Siempre había preferido la oscuridad.

Sus ojos se habían adaptado para ver como en pleno día desde que era niño, para pelear, cazar y asesinar. Nada se escapaba a su profunda mirada. Antes de depender del rastreador, confiaba en sus ojos.

En medio de las tinieblas, se adquieren ciertas habilidades y se pierde el temor a lo desconocido. Esa misma oscuridad le había dado con los años un tono pálido a su piel, para luego, pasar a ser de un gris intenso cuando probó por primera vez aquel fruto del Árbol Sagrado.

No había nada que temer más que a uno mismo. De uno depende su propia supervivencia y si en estos momentos se encontraba con vida, se debía a su afortunada suerte.

Como aquella vez que se libró de los soldados de Freezer, tomando el curso a un planeta desértico y sin vida donde lo obligaron a aterrizar cuando descubrieron su fuga y que luego de una cruda batalla donde a cada segundo perdía más fuerza y ventaja, una repentina tormenta de arena que desataron por el uso constante de su Ki, arrastró su cuerpo inconsciente, alejándolo del campo de batalla y sepultándolo entre las dunas.

Los soldados lo buscaron por largas horas, disparando contra todo lo que el viento movía y escaneando el territorio a través de los cristales de sus ojos. Pero nada. No había rastros de algún nivel de pelea por más débil o pequeño que fuera.

-Está muerto ese saiyajin… Alguno de nuestros ataques lo habrá hecho polvo. Regresemos a la Base.

De no haber sido por sus propios rastreadores, los soldados no habrían localizado sus naves, que también habían quedado cubiertas de arena varios metros por debajo de la superficie.

Cuando se fueron, convencidos del fallecimiento del fugitivo, y casi dos días después, el saiyajin salió de su improvisado sepulcro.

Las heridas que lo cubrían eran serias, pero no lo suficiente como para impedirlo de sus movimientos. Además, esa no era su principal preocupación: el inmenso calor de aquel planeta terminaría por agotarlo en cuestión de horas y si eso ocurría antes de que pudiera encontrar su nave, podría considerarse muerto. Una tarea sumamente complicada, considerando que no tenía su rastreador y tampoco recordaba el lugar exacto del aterrizaje.

Volaba por lapsos cortos para tener una vista de la posible localización de la nave, además de pensar en crear una tormenta nuevamente y remover las arenas. Varias veces puso en práctica esta idea hasta que detuvo la búsqueda unos instantes para poner pie en tierra por el agotamiento y la severa insolación.

Cuando pasó un lapso de tiempo que consideró suficiente, de nuevo se puso de pie.

Miró al horizonte para tener una nueva referencia en su búsqueda, hasta que en la lejanía, un punto brillante, como un rubí, le hizo una señal.

O-O

¿Era una ilusión?

No le importaba ni quería saberlo.

La oscuridad también se presta para recrear los miedos, pero el saiyajin sabía que se hallaba completamente solo en su camarote y la nave.

Recostado y con la mirada fija al techo, mantenía sobre una de sus manos una botella de cristal azulado que en cuyo interior ondeaba un líquido violeta a punto de culminar. En el suelo, al lado de su lecho, se encontraban cerca de cuarenta objetos vacíos de las mismas características, algunos intactos y los demás rotos por torpeza o furia.

El saiyajin se mantenía en un estado somnoliento. No sentía hambre ni mantenía la noción del tiempo, pues desde que despertó de la cámara de recuperación, no sabía exactamente los días que habían pasado desde entonces ni aun después de su pelea en la Tierra.

Salía de su camarote únicamente para volverse a abastecer y volver aún más aturdido que cuando se ponía de pie. Susurraba cosas incoherentes mientras ordenaba a los comandos de la nave apagar las luces a donde quiera que fuera, pero maldecía con claridad a quien juzgaba era el culpable de todo ese tormento de su ser. Con pasos lentos arrastraba su presencia como un fantasma. Se resistía a desprenderse de su capa como último signo, quizás, de su poco orgullo –añadiendo, además, la falta de sueño, alimentos y otros cuidados personales-, daba al conjunto una impresión sobrenatural. Su palidez grisácea simulaba fielmente la piel de un cadáver.

O-O

Los hermanos Rasin y Lakasei eran unos genios. A pesar de que los despreciaba, Turles tenía que admitir que sin la ayuda de esos gemelos, no habría podido avanzar en sus conquistas espaciales.

Si bien no creaban tecnología, eran capaces de modificarla. Cuando atacaron la primera Base Espacial de Freezer, por ejemplo, Lakasei alteró los rastreadores al crear un nievo circuito de comunicación entre los lacayos y la nave. Rasin fue capaz de crear esas prodigiosas naves pequeñas y sin tripulación que registraban planetas y transmitían al resto si ese lugar era o no apto para recibir al Árbol Sagrado.

