¡Hola de nuevo, sempais! En fin, un gran saludo y mil bendiciones de Jashin a las personitas que me dejaron reviews en el capítulo pasado. Sasugirl13, Sabaku no Gaa-chan y Dakota Boticcelli, estuvieron en mi mente en cada palabra de este capítulo que, aunque no es muy bueno, se llevó todos mis esfuerzos los últimos días (D:) y casi me quita medio cerebro. Ustedes tres son lo mejor por motivar el capítulo y, de verdad, se los agradezco mucho. Hacen que no me arrepienta de haberme arriesgado con el proyecto (:B)
Espero que ustedes, mis sempais lectores, puedan disfrutar del siguiente capítulo. (nwn)/
(*~((El escorpión sólo vive en la tierra))~*)
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Una oportunidad
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Sasori empujó a varias personas en su camino, apartándolas con el miedo y la desesperación de un niño que teme al ropero o mirar debajo de su cama. Los rostros que él veía, parecían extremadamente hostiles, igual que monstruos. Le daban la impresión de que en cualquier momento, lo atacarían sin darle la oportunidad de defenderse, todos al mismo tiempo. Así que corrió tan rápido como le permitieron sus piernas, medio acalambradas por el esfuerzo al que se veían sometidas porque, una parte de él, deseaba regresar; tal polémica le hizo nudos detrás de las rodillas, amenazándolo con causarle calambres en cuanto se diera la menor oportunidad. Pero a Sasori no le importaba en absoluto, no mientras su corazón latía fuerte contra su pecho y le arrebataba el aliento.
Ver la luz de la calle logró que él se sintiera un poco aliviado. De alguna manera, logró coordinar sus pies hasta que lo llevaron a la superficie, donde el aire citadino le recibió, trayéndole aromas que iban desde el humo que expedían los coches, hasta las deliciosas tortitas de nata que vendía una señora mayor a un lado de las escaleras. Agradable o no, Sasori respiró profundamente y aguantó un largo momento, apretando tanto los labios como los párpados, en un intento por deshacerse de la sensación que había experimentado allá abajo. Luego, cuando soltó el aire, se dobló sobre sí mismo para recuperar el control.
Jadeaba profusamente, aunque no era mucha la distancia que había recorrido desde allá atrás. En realidad, lo aterraba dar con la respuesta al por qué estaba tan sofocado, ya que su condición física era bastante buena.
Para no seguir estorbando a la gente que iba saliendo y evitar que siguieran propinándole rápidos empujones —apostaría a que se trataba de alguna persona que anteriormente habría arrojado a un lado durante su carrera—, se acercó al edificio más cercano y apoyó la espalda en él. Poco a poco le regresaba el sentido común y únicamente se sentía como un imbécil por haber escapado de esa manera. Sin embargo, no había logrado controlarse. Cuando Itachi le tocó, por un ínfimo momento, sintió que el mundo donde antes todo daba vueltas y carecía de sentido, por fin dejaba de moverse y permanecía quieto, dejando que saboreara por fin una paz exquisita. Sintió que había encontrado su lugar en el mundo y la absurda felicidad que se adueñó de su corazón, casi lo impulsa hacia los labios del moreno. Era algo que no habría pensado, simplemente…, quería hacerlo. Le parecía lo correcto.
Y eso lo había asustado más de lo que las palabras de todo su vocabulario podrían describir.
Sasori se dejó resbalar hasta caer de sentón y cubrió su boca con la mano. La retiró de inmediato, porque jamás le había gustado el olor del metal; lo encontraba nauseabundo. Puso la mochila sobre su regazo y abrió la bolsita lateral, donde llevaba un pequeño frasco de gel antibacterial. Puso una sustanciosa cantidad en su palma derecha y comenzó a frotarlo con cierta violencia.
Se quedó ahí un buen rato, sosteniendo el envase y mirándolo como si se tratara de lo más fascinante en el mundo entero. Mordiéndose el labio inferior con fuerza suficiente para hacerlo sangrar, el pelirrojo cerró los ojos y esperó unos segundos, inhibiéndose de todo aquello que lo rodeaba. El recuerdo del sueño que tuvo aquella noche, no demoró mucho tiempo antes de envolverlo, con más nitidez que nunca. Percibió un escalofrío bajando por su espalda, obligándole a gruñir en respuesta a la imagen que explotó tras sus párpados. Anoche había visto el rostro del joven con cabellos color ónix. Por algún extraño motivo, era idéntico al joven Uchiha, que recién se había presentado con él.
No obstante, una vez recuperado de la primera impresión—que por poco le tira al suelo—, Sasori trató de no dar mucha importancia al asunto. En realidad, en el escaso minuto que estuvieron juntos, el Akasuna creyó que podría recuperar su vida. Y es que, a pesar de que Itachi era justo igual que el joven con el que soñaba, Sasori tuvo tiempo para convencerse de que sus fantasías eran únicamente un producto de su vena artística, que había visto algún día al Uchiha y lo recreaba todas las noches para torturarse a sí mismo.
