- CAPÍTULO 5 -

El Desertor

Al día siguiente el señor Whisky metió a Larry en el coche como si fuese un detenido, pero sin leerle sus derechos. Larry ya sabía que lo acompañaban a la estación de Atocha Renfe para protegerlo por si el mago psicópata intentaba magopsicopatear un rato con él por el camino, pero había decidido que el héroe de una historia de magos, por muy inadaptado que sea, no se puede portar como un acoonado, y mucho menos hacerse los buenos días encima, así que puso cara de valiente cuando el señor Whisky le hizo estamparse de cabeza con la barrera que separaba los andenes 1 y 2 (la única forma de entrar en el andén Lastrescuartaspartesdeochodivididoentredosyelevadoalcubo era derribar la pared con la cabeza y luego reconstruirla a base de ladrillos y cemento que había en una carretilla al lado para tal efecto, de modo que el siguiente tuviese que derribarla de nuevo. Cosas de los magos, a mí no me pregunten).

- Larry - dijo el señor Whisky cuando el resto de su numerosa prole hubo subido al tren -, tengo que decirte algo.

- Sí, ya, que hay un mago psicópata que me quiere dar por cuo - dijo Larry.

- ¿Co-cómo lo sabes?

- Maruja que es uno - Larry se encogió de hombros.

-Bueno, yo...

- Vale, que ya me he enterao y así no me tiene que decir nada. Y, antes de que comente o mencione, le diré que soy un chico valiente que te cagas y no tengo miedo - dijo, apretando los esfínteres.

- Larry, quiero que me prometas...

- Sí, ya, que no haré más de Heidi.

- Ya, bueno, pero no sólo eso...

- ¡Arny! - gritó la señora Whisky -. ¡Arny, que se va el TALGO y vamos a tener que adoptar a Larry como no se meta ya!

- Larry, no vayas detrás de Blas.

Larry lo miró, bastante flipado.

- Creo que no es mi tipo, sinceramente...

- ¡Arny! ¡Que se va el TALGO!

- Larry...

- ¿Por qué me iba a molar?

- ¡Larry, no vayas a buscar a Blas!

- ¡Que le he dicho que no es mi tipo!

- Oigas lo que oigas...

- ¡Como si es un partidazo y me promete el oro y el moro!

- Pero te digan lo que te digan...

- ¡Vamos, ni aunque me regalase la Flecha Fogosa!

- Hagas lo que hagas...

- Bueno, si me regalase la Flecha Fogosa igual me lo pensaba... - dijo Larry en un súbito ramalazo de homosexualidad rápidamente reprimido por el hecho de que, a sus trece años, su identidad sexual no estaba ni a medio definir.

- ¡Que se va el puo TALGO!

Larry subió al tren y miró hacia el señor Whisky, que todavía seguía diciendo algo pero en voz tan baja que no pudo oírle. Se volvió y vio a Ron, Mariangélica y Ginebra.

- Tengo que contaros algo.

- Vaya, otra vez - dijo Ron fastidiado -. Chico, no sé cómo te lo montas pero siempre estamos con las mismas... Si no es que a un profesor le has visto ojos en la nuca, es que una serpiente te ha contado toda su biografía... Yo dejaría las drogas, sinceramente...

- Calla, Ron - dijo Mariangélica -. ¿Buscamos un vagón vacío?

- Fale.

- Ginebra, largo de aquí, niñata - dijo Ron.

- Eres tontolculo - dijo Ginebra, echando hacia atrás su larga melena de color azul turquesa en un gesto desdeñoso -. Passo de vosotros y me voy a escribir en mi diario.

- ¡NO, EN TU DIARIO NO! - dijeron a la vez Larry, Ron y Mariangélica.

- Era broma...

Larry, Ron y Mariangélica encontraron un vagón casi vacío, excepto por la presencia de un hombre que roncaba a pierna suelta en uno de los asientos del otro extremo.

- ¿Yetequiéné? - dijo Ron.

- Es el profesor Rómulo Lobatón - respondió Mariangélica.

- ¿Y tú cómo lo sabes? - preguntó Larry.

- Porque lo pone en la acreditación de profesor que lleva al cuello: "Profesor Rómulo Lobatón".

- Ah... claro, eso lo explica todo.

- ¿Y qué enseñará? - dijo Ron.

- Está claro, ¿no? Contraataques para Trucos Sucios. Es la única vacante...

- Pues parece tan pocho como Mikimaus - dijo Ron -. Estoy por ponerle una inyección de vitamina B12...

