Un gato tiene que hacer lo que un gato tiene que hacer.

Eriol trago en seco y le supo tremendamente amargo. La última vez que tuvo un sinsabor de ese tipo había sido un par de años atrás, cuando Kaho, con una mirada de infinita vergüenza, le confesó haberse besado con otro sujeto.

Aquella tarde de invierno había sentido un profundo rencor hacia la mujer pelirroja y también hacia ese tipo del que nunca supo el nombre. Sin embargo, esa noche en el salón de fiesta dorado, no solo sintió rencor hacia la amatista, sino también unas espantosas ganas de mandar por un agujero negro al tal Kurogane y a su estúpida sonrisa de autosuficiencia.

Por alguna razón, Eriol se sentía traicionado y bastante molesto.

—Así que, no te importa ¿cierto? —volvió a hablar el pelinegro, imprimiéndole en sus palabras una cuota extra de arrogancia mientras señalaba a Tomoyo, quien parecía encerrada en una burbuja rosa, demasiado embelesada observando a ese tipo como para percatarse de nada a su alrededor.

El ingles no tuvo tiempo ni de negarse (porque curiosamente sí le importaba), cuando Kurogane ya arrastraba a la amatista hacia el otro extremo de la pista de baile, dejándolo a él allí solo, sintiéndose algo más que el mayor de los estúpidos.

Eriol arrastro los pies y comenzó a caminar hacia la mesa de comida, con la cabeza en alto y recogiendo disimuladamente los pedacitos de un orgullo pisoteado.

Las cosas habían pasado muy rápido, en un minuto tenía una menuda figura entre sus brazos y al otro un frío aire se colaba entre sus ropas y una extraña sensación de vacío le llenaba. Eso, sin contar la enloquecedora furia que se instalo en su pecho de repente cuando vio a Tomoyo colgada del brazo de aquel idiota.

Pero Eriol era demasiado elegante y demasiado frío como para molerse a golpes con alguien, incluso aunque algo en su interior gritara porque lo hiciera.

Llego a la mesa de comida y le sorprendió ver a Shaoran, de pie, bebiendo de una copa con ponche y sin señales de una Sakura pululando a su alrededor. Eso era nuevo, él siempre había creído que aquellos dos solo se separaban cuando debían ir al baño.

— ¿Dónde has dejado a tu princesa, principito? —pregunto Eriol acercándose y causando un respingo de parte del castaño, por lo visto no esperaba compañía.

—Sakura ha ido al servicio —respondió Shaoran haciendo caso omiso del comentario burlón y por el contrario, consiguiendo que una gigantesca gota apareciera en la cabeza del ingles. Después de todo ese par sí se separaba solo cuando debían ir al baño—. ¿Y tú qué haces aquí? —añadió, como percatándose al fin de la presencia de Hiragizawa.

—He venido a probar una de estas cosas. De lejos se ven bastante deliciosas.

Li observo los bocadillos que Eriol señalaba con la mano y luego lo observo a él, alzando una ceja que solo complementaba la mirada escéptica que brillaba en sus fieros ojos color ámbar; aunque despistado, el maldito no era tan ingenuo como Sakura. Li Shaoran no le creía una sola palabra.

Eriol puso los ojos en blanco y no tardo en hablar otra vez.

— ¿Sabías que Tomoyo sale con alguien?

De pronto, la mirada escéptica de Shaoran se desvaneció y fue remplazada por una graciosa mueca de sorpresa, sus ojos se volvieron más grandes y expresivos de lo normal y su boca formo una pequeña "O".

Ver al imperturbable Li con esa expresión estampada en el rostro era tan bizarro, que Eriol hubiera soltado una carcajada si se encontraran en otro lugar y en otra situación. Lamentablemente tuvo que conformarse con reír para sus adentros y dejar que un brillo burlón llenara sus orbes color zafiro.

—Estas bromeando, ¿cierto? —Pregunto el castaño sin salir de ese divertido estupor—. Daidouji no sale con nadie, de hacerlo nosotros ya lo sabríamos, en especial Sakura.

—Pues eso no es lo que dijo el sujeto que la acompaña —contesto el chico, borrando de inmediato todo signo de burla.

Eriol frunció el seño sin razón aparente y espero (con poca paciencia) a que el joven chino localizara a la pareja que daba vueltas y vueltas por toda la pista de baile, moviéndose al ritmo de una lenta canción que solo consiguió hacerle hervir la sangre. ¿Por qué de pronto estaban tan cerca? ¿Por qué ese sujeto le decía algo al oído? ¿Por qué Tomoyo no quitaba aquella sonrisa que en ningún momento mostro mientras bailaba con él?

