El interior de la nave se mantenía en penumbras. Nada, salvo el pitido agudo de los comandos de las computadoras y sus parpadeos multicolores, se escuchaba o percibía en su interior. Habíase podido decir que no había vida que la tripulara, sin embargo, el rastro de sangre por algunos de los pasillos daban evidencia de que un ser moribundo se encontraba en la cabina destinada a rehabilitación.
Dentro de esta habitación de paredes metálicas y compuertas cerradas, la cámara de recuperación funcionaba de manera automática una vez activada. Pese a ser un modelo antiguo, tenía una gran precisión al calcular que el recién llegado herido se recuperaría en varios días.
A través del grueso cristal y el líquido color esmeralda de su interior iluminado de manera tenue, se podía ver con claridad a un hombre con lesiones y quemaduras además sus largos cabellos negros y ondeantes.
Una mascarilla de oxígeno cubría su boca y nariz además de que la máquina medía las pulsaciones de una vida que se aferraba a quedarse, incrementando las estadísticas sobre su supervivencia. Los comandos también sabían cuando el herido había recuperado la conciencia. Cualquier otro médico familiarizado con este sistema, habría dicho que la cámara estaba averiada al registrarse en la pantalla de la computadora claros signos de agitada actividad mental para luego captar lo contrario.
El herido dormía, en efecto, pero si se prestaba atención, sus parpados temblaban en breves lapsos, agitando el líquido verdoso que lo rodeaba por una gran liberación de oxigeno de su boca, como si hubiese emitido un grito sordo y dando al conjunto general la sensación de que el hombre sufría de las más terribles pesadillas.
La actividad cerebral se incrementaba, el pulso subía, la respiración se agitaba, algunos dedos temblaban y luego… nada. La acción paraba de golpe, desconcertando quizás, a las maquinas mismas, pues esos signos coincidían a los de un paciente a punto de despertar, pero contrariaba a esta idea el lamentable estado de su cuerpo.
El sueño y la debilidad se conjugaban entonces, perdiendo al hombre de vuelta en ese abismo de aparente tranquilidad.
O-O
-¡Turles! ¡Turles! ¡Despierta, maldito holgazán!
Una luz brillante lo hizo restregarse los ojos varias veces.
-¡Eres un maldito debilucho! ¡Debería matarte a golpes en este momento! ¡Saiyajines como tú no sirven en el campo de batalla!
La voz severa que lo había sacado de su letargo le resultaba familiar. Aun con el sueño a cuestas y con una mueca de desprecio, el guerrero se puso de pie por fin, sintiendo seguidamente un tirón de otra mano poderosa sobre su brazo que lo obligaba a andar rápidamente hacia afuera de una rústica habitación de paredes de piedra.
-¡Anda, chiquillo estúpido! ¡¿Qué demonios estas esperando?! ¡Muévete!
El cielo rojizo y la brisa cálida de su planeta natal lo recibieron afuera.
Su estómago gruñía y quien lo había despertado lo hizo andar algunos metros más hasta llegar a otras chozas de piedra, donde había más saiyajines reunidos frete a una fogata. Igual de hambrientos que él, veían entre victoriosas risas cómo se asaba un cuadrúpedo ejemplar de abundante carne. No es que supiera bien, según recordaba, pero quedaban satisfechos.
Quiso ver más al acercarse, pero su baja estatura no le permitía andar más allá del numeroso grupo.
-Quédate ahí, enano - dijo de pronto el saiyajin que lo acompañaba-. Te conseguiré algo y luego, volveremos a pelear.
Se vio luego comiendo con mucho apetito un trozo de carne y cuando terminó, minutos después, fue llamado para acercarse a otro grupo de infantes. Colocados en medio de un círculo sobre la áspera tierra, uno de estos jóvenes guerreros se enfrentaba a un adulto. La pelea terminaba hasta cuando uno de los dos terminara inconsciente o muerto. Dichos combates iniciaban cuando el infante era capaz de manipular su energía o incluso volar, sin embargo, no todos sobrevivían a su primera prueba: un enfrentamiento con su propio padre durante el entrenamiento para no perder la cordura cuando se era un Oozaru. El adulto podía detener la batalla cuando quisiera en todas las situaciones. pero la mayoría de las veces el entusiasmo del padre terminaba por matar al hijo. Y cuando los jóvenes crecían, también era común saber que el hijo mató por fin a su padre. Era un ritual que garantizaba tener entre la raza a los mejores hombres.
