Saludos queridos lectores! Les traigo la continuación de la historia. Esta vez un capítulo especial que nos mostrará un poco más de lo que se esconde en el corazón de Sakura.
Me parece que los sentimientos de los personajes se intensifican con cada capítulo que pasa. Me encantaría conocer su opinión sobre esto, sobre qué situación se imaginan que podría ocurrir con este enredo de amor y melancolía que ahoga a ambos personajes.
Tengo algunas situaciones planeadas y sobre todo el esperado final de esta historia, pero antes me encantaría satisfacer sus deseos en ese sentido.

Por otro lado... la fiesta del hospital! creo que es un condimento un poco cliché el que metí por ahí, pero espero poder darle un enfoque diferente a esta situación que ya fue planteada en una gran cantidad de historias que leí sobre esta pareja.

En fin, espero que disfruten del capítulo, es realmente muy emotivo, y personalmente creo que uno de mis favoritos.

Sin más que agradecer a las maravillosas personas que se tomaron la molestia de dejar su comentario, me retiro.

Agradezco especialmente a : Denuss, zuki-uchia, Bregma, DULCECITO311 y , y a todos los lectores de mi historia!


28

La posibilidad de que algo como aquello sucediera no había aparecido en su cabeza hasta esa mañana.

Se había despertado sola en la habitación que ocupaba en la casa de Sasuke, la que había pertenecido en el pasado a Itachi Uchiha.

Sus compañeros habían partido temprano hacia la oficina de la Hokage para tratar asuntos importantes que ocupaban a ambos ninjas. Sakura no había protestado la noche anterior cuando Naruto se lo había informado, ni les había pedido que le contaran de qué se trataba aquel asunto, porque había aprendido a confiar en ellos.

Sin embargo, al despertar, no había podido evitar sentirse un poco intranquila, y para despejar su mente había decidido entrenar en soledad en el campo de entrenamiento de los Uchiha.

Horas habían pasado desde que había comenzado aquella danza poderosa de golpes y patadas, su enemigo invisible había dejado de importarle, y se concentraba en mejorar la precisión de sus ataques.

Sakura sabía que como ninja sin ningún jutsu de línea sucesoria o el manejo de algún elemento, tenía cierta desventaja natural con sus adversarios, y a pesar de que al principio le había costado superar su inferioridad en ese campo, había aprendido a vivir con sus virtudes.

Se había enfocado en sus habilidades médicas, el manejo de chakra y sobre todo en su fuerza, que sabía podía llevarla muy lejos en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo.
Todo lo que había aprendido de su maestra se mantenía latente en su cuerpo adulto, y todo el esfuerzo que había puesto durante aquellos largos años sin sus mejores amigos la habían ayudado a llevar esas enseñanzas a un nivel superior.
Su técnica de resurrección la había salvado de la muerte varias veces, y había hecho que ninjas de rangos superiores comenzaran a fijarse en ella, incluidos escuadrones de ANBU que habían tratado de reclutarla incontables veces.

A pesar de todos sus logros Sakura sentía que todavía no estaba completa, creía que podía dar más de sí misma para igualarse a sus futuros compañeros de equipo.

Volver a ser parte del equipo siete aumentaba las apuestas, y si esta vez quería participar realmente y ser de utilidad para sus compañeros debía esforzarse al máximo.

No quería volver a quedar atrás. A sus espaldas se sentía a salvo, pero no a gusto.

Sus pies cansados la llevaron hasta el interior de la casa, en donde las paredes gruesas y de concreto mantenían su cuerpo agotado alejado de los poderosos rayos del sol que la había golpeado una y otra vez en el campo de batalla.
El sudor corría libremente por su rostro y cuerpo y se perdía debajo de su remera formando pequeños ríos de agua salada. Mojó su rostro con el agua de la canilla, pero aún así no logró recuperar el aliento. Pensó que una ducha de agua helada sería la solución, y después de fijarse por la ventana que sus amigos todavía no llegaban decidió que era el momento oportuno.