« Ahora que conozco su rostro, lo convertiré en marioneta y una vez atrapada su belleza, todo volverá a la normalidad ». Se dijo apenas anoche, minutos antes de que lo venciera el sueño. Y de pronto, Itachi le acaricia el rostro y un poderoso sentimiento le mancilla el corazón, hasta el punto en que estaba a punto de sollozar y reír al mismo tiempo, como un auténtico desquiciado. Lo peor de todo era la sensación de que mientras el moreno lo peinaba con los dedos, todo estaba perfecto. Fue cuando se encendió un interruptor en su cabeza y se dio cuenta que no habría marcha atrás, que Sasori deseaba ser tocado por esas manos nuevamente, que éstas se pasearan por todo su cuerpo y lo hicieran suyo.
Tragó saliva y apretó todavía más el gel antibacterial, con ganas de morirse ahí mismo. ¡Oh, por Dios! ¿Qué tan enfermo podía estar para reaccionar de esa manera? A Sasori le asqueaba ese comportamiento puramente sexual…, de hecho, odiaba cualquier contacto humano. ¡Y ahora…!
« No estoy excitado ». Pensó, observando su entrepierna, lleno de confusión. « No siento ganas de masturbarme o algo así. No parece que mi actual situación sea causa de una erección ».
En efecto, a Sasori no le palpitaba el miembro ni tampoco sentía la necesidad de buscar un sitio dónde ocuparse de sus necesidades biológicas. No, lo que a Sasori le dolía terriblemente, era el corazón. Abrió los ojos lentamente y dejó escapar un largo suspiro. Inmediatamente después, echó un vistazo a su alrededor, percatándose al fin de que se había bajado mucho antes de lo debido.
—¡Maldición! —Exclamó bajito, pateando una piedra invisible—. No puedo soportarlo —dijo mientras rebuscaba en sus bolsillos del pantalón, tanteando en busca de su celular. Su rostro se contorsionó en una mueca desagradable e incrédula—. No, por favor. ¡No!
Se levantó de un salto y comenzó a revisarse una y otra vez sus pantalones. Posteriormente a su rotundo fracaso, continúo escarbando en su mochila, perfectamente ordenada; si hubiera estado ahí el teléfono, se habría dado cuenta de inmediato. Por lo visto, había perdido su celular.
Miró al cielo y, recordando las palabras de sus amigos que insistían en que debería hacerse una limpia [1], gritó a los cuatro vientos:
—¡Esto tiene que ser una jodida broma!
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Sasori decidió que no se presentaría a la escuela ese día, por lo que regresó caminando hasta su casa. Tan solo estaba a una estación y aunque sería más fácil ir en autobús, el pelirrojo necesitaba pensar las cosas con cuidado. Una vocecilla en su cabeza, molesta y ruidosa, le advirtió que era una mala idea caminar como zombi, así que se obligó a prestar más atención al camino.
No mucho después estaba frente a la puerta de su departamento, con la cabeza gacha y una expresión hastiada. El día, recordó, había empezado bastante bien, con un delicioso almuerzo y un reconfortante baño que le destensó los músculos como no lo hacía desde semanas atrás. De verdad se permitió creer que todo había terminado; craso error.
Lanzó un gran suspiro y atravesó el umbral con pasos lentos. Adentro no se escuchaba nada. Su abuela Chiyo estaría en la tienda de marionetas—a diez minutos de la casa— y su tío abuelo seguramente la estaba acompañando. Por tanto, Sasori tenía el departamento sólo para él, aunque no sabía si eso le proporcionaba algún tipo de dicha. Se encaminó primero a su habitación y dejó la mochila en su rincón especial. Es que, si había algo que sacara de quicio al pelirrojo es que su recámara estuviera desordenada. Él tenía la colcha exageradamente alisada, las sandalias que utilizaba a un lado de la cama, sobre una franja específica de la alfombra árabe. Pegado a la ventana estaba su escritorio, ordenado a través de una rigurosa jerarquía, con una lámpara de lava verde turquesa en la esquina, un cuaderno de dibujo puesto justo en el centro y varios botecitos llenos de lápices de colores; a menos que estuviera trabajando en la tarea, no permitía que hubiera nada más ahí. En la pared, frente a la cama, estaba colgado un gran espejo con elegante marco y debajo de éste, se hallaba un mueble donde él ponía su ropa.
Una vez que dejó la mochila en su lugar, fue hasta la cocina a prepararse algo de comer. No tenía hambre, pero el hueco en su estómago todavía no terminaba de irse. Encontró por ahí algo de arroz, así que se sirvió y fue hasta la mesa, donde comió en silencio durante al menos diez minutos, tomándose el tiempo del mundo y forzando a su cabeza a quedar en blanco.
Luego de comer, se levantó y puso a realizar las tareas del hogar que normalmente dejaba para después de hacer la tarea. Mientras barría, sacudía y hacía el resto, pudo olvidar un poco el incidente de aquella mañana. Una vez terminó, empezó a revisar el reloj. Apenas eran la una de la tarde cuando finalizó con la limpieza. Podría marchar directo a la tienda de marionetas y ayudar a sus abuelos, pero no se sentía con especial humor.
« Aguarda un momento. ¿Qué acabo de decir? ¿Yo? ¿Yo no tengo humor para las marionetas? ». Pensó, interrumpiendo su camino al sofá, donde planeaba ver alguna película. Frunció el ceño hasta que sus cejas prácticamente se tocaban y apretó los dientes tan fuerte que rechinaron. No le gustaba lo que aquellos sueños le hacían. ¡No le gustaba nada!