Justo habían comenzado las peleas, cuando a lo lejos, los guerreros percibieron la presencia de unos soldados que se acercaban con rapidez.
En pocos minutos aterrizaron cinco hombres, atrayendo la atención de todos los guerreros. Eran saiyajines, como ellos, salvo por la diferencia de que aquellos usaban armaduras brillantes y coloridas, además de que sobre su ojo izquierdo llevaban un aparato. Todo ese conjunto repleto de modernidad y tecnología era desconocido para los saiyajines que los examinaban. Se rehusaban todavía a dejar sus ropas de pieles oscuras.
-¿Qué es lo que quieren? –dijo un saiyajin habitante de la aldea, y evidentemente, su líder.
-Necesitamos más soldados-respondió uno de los recién llegados-. El rey Vegeta ha dicho que todos ustedes deberán irse a una de las Bases. Además, deben morir los inútiles que tengan un nivel menor a las 900 unidades.
Los saiyajines ataviados de pieles comenzaron a acercarse lentamente a los que hablaban. Murmuraban entre ellos y otros pocos alzaban las voces, a modo de protesta.
-¡Ese no es nuestro rey! ¡Nosotros no obedecemos órdenes! –dijo el líder de los saiyajin pocos segundos después al escuadrón como respuesta y por opinión general.
-¡Obedecerán! ¡Trabajaran también para el Gran Freezer! -dijo en seguida un soldado del escuadrón.
-¡¿Qué demonios nos importa Freezer?! –insistió el guerrero, con el apoyo general a coro.
-Escucha, idiota –dijo ahora, furioso, el capitán de escuadrón-. No es una opción. Si no quieres venir, te mataremos. Después de todo, solo tienes un poder de 950. Eres basura…
El soldado levanto un brazo y cargó energía para aniquilar de una vez por todas al líder de esa aldea mientras aquel guardaba silencio mientras una furiosa mirada de dibujaba en su rostro.
Ante la sorpresa de todos, lanzó aquel poder, hiriendo y matando al saiyajin que tenía delante.
Luego, el capitán alzó la voz para que el resto de los guerreros lo escucharan:
-¡Escuchen, soldados! ¡A partir de ahora, aquellos que se revelen contra nuestro rey o el Gran Freezer, serán asesinados por traidores! ¡El rey Vegeta sabe que ustedes son unos buenos guerreros y quiere formar un ejército más poderoso que el que exterminó a los tsufurus de este planeta!
Los murmullos aumentaron y ante aquella demostración de poder que mató a su líder frente a sus ojos, el asombro y la sorpresa conjunta aumentó cuando vieron que otro escuadrón de cinco personas llegó. A diferencia de los primeros visitantes, los otros no eran saiyajines. Eran hombres de diferentes razas que vestían del mismo modo que los primeros. Los aparatos de sus rostros comenzaron a sonar y levantando las armas de sus brazos, dispararon a los guerreros nativos, quienes trataron de huir de inmediato inútilmente.
Los cadáveres fueron aumentando varios minutos después. De un grupo de noventa habitantes, restaron tan sólo treinta con vida y entre los cuales, habían sobrevivido algunos infantes.
-Esos chiquillos nos serán útiles, pero antes… –dijo el capitán saiyajin con una sonrisa feroz- sé que esta aldea era una de las más violentas entre la raza, así que haremos esto: los enanos pelaran entre ellos y los cinco que sobrevivan, serán llevados a la Base. De todas maneras, no hemos reportado aun el número de supervivientes.
Los soldados rieron apoyando la idea. Un poco de diversión, a su parecer, nunca estaba de más.
Obligados entonces a aniquilar a sus propios hermanos y compañeros, los niños se defendían y atacaban con la característica ira de los habitantes de esa extinta aldea.
