Segunda Oportunidad
Nuevos horizontes
Sakura observó su cuadro una vez más, le hizo unos cuantos toques con el pincel y sonrió satisfecha. Vaya, no era el Hijo Pródigo de Rembrant, pero al menos podía decirse que impactaba, al menos a ella, cuyo significado de esos trazos pertenecían sólo a sí misma. Se levantó del pequeño taburete y dejando sus útiles a un lado, se dedicó a estirarse como un gato que se despertaba luego de unas doce horas de sueño continuo.
- Que hambre… - Murmuró encaminándose a la cocina aún con la enorme camiseta sobre sí, la cual tapaba sustancialmente la mayor parte de sus delicadas curvas.
Revolvió entre los gabinetes de caoba y sacó cereal y un tazón en donde lo vertió. Buscó una cuchara y llevándose su improvisada merienda, volvió al salón de estar. Miró el reguero causado por sus atacazos artísticos como los denominó una niña que fue a la galería junto con sus padres, donde algunas obras aparentemente las relacionaba con el programa Art Attack. Sintió una brisa helada atravesar la ventana y un escalofrío trepó por su espalda. Fue a cerrarla y se quedó observando el transitar de algunos vehículos por la calle.
Desde hace algunos días se preguntaba qué sería de Syaoran. ¿Habrá vuelto a Tokio? Se cuestionó inevitablemente. Volvió a suspirar y dio un último bocado a su cereal antes de dejar el plato en una pequeña mesa de la estancia.
Recogió todo sus materiales con parsimonia y los guardó en un armario cercano. Volvió a mirar su obra y colocando una suave tela blanca sobre el lienzo, lo tomó y lo llevó hasta su habitación, dejándolo a un lado del closet. En eso, escuchó el timbre sonar y consultó su reloj de pulsera. Seis y media de la tarde, leyó en las agujas, imaginándose así que probablemente fuese Tomoyo.
Se despojó de su enorme franela llena de colores a causa de descuidados brochazos y quedó vestida con una sencilla camiseta rosada y unos pantalones algo desgastados. Bajó hasta la puerta y en las escaleras se encontró con Tomoyo acompañada de una de las contadas sirvientas que aún trabajaban en la mansión. Sonrió cálidamente al ver a su amiga, pero dicha sonrisa desapareció de inmediato al ver que llevaba compañía.
- Oh… - Musitó sorprendida.
- Muy buenas tardes, Sakura. – Sonrió Tomoyo.
- Ah, esto, hola… - Dijo terminando de bajar las escaleras.
- Hola, Sakura. – Le saludó Syaoran tranquilamente desde su imponente altura. Ella alzó los ojos hasta él y duró unos segundos en silencio antes de responder.
- Hola. – Dijo escuetamente aún sin salir de su asombro. ¡Demonios!, pensó. Ni siquiera andaba presentable. Aquella ropa era una de las más viejas que tenía, sin contar que andaba descalza, haciendo gala de su baja estatura sin quererlo. – Veo que te has recuperado por completo, Syaoran. Yo…la verdad no me los esperaba… - Dijo honestamente, al menos, refiriéndose a Syaoran.
- Lo sé, Sakura. – Contestó Tomoyo. – Pero dado que venía para tu casa, en el camino me encontré con Syaoran y no pude evitar invitarlo a venir también. – Sonrió. Sakura parpadeó perpleja.
- ¿Desde cuándo no andas en limusina? – Repuso dando a entender su asombro. Tomoyo volvió a sonreír.
- Bueno, lo cierto es… - Empezó a relatar.
Syaoran caminaba por las aceras adyacentes a la plaza, observando que las nubes amenazaban con dejar caer una lluvia torrencial que helaría hasta sus huesos. Hundió sus manos en los bolsillos y miraba a la gente que pasaba apresuradamente junto a él sin mirarles realmente. Recordaba las últimas palabras con su novia y ahora no sabía que demonios hacía en Tomoeda. Llevaba tres días desde el encuentro con Sakura y se estaba hartando del constante asedio de Kimiko. Quería enviarla a freír espárragos, sinceramente. Miró por el rabillo del ojo como los vehículos iban y venían y empezaba a desear marcharse definitivamente de aquella ciudad. Ya había sido suficiente, se dijo. Sabía que quería recuperar a Sakura, pero al final, también sabía que ella no le perdonaría, no entendería sus razones y volvería a hacer que ambos quedasen heridos.
