No volví a ver a Sasuke durante tres semanas. Realmente, no vi a casi nadie durante tres semanas. Mi vida constó en rotar de mi cama al trabajo, y viceversa. Lo que yo creía una simple crisis existencial, resultó ser el comienzo de un cuadro depresivo auto-diagnosticado. Quizás si hubiese prestado atención a las señales, no me habría tomado tan por sorpresa, pero supongo que en algún momento tendría que tocar fondo; pues estuve reteniendo mis emociones a la fuerza durante más de una década.

Esa noche resolví bajar a comprar unas botellas de cerveza helada, en busca de algo que me ayudara a llenar los vacíos de mi memoria, o que por lo menos me diera esa ilusión de falsa alegría y euforia que siento cada vez que me paso de copas. Son las únicas veces que me permito sentirme de esa forma. La primera pasada al supermercado fueron dos botellas de litro cada una. Lástima por ellas que no me duraron siquiera una hora. A la tercera pasada la cajera no quiso venderme, porque según ella estaba hecha un desastre. Si fuera ella, aceptaría el dinero y me dejaría en paz. Salí del local en busca de otro donde pudiese saciar mis patéticas ansias de confort. Me tambaleaba con cada paso que daba, y un par de veces estuve a punto de darme de bruces contra el suelo, pero seguía aferrándome a los huecos de los ladrillos en las paredes. El roce abrió grandes surcos de sangre en las palmas de mis manos y mis dedos. Seguí arrastrándome calle abajo, hasta que mis huesos comenzaron a doler por el frío del aire, y mis manos resentidas cedieron contra el asfalto. Estaría removiendo piedritas de mi barbilla durante semanas.

-Oh, dios… soy patética –Suspiré, e inspiré lo más profundo que pude aire frío, pero las costillas comenzaron a dolerme. Había tomado tiempo recuperarme de mi número anterior, y este otro me proporcionaría nuevas llagas que sanar. Pero Kiba no está aquí para rescatarme esta vez. No habrá vecina amable, ni sopa de pollo, ni gato quisquilloso, ni palabras de aliento. Estoy sola. Cerré los ojos esperando que el alcohol en mis venas se llevara lo último de mi conciencia.

Un aroma desagradable inundó mi alrededor. Quise abrir los ojos para averiguar de dónde salía el hedor; sin embargo mi cuerpo se resistió. Sentí el asfalto contra mi espina dorsal, la respiración pesada, mi barbilla herida e inmóvil, mis manos chorreantes de sangres que daban pequeños espasmos a ambos lados de mi cuerpo, y sobre mi caja torácica sentía un peso extra que no estaba antes de perder el conocimiento; y definitivamente tenía menos frío que antes. Abrí un ojo lentamente, captando con lentitud líneas difusas y una silueta postrada a mis pies, observando a la vereda de enfrente con infinito interés.

-Despertarte –Era una voz masculina muy familiar. Oh, por favor… no puede ser…

-¿Hay un lugar de esta ciudad en que no tenga que encontrarme contigo? –Susurré con la poca fuera que me quedaba. Frunció el ceño, pero lo relajó de inmediato y esbozó media sonrisa.

- ¿Siempre eres así de hostil, princesa?

-No… lo siento… Ah, lo siento. Supongo que gracias –Intenté incorporarme, pero mis brazos cedieron y caí de espalda, esperando el golpe en mi nuca; el cual nunca llegó. Sasuke me levantó del brazo magullado y me apoyó contra la pared, colocando nuevamente la chaqueta de cuero que tenía sobre mí anteriormente - ¿Es tuya?

-Sí

-Ah… muchas gracias.

-Como sea –Su voz volvió a ser como siempre: cruda y distante, sin atisbos de la chispa que tenía cuando era sarcástico conmigo. Raro espécimen este Uchiha.

-¿Cómo me encontraste?

-Tenía una cita –Algo hizo una opresión en mi pecho, como un calor y un nudo en la boca del estómago. Sasuke miró mi rostro, que creo reveló muchas cosas, pues él miró al frente con cierto aire arrogante, y añadió: - un encuentro sexual, la verdad. Estacioné el auto aquí, y te vi arrastrándote por la calle, una vez más. –La sangre se agolpó en mis mejillas, y las imágenes de mi último paso por el alcohol vinieron todas juntas.

-Supongo que la chica estará decepcionada de que no te aparezcas, eh… -Intenté bromear para alivianar el ambiente, pero solo conseguí una puntada en mi costilla derecha, y una mirada reprobatoria de Sasuke.

