del horizonte—. ¿Qué es lo que ha pasado contigo?

Un silencio aun más inquietante que el anterior reino por instantes, hasta que el pelinegro se atrevió a observar a su interlocutora.

El rostro de ella poseía una expresión de incredulidad, confusión y asombro, todo a la vez, y el mismo Hiragizawa se vio sorprendido al descubrir ese despiste en Tomoyo. Lo creería en la pequeña Sakura, la chica era una distraída después de todo. Pero no en la observadora Daidouji, qué curioso resultaba darse cuenta que ella no había entendido para nada la pregunta.

Eriol intento un amago de sonrisa, pero lo único que consiguió fue una grotesca mueca y pronto dejo de intentarlo, ¿para qué negarlo? En su pecho se albergaba una sensación de molestia y rencor, pequeñita, pero la incomodidad que le causaba era parecida a una de esas astillas que en ocasiones se enterraban en lo más profundo de la carne.

—Lo que quiero decir es… ¿Qué sucedió con la antigua Tomoyo Daidouji? —Volvió a preguntar, esta vez dirigiéndole una intensa mirada—. Esa que tenía una sonrisa comprensiva para sus amigos y que no esperaba un segundo para filmar cualquier cosa que se le pusiera en frente, especialmente si se trataba de Sakura. ¿Qué paso contigo Daidouji? Ya no eres la misma niña amable y sonriente de antes.

Ella parpadeo una, dos veces, asimilando eso que había escuchado y no esperaba.

— ¿De qué hablas Hiragizawa? Sigo siendo la misma de siempre —espeto la chica nerviosamente sin comprender a que venía esa extraña pregunta y esa peculiar mirada en aquellos ojos.

Eriol tan solo negó con la cabeza y fue hasta entonces en que logro dibujar una mínima sombra de sonrisa. Se trataba de un gesto apenado y anhelante.

Si bien él y Tomoyo nunca habían sido los mejores amigos, el joven pelinegro siempre había sentido esa pequeña conexión con la muchacha, ese sentimiento cómplice de saber algo que los demás no, y era algo que solía serle de buen agrado. Eriol había admirado por años la sonrisa honesta y a veces algo maliciosa que ella dejaba entrever y su carácter pacífico que la hacía lucir como un ser imperturbable. Pero en algún momento que él no conseguía recordar todo aquello que le fascinaba de Tomoyo Daidouji había desaparecido, se lo había llevado una ola de espesa melancolía en una tempestuosa noche.

Primero se esfumo esa inhumana capacidad de observación, no del todo por supuesto, pero la amatista simplemente no dejaba de caer en los pozos de la distracción una y otra vez. Luego había mermado su sonrisa, ya no era tan sincera y clara como antes, sino mas bien irónica e incluso forzada. Y su carácter… bueno, Eriol mas que nadie había comprobado en esos días que el carácter de la nívea no tenía ni una pizca de pacifico, ya no.

Y entonces largo un gran suspiro, ¿A quien quería engañar? Si la razón de sus rápidas reflexiones sobre ella era precisamente por eso, su carácter tajante para con él desde que comenzaran a convivir un poco más.

—Te has vuelto una mujer amargada, Tomoyo —declaro Eriol de pronto y la chica casi cae del columpio.

— ¿Qué que me he vuelto qué? —dijo ella palabra por palabra mientras una venita de molestia se le iba formando en la sien.

—Una mujer amargada —volvió a decir como si nada. El semblante del chico era solemne, y si no estuvieran hablando de ella, Tomoyo se hubiera reído—. Ya no sonríes como antes, ya no eres tan amable como antes y te puedo asegurar que llevas largo rato sin divertirte.

—Te equivocas Hiragizawa, mis modales siguen intactos y mis ratos de diversión son muchos —la sonrisa petulante de Tomoyo no cuadraba ni un poco con sus pensamientos. Solo ella sabía que aquellos momentos de ocio y de disfrute se habían desvanecido hacía un buen tiempo.

—Pues es una lástima que yo no pueda conocer esos "modales" que seguro has de tener Daidouji.

No supo cómo reaccionar ante eso. Si bien las palabras de Eriol iban cargadas de una cruel ironía y burla, había algo en sus ojos azules y en la expresión de su rostro que le indicaban sentimientos contrarios, algo como melancolía y una pizca de resentimiento.

—Tan solo quería conocerte un poco más, quizá tener una verdadera relación amistosa —comento Eriol, fijando una vez más la vista al frente—. Pero… bueno, no se puede hacer nada en contra de quien no quiere ser conocido.