El agua se llevó todo de ella en la ducha. Desnuda y débil, debajo de aquel líquido helado que cubrió todo su cuerpo hasta finalmente lograr tranquilizarla. Se sintió exactamente como se había sentido la última vez que su vida había corrido peligro.
Esta vez las lenguas de fuego eran olas de hielo, que se clavaban como agujas en su piel, provocando una sensación de dolor placentero.
Cerró la canilla y esperó a que su cuerpo desnudo se adaptara a la temperatura cálida y agradable del ambiente.
Secó su cuerpo y cabello con una toalla y se vistió con una remera holgada y un short de entrenamiento. Sus pies descalzos la llevaron hasta la habitación en donde se ocupó de acomodar su cama y sus ropas y luego instintivamente se dirigió a la habitación que sus compañeros ocupaban, en donde acomodó con cuidado las camas y la masa de ropa y basura que se había apilado sobre el suelo.

La actividad había logrado ocupar su mente y relajarla por completo, olvidándose por un momento de todas las preocupaciones que habitaban en su mente. Aún así, la sensación de intranquilidad permanecía, y sentía que su magnitud aumentaba más y más.

Después de terminar con su tarea abandonó la habitación y se encontró sola y vacía en una casa llena de fantasmas.

Su espalda se recargó en la pared del pasillo junto a la puerta de la habitación y sus ojos verdes se concentraron en la puerta al final del pasillo.

Tiempo atrás había pertenecido a los padres de Sasuke, y a sus abuelos, y a los padres de éstos; pero ahora permanecía vacía y olvidada por el tiempo, que poco a poco había rasguñado y desprendido el color de la madera.
Se preguntaba cuántos secretos dormían dentro, y si las pertenencias de aquellas personas que ahora estaban muertas todavía permanecían en su lugar.
Calló por unos segundos la voz en su cabeza y se concentró en el todo. Silencio. No escuchó pasos sobre la madera, ni risas en el exterior, ni el canto de los pájaros sobre los árboles. Estaba completamente sola.

Entonces decidió que sería su pequeño secreto.

Sus pasos lentos y silenciosos se acercaron al final del pasillo y sintió cada fibra de su cuerpo temblar en cuanto su mano se posó en la manija de la puerta. El metal helado le produjo escalofríos, y decidió esperar a que se calentara entre sus manos.
Un movimiento lento y cauto de sus manos fue suficiente para que el pestillo de la puerta comenzara a ceder.

Y entonces con un crujido espeluznante, y un leve empujón de su mano, la puerta se abrió, dejando escapar detrás de sí el olor del olvido. Sus ojos se abrieron de sobremanera, intentando captar con una primera mirada cada detalle de la estancia.
La oscuridad lo cubría todo y le impedía ver con facilidad, por lo que decidió probar su suerte.
Sintió que su corazón se achicaba en su pecho al escuchar el chasquido del interruptor y posteriormente la luz amarillenta bañando cada rincón de la habitación.

Sus pasos la llevaron hasta adentro y cerró la puerta detrás de sí.

Recargó la espalda contra la puerta durante los primeros segundos, mientras su mirada se ocupaba de recorrer cada rincón de la habitación.

La estancia era más grande que las otras habitaciones de la casa. La cama se encontraba frente a la puerta, a unos cuatro pasos de distancia, y junto a la puerta, contra la pared había un mueble de madera sencillo con cajones y un espejo en la parte superior. Allí, bajo una capa de polvo casi invisible se encontraban objetos pequeños, botellas de perfumes de todas formas y colores, cajitas de madera que escondían secretos valiosos, tres libros apilados en un rincón y un broche para el cabello que supuso había pertenecido a la madre de Sasuke. A su izquierda, una ventana enorme ocupaba casi toda la pared, y permanecía ahora completamente cerrada y con las cortinas de blanco amarillento cerradas.
Sombras sobre el respaldo de la cama indicaban que allí habían reposado cuadros que alguien había retirado, pero que habían pasado largo tiempo en aquel lugar.

