Una no cita.
Tomoyo torció el gesto en una clara expresión de pena; nunca había sobrellevado muy bien aquello de rechazar declaraciones amorosas o invitaciones a citas, y eso era justamente lo que acababa de hacer dos minutos atrás y lo que venía haciendo los últimos tres días.
Los chicos tenían esa molesta manía de querer conseguirse una novia a quien llevar al festival de final de primavera y era casualmente ella el blanco de muchos niñatos ingenuos que pretendían conquistarla con un puñado de chocolates y una sonrisa nerviosa.
Para enamorar a alguien como Tomoyo Daidouji se necesitaba mucho más que eso.
— ¿Rompiendo corazones de nuevo Daidouji?
La voz a sus espaldas sonó burlona y aquello bastó para que las facciones de la amatista mutaran en una expresión de fastidio.
Se giró y pronto el comentario mordaz que iba dirigido a su interlocutor murió en la garganta.
Claro, para enamorar a alguien como Tomoyo Daidouji se necesitaba llevar anteojos, ser inglés, tener orejas de gato y llamarse Eriol, ah sí, y sacarla constantemente de sus casillas también.
—No molestes, Eriol —fue lo único que dijo la nívea antes de pasar a un lado del chico de ojos azules y seguir el camino que la llevaría al aula de música. Las clases habían terminado, ella tenía práctica en el coro y gracias a la insistencia del sujeto que acababa de despachar ahora iba con diez minutos de retraso.
— ¿Qué fue ésta vez? ¿Te declaró amor eterno o te invitó a ir al fin del mundo con él?
Tomoyo rodó los ojos ante el sarcasmo del inglés y sin embargo una serpenteante sonrisa apareció en sus labios pintados de un tenue brillo.
Habían pasado tres días exactos desde aquella noche en que Eriol había acudido a su habitación hecho un desastre y con los ánimos vagando por el suelo. No habían hablado mucho al día siguiente, cuando despertaron en los brazos del otro, pero era notorio a ojos de todos que algo había cambiado en la relación de ese par. Ahora se les veía más sonrientes, más cómplices.
—Él quería ir al museo —respondió ella desinteresada, viendo la forma en que Eriol, quien le seguía el paso, chasqueaba la lengua con hastío.
—A ti no te gusta ir al museo.
— ¿No? ¿Qué te hace pensar eso?
—Bueno —colocó una mano en su barbilla, en una fingida pose de estar pensando algo con mucha intensidad—, no pareces de la clase de chicas a las que les guste ir a museos en sus citas. Si me preguntas, al sujeto se le acabó la imaginación, ¡que cita tan aburrida sería si te llevaran a un museo!
Río ante la cara de espanto de Eriol y se detuvo a unos cuantos metros del aula de música.
—Para tu información —comenzó apuntándolo con su dedo índice—, eso de ir a museos es muy interesante, que tú seas un inculto es otra cosa.
Eriol resopló y su flequillo se alzó un momento de manera exagerada, había algo en aquella manía de Tomoyo por llevarle la contraría que le exasperaba y divertía a partes iguales. Sin duda alguna la chica Daidouji era todo un personaje.
—Las citas son estúpidas y poco originales —soltó luego de unos segundos en los que el tan acostumbrado silencio llenó su espacio. Tomoyo curvó una ceja en claro signo de interrogación—. Yo no invitaría a una chica a una cita sino a una no cita —terminó con una efusiva sonrisa que le hizo recordar a un pequeño niño en una tienda de caramelos.
— ¿Qué es eso de no cita Hiragizawa? —preguntó con una mueca de circunstancias, y sin esperar respuesta avanzó los pasos que le faltaban para introducirse en el salón. Desde el otro lado de la puerta cerrada alcanzaba a escuchar las armónicas voces de sus compañeros, habían ensayado tan duro que estaba segura que esta vez ganarían el concurso del próximo semestre.