Tomoyo quedo sin habla, ¿Qué decir? Y es que hasta apenas notaba el hecho de su pésimo comportamiento, que aunque no lo pareciera, no había empezado gracias al trato que había entablado con Hiragizawa, sino que en realidad el chico había sido solo la gota que derramara un vaso que venía guardando fastidios y pesares por años.

Acomodo un mechón travieso de su oscuro cabello largo y se aventuro a perder la mirada en un punto en el piso.

Había sido tan fácil desquitar su hastío con él, recriminarle ¡y hasta lanzarle cosas! Esa no era ella. ¿Dónde había dejado a la dulce Tomoyo de hace un par de años?

Por su lado, Eriol no había podido reprimir esa fastidiosa astillita en el pecho y acabo dándola a relucir. Estaba molesto y herido con ella. Se suponía que el acuerdo, junto esas orejas y cola de felino, traerían ratos de diversión y desaburrimiento, no problemas y chichones en la cabeza, se suponía que terminaría siendo un gran amigo de Tomoyo y no un chico al que ella viera como un problema en su vida. Se suponía esto, se suponía el otro.

¡Se suponía que la poción tan solo le daría dos orejas y una cola de gato! No la curiosidad de los animalillos, ni su pereza ni su interminable hambruna. Porque aunque intentara pasar por alto esos pequeños detalles, Eriol comenzaba a percatarse de aquellos cambios. Bastaba con mencionar la curiosidad y desconfianza que había sentido en cuanto pusiera un pie en casa de Sakura; no podía negar que había tenido una inmensa necesidad de explorar el lugar, de tocar y de oler.

Irremediablemente tendría que hablar con Yuuko Ichihara, esa mujer le debía explicaciones.

Tan sumido estaba en sus cavilaciones que apenas si tuvo tiempo de distinguir la pelotita que, coqueta y presumida, se le presentaba justo en frente de los ojos, invitándolo a estrecharla entre sus manos, a morderla, a jugar con ella.

Y el joven Eriol Hiragizawa cayó hipnotizado ante el esplendor de aquel juguete que oscilaba de un lado a otro como un péndulo y que hacía que su cabeza oscilara con ella. ¡Qué maravilla!

Tomoyo soporto la carcajada lo mejor que pudo y siguió sosteniendo el objeto que había encontrado en su bolsa de mano. ¿Quién lo diría? Hiragizawa estaba perdido ante aquella pequeña pelotita que colgaba de un hilo y que a la vez era sostenido por su mano derecha.

Había notado ese brillo juguetón en los ojos del ingles apenas la pelota entrara en su campo de visión y ahora simplemente no cabía en su asombro. ¿Sería posible que…?

Movido por un impulso desconocido, Eriol encorvo un poco la espalda, como si estuviera agazapado, como si estuviera cazando, y sin quitar en ningún momento la mirada de la pelota se lanzo contra ella en una acción involuntaria, saciado por un solo pensamiento: "Debe ser mía".

Presa del susto repentino, Tomoyo se levanto del columpio en un parpadear, mandando por los aires aquel helado que no había probado y que llevaba medio derretir y llevando consigo la pequeña pelotita que el pelinegro perseguía como poseso.

Ninguno de los dos sabía exactamente qué sucedía, pero pronto se vieron corriendo alrededor de todo el parque pingüino, ella huyendo de algo que no estaba segura, él persiguiendo la pelota y… también a la chica.

Transcurrieron algunos minutos antes de que uno diera por terminada la carrera, siendo esta vez Eriol el vencedor, quien con una sonrisa de autosuficiencia observaba a una jadeante Tomoyo, que agachada, sostenía con fuerza sus rodillas, casi como si suplicara por un poco de oxigeno.

— ¿No… estas… cansado? —el tono entrecortado de la joven Daidouji preocupo por una fracción de segundo al ingles, pero la sonrisa trémula que apareció después en sus labios acabo por tranquilizarlo.

—Para nada —contesto con el ánimo bastante alegre, ¿Qué podía decir? Aunque su corazón latiera desbocado él no sentía ni un poco de agotamiento. Algo extraño si le preguntaban, considerando que pese a que tenía condición física, no era tanta como para soportar el maratón de hacía minutos.

Eriol desvió la vista de la chica que era su acompañante y la fijo en un lugar en el suelo. Mas allá de sus pies, quieta y tentadora, se encontraba la pelotita, atrayéndolo, atrayéndolo en sobremanera.