Ahora mismo se largaría a la tienda de marionetas y…
El teléfono de la casa interrumpió su línea de pensamiento. Sasori miró que se trataba de su número de celular y dejó que sonara otras dos veces antes de contestar.
—¿Bueno? —Preguntó, dejando que se le escapara un tono displicente, producto de su mal día.
—Ahm… —musitó la otra persona y se quedó en silencio un instante que le pareció muy largo al pelirrojo—. Dejaste caer tu teléfono en el vagón.
A Sasori se le detuvo el corazón cuando reconoció la voz. Un momento después, éste volvía a latir con fuerza en su pecho, con un ritmo casi doloroso que agotó su aliento en pocos segundos. Hizo una mueca de disgusto, agradecido de que nadie más lo viera. Se quedó callado, sin responder a las palabras de Itachi. Tragó saliva y chasqueó la lengua despectivamente. Su mano temblaba, medio dispuesta a obedecer las órdenes de su cerebro y terminar con la llamada. Cuál fuera su sorpresa cuando se oyó a sí mismo decir:
—Muy amable en recogerlo. ¿Y ahora qué? —Añadió, cortante.
—¿Lo… —carraspeó, interrumpiendo su pregunta—… lo quieres de vuelta?
Akasuna lo pensó rápido y —según— objetivamente. No quería ver al Uchiha, eso lo tenía más que claro. Por otro lado, su celular era… bueno, bastante específico; él era de las personas que prefería quedarse mucho tiempo con un mismo modelo, y por lo tanto, quería su celular de regreso.
—¿Por qué no lo querría? —Respondió al fin, acompañándose con un suspiro exasperado. Jamás le había gustado que le contestaran con una pregunta, pero se daba cuenta de que él lo hacía con bastante frecuencia—. Es mi celular.
—Bien —la voz del Uchiha sonaba aliviada—. ¿Dónde puedo verte para regresarlo?
« Deberías hacerlo por correo o algo así ». Pensó Sasori, abriendo la boca para darle la sugerencia.
—Puedo ir por él hasta donde estés —dijo en su lugar. Pestañeó, incrédulo, porque juraría que eran las otras palabras las que estaban en la punta de su lengua.
—Estoy en la estación de Kokoritsu-kyōgijō, de la línea Ōedo —respondió despacito. Sasori frunció el ceño. Sí, es precisamente lo que necesitaba: Una de las estaciones que más lejos le quedaba, y cuyo trayecto era de los más saturados. Cambió de opinión al instante.
—Bien, esa me queda muy lejos —respondió—. ¿Puedes ir a la estación donde… lo perdí?
—Claro.
—¿Dónde fue, a propósito? —Añadió, tratando de no obviar el hecho de que sabía exactamente dónde había sido. Itachi no pareció dar cuenta de esto último.
—Shin-egota —aseveró, cordial—. Llegaré allá en veinticinco o treinta minutos, ¿está bien?
—Más vale que sea así —respondió; nunca le había gustado esperar. Un momento después se arrepintió de haber contestado así, por lo que añadió, en un tono más afable—: Gracias.
—No hay por qué.
Sasori terminó la llamada en ese instante. El pecho le dolía y su cabeza continuaba dando vueltas, pero se apresuró a encaminarse de regreso a su habitación para sacar una mochila —mucho— más pequeña, que acostumbraba a llevar cuando iba a alguna convención de arte o salía con sus amigos. Metió dentro de ella su cartera, sus llaves, una botella de agua, el gel antibacterial junto a toallitas húmedas, los guantes que había olvidado esa mañana y la navaja —que llevaba en caso de presentarse alguna desagradable situación—. Puso adentro El castillo ambulante y entonces sí salió del departamento. En vista del tiempo que Itachi había asegurado tardar, intentó no ir con demasiadas prisas, pues él llegaría en quince minutos, poco más, poco menos.
Se detuvo en una tienda a comprar unas papas fritas y, ya con el tiempo indicado, siguió hasta el metro.
Procuró acabarse la botana antes de entrar, ya que le parecía en extremo repugnante comer mientras viajaba y tiró la basura en algún bote de basura, porque tampoco soportaba llevar la bolsa en su mochila. Sasori insistía en que nada tenía que ver con su trastorno obsesivo-compulsivo, pese a que Deidara se lo repetía todo el tiempo. El pelirrojo recordaba un día especialmente feo, cuando su rubio amigo había tirado por accidente un café en su mochila, mientras estaban en una práctica de campo; el olor había sido algo insoportable y todo lo que estaba dentro había tenido ese mismo aroma durante horas. Le corrió un ligero escalofrío mientras se ponía los guantes, antes de entrar.
El camino fue tranquilo, pero Sasori no podía dejar de tamborilear sus piernas, mirando de un lado a otro como si esperara que Itachi se materializara de la nada. Cuando al fin llegó a la estación de Shin-egota, habían pasado veinticuatro minutos desde que hablara con el Uchiha. Salió del vagón y empezó a buscarle con la mirada, aprensivo por la cantidad de gente que había aquel día.
