- CAPÍTULO 8 -

La huída despendolada de la tipa del cuadro

Muy pronto la clase de Contraataques para Trucos Sucios se convirtió en la asignatura favorita de la mayoría de los alumnos de Jobart, excepto para Trago Malody y sus amigotes, claro, que no podían ser normales por una vez en la vida y que se pasaban las horas muertas metiéndose con la evidente falta de liquidez del profesor Lobatón.

- Si es que viste de tienda de rastrillo, el tío - decía de vez en cuando -, parece como si se comprase las túnicas en el mercadillo de caridad de los domingos...

Como nadie más en el colegio era tan sumamente snob como Malody y sus compañeros de Sulimoncín (con la sana excepción de Piercing Whisky, que tenía sus momentos de Borjamari), a nadie más le interesaba el estado de la túnica del profesor Lobatón; de hecho, conforme sus clases se fueron haciendo más interesantes, parecía haber más chicas en las primeras filas con cara de encandiladas a lo Indiana Jones en la primera película (incluso una vez se vio a Lavendo Boeing y a Patati Patí pintándose en los párpados Love you y Uncle Supergood - Tío Buenorro, pa los que no sepan inglés - para que el profesor lo leyese cuando ellas cerraban los ojos).

Fantasías preadolescentes aparte, las clases gustaban a todo el mundo y la verdad era que se aprendía mogollón en ellas. Después de los Humpfreys vieron los gorros blancos, una especie de pitufos con querencia por los lugares húmedos y oscuros. De los gorros blancos pasaron a los kakkas, unos repugnantes moradores de las aguas residuales que parecían mojones con escamas y que tenían la misma función que las mofetas pero con menos clase.

Larry habría querido que el resto de las clases fuesen igual de entretenidas. La peor de todas (cómo no) era Posesiones, ya que el profesor Spice estaba especialmente cabroncete esos días, probablemente por la historia del Humpfrey-Spice vestido de Spice Girl, que, como no podía ser de otra forma, había corrido por todo el colegio como si lo hubiesen publicado en una revista del corazón. Spice no lo encontraba divertido en absoluto, y a la mínima mención al profesor Lobatón se ponía de todos los colores sin necesidad de Hechizo Technicolor.

Larry tampoco lo pasaba bien en las clases que daba en la Torre de Andajodía, porque los coladores de la profesora Tremendi se llenaban de lágrimas (cosa bastante curiosa) cada vez que lo miraba, como si fuese un milagro médico el mero hecho de que siguiese vivito y coleando. Larry no podía soportar a la profesora Tremendi, aunque había gente en la clase que la trataba con un respeto y una deferencia como si fuese algo más que una chalada con coladores a modo de gafas. Patati Patí y Lavendo Boeing le hacían la pelota descaradamente, y miraban a Larry con una cara de lástima y comprensión que le hacían cabrearse mucho y a la vez creerse un Hipocondríaco.

A nadie le gustaba demasiado la asignatura de Bichos Mágicos, que Roderick había convertido en el mayor coazo del mundo después del accidente de Malody con Budweiser. Pasaban horas y horas y horas y horas cuidando a los gusanajos, una especie de gusanos con cabeza de ajo, que eran probablemente las criaturas más aburridas del mundo universo, con la excepción de Piercing Whisky.

Sin embargo, pronto Larry tuvo algo más de qué ocuparse, y, para variar, fue algo que le gustaba mucho mucho. El comienzo de la temporada de Cuidadín estaba cerca, y el primer partido era el que enfrentaba al equipo de Greypeor contra el de Sulimoncín. El capitán de Greypeor, Oliver Ybenji, convocó una reunión un jueves después de las clases para decidir las tácticas de la temporada.

En un equipo de Cuidadín, como creo que ya hemos explicado en alguna ocasión pero nunca está mal repetirlo, hay siete personas (porque es un número muy bonito, no por otra razón, vamos): seis Auchadores, que tienen que esquivar y lanzar contra el otro equipo los 2.730 tipos distintos de auchs, y un Snifador, que, además de esquivar las 2.730 auchs, tiene que buscar y coger antes que el Snifador del otro equipo la esquiva snif, una pelotica bastante puñetera que se esconde muy bien y que va a una velocidad absurda dando vueltas por el campo. Quien coge la snif gana el partido y tiene derecho a la mofa y escarnio públicos del otro Snifador. También hay tres aros en cada extremo del campo que no sirven para nada pero son muy decorativos.

