Hasu.

Era uno de aquellos días cálidos y acogedores que invitan a cualquier persona a pasar un buen rato en el banco de un parque, con un helado de ese sabor favorito en la mano y una sonrisa de deleite en la cara.

El sol se ocultaba cada tanto entre las espesas y grandes masas de nubes blancas que poblaban el azul cielo, regalándole a la vista un hermoso paisaje irreal, casi fantástico.

Se trataba de uno de los días favoritos de la ya no tan pequeña Sakura Kinomoto.

Era de suponer entonces, que al ser uno de los predilectos tiempos de la castaña, una sonrisa de complaciente alegría adornara su rostro bañado de juventud, pero contrario a lo que cualquiera esperaba, la expresión de Sakura era de una seriedad inmensa que rayaba ridículamente en lo ausente.

Con la frente pegada a la ventanilla de la puerta del metro, la muchacha miraba con atención los borrones en los que se convertían aquellas casas y aquellos enormes arboles que el transporte público dejaba atrás. Y lo de ver era solo una fútil manera de ponerle un nombre a la escena, porque el reflejo en los ojos verdes de Sakura indicaba a todas luces que no observaba nada en realidad y que por el contrario estaba sumergida en la mescolanza de endebles pensamientos que desfilaban por su mente.

—Sakura…

Empezó a decir Li Shaoran, su tímido novio y su fiel acompañante aquel día, pero fue interrumpido por la voz confundida de la castaña.

— ¿Por qué no lo dijo antes? Un momento importante como este… ¿Por qué Tomoyo lo comentó hasta apenas ayer?

Shaoran le lanzó una mirada angustiada de la cual Sakura no alcanzó a percatarse. Él sabía sobre su terrible despiste para ciertos asuntos, pero de lo que sí estaba seguro era de haber notado aquella fractura que había sufrido la relación entre Sakura y Tomoyo ya hace algunos años. Fractura que su novia simplemente no acababa de enterarse.

Cuando pensaba en ello, no podía evitar sentirse culpable. Presa de su desmesurado amor, primero infantil y ahora adolescente, había acaparado poco a poco casi todo el tiempo de Sakura, tanto, que llegado el punto en el que por fin se diera cuenta de su fatídico error, Tomoyo ya solo les sonreía de lejos y compartía esporádicamente la hora del almuerzo con ellos.

Había comenzado con las visitas canceladas a casa de alguna de ellas para hornear pasteles o galletas, después las ocasionales llamadas por teléfono desaparecieron y pronto las charlas entre clases y horas libres también siguieron el mismo camino.

Ahora, la comunicación entre ambas chicas era lo suficientemente escaza como para que la heredera Daidouji le avisara a Sakura de su participación en el concurso de modas apenas un día antes del evento.

Shaoran cerró los ojos despacio, repasando mentalmente lo idiota que era. No lo había hecho con aquella intención, en verdad que no, pero justo en esos momentos en los que se detenía a meditarlo, admiraba lo patética que sonaba su excusa. No era como si con un "lo siento" Sakura y Tomoyo recuperarían su amistad.

— ¡Ya sé!

Escuchó de pronto el joven Li, abriendo los ojos rápidamente debido al jubiloso grito de la chica a su lado. Sakura acababa de salir de su ensimismamiento y ahora un brillo peculiar estaba albergado en sus orbes esmeraldas. Shaoran alzó una ceja, confuso.

—Tomoyo es mi mejor amiga —dijo la castaña como respuesta a la muda pregunta que se hallaba plasmada en el rostro del chico—. No importa qué, ella sigue siendo mi mejor amiga.

Él ladeó la cabeza ligeramente, sin conseguir entender del todo lo que Sakura trataba de decir. La muchacha soltó entonces una sonrisa genuina, de esas que mostraban la tenacidad de la que era poseedora y que hasta la fecha continuaban arrancándole el más furioso de los sonrojos.

—Hoy seré su animadora particular—asintió decidida sin borrar la sonrisa de sus labios—. ¡Pero antes necesitamos comprar unas cosas!

Las puertas del metro se abrieron repentinamente, anunciando la llegada a una de las estaciones. Sin darle tiempo a opinar, Sakura tomó con poca delicadeza la mano del castaño y lo llevo a rastras fuera del tren.

A veces, cuando su novia tenía esos arranques de efusividad, Shaoran solo podía juntar sus espesas cejas en un gesto de preocupación y cierto temor, preparándose mentalmente para cualquier disparate que estuviera maquinando la activa cabecita de su querida Sakura.

/

Se alejo un poco para admirar el trabajo que sus subordinados habían llevado a cabo.

Era realmente magnifico.

La imponente tarima de piso blanco y laterales negros se encontraba justo a unos cuantos metros de la entrada principal del parque de diversiones, siendo ésta la que diera la bienvenida a los primeros clientes que arribaban al lugar, los cuales, por cierto, no se preocupaban por pasar desapercibidas sus bocas abiertas y sus expresiones empapadas de estupor.

Había algunas docenas de sillas sofisticadas a ambos lados del escenario, destinadas especialmente para aquellas personas que estuvieran dispuestas a admirar durante algunas horas el show que se presentaría dentro de un rato.

Frente a la tarima, otras cinco sillas y una mesa de menor tamaño se erguían de forma casual. Ese era el lugar para el jurado del concurso y para él, que pertenecía al mismo.

También, colocados en puntos estratégicos, había algunos arreglos de las más elegantes flores, las cuales desencajaban por completo con todo el lugar en general.

A simple vista, era como tener un pedacito de un lujoso castillo mal acomodado en un cuchitril; y no es que el parque estuviera en malas condiciones, pero comparado con el ostentoso circo que había montado Kurogane, el acostumbrado ajetreo poco organizado de un parque temático resultaba en verdad de baja categoría.

Aunque no se trataba de ningún evento a gran escala como los que solía organizar, de todas maneras Kurogane sonrió con satisfacción. Nadie, estaba seguro, sería capaz de comprender el pletórico placer que le causaban ese tipo de detalles, el hecho de llamar la atención y el que su nombre apareciera en todos y cada uno de los patrocinios que realizaba, asegurándole desde luego, un lugar grabado a fuego en la memoria de los que asistían, convirtiéndolos al instante en potenciales clientes que servían de impulso para incrementar la fortuna de su familia, esa que empezaba a escasearle con cada día que pasaba.