Una vez que la gente que tomaba el metro que recién había dejado, comenzó a disiparse, no le llevó mucho tiempo encontrar a Itachi. El joven sobresalía con su estatura considerable y su apariencia magnética, que atraía más de una mirada. Sasori le observó unos segundos: El moreno levantaba la cabeza por encima de las personas, probablemente buscándolo entre la masa de rostros. El Akasuna bajó la mirada un segundo, preparándose para volver a estar cerca del joven. Fue en su dirección, repitiendo una y otra vez que todo estaba bien, que tomaría el teléfono y se largaría de inmediato. No quería estar con él más tiempo del estrictamente necesario…, no quería verlo nunca más y ya.
Al parecer, Itachi también lo vio acercándose, porque de inmediato corrió a su encuentro. Y así, se quedaron uno parado frente al otro, mirándose directamente a los ojos y abriendo las bocas al mismo tiempo, como si quisieran decir algo que no llegó hasta sus labios.
Sasori encaró al Uchiha y extendió la mano para recibir el celular. No pensaba decir nada…, o su cerebro estaba demasiado atrofiado para reaccionar de alguna otra manera. Itachi miró su mano un segundo antes de comprender y rebuscar en su mochila por el celular. Se lo extendió con una especie de sonrisa tímida en el rostro.
—Lo siento —se disculpó con sinceridad—. Creo que te he causado muchos problemas, ¿verdad?
« No tienes la más remota idea ». Pensó con amargura, arrancándole el celular de las manos y metiéndolo en su lugar correspondiente en la mochila.
—Algunos —admitió, con el ceño ligeramente fruncido. Le miró detenidamente una última vez, sin atreverse a marchar antes de guardar cada centímetro de aquel rostro; sabía que era un gran error, pero no conseguía evitarlo. Tenía la sensación de que había esperado por ese encuentro durante toda su vida, mas era demasiado absurdo para creerlo. Levantó la barbilla de forma altiva—. Bueno, hasta nunca, Uchiha-san.
La expresión de Itachi le tomó desprevenida, ya que empalideció de un momento a otro. Sasori temió que fuera a sufrir algún otro colapso; no quería estar ahí cuando sucediera.
En cambio, Itachi negó frenéticamente con la cabeza y levantó ambas manos, como si se debatiera entre tomarlo o no de las manos. Sasori agradeció que no se atreviera a hacerlo.
—No, espera —exclamó el moreno, con voz ansiosa—. Sé que no nos conocemos en absoluto y, entiendo perfectamente que la primera impresión que te di no fue precisamente buena… —hizo una pausa, tragando saliva. El Akasuna percibió la forma en que tragaba saliva por el movimiento que hizo la manzana de Adán y se regañó a sí mismo por prestar atención a cosas sin la menor importancia—. Pero, déjame compensarte —agregó Itachi, regalándole su mejor sonrisa—. No sé, invitarte algo de beber o…
El Uchiha enmudeció, tal vez por la mueca que estaba haciendo él conforme oía las palabras.
Sasori trató de recomponer su expresión.
—Creo que sería una buena idea, si no volvemos a cruzarnos —musitó, aunque no lucía muy seguro. Itachi bajó la mirada a sus pies, claramente desanimado. No parecía que fuera a rechistar su decisión.
—De acuerdo —dijo el más alto—. Lo siento.
—No hay cuidado.
Dicho esto, se dio media vuelta, disponiéndose a transbordar para volver a su casa. Sin embargo, sus piernas se detuvieron pocos pasos después y él se giró lentamente hacia Itachi, que continuaba con la cabeza gacha y los puños temblando. Sasori esperó, sin querer hacerlo realmente, mientras se le venía a la mente una nítida imagen de aquel muchacho que lo visitaba todas las noches, diciéndole que lucharía toda su vida para tenerlo a su lado, para curar la herida de un amor que amenazó con destruirle. Notó un sabor amargo en la boca, como si ésta se le llenara de bilis.
Itachi pareció resignarse antes de enderezar la cabeza. Pareció sorprendido de ver que él todavía no se iba. El propio Akasuna estaba asombrado de su reticencia a largarse, igual que lo hizo antes.
Sasori abrió y cerró la boca un par de veces, sin llegar a articular palabra. Al fin, se decidió por hablar.
—Tú y yo… ¿nos conocemos? —Preguntó, sintiéndose el más estúpido del planeta. Sin embargo, los ojos color rubí del otro parecieron brillar de entusiasmo, como un niño que acaba de ver su primera estrella fugaz. Sasori no pudo sino ruborizarse por esto.
—Tal vez —respondió Itachi y parecía sincero—. De verdad creo… haberte visto.
El Akasuna asintió una vez, refutando que se sentía igual que el chico, aunque no fuera a admitirlo en voz alta.
—No recuerdo dónde —continúo Itachi, abatido en esta ocasión—. Me preguntaba, si tú podías decirme.
Todo aquello parecía un mal chiste. Sasori desvió la mirada hacia otro lado y retorció la correa de su mochila, en un gesto de nervios, malhumor y esperanza…, todo al mismo tiempo.
—Lo siento, no —contestó firmemente y tragó saliva, pensando muy bien lo que estaba a punto de hacer—. Supongo que, en vista de estas circunstancias… podría aceptar un café o algo así.
