Adiós Kaho.
Se conocieron de una forma bastante peculiar hace ya un buen puñado de años en Inglaterra, cuando él era un niño para nada simple y ella una adolescente con una percepción más desarrollada que cualquiera de su edad.
Eriol recordaba con enfermizo detalle la extraña conexión que los unió en el momento justo en que ella le dedicó una sonrisa cálida y él le devolvió el gesto, algo más receloso pero con impresionante honestidad.
En ese instante en el que sus miradas chocaron los dos supieron que no eran comunes, eran, casualmente, aquello que el otro venía buscando desde tiempo atrás.
Su relación se había desarrollado dentro de aquellas paredes de biblioteca que visitaban con asidua frecuencia. Los comentarios sueltos y las palabras vanas pronto se convirtieron en charlas amenas, largas e interesantes.
Eriol podía decir con total libertad que nada se salía de control con Kaho, todo siempre encajaba, todo siempre parecía correcto; incluso no hubo duda alguna en el momento en que la llevo a su hogar en Londres, dispuesto a presentar por primera vez a sus dos Guardianes, Ruby Moon y Spinel.
Aquel día Kaho no había gritado horrorizada, ni tampoco se había convertido en una fanática insoportable con preguntas impertinentes, simplemente se había limitado a saludarlos con su acostumbrada sonrisa y a alagar la belleza de Ruby Moon y el buen porte de Spinel.
Todo era tan natural que no se detuvo a pensar en el instante en que se vieron envueltos en una relación sin nombre ni etiquetas, porque Eriol y Kaho jamás se habían declarado como pareja, lo que existía entre ellos iba mucho más allá de lo que cualquier persona común podría llegar a entender.
Hasta que las cosas cambiaron, pensó Eriol mientras amainaba el paso y se postraba justo frente al portón de su mansión.
Traspasó la reja con esa tranquilidad que precede al caos y entró por la puerta principal de la casa, siendo bienvenido únicamente por un silencio sepulcral que no era reconfortante y por la imagen de Nakuru y Spinel, de pie en el recibidor con los rostros plagados de desconcierto y preocupación.
— ¿Dónde está? —preguntó Eriol, su tono de voz era suave pero rígido.
Spinel fue quien respondió.
—La Señorita Mizuki subió a la habitación de invitados, amo Eriol.
El chico asintió y a punto estaba de dirigirse a las escaleras cuando la delgada mano de Nakuru se cerró en torno a su muñeca, en un atrevimiento que en otro momento le habría hecho alzar una ceja pero que en ese apenas si atino a girarse.
—Eriol…
—Ahora no, Nakuru —interrumpió sin ningún tipo de cuidado—. Debo hablar con ella primero.
Nakuru asintió y antes de dejarlo ir agregó un último comentario.
—Sé que no tengo permitido involucrarme en tu vida, Eriol, pero sería bueno para todos que terminaras con esto —dijo regalándole una tenue sonrisa, de esas que solo un verdadero amigo consigue dar, una sonrisa que no juzga ni reprocha—. Estaremos en el jardín por si necesitas algo.
Y sin más sus Guardianes salieron por la entrada principal, dejándole el camino libre para que subiera peldaño a peldaño la escalera entera hasta encontrarse frente a la puerta de la habitación de invitados, aquella que le había asignado a Kaho y donde estaba seguro, se hallaba la pelirroja.
Respiró con pesadez antes de dar un ligero toque a la puerta. No le sorprendió cuando un atronador silencio le regalo palabras mudas del otro lado.
Había intentado ser educado, pero Eriol no estaba para esos juegos y sabía que Kaho tampoco.
Tomó entre manos el pomo dorado y lo giro de a poco, percatándose con gusto que no existía seguro que le impidiera el abrir la puerta con lentitud y encontrarla sentada en la cama, tan derecha como siempre, con las manos firmemente puestas en el regazo, admirando a través del ventanal un paisaje que en esos momentos no encajaba con el sentimiento de pesadumbre que se reflejaba en sus rasgos de dama refinada.
El ambiente era una mezcla de desazón y tensión en donde apenas si podía respirarse y de alguna extraña manera la luz del día no alcanzaba a iluminar siquiera una mínima parte de la habitación, dejándolos enredados en una atmosfera que solo removía más y más la ansiedad de Eriol, que de pronto había perdido toda postura y simplemente no tenía palabras que decir. Todo era tan complicado.
— ¿Sabes? Siempre me han gustado los días soleados —empezó a decir Kaho con esa suavidad en la voz que solo pretendía hacer las cosas más fáciles para él. Maldita sea, incluso en el instante en que la víctima era ella, cuando debía estar hecha una furia, Kaho Mizuki intentaba ayudarlo—. Cuando desperté esta mañana y vi lo bonito que estaba afuera, pensé que sería un día diferente. Nunca imaginé qué tanto.
