- CAPÍTULO 6 -
Eau d´Été y mordisqueos de Hipocondríaco
Cuando Larry, Ron y Mariangélica bajaron a desayunar al día siguiente, vieron a Malody en la mesa de Sulimoncín haciendo una imitación, bastante penosa, por cierto, de Larry desmayándose delante de algo. Lo peor era que encima el tío se creía gracioso y todo.
- Ignóralo, Larry - dijo Mariangélica con esa voz que Larry y Ron sabían que su madre usaba cuando un cliente se ponía demasiado pesadito -. Pasando de él, si total, es un auténtico inadaptado...
- Ya... - dijo Larry tristemente, pensando en quién era el mayor inadaptado de Jobart y poniéndose todavía más triste.
- Tomad, el nuevo horario de vuestro curso, niñatos - les dijo Bred cuando se sentaron a la mesa de Greypeor, tendiéndoles una hoja de papel del tamaño de un poster del Mundial´82.
- ¿Qué pascha? - preguntó Brad a Larry -. Tienes un careto que da miedo, tío...
- Malody - dijo Larry, cabreado como una china -. Parece que lo del Desertor le ha hecho mucha gracia...
- Vaya un cretino - dijo Brad.
- Pero no de Creta, sino de imbécil - apostilló Bred.
- Ayer en el TALGO no estaba tan farruco... - dijo Brad, riendo escandalosamente.
- No, se hizo kk encima... - se descogorció Bred.
- Pero seguro que no se cayó al suelo cual damisela medieval... - dijo Larry con voz de ultratumba -. Viva el colesterol -. La mesa se llenó de comida delante de él.
- No, pero con el olor nos caímos nosotros - dijo Brad, sonriendo.
- Un asco, chico - dijo Bred.
- Los que son un asco son los Desertores - continuó Brad -. Papá tuvo que ir una vez a Ascodán, ¿te acuerdas, Bred? Dijo que era un sitio asqueroso.
- Sí. Los Desertores hacen que se te quiten las ganas de hacer cualquier cosa... Qué asco dan.
- Bueno - dijo Brad, dando un golpecito amistoso en el hombro de Larry que estuvo a punto de tumbarlo sobre la panceta y los huevos con bacon -, ya veremos lo contento que se pone Malody en el partido de Cuidadín. Greypeor contra Sulimoncín, ¿te acuerdas, el primer partido de la temporada...
La única vez que Larry y Malody se habían enfrentado en la cancha de Cuidadín, Malody había estado a punto de quedarse aún más feo de lo que era. Larry se puso un poco más contento de pensarlo (qué mala persona) y comenzó a atiborrarse de salchichas y morcilla.
Mariangélica se aprendía de memoria su nuevo horario, como hacía con todo lo que cayera en sus manos que tuviese letras, símbolos, dibujitos o cualquier cosa susceptible de ser memorizada (aunque todavía no había sido capaz de aprenderse una hoja en blanco).
- ¡Hoy tenemos asignaturas nuevas! - dijo alegremente.
- Mariangélica - dijo Ron, mirando su póster-horario -, se han confundido con tu horario. Tienes quinientas asignaturas al día... y que yo sepa el día sigue teniendo 24 horas... Claro, a menos que me lo hayan cambiado y no me haya enterado, que también puede ser... - se quedó pensativo un rato.
- Bah - dijo Mariangélica -. Ya me he puesto de acuerdo con la profesora MacDonalds...
Larry volvió a sospechar que en aquel despacho la noche anterior había pasado algo extraño. Luego recordó que tenía que ir a la Biblioteca con urgencia a buscar un libro sobre hechizos para magos adolescentes perturbados.
- ¡Pero si tienes doce asignaturas cada hora! - dijo Ron -. ¿Vas a ir a doce clases a la vez?
- ¿Y a tí qué te importa si doy doscientas clases a la vez? - se enfurruñó Mariangélica -. Anda, calla y vamos a clase que llegamos tarde.
Se levantó, dejando a Ron con la palabra en la boca y a Larry con una loncha de bacon saliendo de la propia, lo que le daba un aspecto bastante curioso.
- Vamos, que la clase de Adivinaadivinanza está en la Torre de Andajodía...
