Llámame Eriol.
Kaho frunció el seño y se alejo del gran ventanal que tenía la habitación de invitados. Estando en Inglaterra había aprendido a acostumbrarse, pero si debía ser sincera, nunca le habían gustado los días lluviosos y grises. Ella prefería los climas cálidos, esos que calentaban la piel y le dibujaban una de sus típicas sonrisas condescendientes.
Suspiro. Esa mañana un cascajo de agua caía desde el cielo y el mismo se encontraba tan encapotado que le daba un aspecto siniestro al ambiente.
Se dirigió con parsimonia hacia la maleta que Nakuru se había encargado de llevarle hasta allí, y después de ver con ironía la docena de vestidos primaverales que había empacado, opto por ataviarse con el único pantalón en color negro que puso "por si acaso". Sin duda, no había empezado la mañana con el pie derecho.
Una vez se hubo colocado una blusa rosa de botones, le echo una mirada a la habitación que le habían asignado la noche anterior. No era nada especial, de paredes azul petróleo muy oscuro, el cuarto solo contaba con una cama del tamaño justo, el armario a un lado del ventanal, un pequeño escritorio y la puerta que llevaba al cuarto de baño. Kaho jamás había comprendido como a pesar de ser el único heredero de una ricachona familia y de tener al alcance de su mano cualquier ridículo capricho, Eriol seguía negando todo ofrecimiento extra por parte de su padre, llevándolo a tener esa simplicidad en la habitación de invitados y en toda la casa en general.
No le molestaba, simplemente no llegaba a comprenderlo.
Salió de la habitación y llego hasta las escaleras. Comenzó a bajar peldaño a peldaño mientras pensaba en la habilidosa forma en que Eriol había evadido su petición el día anterior. No podía negar que estaba enamorada de ese hombre en cuerpo de muchacho, pero tampoco podía negar que Hiragizawa llegaba a ser una serpiente endemoniadamente escurridiza cada que quería.
Alcanzo el pie de las escaleras y de allí caminó hasta el comedor. No prestaba atención a ninguna decoración ni a ningún detalle de la casa. Había estado allí cientos de veces que ya no era necesario hacerlo.
— ¡Señorita Mizuki! —Kaho sonrío apenas escuchó el efusivo saludo de Nakuru—. Buenos días.
—Buenos días Nakuru —la aludida asintió alegre y una vez más se concentro en su desayuno. Ella por su lado desvió la mirada hacia Eriol que como siempre en la cabecera de la mesa, le miraba desde allí. A Kaho le sorprendió ver frente a él un gran vaso de leche y no su acostumbrada taza de café negro.
— ¿Tuviste una buena noche? —dijo mientras componía una sonrisa ladeada. Ella no le había visto ese brillo inquieto en los ojos nunca antes. Eriol se veía feliz y parecía que en cualquier momento saldría disparado de esa silla y se iría a correr por allí.
—Magnifica… hasta que se desato la lluvia.
Eriol cambio su sonrisa ladeada por una divertida.
—Siempre tuve la esperanza de que algún día te llegara a gustar la lluvia tanto como a mí —dio un trago a su vaso de leche—. Creo que ese día no llegara.
Kaho no contesto nada, tan solo acepto el plato con tostadas que Nakuru ponía frente a ella y se dispuso a comer lentamente y en silencio.
Al cabo de un rato, el joven ingles se puso de pie.
—Debo irme.
— ¿Tan pronto? Pero si esta vez me esmere haciendo el desayuno y ni siquiera lo probaste, Eriol —el puchero de Nakuru consiguió que una expresión de ligera culpa se adueñara del rostro del hechicero.
—Lo siento Nakuru, pero hoy debo hacer el servicio. Prometo quedarme para la cena.
—Si yo fuera usted, amo Eriol —dijo Spinel, que tomaba un poco de té desde una diminuta taza—. No haría promesas que pusieran en peligro mi vida.
— ¿¡Qué insinúas!?
—Vamos, hasta tu sabes que tus habilidades culinarias son pésimas —y tras esas palabras del pequeño Guardián una oleada de gritos y dramas se dejaron venir por parte de la chica castaña.