Eriol suspiró y controlando a duras penas el temblor que se adueñaba de sus manos, avanzó hasta la mullida cama y tomó asiento a un lado de la mujer pelirroja. Aun pese a todos los cambios en el último tiempo, había algo dentro de él que seguía intacto, esa alma de hombre en cuerpo de chico que le debía a Kaho una justa explicación.
—Nunca fue mi intención hacerte daño. No era más que un simple juego.
Ella volteó a mirarlo con sus ojos marrones, era una intensa mirada que lo analizaba y le dejaba entrever una pizca de decepción y el brillo inconfundible que dejan las lágrimas derramadas.
—Lo sé —susurró en un hilo de voz y el llanto amenazó con hacerse presente una vez más—. ¿Puedes creer que desde hace tiempo lo sé?
— ¿Qué es lo que sabes, Kaho? —temía la respuesta, desde luego, pero ya era hora de dejar las cosas claras. Tenía que acabar de una vez por todas con eso que les había vuelto la vida miserable a ambos y los enfermaba cada día un poco más.
—Todo Eriol, absolutamente todo —las lágrimas ya surcaban de nuevo sus mejillas, pero la antigua profesora no permitió que aquello le impidiera soltar las palabras que pugnaban por salir de su boca—. Sé que al principio sí que solo era un juego y que para entonces todavía me querías. Sé el momento exacto en que "Daidouji" pasó a ser "Tomoyo" y lo mucho que disfrutas del tiempo en su compañía. Sé también que Nakuru detesta nuestra relación, que justo en este momento te sientes culpable de todo y que te preguntas a donde fue a parar el amor que sentías por mí. Sé todo eso y mucho más Eriol, y ¿sabes que es lo que más duele? Que aunque sabía que te perdía, no hice nada por tratar de evitarlo.
Un terrible silencio fue lo que le siguió a las duras frases de Kaho, quien ahora sollozaba los más discretamente que su propia tristeza le permitía, pero no lo suficiente como para que Eriol consiguiera pasarlo por alto. Ella tenía razón, ¿A dónde se había ido todo el amor que le profesaba? Cuanto más se detenía a meditarlo, más borrosos y lejanos le parecían aquellos momentos que había compartido con ella, como si de pronto una densa neblina le prohibiera echar una ojeada a aquellos recuerdos de ratos felices.
Entonces, como si de la nada hubieran volcado sobre él un gran cubo de agua helada, se dio cuenta de todo y el sentimiento le nublo la vista y le aguo los ojos, ¿Qué tan irónica y absurda podía llegar a ser la desgraciada vida? Mucho, se dijo a si mismo mientras bajaba la vista y permitía que su largo flequillo le cubriera parte del rostro.
—No hiciste nada por tratar de evitarlo —repitió Eriol con una sonrisa amarga—. Siempre fuiste tan perspicaz, Kaho.
—Y tú siempre fuiste tan observador y astuto —replicó ella en medio de un silencioso sollozo—. Daidouji solo fue… la perfecta excusa, Eriol.
— ¿Por qué duele, entonces?
—Porque aún nos queremos.
—Pero no nos amamos.
Kaho negó lentamente, sintiéndose incapaz de formular un "Ya no" que pondría el fin definitivo a todo.
— ¿Desde cuándo? —preguntó Eriol todavía sin atreverse a mantener un contacto visual. Las cosas se habían vuelto confusas y el aturdimiento apenas si lo dejaba pensar con claridad—. ¿Cuándo dejaste de… sentir?
Su interlocutora no respondió de inmediato, pero cuando lo hizo, la avasallante firmeza que le tiñó la voz provocó un estremecimiento en el inglés.
—Un año. Yo… simplemente desperté un día y había… había algo que no encajaba.
— ¿Fue así de simple? ¿Solo abriste una mañana los ojos y descubriste que ya no me amabas? —cuestionó de forma demandante, esta vez alzando la vista impulsado por el repentino enojo que le corría por las venas.
—Te equivocas. Al principio fue todo bastante ambiguo, ¿Pero que podía hacer? Tú estabas aquí, en Japón, y rumbo a aquel tiempo tus llamadas eran más bien escasas, ¡había semanas en que no sabía de ti! Algo se iba con cada día que pasaba pero no fui capaz de descubrirlo en ese entonces. Y luego pediste esa extraña poción y con ello no solo me preocupé, sino que vi la oportunidad de volver a revivir aquello que teníamos. Tal vez, estando de nuevo contigo todas las inseguridades se irían y me daría cuenta que no se trataba más que de una simple jugarreta de mi mente. Pero…
La duda se cinceló en cada uno de sus gestos, casi como si se debatiera en si era correcto continuar o no.