Itachi no parecía ofendido por su anterior declinación, mucho menos ahora que había terminado aceptándola. Asintió enérgicamente en su dirección.
—Vale —exclamó, con una sonrisa—. Entonces, podríamos ir a uno de los locales que están aquí cerca.
—¿Sabes qué? Conozco un buen lugar al cual ir, sino te molesta viajar un par de estaciones más.
El Uchiha negó con la cabeza y accedió a la propuesta, visiblemente animado.
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Sasori había conocido aquel sitio una noche de años atrás, cuando buscaba una saga de libros llamada El Ciclo de la Puerta de la Muerte, que no tenía muchos ejemplares en Japón pero que, casualmente, podía encontrarlos a cuarenta minutos de su casa. Entonces, la palabra 'cafebrería' no le decía mucho más que un concepto que habría salido de alguna mentecilla extraña y algo chalada; ahora, en cambio, disfrutaba de pasar el tiempo en aquel sitio.
Tal como el nombre lo indicaba—o lo más cercano a ello—, la cafebrería Siete Lunas [2], comenzó con una combinación de cafetería y librería, aunque posteriormente se fueron añadiendo otras manifestaciones culturales y artísticas, desde una exquisita colección de discos y películas de arte, hasta actividades culturales de todo tipo, como conciertos, presentaciones de libros y cursos literarios. A Sasori le gustaba mucho la arquitectura abierta y luminosa decoración armónica —que incluía un árbol de cerezo estratégicamente ubicado en el centro mismo del local—. En conjunto con sus mesas tipo de bar café, sus salas de estar y la música, Siete Lunas conseguía un ambiente inigualable.
Y Sasori se complació de ver el rostro asombrado de Itachi mientras se sentaban en una de los cómodos sillones. Sus ojos iban de un lado a otro por los libros, palpando la excelente selección de libros que se vendían ahí. El pelirrojo no se ofendió en ningún momento que el Uchiha pareciera haberse olvidado de su presencia para mirar sin fin los estantes repletos de textos.
—¿Nunca habías venido? —Preguntó, bajando el menú que un camarero recién les había entregado. Itachi le devolvió la mirada.
—Jamás —admitió—. Y no sé por qué. Este sitio es… maravilloso.
Parecía decirlo tan en serio que logró sacarle al Akasuna una risita mental, que se vio reflejada en una leve insinuación de sonrisa en su rostro.
—Lo sé —reiteró Sasori, apoyándose en el sillón—. Me encanta venir cada que puedo. Y procuro que sea bastante seguido. —Hizo una pausa—. ¿Ya sabes qué pedir?
Itachi le prestó su total atención y, como si acabara de recordarse que estaban aquí para tomar algo, revisó el menú rápidamente.
—Sí —dijo, cerrando el menú—. ¿Y tú?
Sasori no lo pensó mucho antes de contestar.
—Un Espresso. —Al pelirrojo siempre le había gustado el café en su forma más concentrada posible, intensa, fuerte y con un toque acaramelado. Itachi asintió y ambos esperaron en silencio por la llegada del camarero, que escuchó amablemente el pedido.
—Un Espresso y un Frappuccino dulce, por favor —pidió Itachi cortésmente.
El joven anotó las bebidas en su pequeña libretita y se retiró con una gran sonrisa. Una vez que el camarero desapareció hacia el mostrador, Sasori e Itachi se miraron el uno al otro, sin mediar palabra durante el rato en que tardaron en traerles sus bebidas. El pelirrojo se retiró los guantes y los metió dentro de su mochila, con los ojos de Itachi fijos en sus manos. Éste tomó una gran bocanada de aire antes de hablar.
—Entonces, Akasuna-san, ¿cuántos años tienes? —Cuestionó posiblemente lo primero que se le vino a la mente. Sasori decidió que sería indulgente con la pregunta cliché.
—Veintitrés —respondió, preparándose con antelación a la mueca sorprendida del otro, pues sucedía con todos cuando decía su edad. Sin embargo, si el Uchiha estaba desconcertado, no lo demostró—. ¿Cuántos tienes tú?
—Cumpliré dieciocho en junio —contestó, no tan ufano como se acostumbraba a escuchar a muchos jóvenes en esas circunstancias, así que tal vez se había sentido un poco desilusionado al oír su edad. Sasori asintió, de cualquier manera.
—La época más bonita —soltó con algo de ironía en la voz—. Cuando decides tu camino.
—Supongo que podemos llamarlo así —murmuró Itachi, aunque no parecía en absoluto convencido. Sasori hizo la nota mental de que probablemente, el chico no tenía esa opción de decidir por sí mismo. El pelirrojo cogió la taza que estaba frente a él y dio un pequeño sorbo, cuidando de no quemarse—. Lo cierto es que la Administración de Empresas no es lo mío, pero mi padre insiste en que debo poner esa carrera.
—¿Debes? —Preguntó, arqueando la ceja—. Oh, sí. Las convocatorias todavía no se han mandado. ¿Tu padre es como una especie de hombre con sueños frustrados?
Itachi rió un poco ante el tono de broma, pero a Sasori no se le escapaba la amargura en su rostro, que procuró ocultar de inmediato.