Oliver Ybenji era un chico de diecisiete años que jugaba muy bien al Cuidadín y que estaba en último curso en Jobart, por lo que tenía unas ganas tremendas de ganar la Copa aquel año y poder dedicarse a ello profesionalmente para hacerse peinados raros y comprarse pendientes de millones de luros y que le diesen el título de Sir y casarse con una Spice de las de verdad (no un Humpfrey travestido) y ganar la Auch de Oro que otorgaba anualmente la FIJA (Federación Internacional Jubilosa de Auchadores).

- Es nuestra última oportunidad... mi última oportunidad... de conseguir la Copa de Cuidadín - decía medio desesperado mientras se paseaba entre ellos con la fregona al hombro -. Yo me largo a final de curso, por lo que no tendré más oportunidades de ganarla... Greypeor no la ha ganado desde que los cuatro fundadores pululaban todavía por estas tierras. Bueno, hemos tenido muy mala suerte los últimos... este... diezmil años...

- Y que lo digas - murmuró Brad Whisky a su hermano Bred.

- ... pero tenemos el mejor equipo del Colegio! - gritó Oliver Ybenji como si se dirigiese a las masas enfervorecidas -. Tenemos cinco Auchadores excelentes: Alicia Espinete, Kampana Bell y Aceitina Johnsons, Brad y Bred Whisky...

- Favor que nos haces, chato - dijo Bred.

- ¡Y tenemos un Snifador que nos ha hecho ganar todos los partidos! - exclamó Oliver, mirando a Larry con orgullo paterno-maestril -. Bueno, claro, y estoy yo...

- Que eres un Auchador chupi - intervino Brad Whisky.

- Chachi - dijo Bred.

- De la muerte - dijo Brad.

- La cuestión es - continuó Oliver -, que teníamos que habernos llevado de calle la Copa de Cuidadín los últimos dos años, concretamente desde que Larry se unió al equipo - Larry se puso algo coloradillo -. Pero ha sido que no, por razones que no vienen al caso, y esta es nuestra última oportunidad como equipo, porque pal año que viene no vamos a estar todos. Bueno, vale, no voy a estar yo. A ver a qué paquete ponéis en mi lugar...

(Aquí es donde el narrador hace un inciso y dice que quizá Oliver Ybenji debía haber sido el profesor de Adivinaadivinanza en lugar de Silvia Tremendi).

El caso es que Oliver tenía tal careto de tristeza y nostalgia que a Larry le entraron ganas de decirle que se hiciese una poción rejuvenecedora y se quedase en Jobart otros siete años, porque al paso que iban y con lo malos que eran al Cuidadín podían pasar otros diezmil años hasta que consiguiesen ganarla. (Todas las veces que había cogido la snif había sido de chiripa: o se la había tragado en pleno vuelo, o le había dado contra la nariz, o se le había colado por la manga).

- Seguro que lo conseguimos esta vez... - dijo Larry no muy convencido.

- Claro, esta es la nuestra, Oliver - dijo Brad.

- Y va en serio - dijo Bred aguantando la risa.

- Sí - corroboró Aceitina Johnsons.

Y así comenzaron los entrenamientos de Cuidadín, mientras el tiempo se iba haciendo más frío (más lluvioso no porque la lluvia es una constante en Inglaterra digan lo que digan y el tiempo siempre es igual de lluvioso, o sea, que llueve una barbaridad).

Una tarde, después del entrenamiento, Larry regresó congelado, empapado y hecho unos zorros a la sala común de Greypeor, aunque bastante satisfecho de sí mismo porque no se le había dado del todo mal (había conseguido hacer despegar del suelo su Limbo XXI, algo que no era nada fácil). Larry sonreía, contento, pensando que quizá conseguiría algún día ver la snif, e incluso cogerla en un descuido.

La sala común de Greypeor parecía una fiesta de pijamas.

- ¿Qué ha pasado? - preguntó a Ron y a Mariangélica, mientras observaba a los alumnos chillar y reír incontroladamente en paños menores y pensaba en el Decreto para la Moderada Limitación de las Relaciones Interpersonales en Menores de Edad.

- Han anunciado una excursión a Jomemeo - respondió Ron, señalando una pizarra que había en la pared junto a la chimenea -. El Día de los Disfraces Absurdos.

- ¡Guay! - dijo Brad, que había entrado en la sala común detrás de Larry por el agujero del retrato de la tipa del cuadro -. Tengo que renovar mis provisiones de Bombas de Hidrógeno, ya casi no me quedan.

(Hay que decir que Brad y Bred Whisky eran un par de capullos bromistas sin sentido de la proporción)

Larry se quedó con cara de pasmado y se dejó caer en una silla, deprimidísimo. Mariangélica lo miró, y pareció comprender en seguida lo que le pasaba.