- Vaya un nombre... - se quejó Larry, levantándose de la mesa y cogiendo un par de tortitas con nata y sirope de chocolate con la mano, que se le quedó bastante pringosa, la verdad.
El caso es que se pusieron a buscar la Torre de Andajodía y no había forma de encontrarla, claro, como esperaba seguramente el lector, que no se chupa el dedo (y si lo hace seguro que es por una buena causa). Y allí seguían Larry, Ron y Mariangélica, sube que sube que sube, trepa que trepa que trepa, y de la puñetera torre, ni rastro.
- Hay que joerse...
- ¿Ándandará la jodía?
- Cagóntó...
- A lo mejor es por aquí...
- No, por aquí...
- Que no, que por ahí se va al lavabo, es por allí...
- Por allí se va al Comedor, cacho tragón de mielda...
- Joé, que me has dejao sin desayunar, tía...
- Si hubiera alguien a quien preguntarle la dirección...
Y claro, apareció alguien. Bueno, en concreto se toparon con un cuadro colgado de la pared (pues anda, exclamará el lector; pues anda, sí, y también habla, que es lo que tiene la magia. Inadaptado...). El cuadro representaba una trinchera sucia y repugnante en mitad de un descampado, en colores grises y marrones. De pronto, arrastrándose por el suelo embarrado con una ametralladora del año de la tana en las manos y la cara pintarrajeada de negro y verde, apareció un hombre, vestido de camuflaje, con el pelo rapado y un casco redondo colgando de la espalda.
- ¡Cuerpo a tierra! - gritó el hombre del cuadro -. ¡El enemigo se acerca! ¡A por ellos!
Empezó a disparar hacia donde estaban Larry, Ron y Mariangélica, mirándolo curiosos. El caso es que las balas rebotaron en el marco del cuadro y volvieron hacia donde estaba el hombre, hiriéndolo en los hombros, la pelvis, la cadera, la rodilla y el apéndice.
- ¡Ouch! - se quejó.
- ¿Se encuentra bien? - preguntó Larry, aunque era bastante evidente que la respuesta iba a ser negativa, porque el tipo sangraba por una docena de agujeros.
- ¡Atrás! ¡No te acerques! ¡Tengo un rehén! - gritó el hombre, intentando alargar la mano para coger a Mariangélica -. ¡Abrid fuego, soldados!
Larry intentó buscar otros personajes en el cuadro, pero no había nada excepto el petate del hombre, apoyado contra un lateral de la trinchera. El hombre del cuadro intentó incorporarse y resbaló en el suelo embarrado.
- Este... - dijo Larry -. ¿Sabe dónde está la Torre de Andajodía?
- ¡Habéis encontrado el cuartel general del enemigo! - gritó el hombre con una sonrisa radiante -. ¡A ella! ¡Rodeémosla! ¡Hay que aprovechar el factor sorpresa! ¡Levanten armas! ¡Formación!¡Al ataque! ¡A por los ingleseeeeees! - y salió corriendo por un lateral del cuadro.
- Pero si los ingleses somos nosotros... - dijo Ron.
- Calla, tonto - Mariangélica le dio un codazo.
Los tres salieron corriendo detrás del extraño personaje, que cargaba como la Brigada Ligera por todos los cuadros que colgaban de las paredes, soltando granadas de mano y ráfagas de ametralladora por donde pasaba. Después de subir varios tramos de escaleras llegaron a un rellano donde era evidente que el castillo terminaba porque ya no había más escaleras ni más castillo.
- ¡Gracias, camaradas! - gritó el del cuadro -. ¡La victoria es nuestra!
- Er... de nada - dijo Larry, flipao.
- ¡Me voy a recibir órdenes! ¡Si alguna vez váis por el tercer piso, cuarto pasillo, segunda vuelta a la izquierda y primera puerta a la derecha, venid a buscar al teniente Cagonman y nos iremos de farra hasta que el cuerpo aguante o se nos acabe la paga!
Y desapareció por el marco de un cuadro donde un grupo de vírgenes vestales lo observaban con ojitos tiernos.