Un nuevo brillo travieso se hizo presente en un par de ojos, Tomoyo se irguió en toda su estatura y de inmediato una rápida ráfaga de viento le golpeo la cara con fuerza. Para cuando se dio cuenta, sus cabellos ya ondeaban lejos de su espalda y Hiragizawa había desaparecido del lugar donde estaba.

Si hubiera en esos instantes alguien que conociera al chico ingles seguramente abriría sus ojos como platos y la mandíbula le caería hasta el piso, sorprendido de ver a aquel muchacho fino y elegante en tal situación. Si hubiera alguien que no conociera a Hiragizawa, lo tacharía de loco, infantil y ridículo, por verlo de igual forma, en dicho momento.

Pero para Tomoyo, que tanto conocía como no a ese joven de cabello negro y ojos zafiro, las cosas se le presentaban bastante diferentes. Abrió sus orbes amatista como platos y tacho a Eriol de loco, pero hubo algo más, algo que seguramente no le pasaría a nadie que estuviera en uno de los dos extremos. Y es que luego del típico asombro y el prejuicio inicial, Tomoyo sonrió de oreja a oreja, era una sonrisa divertida y pura, y esa sonrisa se convirtió rápidamente en risa, en una carcajada estruendosa al ver como la reencarnación del poderoso mago Clow se revolcaba una y otra vez en el suelo terroso del parque pingüino, con un sonrojo increíble, jugando y frunciéndole el seño a la inofensiva pelotita que se movía de un lado a otro debido a los fuertes manotazos que le proporcionaba.

Eriol se sentía en la gloria, se sentía victorioso ante ese artefacto redondo, y mientras agitaba su cola café con amenaza fue que escucho esa risotada. Si bien era algo brusca, no dejaba de ser un gesto rítmico lleno de regocijo. Y detuvo su jugueteo y la observo.

Llena de vida, de alegría, así se veía Tomoyo en esos momentos, con su melena agitándose al compas de la melodiosa risa y con una lagrimilla escapándole de uno de sus ojos cerrados.

La miro un poco más y no pudo evitar el cosquilleo que le recorrió el pecho, ya no era esa astilla de rencor de momentos antes, ahora era una sensación más agradable, más reconfortante. A Eriol le molesto el hecho de no comprender de qué se trataba.

Cuando Tomoyo al fin consiguió calmarse enjugo sus ojos con cuidado y se percato que Hiragizawa alzaba su cuerpo del suelo, tratando de recuperar un poco de la elegancia con la que había sido educado. Lástima que su camisa y su pantalón cubiertos de tierra y hojas no ayudaran en mucho.

—Creo que es hora de irnos —dijo Tomoyo sin borrar la sonrisa al tiempo en que dirigía la vista al cielo. Ya se había teñido de un azul oscuro, impenetrable, y las estrellas resplandecían con poco brillo mientras que la luna se hallaba perdida en algún lugar de aquel manto.

—Tienes razón. Por cierto, ¿tanta gracia te he causado?

La amatista le miro y negó sin decir una sola palabra, tan solo se limito a emprender el camino de vuelta a casa, ese que venían haciendo desde que el crepúsculo estaba en pleno apogeo y que hasta esas horas no habían podido terminar.

— ¡Daidouji! Contesta —rezongo Eriol siguiéndole los pasos, olvidando completamente el cono de helado que al igual que la chica, había tirado al suelo en su arrebato contra la pelotita.

Y así anduvieron los dos durante el resto del recorrido, el níveo pidiendo insistentemente una respuesta y la pelinegra negando una y otra vez, sin cansarse y sin dejar de sonreír.

El día no había sido tan malo a final de cuentas.

/

Rodo los ojos y maldijo su mala costumbre de cantar victoria antes de tiempo. ¿Cuántas veces le había dicho su madre que dejara de hacerlo? Muchas, por lo poco que conseguía recordar, y ahora se daba cuenta de la infinita razón que había tenido Sonomi Daidouji.

Tomoyo pensó en su madre y en la suerte que habían tenido en no encontrarla vagando por la planta baja de la mansión o por los pasillos una vez que llegaron a casa. Pero en esos instantes el que su madre la viera con el gato Hiragizawa era lo de menos, ella tenía un problema aun mayor, como por ejemplo ¿Cómo sacar a un gato ingles de ojos soñolientos que se encontraba acostado plácidamente en su cama? Ella no planeaba dormir en ningún sillón y al parecer él tampoco, pues pese a sus quejas el pelinegro no se había dignado a mover ni un poco del colchón.