Eriol dejo escapar una risa. Ciertamente en algún momento llego a extrañar a Yue y a Kerberos, pero ese par que tenía en frente, Ruby Moon y Spinel, eran ahora su vida y sería un gran mentiroso si dijera que no les había tomado ya un inmenso cariño.
Todavía entre todo el alboroto de Nakuru, el joven ingles salió del comedor discretamente, con la intención de llegar al recibidor, tomar su mochila, sus zapatos y salir rumbo al Instituto Seijo. No había mentido cuando le dijo a su Guardiana que ese día le tocaba servicio. En cuanto más temprano llegara, mejor.
—Eriol —el susodicho compuso una mueca de suplica, ¿Es que Kaho no podía esperar un poco más? Giro sobre sus talones y le miro atento.
— ¿Qué ocurre?
—Tú sabes bien qué ocurre.
—Escucha Kaho…
—No, escucha tú —le corto Kaho con una determinación que sorprendió a Eriol—. Ya es hora de que termines con este juego. ¿Cómo es eso que te has mudado a la casa de Daidouji?
— ¿Quién te lo ha dicho?
—Nakuru. Ella está muy preocupada por ti Eriol.
Masajeo el puente de su nariz. Hablaría muy seriamente con Nakuru.
—Te lo dije antes, Tomoyo será la menos perjudicada.
La mujer pelirroja bajo la mirada, no pasando por alto el hecho de que él la llamara por su nombre de pila.
—Como antes, esta vez tampoco vine para quedarme, y ciertamente en esta ocasión quisiera regresar a Inglaterra contigo.
Eriol sonrío, una triste sonrisa que ella nunca alcanzo a ver.
—La promesa que te hice sigue en pie Kaho. Regresare contigo a Inglaterra.
Ella alzo sus ojos castaños, esos que demostraban al mundo que ya no era una adolescente, y sin quererlo se topo con los suaves labios de Eriol sobre su frente.
Él no se despidió, tan solo se alejo de a poco y abandono la casa sin mediar una sola palabra más.
Sin darse cuenta, Kaho arrugo sus cejas de forma preocupada, no era tonta, algo le pasaba a Eriol, se estaba alejando de ella.
/
El cielo seguía cubierto de nubes grises, pero para cuando Tomoyo Daidouji corrió la puerta del salón tres, una iluminación general propia de una mañana nublada hacía que ese gris negruzco se volviera un gris claro.
No era muy temprano, pero tampoco muy tarde como para que sus compañeros hubieran llegado ya. De hecho, de no ser por la silueta de Hiragizawa que observaba apaciblemente los jardines desde las ventanas, el aula estaría vacía.
Tomoyo coloco su mojado paraguas en una esquina y escurrió unas inexistentes gotitas de su bien elaborada trenza. Era algo que siempre hacía cada vez que el cielo dejaba escapar sus torrentes de agua. Muchos la habían visto y muchos opinaban que era una extraña manía. Cuando llovía, Tomoyo era la única que llegaba impecable y completamente seca, pero aun así ella no dejaba de tirar insistentemente de su cabello negro azabache, en un interminable intento por deshacerse de esas traviesas gotitas que nunca llegaban a tocarla.
Eriol, al tanto de su presencia, dejo el relajante paisaje de la ventana y la contemplo.
— ¿Qué es tan gracioso? —pregunto Tomoyo al darse cuenta que el ingles contenía una risa.
Él no respondió, volvió la vista hacia el exterior y comenzó a balancearse sobre sus pies, adelante y atrás, adelante y atrás, justo como lo haría un crío que intenta pasar desapercibida una travesura.
La amatista alzo una ceja y camino hacia donde se encontraba su compañero, no sin antes lanzar directo a su banco la pesada mochila con la que cargaba todos los días.
—Eres bastante extraña Daidouji. Eso es lo que me gusta de ti —dijo Eriol repentinamente, incluso antes de que ella consiguiera llegar a su lado.
Tomoyo se pregunto si debía tomar eso como un alago o como un… ¿insulto?
Estaba a punto de pronunciar palabra, dispuesta a rebatir el comentario del chico, cuando un ruidito la distrajo por completo. Observo su alrededor con atención en busca de la fuente de sonido, y cuando por fin la encontró, se sorprendió al saber que provenía precisamente del ingles.