Criado bajo la tutela de un gran hombre de negocios como lo era su padre, Kurogane había aprendido desde muy pequeño las artes más bajas del mundo financiero. Sabía jugar con la mente del resto y era algo de lo que se enorgullecía. Poseía también ese peculiar carisma que le ayudaba a ganarse la confianza de sus socios pese a que no era una persona de muchas palabras, y aunque no contaba con grandes cualidades para las actividades artísticas (las cuales su madre había tenido la esperanza que tuviera), eso era algo que salía sobrando cuando se era un genio en los negocios y un chico bastante bien parecido.

Sin dudarlo, cualquiera podría decir que entre dinero, atractivo y relaciones sociales, Kurogane era un hombre que lo tenía todo, pero desde el punto de vista del mismo pelinegro, había algo, siempre ese pequeño algo que lo alejaba de su tan anhelada vida perfecta.

Su penetrante mirada oscura se perdió en un punto muerto, cavilando tal vez demasiado en ese ligerísimo asunto que le asaltaba la mente de vez en cuando, que no atino a darse por enterado que algunos de los participantes ya atravesaban la gran puerta principal del parque de diversiones Tomoeda.

Kurogane no lo sabía, pero faltaban apenas treinta minutos para que el gran espectáculo comenzara y una hora exacta para que todo su maravilloso trabajo se viniera abajo.

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Ese no era ni de chiste el plan que con tan minucioso detalle había elaborado.

No recordaba el momento exacto en que las cosas dejaron de ceder ante sus caprichos, pero lo que si recordaba con bastante lucidez era aquella penetrante ansiedad y cierto fastidio que le aquejaba cuando algo se salía de su control.

Eriol simplemente no lidiaba de la mejor forma con las situaciones inesperadas y eso era algo que acababa de descubrir hacía no mucho.

Había despertado aquella mañana con un humor de encanto, con una de esas sonrisas contagiosas que en raras ocasiones aparecen y con la intención de salir de casa y llegar mucho más temprano que el resto al parque de diversiones Tomoeda, según el acuerdo con Tomoyo; para sorpresa de todos, había reído ante las ocurrencias de Nakuru e incluso terminó dándose un tiempo para sostener una charla filosófica con Spinel. Pero cuando llego el momento de salir de la mansión y notó que Kaho iba detrás de él de la forma más casual posible, sus ánimos se le fueron con rapidez hasta la punta de los pies.

Ella no había preguntado cuál era el destino, ni siquiera se había preocupado por saber si él quería que lo acompañara, simplemente se había postrado cerca del marco de la puerta principal sonriendo con una inocencia impropia de su edad.

Kaho Mizuki era bastante despistada en ocasiones, pero no era nada tonta y eso fue algo que Eriol descubrió al verla enfundada en un bonito vestido primaveral de tirantes en color rosa, con unos blancos tacones pequeños y un maquillaje natural que realzaba su rostro.

No podía negar que estaba hermosa, pero había en sus facciones ese ligero matiz que le indicaba que aquello era forzado. Conocía bien a Kaho, era una mujer perceptiva y siempre terminaba intuyendo aquellas cosas que los demás obviaban; de alguna manera, ella estaba enterada de las ganas que él tenía por salir, de las ganas que tenía por pasar tiempo con la heredera Daidouji.

Eriol sabía que todo ese empeño que había puesto la mujer que ahora se aferraba a su brazo se debía principalmente a sus propios temores, y el inglés se sentía terriblemente mal al darse cuenta que no podía calificar tales temores como algo infundado.

No la culpaba, él también pondría cualquier tipo de trabas para mantener a lo que más quería a su lado. Pero… ¿qué era lo que Eriol más quería?

— ¿Por qué no entramos, Eriol? —preguntó la pelirroja mirándolo directamente a los ojos con un brillito de impaciencia titilando en sus orbes.

Estaban de pie a un lado de la entrada del parque desde hacía un buen rato, en un silencio imperturbable que poco a poco había ido formando una densa barrera entre los dos.

No importaba qué tan juntos se encontraran, la realidad era que en esos momentos un extenso trecho los separaba, aislándolos a cada uno en su propia burbuja.

Eriol la observo durante algunos segundos antes de animarse a responder, desde ese par de ventanas chocolate que tenía por ojos, hasta su barbilla afilada y delicada, pasando por la nariz respingada, los labios finos, elegantes, y ese rictus de madurez que se le distinguía en cada uno de sus rasgos femeninos.

Entonces lo comprendió todo. Una verdad avasalladora se apropio de él, como una luz cegadora que de pronto le dominó la mente y le esclareció cada uno de los recovecos que hasta el momento habían estado en la total penumbra ahí dentro, en su cabeza.

Kaho, la mujer con la que había pasado los últimos años, era la perfecta representación de madurez y conocimiento de la vida, cualidades de las que aunque no carecía, era obvio que todavía le faltaban desarrollar. Porque no importaba que tan antigua fuera su alma, él continuaba siendo un adolescente y Kaho Mizuki necesitaba un hombre real, no un chiquillo con complejos de uno.

Al fin, Eriol abrió los ojos y se dio de bruces ante una cruda verdad.

Separó los labios, un poco aturdido, pero con la clara intención de responder.

Curiosamente sus palabras sonaron cordiales, suaves, y sin embargo había en ellas una mortal frialdad que dejaron paralizada a Kaho.

—No debiste venir. No debiste forzarte a todo esto.

Un semblante melancólico se apodero del rostro femenino, era como si Eriol acabara de dar un fuerte golpe en un punto sensible. Ella trató de sonreír.

—Ya no hay mucho que se pueda hacer, ¿o sí?

Eriol se disponía a hablar, movido tal vez por lo pesado de las últimas palabras, había algo en el tono de ambos que sonaba a despedida; no obstante, su intención murió en el momento mismo en que sus ojos zafiro se perdieron en la distancia, viendo con intensidad cómo una figura esbelta se acercaba a paso tranquilo.

Tomoyo le sonrió a lo lejos y el inglés se olvidó de todo lo que le rodeaba, incluso de cierta pelirroja que todavía aferrada a su brazo, bajó la mirada despacio.

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Sakura infló las mejillas y coloco su mano derecha en su barbilla, en una clara señal de irritación.

No sabía nada acerca de moda, ni colores, ni conjuntos, pero creía al menos tener un poco de juicio y podía apostar lo que fuera a que lo que estaba viendo en esos instantes era realmente espantoso.