Apretó los puños sin darse cuenta y miles de formas de acabar con ese sujeto se le vinieron a la mente. Verlos bailar con esa finura que seguramente él no había tenido le provoco nauseas y un espantoso coraje de aquellos que rara vez se tienen, especialmente tratándose de una persona como él.

—Parece alguien elegante —dijo Shaoran luego de observarlos un rato—. El tipo de persona con la que Daidouji saldría.

Eriol lo fulmino con la mirada.

—Ahora me doy cuenta que tú y Daidouji tienen unos pésimos gustos —resoplo el muchacho de cabello negro azulado, ¡no podía creer que Li apoyara esa estúpida payasada! — ¡Solo míralo! A leguas se ve que es un idiota. Te apuesto lo que sea a que el tipo no da ni una.

— ¿Y a ti que te pasa? —El tono que uso Shaoran le hizo notar a Eriol que había sido muy obvio con… bueno, con lo que sea que le estuviera sucediendo en esos momentos—. Daidouji no ha tenido una relación con nadie en un buen tiempo y si la tiene con él, me alegro, es una chica lista, sabe cómo cuidarse.

Guardo silencio y se trago la sarta de insultos que tenía reservados para el "novio" de Tomoyo. Li se comportaba sereno y ecuánime, pero quería ver cuál era su reacción si alguien se le acercaba a Sakura como Kurogane se le había acercado a la amatista. Seguramente rechinaría los dientes, maldeciría por lo bajo y su rostro se tornaría rojo de la furia. Sería una situación muy divertida, pero en esos momentos no era el castaño quien se encontraba ante todos esos pesares, sino que era él mismo quien maldecía por lo bajo y rechinaba los dientes. A Eriol Hiragizawa no se le daba muy bien estar en el lado de desventaja.

Se perdió en sus pensamientos en un momento de distracción y la comodidad que le dio ese acto le hizo olvidar la presencia de Li, el lugar en donde estaba y aquel coraje que se había instalado en su interior desde que Tomoyo lo dejara solo… otra vez.

Eriol pensó en muchas cosas, y entre toda esa desquiciada maraña de ideas, fue capaz de coger el delgado hilo en el que se había convertido su vida actual.

Se sentía patético.

Quizá para nadie era tan obvio, quizá ni siquiera se dieran por enterados, pero de aquel Eriol analítico y soberbio quedaba solo una ligera y fría brisa. Nadie lo notaba, pero él sabía que algo había cambiado, algo tan pequeño y sin importancia pero que estaba allí, haciéndole sentir como si fuera otra persona y la misma a la vez.

Bien podía dejarle caer todo el peso de la culpa a esa estúpida poción, que al final sí que se llevaba una gran parte del paquete, pero simplemente no podía seguir haciendo como si no supiera lo que pasaba. El que Eriol tuviera ese cambio tan drástico y tan peculiar no se debía exclusivamente a la poción que le diera Yuuko Ichihara, existía una cosa más, y esa cosa más era justo lo que el chico ingles no alcanzaba a admitir.

Ah, era endemoniadamente complicado ser un adolescente de nuevo.

— ¿Estas enojado Eriol?

Una vocecilla dulce lo trajo de nuevo a la realidad. Sacudió la cabeza un poco aturdido y lo primero que hizo fue dirigir su par de ojos zafiro a la pista de baile. No encontró a Tomoyo por ningún lado.

— ¿Eriol?

Frente a él, Sakura lo veía con sus grandes y claros ojos verde esmeralda. Al parecer había regresado del servicio y él no había notado su presencia.

—Ah… no es nada pequeña Sakura —dijo Eriol con una sincera y atractiva sonrisa—. Por cierto, esta noche luces especialmente hermosa —agrego con una nota de picardía mientras se deleitaba con el sonrojo en las mejillas de la chica y sobre todo, disfrutaba en sobremanera la cara de asesino que ponía Shaoran. Que divertido era molestar a ese par.

—Vayamos a bailar Sakura —murmuro el castaño, y sin permitirle una réplica a la joven Kinomoto, la arrastro hacia algún lugar desconocido del salón de fiesta.

Una vez creyó encontrarse lo suficientemente lejos de Hiragizawa, soltó al fin el delgado brazo de su novia. El peligro había pasado.

— ¿Por qué no me has dejado siquiera despedirme de Eriol? —el seño fruncido de Sakura le hizo sentir un escalofrío, pero ¿Qué podía decir? ¿Que una oleada de celos le había recorrido el cuerpo cuando el pelinegro le dedicara ese halago? Desde luego, no era una opción.