Vaya, ¡Pero si era aquel interminable fuu fuu que hacía la cola de gato que todavía formaba parte de Hiragizawa! Sus ojos amatista brillaron por un momento, ¿Cómo había sido capaz de olvidar ese "detalle" en él? Pasar tanto tiempo con el chico de cabello negro azulado la había llevado a tomarlo como algo bastante normal, no obstante, lo que definitivamente no logro pasar por la lista de rutinas, fue el que Eriol tuviera su par de orejas y esa cola café a la vista de cualquiera. Y es que hasta un día antes, el ingles todavía cubría su condición con la ridícula peluca de rastas (a la que por cierto tanto ella como los profesores se habían acostumbrado a final de cuentas).
De improviso, el rictus de Tomoyo se torno extraño, era como si acabara de descubrir algo insólito y la sorpresa era tal, que ni siquiera le permitía articular palabra.
— ¿Qué? —la voz de Eriol, en lugar de traerla de regreso a la realidad, solo la puso a boquear como los peces dorados de un festival. Su rostro no estaba completamente directo a ella; uno podría decir que más bien se encontraba ladeado, de forma que la luz del exterior le daba de lleno en las facciones masculinas.
—T-tus ojos —murmuro Tomoyo con una fascinación malamente disimulada. La interrogación en la cara del chico no se hizo esperar.
— ¿Qué tienen mis ojos?
La nívea corrió hacia su mochila, y luego de estar rebuscando en todos y cada uno de los bolsillos, regreso a donde Eriol y le coloco en sus manos un pequeño espejo. Con una sonrisa ansiosa, le animo a que se reflejara en el objeto.
La reencarnación de Clow obedeció a esa petición silenciosa sin dejar nunca la mueca divertida por la expresión que componía Tomoyo, una mezcla indescifrable entre emoción y confusión que la hacían ver como una niña malcriada. Más sin embargo, apenas se vino el momento de colocar frente a él aquel espejo, toda su diversión se esfumo completamente. Se fue al traste en un segundo y la remplazo un gesto de espanto.
— ¿¡Qué demonios…!?
Su sorpresa no era para menos. Cuando presto atención una vez más a su reflejo, específicamente a sus orbes, un terrible escalofrió le recorrió el cuerpo entero.
Sus ojos… su pupilas, ¡Eran una completa y perfecta línea recta!
Eriol sintió un mareo y se vio obligado a aferrarse con fuerza a la ventana. Eso debía ser una broma, si, una broma muy mala… lástima que sus ojos azul zafiro fueran la prueba clara e irrefutable de que todo aquello no era una jugarreta.
Se observo a sí mismo con atención. Tras esas gafas viejas de montura cuadrada podía ver a detalle ese intenso color que lo había acompañado toda la vida, y pensó con desdén lo curioso que era el darse cuenta de su claridad justo hasta ahora.
Eriol miro sus ojos y no vio otra cosa que la altanera mirada de un gato sombrío al que la luz lo baña sin piedad.
Y como si al saber esa revelación todos sus sentidos se hubieran agudizado, Eriol alcanzo a distinguir la forma en que Tomoyo, quien en ningún momento se había ido de su lugar, contenía a duras penas la respiración.
Enfoco sus ojos ahora convertidos en una fina línea en la chica, y lo que vio no le gusto nada. Tomoyo cargaba consigo esa expresión maniática que solo aparecía cuando algo realmente le encantaba y la desbordaba. Eriol casi podía escuchar los engranajes moverse raudos en la cabeza de la amatista, haciendo, diciendo cosas sobre lo maravilloso que sería tener una cámara a la mano y sobre lo realmente hermoso que sería que su adorada Sakura tuviera un efecto así en sus orbes esmeralda.
El ingles sintió un escalofrió recorrerle de nueva cuenta. Acababa de recordar el día en que se presento ante la chica por primera vez con sus orejas y su cola.
—Hiragizawa… ¡TE VEZ SIMPLEMENTE DIVINO! —los ojos violeta de Tomoyo cambiaron rápidamente a un par de estrellitas brillantes y presa de un miedo absurdo, Eriol actúo por impulso, tenía que impedir ese arranque de efusiva locura, tenía que hacer algo…
Y vaya si lo hizo.