Turles, testigo de la masacre y ahora combatiente que peleaba por su vida, logró asesinar a cuatro de sus congéneres. Algo que el resto de los saiyajines admiraron con asombro, incluyendo al resto de los supervivientes.
-Ese imbécil tiene suerte…-dijo el capitán de los saiyajines mientras sonreía, mostrando sus afilados dientes. Luego, acercándose al guerrero y sin dejar de levantar la voz, le dijo-. ¿Qué edad tienes, mocoso?
-Cinco –respondió aquel, con seriedad.
-¡Eres demasiado joven! ¡No podrás unirte todavía a un escuadrón! ¡Te espera irte a un planeta para que lo conquistes y luego, cuando vuelvas, quizás seas capitán!
-¡Si acaso sobrevive! –añadió otro soldado cuando terminó de medir el poder de Turles-, ¡Es un soldado de clase baja! ¡No llegará lejos!
Todos los soldados irrumpieron a carcajadas, salvo los saiyajines nativos.
Minutos después, todos partieron a una de las Bases del Planeta Vejita.
"Kakarotto, haz deshonrado a los saiyajin…"
O-O
Las burbujas dentro de la cámara de recuperación se liberaron nuevamente de golpe. El ceño del guerrero se arrugó con desprecio.
La computadora registró la actividad cerebral de inmediato y continuó con la recuperación.
Habían pasado tres días y faltaba aún bastante para que el saiyajin pudiera salir.
O-O
Tal y como había dicho aquel saiyajin de escuadrón, Turles fue enviado a un planeta lejano pocos días después.
Sus instrucciones fueron simples: matar a todos los habitantes de ese planeta. No importaba cuanto tiempo le llevara, siempre y cuando lograra sobrevivir.
El entonces infante no tenía la menor idea sobre estrategias de invasiones. Ahora estaba completamente solo y como resultado de su corto entrenamiento, sabía mantener la cordura al transformarse en Oozaru además de crear, poco más o menos, energía destructiva.
Le gustaba pelar cuerpo a cuerpo, pero entre menos daño recibiera, según su pensamiento, era mejor. Ya estaba harto de resultar herido y además, notó una gran satisfacción al matar a los otros niños de su raza y cuando inició la masacre en las aldeas del planeta que debía conquistar. Esa sensación de victoria, se juró sí mismo, jamás la dejaría de sentir mientras peleara.
Con el tiempo fue adquiriendo más experiencia hasta que todos los habitantes estuvieron alertas sobre un niño que juzgaron "sobrenatural" y que en realidad era una bestia que amenazaba cada pueblo y ciudad. No sabían su procedencia, pero de lo que estaban seguros, era que debían atraparlo y matarlo lo antes posible.
"Si me pides perdón de rodillas, te perdonaré la vida…"
O-O
El agua curativa seguía recuperando al saiyajin herido y su rostro inexpresivo, de pronto se suavizó, como si tratara de sonreír bajo la máscara de oxígeno. Pero esa actividad no fue registrada por los monitores.
Era el quinto día de recuperación.
La nave había ido más despacio al desconocer una ruta exacta, además de estar programada para hacer un alto total en cuanto la cámara de recuperación terminara su trabajo.
O-O
La Luna brilló por tercera vez en ese año.
Los habitantes huían y atacaban inútilmente al ser de gigantescas dimensiones que se acercaba a ellos. Aplastando y destruyéndolo todo hasta el amanecer, el saiyajin recuperó su tamaño normal, satisfecho de haber cumplido su labor después de años de combates y sangre. Estaba listo para volver.
Horas después, atando una cuerda y una tela de forma indefinida alrededor de su cintura y saciada su hambre, el guerrero anduvo ágilmente hasta su nave, la cual aun se mantenía en perfecto estado desde su llegada. No perdió tiempo y presionando los botones adecuados, buscó su destino. Sin embargo, la nave ya no reconocía las coordenadas ni el nombre de ese lugar al que se disponía a partir. El saiyajin se desconcertó.