—Vamos, ves a Hiragizawa todos los días —. ¡Salirse por la tangente! No era el más grande de los genios, pero había aprendido a evadir a la castaña de ojos esmeralda cada vez que era necesario; o cada vez que su despiste natural lo permitía, cosa que era casi siempre.

Atajo a Sakura por la cintura y comenzó a moverse, repentinamente hipnotizado por la bella melodía que acababa de comenzar. Ella no tardo en seguirlo y ambos se perdieron en un baile encantador. Uno donde los verdes ojos de Kinomoto brillaban enigmáticamente gracias a las etéreas luces del salón. Un baile donde no existía esa multitud de parejas danzando, sino que únicamente se encontraban ellos dos, tomados de las manos y expresándose un desbordante cariño a través de la mirada.

Y por un momento a Shaoran no le importo ir vestido de guardia ingles, ni aquel peculiar odio de Hiragizawa hacia la supuesta pareja de Daidouji que tanto interés le había provocado, sino que únicamente se preocupo por perderse en aquellas lagunas verdes que lo observaban con un resplandor titilante que variaba entre vergüenza y amor sincero.

Si le preguntaban, era un resplandor que le maravillaba y al mismo le causaba un miedo innegable. Temía no ser la persona que Sakura esperaba, que se merecía.

— ¿Qué tienes? —pregunto de pronto ella y el susurro que llego a su oído le causo un escalofrío.

Shaoran no respondió de inmediato, por el contrario, se dedico a contemplar los rasgos de Sakura un instante.

Era una chica bastante linda, sus facciones ya no eran tan redondeadas, el pasar del tiempo las había afilado un poco. El cabello que una vez fue corto ahora caía despreocupado un poco más debajo de los hombros y sus ojos y esa sonrisa enorme eran los complementos que terminaban de enmarcar su juvenil rostro.

No era una muñequita de porcelana, eso Shaoran lo sabía, pero la alegría que descansaba siempre en sus expresiones le daba una belleza única.

Li esbozo un amago de sonrisa, comprendiendo de repente que todos sus temores eran infundados. Él no era perfecto, podía equivocarse fácilmente, pero justo en ese momento se daba cuenta que Sakura tampoco lo era, y la sola idea de conocer eso le provoco una desbordante alegría. No importaba quien de los dos llegara a equivocarse, el otro sabría perdonar y juntos sobrellevarían los problemas.

—Nada —dijo Shaoran sonriendo abiertamente—. Pensaba en lo ridículo que se ve Hiragizawa con ese disfraz.

Sakura le devolvió la sonrisa junto a una mirada de falso reproche. Él se encogió de hombros y continuaron bailando.

/

¡Bien! Estaba furioso, completamente furioso, ¿Qué caso tenía seguir negándolo?

Resoplo descuidadamente mientras daba un trago al vaso de ponche y fijaba su mirada oscurecida en el otro lado del salón. Había encontrado a su objetivo de nuevo.

Tomoyo reía y asentía a cualquier cosa que el tipo ese le dijera, ¡Era tan desquiciante! Eriol no podía soportarlo más. La amatista lo había invitado a esa ridícula reunión, ella debía estar con él, no con ese sujeto de cabellos mal peinados.

Cerró los ojos con fuerza, si tan solo pudiera llamar su atención de alguna forma. Era casi seguro que no conseguiría que ella se quedara mucho rato con él (por alguna razón que no comprendía Tomoyo siempre terminaba dejándolo solo), pero al menos se conformaba con saber que no pasaría más tiempo con el idiota de Kurogane.

Alzo sus parpados y la primera escena que presencio no fue la de la pareja que venía vigilando con ahínco desde hace rato, sino la imagen de una mujer alta y regordeta que acababa de obstruirle la visión.

Eriol no fue capaz de adivinar el disfraz que llevaba encima, pero la multitud de encajes y holanes en ese vestido de color coral le causaron gracia, ¡ella lucía tan extraña! Parecía un pastel gigante a punto de derretirse. Esperaba que la mujer no tuviera los mismos gustos para vestir normalmente, de tenerlos, Eriol no dudaba que fuera el hazme reír de toda la sociedad.

Se permitió observarla un poco más hasta que sus ojos dieron a parar con el exuberante sombrero que descansaba altaneramente en su cabeza de cabellos oscuros.