Un golpe seco se escucho de repente y Tomoyo soltó un quejido.
— ¡Auch! ¿¡Qué es lo que te pasa Hiragizawa!? —ella abrió los ojos, aquellos que había cerrado cuando fuera impactada contra una pared, y al hacerlo, inmediatamente deseo volver a cerrarlos.
¿Qué era eso? Eriol la tenía acorralada, con sus grandes manos a cada lado de su cabeza y el cuerpo cerca del suyo, muy cerca. Tomoyo sintió una oleada de nervios reptar por sus piernas, sus brazos y su corazón descaradamente. Con dolor comprendió que eran unos nervios ansiosos, de esos que dejan al cuerpo con la expectativa de que algo suceda pronto, porque realmente quieres que suceda.
Se sintió pequeña, intimidada ante la refulgente mirada de Hiragizawa. Creía, sin miedo a equivocarse, que ese chico le miraba el alma, se introducía en su ser y lo desgarraba con esa maquiavélica ternura que solo alguien como él era capaz de tener.
— ¿Hiragizawa? —pregunto en un susurro. La cercanía entre sus rostros ameritaba un susurro.
—Eriol —dijo de la misma forma, en ese tono bajo que únicamente parecía incrementar la gravedad de su voz. Tomoyo no comprendió y él procedió a explicar—. ¿Por qué no me llamas Eriol?
Ella no respondió al instante, acababa de caer en el hipnotismo que representaban los labios del ingles. ¿Por qué de pronto parecían tan delgados? ¿Tan suaves? Tan... ¿apetecibles?
La lluvia seguía escuchándose de fondo, el gris del cielo volvía a ser de un color oscuro e impenetrable, y las pupilas del mago habían regresado a la normalidad. Tomoyo ahogo un suspiro.
—Yo… no lo sé.
Eriol sonrió.
—Llámame Eriol —murmuró y sin más comenzó a acercarse a ella.
Tomoyo cerró los ojos, a la espera de ese beso que sin saberlo había estado deseando. Aguardo pacientemente, pero luego de algunos segundos sin que nada ocurriera, opto por alzar sus parpados, contrariada.
—Vaya Daidouji, no tenía idea de todas las imperfecciones que tienes, de lejos apenas si se notan. Pero ¿Sabes? hay un ungüento muy bueno que puedo recomendarte y…
Allí murio el consejo de Eriol Hiragizawa. Sin mediar palabra, la amatista empujo con fuerza el cuerpo masculino y lo último que Eriol alcanzo a vislumbrar antes de que Tomoyo saliera corriendo del salón, fueron unos ojos amatista embriagados de una furia contenida.
Había sido una travesura un tanto cruel, pero no pudo evitar soltar una carcajada después de un rato. ¡Qué divertido y qué fácil era molestar a Daidouji!
/
Eran de esas mañanas en que cualquiera preferiría quedarse en cama, bajo una mullida cobija y con una taza de chocolate caliente entre manos, disfrutando de una película que le miente desvergonzadamente a los espectadores, prometiendo un mundo de rosas si se tiene a un lado a la persona amada, engañando a los ingenuos televidentes con la idea de que el amor todo lo puede y todo lo vence.
Kurogane negó con la cabeza al tiempo en que una sonrisa cínica lo acompañaba. Él había dejado de creer en el amor, en realidad, nunca había creído en algo tan simplón como aquello; su educación recia iba en contra de todos esos sentimentalismos que él denominaba para maricas.
Por supuesto, creía en la atracción y en ese carnal deseo impulsivo por estar dentro de otra persona. Kurogane creía en las bajas pasiones, creía en la lujuria.
Permitió que su mente divagara por aquí, por allá, mientras la persona a quien esperaba se dignaba a darle la cara.
Estaba al tanto de su atractivo y aquello bien le había valido cuando se trataba de llevarse a cualquier mujer a la cama. A cualquiera que no fuera demasiado inteligente, demasiado puritana y demasiado fina como lo era Tomoyo Daidouji.
Pero desde luego, nunca es bueno malinterpretar las intenciones de nadie, en especial si se trataba de Kurogane.