- No te preocupes, Larry - dijo, con esa voz que había aprendido de su madre y que tanto miedo parecía darle a Ron, para consolarlo un poco -. Seguro que la próxima vez que haya una excursión te dejarán venir... Van a pillar a Blas en seguida, ya lo verás.

- Blas no está tan chalado como para atacarte en Jomemeo, pregúntale a MacDonalds si puedes venir el próximo finde... - dijo Ron.

- No me parece que sea una buena idea, Ron... - dijo Mariangélica, cambiando el tono por su habitual voz de empollonademielda.

- No puede ser el único pardillo que se quede en Jobart.

- Pero el mago psicópata...

- Bueno, por intentarlo que no quede - dijo Larry -. Se lo preguntaré.

Mariangélica abrió la boca para seguir protestando, una fea costumbre que tenía, pero en ese momento apareció su bola de pelo verde con un erizo debatiéndose en su boca, indiferente a los pinchos que se le clavaban en la boca.

- ¡Bravo, Crunchñam! - dijo Mariangélica -. ¿Lo has cogido tú solito?

Larry puso los ojos en blanco, mientras Ron observaba con el ceño fruncido al extraño gato.

- ¿Tiene que comerse esto aquí? - gruñó, mientras Crunchñam zarandeaba al erizo, que se movía salvajemente de un lado a otro.

- ¿Y a tí qué más te da? - dijo Mariangélica.

- Es que se parece mucho a Mikimaus y me da no sé qué... - dijo Ron, fijándose en el pobre erizo que se retorcía en la boca de la bola de pelo verde -. ¡Un momento! ¡No se parece a Mikimaus! ¡Es Mikimaus!

Saltó hacia delante para arrebatarle a Mikimaus, pero Crunchñam fue más rápido y salió corriendo hacia el otro extremo de la habitación.

- ¡No le hagas daño, Ron! - dijo Mariangélica absurdamente.

- ¡SUJETAD A ESA PUA BOLA DE PELO VERDE! - gritó Ron. Bred Whisky se lanzó sobre Crunchñam pero no lo atrapó, entonces Brad Whisky hizo lo propio pero tampoco consiguió nada. Mikimaus logró escabullirse de la boca de Crunchñam y corrió a esconderse bajo un montón de escombros que permanecían en un rincón de la sala común de Greypeor desde la última bromita de Brad y Bred. Crunchñam corrió tras el hamster y comenzó a dar zarpazos a los trozos de pared, buscando cargárselo de mala manera pero sin conseguirlo.

Ron y Mariangélica se lanzaron contra la bola de pelo verde. Mariangélica la levantó cariñosamente del suelo, mientras Ron buscaba desesperado a Mikimaus y finalmente conseguía sacarlo de entre los escombros.

- ¡Mira cómo está! - gritó Ron a Mariangélica, poniéndole el erizo ante los ojos -. ¡Está tan delgado que no serviría ni para hacer sopa de erizo! ¡Aleja a esa bola de pelo verde de él!

- ¡Crunchñam no lo ha hecho a propósito! - chilló también Mariangélica -. ¡Jodr, Ron, es un gato! ¡Todos los gatos persiguen a los ratones!

- ¡Mikimaus no es un ratón, es un erizo!

- ¡Y mi gato no es un gato normal, es un gato verde!

- ¡Un gato verde no tiene derecho a perseguir a Mikimaus!

- ¡Porque tú lo digas!

- ¡La ha tomado con Mikimaus! ¡Y el pobre Mikimaus está resacoso y cirrótico, y tiene derecho a que lo dejen en paz!

Y Ron se marchó cabreado como una china, con Mikimaus temblando en el bolsillo de su túnica.

Al día siguiente Ron seguía enfadado con Mariangélica. Apenas le habló durante la clase de Plantología, aunque Larry, Ron y Mariangélica trabajaban juntos en la misma planta de Panrico (que daba bizcochos y pastelitos).

- ¿Qué tal está Mikimaus? - preguntó Mariangélica dubitativa, mientras arrancaban phoskitos de las ramas de la planta y los colocaban en cajas decoradas con celofán y papel de seda (era de sobras conocido y tolerado por el Ministerio el comercio de extraperlo que tenía Jobart con las grandes distribuidoras de bollos industriales).

- Está acoonado debajo de mi cama - dijo Ron de mala uva, y se le cayeron al suelo un par de tigretones.

- ¡Cuidado, Whisky! - dijo la profesora Sputo, recogiendo los dos bollos, limpiándolos un poco y colocándolos en la caja -. ¡Casi nos haces perder veinte luros!

