Charlas pendientes.

Hay un punto de la vida, ese momento inexacto y pocas veces predecible en el que surge en el centro del pecho un sentimiento que encoge el corazón; se trata de una extraña preocupación y una inexplicable ansiedad que recorre el cuerpo de pies a cabeza. La mayoría de las personas no alcanza nunca a definirlo, pero otros tantos, aquellos que por azares del destino son más perceptivos que el resto, lo nombran bajo el peso de una palabra que de analizarla, descubriríamos que realmente no le hace justicia a aquel sentimiento incomodo: presentimiento.

Y para alguien como Eriol, quien de hecho encuentra un peculiar deleite en eso de divertirse con los hilos del destino, despertar con un "presentimiento", sea bueno o sea malo, no le hace precisamente mucha gracia.

Eriol es quien maneja las situaciones, no al contrario.

Tal vez era debido a eso, a aquella sensación molesta en el pecho, que el joven ingles despertó casi treinta minutos antes de su horario acostumbrado.

Eran las seis y treinta de la mañana, el sol aun no despuntaba en el cielo y él no alcanzaba a conciliar el sueño de nuevo.

El presentimiento, palabra inútil a decir verdad, no era otra cosa sino la inquietud de saber que la recta estaba llegando a su final y con ello, se venía la hora de cerrar los asuntos inconclusos que había aplazado hasta el último momento.

Se cubrió el rostro con una de sus manos grandes. Eriol, en verdad, no deseaba cerrar el asunto que tenía pendiente con aquella mujer.

Se había encontrado a si mismo pensando en eso con una insistencia que rayaba casi en la histeria, provocándole un malhumor intermitente a lo largo de los últimos días.

Ahora, ante la inminente probabilidad de tener que devolver (o pagar) el favor que había solicitado, el jueguito de hacerse el gato ya no contaba ni con una pizca de gracia, sino todo lo contario.

Eriol había olvidado por completo que hacer tratos con Yuuko Ichihara no siempre era una buena idea.

—Y cuándo vienes a recordarlo, pedazo de idiota —murmuró con hastío mientras se levantaba de la cama y arrastraba los pies hacia el cuarto de baño dispuesto a tomar una ducha caliente, ya resignado al hecho de que el sueño no volvería a embriagarlo hasta un montón de horas después, bastante entrada la noche seguramente.

Cuando estuvo dentro del pequeño cuarto no lo pensó dos veces y abrió la llave de la ducha, dejando correr deliberadamente el chorro de agua, esperando algo impaciente a que el calorcillo comenzara a inundar el lugar y con un poco de suerte, también inundara su interior.

Ese que tan helado ha estado últimamente.

Los minutos corrieron, el agua también, y pronto el pijama en color verde oscuro se encontró olvidado en un rincón del piso al tiempo en el que el joven ingles se introducía de lleno en la regadera, permitiendo que las gotas del ya agua caliente golpearan su blanquecina piel.

Sus músculos se relajaron por completo y su mente siempre organizada, optó por divagar libremente en la única persona en la que definitivamente Eriol no quería pensar en aquellos momentos: Tomoyo.

Resopló rendido ante lo escurridiza que se había vuelto la imagen de esa chica en su cabeza, entrando sin permiso y sin que él lo notara hasta que definitivamente ya era demasiado tarde.

Tomoyo tenía esa peculiar habilidad de la que irónicamente, no se daba por enterada.

Y entonces, con la imagen de la amatista, vino también la de su lugar de origen, la eternamente nublada y lluviosa Inglaterra, esa donde se encontraría dentro de uno o dos días y donde residiría por tiempo indefinido.

Eriol tenía que admitir que la idea de volver no era del todo grata por mucho empeño que pusiera en tratar de convencerse y que sus supuestos motivos tampoco eran tales, sino más bien una patética excusa que lo conduciría directito a la vía de escape de aquel asunto que se le había salido de las manos en un instante que ya no sabía identificar, porque aunque la idea inicial había sido divertirse con el dichoso y estúpido trato con Tomoyo, las cosas habían mutado considerablemente apenas se pusieron en juego los sentimientos.

Y Eriol no era persona que jugaba con sentimientos… no al menos cuando éstos eran los suyos.

Se recordaba constantemente, casi a diario desde que había decidido viajar, que se trataba de la elección correcta, después de todo él era una persona que trabajaba en las sombras y bajo un plan estricta y meticulosamente bien pensado, uno de esos que no toleran una sola falla y que al mínimo indicio de equivocación, es preferible salir de escena antes de resultar gravemente herido.