— ¡Hey, Tomoyo!
La grave voz de Eriol la distrajo un último momento.
Lo observó atentamente y descubrió en él aquella sonrisa inocente que no combinaba para nada con el brillo titilante y travieso que albergaban sus ojos zafiro; supo al instante que el chico le saldría con una nueva idea disparatada que no le gustaría ni un poquito.
—Te invito a una no cita mañana después de clases —dijo con la soltura de quien habla de su comida favorita. Ni una sonrisa nerviosa, ni un chocolate a la vista, después de todo así era Eriol, espontaneo, directo y nada romántico.
Tomoyo dejo salir una carcajada un poco floja y un asentimiento de cabeza fue la confirmación a esa repentina propuesta.
A final de cuentas no tendría una cita con Eriol Hiragizawa; ellos pasarían el día en una no cita.
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Se descubrió a sí misma ante el innegable y estúpido problema de no saber qué vestir.
Ojeó por enésima vez los atuendos que había sobre su cama y con molestia llegó a la conclusión de que ninguno le gustaba del todo. Eran tan diferentes entre sí que Tomoyo dudaba que pertenecieran a la misma chica.
El primero, el de la derecha, consistía en un femenino vestido amarillo pastel; con los delicados tirantes, el grácil vuelo de la falda y las zapatillas con las que pretendía hacer juego, estaba segura que sería la digna representación de la femineidad andando.
Era demasiado incluso para ella.
El segundo vestuario que Tomoyo había escogido bien podía nombrarse como el opuesto del primero. Se trataba de unos vaqueros desgastados, algo raídos por el tiempo y una blusa que aunque no era holgada, tampoco le quedaba completamente ceñida al cuerpo.
Dejó escapar un extraño sonido de molestia y se masajeó la sien con vehemencia. ¡Claro que había tenido citas antes! Pero ciertamente ninguna tan intempestiva e improvisada como la que Eriol le ofrecía.
Aquel día posterior a su invitación había salido de clases a las cuatro en punto de la tarde, había caminado con parsimonia hacia el portón de la Preparatoria Seijo y allí lo había encontrado, recargado en la barda con ese desgarbo tan propio de él y con la mirada azul perdida de algún punto perdido del piso. Era obvio que no había reparado en su presencia de ninguna forma.
— ¿A dónde iremos? —preguntó sin saludar y no pudo evitar una risilla al notar el sobresalto de Eriol por ser sacado de sus cavilaciones.
Él carraspeó y recobró la compostura antes de dirigirle una intensa mirada.
—Pasare por ti dentro de una hora y media —dijo simplemente, emprendiendo después a paso firme el camino que lo llevaría a su antigua mansión.
Por su parte, Tomoyo solo atinó a parpadear, sintiéndose confusa y estúpida al mismo tiempo, igual que en esos momentos en los que veía la ropa encima de su cama con evidente frustración.
Eriol la había dejado con la palabra en la boca y no había dado ningún detalle sobre la dichosa no cita, ¿Irían a cenar? ¿Al cine? ¿Al parque de diversiones?
Frunció los labios. Aquel chico realmente era impredecible, no podía esperar de él un paseo tranquilo, un ramo de rosas rojas y una salida típica de una pareja porque… bueno, ellos no eran una.
Dos golpes en la puerta de la habitación distrajeron a Tomoyo de su dilema; musitó un adelante y a través del hueco hizo acto de presencia la imponente figura de Sonomi Daidouji enfundada en un traje sastre color azul marino. Tomoyo admiraba su temple y su frialdad para los negocios, pero definitivamente no deseaba ser como ella.
—Buenas tardes mamá —murmuró con su característico tono dulzón, provocando una sonrisa inmediata en Sonomi.
— ¿Planeas salir? —preguntó observando los conjuntos sobre el colchón e intentando sonar desinteresada, fallando estrepitosamente en ello, por supuesto.
Fue el turno de Tomoyo para sonreír.