Era extraño, puesto que días antes, motivado por su curiosidad y su evidente victoria, había localizado su planeta de origen fácilmente en la bitácora de la nave. Y ahora…
Por fuerza, debía buscar otro destino alternativo. No podría pasar un día más en un lugar desolado y destruido por su mano, dándole igual, incluso, si llegaba o no a encontrar a más seres de su raza. Ya sabría después si la falta de coordenadas se debía a una avería de la nave o de verdad, la desaparición del Planeta Vejita.
La computadora localizó en seguida un planeta que servía como Base al ejercito del Gran Freezer.
-Planeta Freezer N° 43… -leyó el guerrero lentamente.
Programó las coordenadas de inmediato y partió.
Turles, de entonces quince años de edad, tenia un nivel de pelea cerca de las 1,100 unidades.
Al llegar a la Base, varios días después, no se percató de que su presencia sorprendió a unos cuantos soldados.
Fue juzgado por un general a cargo de la Base como apto para estar al servicio del Gran Freezer de inmediato, ocupando un lugar entre sus hombres y por supuesto, se dio el correspondiente aviso a su líder supremo, que tenia ordenes de reportarle directamente hasta el mas mínimo movimiento, pasando primero dicha información por los soldados Zarbon y Dodoria.
El rastreador le pareció un fabuloso invento y aunque soportaba las numerosas burlas y maltrato de parte de los otros soldados de Freezer, nunca ninguna de esas palabras le tomó la mas mínima atención, porque varios años después de su llegada, se había topado con cierto soldado y su guardaespaldas que compartían su mismo origen. Al Gran Freezer le pareció buena idea entonces que el de clase baja fuera añadido al escuadrón del Príncipe Vegeta, ya que después de todo, ninguno de ellos representaba una amenaza y Vegeta mismo no permitiría que cualquier otro saiyajin lo superase. Hasta entonces, ni Turles ni Freezer se habían encontrado frente a frente.
Para Turles, era la primera vez que veía a otro saiyajin en una de las Bases Espaciales y más aun, al tratarse del Príncipe, no dudó en confirmar los rumores que hasta ahora había oído y recopilado acerca del Planeta Vejita y su misterioso fin. Por tal, en su primera entrevista, ocurrida en el Planeta Freezer N°50, no resultó como el saiyajin de clase baja había esperado.
-¿Quién demonios eres tú?
-Soy un saiyajin también. Mi nombre es Turles. Llevo cinco años sirviendo al Gran Freezer…
-Ah, ya veo, conque eres un soldado de clase baja. Eso explica por qué no te había visto antes.
-¿Sabias que estaba vivo?
-Da igual saberlo o no… No eres demasiado útil…
-¿Qué le paso al Planeta Vejita? ¿De verdad fue destruido por una lluvia de meteoritos?
El saiyajin que tenia delante sonrió de forma extraña pero no se desprendió de su mirada fría y examinadora. El otro soldado de mayor altura y calvo se mantuvo serio, mirando fijamente al Príncipe, permaneciendo detrás de este todo el tiempo.
-Son muchas preguntas, sabandija… No te incumbe nada de eso…
Luego, Vegeta avanzó, ignorando completamente la presencia de Turles.
-¡Oye! – insistió Turles, tratando de detenerlo-, ¡eres un maldito…!
-¡Cuidado con tus palabras, estúpido! ¡Te mataré si cometes la misma idiotez de nuevo! –dijo Nappa interviniendo ahora y empujando con una mano a Turles y haciéndolo retroceder varios pasos.
"¿Crees que podrás ganarme?"
O-O
Los temblores volvieron de nuevo sobre las extremidades, provocando que el liquido curativo se llenara de tupidas burbujas. La computadora registró los movimientos, además de las notables mejorías.
Habían pasado ocho días desde la cruda pelea del saiyajin en la Tierra.
O-O
Aprender a adaptarse nuevamente fue otra historia.
No tenía riendas que lo controlaran cuando conquistó aquel planeta solo cuando era un niño. Diez largos años de masacres y muertes, en otras palabras, diez años de satisfacciones que creyó poder prolongar cuando se reuniera con los suyos, pero de nuevo, la realidad le lanzó un golpe del que le costaría quizás toda su vida sobreponerse.