Claro que sentía una enfermiza obsesión con la chica, pero tampoco era un patán; no lo había sido con sus anteriores amantes siendo estas de un estatus mucho más bajo que la amatista, así que era de esperarse que tampoco lo sería con ella. Y además había algo mucho más valioso e importante que satisfacer sus deseos carnales con esa nívea de cabellos azabaches. Algo que ella tenía a mares y que por el contrario, a su familia empezaba a escasearle por malos negocios. Tomoyo tenía algo que Kurogane quería incluso más que su cuerpo, Tomoyo tenía dinero, mucho dinero.
Y volvió a sonreír al recordarla en aquella absurda fiesta de disfraces, seguía siendo la misma pequeña niña inocente de antaño y la misma chiquilla que pensaba incautamente que él era igual de puro que ella. Rió. Kurogane había perdido la poca pureza que tenía a los 14.
En ese instante, como un flasheo mental, recordó también el humillante rato que vivió casi al final de la velada. ¿Qué demonios había sido todo eso? Él no era un hombre de corazonadas, y aunque se negaba a creerlo, en su interior residía una punzante espina que le decía que aquel extraño sujeto de gafas había tenido algo que ver. No estaba seguro cómo ni por qué, simplemente lo presentía. Ese chiquillo idiota, amigo de Tomoyo, no era lo que aparentaba.
—Que sorpresa tenerte por aquí Kurogane. Disculpa haberte hecho esperar.
El nombrado coloco cuidadosamente en la mesita ratona la copa de whisky que la servidumbre le había ofrecido con anterioridad y se puso de pie para recibir a la dueña de aquella casona, Sonomi Daidouji.
—Descuide Señora Daidouji, el complacido soy yo porque me conceda un poco de su valioso tiempo —si, Kurogane era un completo y rastrero buen hablador cuando la ocasión lo ameritaba.
—Sonomi, te he dicho por años que me llames Sonomi —dijo la madre de Tomoyo sonriendo, sentía un particular agrado por ese joven—. ¡Pero toma asiento! Y cuéntame, ¿Cómo está tu padre? ¿Cómo estás tú?
El rostro de Kurogane se torno serio y sombrío mientras volvía a ocupar lugar en el cómodo sofá, quizá era un sentimiento verdadero, quizá no.
—Yo estoy bien, afortunadamente, pero mi padre todavía sigue luchando contra el cáncer. La verdad es que los doctores no dan muchas esperanzas y yo sé que le queda poco tiempo.
—Vaya, cuanto lo siento Kurogane —murmuro Sonomi por lo bajo, en verdad le dolía el camino al que había llegado a parar su colega de negocios. Si tan solo la hubiera escuchado en esa infinidad de veces que le aconsejo dejar el tabaco, la historia sería otra.
—Le agradezco, pero no he venido aquí a deprimirme —dijo el pelinegro con un ánimo renovado—. He venido a hablar con usted… Sonomi.
Ella asintió y su expresión maternal cambio a esa mascara que utilizaba cada que hablaba de negocios. Tenía la ligera impresión de que la visita de Kurogane no era solo por cortesía.
—Ya veo. Entonces… ¿A qué debo el honor?
El joven de cabello negro y rasgos afilados sonrió sibilinamente.
—He venido a solicitar su permiso para cortejar a Tomoyo.
/
— ¿Sería tan amable de hablarnos sobre el tema? —pregunto el profesor de historia bastante irritado—. ¡Hiragizawa!
Eriol levanto la cabeza del banco completamente desorientado, ¿Qué pasaba? ¿Quién gritaba? ¿Por qué todos reían disimuladamente?
—Déjeme recordarle que si no le interesa la clase —continúo el hombre mientras se acercaba a su asiento, allá al final de la fila—, la puerta de este salón está suficientemente grande como para que usted y su presencia quepan muy bien, señor Hiragizawa.
—Oh —murmuro Eriol, tallándose los ojos, ¿a qué hora se había quedado dormido? —. Entonces, con su permiso profesor.
Y sin decir más dejo su silla y salió del aula arrastrando los pies ante los vítores de admiración por parte de sus compañeros. Tras él, alcanzo a escuchar al profesor decir algo como "Además de ser un payaso con esas orejas en la cabeza, el niño resulta ser un payaso cínico".