—No hay más opción —dijo en un tono derrotado, conteniendo un suspiro—. Hay que llevarnos este.

Un coro de suspiros se escuchó detrás de ella y la castaña frunció el seño, dirigiendo inmediatamente una mirada asesina a la multitud de chicas. Volvió su atención una vez más al área de probadores y una gota gigantesca resbaló por su cabeza, ahí estaba Li Shaoran, con los hombros caídos y un aura terriblemente oscura rodeándole el cuerpo, tanto, que incluso daba miedo.

Amaba a su novio, de eso no cabía duda, desde su aire rebelde que había adquirido con el tiempo hasta su personalidad tímida y a la vez sincera y directa, no obstante, Sakura se preguntaba cómo era que todas aquellas chiquillas podían quedar embelesadas ante la imagen que tenían en frente, porque… si la castaña tenía que ser sincera, Shaoran perdía todo su atractivo mientras estaba enfundado en esos shorts cortísimos de tonalidad amarilla y roja y en esa camisa blanca ribeteada sin mangas. Por si fuera poco, una banda a juego le cubría parte de la frente, echando hacia atrás el eterno flequillo largo y despojándole de toda autoridad que pudiera ejercer su presencia.

— ¿Esto es necesario, Sakura?

La voz del chino llego como un eco lejano entre sus cavilaciones y para cuando regresó a la realidad, Shaoran ya la penetraba con sus intensos ojos marrones.

A la castaña los colores se le subieron al rostro.

—Totalmente necesario —dijo asintiendo repetidamente, casi como si se lo estuviera asegurando a si misma—. Tomoyo necesita todo nuestro apoyo en este momento.

—Pero tú no pasaras la vergüenza de tu vida —murmuró el castaño por lo bajo—. Tú realmente parecerás una porrista.

Sakura acaricio su frente, Shaoran tenía razón; mientras él iba a pasar un rato embarazoso, ella se iba a lucir con su bonita falda de tablones y su blusa ajustada. Mientras Shaoran era la burla del público, ella iba a ser alabada por su buena habilidad con el bastón y las piruetas, dejándola bien puesta en un pedestal de oro mientras que su novio, aquel al que amaba, terminaba en el piso, aplastado por su propio ego que había salido en un momento de inconsciencia.

Demonios, ¿En que estaba pensando? Se suponía que eran un equipo.

Sintió la culpabilidad apoderarse de cada célula de su cuerpo poco a poco, era como una gangrena que actuaba rápido, sumiéndola en una debilidad abrumadora que no le agradaba para nada. ¿Había sido un simple hecho causado sin ningún mal intencionado? Sakura no lo creía, no lo creía nada.

De pronto y sin previo aviso, una suave opresión en la frente le hizo relajar el ceño que había estado fruncido y no había notado; eran los labios de Shaoran los que como de costumbre la tranquilizaban y reconfortaban y la traían de vuelta de aquellos delirios que entraban sin permiso a su mente, esos que nos asaltan a todos de vez en cuando y que solo los más fuertes son capaces de librar. Sakura era fuerte, pero todo se volvía mejor cuando recibía la ayuda de alguien aún más fuerte.

—Tranquila —susurró Shaoran contra su frente, envolviéndola en esa burbuja de ensueño que tanto le gustaba—. Si es por traer a Tomoyo de regreso, estoy dispuesto a hacer lo que sea.

Sakura sonrió ligeramente. Ah, Shaoran le había hecho recordar el verdadero motivo por el cual hacía todo aquello. No iba a lucirse en un evento que no era el suyo, incluso ella corría el riesgo de perder su dignidad si es que la pasarela contaba con guardias de seguridad que los sacaran a patadas; la realidad era que todo eso ni siquiera era principalmente por ser la animadora de Tomoyo, la realidad era que su pretensión era mucho más sencilla: Sakura quería recuperar a su amiga, quería demostrarle lo importante que era para ella. Sakura quería e iba a hacerlo.

Alzó el mentón hasta que alcanzó a encontrarse con los ojos de Li, él le sonreía abiertamente a través de ellos, dándole los ánimos necesarios para separarse de él, para ignorar el nuevo coro de suspiros y para caminar a paso decidido hacia la caja de pago.

Cuando escuchó la vocecilla trémula de la dependienta decir "Gracias por su compra", Sakura supo que no había vuelta atrás.

— ¿Lista para irnos?

Giró sobre sus talones y la sorpresa se cincelo en sus facciones cuando descubrió a Shaoran deshaciéndose de las etiquetas que marcaban a la ropa como nueva.

— ¿Qué haces? —preguntó incrédula y al instante se sintió un poco tonta por lo obvio de su pregunta. Del otro lado, Shaoran solo la miro fugazmente antes de comenzar a caminar hacia la salida de la tienda.

—Vamos, no puedo andar por la calle con la etiqueta del precio volando, ¿o sí?

Su sonrisa, aunque pequeña, contagió tanto a Sakura como para que alzara las comisuras de sus propios labios en esa familiar mueca brillante de alegría y se apresurara a seguirle el paso.

Después de todo, aún faltaban dos estaciones de metro para llegar al parque de diversiones.

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Tomoyo se mordió el labio inferior con fuerza. No era algo que hacía a menudo, de hecho solo lo hacía cuando era sometida a una situación con un alto nivel de tensión o incomodidad y esa, desde luego, era una situación en donde reinaba un alto nivel de incomodidad.

Echó una mirada por sobre sus hombros y admiró el temple de sus guardaespaldas, eternas compañeras. Ellas parecían en verdad no inmutarse ante la atmosfera "romántica" que estaban viviendo, caminaban tan erguidas como siempre, dando la impresión de que absolutamente nada podría sacarlas de su firmeza, la amatista, por el contrario, ponía todo su empeño en no dar media vuelta y salir corriendo de allí, espantada por el derramamiento de miel del que estaba siendo testigo.

Y es que ver a Kaho Mizuki ir bastante pegada a Eriol no era nada digno de presenciar, ni tampoco la forma en que reía coquetamente o decía cosas ridículamente cursis lo suficiente alto como para que ella escuchara.

Su ex profesora lucía, sin temor a errar, como una quinceañera temerosa y celosa de que le arrebatasen a su chico. Claro, el hecho de que Eriol se comportara más frío que un tempano de hielo tampoco parecía ayudar mucho a los nervios de la pelirroja mujer.