La verdad era que el hombre roncante, además de bastante dormido, parecía un poco enfermo: debía rondar los treintaypico, y tenía unas ojeras que no se las saltaba ni Yago Lamela, además de un color amarillento que parecía de la misma gama que la bola de pelo verde de Mariangélica. La túnica que llevaba no era precisamente de Yves Saint Laurent, e incluso la acreditación de profesor, que debían haberle dado el día anterior, parecía un Incunable.

- Bueno, cuenta - dijo Ron, ignorando la mirada apreciativa que Mariangélica le echaba al profesor Lobatón de la cabeza a los pies y dirigiéndose a Larry.

Larry les contó la conversación que había oído la noche anterior entre los padres de Ron.

- Así que el Blas va detrás de tí... - dijo Mariangélica -. Bueno, Larry, pues tendrás que andar con cuidadín.

- El Cuidadín se juega volando, Mariangélica - dijo Ron.

- No me refería a eso.

- Vaya novedad, tía - dijo Larry -. Ahora voy a tener a todos los profes y delegados y criados y a todo el Ministerio limpiándome el cuo. No voy a poder hacer absolutamente nada... no me van a dejar ir solo ni al cuarto de baño...

- Bueno, sólo será mientras Blas esté libre... Y no creo que tarden mucho en pillarlo, tiene a todos los guardianes de Ascodán detrás de él...

- Lo que no sé es por qué tu padre - le dijo Larry a Ron - me ha dicho que no fuese detrás de Blas. No creo que se refiriese a lo que pensé en un principio...

- Debe pensar que eres tontolculo y crees que la mejor defensa es un buen ataque.

- Vale, pero no tengo interés en ir a buscar a un mago psicópata que quiere matarme, la verdad...

- Hasta ahí, de acuerdo. Yo tampoco lo haría.

De repente, el tren comenzó a aminorar la marcha y todas las luces se apagaron. Eso en el Underground no habría sorprendido a nadie, pero en el TALGO de Jobart, que siempre funcionaba a la perfección y nunca se quedaba parado entre estación y estación ni se retrasaba ni descarrilaba, era cuanto menos curioso, cuando no realmente acongojante.

- ¡Uéy!

- ¡Aúa!

- ¡Eepa!

- ¡Auch!

- ¡Ay...!

- ¡Ooops!

- ¡SILENCIO!

Se callaron, claro.

Larry vio cómo el profesor Lobatón, que había estado en estado prácticamente comatoso durante todo el viaje, se levantaba, gracias a la luz de un cámping-gas que había sacado de la nada. De pronto se abrió la puerta del vagón y entró una figura alta, vestida con un pasamontañas, una camiseta negra y andrajosa y unos vaqueros negros bastante guarros. Larry sintió de pronto cómo le flaqueaban las piernas, que al parecer habían perdido las ganas de sostenerlo. Intentó agarrarse al asiento, pero pensó: "¿Para qué?" y se dejó caer al suelo. Oía gritos a su alrededor, alguien le llamaba "¡Larry! ¡Larry!", pero no se molestó en responder.

Hasta que alguien le abofeteó fuertemente y tuvo que abrir los ojos. Se encontró con la mirada del profesor Lobatón, rodeado por las caras asustadas de Ron, Mariangélica, Diezmil y Ginebra.

- ¿Estás bien, Larry? - preguntó el profesor Lobatón.

Larry no dijo nada.

- ¡Que si estás bien, coo!

- S-sí - dijo Larry, sin ganas de contestar.

El profesor Lobatón se enderezó y fue hacia su asiento, mientras Mariangélica y Ron ayudaban a Larry a levantarse.

- ¿Dónde estoy? - preguntó, como si fuera una damisela del siglo XVII -. ¿Qué ha pasado?

- No sé - dijo Mariangélica -. Entró ese tío raro por la puerta y de repente te caíste al suelo...

- ...el profesor Lobatón le echó un encantamiento o algo así...

- ...salió de su varita algo como de color rojo...

- ...y el tío raro se largó.

El profesor Lobatón se acercó a Larry y le dio un palolú.

- Toma, cómetelo.

- ¿Quién era ese tío?

- Era un Desertor, uno de los guardianes de Ascodán.

- ¿Y por qué me he caído al suelo? ¿Tan feo era?

- No tiene nada que ver. Los Desertores lo que hacen es eso, le quitan a la gente las ganas de tener ganas.

- Pos no lo entiendo.