Ese par de enanos fueron los primeros en unirse a su tripulación. Cegados por el miedo, no tuvieron otra opción cuando Turles acabó con toda la raza de su planeta. No solamente accedieron a seguirle, sino que le proporcionaron una nave más grande, creada por sus homónimos exterminados. Además, fueron adaptándose a las peleas cuando por recompensa, Turles les daba a veces algunos de los frutos.

Almond, el soldado alto y de piel roja, fue otro que pasó por una situación similar.

Mientras él y su escuadrón de otros tres hombres atacaban un planeta lejano por órdenes de Freezer, deliberadamente Turles hizo aterrizar su nave en el mismo lugar. En cuestión de minutos, aquel planeta -ya semidestruido por el ataque de los hombres del tirano- se consumió por completo, aumentando el asombro general cuando unas gigantescas raíces salieron de la tierra.

Se volvió una pelea complicada entonces: Almond luchaba contra los supervivientes y los nuevos invasores que con ayuda de un ciborg ataviado en una armadura cromada llamado Cacao,–construido por los gemelos a manera de prototipo y que luego se quedó en el escuadrón de manera definitiva-, los dos hombrecillos purpuras vencieron con facilidad a sus compañeros.

Y luego, cuando seguía a Cacao, Rasin y Lakasei al enterarse de que ellos solo obedecían ordenes de alguien más en calidad de renegados al gobierno de Freezer, se topó con el saiyajin.

No fue rival para Turles, quien de inmediato se transformó en un mono gigante para hacerle saber de una vez que Freezer no era al único que debía temer a partir de ahora. Almond sabía de la existencia de la raza saiyajin y su consecuente extinción causada por un meteorito, además de que se mantenían solamente tres de ellos con vida.

El miedo se apoderó de él al comprobar que los saiyajin eran una especie peligrosa y que a su parecer, Turles avanzaba a grandes pasos. Almond no dudó en aceptar ser uno más de los secuaces en cuanto el ofrecimiento de Turles llegó. Evidentemente, Turles era una amenaza poderosa y si quizás Freezer lo seguía siendo con creses, Almond pudo apreciar que el saiyajin no tardaría en ponerse en el mismo nivel que el tirano. Estar del lado de Turles significaba, pues, estar del lado del nuevo emperador del universo mientras el Árbol Sagrado y sus prodigiosos frutos siguieran en manos del saiyajin.

Con el nuevo integrante, lograron atacar a otras Bases Espaciales de Freezer y esta vez, se adueñaron de una importante base de datos de los planetas programados a conquistar. Almond interpretó cada una de las coordenadas con exactitud y los gemelos, por otro lado, supieron hacer nuevas armaduras más resistentes y perfeccionaron aún más los rastreadores al aumentar su capacidad de lectura de las unidades de poder sin que terminaran estallando.

Daiz llegó como último miembro del escuadrón de Turles. El guerrero de cabello azulado ocupaba un alto puesto en la jerarquía de su planeta. No era el rey ni un príncipe, pero tenía bajo su mando a muchos guerreros, habitando todos un muy fructífero lugar que la sonda espacial reportó como apto a pocos minutos de caer en medio de un valle.

Cuando días después, Turles y sus hombres llegaron a ese lejano planeta, Daiz por su parte, amenazaba con derrocar a su líder con su propio ejército a la fuerza. Tuvo que desistir de su intento cuando una nave invasora aterrizó para que luego, poco a poco, vieran como en la lejanía, un árbol gigantesco aparecía y por consecuencia, el planeta fue perdiendo todos sus recursos en cuestión de horas.

Fueron inútiles todos los ataques destinados al árbol y sus raíces, además de los cuatro hombres que lo custodiaban y que de manera desorganizada, lograron acabar con todos los soldados. Daiz temió por su vida. Se enfrentaba con algo que jamás había visto y que estaba fuera de su imaginación. Como su raza no tenía aun tecnología suficiente para hacer viajes espaciales pero si para un sustento propio de manera básica, pudieron localizar donde había aterrizado la nave y sin pensarlo demasiado, Daiz y otros hombres de importantes cargos y elevados poderes, fueron a hacer frente al autor o autores del fatal ataque a su planeta.