-A esta altura del día lo habrá superado… ¿cuánto bebiste?

-No lo sé, tres litros, quizás cuatro… no lo recuerdo –Apoyé la cabeza en la pared. Aún me sentía mareada, y me tambaleé hacia los costados de mi cuerpo. Sentí el tibio cuerpo de Sasuke estremecerse levemente ante la sorpresa de recibir el impacto del mío; sin embargo no se movió. Intenté alejarme con todas mis fuerzas, pero solo lograba balancearme hacia adelante.

-Déjalo así, ¿quieres? –Bufó y cerró los ojos. Ahí me quedé, a su lado, sentados juntos en la acera, yo cubriéndome con su chaqueta, y él con un chaleco de lana azul. Me permití apreciar la vista por primera vez, y ya era de noche, no había nadie en la calle, salvo los insectos que perseguían la luz de los faroles y se quemaban al tocarla. - ¿Por qué tanto?

-¿Disculpa? –Su voz captó mi atención, pero no lo miré de frente. Sentía que si le miraba, iba a decir algo fuera de lugar, y no sería prudente.

-¿Por qué tanta bebida? –Yo sabía que él me estaba mirando fijamente, lo cual me ponía nerviosa, sumado al frío, tiritaba como jalea.

-No creo que quiera contarlo, es complicado, y; después de todo, no somos ni siquiera amigos –Al parecer mi respuesta le ofendió. Sentí su cuerpo alejarse del mío unos centímetros, y puso cara de perro rabioso, tal como la primera vez que nos encontramos.

-Hm –Lo miré fijamente, intentando analizar su voz cortante y furibunda. ¿Por qué habría de molestarse tanto? –De todas formas, ¿no deberías estar escondiéndote en la falda de tu mami como todas las niñas de tu clase? –Se sobrepasó. Maquiné en mi mente un millón de cosas horribles para decirle, pero la voz no me salía, ni siquiera un balbuceo. Sentía cómo el cuerpo comenzaba a hervirme desde la cabeza hasta la punta de mis pies, mezclándose con el sentimiento de pérdida recurrente y miseria que me ahogaba día a día.

-Mi mamá está muerta –Fue lo único que atiné a decir. Sentí su cuerpo tensarse y mirarme fijamente, con las pupilas perdidas en algún lugar del universo. Por su expresión facial, descifré atisbos de empatía y sorpresa, pero definitivamente eran ilusiones mías. Sasuke no es del tipo de persona que siente empatía. Sorpresa sí, pero empatía no. Comencé a levantarme con toda la fuerza que me quedaba, y cuando logré sostenerme en pie, arrojé la chaqueta en sus piernas –Gracias –Volteé lentamente, cuidando no caerme, y caminé unos pasos; hasta que su voz me detuvo. Su declaración me heló las venas, y comprendí su reacción: Su mamá también había muerto.

Lo miré fijamente durante unos minutos. Él hizo lo mismo, y reparé en los rasgos de su rostro detenidamente. Era guapo, sin duda, y los rasgos toscos de su cara le daban un aire a peligro, a picante y descontrolado; sin embargo, bien profundo en sus ojos negros, pude ver una vez más el vacío… ese vacío que yo conocía tan bien. Me senté a su lado, esta vez procurando guardar una distancia prudente entre ambos. Suspiré, agotada, y nos quedamos en silencio, hasta que él habló:

-Mi madre murió cuando tenía ocho años. No pude decirle adiós. Supongo que eso fue lo peor de todo –Hizo una larga pausa, como intentando poner en orden sus ideas. Se levantó de golpe, sacudió su cabeza y miró hacia la calle- No sé por qué te estoy contando esto… -Se dispuso a marcharse, pero algo me impulsó a tomarle de la mano y detenerlo. Quizás quería me alguien me escuchase, tanto como él; y tal vez Sasuke podría entenderme, como ningún otro que yo conociese supiese hacerlo.

-Quizás si te quedas, lo entiendas… Quédate. Quédate conmigo un rato, ¿sí? –Pareció confundido. Fui lo más amable que pude esta vez, dado que las fuerzas no me alcanzaban para ser mezquina con él. Por una vez quise bajar la guardia con él, y abrirle mi mente a alguien, aunque fuese un completo extraño, y luego me arrepintiese de mi decisión. Hacer una locura, algo fuera de lugar. Sasuke se sentó otra vez, pero apoyó su brazo en el mío, buscando calor… o quizás, ¿sentirse reconfortado?