- Pos yo tampoco - dijo Ron.

- Pues está bastante clarito, se te han quitado las ganas de estar de pie y por eso te has caído, mendrugo. Cómete el palolú.

Larry se comió el palolú y, de repente, le entraron unas ganas tremendas de hacer millones de cosas: plantar un árbol, escribir un libro, dar la vuelta al mundo, tener un hijo... (esto último lo reprimió porque no quería tener más problemas con el Ministerio y el Decreto Para la Moderada Limitación de las Relaciones Interpersonales en Menores de Edad, y también porque para ello tendría que elegir entre Mariangélica y Ginebra, y, conociéndolas, no quería llevarse otra bofetada por faltar a la consabida norma de "a cada edad, lo suyo").

Finalmente el TALGO se detuvo en la estación de Jomemeo. En el andén, que no tenía nombre matemático porque Jomemeo era un pueblo poblado (vale, otra vez la redundancia) por magos y no necesitaban utilizar el escaso conocimiento matemático de los mugres para ocultarlo, en el andén, digo, hacía bastante fresco, porque en Inglaterra en realidad hace frío y llueve mucho, no se crean lo que ponen en las películas que la mitad se ruedan en estudios y la otra mitad en Almería.

Así que tenemos que hacía frío y llovía; Larry, Ron y Mariangélica salieron del TALGO y siguieron a los demás alumnos hacia los coches teledirigidos que les llevarían hasta Jobart. Larry se sentía mejor después de haberse comido el palolú (aunque pensaba que un JB de los de Están Chuskis le habría venido mejor, pero no era quién para contradecir al nuevo profesor de Contraataques para Trucos Sucios), pero cuando los coches teledirigidos atravesaron las puertas de Jobart, vio a otros dos Desertores, con los pasamontañas calados, y sintió una repentina pereza que le hizo pensar que ni siquiera se bebería el whisky con tal de no tener que levantarse a por los hielos.

El coche teledirigido se detuvo en las puertas principales de Jobart, un edificio algo anticuado de esos que generalmente utilizan los guionistas de pelis de terror para hacer filmes que no dan ni gota de miedo. Larry, Mariangélica y Ron bajaron del coche y oyeron a sus espaldas una voz:

- ¿Así que te trompezaste en el TALGO, Motter? ¿Te acongojaste cuando viste al Desertor? ¿La revista que le he mangado a Locompro no es un montaje fotográfico?

Larry miró a Trago Malody y después a Diezmil, que se encogió y murmuró: - Es que... la vendían en la estación a muy buen precio, Larry...

- Vete a tomar por cuo, Malody - dijo Ron.

- ¿Tú también te caíste, Whisky? ¿Tenías miedo del Desertor?

- ¿Passsa contigo? - dijo una voz desde detrás de Malody. Larry vio al profesor Lobatón avanzar hacia ellos con cara de ser el más-mola de todos los profesores del multiuniverso. Malody lo miró de arriba a abajo, con una mirada apreciativa aunque no del mismo tipo de la que le había echado Mariangélica horas antes (se puede decir de Trago Malody que era muchas cosas, pero no tenía ni remotamente la sensibilidad necesaria y requerida para ser un julay).

- Este... no, profesor...

- Vale - dijo Lobatón -. Entonces más te vale salir por patas y no dejar de correr hasta que te sientes en el Refectorium, o sabrás por qué soy conocido como "el terror de los niños pequeñajos con aspiraciones a ser los malos de la película".

- ¿Cómo?

- ¡Que aquí el único malo soy yo, eso! - se encrespó Lobatón.

Malody se encogió de hombros y se dirigió hacia la puerta.

- Y vosotros también - les dijo a Larry, Ron y Mariangélica -. A cenar pero ya mismo, vamos, pero ya, ya, ya, ya.

- Vaya mala uva que se gasta de vez en cuando el profe ese - dijo Ron de mal humor cuando se disponían a entrar en el Refectorium -. No sé de dónde se los saca Chitichitibangbang...

- ¡Motter! ¡Flanders! - dijo una voz -. ¡Venid aquí!

Larry y Mariangélica se volvieron, sorprendidos. La profesora MacDonalds, que daba clase de Transmediterráneos y era la jefa de la casa Greypeor, los llamaba por encima de las cabezas de la multitud, observándolos con sus penetrantes ojos, detrás de las gafas romboidales. Larry y Mariangélica se abrieron paso hacia ella, algo nada fácil porque la multitud parecía decidida a impedirles pasar, y hay que decir que con marcado acierto. La profesora MacDonalds los miraba con cara de pocos amigos, lo que hizo pensar a Larry que les había pillado haciendo algo malo, y eso que el curso acababa de comenzar y no habían tenido tiempo de hacer nada más interesante que entrar en el castillo, mucho menos alguna travesura o maldad programada.