Después tuvieron clase de Transmediterráneos. Larry estaba dispuesto a pedir a la profesora MacDonalds permiso para ir a Jomemeo después de clase, y se puso en la fila para entrar en el aula pensando una buena excusa para convencer a la jefa de Greypeor. Le distrajeron los sollozos y lamentos de Lavendo Boeing, que lloraba amargamente, mientras Patati Patí la consolaba abrazándola como lo haría si fuese el profesor Lobatón, y les explicaba algo a Seamos Sensatos y Lean Dosmás.

- ¿Qué ocurre, Lavendo? - preguntó Mariangélica, cuando ella, Larry y Ron se acercaron al grupo.

- Ha recibido una carta vía gaviota de casa - susurró Patati -. Se han comido a su gallinita Blanquita con huevos cocidos.

- Ooops... - exclamó Mariangélica -. Lo siento, Lavendo...

- ¡Tenía que haberlo sabido! - lloró Lavendo.- ¡La profesora Tremendi! - sollozó aún más fuerte.

- ¿La profesora Tremendi se ha comido a Blanquita? - preguntó Mariangélica desconcertada.

- ¡Ella me lo dijo! ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿Os acordáis? ¡Tenía que haberlo sabido! - y se puso a llorar a grito limpio.

- Vaya... - dijo Mariangélica -. ¿Esperabas que se la comieran o algo así?

- ¡No sabía que a mis padres les gustaba la gallina en pepitoria! - chilló Lavendo.

- Pero entonces ¿cómo ibas a saber lo del huevo y la gallina? - dijo Mariangélica. Patati le echó una mirada de esas que dejan a la gente patidifusa -. Bueno, pensadlo un poco... - vaciló -. Quiero decir... Cualquiera sabe lo que significan las chorradas que dice esa tía... Si ni siquiera sabía que a sus padres les gustaba la gallina en salsa no podía saberlo de ninguna forma... Esa adivinanza se podía interpretar como que antes de comerse a Blanquita se habían inflado a huevos fritos...

- No le hagas caso, Lavendo - dijo Ron -. Las mascotas de los demás sólo le importan como comida, preferentemente para la suya.

La profesora MacDonalds abrió la puerta del aula, y Ron y Mariangélica entraron sin dirigirse la palabra, y se sentaron cada uno a un lado de Larry, que se pasó la hora entera mirando a ambos lados, aguantando la tortícolis que estaba a punto de fastidiarle el cuello de tanto moverlo de un lado a otro y pensando en qué decirle a MacDonalds para que la profesora le dejase ir a la excursión a Jomemeo sin el permiso de los Wernesdey.

- ¡Esperad un momento! - dijo la profesora al final de la clase, cuando ya empezaban todos a salir corriendo del aula -. Antes de iros quiero que me entreguéis la autorización para ir a Jomemeo. Los inadaptados que no hayáis conseguido el permiso os quedáis en Jobart papando moscas todo el fin de semana.

Larry esperó a que saliese toda la clase y se acercó a la profesora MacDonalds.

- ¿Querías algo, Motter?

Larry tomó aire, se atragantó, tosió, se limpió los mocos que acababan de salir despedidos de su nariz y abrió la boca.

- Profesora... mis tíos... olvidaron... firmarme la autorización...

La profesora MacDonalds lo miró por encima de sus gafas romboidales, pero no soltó prenda.

- Así que... - continuó Larry -, ¿cree que... este... podría... podría... ir a Jomemeo?

La profesora MacDonalds abrió uno de los cajones de su escritorio y sacó una carpeta, donde introdujo todas las autorizaciones de los alumnos de Greypeor.

- Va a ser que no, Motter. Sin autorización no hay Jomemeo que valga.

- Pero...

- Ni pero ni leches.

- Es que mis tíos son un par de ijoeputas, ¿sabe, y con tal de conseguir que sea un inadaptado son capaces de cuaquier cosa... - dijo Larry -. Si usted me diese permiso...

- Pero va a ser que no, Motter - repitió la profesora MacDonalds -. Las normas son las normas, y las normas dicen que tiene que ser el padre o tutor el que dé el permiso -. Lo miró por encima de sus gafas romboidales, con cara de lástima, lo que hizo que Larry se sintiese aún más inadaptado -. Date prisa o no vas a llegar a clase de Embobamientos.

Larry se dirigió a la sala común de Greypeor deprimidísimo. Tenía unas ganas locas de ir a Jomemeo con los demás, pero cuando MacDonalds decía que no, era que no y punto pelota

- Bueno, por lo menos te queda el banquete de la Noche de los Disfraces Absurdos... - dijo Ron, intentando consolarlo.

- Sí, chachi - respondió Larry con voz de entierro múltiple.