La escena se había repetido desde que ella se encontrara con ambos minutos antes, en la entrada del parque, y honestamente estaba llegando a su límite.

Tomoyo sabía de mal tercios, por supuesto, los había vivido infinidad de veces antes de que decidiera alejarse de Sakura y Shaoran, y sin embargo, había algo en ese par que caminaba a su lado que realmente le provocaba una sensación difícil de describir, era como una interminable mezcla de cosas que no deberían de estar juntas, cosas que, por el simple hecho de encontrarse, ya causaban estragos en todo lo que les rodeaba.

Eriol y Kaho contaban con una presencia imponente por separado, cada uno con su propia elegancia, carisma y propio velo de misterio que le indicaba a cualquiera que eran personas que sabían más de lo que realmente decían, no obstante, al verlos juntos uno podía darse cuenta de la enorme discrepancia que había en ellos aun sin conocerlos.

No eran como el agua y el aceite, pero Tomoyo podía asegurar que tampoco eran tal para cual.

Su atención se perdió un momento de la pareja para mirar al frente, y cuando lo hizo, tan solo atinó a aferrarse con fuerza a la correa de la bolsa negra que llevaba; ante ella se presentaba, sin ningún tipo de cordialidad ni decoro, la majestuosa tarima en donde se llevaría a cabo el concurso de modas.

Había ya algunos remolques aparcados tras bambalinas, equipos de audio discretamente puestos en los laterales y un grupo de sujetos que daban largas caladas a sus cigarrillos en una esquina, todos ellos llevaban vaqueros desgastados, camisas variadas y encima un chaleco negro de múltiples bolsillos. Tomoyo los observo con pavor al darse cuenta que en la mano que no sostenía el tabaco llevaban una cámara fotográfica o una de video. Ellos pertenecían a los medios de comunicación.

Se detuvo abruptamente, aturdida por toda la atmosfera. Unos pasos más adelante, Eriol al darse cuenta le mandó una mirada confundida.

— ¿Te encuentras bien? —preguntó con una curiosidad rayando en lo cómico, sus orejas de gato estaban ligeramente caídas y sus ojos se habían agrandado un poco, dándole un aspecto en verdad enternecedor.

—Bien —mintió patéticamente con un gesto falso que no engañó a nadie.

—Esta vez no te ha salido la mentira —dijo Eriol sonriendo de esa forma serena que le daba a su rostro un par de años más y que a la vez le provocaba un cosquilleo agradable en la nuca—. Olvida los nervios Tomoyo, tus diseños serán los mejores.

La incomodidad desapareció por un segundo que a ellos se les antojo una encantadora eternidad.

Pero así como el segundo llego, se fue, siendo interrumpido por la melodiosa voz de Kaho, quien volvía a la carga con una nueva sarta de palabrería que incluso sorprendió a la amatista.

Ahí comprendió lo difícil que sería acercarse siquiera un poco a Eriol.

—Señorita Tomoyo.

La aludida acepto con una sonrisa un tanto incomoda la reverencia que hizo una de sus guardaespaldas. Ella llevaba como todas las demás unas gafas negras y un traje negro, pero quizá su rasgo más característico era aquel cabello corto de color marrón que tanto le recordaba al estilo de su madre.

Sin más, la mujer se aventuró a dibujar una mueca de cortesía y continuó hablando.

—El concurso está a punto de comenzar, será mejor que comience a prepararse.

Tomoyo asintió, percatándose que en efecto, algunos de los participantes comenzaban a extraer de lo que parecían ser valijas especiales sus más preciadas creaciones, al tiempo en que un grupo de modelos que ella recordaba haber visto en un par de revistas comenzaban a arremolinarse cerca de los vestidores, listas ya para ataviarse con las prendas que harían su debut dentro de poco.

Arriba de la tarima, Tomoyo alcanzó a vislumbrar a Kurogane justo a un lado de un chiquillo moreno que hacía la prueba del sonido. El pelinegro portaba su conocida sonrisa autosuficiente y por un momento Tomoyo envidió esa seguridad en sí mismo, era algo con lo que ella no contaba en ese instante.

Dio dos respiraciones profundas, tratando de llenarse de una confianza que no tenía. A la tercera inhalación, una mano se posó en su hombro.

No era otro sino Eriol.

Sus ojos, esas orbes de color zafiro la observaban con una intensidad apremiante, la escrutaban con la más fina minuciosidad que lejos de ponerla nerviosa, no provocaba en Tomoyo otra cosa más que un profundo hipnotismo. Era la primera vez que notaba lo claros que eran los ojos de Eriol y lo fácil que se volvía perderse en ellos.

—Tranquila, todo saldrá bien. Te deseo mucha suerte —murmuró sonriéndole y sin darse cuenta, con ese sencillo gesto dando a Tomoyo aquella pequeña pizca de valentía que ella tanto necesitaba.

La nívea no respondió, solo asintió animadamente y rauda fue tras bambalinas, lanzando indicaciones a sus guardaespaldas; era tiempo de empezar a alistarse.

— ¿Nombre? —preguntó una mujer de mediana edad cuando la joven Daidouji fue a ponerse frente a la mesa de registro. Necesitaba su número de participante y aquella fémina regordeta, castaña y de rictus anticuado era la única que podía proporcionárselo.

—Tomoyo Daidouji.

La mujer cabeceó para después ponerse a la búsqueda entre una multitud de papeles que descansaban descuidados sobre la mesa y luego de un rato, habiendo encontrado aquello que necesitaba, se apresuró a hacer unas cuantas anotaciones. Al cabo de algunos minutos, su voz rasposa se dirigió a Tomoyo.

—Participante número quince. Las modelos que te fueron asignadas deben estar esperando a un lado del vestidor. ¡Siguiente!

La amatista recibió algo incrédula la etiqueta que marcaría sus diseños con un gigante 15 y parpadeó un par de veces antes de dar la media vuelta y emprender el camino hacia el vestidor con el mismo número. Sus guardaespaldas, que ya tenían entre manos los tres atuendos, corrieron a seguirla algunos pasos más atrás.

El camino hacia los vestidores no fue muy largo, pero al ser el último Tomoyo se vio en la necesidad de recorrer cada uno de ellos.