- No pongáis esa cara de susto, que sólo quiero hablar con vosotros - dijo la profesora MacDonalds -. Tú no, Whisky, así que largo - le dijo a Ron, que la miraba con ojitos de incomprensión -. Vosotros dos, seguidme.

La siguieron, claro (cualquiera le decía que no a MacDonalds, con el mal genio escocés que tenía la piba) hasta su despacho. Cuando estuvieron dentro, la profesora MacDonalds les hizo una seña para que se sentasen (algo que hicieron instantáneamente).

- El profesor Lobatón ha enviado una gaviota diciendo que te has puesto malito en el tren, Motter - dijo la profesora MacDonalds. Larry se puso del color de las remolachas pasadas. Lo único que faltaba era que le hiciesen acostarse pronto (y solo, evidentemente) para que Malody, Cras y Voy se descogorciasen de la risa de aquí a Nochebuena.

Momentos después apareció la señora Pompis, la enfermera de la escuela, que cuando vio a Larry hizo una mueca de asco asqueroso, como si Larry en lugar de un niño no demasiado agraciado fuese una desgracia para la raza humana.

- ¡Tú otra vez! - dijo la señora Pompis -. ¿Qué has hecho esta vez? ¿Caerte de cabeza en el váter, como el año pasado?

- Ha sido un Desertor, Pippicalzaslargas - dijo la profesora MacDonalds, usando el diminutivo de la señora Pompis, un diminutivo algo absurdo porque era como tres veces más largo que el nombre original, pero ya se sabe, los magos y su encefalopatía espongiforme... En fin, qué les voy a contar que ustedes no sepan. El caso es que la profesora MacDonalds y la señora Pompis se miraron con cara de mala uva.

- Desertores en un colegio... - dijo la señora Pompis, agarrando a Larry de debajo de la mandíbula y observando sus ojos -. Ya no sé qué será lo siguiente, si traer a los presos de Al Qaerse o a los Combatientes Enemigos Ilegales de la base de Guantanamera Guajira Guantanamera... No será el primero que se caiga patas arriba este curso, te lo digo yo, Meenerva.

- ¿Qué se prescribe en estos casos, Pippicalzaslargas? - dijo la profesora MacDonalds, mientras la señora Pompis obligaba a Larry a sacar la lengua introduciéndole un chisme de madera de aspecto mugre, plano y alargado, hasta las mismísimas amígdalas -. ¿Debería pasar la noche en la enfermería?

- ¡Noooorl! - gritó Larry, sacándose el chisme de madera de la garganta, rezando porque la señora Pompis no decidiese que también necesitaba un examen rectal, y pensando en lo que diría Malody si se supiese que había tenido que pasar por una ITV completa y una noche en la enfermería por un simple atontamiento pasajero sin importancia en el tren -. ¡Estoy bien, joé!

- Por lo menos tendría que tomarse un palolú... - dijo la señora Pompis, mientras intentaba bajarle los pantalones a Larry, que se resistía con todas sus fuerzas, y más delante de Mariangélica, que tenía muy claro cuál era la edad correcta para bajarse los pantalones frente a una persona del otro sexo y evidentemente, por la cara que estaba poniendo, consideraba que a Larry le quedaban todavía unos añitos.

- ¡Ya me he comido uno! - dijo desesperado, sujetándose los pantalones con una mano mientras intentaba apartar a la señora Pompis con la otra -. El profesor Lobatón me lo dio...

- ¿En serio? - dijo la señora Pompis, que desistió de bajarle a Larry los pantalones -. Vaya, vaya... por fin un profesor de Contraataques para Trucos Sucios que sabe lo que se trae entre manos...

- ¿Seguro que estás bien, Motter? - dijo la profesora MacDonalds, observando a Larry con una mirada que hizo que Larry se preguntase si la profesora se preocupaba efectivamente por él o si en realidad se sentía desilusionada porque la señora Pompis no hubiese llevado a cabo finalmente el exámen completo de su anatomía. Larry se recriminó por sus pensamientos y se prometió a sí mismo que buscaría en la biblioteca un hechizo para retrasar su pubertad todo lo posible, porque al paso que iba le iba a dar muchos problemas.