El banquete de la Noche de los Disfraces Absurdos era siempre estupendo, lleno de alimentos bajos en vitaminas y ricos en grasas, pero Larry estaba convencido de que sabría mucho mejor si ya tenía unas cuantas golosinas llenas de colesterol y triglicéridos en el estómago, fruto de su excursión a la tienda de guarrerías de Jomemeo. Lean Dosmás era especialista en falsificación de documentos públicos (de hecho muchas veces utilizaban sus habilidades para falsificar los permisos sanitarios de los dulces que Jobart exportaba ilícitamente), y se ofreció para redactarle una autorización a Larry, pero la profesora MacDonalds no era precisamente estúpida y, una vez le había dicho que sus tíos no le habían firmado la autorización, era evidente que no iba a colar.

Ron sugirió que utilizase la Capa Infalible que había heredado de su padre, Lames Motter, para ocultarse de los Desertores y escaparse del cole, pero Mariangélica, que habitualmente lo sabía todo de todo, les aseguró que los Desertores eran capaces de ver a través de las capas de infalibilidad. O sea, que la capa era infalible para casi todo pero no era infalible ni para confundir a los Desertores ni para confundir a según qué miembros del profesorado que todavía no estaban en plantilla pero que serían contratados al año siguiente.

Piercing intentó convencerlo de que Jomemeo era un pueblo como otro cualquiera y sólo consiguió que Larry se deprimiese aún más al no poder ir:

- Todo el mundo dice que Jomemeo es un pueblo estupendo - dijo Piercing -, pero la verdad es que no es para tanto. Bueno, Joneiduques está bastante bien, pero la Tienda de Artículos de Coña y Coñas Marineras de Gonzo es muy peligrosa. Y la Choza de los Berridos tiene una visita, pero por lo demás no te pierdes nada, te lo juro de verdad.

La mañana del Día de los Disfraces Absurdos Larry se despertó al mismo tiempo que los demás y bajó a desayunar bastante jodido, aunque trataba de disimularlo con bastante poco éxito.

- Te traeremos un montón de guarrerías de Joneiduques - dijo Mariangélica, compadeciéndose de él.

- Sí, montones - dijo Ron, que por fín había hecho las paces con Mariangélica.

- Guay. No os preocupéis por mí - dijo Larry con una sonrisa que hacía que pareciese que padecía estreñimiento crónico -. Ya nos veremos en el banquete.

Los acompañó hasta el Recibidor, donde VonTrap, el conserje, pasaba lista junto a la puerta y enseñaba a los alumnos que tenían permiso para ir a Jomemeo a responder en la distancia a las llamadas que les haría con un extraño silbato para perros cuando fuese la hora de regresar a Jobart.

- ¿Te quedas aquí, Motter? - gritó Malody, que estaba formando en la puerta junto a Cras y Voy -. ¿No te atreves a pasar por donde están los Desertores?

Larry no le hizo caso y se dio la vuelta, dirigiéndose hacia las escaleras de mármol que llevaban a la torre de Greypeor. Mientras subía, oyó a VonTrap entonar una melodía que decía algo así como Edelweiss, Edelweiss, coreado por los alumnos que aún estaban junto a la puerta.

- ¿Contraseña? - dijo la tipa del cuadro, despertándose, cuando Larry llegó a la torre de Greypeor.

- Interruptus contra natura - dijo Larry sin muchas ganas.

El retrato se abrió para dejarlo pasar, y Larry entró en la sala común. Estaba llena de chicos de primero y segundo (que todavía eran muy jóvenes, según las normas del colegio, para dejarse tentar por las maravillas de Jomemeo), y también había algunos de sexto y séptimo, que habían visitado Jomemeo tantas veces que ya ni tentación ni nada.

- ¡Larry, Larry! - gritó un chaval de segundo, Colín Depan, que era como una especie de fanático de Larry y no lo dejaba ni a sol ni a sombra -. ¿No vas a Jomemeo, Larry? ¿Por qué no te sientas con nosotros, Larry?

- No, gracias, Colín - dijo Larry, que no estaba de humor para sentarse con un grupo de chicos de segundo y que se pasasen todo el día mirando su boquerón embobados -. No... voy a ir a la Biblioteca, tengo que hacer un trabajo...

Así que salió otra vez por el agujero del retrato, con el consiguiente cabreo de la tipa del cuadro.

- ¿Y pa esto me despiertas, membrillo? - gruñó la señora parecida a tía Margarita.

Larry deambuló por los pasillos de Jobart, sin ganas de hacer nada, más deprimido que nunca y sintiendo mucha pero que mucha autocompasión. En una de estas se topó con VonTrap, que acababa de terminar de cantar con los que se iban a Jomemeo.