Era grande, del mismo color del vestido y con unos extraños pliegues de encaje pesimamente acomodados. Pero eso no llamo su atención, para nada. Lo que dejo a Eriol encantado, fue la estatuilla que le daba el toque final a todo el atuendo y que reposaba en la parte frontal del sombrero.

¡Era un peluche de ardilla!

Bingo, pensó Eriol de inmediato y compuso una ligera sonrisa macabra.

Acababa de tener una idea.

/

Tomoyo coloco un mechón de su cabello detrás de la oreja y sin pensarlo mucho se deshizo del parche que había cubierto uno de sus ojos toda la noche. No faltaba mucho para que la fiesta terminara y era a esas alturas cuando los invitados ya no se preocupaban tanto por sus apariencias, después de todo habían dado su primera impresión al inicio de la velada y eso era lo que prevalecería en los chismorreos de las tardes de té los próximos días.

—Es un placer ver tus ojos al fin —dijo Kurogane con una sonrisa burlona. Él iba vestido completamente de negro y con una discreta capa amarrada al cuello. Su disfraz de vampiro no era nada elaborado y aún así, mantenía muchas miradas encima de su persona. Quizá su propia naturaleza imponente y altiva era la que atraía a toda esa gente.

—No son nada especial. Además, los has visto muchas veces antes —contesto Tomoyo y una expresión incrédula apareció en su rostro.

—Siempre lo he dicho, eres demasiado modesta… Tommy.

La amatista tembló, hacía tiempo que no escuchaba ese diminutivo. A final de cuentas el único que la llamaba así era precisamente él, Kurogane, y tenían ya un par de años sin verse.

Ambos se habían conocido tanto tiempo atrás, que Tomoyo no podía recordar exactamente cómo había sido.

Tenía cinco años, Kurogane ocho y la tarde de aquel verano había sido tan calurosa que los pobres niños tuvieron que resguardarse a la sombra del árbol más grande que tenía el jardín de la mansión Daidouji.

Para los padres de ambos aquella había sido una tarde de negocios, para los dos niños, había sido un día del más maravilloso juego, y para la pequeña Tomoyo, el inicio de un amor platónico que aun permanecía latente, como una pintura que luego de haber sido terminada hace años continuaba fresca.

—Ahora que lo recuerdo —dijo Kurogane acariciando su barbilla—. ¿Quién era el sujeto que bailaba antes contigo?

Tomoyo ladeo la cabeza en un claro signo de confusión.

—Vamos, el chico de anteojos.

Un brillo recorrió la mirada de la nívea al recordar claramente todo lo sucedido antes de la llegada de Kurogane. ¿Qué había pasado con Hiragizawa? O mejor aún, ¿tan cómoda estaba con el chico que ahora tenía en frente como para olvidar de esa forma tan desvergonzada al ingles?

Abrió sus labios para dar una respuesta, una excusa quizá, que le permitiera zafarse de la presencia de Kurogane e ir a la búsqueda del chico de ojos zafiro. Sin embargo, un grito agudo y alarmante la distrajo de su intención.

Centro su mirada en algún lado del salón y lo que vio la dejo impactada.

— ¿Qué sucede? —escucho preguntar al pelinegro, pero su voz sonaba como un eco, lejana y sin mucha importancia.

Tomoyo tenía su atención centrada en la multitud de animalillos que habían aparecido de la nada. Eran tiernas y regordetas ardillas de colores, pero si había algo realmente peculiar en ellas, era ese par de alas que las traía volando de un lado a otro, asustando a los invitados y haciéndolos correr despavoridos hacia las salidas más cercanas. Y es no solo era el inverosímil hecho de ardillas de colores volando por el salón lo que los aterraba, sino también el que éstas cargaran con pastelillos, trozos de comida y vasitos de ponche que momentos antes habían estado en las mesas de comida.

Solo un tonto podría no darse cuenta lo que planeaban hacer con todo eso, y Tomoyo no era ninguna tonta.

Vio con un asombro que rayaba en lo exagerado como esas ardillitas iban soltando sin ninguna preocupación sus municiones sobre los alterados invitados, pero eso no era todo, que aburrido sería que solo acabaran manchados con un trozo de pastel o un poco de ponche, sino que inexplicablemente, las municiones transformaban los disfraces de los invitados, ¡era tan cómico! De pronto había policías convertidos en princesitas y sexys enfermeras vestidas con una botarga gigante de gallina, ¡todo era alucinante!

Tomoyo soltó una carcajada y unas grandes estrellas aparecieron en sus ojos, ¡eso era tan maravilloso! ¿Por qué rayos no tenía una cámara al alcance de su mano?