Había participantes de todo tipo, desde los más nerviosos, aquellos a los que la inseguridad se les notaba a leguas, hasta los más seguros de sí mismos, esas personas que siempre creían que el mundo giraba en torno suyo y que desde luego, se coronaban ya en el primer lugar incluso antes de que el concurso diera inicio.

Tomoyo con su peculiar personalidad, no alcanzaba a incluirse en ninguno de los dos grupos.

Para cuando estuvo a menos de un metro del vestidor quince, se encontró de frente a un par de chicas que la veían directamente sin ningún tipo de pudor.

Ellas poseían la típica belleza que posee una modelo, eran exageradamente altas y delgadas, de nariz respingada y labios carnosos, una de ellas tenía un largo cabello castaño que le caía como cascada mientras que la otra, rubia y pálida, daba un aspecto mortífero que le erizó la piel a Tomoyo. Eran muy guapas, la castaña con sus ojos color aceituna y la rubia con una tormenta de tono gris oscuro en su mirada, más sin embargo, ninguna de las dos era bonita, no contaban con esa fragilidad y delicadeza en sus rasgos.

El tiempo de inspección terminó cuando ambas sonrieron y dejaron entrever una bien cuidada serie de dientes blancos.

—Tú debes ser Tomoyo Daidouji —dijo la chica rubia acercándose y, sorpresivamente, dando un abrazo a la nívea—. Mucho gusto, mi nombre es Natsuki y la de allá es mi compañera, Akira.

La susodicha alzó la mano en un gesto de saludo al que Tomoyo correspondió de la misma forma.

—Un placer —respondió la amatista, y a punto estaba de pronunciar una nueva palabra cuando de pronto un sonido proveniente del escenario llego a los oídos de todos. Natsuki frunció el ceño, descomponiendo por completo su perfecto semblante.

—Demonios. ¿Tan pronto ha empezado este circo? —Murmuró para sí misma, casi con fastidio—. Ni hablar, será mejor que nos des de una vez tus diseños. Podrás ser la última participante, pero créeme cuando te lo digo, en un parpadear será tu turno. Estas cosas van más rápido que una carrera.

Antes de tomar la vestimenta, aquella que sus guardaespaldas le ofrecían, Tomoyo alcanzó a vislumbrar la forma en que Akira rodó los ojos y movió los labios en una palabra que no llego a articular. Un "Exagera" fue lo que Tomoyo pudo entender.

Así, entre risas, comentarios vanos a través de la puerta del vestidor y la voz del presentador allá en el escenario como fondo, los minutos se le fueron a Tomoyo lo suficientemente rápido, tanto, que apenas si estuvo consciente del instante en que la misma mujer que le dio el número de participante apareció casi de la nada a su lado, indicando que en efecto, era el turno de la participante número quince.

— ¿Tan pronto? —preguntó la amatista en un tono más agudo del que le hubiera gustado. Los nervios habían vuelto.

—Yo te lo dije —canturreó Natsuki moviendo su melena de un lado a otro. En ese poco tiempo Tomoyo había descubierto que pese a su aspecto a primera vista imperturbable, la chica era todo un escándalo.

—Descuida —Akira le dedico una mirada maternal mientras hablaba—. Daremos nuestro mejor esfuerzo. Tus diseños se lucirán como los de nadie más.

Y sin otra palabra las dos modelos fueron las primeras en desaparecer por el pasillo.

Por su parte, Tomoyo aguardó un tiempo con la vista perdida antes de suspirar y encaminarse a uno de los costados del escenario con la intención de presenciar la pasarela; era cierto que no sería ella quien se presentase ante el público, pero los nervios le arañaban las venas casi como si estuviera a punto de hacerlo.

Cuando llegó a su destino, quedando oculta gracias a una larga cortina negra, no pudo evitar desviar la mirada hacia el exterior y lo que diviso le provoco una palidez aún más profunda que la de Natsuki.

Allá "afuera" había un buen puñado de personas que ocupaban cada una de las sillas que antes habían estado vacías, los camarógrafos se apiñaban a lo largo de la tarima y frente a la misma, en la mesa del jurado, ya dos hombres y dos mujeres terminaban de hacer anotaciones y bebían tranquilamente de sus botellones de agua, a la espera de los diseños del participante número quince, a la espera de sus diseños.

No obstante, algo peculiar llamó la atención de Tomoyo: había un asiento vacío en la mesa, justo la silla que se ubicaba en el medio.

—Parece como si fueras a vomitar —murmuró una voz grave y burlona a sus espaldas. Al girarse, Tomoyo se topó justo con la persona que había acudido inconscientemente a su cabeza: Kurogane.

—Te equivocas, estoy perfectamente —dijo con una seguridad que habría engañado a cualquiera… lástima que el pelinegro que tenía al frente no era cualquiera.

— ¡Vamos, Tommy! Sé que eres la maestra de la mentira, pero conmigo no funciona.

Ella tan solo frunció los labios y sin decir nada volvió su atención de nuevo al público.

Ahí estaba Eriol, sentado con su espalda erguida y una expresión de profunda expectación. Era válido decir, por supuesto, que el inglés desencajaba por completo con todas aquellas personas que le rodeaban, no solo debido al pequeño detalle de la cola y las orejas de gato, sino también por ese porte y esa finura que Tomoyo estaba segura, el chico ni siquiera sabía que tenía. Eriol poseía la capacidad de provocar admiración y respeto en cualquier persona, y si tenía que ser sincera, eso era algo que le encantaba de él.

— ¿Quieres hacerme el favor de no comerte a ese sujeto con la mirada? Al menos no conmigo presente —la voz de Kurogane volvió a resonar y Tomoyo no pudo hacer nada contra el sonrojo que invadió sus mejillas; cuando Kurogane se refería a "ese sujeto" era obvio que hablaba de Eriol—. Vaya, no tenía idea de lo grave que estabas —añadió en un tono juguetón pero extrañamente comprensivo, ganándose una mira confundida de parte de la amatista.

— ¿A qué te refieres?

—A que realmente te gusta ese tipo extraño.

Una sonrisa se formó en los labios del pelinegro mientras que Tomoyo empezó a enredarse con su propia lengua, en un penoso intento de desmentir las palabras anteriores.

—N-no… no sé de qué h-hablas. Él no me gusta. Eriol solo es… demasiado molesto —terminó en un murmullo y por alguna razón una vocecilla en su cabeza le grito que lo último era una vil mentira.

Y al parecer, Kurogane escuchó el grito de esa vocecilla.