- ¿Qué haces? - preguntó el conserje suspicaz.

- Nada - dijo Larry.

- ¿Nada? - dijo VonTrap, furioso -. Deberías estar estudiando, o leyendo, o tomando el aire. O, por lo menos, haberte ido a Jomemeo con tus indeseables amiguitos a comprar Bombas de Hidrógeno, Misiles Tierra-Aire y Minas Antipersona.

Larry ni siquiera se molestó en responder porque no tenía ganas de hacerlo.

- Bueno, vuelve a tu sala común - dijo VonTrap.

Larry se fue, pero no volvió a la sala común, porque tampoco tenía ganas de enseñar el boquerón y de que los de segundo le preguntasen por su enfrentamiento con Lord Boquerón cuando era un bebé y con su alter ego, Tom Yjerry, el año anterior. Así que siguió vagando por los pasillos como alma en pena, pensando que quizá podría ir a la pajarera a visitar a su gaviota, Flashback. Pero entonces escuchó una voz que salía de una habitación a su derecha:

- ¿Larry? - Larry retrocedió para ver quién lo llamaba y vio al profesor Lobatón, que lo miraba desde la puerta de su despacho -. ¿Qué haces? - preguntó Lobatón, aunque en un tono bastante diferente al de VonTrap -. ¿Dónde están Ron y Mariangélica?

- En Jomemeo - respondió Larry tratando de fingir que no le importaba y fracasando estrepitosamente.

- Ah - dijo Lobatón. Miró fijamente a Larry unos segundos -. ¿Por qué no entras?

Larry le devolvió la mirada, pero no descubrió en sus ojos ninguna señal de que el profesor Lobatón tuviese en mente nada en contra del Decreto Para la Moderada Limitación de las Relaciones Interpersonales en Menores de Edad, así que entró.

- Acabo de recibir un Quetedoy para nuestra próxima clase - dijo Lobatón.

- ¿Un qué? - preguntó Larry. Miró hacia el rincón del despacho, donde, en una enorme pecera, se movía una especie de gusano verde con escamas y con muchas patitas que salían de los lugares más insospechados.

- Un Quetedoy - repitió Lobatón -. Es un gusano del agua. No debería daros ningún problema, sobre todo después de haberos enfrentado con los Kakkas.

El Quetedoy abrió la boca y mostró unos dientecillos bastante afilados y con pinta de contagiar una serie de enfermedades repulsivas al contacto.

- ¿Quieres un té? - preguntó Lobatón -. Iba a hacerlo ahora...

- Bueno... - dijo Larry. En realidad odiaba el té, pero nunca se lo había dicho a nadie por temor a que lo expulsasen del país.

Lobatón dio un golpe con la varita a la tetera, que se puso a pitar como una loca.

- Siéntate - dijo Lobatón -. Lo siento, pero no te puedo ofrecer otra cosa más que té. Se me ha acabado el zumo, la leche y el Eau d´Été.

Larry lo miró. Lobatón se descogorciaba de la risa.

- ¿Cómo sabe lo del Eau d´Été? - preguntó Larry.

- Me lo ha contado la profesora MacDonalds - explicó Lobatón -. No te creerás lo que esa vieja bruja chiflada de Silvia Tremendi te dijo, ¿no?

- No - contestó Larry. Aunque estuvo tentado de contarle lo de la sombra con ojos y dientes que había visto el día que se fue de Proxenet Drive, pero se contuvo, porque no quería que el profesor Lobatón creyese que era un cobardica que se asustaba con cualquier sombra con ojos y dientes que veía.

- ¿Estás preocupado por algo, Larry? - preguntó Lobatón, mirando la cara de Larry con el ceño fruncido.

- No - dijo éste -. Sí - dijo.

- A ver si te aclaras...

- Bueno, verá... Es que... Yo...

- ¿Sí?

- Er... ¿se acuerda del día que nos enfrentamos al Humpfrey?

- Claro - dijo Lobatón.

- ¿Por qué me dio cinco puntos a mí, si yo no me enfrenté al bicho? - preguntó Larry.

- Creí que estaba claro - dijo Lobatón -. Porque me caes de pua madre.

- Ah... - Larry se quedó pensativo -. Pero tampoco me dejó enfrentarme con él...

- No - dijo Lobatón.

- ¿Por qué?

- Porque no tenía ganas de que se me metiese Lord Boquerón en el cuarto de baño - dijo Lobatón -. No creo que Lord Boquerón quedase divertido ni siquiera vestido de Spice Girl...