Se sorprendió a sí misma ante ese pensamiento, hacía años que algo no le causaba esas terribles ansias por inmortalizar la escena en un video, que ahora que la sensación volvía a hacerse presente, le causaba un ligero miedo y una alegría infinita.

— ¿Qué es lo que te causa tanta gracia? —pregunto Kurogane a sus espaldas, observaba hacia arriba con preocupación, cuidando que nada llegara a caer sobre él—. ¡Esto es un caos! Además, ¿Qué diablos son esas cosas? ¿De dónde salieron?

Tomoyo cayó en la cuenta de eso. Ella, consciente de la existencia de la magia, le había atribuido el suceso inmediatamente a su amiga Sakura, casi sin darse cuenta, pero al verla unos metros más alejada junto a Li, ambos resguardándose del bombardeo debajo de una mesa, supo rápidamente que ninguno de los dos había sido el responsable. De hecho, aunque a Sakura continuaban gustándole las cosas rosas y los ositos de peluche, unas ardillas de colores con alas no eran su estilo, para nada.

Y entonces recuerdos de su niñez acudieron a su mente.

Cuando Sakura comenzara a cambiar las cartas Clow, solo existía alguien con un gusto tan bizarro como el que dejaban ver esas criaturillas que no paraban de dar vueltas por el salón. Y esa noche solo había asistido otro mago además de Sakura y Shaoran.

Eriol. Eriol Hiragizawa.

— ¡AHHHH!

Ese nuevo grito asusto a Tomoyo. Giro sobre sus talones de inmediato y lo que vio la dejo completamente seria por un momento… solo un momento porque justo después sus mejillas comenzaron a tornarse rojas y sin poder evitarlo soltó una risita, y luego otra, y otra más hasta que pronto se volvieron carcajadas descontroladas, y no solo eran de ella, sino también de los invitados que aun no salían corriendo por las puertas del salón.

Quería dejar de reírse, en serio lo quería, ¡pero es que simplemente no podía!

Kurogane, el Kurogane que antes iba vestido completamente de negro y atraía las miradas por su presencia altiva, ahora atraía también las miradas de todos, pero no precisamente por ir ataviado de color oscuro sino por… bueno, por ir con un lindo disfraz de bebé.

Si, al final una ardilla había golpeado al atractivo chico de veinte años y había cambiado su sobrio traje de vampiro por un pañal, un gorrito enorme y un babero. ¡Si hasta la sonaja iba incluida!

Si Kurogane aun no tenía ningún día marcado con la etiqueta de "el más vergonzoso día de mi vida", sería muy buena idea que marcara este como "ese" día.

Fuera del elegante salón, en los jardines, un joven de cabellos negro azulados convertía un largo báculo en una figurilla diminuta y la guardaba en el bolsillo de sus pantalones. Las risas llegaban hasta sus oídos y él no podía sentirse más complacido. Sabía que su acto había sido cruel, pero por alguna razón conocer que Kurogane salía con Tomoyo acabo por provocarle una furia cegadora. Había actuado por simple impulso.

Fue a sentarse en una banca cercana. Se veía tan erguido y elegante, tan sereno, que desbordaba una paz escalofriante; y en medio de todo, en una acción que ni él mismo se esperaba, Eriol comenzó a lamerse una de sus manos, como lo hace un felino, con la misma altanería de un gato.

Allí llego el momento en que lo descubrió, o quizá simplemente admitió eso que se venía negando. Cualquiera que fuera la opción, ninguna le causaba mucha sorpresa.

—Me gusta Tomoyo —dijo Eriol al aire, como si no fuera nada del otro mundo. En realidad, para él no lo era—. Así que lo de hace rato fueron celos ¿eh?

La risita cínica que le siguió a esa confesión a la luna no duro mucho, porque justo después de darle un nombre a eso que sentía por Daidouji, una imagen rápida, como un flash, apareció en su mente.

Si Tomoyo Daidouji le gustaba, ¿Dónde quedaba Kaho?


Notas de la autora: Me siento terrible la verdad, ofrezco una disculpa por la tardanza de casi un mes? un mes? Lo siento mucho en serio. Las ultimas semanas estuve trabajando en una pintura (trabajo de la escuela) y no me daba tiempo de escribir nada, ni siquiera me quedaba tiempo para contestar a sus reviews. Aun así les doy las gracias por los comentarios del capitulo anterior, Mi Pequeño Gato sigue en pie y, si no muero antes, nos estaremos leyendo el proximo miercoles, espero que disfruten este capitulo. Un abrazo a todos y de nuevo una enorme disculpa.