-¿Ahora qué? ¿Vas a contarme tus secretos íntimos esperando que yo te escuche y haga como que me importa? –Su reacción no me tomó por sorpresa. Soy psicóloga, y por algún motivo lo esperaba.

-Sí, si no es mucha molestia –Bufó ante mi respuesta, sin disimular su evidente mal humor, pero se volteó apoyando el hombro contra la pared, y me miró directo a los ojos – Te contaré una historia… Es algo larga –Esperé una respuesta que no llegó, y me animó a continuar- Hace unos años existió un joven ambicioso, inteligente como ninguno, con muy buen ojo para los negocios; que decidió abrir una pequeña empresa de transportes. Al poco tiempo de fundar su empresa, conoció a una muchacha que vivía cerca de su casa, hija de dos comerciantes japoneses, que era conocida por su pésima salud. Sin importar el estado de deterioro de la chica, el muchacho se enamoró de ella perdidamente, y pese a todo pronóstico, se hicieron adultos juntos –Tomé aire. El peso de las emociones comenzaba a agobiarme- La empresa comenzó a crecer notablemente, haciéndose más y más importante; pero contrario a eso, la salud de la mujer era cada vez peor. Tuvieron una hija al poco tiempo de casarse, y todo pareció marchar perfectamente; salvo que para el quinto año de la niña, llegó la noticia de un segundo bebé… para resumir, la mujer no soportó el segundo embarazo, y murió llevándose al bebé consigo. El hombre no soportó el dolor de su pérdida. Dejó de lado la empresa en la que por años trabajó con esmero, y gastó todo su capital en drogas, mujeres y licor. Se abandonó a sí mismo, y se marchitó junto con el recuerdo de su esposa. Comenzó a odiar a su hija, debido a que era el retrato vivo de su madre, y la llenó de maltratos y carencias, la presionó hasta el límite intentando hacerla implacable; y haciendo la vida de ambos un calvario. Por suerte el hombre tenía un hermano, que tomó las riendas de la empresa nuevamente, sacándola del agujero en que estaba; y se llevó a su sobrina lejos de su padre apenas tuvo la mayoría de edad. Hoy en día el hombre sigue hundido en las drogas, y no le queda mucho de vida… -Sentí un pulgar acariciar la comisura de mi lagrimal, y noté que había roto en llanto mientras hablaba. Lo abracé con fuerza, sin pensarlo. Esperé que él me apartase de un empujón, y creo que lo consideró unos instantes, pero finalmente decidió dejarme ser. Sin corresponderme el abrazo, pero sin alejarme de él.

-Mi padre está en la cárcel. –Levanté la cabeza violentamente, con los ojos como platos, pero él no movió un músculo de su rostro. Decía eso como si hablase de un partido de fútbol –Por asesinato. Mató a mi madre… Estuve durante años buscando pruebas para demostrar su inocencia, incluso estudié abogacía para liberarlo; pero supongo que el problema está en que nunca quise ver lo obvio. No lo creí hasta que confesó en el tribunal que lo sentenció a cadena perpetua –Su voz era monótona, casi aburrida, pero sentía sus manos temblar ligeramente mientras hablaba. Miraba hacia el frente, por sobre mi hombro, como si el faro fuese lo más interesante del mundo. Supongo que eso le ayudaba a concentrarse en sus palabras más que en sus emociones –Mi hermano y yo heredamos la fortuna, pero a cambio tuvimos que soportar un tutor durante 15 años. Supongo que no fue tan malo, después de todo –Apoyé mi mano sobre la suya, buscando un gesto de amabilidad en él, pero se apartó en seguida.

-Cuando siento la ausencia de mi padre, necesito llenar ese vacío con algo. Supongo que es falta de cariño, pero no puedo quejarme; digo, tengo buenos amigos… lo que me queda de familia también es buena, y…

-Pero no suple la falta de tus padres –Interrumpe Sasuke- No puedes simplemente aparentar que ese espacio vacío no existe, porque en algún momento comienzas a cuestionarte el porqué de muchas cosas… ¿Por qué a mí? ¿Por qué no a otro? ¿Cómo hubiese sido si ellos estuvieran conmigo? No se puede, Hinata –Tuvo que detenerse. Notó, al igual que yo, que el volumen de su voz aumentó progresivamente con cada palabra. Cuando dijo lo último estaba casi gritando, y alterarse no es lo suyo. Nos quedamos en silencio, y algo vino a mi memoria. Algo que no pude callar.