La mayoría de la clase de Greypeor esperaba en el rellano al que los había guiado el teniente Cagonman. No había ni puertas ni nada similar, porque ya no había más castillo... o eso parecía. Seamos Sensatos señaló una puerta enorme, de roble, con una gran cerradura y un llamador de bronce en forma de chupete, que se abría en pleno techo.
- ¿Cómo vamos a subir hasta allí? - dijo Lean Dosmás. Como en respuesta a su pregunta, la puerta de roble se abrió (hacia dentro, y menos mal, porque si hubiese sido hacia fuera habría organizado una carnicería con zumo de alumno con pulpa incluído), y bajó desde el hueco una escalera mecánica de acero, con el pasamanos de goma color verde sucio y lleno de mocos pegados y un cartel muy susio y pintarrajeado con boli que decía: Prohibido sentarse en los escalones. Cuidado con las prendas largas, pueden engancharse entre la escalera y la barandilla.
Arremangándose la túnica por encima del refajo, se subieron en fila a la escalera, que comenzó a ascender hacia el hueco en el techo. De pronto, la escalera se paró en seco, y Larry, que iba el primero, cayó de morros contra el último escalón. Levantándose a duras penas, miró hacia abajo. Seamos, con cara de graciosillo con ganas de ganarse una tremenda hotia, miraba hacia arriba, con el dedo apoyado en un gran botón rojo que había a los pies de la escalera y sobre el que un enorme cartel en letras también rojas decía: NO PULSAR.
- Esta te la guardo, Seamos - dijo Larry, escupiendo un incisivo y saltando el último escalón para aterrizar en la clase que había arriba.
Que era una clase porque ellos lo decían, vamos, porque cualquier parecido entre aquello y un aula era pura coincidencia: más bien parecía un cabaret de los años treinta, con sus mesitas, sus lamparitas, sus espejitos, sus colgajillos de seda, su...
- Siéntate, querido - dijo una voz desde un rincón oscuro. Larry se volvió, pero en lugar de encontrarse cara a cara con Liza Minelli, que era lo más lógico en aquel ambiente, vio a una mujer muy muy muy muy alta y muy muy muy muy delgada, con los ojos tan grandes como una libélula. Larry pegó un bote del susto, hasta que se dio cuenta de que en realidad la profesora llevaba zancos y unas gafas hechas con dos coladores unidos por un alambre.
- Son para mejorar mi Visión Infradentral - explicó la profesora, mientras el resto de la clase subía las escaleras mecánicas paralizadas, no sin cierta dificultad (¿nunca habéis intentado subir por unas escaleras mecánicas paradas?).
Larry cerró la boca y se sentó en un sofá de terciopelo rojo oscuro. Ron se sentó a su lado.
- Bienvenidos a mi clase - dijo la mujer de los coladores en los ojos, cuando todos los demás se hubieron sentado -. Soy la profesora Silvia Tremendi. Encantada de veros por fin en el mundo Suprafueral. Supongo que no me habréis visto antes... siento que cuando bajo de la Torre mi Visión Infradentral pierde cobertura.
Sin percatarse de lo extraño de sus palabras, la profesora Tremendi se enderezó los coladores sobre los ojos y siguió hablando.
- Así que habéis decidido estudiar Adivinaadivinanza... Debo advertiros desde el principio que si no poseéis la Visión Infradentral no podré enseñaros prácticamente nada - Larry hizo el amago de buscar en su mochila la famosa Visión esa de marras, hasta que se percató de que la profesora Tremendi debía estar hablando de una cualidad, no de una posesión; al menos no de una posesión material, porque la profesora parecía bastante poseída o posesa por algún espíritu cachondo de los bosques -. Pero no creáis que es algo que tiene todo el mundo... Sólo unos pocos elegidos pertenecen de verdad al reducido grupo de los Visionarios Infradentrales. Dime, chato - dijo de repente a Diezmil -, ¿oro parece, plata no es?
- Er... ¿la gallina? - dijo Diezmil, inseguro.
- Yo no estaría tan seguro - contestó la profesora Tremendi -. Bien, durante este curso nos dedicaremos a estudiar los mejores métodos de Adivinancia. Primero usaremos la Eau d´Été, luego pasaremos al Quiromasaje. Por cierto, guapa - dijo a Patati Patí -, este banco está ocupado por un padre y por un hijo, el hijo se llama Juan y el padre ya te lo he dicho.