—Claro que no —respondió, encogiéndose de hombros y llevándose a los labios el frappuccino, aunque no tomó nada antes de añadir—. Él tiene todo el poder que quiere, pues actualmente es la cabeza de las empresas Uchiha.
Sasori tardó unos momentos en entender que se trataba de esa familia y comprender que Itachi tenía en sus hombros una gran herencia por delante, cuando todas las empresas que manejaba el famoso Fugaku Uchiha, pasaran a ser suyas. El pelirrojo casi escupe la bebida. Nunca creyó que podría encontrarse a un niño rico yendo en el metro cuando posiblemente tenía una enorme cantidad de sirvientes que lo llevaran a donde quisieran, en sus incontables limusinas.
El pelirrojo arqueó una ceja hasta ocultarla entre los mechones rojizos que resbalaban en su frente, mirando a Itachi como si fuera un bicho raro.
—Es una broma, ¿verdad? —Preguntó, aunque estaba muy seguro de la respuesta. Pocas veces había visto en la televisión al magnate Uchiha, pero ahora podía ver claramente los rasgos del mismo en la cara de Itachi. No mentiría al decir que se sintió ligeramente intimidado—. Nunca creí que conocería al hijo de una celebridad en el metro.
Itachi se ruborizó, a saber por qué.
—No me dirás que ahora, por ser hijo de quien soy hijo, quieres ser mi amigo, ¿verdad? —Había un matiz herido y orgulloso en la voz del moreno. Sasori pensó que se veía acostumbrado a esa clase de relaciones sociales. Frunció el ceño y dejó la taza en la mesita, entrecerrando los ojos.
—En realidad, creo que he decidido que no debería de hablar más contigo —aseveró y, en cierto modo, hablaba en serio. El Akasuna había escuchado más de una vez la clase de problemas que tenían las personas de su clase cuando se involucraban con personajes del calibre de Itachi, aunque fuera nada más una simple amistad. El Uchiha pareció más divertido que ofendido con su confesión. Tal vez pensaba que esa era una estrategia para pasar desapercibido; tampoco sería la primera vez. Sasori no era alguien famoso ni nada por el estilo, pero había pasado por la misma experiencia con algunas chicas—. Lo siento, pero es la verdad.
La sonrisa se borró del rostro de Itachi.
—¿Por qué? —Preguntó, afectado. Sasori se cruzó de brazos.
—¿Qué esperas ganar conmigo exactamente? —Replicó con cierto matiz venenoso—. Mira que ya antes habían usado la técnica del "sinceramente, creo que te conozco de alguna parte", y no funcionó. —Eso era una pequeña mentira—. Puede que antes de saber que a la familia Uchiha que te referías cuando me dijiste tu nombre, habría sido posible (uno en un millón, pero posible), que te conociera. Ahora es obvio que jamás hemos tenido nada qué ver uno con el otro.
Itachi dejó su bebida en la mesita.
—Supongo que es cierto que la posibilidad se reduce aún más. Pero créeme cuando te digo que mis intenciones no son… las que estás pensando.
Sasori respingó la nariz.
—¿Cuánto vas a pagar por conseguir los servicios de un extraño? —Contraatacó, aunque en ningún momento elevó la voz—. Deberías buscarte otro, ¿eh?
Sasori rebuscó en su mochila y sacó la billetera. Extrajo unos billetes y los dejó sobre la mesa. Itachi se levantó precipitadamente, junto con él y lo tomó del brazo. El pelirrojo notó una punzada dolorosa en el pecho, lo suficientemente fuerte para quedarse estático.
—Mira, no es como si fuera incapaz de conseguirme un amigo o algo así para tener que pagarle alguien para que finja serlo —dijo Itachi, con una seguridad tan firme que a Sasori le llevó unos segundos captar que, detrás de ese tono casi amenazante, se escondía una mente de verdad inocente.
¿En serio? ¿Itachi pensó que había insinuado que no se prostituiría como su amigo? ¿O era una nueva jerga para hablar discretamente de echar un polvo? Los ojos de Itachi continuaron fijos en los suyos y Sasori se dio cuenta de que él no había adivinado ni por asomo sus sospechas. No pudo hacer otra cosa que sonreír, enterneciéndose un poco por la inocencia de Itachi.
Retiró la mano del Uchiha. El contacto humano, que solía molestarle cuando se trataba de noventa y cinco por ciento de las personas, incluso cuando podían serle conocidas, de verdad lo asqueaba. Sin embargo, al rozar la piel cálida de Itachi no podía evitar sentir que un poderoso sentimiento estallaba en su interior, sobrecogiéndolo. Todavía le sorprendía más el descubrir que le gustaba reaccionar de aquella manera.
—Aunque lo dijeras enserio —musitó Sasori, con una leve sonrisa—, ¿apostarías por un desconocido?
Itachi apretó los labios en una fina línea, probablemente buscando la mejor respuesta.
—¿No basta con que no te dé dinero? —Preguntó, contrayendo la boca—. Puedo… conseguir tu amistad sin él. Pero tienes que darme una oportunidad.
Sasori anotó mentalmente que el Uchiha se había dejado de lado la frasecita de "Te conozco". Era obvio que no era así, al menos para el pelirrojo, que aunque había soñado con aquel atractivo rostro, combinado con fantasías sobre alguna época antigua, no tenía nada qué ver con Itachi. Ni tampoco estaba seguro de quererlo.