—Ven, Daidouji, la cama es grande, podemos dormir juntos —dijo Eriol en medio de un bostezo y con un tono inocente. Había perdido ya la batalla contra el sueño y era cuestión de minutos para que se entregara a los brazos de Morfeo, pero… ¡esa endemoniada luz que la amatista se negaba a apagar simplemente no le dejaba conciliar el sueño como debía ser! La chica sabía cómo aplicar terribles torturas.

—Olvídalo —murmuro Tomoyo de brazos cruzados.

— ¿Por qué no? Ambos morimos de sueño. Ven a dormir, te prometo no moverme de este lugar, seré como un tronco.

La amatista lo medito unos momentos, él tenía razón, moría de sueño y siendo sincera ya no le quedaban ganas ni fuerzas para atreverse a rodarlo y tumbarlo de la cama, aunque debía admitir que era una gran idea.

Con la cabeza gacha en signo de resignación, Tomoyo se encamino a apagar la luz y con cautela fue acercándose a la que se suponía era su cama, pero que ahora había sido invadida por un gigante chico gato.

—Muévete un poco y no amaneces Hiragizawa —susurro por lo bajo, pero no lo suficiente como para que el ojiazul no la escuchara y no le provocara un escalofrió en la espalda.

La escena era bastante bizarra, dos chicos recostados en una cama doble, boca arriba, con los brazos a los costados, rígidos, y con una separación de al menos cinco centímetros. No se tocaban, no se movían y la situación comenzaba a ponerse incomoda. Al parecer el dormir juntos no había sido la mejor idea de ninguno de los dos.

—Tomoyo…

Silencio fue su respuesta.

—Tomoyo…

Una nueva respuesta muda.

—Tomoyo…

— ¿¡Qué quieres Hiragizawa!? —la voz de la pelinegra se escucho en un grito ahogado por un susurro. Lo que menos quería en esos momentos era hacer un escándalo.

—Ya no tengo sueño —dijo Eriol con inocencia y ella quiso golpearse contra la mesita de noche—. Hablemos de algo. Cuéntame sobre ti.

—No hay nada que contar.

— ¡Vamos! Algo interesante debe de haber en tu vida. ¿Por qué no tuviste hermanos? ¿Qué hay de tus padres? ¿Te caíste muchas veces cuando eras niña? Yo lo hice y ahora tengo un montón de marcas.

Tomoyo estuvo a punto de reír con el último comentario del chico, de no ser por las primeras preguntas. Hiragizawa acababa de tocar un punto sensible. Claro, él no tenía forma de saberlo.

—Si te contesto a eso ¿dejaras de hacer preguntas y dormirás?

— ¡Prometido!

La amatista compuso una sonrisa ladeada en medio de la oscuridad. Sería rápida y clara, el sueño la estaba matando.

—Veras Hiragizawa, no tengo hermanos debido a que mi madre no volvió a contraer matrimonio ni a salir con nadie desde que… bueno, desde que mi padre la dejo sola rumbo al quinto mes de embarazo. Obviamente nunca conocí a mi padre y a mama no le gusta hablar del tema así que lo evitamos. Y si, de niña también caí mucho, pero a diferencia tuya no tengo tantas marcas.

Eriol noto la ligera nota de melancolía que plago por un momento la voz de Tomoyo y concienzudamente opto por no preguntar mas, él sabía que eso tan solo había sido un poco de lo que seguramente tenía ella para contar, pero decidió ser paciente, tenía la impresión de que algún día esa niña de ojos amatista le tendría la confianza como para decirle cosas sin que tuviera que preguntarlas.

— ¿Daidouji?

— ¿Si?

—Descansa —fue lo último que dijo esa noche, y con movimientos parsimoniosos abandono la mullida cama para instalarse en un sillón largo que estaba mas allá, cercano al armario.

—Descansa Hiragizawa —susurro Tomoyo, tratando de enfocar la figura masculina en algún lado.

Alcanzo a distinguirlo ya acostado en el mueble al otro extremo de la habitación. Le dedico una sonrisa sincera, una sonrisa que él no consiguió ver.


Notas de la autora: Estoy feliz! Aquí aun es miercoles (media hora para que termine el día) y yo consegui subir el capitulo en el día que se había acordado jeje. Espero no haberles decepcionado con el hecho de que Eriol no durmiera con Tomoyo pero... ¡no podía poner las cosas tan apresuradas! Al menos ya se vio un poco de acercamiento entre este par, tal vez no muy romantico, pero por algo se empieza.

Agradezco bastante sus reviews, como siempre :D y ahora mismo me pongo a responder aquellos que tengo un poquito atrasados. Espero que les haya gustado el capitulo, a mi en lo personal me gusto mucho :3 Saludos!