- Ah... - dijo Patati, levantándose del sofá.
- ¿Qué haces? - preguntó la profesora.
- Como me ha dicho que este banco está ocupado...
- ¡Era una adivinanza! - exclamó la profesora Tremendi, exasperada -. No es como si yo te pregunto: "¿Quién me ha robado el mes de abril?"... En fin... se ve que aún tenéis mucho que aprender. Durante el último trimestre interpretaremos la bola de cristal, si el tiempo lo permite. Bonita - dijo a Lavendo Boeing, que se encogió a la espera de que le hiciese alguna pregunta enrevesada -, ¿podrías pasarme esa botella de Pacharán?
Lavendo suspiró de alivio y se la alcanzó. La profesora Tremendi la cogió.
- Gracias. Por cierto, ¿qué fue antes, el huevo o la gallina?
- ¡La gallina! ¡Yo lo había dicho bien, la gallina! - gritó Diezmil, levantándose de un salto y volcando la mesita cabaretera que tenía delante.
- Silencio, querido. Bien, ahora quiero que os pongáis por parejas y vengáis a por un poco de Eau d´Été. Luego os la bebéis, hacéis un buche con ella y la escupís en un plato. Vuestro compañero deberá leer la imagen que se forme en el plato e interpretarla con el libro de texto.
- Qué asco - dijo Ron, haciendo una mueca.
Ambos escupieron su asquerosidad en un plato y se lo intercambiaron.
- Vale. ¿Qué ves? - preguntó Ron a Larry.
- Un escupitajo - dijo Larry.
- Qué listo...
- Bueno - dijo Larry -, aquí hay una especie de... no, es... bueno... e...a lo... o qui...á es q..te...
- Creo que se te ha desintonizado la Visión Infradentral - rió Ron. Larry movió la cabeza.
- ¿A..í es...t.. mej...ó ...no l...yes?
- A ver... a la derecha... no, no, ahora mueve la cabeza a la izquierda... Saca la antena, tío...
- ¿Así? ¿Me oyes? ¿Me oyes ahora?
- Perfecto.
- Vaya mielda de cobertura... - dijo Larry.
- A ver, voy a mirar tu plato... eeks... - dijo Ron -. Bueno, este dibujito es... Joé, qué es eto... Si lo miras desde aquí parece una sandía, pero desde el otro lado es clavadito a mi tío abuelo Robustiano... ¿Qué querrá decir esto? ¿Vas a conocer a mi familia? Pues mi tío abuelo es un animal... Y desde este ángulo parece el Taj Majal... Este... - miró el libro -, eso quiere decir que vas a viajar a la India... Anda que se han comido la cabeza a la hora de interpretar los dibujitos del Eau d´Été...
- ¡Ódete tú ()! - dijo Larry. ( eau d´été se pronuncia "ó deté")
- ¿A ver ese plato? - dijo la profesora Tremendi desde su espalda. Larry abrió mucho los ojos (casi tanto como los coladores de la profesora) -. A ver, a ver... Mmmm... El boquerón... tienes un enemigo mortal que odia los boquerones...
- Vaya una adivinanza - susurró Mariangélica.
- ...el boquerón en vinagre... el nombre de tu enemigo se parece mucho a este dibujo...
- Y pa esto hay que estudiar ocho años de carrera, un máster y un doctorado.
- ...el boquerón frito... vaya plato tienes...
- ¿Vas a montar una tienda de pescaíto frito, Larry? - rió Ron.
De pronto, la profesora Tremendi dio un tremendo alarido y soltó el plato.
- ¿Pascha? - dijo Larry asustado.
- Mi niño... - dijo la profesora con los coladores ladeados sobre los ojos -, mi pobrecita criaturita... Tienes el Perrault.
- ¿Lo qué?
- ¡El Perrault, querido, el Perrault! ¡La sombra con ojos y dientes! ¡La sombra que se lleva a los vivos y los hace estar menos vivos, o, de hecho, nada vivos!