La obediencia o la muerte eran sus únicas alternativas y como si eso no fuera peor, debía obedecer a quienes obedecían a alguien que ni siquiera conocía, pero que todos temían.
De estar de un escuadrón cualquiera a pasar a ser uno de los hombres del Príncipe Saiyajin, no le dejaba nada claro y le resultaba lo mismo. O al menos, hasta que tiempo después conoció a otro soldado de clase baja. Un saiyajin que había pasado poco más o menos por la misma situación de Turles y que desde una Base Espacial a otra, casi simultáneamente había sido enviado con órdenes del Gran Freezer a pertenecer al "escuadrón de los monos" como eran conocidos por todos.
Raditz, un saiyajin de 800 unidades, se limitaba a seguir cada orden que se le fuera dicha. Temía por su vida por cualquier desacuerdo de alguien que lo superase y era capaz de prometer su rendición y derrota total cuando el poder del enemigo estaba muy por encima de él.
La perspectiva del Príncipe era distinta.
Freezer se burlaba de Vegeta con acciones como esas. Añadirle dos nuevos elementos inútiles, enviarlo a misiones complicadas e ignorar completamente su presencia y opinión eran las cosas que el Príncipe encolerizara al tener que pasar la humillación. La vida de los soldados no valían nada en lo absoluto y para poder sobrevivir –por lo menos tener un poco más de tiempo para poder juntar el suficiente poder- debía tragarse todas las ofensas.
Y no solamente era eso: Freezer tenía la costumbre de matar a todos los que pertenecieran a un escuadrón si alguno de los elementos cometía una mínima falta.
Contaba con Nappa para que lidiara con los de clase baja, sin embargo, a veces el viejo saiyajin perdía los estribos. Se planteó que si eso llegaba a suceder ante Freezer alguna vez, mataría él mismo al soldado. Raditz bien podría imitar a Nappa, pero de Turles no sabía qué esperar. Era imprudente, ansioso y testarudo. En otras palabras, la excusa perfecta para que todos fueran asesinados si se adelantaba a los otros o incluso, si se le ocurriera la brillante idea de ir a buscar a Freezer de pronto.
Para deshacerse de Raditz y Turles, bien podría matarlos en una de las próximas misiones. Los "accidentes" eran comunes en las misiones peligrosas.
No pasó por alto el momento en el que Raditz y Turles fueron presentados. El saiyajin de cabello largo hizo una expresión de sorpresa al ver al otro de clase baja y el breve dialogo que siguió y que fue oído por los tres saiyajines de la Base lo tenía muy presente:
-¡Jajaja! –rió Raditz, dejando de ver a Turles cuando su desconcierto terminó- ¡Vaya que me haz sorprendido, pero no eres quien yo esperaba!
Los tras saiyajin hicieron una mueca de extrañeza:
-¿Qué quieres decir con eso, gusano? –dijo Vegeta, adelantándose a Turles, aún más sorprendido este último por las palabras de Raditz -¿Hay otro saiyajin de clase baja con vida?
-¡Bueno, no sé si siga con vida en estos momentos, pero ese canalla es parecido a mi padre y a mi hermano menor Kakarotto…!
-¿Quién es el que sigue con vida? ¿Tu padre o tu hermano? –dijo Vegeta, con impaciencia.
-Mi hermano, por supuesto… Como ustedes dijeron, mi padre murió al igual que todos, pero tuve la oportunidad de ver a mi hermano el día que nació… ¡Era idéntico a mi padre ese inútil de 2 unidades!
-Eso no es de sorprender, todos los de clase baja se parecen entre sí –dijo Nappa en calidad de conocedor de la raza guerrera.
Turles preguntó a su vez a Raditz:
-¿Y a cuál planeta fue enviado Kakarotto?
-A la Tierra, creo recordar…
O-O
Una extraña suerte corría a favor de los de clase baja. Vegeta no se había deshecho de la idea de librarse de Turles y Raditz, pero las misiones pasaban, los viajes por el universo lo ocupaban y a veces, las entrevistas con el Gran Freezer a través del rastreador cambiaban todos sus planes. A tal grado, que algunos años pasaron sin darse cuenta.