No le dio mucha importancia al asunto. Una vez fuera del salón, en el pasillo, opto por sentarse en el piso y recargar su cabeza contra la pared. Allí esperaría a sus compañeros hasta que terminara la última clase del día.
No paso mucho tiempo antes de que la campana sonara y uno a uno, los alumnos del salón tres comenzaran a salir.
Después del profesor de historia que le dedico una mirada de circunstancias, salieron sus amigos Sakura y Shaoran, y detrás de ellos, Tomoyo, quien no le había dirigido la palabra, ni siquiera la mirada, en todo el día.
—No sé si felicitarte o insultarte por lo que hiciste Hiragizawa —dijo un sonriente Li a su amigo—. El tipo estaba tan enojado por tu descaro que no quito la cara de ogro durante el resto de la clase.
Sakura asintió, apoyando las palabras de su novio.
—No fue mi culpa, yo solo tenía sueño y él me invito a salir —el tono de Eriol sonó inocente y en efecto, bastante cínico. Shaoran soltó una risotada y los cuatro comenzaron a caminar fuera del edificio.
—Lo que hizo Hiragizawa estuvo mal, Li —hablo Tomoyo de pronto. Iba a unos pasos más adelante que los demás.
— ¿Aun estás enojada Tomoyo-chan? —la vocecilla del ingles le provoco una venita en la sien. Ella quería golpearlo.
— ¿Tomoyo está enojada? —pregunto Sakura con una enorme curiosidad. No todos los días veías a la joven Daidouji enfadada.
—Veras, pequeña Sakura, Tomoyo-chan está enfadada porque en la mañana le dije amablemente que tenía "granitos" en su rostro.
— ¡Cierra ya la boca, Eriol!
Ese grito de cólera hizo que los dos castaños detuvieran su caminata en conjunto con Eriol, pero a diferencia de este último, ellos dos estaban asustados. No recordaban haber visto antes ese brillo asesino en los ojos de la amatista.
Tomoyo soltó unos cuantos resoplidos y Sakura y Shaoran pensaron que si las miradas matasen, Eriol ya estaría enterrado cinco metros bajo tierra… vivo.
Nadie dijo nada, y al cabo de unos segundos la heredera del emporio de juguetes dio media vuelta y comenzó a caminar a zancadas. Debía alejarse de allí o acabaría rompiéndole el paraguas a Hiragizawa en esa cabezota que tenía.
— ¡Tomoyo-chan, espérame! —grito Eriol cuando ella ya iba unos metros más avanzada. Se despidió con un movimiento de mano y echo a correr tras ella.
Una gota apareció en la cabeza de Sakura y Shaoran cuando alcanzaron a escuchar algo de los acalorados gritos de sus níveos amigos.
¡Deja de llamarme "Tomoyo-chan"!
Descuida, ya que me has llamado Eriol, no hay problema en que tú también me digas "Eriol-kun"… o ¡ya sé! ¡Tengo una magnífica idea! ¿Qué dices de "Onii-chan"? Vamos Tomoyo-chan, puedes decirme Onii-chan.
¡Vete al demonio Hiragizawa!
—Yo… me pregunto hasta cuándo van a estar así —dijo Sakura sonriendo nerviosamente.
—Hasta que Daidouji deje de ser tan terca y Hiragizawa un fastidio con patas.
Sakura suspiro y entrelazo su mano con la del ambarino.
Les quedaba un largo, muy largo camino.
Notas de la autora: Hola, pues la verdad aun sigo con eso de haberme tardado tanto tiempo en actualizar, que después de pensarlo un rato opte por dejarles este capitulo con un día de anticipación. Además que me gusto mucho y no quise esperar para compartirselos. Podemos ver que Eriol volvio a las andadas con eso de sacar de quicio a Tomoyo XD Y también algo desde el "punto de vista" de los que se suponen serán los antagonistas, aunque a veces creo que los antagonistas terminaran siendo los mismos protagonistas y... ya que después termino haciendo spoilers XD.
Les agradezco mucho! Cuando empece con el fic no creí que llegaría a tantos reviews ni a tantos lectores, así que desde aquí un inmenso gracias a todos :D Espero que disfruten el capitulo, yo me diverti escribiendolo. Hasta el miercoles!