Larry lo miró, pasmado. Lobatón había dicho "Lord Boquerón", no "El que todos sabemos pero ninguno queremos decir su nombre porque acojona de verdad de la muerte del mundo mundial universo". El único que conocía que se atrevía a decir "Lord Boquerón", aparte de Larry, era el profesor Chitichitibangbang. Larry pensó que podía fundar un club de gente que se atrevía a decir Lord Boquerón, y, cuando ya empezaba a esbozar mentalmente el logotipo para los carnets, las camisetas, los mecheros, las gorras, los bolis y demás merchandising, Lobatón volvió a hablar.

- Es evidente que no crees que el Humpfrey se hubiese convertido en Lord Boquerón...

- Bueno... - dijo Larry -. Es que... Últimamente me dan más miedo los Desertores. Boquerón es acongojante, sí, pero como le he dado pal pelo ya tres veces...

Lobatón se lo quedó mirando con una sonrisa.

- Vaya con el chaval - dijo el profesor.

En ese momento se abrió la puerta del despacho y entró el profesor Spice, con una copa de la que salía un humo verde bastante repugnante. Se detuvo al ver a Larry.

- ¡Hola, Sucillus! - dijo Lobatón -. Pasa, pasa... Le estaba enseñando a Larry mi Quetedoy.

Spice dejó la copa encima de la mesa, con cara de pocos amigos.

- Chupi - dijo -. Aqui tienes tu medicina. Tómatela toda, Rómulo.

- Ahora mismo - dijo Lobatón.

- He hecho veinte litros, así que luego te traeré otro poco.

- De acuerdo. Gracias, Sucillus - dijo Lobatón.

- De nada -. Spice se volvió y abandonó el despacho.

Lobatón cogió la copa.

- El profesor Spice ha sido muy amable al prepararme esta poción - explicó a Larry -. Nunca se me ha dado bien eso de hacer pociones, y esta tiene una receta que ni la de la coca-cola, vamos -. Dio un sorbito y frunció el ceño -. Es francamente asquerosa.

- ¿La coca-cola?

- No, la poción.

- ¿Por qué tiene que tomar eso? - preguntó Larry.

- Estoy un poco pachucho - dijo Lobatón -, y esta poción es lo único que me pone bueno.

Lobatón bebió otro sorbo, y a Larry le entraron unas ganas locas de quitarle la copa de la mano.

- El profesor Spice está muy interesado en Contraataques Para Trucos Sucios - dijo Larry -. Se dice que desde siempre ha querido ser el profesor de Contraataques Para Trucos Sucios en lugar del profesor de Contraataques Para Trucos Sucios...

Lobatón se terminó la copa.

- Repugnante - dijo -. La poción, no Sucillus. Bueno, en realidad, ambos. En fin, Larry, me ha encantado tenerte de visita pero no te quiero entretener que seguro que tienes muchas cosas que hacer.

- No, yo...

- Otra vez será, me alegro mucho de que vinieras a verme, una pena que tengas que irte ya...

- Pero...

- Seguro que otro día no tendrás que irte tan deprisa...

- Es que yo...

- Que nos vemos en el banquete y punto. ¿Vale?

- Vale - dijo Larry. Dejó su taza de té y salió del despacho.

- Toma - dijo Ron, y le echó encima tal cantidad de caramelos que estuvo a punto de ahogar a Larry -. He mangado todos los que he podido, hasta que me ha pillado la dueña de Joneiduques y ha estado a punto de mandarme a la trena -. Bajó la voz -. No se lo digas a Mariangélica, ella cree que los he pagado con el sueldo que nos dan por recoger pastelitos en Plantología.

- Gracias - dijo Larry, cogiendo un paquete de pipas con sabor a cocido madrileño -. ¿Qué tal es Jomemeo? ¿Dónde habéis estado?

Parecía que habían ido a todos sitios: a Joneiduques, a la Tienda de Articulos de Coña y Coñas Marineras de Gonzo, a la Choza de los Berridos, a las Cinco Fregonas, a la Torre Eiffel e incluso al Museo del Louvre.

- ¡El arte griego, Larry! ¡Y las esculturas egipcias! - decía Mariangélica extasiada.

- Los caramelos de Joneiduques estaban rebajados...

- Tiene tres niveles, y se sube por un ascensor enorme hasta la cúspide...

- Y en las Cinco Fregonas ponen unos Refrescos de Queso que están para chuparse los dedos...

- ¿Y tú qué tal? - preguntó Mariangélica -. ¿Has hecho nuestros deberes?

- No - dijo Larry -. He estado en el despacho de Lobatón.