Larry abrió la boca (a juego con los ojos, que ya tenía como los coladores de la profesora Tremendi) y empezó a temblar, recordando a la tía Margarita convertida en una bandera gay, el Autobús Transportaángulos, la sombra con ojos y dientes... Todos miraron a Larry. Excepto Mariangélica, que siempre tenía que llevar la contraria, y se acercó a la profesora Tremendi para mirar el plato de Larry.
- No creo que parezca un Perrault - dijo Mariangélica.
La profesora Tremendi la miró con cara de suspenso instantáneo en Adivinaadivinanza.
- Perdona que te lo diga, mocica, pero así al pronto se me ocurre que no tienes pero nada bien la Visión Infradentral - dijo con voz de disgusto -. Creo que deberías hacerte la revisión de los cien mil kilómetros... ¿has pasado la ITV este año?...
Seamos Sensatos también observaba el plato con el escupitajo de Larry.
- Parece un Perrault si lo miras así... - dijo, ladeando la cabeza -. Pero desde este lado parece más bien un Van Gogh, o incluso un Picasso...
- ¡Habéis decidido ya si voy a llegar al Año Nuevo o no! - gritó Larry.
- Creo que la clase ha terminado por hoy - dijo débilmente la profesora Tremendi -. Sí... marchaos... Os espero el lunes que viene. Traedme un ensayo sobre El chiste del pan que habla y sus influencias en el arte adivinatorio moderno.
Salieron en silencio y bajaron por la escalera mecánica, que ya volvía a moverse. En silencio también llegaron a clase de Transmediterráneos, y se sentaron calladitos como buenos niños en los pupitres.
Larry se sentó en la última fila, lo que sorprendió a todo el mundo, porque, como buen inadaptado que era, siempre iba de cabeza a la primera. Pero circunstancias especiales requieren medidas especiales, y en aquella ocasión prefería pasar todo lo inadvertido que pudiese, algo harto difícil debido a que tenía los pelos de punta y los ojos como dos coladores. No tuvo hueos de escuchar lo que decía la profesora MacDonalds sobre los animameas (magos capaces de convertirse en otras cosas que se les viniera en gana), y no hizo ni puñetero caso cuando la profesora MacDonalds se transformó en una lechuga.
- ¿Qué os pasa? - dijo la profesora MacDonalds, volviendo a su ser (aunque aún seguía un poco verde, la mujer) -. No es que mi orgullo esté dañado de forma irreparable, pero es la primera vez que mi transformación no consigue ninguna reacción entre mis alumnos... aunque sea un intento de meterme en la ensalada de la comida.
Toda la clase volvió la cabeza hacia Larry.
- Yo...
- Verá, profesora - dijo Mariangélica -, es que venimos de clase de Adivinaadivinanza...
- Ah, vale - dijo MacDonalds, arreglándose el moño, que se le había quedado con la forma de una col de Bruselas tras su transformación -. No me digas más, señorita Flanders.
- ...y claro, es que... - continuó Mariangélica.
- ¡Que no me digas más! - exclamó la profesora MacDonalds -. Decidme, ¿a quién se le ha aparecido el Perrault este año?
Hubo un largo silencio.
- A mí - dijo Larry.
- Ah - dijo MacDonalds -. Bueno, Motter, si se te aparece una sombra con ojos y dientes algún día mientras paseas por Jobart, procura no pegarle muy fuerte, ¿vale? Es mi perro Toby.
La clase entera soltó una carcajada, Larry incluído. Si la profesora MacDonalds se lo tomaba así, sería que la profesora Tremendi estaba mal de la cabeza y punto pelota.
Sin embargo, no todos estaban convencidos. Ron, por ejemplo, seguía bastante preocupado por el asunto, como quedó claro cuando, a la hora de la comida, le preguntó:
- Larry, ¿has visto alguna sombra con ojos y dientes?
- Pos mira, sí - dijo Larry -. La noche que le eché el hechizo Technicolor a mi tía.
Ron puso cara de hacerse los buenos días encima.
- Sería una alucinación - dijo Mariangélica.
- Mariangélica, si Larry ha visto un Perrault, es... ¡es horrible! Mi tío abuelo Salustio...
- Vaya unos nombrecitos que tienen tus tíos abuelos, macho - dijo Larry.