—Sí, Eriol vendrá a recogerme.
—Sabes que no me gusta ese chico, ¿verdad, Tomoyo?
La amatista asintió con algo de reserva, trayendo a su memoria el día no tan lejano de cuando su madre había visto a Eriol por primera vez. En aquella ocasión la cosa había terminado en una infantil e indecente pelea de perros y gatos.
—No hagas un escándalo cuando venga, mamá, por favor.
Sonomi tenía que admitir que la súplica mezclada con reproche en los ojos y en la voz de su hija la habían ofendido un poco. Tomoyo no entendía, no entendía nada, que aquel brillo que había notado en la mirada de ese chico era de sumo cuidado.
Se disponía a replicar algo sobre la mala influencia que podían ser los hombres, cuando un sonoro suspiro escapó de los labios de Tomoyo y su madre no pudo hacer más que observarla atentamente.
Tenía el ceño fruncido y mordía su labio inferior con insistencia, en una graciosa mueca que no le veía en años.
De improvisto una oleada de añoranza y melancolía llenó a Sonomi al darse cuenta que aquella persona que tenía enfrente no era más una niña, era de hecho, una chica a punto de convertirse en mujer. Sintió que su pequeña había crecido en un fugaz instante y ella patéticamente lo había pasado por alto.
La miró otra vez y no consiguió evitar el gesto orgulloso que invadió sus facciones. Más le valía al chico ese que Tomoyo la pasara bien porque lo que estaba a punto de hacer no eran detalles que alguien como ella tuviera muy a menudo, no al menos cuando se trataba de un sujeto que iba tras su única hija.
—Esto estaría bien, ¿no crees? —dijo Sonomi casualmente mientras tomaba del reguero de ropa (ese que se encontraba del otro lado de la cama) unos vaqueros en color negro y una blusa turquesa de botones. Era un conjunto excesivamente sencillo pero era justo lo que la amatista venía buscando desde hacía casi veinte minutos.
—Es perfecto.
Y el brillo de ilusión que apareció en los ojos exóticos de Tomoyo le hizo saber a Sonomi que después de todo estaba haciendo lo correcto.
La siguiente media hora transcurrió entre comentarios banales y una que otra risa ocasional, al final Sonomi había terminado cepillando el negro cabello de la nívea, justo como lo hacía cuando ésta fuera apenas una chiquilla de algunos años.
Para cuando el timbre de la mansión sonó con insistencia exactamente a las cinco y treinta, Tomoyo ya esperaba en el recibidor, con un pequeño bolso colgando de su hombro derecho y una sencilla trenza adornando su melena suelta.
Se apresuró a abrir la puerta antes de que cualquier persona del servicio lo hiciera, encontrándose de frente con la cara sonriente de un Eriol que traía entre manos una canasta que a leguas se notaba bastante vieja.
Iba ataviado con unos pantalones oscuros y una camisa borgoña que solo acentuaba el color claro de su piel, el cabello lo llevaba desordenado, algo bastante inusual en él y que sin embargo le daba un aire casual y fresco que le sentaba de maravilla. No parecía haberse esmerado mucho en su aspecto, lo que era un alivio para Tomoyo; la cena romántica y elegante estaba fuera de la lista.
— ¿Nos vamos o seguirás comiéndome con los ojos? —le dijo a modo de saludo, provocando que un furioso rubor trepara por las mejillas de la amatista—. Porque no tengo ningún problema con eso, si me preguntas —agregó en tono jocoso, aumentando un poco más la tensión que se palpaba en la atmosfera.
—N-no te pregunte —fueron las palabras torpes de Tomoyo, quien en menos de un suspiro ya pasaba por el costado de Eriol, dándose de lleno con el agradable ambiente que ofrecía aquella tarde de primavera.
El inglés rio de buena gana y con esa confianza que le caracterizaba cerró la puerta de la casona, dispuesto a guiar a su no cita hacia el lugar que tenía preparado.