— ¿Sabes? No te creo nada Tomoyo —dijo encogiéndose de hombros—. ¿Y sabes qué más? Deberías apresurarte y salir con él. Un día de estos te cortejare en serio y nada ni nadie será un obstáculo para que estés conmigo. ¿Qué te puedo decir? Eres lo que falta para que mi vida sea perfecta.

Él le sonrió ladinamente y alzó una mano a forma de despedida.

—De todas maneras, solo venía a desearte suerte. No soy el juez más blando de todos.

Con una mirada abstraída y un fuerte escalofrío serpenteándole la columna Tomoyo le observó partir, sin tener ni siquiera la mínima idea de que pasaría un largo rato antes de que ambos sostuvieran una nueva charla.

No teniendo otra distracción, sacudió la cabeza haciendo ondear su negro cabello y volvió a fijar la vista en el exterior, esta vez centrándose en el hombre que anunciaría la entrada de Natsuki y Akira.

Él pareció aclararse un poco la garganta antes de dirigir el micrófono a sus labios y cuando habló, Tomoyo recordó el insoportable sonido de una tiza chirriando contra un pizarrón.

— ¡Damas y caballeros! Continuando con la recta final de este concurso y siendo la décimo quinta concursante, me complace el presentarles la línea de diseños de la señorita ¡Tomoyo Daidouji!

La amatista tragó pesadamente cuando los aplausos de regla se dejaron escuchar y cuando Akira dio los primeros pasos por la tarima. Iba ataviada con el ligero vestido morado que tiempo antes ella misma había utilizado, más sin embargo, para su desagrado Tomoyo confirmó que a la castaña le sentaba de maravilla, mucho mejor de lo que ella podría lucirlo nunca.

No quiso hacer nada contra la punzada de envidia que le atenazó el corazón.

En cuanto Akira siguió avanzando fue cada vez más notorio el hecho de lo fácil que se adueñaba del escenario y del público. Con su grácil caminar mantenía la enajenación de cada persona que le ponía los ojos encima. Incluso los jueces, aunque impasibles, tenían ese brillo de interés en sus orbes.

Tal y como lo había dicho, los diseños de Tomoyo estaban siendo modelados como los de ningún otro.

De pronto, una tenue oscuridad proveniente de ningún lado opaco el brillo del refulgente sol, creando un ambiente extraño de luces y sombras que recordaba a ese juego que suele hacerse en el teatro.

Tomoyo, curiosa, recorrió la expresión de la multitud, todos parecían aún más sorprendidos que ella, todos menos cierto ingles que cargaba en su rostro un gesto de incredulidad y leve preocupación. Supo de inmediato gracias al ceño fruncido de Eriol, que aquello era producto de la magia.

Pero… ¿Quién?

La respuesta le llego rápida a Tomoyo, rápida y caída del cielo, literalmente.

Observó con estupor como Sakura, su amada Sakurita, venía en picada y directo al escenario desde una altura aunque no muy alta, si lo suficiente como para causarle unas buenas fracturas a cualquiera.

La castaña seguía cayendo, y cuando todo indicaba que se daría de lleno con el escenario, Tomoyo profirió un grito aterrado y cerró los ojos, incapaz de ver como su amiga terminaba medio muerta en la tarima.

Pero el impacto que la amatista esperaba nunca llegó, e impulsada por el común morbo humano, abrió lentamente sus parpados, primero uno, luego el otro, y lo que se encontró le llevó la sangre directo a los pies.

Ahí estaba Sakura, sonriendo despampanantemente y con los brazos extendidos hacia el cielo, llevando un enorme cartel llamativo que rezaba algo como "¡Arriba Tomoyo! Eres la #1", y por si aquello no era poco, quien había amortiguado su caída era nada más ni nada menos que Li Shaoran, quien sostenía sus pies en las palmas de las manos, alzándola en alto igual que un trofeo y haciendo honor a su ridículo vestuario de porrista.

Tomoyo estaba a punto de desfallecer.

Y entonces lo que nadie podría imaginar ocurrió.

La amatista jamás olvidaría seguro, la multitud de ojos atónitos que se vislumbraban por todos lados cuando una lluvia de pétalos rosados empezó a deslizarse desde el cielo.

Habría sido un espectáculo hermoso, sin duda, de no ser por la furiosa ráfaga de viento que azotó de improvisto y que generó remolinos de pétalos agresivos que fueron a golpear no solo a las personas, sino también al escenario y a su precario sostén.

Por primera vez en muchos años, a Tomoyo no le pareció tan genial la magia de su amiga.

Los gritos no se hicieron esperar, las personas quedaban sumergidas poco a poco en un mar rosa al que le tenían pánico y que a ella solo le hacía recordar aquel día hace siete años, cuando Sakura aun capturaba las Cartas Clow.

Lo último que alcanzó a ver fue el rostro angustiado de la castaña y la forma discreta en que su báculo adquiría su tamaño normal. Después de eso un grito desesperado de Shaoran llegó a sus oídos y no supo más.

La tarima se había venido abajo y todo se volvió negro.

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— ¡Lo lamento tanto!

—Te dije que no era una buena idea, Sakura.

Un ruido extraño, como el de un sollozo, le hizo querer abrir los ojos, pero lo pesadez en sus parpados se lo impidió por completo.

— ¿Hay algún herido? —preguntó una voz que ella no conocía.

—Una de las modelos sufrió una fractura en el tobillo y las personas del público aún siguen asustadas, pero nada más grave.

—Ya veo —continuó esa voz que pronto reconoció como la del hombre que había sido el presentador del evento—. El patrocinador está furioso. Se han metido en muchos problemas.

Un suspiro pesaroso la insto a removerse un poco desesperada, necesitaba saber qué estaba ocurriendo.

— ¡Shaoran, mira! ¡Tomoyo está despertando!

Abrió sus orbes amatista de a poco y lo primero que vio fue el azul del cielo despejado, pero al cabo de algunos segundos una cabeza castaña apareció en su campo de visión.

Sakura tenía las mejillas arreboladas y decoradas con algunas lagrimillas, mientras que en su mirada refulgía latente una preocupación que no le había visto en años. Cuando habló, lo hizo en un tono bajo que le indico lo avergonzada que estaba.

—Me alegra que hayas despertado —murmuró jugando nerviosa con sus pulgares—. Yo… lo siento Tomoyo, todo ha sido mi culpa.