Y después de tranquilizarlos respecto al Decreto Contra la Moderada Limitación de las Relaciones Interpersonales en Menores de Edad, Larry les contó la conversación que había mantenido con Lobatón y cuando Spice había entrado con la copa de bebedizo repugnante.

- ¿Y Lobatón se la bebió? - dijo Ron con la boca abierta -. ¿Está loco?

Mariangélica miró la hora.

- Vamos bajando al Refectorium, el banquete debe estar a punto de empezar.

Llegaron al Refectorium, todavía hablando de Spice.

- Pero... pero si intentase envenenar a Lobatón... - decía Mariangélica en voz baja -,seguramente no lo haría al lado de Larry...

- Supongo que no - dijo Larry.

- Aunque cualquiera sabe con Spice - dijo Ron -, es capaz de todo por ser profesor de Contrataques Para Trucos Sucios en lugar del profesor de Contraataques Para Trucos Sucios...

La comida del banquete de la Noche de los Disfraces Absurdos fue deliciosa. Incluso Ron y Mariangélica, que se habían puesto ciegos a comer guarrerías de Joneiduques, se zamparon tranquilamente cinco platos repletos de sustancias ricas en colesterol. Larry no dejó de mirar fijamente a la mesa de los profesores, (con el consiguiente mosqueo de la profesora MacDonalds), pero Lobatón parecía alegre y sanote como una manzana y sin síntomas visibles de haber ingerido cicuta o cualquier otra bebida más peligrosa que un zumo de piña.

El banquete terminó con una escenificación a cargo de los fantasmas de Jobart, una panda de seres tan inadaptados que ni siquiera sabían cuándo quitarse de en medio y abandonar el mundo de los vivos y por ello pululaban desde siempre por los pasillos. El fantasma de Greypeor, Micky Casi Defenestrado, cosechó un gran éxito entre los alumnos con una parodia de su propia muerte (y es que los magos tienen un sentido del humor de lo más chungo).

Fue una noche estupenda. Larry, Ron y Mariangélica se unieron a los demás cuando salían del Refectorium y se dirigieron de nuevo hacia la torre de Greypeor, pero cuando llegaron al pasillo donde estaba el retrato de la tipa del cuadro se lo encontraron abarrotado de alumnos.

- ¿Por qué no entran? - dijo Ron, desconcertado.

- Dejadme pasar, por favor - dijo Piercing, abriéndose paso entre la multitud -. Abrid paso, soy un Perverso. ¿Es que nadie se acuerda de la contraseña?

Sin embargo, cuando llegó hasta el retrato, Larry oyó que hablaba repentinamente con voz de vicetiple castrada:

- ¡Que alguien vaya a buscar al profesor Chitichitibangbang! - dijo con mucho susto en el cuerpo, o al menos así lo parecía por el tono agudísimo que empleó.

- ¿Qué pasa? - preguntó Ginebra, que acababa de llegar.

En ese momento aparecieron Chitichitibangbang, MacDonalds, Spice y Lobatón. El Director se dirigió hacia el retrato, y la multitud se abrió para dejarle pasar.

- ¡La Virgen! - exclamó Mariangélica, mirando el retrato. El lienzo del cuadro aparecía completamente rasgado, y el marco estaba bastante hecho polvo, el pobre: colgaba de una sola escarpia y tenía uno de sus laterales arrancado como de un mordisco de un ser con muchos dientes.

Chitichitibangbang se volvió hacia MacDonalds, Lobatón y Spice.

- Hay que encontrar a la tipa del cuadro - dijo Chitichitibangbang -. Profesora MacDonalds, dígale a VonTrap que busque a la tipa del cuadro por todos los cuadros de Jobart.

- Vais de cráneo - dijo una vocecita aguda desde lo alto.

Era Pibes, el duendecillo cachondo del castillo, que revoloteaba por encima de la multitud, con cara de estar disfrutando en grande.

- ¿Qué quieres decir, Pibes? - dijo Chitichitibangbang con calma. Pibes tragó saliva (Chitichitibangbang era una de las pocas personas capaces de acongojar al duendecillo cachondo) y puso voz de hacer la pelota al Director.

- No la van a encontrar, señor Director - dijo Pibes -. La he visto correr despendolada por todos los cuadros de este piso, y al paso que iba ahora debe andar más o menos por los del Museo del Prado... - se encogió de hombros -. La Rendición de Breda, o quizá Las Meninas.

- ¿Dijo quién se ha cargado su retrato? - preguntó Chitichitibangbang.

- Sí, señor Director - dijo Pibes con una sonrisa -. Parece que se enfadó con ella porque no quiso dejarle entrar sin contraseña, ¿sabe? -. Pibes empezó a reir malévolamente -. Ese Suburbius Blas tiene un pronto...