- Sí - dijo Larry.

- Muy bien. Entonces haz el favor de esperar fuera mientras cometo... digo, comento, un par de cosillas con la señorita Flanders - dijo la profesora MacDonalds.

Larry salió del pequeño despacho y esperó en el pasillo unos cinco minutos, hasta que Mariangélica salió con una sonrisa radiante, que hizo a Larry pensar en primer lugar que la profesora MacDonalds no iba detrás del exámen de la anatomía de Larry sino de la de Mariangélica, e instantes después reafirmarse en su decisión de buscar cuanto antes un hechizo frena-hormonas.

- ¿De qué iba todo esto? - preguntó Ron cuando se sentaron en el Refectorium en la mesa de Greypeor, junto a Ron.

- ¡Calla, que quiero ver la Selección! - dijo Mariangélica, sin hacer ni caso a Ron.

Los alumnos de Jobart se dividían en cuatro casas (Greypeor, Sulimoncín, Vayaplof y Rumbaolé) según se le ocurría a un sombrerete cachondo que cantaba peor que Leonardo Dantés y que separaba a los niños según sus cualidades: en teoría, los de Greypeor eran los más valientes, los de Rumbaolé los listos, los de Sulimoncín unos pequeños cabroncetes y los de Vayaplof... sobran las palabras.

En ese momento, el sombrero seleccionador (al que los alumnos llamaban cariñosamente Iñakisáez) descansaba sobre un taburete. De pronto se abrió un agujero cerca de su ala - lo cual no era muy difícil, porque los magos, panda incompetentes, todavía no habían encontrado un remedio para las polillas -, y el sombrero comenzó a cantar:

- La vida es una tómbola, tom, tom, tómbola

La vida es una tómbola, tom, tom, tómbola

de luz y de coloooooor...

- ¡Todos los años es igual, Mariangélica! - dijo Ron.

- ¡La canción es distinta! - dijo Mariangélica, batiendo palmas con entusiasmo -. ¡La de este año me gusta!

- ¡Pero si es una catástrofe musical, tía!

- ...en la tómbola del mundo

yo he tenido mucha suerte

porque todo mi cariño

a tu número jugué...

- ¡Es peor que las canciones de Javi Cantero!

- ¡Que te calles, que quiero oírla!

- ...yo soñaba con tu nombre

esperaba conocerte...

- ¡...conocerteeee...! - coreó Mariangélica.

- ¡Es un jorror! ¡Que alguien calle a ese puo gorro!

- ...y la tómbola del mundo

me premió con tu quereeeer...

- ¡Contadme qué os ha dicho MacDonalds! - exigió Ron.

- ¡Que te calles!

- ¡Si ya se ha acabado la canción, tronka!

Mariangélica hizo una pausa y se dio cuenta de que era cierto, que el sombrero había terminado de cantar y se inclinaba ahora hacia un lado y hacia otro aceptando los aplausos de los alumnos y las exclamaciones de "¡Otra, otra!", que gritaba un chaval de Vayaplof, cuyas orejas habían sido transmutadas, nadie sabía cómo, en dos rábanos de un asqueroso color caqui.

- Bueno - dijo Mariangélica, aplaudiendo -. Me gustaba más la del año pasado, esa de Un baile nuevo, el baile del pañueloooo...

- Ni Larry ni yo la oímos, ¿recuerdas? - dijo Ron, de mal humor -. Ahora, ¿queréis contarme lo que ha pasado?

Larry comenzó a explicárselo en susurros, pero entonces el director, Agnus Chitichitibangbang, se puso en pie y comenzó a hablar.

- ¡Bienvenidos! - dijo Chitichitibangbang -. ¡Bienvenidos, wellcome, bienvenue, benvenutos, willkomenn...! - se detuvo ante la tosecilla emitida por la profesora MacDonalds -. Bien, tengo que deciros un par de cosas, y como una de ellas es mu seria, pero mucho, mucho, mucho, pues la digo ahora y así ya la sabéis - dijo -. Como habéis podido observar en el tren, algunos mariquitas más que otros - Larry estaba seguro de que Chitichitibangbang se refería a él, y más cuando el Director lo estaba mirando directamente -, hay una serie de Desertores de Ascodán en Jobart este año, que están aquí por asuntos del Ministerio de Magia. Se van a quedar en las puertas del colegio, así que mucho cuidado con intentar escaparos los viernes por la noche de cañitas a Jomemeo, que no está el horno para bollos - hizo una pausa -. ¿Lo habéis pillado o lo tengo que repetir?