En todo ese tiempo, los combates y conquistas habían sido variados. A veces peleaban sin el menor esfuerzo, otras, debían emplear las mejores estrategias y las ultimas, las más tardadas o complicadas, les demandaba el poder del Oozaru. Freezer, para atrasar las labores del escuadrón, mandaba a los saiyajin a planetas donde no había Luna.
Era ahí cuando Vegeta creaba la Luna Artificial. Una esfera de energía que duraba algunas horas en el cielo y que emitía los suficientes Rayos Blutz para que los cuatro se transformaran y terminaran su labor a tiempo.
Como es sabido, la Luna Artificial era aprendida entre la elite saiyajin, es decir, solo unos cuantos de toda la raza guerrera sabían crearla y esa elite no incluía a Nappa, pese a que este perteneciera a la clase alta.
Sin embargo, Nappa jamas se intereso en aprender la técnica. Respetaba todavía demasiado a las costumbres. Raditz nunca se planteo siquiera si podía crearla. Pero Turles, que desde el principio se dirigió a Vegeta como si fuese de su misma condición y clase, las ideas de su mente se reacomodaron cuando concluyo un par de cosas:
El era un saiyajin también, como Vegeta.
Ambos despreciaban estar bajo las órdenes de Freezer.
El Planeta Vejita ya no existía. Es decir, el titulo monárquico que Vegeta se empeñaba a mantener, en realidad, no valía nada.
Y que aunque Vegeta lo superase en fuerza en ese momento, llegaría tarde o temprano un punto en el que si otro saiyajin apareciera de pronto y lo venciera, terminaría por despojarlo de su orgullo de Príncipe y por ende, hacerle ver que cualquiera de los saiyajin es el candidato perfecto para ser el nuevo emperador del universo.
Y ahí se detenía su lógica para dar paso a las preguntas:
¿Tan temible era Freezer? ¿Por qué Vegeta no lo atacaba de una vez? Y lo que era más importante: ¿Por qué no huía de Freezer y se conformaba con obedecerlo? No lo comprendía y la decir verdad, no quería saberlo.
Pero ese era el paso que Turles debía tomar por Vegeta. Irse lejos de Freezer lo más pronto posible, buscar el medio para hacerse más fuerte y después, ejecutar una espléndida venganza. El universo entero sería la recompensa de una minuciosa búsqueda por el poder.
O-O
La herida de su pecho había cicatrizado completamente. Los huesos fisurados y fracturados tenían una notable mejoría. Las quemaduras habían desaparecido. En cualquier momento de ese doceavo día, por fin, despertaría de su largo sueño y saldría recuperado.
La nave disminuyó más aun la velocidad. Algunas luces de los pasillos y camarotes se encendieron, como si las maquinas se prepararan para dar la bienvenida a su resucitado capitán.
O-O
El último día después de casi cinco años de conocerles, Turles programó su nave y averiguó el modo de hacerla desaparecer de los radares, ademas de tener la prudencia de deshacerse de su rastreador.
En esa ocasión, el escuadrón se disponía a partir a un planeta lejano de varios meses de viaje.
Su plan era simple: en cuanto los cuatro despegaran, tomaría un rumbo diferente.
Creyendo que quizás Raditz se había hecho por fin de un juicio propio, lo llamó aparte alejándose de la Base y le comunicó su plan.
Raditz, lejos de apoyar su idea y aceptar la oportunidad, se negó rotundamente. A su parecer, Vegeta planeaba algo y confiaba en la astucia del Príncipe.
-¿Qué no te das cuenta, Raditz? Nosotros no tenemos por qué obedecer a Vegeta. Ya no es un Príncipe. Tenemos las mismas oportunidades que él para vencer a Freezer y de algún modo, conseguiremos superarlo.
-¡Pero Vegeta es inmensamente más fuerte que tu y yo juntos y Freezer seguramente lo supera por mucho todavía!