Conocía perfectamente todo aquello y sin embargo no podía dejar de preguntarse cuándo es que se había vuelto tan cobarde.

Tal vez, se respondía a si mismo con cinismo, había sido en el minuto preciso en que se vio prestando más atención de la necesaria a la delicada figura de Tomoyo, cuando sus exóticos ojos le parecieron cautivadores, su cortina de cabello negro demasiado sedoso o su sonrisa inhumanamente perfecta. Tal vez se había vuelto un cobarde cuando probó por primera vez sus labios y descubrió que aquellos besos le gustaban mucho más de lo que deberían.

No obstante, y pese a esa inesperada revelación, Eriol no contuvo la sonrisa que se le pintó en el rostro y con ella abandonó la ducha, envolviéndose en la bata que siempre colgaba del viejo perchero.

Sin duda alguna no quería hablar con Yuuko, tampoco quería alejarse de Tomoeda y con ello de Tomoyo, pero él solo se había empujado poco a poco, sin planearlo en realidad, al punto cúspide de su juego, ese que dictaminaba al ganador y al perdedor.

Y había perdido; Eriol había perdido contra sí mismo.

Ahora no quedaba más que afrontar las consecuencias de toda la artimaña que había elaborado.

/

Para cuando dejó la mullida cama esa despejada mañana, la casa ya se encontraba totalmente vacía.

Pero ya se había acostumbrado, Touya seguía con ese enfermizo gusto por los trabajos de medio tiempo, lo que lo tenía fuera del hogar por una buena cantidad de horas y su padre simplemente adoraba su trabajo, ¡laboraría incluso en días festivos si no lo obligaran a tomarse un descanso!

Sakura sonrió casi imperceptiblemente, adoraba a los hombres de su familia, pero ya venía siendo momento de que alguien les enseñara a darse un respiro de vez en cuando. Definitivamente ella prefería quedarse en casa, abrigada y dormida, que asistir a clases por la mañana.

— ¡Sakura, te buscan!

La vocecilla de Kero llegó desde la planta baja un poco amortiguada gracias a su puerta cerrada.

La castaña se desperezó ¿Quién podía ser a tan tempranas horas? Incluso ella se había sorprendido de haber abierto los ojos con bastante tiempo de anticipación, si sabía aprovecharlo, podría dar un paseo antes de dirigirse a la preparatoria Seijo, tal vez pasar a visitar a Yukito o detenerse un rato en la panadería a admirar los ricos pasteles que le hacían agua la boca, ¿Quién sabía? Y en una de esas terminaba gastando su mesada en un delicioso pastelillo de chocolate.

— ¡Sakura!

Sacudió su cabeza volviendo abruptamente a la realidad, esa donde Kero le gritaba groseramente y donde no había ningún postre a la vista que su caprichoso paladar pudiera degustar.

Con resignación salió de la habitación y comenzó a bajar peldaño a peldaño con la lentitud suficiente como para que en el trayecto alcanzara a notar el desastre que estaba hecha. Con su pijama de ositos, sus enormes pantuflas y el cabello hecho un nido, definitivamente era la prueba más fiel de lo horripilantes que eran sus despertares. Jamás se lo admitiría en voz alta, pero Touya llevaba algo de razón al llamarla "monstruo" todas las mañanas.

— ¡Al fin llegas! Creí que te habías dormido de nuevo y tendría que ir por ti —fue el saludo matutino de Kero cuando al fin se encontró con él.

—Buenos días Kero, tuve buena noche, gracias —dijo Sakura con el toque justo de cinismo para que el Guardián entrecerrara sus diminutos ojos negros.

Sin decir una palabra se fue revoloteando hacia la cocina, cargando entre sus diminutas manitas una bolsa blanca que hasta ahora notaba mientras murmuraba algo como "Pero que genio tiene por las mañanas".

Sakura suspiró y dirigió su aletargada presencia hacia el recibidor, donde una sonriente e impecable Tomoyo la esperaba. A diferencia de ella, la amatista tenía el cabello debidamente cepillado, el uniforme de Seijo perfectamente colocado y una dulce fragancia que se desprendía de cada poro de su piel.

La castaña se sintió ligeramente avergonzada de sus fachas.

—Buenos días Sakura —saludó la joven Daidouji—. Disculpa que venga tan temprano, pero necesitaba hablar contigo.