Cerró los ojos por algunos segundos y a la vez que tomaba aire intentó imaginar que clase de retratos habían sido colgados allí, que clase de tesoros reposaban o habían reposado dentro de las cajitas de madera y cómo olía el perfume que había sido almacenado en aquellas botellitas de vidrio que tanto llamaban su atención.
Sobre la mesita de luz de madera divisó un porta retratos apoyado contra la superficie, ocultando su propósito, y al tomarlo entre sus manos se encontró con una fotografía cubierta de polvo. Retiró con sus dedos la suciedad y detrás de ella descubrió los rostros de las personas que antes habían formado una familia.
Sasuke apenas tenía seis o siete años en la imagen. A su lado, su hermano que por aquella época tendría unos once años sonreía dulcemente, mostrando la inocencia de sus facciones y la belleza de sus ojos negros. En su frente podía observarse la insignia que indicaba que se había convertido en un ninja de Konoha.
Sasuke por otro lado mostraba en su rostro una expresión de adorable molestia, aparentemente porque su hermano le estaba desordenando el cabello.
Detrás de ambos hermanos se encontró con el rostro dulce de la madre y la seriedad del rostro del padre. Una mezcla extraña de bondad y poder que había caracterizado al clan Uchiha en el pasado.

Sus cabellos y ojos negros brillaban con la única luz que se había encendido en la habitación y mostraba con nitidez cada detalle de la imagen.
Volvió a dejarla en su lugar, esta vez de manera que la fotografía pudiera apreciarse, tratando de memorizar en su cabeza los rostros de la imagen.

A su derecha se encontró con un enorme ropero que abarcaba todo el ancho de la habitación y aproximadamente medio metro de ancho.

Sin detenerse a pensarlo, posó sus manos en la madera y la deslizó para ver el interior.

La abertura de apenas veinte centímetros permitió que todos los colores vibrantes de las telas salieran al exterior e inundaran su mirada de una calidez que no había visto desde que había entrado a la habitación.

Ansiosa, se ocupó de abrir la totalidad de la puerta de madera, dejando al descubierto todas aquellas prendas maravillosas que habían atraído de sobremanera su mirada verdosa.

Sus dedos rozaron las telas y sintió la suavidad de cada vestido que había sido olvidado allí, privado de la majestuosidad que la luz reflejaba en los pigmentos ancestrales.

Se sintió como la niña que alguna vez había sido, jugando con las ropas de su madre.

El primer vestido que sacó era de un penetrante rojo sangre y llegaba hasta el suelo. Se parecía más a un kimono que a un vestido, por su cuello característico. Un tajo en el costado derecho del vestido permitía que se expusiera una generosa porción de piel, sin llegar a lo vulgar.

Una sonrisa cruzó su rostro y se apresuró a desnudarse, guiada por los instintos y la curiosidad.

El short que cubría su cuerpo calló con libertad hasta el suelo al igual que su remera, quedando en ropa interior, completamente expuesta ante la suavidad de aquellas telas antiguas.

El vestido rojo se deslizó por su piel como un guante y se cerró sobre su cuerpo de una manera casi exquisita. Se miró en el espejo junto al armario y no pudo evitar que una sonrisa se posara en sus labios.

Tomó su cabello entre sus manos y lo acomodó con cuidado en un rodete desprolijo, acomodando los mechones de pelo rebeldes detrás de su oreja.
Nunca se había sentido tan hermosa debajo de un pomposo vestido de aquel color y aquella textura.

La tela danzaba sobre su piel mientras giraba lentamente para mirar la parte trasera, y en cuanto se puso de espaldas al espejo se sorprendió al notar en la zona de la nuca el símbolo que tan bien conocía.

El abanico rojo y blanco le produjo escalofríos.

Se apresuró a mirar en el resto de las prendas. En todas se encontró con la misma figura.

No importaba el color, el tamaño o el material de la prenda, todas y cada una de ellas llevaba grabado con cuidado y prolijidad el símbolo del clan Uchiha.

Y entonces sintió que la ansiedad olvidada volvía a su mente. Aquel sentimiento de vacío en su estómago que casi la había llevado hasta las lágrimas.

¿Por qué se sentía de aquella manera cada vez que pensaba en él?

No importaba que hiciera ni a dónde se dirigiera, él siempre volvía a aparecer en sus pensamientos, junto a aquella penetrante sensación de vacío y silencioso sufrimiento.

Cada elemento en esa habitación le recordaban a él y a la mujer en la que nunca se convertiría.

Desde que era una niña había soñado con usar el abanico rojo y blanco en sus ropas, sentir que le pertenecía a la persona que tanto amaba, incluso después de que aquel nombre se hubiera ensuciado y olvidado.
Ella no había vuelto a tener esos pensamientos hasta aquella mañana.