— ¿Qué sucedió? —apremió el inglés, ya no tan molesto, ya no tan confundido. De a poco, la situación cobraba sentido.
—Apareció Daidouji —dijo sencillamente y Eriol no alcanzó a entender del todo aquello que su mirada vidriosa quería expresar—. No fue algo que me preocupara en un principio, pero cuando te vi cada vez más lejos de mí y más cerca de ella, tuve miedo Eriol. Creo… que lo de hoy fue la gota que derramó el vaso y me ayudó a abrir por completo los ojos. Por eso duele tanto, porque solo te quiero.
¿Qué decir? Cuando todo esta aclarado y cuando no hay más palabras, no queda más que decir adiós, eso era algo que Eriol sabía muy bien.
—Jamás imaginé que las cosas terminarían de esta manera.
Abandonó su lugar en la cama y antes de dirigirse a la puerta lanzó una última vista al alegre paisaje del exterior. Había en él algo tan surrealista que lo irritaba, por eso odiaba esos días, cuando eran tan bellos, tan perfectos, alguna desgracia se ocultaba detrás, como en ese momento.
—Regresare a Inglaterra dentro de cinco días —escuchó la voz de Kaho a sus espaldas, parecía mucho más tranquila, como si se hubiera quitado un peso de encima—. No es necesario que vuelvas conmigo Eriol, siempre puedes cancelar tu viaje.
El susodicho abrió la puerta sin ninguna prisa y ahí se quedó, de pie en el marco de la misma.
—Te hice una promesa y pretendo cumplirla.
—Pero…
—Además, sabes que hay asuntos en Inglaterra que he estado aplazando desde hace tiempo.
— ¿Te refieres a eso de rendirle cuentas a tu padre? Por favor Eriol, no intentes sacar una excusa solo para cumplir…
—Apreció que te preocupes —interrumpió con los ánimos derrotados, de pronto, parecía como si una década hubiera pasado por el chico de cabello negro azulado y ella no se hubiera percatado—, pero ya es una decisión tomada, Kaho.
Eriol la observó por un rato que a ella se le antojo interminable, y para cuando estaba a punto de bajar la mirada, el chico la sorprendió regalándole una triste sonrisa y unas palabras dichas con el tono de voz más sincero que le hubiera escuchado jamás.
—No sabes cuánto lamento todo esto, pero… yo tampoco te amo más —sus ojos azules se volvieron oscuros y aquello termino por romperle el alma a la mujer—. Adiós Kaho, te deseo lo mejor.
Y con esas palabras Eriol salió definitivamente de la habitación y de su vida, esta vez seguro para siempre.
Kaho derramó un par de lágrimas más, recordando el pensamiento que se deslizó por su cabeza el día en que visitó a Yuuko Hichihara.
Las cosas habían sido diferentes, por supuesto, pero ni la más retorcida de las mentes hubiera llegado a saber cuánto.
/
Eran pasadas ya las once de la noche y su madre por fin había decidido irse a la cama y dejar de atosigarla con su reciente "éxito".
Había sido un día agotador, principalmente porque aquella sonrisa fingida que debió mantener durante toda la improvisada fiesta que armó Sonomi en su honor la había dejado exhausta.
Y es que Tomoyo lo que menos quería era celebrar.
Dejó el vaso de agua que sostenía en la encimera de la cocina y arrastrando los pies inició el recorrido hacia su habitación.
Subió las escaleras pensando en lo caprichosa y embustera que podía llegar a ser su madre cuando se lo proponía. Mira que obligarla a tener una fiesta así de la nada.
Luego de que Eriol se fuera, una avalancha de preguntas por parte de Sakura no se hizo esperar. Su confusión era tan evidente que de haberse tratado de otra situación, Tomoyo le habría sonreído con ternura. Sakura nunca dejaba de ser una niña.
Fue trenzando su largo cabello azabache en el camino hasta que se encontró frente a la puerta blanca de su recamara y la abrió sin cuidado alguno.
Como era de esperarse, nada la había preparado para ser recibida por un apretado abrazo como aquel que le cortaba la respiración y la hacía tambalear.
—Q-quien…
—No hables —dijo la voz ronca de quien la apretujaba y que pronto reconoció como Eriol—. Por favor, esta vez no hables Tomoyo.