Asintió sin saber muy bien que decir. Descubrió que había estado recostada en tres sillas que habían dispuesto como una especie de cama improvisada y a su alrededor grandes montañas de pétalos se acomodaban en un lado y en otro, al tiempo en que algunas personas seguían sin salir del estupor que les causaba no solo ver la marea de color rosa, sino también el escenario ahora destruido.

Todo había sido un desastre.

— ¿Por qué lo hiciste, Sakura? —preguntó suavemente dirigiendo una vez más su atención a la chica, ella no podía enojarse con la castaña, no importaba qué alboroto hubiera armado.

La antigua cazadora de cartas se estremeció ante el cuestionamiento y fue incapaz de responder de inmediato. De hecho, se tomó un largo tiempo antes de hacerlo.

—Lo hice porque he sido una pésima amiga, Tomoyo —dijo sencillamente y con la mirada fija en sus zapatillas deportivas. La joven Daidouji no pudo evitar sorprenderse—. Quería darte ánimos en el concurso, quería que supieras que aún sigo aquí y que jamás dejaras de ser importante para mí. Pero entonces… entonces las cosas se salieron de control y lo arruine todo.

El mutismo que le siguió a su confesión a Sakura le pareció una eternidad. Armándose del poco valor que todavía le quedaba alzó la mirada y se enfrentó de lleno a los grandes y expresivos ojos de Tomoyo.

Éstos brillaban intensamente debido a las lágrimas contenidas y más sin embargo, una bonita sonrisa, de esas ilusionadas que solían adornarle el rostro cuando era niña, había aparecido en sus labios, dándole a conocer a Sakura que ahí estaba su eterna amiga de nuevo.

Eran las mismas de antes y ella no hizo más que envolverla en un efusivo abrazo, presa de la emoción que había crecido de pronto en su pecho.

Al final las dos habían terminado en el suelo, con las sillas desperdigadas a su lado y con una carcajada pugnando por salir con fuerza.

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Sintió los brazos fuertes y marcados presionar su menudo cuerpo con ahínco, casi con rudeza; había algo en ese gesto que la reconfortaba por completo y le hacía sentir en casa, le hacía sentir segura y tener esas ganas de no querer separarse jamás. La calidez del cuerpo de Eriol era con creces un placer del que le gustaba disfrutar.

—Eriol… —empezó a decir pero el chico la interrumpió.

—No tienes idea de lo que me preocupe cuando vi que esa cosa se desplomaba —dijo con la voz afectada—. ¿Sabes la frustración que me invadió cuando no pude ir a ayudarte? Fue terrible, Tomoyo.

Ella cerró los ojos y se dejó llevar por las palabras del inglés. Sonaban tan sinceras, tan claras, que se atrevía a decir que conseguía experimentar la misma preocupación que él.

—Estoy bien —alcanzó a decir en un susurro ahogado, el abrazo se hacía más demandante con cada segundo que pasaba—. Eriol… no puedo respirar.

Notando la fuerza que ejercía sobre el cuerpo femenino, el joven se apartó de inmediato, un poco avergonzado, un poco sonrojado.

—Lo siento.

Tomoyo sonrió y abrió ligeramente los labios, pero lo que se escuchó no fue su voz melódica, sino un grito fiero y masculino detrás de ella.

Ah, había olvidado que para cuando Eriol la estrechaba en brazos, un furioso Kurogane se llevaba a dos castaños hacia un lugar algo apartado del resto, donde pudiera despotricar cómodamente contra los causantes de todo el alboroto.

—No los justifico, ambos hicieron mal, pero ese tipo está siendo muy duro con ellos —murmuró el inglés acariciando su barbilla absorto en la forma en que Kurogane decía quién sabe que sarta de palabrería.

—Bueno, él siempre ha sido muy temperamental y es normal que este enfadado, todo el concurso se fue a la basura.

—No del todo —dijo Eriol observándola de soslayo—. Desde luego no era el mejor momento, pero pasado el susto, las chicas que modelaban tus diseños fueron y terminaron su demostración con el jurado. Es posible que dentro de poco anuncien a los ganadores.

—Pero… creí que después de esto el concurso quedaría suspendido.

—Descuida, no eres la única sorprendida. Al parecer todos pensaron lo mismo. Todos menos ese sujeto —terminó Eriol señalando descuidadamente con la cabeza a Kurogane, quien en esos momento se acariciaba el tabique de la nariz, en un claro gesto de fastidio.

Asintió sin pretender continuar con la plática, pero entonces al mirar a su alrededor un detalle curioso le llamó la atención.

— ¿Dónde está la Señorita Mizuki?

El chico de ojos azules frunció ligeramente el ceño, y al hablar, había algo en su tono que Tomoyo no pudo identificar.

—Dijo que iría a dar una vuelta —su mirada se oscureció cuando añadió la siguiente frase—, nosotros tuvimos una pequeña discusión antes.

Las discusiones, pensó Tomoyo, nunca son pequeñas o grandes, solo son discusiones y no son buenas.

Habría seguido con algunas preguntas más de no ser por la figura de aquella mujer acercándose a Kurogane y que acabó por distraerla.

A simple vista no parecía tener más de treinta y cinco años y unos rasgos firmes y severos componían su rostro. No alcanzaba a divisar el color de sus ojos, pero estos eran pequeños, igual que su cabello negro azabache y su estatura.

La observo intercambiar algunas palabras con el pelinegro y ante una expresión de sorpresa, Kurogane se apresuró a buscarla con la mirada; cuando los ojos amatista de ella y los oscuros de él se encontraron, una sonrisa de genuina alegría inundo el rostro de Kurogane, quien no tardo en señalarla sin ningún tipo de disimulo.

—Oh, ella viene hacia acá —la voz de Eriol confirmo lo que en efecto estaba sucediendo, la mujer caminaba hacia ellos con un andar firme y elegante, y para cuando estuvo a unos cuantos pasos, Tomoyo la identifico como parte del jurado del concurso.

— ¿Eres Tomoyo Daidouji? —preguntó con la ligereza de una pluma, dejando entrever su alto estatus social. La chica no pudo evitar sentirse algo intimidada.

—Así es.

Y cuando la mujer sonrió mostrando esas pequeñísimas arrugas en las comisuras de los labios, toda tensión en el aire se esfumó por completo.