La tristeza la inundaba a cada segundo que pensaba en él y en lo que nunca podrían ser.

Volvió a deslizar la prenda sobre su cuerpo, esta vez para quitársela.

La acomodó cuidadosamente en su lugar junto al resto de los vestidos y volvió a encerrarlos en aquella cárcel de madera en la que nunca volverían a brillar.

Apagó la luz con un chasquido del interruptor y acomodó todo como lo había encontrado, deseando que aquel sentimiento de desdicha también se quedara detrás de esa puerta de madera gastada.

Caminó hasta llegar a la pared del pasillo y allí se desplomó, deslizando su cuerpo hasta llegar al suelo y escondiendo su rostro detrás de sus rodillas.
El agua salada manchó sus manos a tiempo que sus mejillas y ojos se enrojecían y sus labios se contraían en una mueca de desesperación. El rodete que había improvisado se deshizo lentamente y el cabello rosado comenzó a caer sobre sus hombros, rozando su piel y provocándole cosquillas.

No quería sentirse de aquella manera cada vez que pensaba en él, cada vez que él no estaba a su lado.

Nunca supo cuanto tiempo pasó allí, deshecha sobre el suelo, muerta y vacía por dentro, esperando a que alguien la encontrara y pudiera sacarla de aquel sufrimiento.

Durante aquellos minutos de agonía recordó los brazos de su madre. Sus besos de cada mañana, su cabello rubio y lustroso. Su coraje y valentía, su debilidad y comprensión, la fortaleza de cada uno de sus consejos.
Todo de ella le había pertenecido, y ahora se desvanecía y desaparecía entre sus manos.

Todo lo que alguna vez le había pertenecido se había desvanecido frente a sus ojos, y no había podido hacer nada para evitarlo.

Nada de lo que amaba le había pertenecido jamás, su corazón se había destrozado el día que él la había dejado atrás, y desde entonces solo había podido sufrir y crecer.

Escuchó risas y pasos en la puerta, pero no pudo llegar a importarle lo suficiente como para intentar esconder su sufrimiento entre sus manos.

De inmediato sintió como las risas se desvanecían bajo el sonido de sus sollozos y los pasos se intensificaban y se dirigían hacia donde ella se encontraba.

La habían descubierto, pero no logró que le importara lo suficiente como para huir y esconderse en la habitación como la adolescente que había sido.

Su mirada seguía clavada en aquella puerta que escondía los secretos que jamás descubriría, los vestidos que jamás podría usar, los perfumes que jamás podría oler, y ese hedor del olvido que solo podría recordarle a la muerte.

-Sakura- La voz de sus compañeros la llamó al unísono, en cuanto sus pasos alcanzaron el pasillo. Ella yacía contra el suelo, sus piernas blancas contraídas y su cabello rosado cayendo salvajemente sobre sus hombros.
Las lágrimas habían llegado hasta el suelo, pero ningún sonido salía ya de su boca.

Y entonces al ver su rostro y al sentir sus fuertes brazos levantándola del suelo supo qué le pasaba.

Su mirada oscura la miraba con preocupación y sus manos aferraban fuertemente su cintura, temerosas de que no pudiera sostenerse sobre sus pies.
Por su parte Sakura había posado sus manos en sus fuertes hombros, sintiendo el calor de su piel debajo de sus dedos helados.

-¿Qué te pasa?- Ella no pudo más que negar con la cabeza mientras se perdía en su mirada oscura, y lo único que podía ver era el rostro del niño que había visto en la fotografía.

-No lo sé.-

Mintió, ahora sabía lo que le pasaba.

Sabía que no podría volver a vivir sin que él estuviera a su lado. Supo de inmediato que había vuelto a enamorarse de la persona que tanto daño le había hecho a ella y a sus amigos en el pasado.

Supo que su más grande miedo se había hecho realidad, y se sintió destruida por el peso de aquella verdad.

-Creo que tuve una pesadilla.-

Volvió a mentir.

Las imágenes de lo que había visto esa tarde corrían raudas por su cabeza. Los colores, los perfumes, los vestidos.
Todo le había parecido un sueño.

Un sueño que nunca se convertiría en realidad.