—Hola Tomoyo —asintió ella y dirigió la mano derecha hacia su nuca, como solía hacer cuando estaba incomoda. Había una cosa en el aura de la nívea que no terminaba de cuadrar con su imagen acostumbrada. Encontrarla así era algo perturbador—. ¿Quieres pasar a la sala?

Su interlocutora asintió sin palabra alguna y juntas caminaron hacia la pequeña salita que poseía la casa Kinomoto. Después de tomar asiento y de la negativa de Tomoyo ante el ofrecimiento de un poco de té, ambas chicas se sumieron en un extraño y poco usual silencio que solo se atrevió a romper la amatista pasados unos cuantos minutos.

—Le he traído a Kero algunos panques para el desayuno; espero que cumpla su promesa y te deje la mitad de ellos.

Así que eso era lo que cargaba cuando escapó a la cocina…

— ¿Qué ocurre Tomoyo? —preguntó Sakura sin ceremonias, ignorando deliberadamente el comentario de su amiga y el insistente pensamiento de que golpearía fuertemente al glotón de su Guardián si se comía su parte de los panques.

La chica frente a ella se estrujó ligeramente las manos, dando por perdido el terrible intento por entablar una vana conversación antes de desvelar el verdadero motivo de su visita.

—No es algo realmente grave—dijo con su voz aterciopelada, tratando de ocultar infructuosamente un timbre nervioso que incluso Sakura en su despiste alcanzó a percibir. Tomoyo nunca estaba nerviosa—. Es sobre Eriol.

— ¿Eriol está en problemas? —cuestionó impulsivamente, de pronto con una creciente preocupación llenándola por completo.

— ¿Eh? No, no, nada de eso Sakurita. Hasta ayer en la noche Eriol se encontraba bastante bien.

— ¿Viste a Eriol ayer en la noche, Tomoyo?

Un pesado silencio le siguió a aquella interrogación, era casi como si la amatista acabara de darse cuenta que había pronunciado algo que no debía decir. Fue entonces cuando Sakura se preguntó en que momento Eriol había dejado de ser Hiragizawa y en qué momento su amiga comenzó a destilar esa familiaridad al hablar del inglés. Hasta donde recordaba, ellos no eran más que compañeros que no se soportaban en muchos casos.

—Eso no importa Sakura, el punto es que… Eriol regresará a Inglaterra mañana.

La boca de Sakura se abrió sin que ella pudiera controlarlo, formando una enorme, graciosa y perfecta "O". ¿Eriol se marchaba? ¿Otra vez? ¿Por qué ella no sabía nada?

Una sensación que no experimentaba en buen tiempo se agravó en su interior, se trataba de una mezcla de desilusión y algo muy parecido a la tristeza que de pronto le había llenado todo el cuerpo en cuestión de segundos.

Eriol se iba y ella no tenía idea.

— ¿Sakura? ¿Te encuentras bien?

Parpadeó un par de veces, intentando salir del estado de estupefacción en el que se había sumido.

—C-claro. Es… es solo que no comprendo, ¿Por qué se va Tomoyo? ¿Por qué no nos dijo nada?

Un suspiro agotado y una expresión apesadumbrada fueron su respuesta.

—La verdad es que no lo sé, pero él está bastante decidido a partir —continuó Tomoyo, su voz infestada de esa misma incredulidad que poco a poco se iba abriendo paso en el centro de su pecho—. El punto es… que estaba pensando y quizá sería buena idea darle un regalo antes de que se marche. Y para eso necesito tu ayuda.

Sakura la miró con algo de recelo al principio, pero ante el maravillado tono de su amiga al pronunciar las últimas palabras, una casi imperceptible sonrisa le iluminó el rostro opacado anteriormente. Era ingenua y despistada, pero aquello no podía pasarse por alto. Se trataba de la ilusión que solo destilaba quien hablaba de su persona más querida, aun cuando relatara su inminente partida

Y entonces lo comprendió casi sin darse cuenta, casi por instinto: Eriol era la persona más querida de Tomoyo.

—Cuenta conmigo —dijo sin pararse a meditar, poseedora de una renovada energía que le regalaba el hecho de haber descubierto semejante acontecimiento que involucraba a sus dos buenos amigos—. ¿Qué tienes en mente?

—Bueno…

Tomoyo comenzó narrar fluidamente las ideas que desfilaban por su cabeza, y de la tristeza de Sakura pronto solo quedaron los resquicios hechos agua al saber que su amigo volvería a su ciudad natal. No podía evitar que se marchara, desde luego, pero al menos entre todos eran capaces de darle un bonito recuerdo que seguramente él guardaría con aprecio en ese baúl antiguo que todos tenían y al que comúnmente llamaban: memorias.