Una vez más y de manera despiadada y brutal, Turles en persona se encargó de esa élite. Daiz resultó herido también, pero la peor parte se la llevaron aquellos que sobrepasaban sus poderes, pues el saiyajin ejecutó a varios guerrero sin miramientos. Hasta cuando quedaron tres hombres con vida, Turles se puso de pie ante ellos y les hizo la oferta de pertenecer a sus hombres por considerar un "desperdicio" matar a todos. Aunque hubo de por medio la "generosa" recompensa del fruto, dos de ellos se negaron, debido a su lealtad y consecuentemente, muriendo pulverizados por un poderoso ataque lanzado desde la palma de la mano de Turles. Daiz, por otro lado, recordó sus propias ambiciones y sin dudarlo, aceptó el ofrecimiento. De haber seguido con vida los otros dos soldados de su raza, lo habían llamado traidor y ellos mismos lo hubieran matado antes de que Turles pudiera hacerlo.

Y así, los cinco soldados y su líder viajaron por el universo, localizando planetas con excelentes ambientes para luego recolectar cada uno de los frutos. Por increíble que pareciera, ninguno de los soldados había experimentado un cambio en el color de su piel por el consumo del aquel fruto, salvo el Gran Turles.

Ninguno de sus secuaces sabía cómo su líder se había hecho del Árbol Sagrado. Era un secreto celosamente guardado por Turles hasta tal punto, que sus hombres no tenían idea de cuantas semillas tenía en su poder, ya que les parecían interminables los viajes por el universo. Tampoco se atrevían a preguntar, pues en más de una ocasión, Turles llegó a atacarlos por sólo desobedecer sus órdenes. No conocían el límite del saiyajin y con ese explosivo temperamento que poseía y la brutalidad de sus ataques, a veces dudaban que existiera un rival digno para su líder.

Hasta que llegaron a la Tierra.

O-O

-¡Lárguense, maldita sea! –decía Turles con voz grave y pesada, sumido en la oscuridad de su camarote- ¡Déjenme en paz! ¡Fuera!

Pero el silencio y los agudos sonidos de la maquinas respondían a esa extraña petición.

¿Cuántos días habían pasado entonces? A veces se lo preguntaba a si mismo con seriedad. Bastaba ver la bitácora de la nave para saberlo, pero Turles no tenía ni la más mínima intención de ponerse al día. Al menos no hasta no verle fin a esa colección de vinos. Tenía hambre, sed. Necesidades que olvidaba cuando vaciaba otras tantas botellas para volver a dormir. Ya no en su lecho, sino en cualquier lugar donde su espalda encontrara apoyo y de ahí descender hasta el suelo metálico. Dormir. O morir. A la nave le daba igual cualquiera que fuera la situación de su tripulante.

Pero en medio del ruido de los comandos de las computadoras, repentinamente el pálido saiyajin abría los ojos de golpe. Miraba a su alrededor con un gesto confuso, escrutando las penumbras, pues a sus oídos llegaba un susurro lejano, que culminaba con una risa aguda.

Turles no estaba seguro entonces si de verdad estaba solo en aquella nave, por lo que lanzaba preguntas a la nada, sintiéndose estúpido al poco rato, pues jamás había pasado tantos días en la embriaguez y sin alimento. Podría tratarse de su propia mente, que lo estaba confundiendo. Eso debía ser…

Soltó una risa tonta y retornó a cerrar sus ojos, dormitando poco después.

-Saiyajin del demonio… Es hora de pagar tu deuda

La respiración de Turles aceleró un poco. Un sudor frío recorrió su frente cuando abrió los ojos de nuevo.

Inmóvil, perplejo, contempló con claridad un contorno oscuro que lentamente fue tomando una forma alargada, como si se tratara de alguien de pie que lentamente se fue acercando hasta él

A escasos metros, cuando ese ser se detuvo y Turles retomó su voz, pudo decir con claridad:

-Todavía me quedan semillas del Árbol Sagrado… Hasta que no se agotaran…

-Hasta que te derrotaran, simio estúpido –interrumpió la voz de momentos antes-, eso fue lo que dijiste

-Yo no dije eso –insistió Turles, ahora con su antigua ira que desde siempre lo caracterizaba. Y tambaleante, trató de ponerse de pie.

-No te molestes, simio-dijo la voz del desconocido-, a donde iremos no volverás a necesitar nada de lo que te rodea… Ni siquiera el Árbol Sagrado, así como desde entonces no has necesitado tu alma.

Turles cayó de rodillas por un nuevo mareo, pero no dejaba de mostrarse iracundo. Apretaba los puños y gruñía sonoramente. Esa era toda la resistencia que podía hacer ante ese enemigo, el cual, se limitó a reír sonoramente, aumentando la furia de Turles,

El desconocido se acercó mas al saiyajin hasta cerrar la distancia y con un toque de su mano ahuesada e igualmente negra como todo su conjunto, vertió sobre Turles la misma oscuridad, hasta que ambos se perdieron por las penumbras de la nave, la cual ya no detectó movimiento, declarándola vacía.