-Cuando era pequeña tartamudeaba demasiado, y era extremadamente tímida –Sonreí al recordarlo. Casi podía verme a mí misma, con siete años, en el patio de mi casa jugando con un gato blanco que había encontrado en la calle- Papá me golpeaba por tartamudear. Le irritaba. Un día se enfadó tanto que le partió el pescuezo a mi gato con sus manos. No volví a tartamudear jamás… ni a tener un gato.

-Te he escuchado tartamudear.

-Lo sé. A veces lo hago. La lástima no dignifica a una persona, pero sí te ayuda a conseguir muchas cosas. Supongo que era mi juego, o es, no sé si lo siga siendo… Sin embargo creo que tú descubriste mi farsa incluso antes que yo –Le sonreí tímidamente. Su rostro se relajó y soltó un suspiro. Otra vez silencio. Los dos nos sumergimos en nuestros pensamientos, hasta que una pregunta salió del fondo de mi garganta, y escapó antes que pudiese atraparla-

-¿Piensas mucho al respecto? –Sasuke me miró sereno, y casi sonríe, como si algo le causase gracia. No lo entiendo.

-Tengo pesadillas todas las noches.

-Oh.

-¿Y tú?

-La mayor parte del tiempo no, pero hay temporadas enteras en que mi padre me acosa para que le preste dinero para drogas. Ahí es cuando toco fondo.

-¿Cuándo te llamó por última vez?

-Esta mañana…

-Eso explica los tragos de más, eh, princesa –Volvió a sonreírme, irónico, y por su tono de voz supe que para él había sido suficiente conversación emotiva. Me dejé llevar por la oleada de tranquilidad que me embargó con su broma, y me permití sonreír también. La cabeza comenzaba a dolerme, y el frío no hacía maravillas con mi cuerpo adolorido.

-Creo que ya me voy… es tarde –Comencé a levantarme lentamente, y Sasuke me seguía con la mirada, como si algo le causara mucha gracia.

-¿Tienes idea de dónde estás? –Preguntó. Me detuve en seco, miré a mí alrededor, y por primera vez noté que no era mi barrio. No era ni el supermercado al que entré, ni el del frente mi edificio.

-Santa madre de Dios… ¿Cómo llegué aquí?

-Supongo que buscando algún loco de la cabeza que te vendiera tu pequeño vicio, llegaste aquí. Tu casa está a media hora de aquí –Contuvo sus ganas de mofarse de mí. Quería llorar. Me sentía humillada, confundida, estúpida y sobre todo adolorida. Miré las palmas de mi mano, y quise tirarme al piso otra vez y rogarle que me pasase su automóvil por encima – Camina. Te llevo.

-¿Ah? –Me volví loca. Completamente deschavetada. Sasuke no estaba ofreciendo llevarme, y todo era un sueño.

-¿Prefieres irte a pie?

-¡NO! O sea, no… claro, voy –Caminamos hasta el auto, cuyo interior era de cuero sintético, y junto con la calefacción le daban un toque fantástico. Me acurruqué en el asiento, aún con la chaqueta de Sasuke encima, y dejé que mi cuerpo se relajara. Puso el carro en marcha, y quise hacerle tantas preguntas, que al final seleccioné algunas - ¿En qué momento me encontraste?

-Poco antes que te desmayaras. Supuse que era mala idea dejarte ahí tirada, quizás podría cobrar rescate –Fruncí el ceño y aguanté las ganas de sacarle la lengua. Recordé el naranjo del crepúsculo caer sobre mi cuerpo intoxicado en ese momento previo a irme del todo. Sasuke se había quedado a mi lado hasta el anochecer, que quizás no fueron más de un par de horas, considerando que anochece cerca de las nueve- Espero que no se te haga costumbre el que tenga que llevarte a tu casa cada vez que te emborrachas. Mis chaquetas comenzarán a odiarte.

-¿Qué? –Chaquetas… Sonrió. Se estaba contando un chiste a sí mismo al parecer. Chaquetas… algo debo recordar. Algo estoy olvidando… Algo importante… El sueño comenzó a ganarme, pero necesitaba hacerle una última pregunta - ¿Qué hora es?ChaquetasOh… Entre las sombras de la somnolencia alcancé a distinguir las palabras "Cuatro y treinta".

¡Feliz año a todos!