/

Las clases habían ido de lo más normal, incluso hasta se atrevería a decir que habían sido bastante aburridas, pero no podía esperar otra cosa al tratarse del penúltimo día del semestre.

Suspiró, había empezado la mañana de una forma muy peculiar y la jornada escolar solo había empeorado las cosas, pues Sakura y Tomoyo cuchicheaban a cada instante en que creían no ser vistas y le lanzaban miraditas indiscretas cada dos por tres.

La situación se había ido al diablo cuando ese par había integrado en su "charla secreta" a un confundido Li Shaoran y a él por el contrario lo habían excluido (literalmente excluido) a la hora del almuerzo.

Era de suponer que para el final de clases Eriol estuviera poco más que molesto y ni siquiera tuviera el ánimo suficiente para despedirse, cortésmente al menos, de sus confabuladores amigos.

Con aquello rondándole la mente todavía, siguió andando el camino que lo llevaría de vuelta a casa, donde con algo de suerte, podría pasar un poco de tiempo en compañía de sus fieles Guardianes, quienes a pesar de todo no cuchicheaban a sus espaldas, no lo miraban como si él no se diera cuenta y definitivamente no lo excluían a la hora de comer.

Dio media vuelta en un recodo, introduciéndose en la calle donde se encontraba su casa, y desde allí, a la distancia justa en la que alcanzaba a vislumbrar la barandilla que limitaba su terreno, sintió su presencia.

Era fría, pesada, abrumadora, precisamente como quizá se hubiera sentido la suya propia en otra vida. Era sin temor a errar, espeluznante; una presencia muy poderosa y bastante oscura.

Eriol sin embargo mantuvo el mismo paso sin detenerse, solo pensando con amargura que podía empezar a despedirse del rato que planeaba pasar con sus Guardianes.

Con aquella idea en mente empujó la antigua barandilla y ni siquiera se preocupó por buscar la llave de la puerta principal, sabía que estaría abierta, lo estaban esperando después de todo.

Una vez dentro de casa, el fuerte hedor de incienso quemado golpeó con fuerza las fosas nasales de Eriol, haciéndolo arrugar la nariz en un gesto que en otro momento hubiera parecido gracioso. Pero claro, no era el momento y él realmente odiaba los inciensos, particularmente aquellos en los que no sabía definir por completo el aroma que despedían, como ese, que a su gusto era una terrible mezcla de canela con otra cosa que no alcanzaba a identificar.

Se sintió mareado de pronto, agobiado, y siendo consciente de que aquello no se debía del todo al asqueroso perfume del incienso, sino a ella, avanzó trémulamente hasta que alcanzó a llegar a la salita principal, ahí donde la intensidad de su presencia se volvía realmente sofocante.

Entró, y la imagen de una Ruby Moon y un Spinel Sun tirados en el piso, inconscientes o dormidos, no supo averiguarlo, lo recibió en su llegada.

Eriol sintió una pequeña llama de enojo, débil pero persistente, en el centro de su pecho.

— ¡Bienvenido a casa, Eriol Hiragizawa!

Dejó la vista de sus Guardianes solo para alzar los ojos y encontrarse con la figura de quien él ya sabía: Yuuko Ichihara.

La mujer era hermosa, pero de una hermosura extraña, tenía que admitirlo, con sus rasgos espigados, elegantes, sus labios delgados y esos ojos caídos, casi rayando en lo carmesí, que le daban el aspecto de poseer un sueño permanente. Yuuko era simplemente misteriosa y aquello era suficiente para volverla atractiva a vista de cualquier hombre.

—Debiste decirles que vendría —dijo Yuuko, observando con una mueca de aburrimiento a los seres a sus pies—. Habríamos evitado estos… inconvenientes.

Eriol acarició el puente de su nariz con el dedo índice y anular de su mano derecha, demasiado agotado como para pensar siquiera en una respuesta al cínico comentario de Yuuko.

—Creí que sería yo el que te buscaría —fue lo único que alcanzó a decir debido al nuevo mareo que azotó deliberadamente su cabeza. Como Clow la presencia de Yuuko, estaba seguro, se había tratado de una nimiedad, pero como Eriol, la hazaña de soportar el denso ambiente que habían formado los poderes de la mujer se estaba volviendo sorprendentemente complicado.