Lanzó un suspiro.
—Bien —dijo finalmente, sentándose en su lugar—. Entonces… sin entrar en muchos detalles. Preguntas sencillas y no demasiado personales. Las que me parezca bien responder, las tendrás. Lo mismo se aplica a mí. ¿Trato hecho?
Itachi asintió y esperó unos segundos.
—Así que… por tu edad, uno supondría que ya debes trabajar en algo, ¿lo haces? —Preguntó, indeciso.
—Los fines de semana enseño en una escuela de Artes.
—Oh, eres un artista —musitó, no con un tono despectivo—. ¿Puedo preguntar qué prácticas?
—De todo un poco —admitió, decidiéndose a dar pequeñas pinceladas de su campo—: Me decanto por las Artes Visuales (principalmente pintura). Me gradué de esa carrera el año pasado, y actualmente estoy estudiando el primer semestre en Literatura dramática y teatro.
El Uchiha se inclinó hacia delante, mostrándole a Sasori que estaba encantado con lo que decía.
—¿Actúas? —El pelirrojo se encogió de hombros.
—Sólo un poco.
—¿Y eres bueno? —Preguntó Itachi de pronto. Sasori estaba acostumbrado a preguntas como "¿Te puedes ganar la vida como artista?", pero nadie le había preguntado si era bueno en ello. Itachi tenía una forma bastante peculiar de considerar las cosas.
—Me gusta pensar que lo soy —comentó, orgulloso—. Por algo estoy enseñando.
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Sasori descubrió que el tiempo podía pasar muy rápido cuando se disfrutaba tanto como lo hizo aquella tarde con Itachi. Además de que ahora sabía, por ejemplo, que Itachi realmente quería estudiar Veterinaria, porque amaba a los animales. Que tenía un hermano menor llamado Sasuke, al que quería con todo su corazón y que probablemente, eso significaba un complejo de hermano mayor. El chico era "correcto" en todos los sentidos, y obedecía a sus padres en todo lo que decían. Jamás había ido a un concierto de Rock, pero asistía a la Orquesta que solía ponerse en el teatro de la ciudad y le encantaba la música instrumental. Tocaba el violín y amaba leer casi cualquier cosa. Era extremadamente malo para dibujar, pero le gustaba escribir. Sus colores favoritos eran el negro y el rojo, su comida preferida era el dango. A pesar de las ojeras que enmarcaban su rostro, decía que le encantaba dormir. Practicaba natación con cierta frecuencia porque su amigo Kisame le había insistido hasta el cansancio, y que luego descubrió que realmente le gustaba nadar. Odiaba a las arañas y los sabores amargos. También…
El pelirrojo llegó al departamento, quitando de su cara la estúpida sonrisita. ¿Por qué había estado recordando todo lo que Itachi le dijo? Maldición.
Suspiró pesadamente mientras cerraba la puerta tras de sí. Nada más tuvo tiempo de dar un paso antes de que su abuela apareciera en la esquina del pasillo, con las cejas tan juntas que daba miedo. Sasori se recordó que antes, cuando miró el reloj de su celular, eran casi las cinco y media.
—¿Dónde estabas? —Preguntó Chiyo, con expresión adusta. Sasori caminó hasta ella.
—En Siete Lunas —respondió—. Lo siento. Me encontré con alguien y no quería dejar pasar la oportunidad de ponerme al día. —No todo eso era mentira, así que el pelirrojo borró la culpabilidad de su rostro; no era peor que lo que había hecho la anciana—. Así que despreocúpate.
La vieja lo miró con ojos tristes.
—Deidara estaba preocupado por ti. Habló como tres veces diciendo que no contestabas al teléfono.
—Se descargó —respondió y saludó con un gesto a Ebizo, que estaba sentado a la mesa con sus tupidas cejas ocultándole su mirada, que tal vez reflejaba cierta desaprobación—. Iré a tomar un baño.
Podía sentir la mirada de ambos clavada en la espalda, pero no añadió nada más.
Tal como había dicho, se metió a una ducha y luego se encerró en su habitación. Agarró su iPod de uno de los gabinetes y se puso a escuchar música mientras se quedaba dormido, ayudado por las penumbras de la habitación y la hermosa voz de Inva Mula interpretando Il dolce suono.
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Micro-capítulo
Sangre en la espada
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—¿Sabes guardar un secreto? —Preguntó la voz de Itachi que no lo era—. Sasori estaba enojado, porque él traicionó su confianza. Lo hizo suyo para después decirle que tendría que casarse y abandonarlo. Así que lo mató.
Itachi observó el cuerpo inerte de Sandaime, tumbado boca arriba y mirando con expresión vacía el techo. No parpadeaba. No se movía. No respiraba.
Parado a un lado, con la barbilla alzada y la vista abajo, estaba Sasori. El pelirrojo lucía imponente con su uniforme y ni siquiera la sangre que escurría de su rostro, lograba hacer que se viera vulnerable. Al contrario, parecía más mortífero y amenazante. El pelirrojo se volteó lentamente en su dirección, con la espada cubierta de escarlata temblando en su mano. El Uchiha atravesó el umbral con pasos queditos, procurando no hacer ruido alguno. No sentía miedo de los ojos enturbiados del otro.