-Eso no me interesa, Raditz. Si no quieres escucharme, entonces quédate con Vegeta y síguelo obedeciendo ciegamente… Ojalá Kakarotto sea más astuto que Nappa y tu y se dé cuenta de que tiene el privilegio de superar a Vegeta. Y si es así, no creo que vaya a agradarle tu visita si es que alguna vez te decides a largarte de este lugar…
-¡Ja! ¡Afortunadamente Kakarotto no es como tu, Turles!
-¿Y cómo lo sabes? ¿Cómo puedes estar tan seguro de que él piensa igual que tu? Para empezar, según dijo Vegeta, el planeta al que fue enviado no ha sido reportado como conquistado por nadie y aquí no hay más que dos posibles salidas: murió los primeros días de su llegada o quizás descubrió algo en la Tierra que lo hizo cambiar de parecer.
-¡Sólo dices estupideces! ¡¿Qué puede haber en la Tierra como para perdonarles la vida?!
-Esto te tocará averiguarlo. Yo por lo pronto, ya no tengo nada que hacer con ustedes. No obedeceré a Vegeta ni a Freezer nunca más. Me largo.
No habían tenido el suficiente cuidado al hablar ni percibir que eran seguidos, pues Nappa intervino luego, sobresaltándolos:
-Los hombres de Freezer tienen órdenes directas de eliminar a cualquier soldado que quiera huir…
-Correré el riesgo –respondió Turles, con su altivez habitual-. Es preferible irme que estar aquí sin hacer nada.
-¡Moriremos todos por tu culpa! ¡Freezer creerá que Vegeta te envió a alguna parte! – añadió Nappa, exasperado.
-No es mi problema...
Nappa y Raditz miraron con desprecio a Turles. Se planteaban entre los dos hacer que Turles cambiara su modo de pensar por medio de los puños, cuando una cuarta voz intervino.
-¡Déjenlo que se largue!
-¡Vegeta, piénsalo bien! ¡Turles nos pondrá en peligro! –dijo Nappa apresuradamente al recién llegado.
-No. Porque nosotros no tenemos nada que ver con la decisión de este gusano infeliz. ¡Lárgate de inmediato, Turles!
-Hmm. No esperaba más del Príncipe –contestó Turles, con una sonrisa-. Me voy.
Por su imprudencia no esperó a que el escuadrón partiera del patio de despegues y salió primero de la Base, causando que se diera la alarma de una salida no autorizada y por consiguiente, que tres soldados de Freezer despegaran también instantes después.
Las modificaciones que Turles había hecho a su nave no fue un impedimento para que los otros soldados lo obligaran a aterrizar en un planeta cercano y ahí, darle muerte.
O-O
El líquido curativo se drenó completamente del interior de la cámara de recuperación.
Sentado con las piernas extendidas sobre la base metálica, Turles abrió los ojos lentamente.
Percibió una extraña niebla en el ambiente, debido a su largo periodo de sueño, pero luego, su vista regresó tan clara a como antes de haber sufrido los daños de su pelea contra Goku.
Se puso de pie despacio y salió de la cámara completamente.
Miró a su alrededor, como tratando de familiarizarse de nuevo con el entorno y descubrió su sangre seca por el suelo.
Conservó todo ese tiempo en el que estuvo dormido, sus botas, su pantalón corto de color negro y la armadura de sus brazos.
Pasó a su camarote de inmediato para poder secarse y proveerse de un nuevo atuendo.
Al terminar de colocarse una réplica de su antigua armadura y nuevamente su larga y pesada capa, fue a la cabina principal. La nave se mantenía suspensa, esperando órdenes.
El saiyajin examinó las coordenadas y de vuelta, programó un viaje sin rumbo minutos después.
Su cabeza daba vueltas. Quería gritar, descargar su furia en cualquier planeta y destruirlo, volver a la Tierra y exterminar a Goku, vengarse matando a su hijo primero…
Pero ninguno de esos pensamientos ejecutó y en lugar de eso, se encerró en su camarote, dispuesto a agotar las vastas reservas de vino de la nave.
¡Hola!
Muchas gracias por los comentarios y favoritos y ojalá les siga gustando la historia de este saiyajin jeje.
Saludos.