Y por primera vez la amatista obedeció sin rechistar, no porque quisiera realmente, sino porque al segundo siguiente de que Eriol pronunciara aquellas palabras, el chico rompió en un llanto silencioso que la dejó impactada, completamente muda.
¿Qué había pasado? Eriol lloraba en su hombro y aunque no podía verlo por la oscuridad en que se sumía la habitación, el tacto y el olor le permitían saber que sus ropas estaban hechas un desastre, llenas de ramas, barro y algo húmedo que no alcanzaba a adivinar qué era. ¿Dónde había estado durante el día?
Lo guío a duras penas hacia la cama y él se dejó arrastrar sin poner resistencia alguna, pero sin soltarla del necesitado agarre, parecía como si su vida dependiera de ello.
—Es aquí cuando me dices qué ha sucedido —murmuró delicadamente minutos después, cuando él lucía un poco más calmado.
—No quiero hablar de eso.
Tomoyo suspiró y pensó en dejarlo así, en verdad que lo hizo, esperar a que en algún punto fuera él quien decidiera soltar todo y acabar de una vez con el inmenso drama que se había formado a su alrededor. Lo pensó, sí, pero no lo llevo a cabo, cuando quería algo Tomoyo Daidouji lo conseguía a como diera lugar.
—Escucha, Eriol —empezó a decir con esa voz determinante que usaba cada que quería que las cosas se movieran de acuerdo a su gusto; esa voz que lo dejaba a uno sin la posibilidad de negarse—. Es casi medianoche y los dos sabemos que el día fue un completo asco, de modo que si no estás aquí para decirme que ha pasado, entonces bien puedes irte por donde viniste, quiero dormir.
Una tenue risa desganada y grave se escuchó contra su hombro y le provocó un estremecimiento. Había olvidado que seguían abrazados.
— ¿Quieres que me lance por la ventana?
La amatista asintió por inercia y una nueva risa volvió a salir de los labios masculinos.
—Eres bastante embustera cuando quieres —añadió Eriol, y a la mente de Tomoyo acudió el pensamiento que había tenido sobre su madre minutos antes, ¿Qué tan parecida a ella era? Tal vez más de lo que le gustaría admitir.
Cuando Eriol comenzó a pronunciar las primeras palabras de lo que había sucedido luego de que partiera tras la Señorita Mizuki, algo en el interior de la nívea se encogió. Tal vez era su alma, tal vez era su corazón, o ambas.
Fue así, entre susurros rasposos y suspiros cansados que Tomoyo se enteró absolutamente de todo. De los sentimientos muertos de Kaho y de las decadentes emociones de Eriol. De cómo el dichoso trato no era otra cosa más que una forma de entretenerse y lo confundido que se encontró el inglés cuando se vio a sí mismo bastante cómodo en su compañía.
Al final, Eriol murmuró una frase que le acelero tanto el corazón, que no le sorprendería que en medio de la quietud de la noche su sonido retumbara por la habitación entera.
—Me gustas, Tomoyo —dijo simplemente y la abrazó con más fuerza, casi como si temiera que fuera a desaparecer en cualquier segundo.
No era una declaración de amor eterno, tampoco era el ambiente más romántico, pero aquello fue suficiente para que algo explotara en el interior de la amatista, un algo que daba emoción y nervios a partes iguales y que solo le hacían querer ponerse a brincar de un lado a otro cual niña pequeña.
—Eriol tu... —empezó a decir pero fue silenciada inmediatamente por uno de los largos dedos de su compañero. No lo veía, pero podía asegurar que tenía su mirada zafiro clavada en ella.
—No digas nada. Por favor, no lo digas todavía.
Y sin darle tiempo a replicar Eriol la besó, la besó con una cadencia que le provocó un suspiro y le hizo cerrar los ojos, envolviéndola rápidamente en esa calidez que solo él sabía proporcionar. Fue un beso que ambos disfrutaron, sabía a libertad, sabía a placer.
Sabía a esas ganas de vivir que ambos habían mantenido muy enterradas en lo profundo de su corazón y que ahora, solo ahora, salían a flote.
Se separaron lentamente y en medio de la oscuridad, se sonrieron.
Notas de la autora: Hola, hola! Aquí yo reportándome luego de... amm... un mes? :S Oh bueno, espero que hayan disfrutado el capitulo, en lo personal ha sido uno de mis favoritos :D Y solo como comentario, no suelo inspirarme mucho con la música, ya que suele distraerme mientras escribo XD pero para este capitulo en especial, no deje de escuchar estas dos canciones: Skinny love de Birdy y Give me love de Ed Sheeran. En fin, les mando abrazos desde aquí, gracias a todos por su paciencia y por sus lindos reviews del capitulo anterior :3 Saludos!