—Arreglé algunos asuntos pendientes por estos lares y decidí venir a cobrarte. Maté dos pájaros de un tiro. —aclaró ella y como quien no quiere la cosa lo observó fijamente, dibujando poco a poco una sonrisa ladeada, de esas socarronas tan características de su personaje—. Realmente… ¿Te han dicho lo ridículo que te ves con esas orejas?

Una risita divertida escapó de sus labios femeninos ante su propio chiste y Eriol solo se limitó a volcar los ojos. Lo cierto es que de un tiempo para acá había pasado por alto aquel "detalle" que lo acompañaba desde hacía tiempo, y es que las orejas y la cola se habían vuelto algo natural en él que ya olvidaba por completo que aún seguían allí, que no eran más que producto de un hechizo y no parte de su persona.

Tampoco respondió a aquel insidioso comentario, y con toda la calma que fue capaz de reunir, rodeó las figuras de sus Guardianes y se encaminó hacia la mediana repisa que colgaba de la pared que tenía en frente, en todo momento bajo la escudriñadora mirada de Yuuko.

En ese pequeño espacio colocaba algunos libros que se volvían sus acompañantes durante las noches en las que no podía conciliar el sueño y cuando las cuatro paredes de su habitación lo aburrían lo suficiente como para no querer pasar ahí un minuto más.

Ignorando a los demás, fijó su atención en un tomo en especial, el último más grueso del lado izquierdo y de lomo azul turquesa. Lo cogió entre manos abriéndolo en una página en específico y de allí extrajo una carta con un diseño que no veía en años.

Una Carta Clow.

—Con esto te devuelvo el favor —dijo Eriol solemnemente dirigiéndose a una extasiada Yuuko, a quien sin más le entrego la última carta de aquel tipo que habría de ver en su vida.

Antes de que ella la guardara celosamente en el interior de su kimono negro, Eriol alcanzó a darle una rápida vista de soslayo.

Si bien contaba con el idéntico aspecto que tuvieron las otras Cartas Clow en su momento, ésta en específico poseía la particularidad de una doble cara. Así, mientras en ambos lados se hallaba trazado el curioso dibujo de una regordeta y alegre criatura parecida a un conejo de orejas largas, su notoria diferencia recaía en el color, pues cuando una era blanca, su contraparte era negra. En la parte inferior, el listoncillo rezaba el nombre de la carta: The Mokona.

Aquella creación le había supuesto un arduo trabajo y un intenso desgaste de su magia, dejándolo exhausto y con un terrible dolor de cabeza durante algunos días. Si le preguntaban, el poder de la dichosa carta era sencillo y completamente inútil, ya que quien la invocara solo tendría a un par de Mokonas ilusorias dando vueltas de un lado a otro y parloteando sobre cosas sin sentido. Eran igual de fastidiosas, igual de bebedoras que las originales, pero no se trataba de otra cosa más que eso, una simple ilusión.

Eriol desconocía el propósito de Yuuko para con esa carta, pero no dejaba de parecerle extraño, puesto que si no eran ambas, al menos tenía a una de las Mokonas originales rebotando aquí y allá en el interior de su tienda.

Tener dos más se volvería un verdadero problema.

—Hiciste un gran trabajo, reencarnación de Clow —un amago de sonrisa soberbia apareció en los labios de Eriol ante el cumplido—. Pero usar tus poderes de esta forma tan repentina luego de un tiempo de no hacerlo te ha agotado, ¿no es así?, ni siquiera puedes soportar mi presencia.

La sorpresa en el rostro del inglés no se hizo esperar. No creía haber sido tan obvio.

— ¿Cómo lo sabes?

Ella lo miró por un largo rato con ese aspecto de quien sabe un montón de cosas que no está dispuesto a revelar. Para Eriol aquello era frustrante, encontrarse frente a alguien tan parecido a él nunca era precisamente agradable.

— ¿Qué me dices de tu… opresión en el pecho, Eriol Hiragizawa? —la pregunta mordaz de Yuuko lo descolocó por completo; él lo había olvidado totalmente, así como había olvidado la promesa de ella de que volverían a hablar.

Sonrió relajadamente, mostrando una vez más la máscara que colocaba en su rostro cada que ocultaba algo.

—Se ha ido por completo —mintió con descaro, tomando asiento en uno de los sillones e invitando a la bella mujer a hacer lo mismo—. Supongo que no era más que algo de estrés.

—Oh, entiendo. Debe ser muy estresante todo eso de gustar de alguien más mientras aún se está en otra relación.