- ...mi tío abuelo Salustio vio uno y murió al instante!
- Una alucinación - repitió Mariangélica -. Eso son cosas del subconsciente.
- Estas mal de la chota, tía - dijo Ron -. Todos los magos temen al Perrault...
- ¿Ves? El subconsciente - dijo Mariangélica -. Ven al Perrault y se jiñan de miedo.
- ¡Mariangélica, a mi tío se le echó encima y le mordió la yugular! ¿Qué tiene eso de subconsciente?
- Todo - dijo Mariangélica -. Creo que las adivinanzas son muy imprecisas e imprevisibles y no hay quien las entienda.
- ¡El Perrault de Larry era perfectamente comprensible!
- ¡No decías lo mismo cuando creías que era el Taj Majal!
- ¡La profesora Tremendi dijo que tenías que hacerle la ITV a tu Visión Infradentral!
- ¡A la profesora Tremendi me la paso por el forro de los cones!
- ¡Eso es porque te da rabia no ser su alumna predilecta!
- ¡Sería su alumna predilecta si ella fuese una profesora de verdad y no le hubiese salido el título en el Bollycao!
- ¡Chincha, rabiña, que tengo una piña...!
- ¡Esta clase fue una mielda comparada con la de Arribamiarma!
Y se levantó, muy digna ella, y se largó del Refectorium sin despedirse.
- ¿De qué habla? - dijo Ron -. Todavía no ha tenido ninguna clase de Arribamiarma...
Un rato después, Larry y Ron se encaminaron hacia el garito de Roderick, donde tendría lugar la clase de Bichos Mágicos. Allí, aparte de Mariangélica con cara de malas pulgas, estaban todos sus compañeros de Greypeor y, lo que era peor, también Malody y compañía.
- Cagóntó... compartimos esta clase con los de Sulimoncín... - gruñó Larry.
Roderick apareció instantes después, con cara de niño recién levantado el seis de enero y una sonrisa que más parecía una raja de melón.
- Hola, hola... qué tal... - dijo, nervioso.
- Hola, Roderick - dijeron los alumnos de Greypeor, como buenos pelotas que eran -. ¿Qué tal?
- Bien, bien... este... Bueno...
- Vaya catástrofe de profesor - dijo una voz desde detrás de Larry. Evidentemente, como pudo comprobar Larry cuando se dio la vuelta, era Malody -. Si ni siquiera tiene un aula para dar clase...
- A callar - dijo Larry - o te vas a enterar de lo que vale un peine.
- Depende de la marca del peine, Motter - contestó Malody, sonriendo -. A mí seguramente me costaría unos doscientos luros, pero claro, los pobretones como tú tendrían que conformarse con un peine de diez luros, nueve cincuenta en rebajas... Y bueno, si hablamos de Whisky, sería un peine del todo a un luro, y seguramente de segunda mano... Eso si se peina, claro... ¿Cuánto te costó tu peine, Whisky? ¿Sesenta céntimos de luro...?
- ¡Lo compro! ¡Lo compro! - chilló Diezmil enfervorecido. Larry tuvo que agarrarle con una mano para que no se lanzara contra Malody en su afán por conseguir una ganga. La otra mano la tenía ocupada en agarrar a Ron.
- ¡No os peleéis, tontos! - susurró -. ¡Es la primera clase de Roderick!
Cosa que era bastante evidente, claro, porque Roderick miraba a su alrededor más despistado que un pulpo en un garaje y con aspecto de pez recién sacado de la pecera.
- Er... bien... - dijo Roderick, histérico del todo -. Bueno, si abrís el libro...
- ¿Cuál? - interrumpió Malody.
- ¿Cuál qué? - dijo Roderick, desconcertado.
- ¿Cuál libro?
- La pregunta es absurda, Malody... - dijo Roderick -. El libro de texto, claro... ese libro que os mandé comprar y que... que muerde y... y eso...
- Ah, claro, un libro que muerde... No sé cómo he podido olvidarme de él...
-¿No... no lo habéis comprado? - preguntó Roderick, inseguro.
- Va a ser que no.
- Nones.
- Ni de coña.
- Nop.
- Ná de ná.
- Norl.
- ¡Lo compro!