—No pretendíamos anunciarlo de esta manera —dijo echando una ojeada a su alrededor y comprobando que todo seguía igual de desastroso que hacía algunos minutos—. Pero en vista de que no hay más opción… Señorita Daidouji, entre el resto del jurado y yo, hemos llegado a la decisión de que sus diseños son, sin duda alguna, merecedores del tercer lugar de esta competencia. Muchas felicidades.

Tomoyo abrió y cerró la boca consecutivamente, incrédula, casi como un pez fuera del agua.

Paseó la mirada de los ojos pequeños de la mujer hacia la estatuilla que sostenía en una de sus estilizadas manos y viceversa, sin atreverse a coger el reconocimiento que ella mudamente le ofrecía.

¿Había ganado? ¡No podía creerlo!

—Si me permites decirlo, es algo incómodo mantener la mano extendida —agregó en son de broma y con esto, trayendo a Tomoyo de nuevo a la realidad.

— ¡L-lo siento! —alcanzó a exclamar antes de tomar con nerviosismo la estatuilla y darse cuenta de lo ligera que era.

Se trataba de un pequeño trofeo de cristal en forma de maniquí, con una base negra y una placa plateada que rezaba "Ganador del Tercer Lugar. Concurso de Modas Hasu".

—Te dije que todo saldría bien.

Tomoyo giró el rostro hacia Eriol controlando a medias el sonrojo que sentía reptar por sus mejillas. Él le sonreía abiertamente, mostrando ese gesto travieso que la mareaba y la dejaba confusa.

Entonces, muy discretamente, llegó a su mente la razón por la cual estaba ahí en ese instante, sosteniendo un pequeño trofeo y experimentando una emoción de incredulidad que apenas podía manejar. Entonces lo recordó.

¡Todo había sido culpa de Hiragizawa!

Era cierto, ese chico la había metido en aquel embrollo en contra de su voluntad, le había hecho pasar terribles dolores de cabeza y momentos espantosamente embarazosos y más sin embargo, también era cierto que tales momentos le habían vuelto a traer un poco de vida, le habían hecho sonreír como una niña de nuevo.

Le miro una vez más, lo suficiente para deleitarse con su sonrisa y para no perder el poco valor que le corría acelerado por las venas.

Ahí fue, en ese minuto crucial, en el que Tomoyo se animó a terminar con la distancia que les separaba y unir sus labios en un beso revestido de aquello que no podía describir, pero que expresaba en cada uno de sus movimientos rápidos e inexpertos.

Tomoyo estaba simplemente, demasiado emocionada.

Por su lado, Eriol correspondió a duras penas aquel beso. Tan sorprendido se encontraba que a punto estuvo de no notar la forma en que la amatista, atrevida como pocas veces, pedía un mudo permiso para introducirse completamente en su boca.

Aquello, sin remedio alguno, lo enloqueció.

Y es que el beso que en esos momentos compartían era indiscutiblemente diferente al de aquel día en el salón de música. Éste no era dulce, de hecho era un tanto frenético y apasionado, era más profundo, más intenso, y aunque no hay manera de saberlo, uno podría decir que esta vez ambos sabían muy bien lo que estaban haciendo.

Al cabo de un rato se separaron tras la falta de aire, con los labios ligeramente hinchados y con un peculiar brillo de deseo en los ojos; porque no importaba qué, continuaban siendo un par de simples adolescentes con las hormonas a flor de piel.

Un carraspeo los sacó de la ensoñación, recordándoles de golpe el lugar en donde estaban.

Ahí se encontraba todavía la mujer del jurado, viéndolos imperturbablemente con sus facciones duras nuevamente en su lugar, mientras que a lo lejos, un Kurogane asombrado tenía los ojos abiertos como platos y Sakura llevaba la alarma y confusión cinceladas en el rostro.

Pero ni a Eriol ni a Tomoyo les interesó mucho aquellas expresiones, ya que su atención se centraba únicamente en el gesto ceñudo del joven Shaoran y en la persona que el chico observaba con tanta fuerza.

Ah, era uno de esos momentos en los que se le tiene un profundo odio al caprichoso destino.

—Eriol… —la voz de Kaho Mizuki sonó quebrada, opaca, y el inglés sintió como si acabaran de darle una sonora bofetada.

Ella estaba postrada a unos metros, congelada, regalándole una intensa mirada vidriosa que era una extraña mezcla entre decepción, confusión y dolor que lo hicieron sentir miserable.

Acababa de traicionar a Kaho.

Su corazón latió apresurado cuando fue testigo de la carrera que emprendió la pelirroja hacia la salida del parque de diversiones.

Deseó ir tras ella, explicar un sinfín de cosas, esas cosas que carecían de total sentido ahora, pero en contra de todo pronóstico, sus pies se mantuvieron anclados al lugar donde estaba, a un lado de Tomoyo, dejando en claro inconscientemente la decisión que había tomado.

—Debes ir —escuchó de pronto como un eco lejano y perdido en algún recóndito espacio de su mente. Pasó un tiempo antes de que se diera cuenta que en realidad era Tomoyo quien había hablado—. Eriol, debes ir con ella.

Sus miradas se encontraron apenas un instante y al siguiente, sin decir nada, Eriol ya seguía el mismo camino que había recorrido Kaho minutos antes.

Tomoyo permitió que un suspiro impertinente saliera de sus labios mientras le observaba partir.

En su boca tenía la desazón peculiar que causa la incertidumbre, porque algo hubo en esa fugaz mirada que le provocó un escalofrío y le hizo cerrar los ojos.

Que terrible, que penoso se volvía darse cuenta que se era el causante de la despedida de dos personas.

Miró una última vez la figurilla que descansaba en sus manos y por alguna razón que no alcanzó a comprender, la victoria le supo amarga.


Notas de la autora: ¿Cómo han estado? Ahhh siento mucho la tardanza, pero fue un mes muy ajetreado entre la escuela y el trabajo y todas esas otras cosillas :( Les dejo este capítulo deseando que la espera haya valido la pena, es la primera vez que escribo un capitulo kilométrico, así que espero no haberlos aburrido tanto XD. Las relaciones entre los personajes empiezan a "solucionarse" de algún modo u otro, así que no tengo mucho más que decir, solo que el fic llega a su recta final je. Ya para terminar, solo agradeciendo sus reviews como siempre y aunque las actualizaciones ya no estén a la orden del día, el fic no se queda parado, se los aseguro :D Un abrazo desde aquí. Saludos!