Los músculos de Eriol se tensaron al instante, poniéndolo a la defensiva. Con Yuuko las cosas siempre eran un misterio, una ambivalencia, hablar con ella siempre era igual de complicado que hablar con él. Las palabras que salían de sus bocas nunca eran azares, las soltaban con uno o un sinfín de motivos, se trataba del anzuelo que su interlocutor terminaba mordiendo de una forma u otra, cayendo redondito en la telaraña que ellos mismos tejían.

Frunció ligeramente el ceño; Yuuko sabía más de lo que debería. Ya era demasiado tarde para tratar de salir por la tangente.

— ¿A dónde quieres llegar? —el tono hastiado y rendido del inglés solo provoco una sonrisita petulante que enmarco el rostro afilado de la antigua bruja. Tener a alguien como Eriol Hiragizawa comiendo de la palma de la mano no era algo que cualquiera pudiera lograr.

Yuuko realmente se jactaba de ser capaz de conseguirlo. Ahora los papeles se invertían y en esta vida era ella quien se divertía de lo lindo molestando al milenario Clow.

—Siendo honestos… a ningún lado en particular —dijo desinteresadamente. No obstante, el brillo en su mirada era todo menos indiferente—. Solo recuerda que el efecto de tu deseo termina mañana, pero eso no significa que debas romper los lazos con esa muchacha también.

—No pretendo romper lazos con nadie —murmuró Eriol en una frase que parecía más dirigida a si mismo que a la mujer de cabello negro que era su acompañante aquella tarde—. El viaje a Inglaterra es por asuntos diferentes.

La ceja derecha de Yuuko se disparó hacia arriba, casi rozando el inicio de su flequillo recto.

—Así que iras a Inglaterra —asintió ella pensativa. Repentinamente alzó su dedo índice y una deslumbrante sonrisa de oreja a oreja se dejó ver—. ¡Deberías llevarla contigo!

La expresión del chico de ojos azules se congeló en una mueca de suspicacia, asombro y diversión que era la representación perfecta del pensamiento inmediato que corrió a su mente en cuanto ella pronunciara la última frase.

¡Era una idea verdaderamente insensata! Y sin embargo era bastante buena como para que a alguien como él le pareciera interesante.

Cuando Eriol salió de su estupor el cuerpo de Yuuko ya se encontraba de pie y dispuesto a dejar la sala, sin borrar en ningún momento aquella sonrisa que la hacía parecer realmente agradable.

—No cometas los mismos errores que Clow —dijo mirándolo sobre el hombro—. No dejes ir lo que puede hacerte feliz, Eriol Hiragizawa.

Y con esas palabras de despedida, Yuuko desapareció por el hueco de la puerta y al cabo de un rato, tampoco quedó resquicio alguno de su abrumadora presencia.

Al instante, los ojos de sus Guardianes se abrieron abruptamente, mostrando en sus rasgos la expresión inconfundible de alerta que solo posee quien se dispone a atacar.

— ¿¡Donde esta!? —fue el grito alterado que salió de los labios de Ruby Moon una vez que logró ponerse en pie. A su lado, un feroz Spinel Sun rugía quedamente, dejando bastante claro su estado de amenaza.

Eriol rio suavemente; estaba tan acostumbrado a verlos en las formas de una joven ruidosa y un adorable gatito de peluche, que estar frente a sus uniformes de valerosos Guardianes ahora le resultaba cómico.

—Ella se ha ido —se limitó a decir encogiéndose de hombros. Su máscara de serenidad estaba una vez más en su lugar—. Yuuko es una vieja amiga, eso es todo. Lamento si su presencia los alarmó.

La cara de sus Guardianes era un completo poema, estaban confundidos y sin palabras.

—Eriol…

— ¿Quieren algo de té? Hoy fue un día muy cansado.

No esperó respuesta, Eriol simplemente salió de la sala rumbo a la cocina con su apacible expresión.

Las palabras de Yuuko no salieron de su cabeza durante el resto del día.


Notas de la autora: ¡Estoy de vuelta! En esta ocasión no tengo mucho que decir, solamente me gustaría mandarles un atrasado abrazo de Navidad y desearles un bonito Año Nuevo, espero que todos sus deseos se hagan realidad y estén en compañía de sus seres queridos :D.

También espero que el capítulo les haya gustado, anduve más distraída de lo normal en estos días y eso fue lo que me retrasó, pero al final quede satisfecha con el resultado. Gracias a las personas que se toman el tiempo de dejarme un review, siempre me alegran! Y también gracias a quienes solo leen en las sombras.

Felices fiestas y Feliz Año Nuevo a todos! Saludos!