- Calla, Diezmil.
- Bueno... - continuó Roderick, más nervioso que nunca -, entonces... tendremos que empezar con las clases prácticas... a ver... erm...
- Es patético - dijo Malody.
- Estás sobreactuando, Malody - contestó Ron.
- De acuerdo - dijo Roderick -, venid conmigo.
Los guió hasta el lindero del Bosque Perdido, hasta que llegaron a una cerca de madera. Detrás de ella pastaban una serie de criaturas de aspecto, cuanto menos, curioso: eran como grandes vacas con patas de tigre, cabeza de ratón, cola de castor y cuernos de rinoceronte. Un cuadro, vamos.
- ¿Có-cómo se llaman estos bichos? - preguntó Lean Dosmás, asustado.
Pesadilla producida por indigestión de fabada asturiana, pensó Larry.
- Son Hipocondríacos - dijo Roderick, orgulloso -. ¿A que son bonitos?
- Hombre, tanto como bonitos...
La verdad es que eran los bichos más feos que Larry había tenido el disgusto de contemplar. Se trataba de rumiantes, por su aspecto, pero tenían pinta de no hacerle ascos tampoco a un buen trozo de queso de cabrales. Parecían bastante tranquilos, así, a primera vista, aunque nunca se sabía... Tratándose de Roderick, que era capaz de regalarle a uno de sus amigos un paquete que, a la mínima, le masticaba los deditos, más valía ir con cuidado.
- Los Hipocondríacos son unos animales muy amables y atentos - continuó Roderick -. Les encantan los humanos, y son amistosos cuando no están comiendo. Eso sí, para acercarse a ellos hay que vencer primero su principal manía... Si no, pueden ser peligrosos, y tened mucho cuidado, porque las patitas que tienen no son de adorno.
- Ah...
- Vale.
- Están comiendo...
- ¿Nos vamos ya?
- Ese me está mirando mal...
- ¿Nadie quiere probar?... - suplicó Roderick.
- ¿Probar qué? - dijo Malody.
- Pues... a acercarse, claro...
- Nop.
- Paso.
- No me viene bien ahora, gracias.
- Es que he quedado...
- Conmigo que no cuente.
- Sí, una cita ineludible...
Larry sintió lástima por Roderick, que parecía estar bastante abatido por su fracaso como profesor.
- Yo - dijo en plan héroe de peli de Indiana Jones.
- ¡Bien, Larry! - dijo Roderick.
- ¡Larry, no! - susurró Patati Patí -. ¡Acuérdate del Eau d´Été...!
- ¡...el Perrault! - musitó Lavendo Boeing.
- No parece una sombra con ojos y dientes... - dijo Larry, señalando hacia los Hipocondríacos y saltando después la verja.
- De acuerdo, Larry - dijo Roderick, saltando la verja detrás de él -. A ver cómo te portas con Budweiser.
Fue hacia uno de los Hipocondríacos, de color verde con manchas amarillo limón, y Larry fue detrás de él. El Hipocondríaco se lo quedó mirando tranquilamente, mientras masticaba un puñado de hierba con deleite.
- Acércate, Larry -dijo Roderick, y Larry le obedeció, aunque con poquitas ganas -. Vale. Tienes que mirarlo con cara de lástima y comprensión.
- ¿Y eso cómo se hace? - preguntó Larry, asustado.
-¡Y yo qué sé! Pues invéntatelo...
Larry miró al Hipocondríaco con cara de lástima y comprensión (o eso creía, en realidad era más bien una mueca de estreñimiento). Budweiser lo miró un instante, tragó la hierba que tenía en el buche y abrió la boca.
- Hooooooolaaaaa - mugió.
Larry se quedó alelado y abrió los ojos de nuevo hasta que adquirieron el tamaño de los coladores de la profesora Tremendi.
- Este... ¿Có-cómo está? - preguntó al Hipocondríaco.
- Maaaaaaaal, muuuy maaaaaaal - respondió éste con su voz vacuna -. Me duuuueeeeele toooodo eeel cueeeeerpoo... Estoooy fataaaal del baaazo, y el hígadooo también va maaaaal...
- Ah, este... bueno...
- Y teeengo un dolooooor de estóoooomagoooo...