- ¡Sí, profesor Chitichitibangbang! - dijeron todos los alumnos.

- ¿Sí qué, que lo habéis entendido o que lo repita? - dijo Chitichitibangbang, confuso.

- ¡Sí, profesor Chitichitibangbang! - volvieron a decir todos los alumnos.

- Vale, queda claro - dijo el director -. Ahora os voy a presentar a dos nuevos profesores que van a tener el disgusto de enseñaros este año. Dad la bienvenida al profesor Romulo Lobatón, que impartirá Contraataques para Trucos Sucios.

Hubo algún que otro aplauso aislado, y otro grito de "¡Otra, otra!" del Vayaplof que tenía rábanos en lugar de orejas. Sólo Larry, Ron y Mariangélica aplaudieron con ganas, aunque, como ya se imaginará el lector, fue por puro peloteo; la verdad era que el profesor Lobatón no tenía buena pinta entre el resto de los profesores, que vestían como si fuesen de boda en lugar de a una cena entre niñatos de colegio.

- ¡Mira el careto de Spice! - susurró Larry a Ron.

El profesor Sucillus Spice, el profe de Posesiones, miraba a Lobatón sin aplaudir. Larry sabía de sobra que Spice quería ser profesor de Contraataques para Trucos Sucios en lugar del profesor de Contraataques para Trucos Sucios, pero incluso a Larry, que no podía soportar a Spice, le dió canguela la cara que estaba poniendo en ese momento. Era más que simple resentimiento por un puesto de trabajo mal remunerado y cuanto menos peligroso: era un odio feroz y sin disimulos. Era una cara feísima. Larry pensó: si yo fuese Lobatón, contrataría a un guardaespaldas... o dos.

- En cuanto al segundo nombramiento - dijo Chitichitibangbang cuando Larry, Ron y Mariangélica dejaron de aplaudir y uno de Sulimoncín consiguió transformar la boca del Vayaplof de las orejas en una cebolla -, debo decir que el profesor Ketedén ha decidido retirarse de su cargo de maestro de Bichos Mágicos al darse cuenta de que todos ellos le dan alergia. Así que teníamos una vacante... - sonrió -. Después de un durísimo proceso de selección en el que los cienes y cienes de aspirantes han tenido que probar su valía a lo largo de doscientas cincuenta y tres mil ochocientas cuatro pruebas, hemos decidido, como suele hacerse en estos casos, darle la plaza al enchufado de turno. Quiero que dediquéis un fuerte aplauso al profesor Roderick.

El aplauso fue especialmente fuerte en la mesa de Greypeor, que, como todo el mundo sabía, siempre intentaban hacerle la pelota al antiguo portero. Larry miró hacia la mesa de los profesores, donde Roderick se sentaba con la cabeza gacha, recibiendo los aplausos con la cara colorada.

- A saber qué nos pondrá en clase el chalaomielda éste... - se dijo -. Con tal de que no sean cosas que nos coman los dedos...

- De acuerdo. Y ahora, que comience el banquete - dijo Chitichitibangbang -. Decid el conjuro, alumnos.

- ¡Viva el colesterol! - dijeron todos a coro. Instantáneamente, las mesas se llenaron de fuentes de panceta, morcilla, chorizo frito, sardinas, pizza cuatro quesos y espaguetis a la carbonara.

- ¡A comer! - dijo Chitichitibangbang.

Media hora después, Larry, Ron y Mariangélica se reunieron en el pasillo que conducía a la sala común de Greypeor con sus compañeros de casa.

- ¿Sabéis cuál es la contraseña? - preguntó Seamos Sensatos a Ron.

- ¡Dejadme pasar! ¡Dejadme pasar, soy un Perverso! -. Piercing Whisky se abría paso por entre los alumnos de Greypeor -. ¡La contraseña es Aquarium Marenostrum!

- Hay que joerse - se quejó Diezmil, que sólo era capaz de recordar los precios de los productos y a quien las contraseñas se le daban fatal.

Entraron por el hueco que dejó un enorme cuadro que representaba a una señora que tenía un sospechoso parecido con la Tía Margarita (a Larry siempre le había dado mala espina) y se encontraron en la sala común, con un alegre fuego bailoteando samba en la chimenea de piedra.

Larry echó un vistazo a su alrededor y por fin, después de meses y meses y meses, sintió que ya no era un inadaptado. O, al menos, no demasiado.