—Parecía un animal herido, que únicamente reacciona a sus emociones. Él no era un soldado inmutable e inasequible. Sasori tenía un corazón frágil y roto.
Sasori levantó la espada y apuntó al moreno, pero incluso entonces, Itachi no se alteró. En lugar de eso, se acercó e hincó cerca de Sandaime, bajo la atenta mirada del otro, que lo observaba entre confundido y encolerizado.
—Golpéame —pidió Itachi, sin romper el contacto visual. Su propuesta no parecía sorprender al mayor—. Golpéame tan fuerte como puedas.
Los labios del Akasuna temblaban y sus ojos rivalizaban con sus cabellos.
—¿Para qué? Cuando todos se enteren de que Sandaime ha muerto, me culparán.
Itachi asintió, y por primera vez sintió miedo de que la luna cediera el paso a la luz del sol, cuando todos descubrirían el cuerpo del General. Sabía que todos iban a señalar al Akasuna y le dolía que a éste no le importara morir.
—Sasori… —murmuró, con una tranquilidad alarmante—, tú solamente estabas salvándome a mí.
El pelirrojo frunció el ceño, como si no alcanzara a comprender.
—Hiéreme tanto como puedas —continúo, impávido—, que parezca real. Hazme cualquier cosa para que todos nos crean cuando digamos que Sandaime está muerto porque ponía mi vida en riesgo.
Akasuna bajó el arma y negó con la cabeza.
—No —respondió, riendo amargamente antes de apuntar con la espada hacia su costado—. Aquí se termina todo para mí, también. Yo amaba a este hombre.
Itachi se levantó despacito.
—Tú no quieres hacer eso, Sasori. Él no vale tu sangre —le tomó de la mano, notando cuánto temblaba—. ¿Ves? No quieres morir. —Le quitó la espada y la depositó en el suelo con cuidado, sus movimientos pausados para no alterar al joven—. Por favor. Quédate conmigo.
Volvió a agacharse y tomó la espada de Sandaime que yacía en el suelo, característica por el mango de cabeza de dragón. Inmediatamente después, la volteó hacia su hombro derecho y, apretando los labios en una fina línea, se la clavó tanto como pudo, sosteniéndola por las palmas, e hiriéndose las mismas en el proceso.
—¡No! —Gritó Sasori arrancándole la espada. El dolor que punzaba en el cuerpo de Itachi era demasiado, mientras se apretaba con una mano la herida y se dejaba caer en el suelo. Sasori lo siguió poco después, alarmado, como si hubiera despertado de un sueño para quedarse en medio de la pesadilla más horrible—. ¿Por qué has hecho esta locura?
—Lo que sea para mantenerte seguro…, a mi lado, por siempre.
—Dicen que en nombre del amor se cometen muchas locuras. Yo creí en ese entonces, que él había comprendido que lo amaba y no podía tolerar verlo morir. —Una pausa—. Pero me equivoqué. En su lugar, él siempre creyó que le tuve miedo. Que no deseaba morir y le di una salida para sobrevivir. Confundió mi amor con terror, y nunca dejó de verse como un monstruo.
« ¿Por qué me dices esto? ». La voz desesperada de Itachi resuena como un eco mientras la oscuridad esconde la escena.
—Para que la historia no se repita. Estoy cansado de perderlo.
Continuará.
[1] Me refiero a las limpias espirituales, que en resumidas cuentas, es para atraer la buena suerte. Mi hermano dice que necesito una de esas (._.U)
[2] Basado en la cafebrería El Péndulo de Polanco, que se ha convertido en uno de los centros culturales más importantes de América Latina y está considerada una de las diez librerías más hermosas del mundo. (*-*) Deseo ir aunque sea a una de sus sucursales aquí en México (xD).
Detalles:
(1) Una disculpa por lo del trastorno de Sasori. No sé por qué tenía ganas de hacer un fic donde alguno de los dos tuviera un TOC (xD). Supongo que siempre imaginé que serían quedaran igual que la película de Mejor imposible, una de mis favoritas (*-*).
(2) Como verán, Sasori se resistió a darme datos de su vida pasada, así que tuve que emplear el micro capítulo para introducir aunque fuera una parte. De todas maneras, parece que Itachi será el que me regale esos momentos del pasado y Sasori se ocupará en mayor medida del futuro, así que dejaré esa parte como introducción al nudo de la historia porque, ya sabrán, este tipo de amantes unidos por el Hilo Rojo, suelen estar condenados a repetir los errores (:D), sino es así, al menos en mi historia esa amenaza será latente.
¡Y ahí está la continuación!
Espero que les haya gustado aunque sea un poco y puedan tomarse unos minutos de su tiempo para decírmelo, que parece que las vacaciones prometen ser pesadas para mí, con todos los cumpleaños de sempais que se vienen y además, lo que debo con el Stoki, de MakoHaru y posiblemente, un proyecto de JeanMarco (:3), mi nueva pareja favorita. Por lo tanto... no sé, ¿instintivos para continuar la historia pronto?
PD: También deseo ponerme las pilas con "Las Hojas de una Vida"; no crean que he olvidado ese gran pendiente (u-u).