- Cuánto lo siento - dijo Larry
- Síiiiiiiii... - dijo Budweiser, mirando a Larry con afecto.
- ¡Muy bien, Larry! - dijo Roderick -. ¡Muy pero que muy bien! ¡Creo que hasta te dejaría que lo montaras!
Passso, pensó Larry. Pero por no hacerle un feo a Roderick (iba a tener que dejar de ser tan pelota si quería conservar la salud), se acercó a Budweiser y se aupó hasta encaramarse en su lomo.
Dos alitas monísimas se abrieron en los flancos del Hipocondríaco, y empezaron a aletear muy rápido.
- ¡Uala, cómo mola! - dijo Larry.
-Síiiiiiii, peeeero me dueeeeele tooooodo... - contestó Budweiser mientras se elevaba en el aire. Dio una vueltecita en el aire quejándose del viento, que le iba a producir una pulmonía triple, y aterrizó dando tumbos, doliéndose del golpe.
Larry bajó de Budweiser y se alejó de él, medio mareado, aunque no tenía claro si por el vuelo o por la charla de sala de espera de Hospital del Hipocondríaco.
- ¡Vale, Larry! - gritó Roderick, entusiasmado -. ¡Ahora vosotros, venga! - dijo al resto de los alumnos.
Todos saltaron la valla y se dirigieron hacia los Hipocondríacos, esperando obtener el mismo éxito que Larry. Malody, Cras y Voy escogieron a Budweiser, aunque sólo para dar un poco más por el cuo a Larry. Budweiser estaba en ese momento contando sus dolores y enfermedades múltiples a Malody.
- ...y la próooostataaaa... también en la próoooostata... aunque fueeee peoooor lo deeeel paaaaancreaaaas... - decía el Hipocondríaco.
- ¡Esto está chupado! - dijo Malody, alegre -. ¡No es nada peligroso! ¿Verdad que no, asqueroso remiendo de diferentes animales mal ensamblados?...
Y claro, Budweiser se cabreó muchísimo al ver que su confidente le llamaba cosas tan feas. Abrió la boca de ratón (que no tenía dientes de ratón, sino de tigre Dientes de Sable) y mordisqueó un poco el brazo derecho de Malody, que pegó un berrido que debió oírse hasta en la Torre de Andajodía.
- ¡AAAAAAAAAAAAAGGGG! - chilló -. ¡Me ha matao! ¡Me ha matao!
- Ñaka ñaka ñam gronf ñam - decía mientras tanto Budweiser.
Roderick corrió para sujetar a Budweiser, que seguía masticando lentamente el brazo de Malody. Cuando consiguió separarlos, Malody cayó al suelo llorando como una nena.
- ¡Me muero tó! ¡Me muero tó! - gimió Malody.
- ¡Qué te vas a morir, niñato! - gritó Roderick con cara de machacar cabezas. Malody aprovechó un descuido de Roderick y le aferró la mano.
- Dile... dile a mi madre que la echaré de menos... y... dile... dile a Pasty que lo nuestro es imposible...
- Este crío está fatal - dijo Roderick malhumorado -. A ver, que alguien traiga a la señora Pompis a ver si hace algo con él...
- Dile... dile a tu hermana... dile a tu hermana... que tenías razón... - dijo Malody con la voz entrecortada y jadeante.
- ¿Alguien quiere hacer el favor de llamar a la señora Pompis antes de que le reviente el cráneo por decir tanta gilipoez junta? - dijo Roderick.
- Prométeme... prométeme... que adiestrarás al niño... Los midiclorianos... - susurró Malody.
Roderick soltó un berrido ahogado que estuvo a punto de matar del susto a otros cinco o seis alumnos.
- Te seguiría... hasta Gondor... mi capitán... mi rey... - dijo Malody, desvariando cada vez más. Aferró con fuerza la mano de Roderick y le plantó un beso.
- ¡Puag! - chilló Roderick, sacudiéndose la mano del beso de Malody y limpiándosela en la chaqueta -. ¡A callar ya o te vas a enterar de lo que es morirse de verdad!
- ¡Hay otro... hay otro... Sky...Skywal...ker! - susurró Malody, y se desmayó.