Y desde una de las ventanas frontales del segundo piso, Sonomi Daidouji veía con algo de resignación el andar de aquella pareja no declarada, pensando fervientemente para sí misma que acababa de enviar a su hija directo a la boca del lobo.
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— ¿Un picnic?
La incredulidad en el rostro de Tomoyo era imposible de ocultar; la verdad era que de todos los posibles escenarios que su cabecilla hubiera podido maquilar aquel realmente no estaba dentro de las posibilidades.
— ¿No te gusta? —preguntó Eriol mientras colocaba el típico mantel a cuadros encima del pasto. Había sonado bastante desinteresado, pero solo él sabía del perenne nerviosismo que de repente le había arañado las venas. ¿Qué si no le gustaba? ¿Qué si ella prefería algo más clásico como una salida al cine o a un costoso restaurante?
—No es eso —se apresuró a decir Tomoyo—. Es solo que… son casi las seis y estamos en medio del bosque, Eriol.
Aquello era cierto. Luego de abandonar los terrenos de la mansión Daidouji habían caminado durante unos largos minutos en completo mutismo hasta que la figura del Rey Pingüino, en el parque del mismo nombre, se dibujó ante sus ojos.
Tomoyo había pensado, ingenua, que darían algunas vueltas y solo después de aquello se dirigirían al lugar real de su no cita, pero cuando el inglés se internó sin ningún tipo de reparo en el bosque, comprendió que quizá, solo quizá, ese era el sitio al que Eriol la había querido llevar desde un inicio.
No se había equivocado.
—Así es más sencillo notar la magia Tomoyo —dijo en respuesta, un poco más calmado, siguiendo ahora con la labor de colocar sobre el mantel todo aquello que traía dentro de la inmensa canasta que venía cargando desde que apareciera en su casa.
Y lo que había dentro de la cesta sin lugar a dudas derritió a la amatista, pues se trataba de un espectacular manjar de pastelillos y dulces tan coloridos y apetitosos que cualquiera se preguntaría si en verdad eran comestibles o solo una muy buena serie de adornos para la mesita de centro de una sala.
—En Inglaterra solemos tomar el té a las cinco —continuó Eriol—, pero supongo que como no estamos ahí y acabo de mezclar tradiciones con esto del "picnic", una hora de diferencia no rompe del todo con el protocolo.
Sus miradas se conectaron y Tomoyo contuvo el aliento al verse golpeada por el brillo de expectación y diversión que llameaba en los ojos del inglés. Él realmente se veía muy ilusionado con todo eso.
Eriol palmeó con descuido un lugar en la manta, invitándola a tomar asiento igual que él y la amatista obedeció sin objeción alguna, había en la atmosfera ese algo peculiar y extraño que se le antojaba mágico, irreal. Era un momento que en definitiva no quería romper.
— ¿Por qué te tomaste tantas molestias?
Las palabras suaves provocaron que Eriol dejara de servir el humeante y aromático té por unos segundos. La verdad era que ni siquiera él estaba del todo seguro.
Se encogió de hombros.
— ¿Has escuchado eso de los impulsos adolescentes? —le entregó una tacita de porcelana fina y Tomoyo se deleitó con la exquisita fragancia que desprendía aquel liquido caliente.
—Dudo mucho que hayas hecho todo esto por un simple impulso adolescente.
Eriol sonrió de lado, Tomoyo era una chica de mente astuta.
—Me has atrapado —dijo alzando las palmas de las manos, a modo de derrota—. Pero no te lo diré hasta que tengamos que irnos, ¿de acuerdo?
— ¿Lo harás? —el recelo en la voz de la amatista le causo gracia, pero supo disimular muy bien la inoportuna risa bajo un leve carraspeo.
—Lo hare, confía en mí.
Y con aquella frase y esa sonrisa reconfortante de los labios de Eriol, Tomoyo dejó el tema, permitiendo en su lugar seducirse por los pastelillos de crema y frutas que la llamaban a gritos desde hacía rato.
Hablaron de todo un poco, desde los recuerdos que tenían en común hasta los planes que albergaban para su futuro. Entre una de esas platicas fue que Tomoyo descubrió que quien había preparado los bocadillos había sido el mismo Eriol, junto al reacio de Spinel, quien en su mayoría solo había ayudado a mantener a una histérica Nakuru fuera de la cocina.
—Ella moría por preparar algunos —comentó el inglés refiriéndose a los pastelillos—. Pero si en algo estoy de acuerdo con Spinel, es que Nakuru es un verdadero desastre en las artes culinarias. La última vez que comí algo preparado por ella no pude salir del baño en todo un día.
Había soltado una carcajada desinhibida ante el comentario, dejándose la nota mental de evitar ir a comer a casa de Eriol cuando Nakuru Akizuki se encargara del banquete.
Al final, y escurridizo como ningún otro, tocaron el tema de Kaho, tornando la atmosfera un poco incomoda y densa. El chico de cabello negro azulado había compuesto una sonrisa melancólica y con un tono de voz gobernado bajo el mismo matiz, confesó no haber hablado demasiado con ella en los últimos días.
—Nos limitamos a saludarnos por las mañanas y a despedirnos por las noches. Según Spinel pasa todo el día fuera de casa.
Tomoyo asintió, sin saber realmente como retomar la amena charla que habían sostenido hasta minutos antes.
Y la verdad es que no tuvo que complicarse mucho, pues adelantándose como siempre, Eriol sacudió la cabeza de forma brusca, casi como si quiera ahuyentar cualquier pensamiento que pudiera arruinar la velada, y entonces justo después se puso de pie, ofreciéndole la mano al instante con una renovada sonrisa.
—Cierra los ojos —dijo cuándo la amatista se encontró a su altura.
Ella le mando una mirada escéptica que le hizo rodar los ojos, ¿Por qué tenía que ser tan desconfiada?
—Pronto será hora de irnos —explicó— y quiero mostrarte algo antes. Vamos, cierra los ojos.
Tomoyo suspiró y todavía con algo de reticencia bajó sus parpados, a la espera de lo que fuera que él pretendía mostrarle.
Si tenía que ser honesta consigo misma, aquello era más de lo que había esperado; estaba… bueno, estaba simplemente encantada. Eriol tenía la curiosa habilidad de maravillarla con el más pequeño de los detalles y de fastidiarla con la más pequeña de las tonterías también.
El crujido de unas ramas le hizo abrir los ojos por inercia y lo que encontró justo frente a ella la dejó sin habla, sin respiración y completamente cautivada.
Ante sus orbes se hallaba la bóveda celeste al alcance de sus manos.
Era un manto que la envolvía por completo en una noche estrellada, de esas que ya solo se encontraban en los lugares aislados y en los sueños que la asaltaban algunas veces.
Se trataba de una vista de un azul insondable, oscuro, enigmático, y las estrellas brillantes y titilantes que lo salpicaban pronto la sorprendieron al cobrar formas y movimientos juguetones, traviesos, tanto, que Tomoyo llegó a sentirse en la primera fila de una película que rompía por completo con los esquemas.
De a ratos veía algunos pececillos saltar de un lado a otro, divertidos por nadar en aquel mar infinito compuesto de lucecillas, y cuando estaba a punto de tocarlos con la punta de sus dedos, las estrellas entraban una vez más en aquel juego de rápidos movimientos, cambiando abruptamente la imagen, mutando en una delicada bailarina, en un gracioso payaso y finalmente en un par de gatitos que brincaban y rodaban, jugando entre ellos y provocando una sonrisa enternecida en Tomoyo.
Al cabo de unos minutos, sin siquiera alcanzar a percatarlo, aquel mágico escenario se desvaneció por completo, dejándola solo con el acostumbrado cielo que ya empezaba a oscurecerse y con los profundos ojos azules de Eriol, que la miraban intensamente desde cierta distancia, con la sonrisa misteriosa en los labios y el antiguo báculo dorado en su mano derecha.
— ¿Qué fue todo eso? —preguntó la amatista con la incredulidad bailando en sus exóticos ojos.
Eriol resopló.
— ¿No puedes simplemente decir que te gustó? —respondió con otra pregunta, fingiendo bastante mal una pose ofendida.
—De hecho, fue hermoso —le dijo la nívea, sonriendo de nueva cuenta, esta vez mostrando una hilera de blancos dientes.
El inglés acortó los pasos de distancia que había entre ellos y con su mano libre tomó la de Tomoyo.
—Sabía que te gustaría —dijo de vuelta, pero con una expresión de desolación que no logró ocultar de los analíticos ojos de la amatista—. Ésta es mi despedida, Tomoyo.
Y cuando él agregó aquella frase la amatista lo comprendió todo. La repentina invitación a esa no cita, su esmero y el final gesto de tristeza que ahora se albergaba en sus orbes color zafiro.
— ¿Cuándo? —alcanzó a preguntar, luchando con el temblor que su voz amenazaba con mostrar.
—Dentro de dos días.
Un suspiro resignado se escapó de sus labios y entonces el terrible peso del silencio cayó sobre ellos, como ya era costumbre.
¿Qué podía hacer? No era costumbre de Tomoyo adoptar el papel de damisela dramática, no, de ningún modo le pediría que se quedara, además, Eriol era lo suficientemente orgulloso como para incumplir una promesa por más absurda que ésta fuera. Si había tomado una decisión definitivamente no sería Tomoyo quien se la refutara.
Al final la no cita había terminado a las ocho y treinta de la noche, con un incierto comentario de Eriol que había sonado a algo como "Es tarde, debemos irnos".
Pronto el mantel, las tazas y los platos vacíos quedaron debidamente guardados en la vieja cesta de mimbre y ellos se encontraron caminando de regreso a paso tranquilo y sorprendentemente, charlando de forma fluida.
Y aunque era una fluidez hueca, donde hablaban de todo y de nada, Tomoyo y Eriol sabían que era la mejor manera de evitar el camino rocoso que había detrás del tema de la partida a Inglaterra.
Simplemente retrasaban el instante en que deberían decir adiós.
—Gracias por los pastelillos —dijo Tomoyo cuando al fin se encontraron de pie frente al gran portón de la mansión Daidouji—. Estuvieron deliciosos.
Eriol asintió con una leve sonrisa y sin pensarlo mucho se acercó a la amatista, atreviéndose a depositar un suave beso en sus labios delgados.
—Gracias a ti por aceptar acompañarme —susurró aun contra su boca—. Que pases buena noche Tomoyo.
Y sin decir nada más él comenzó a alejarse, dejando a una joven Tomoyo con el vago pensamiento de que nadie había pronunciado su nombre con tanta dulzura antes.
Notas de la autora: Hola! ¿Cómo han estado? Espero que muy bien :) La verdad es que había terminado este capítulo desde hace algunas dos semanas, pero hace poco salí de vacaciones y los finales de semestre siempre son un problema con eso de exámenes y tareas finales -.- Pero bueno, aquí estoy una vez más con un capítulo bastante tranquilo, ya saben, quería darle un pequeño toque romántico al fic, aunque creo que parece más agridulce que nada XD Eriol se va despidiendo y nuestra querida Sonomi también, ya que fue su salida de escena. Y pues... faltan solo dos capítulos para el final, así que espero que los disfruten tanto como yo lo hago escribiéndolos :D
Muchas gracias a todas las personas que se toman el tiempo de leer y de dejarme un review, los aprecio mucho :)
Saludos y besos desde aquí. Hasta pronto!