Recordaba con dolorosa nitidez cuando tuvo que decirle a Sakura aquellas dolorosas palabras y la mirada que le ofreció antes de llorar amargamente. Esa mirada había quedado grabada en su retina y en sus recuerdos como la cosa más hiriente que jamás le hubiese ocurrido. Cerró los dedos aún dentro de sus bolsillos y volvió la vista al frente. Sí, probablemente tomaría un vuelo al día siguiente por la noche.
- ¡Li! – Escuchó que le llamaba una voz femenina bastante delicada pero lo suficientemente fuerte para escucharle entre el tumulto de gente y carros. Volteó rápidamente y se sorprendió al ver a Tomoyo, la mejor amiga de Sakura. ¿Qué diablos…? Pensó confundido al ver que aquella glamorosa mujer le dirigiese la palabra luego de lo ocurrido con Sakura.
- ¿Daidouji? – Preguntó incrédulo aún. Detuvo su andar observando como la limusina de un pulcro negro se estacionaba frente a él.
- Sube. – Le ordenó Tomoyo sin alterar su modulado tono de voz haciendo que al instante la puerta del lujoso vehículo se abriera bajo el comando de un botón.
Syaoran dudó por unos instantes pero finalmente subió a la limusina, tomando asiento junto a Tomoyo. Miró receloso cada movimiento que aquella mujer ejecutara. Es decir, la mirada de Daidouji podía ser escalofriante aún si le eras indiferente. Entonces, conjeturando que posiblemente ella lo odiase como lo hacía Sakura, aquel miedo de morir bajo una maldición causada por la letal mirada de Tomoyo le hacía estar bastante alerta.
- Tanto tiempo. – Comentó casualmente tendiéndole la mano para estrecharla con la suya. Syaoran lo hizo percibiendo el suave roce de los finos dedos de Tomoyo. Aquella mujer parecía impertubable durante el tiempo. Probablemente quizá ni fuera humana, pensó intimidándose como cuando era un adolescente ante la escrutadora mirada de aquella diseñadora.
- Sí. – Contestó escuetamente. Tomoyo sonrió, probablemente ahora leyese el pensamiento, pensó con ironía Syaoran.
- No te preocupes, no tengo odio o resentimiento alguno contra ti. Sólo deprecio. – Dijo aún sonriendo. Syaoran sintió que una gota resbalaba por su sien. ¿Se suponía que eso era un consuelo?
- Ah. – Se limitó a decir. – Daidouji, yo… - Empezó a decir.
- Sra. Hiragizawa. – Replicó tranquilamente. – Me he casado. – Anunció.
Syaoran le miró perplejo. ¿Quién le daba cara a Tomoyo de proponerle matrimonio sin desmayarse del susto ante la posibilidad de que ella le robase el alma con aquella mirada amatista?
- Felicitaciones. – Contestó un tanto contrito. Tomoyo amplió su sonrisa.
- De hecho, también tengo un hijo. – Agregó.
Oh, otra creatura capaz de leer los pensamientos y robar el alma con la mirada, grandioso.
- Me alegro. – Contestó. - ¿Por qué me has pedido que suba?
- Oh, sí, casi lo olvidaba. – Rió con una risa melodiosa, semejante al tintineo de unas campanillas de plata. – Pues, nos dirigimos ahora a casa de Sakura. Me enteré de que la has ido a visitar…luego de tres años de perderte del mapa. – Le enfrentó. Syaoran tragó pesado. Ya, se dijo, ahora le haría un análisis psicológico desde todos los puntos de vista de todas las escuelas psicológicas. Quizá empezara con la psicoanalista.
- Pues sí… - Dijo arrastrando las palabras. – Vine para tomarme unas vacaciones.
- Con tu novia. – Puntualizó ella. Él se tensó. Con que eso también lo sabía. Aunque a fin de cuentas era de esperarse.
- Sí, con Kimiko. – Afirmó. – Pero ella ya se ha ido de Tomoeda esta misma tarde. – Agregó sin saber que ganaba con decirle eso.
- ¿Alguna pelea entre ustedes? – Inquirió adquiriendo un suave brillo en sus ojos. Syaoran negó con la cabeza.
- No. Sólo unos problemas familiares que se le presentaron. Aparentemente sus padres quieren hacer uso de su profesión para legalizar un divorcio entre unos tíos de ella. – Explicó vagamente.
- Ya veo. – Dijo sin mucho interés. - ¿Y por qué has decidido visitar a Sakura? Hubieras podido omitir la visita y simplemente pasear por los lugares turísticos de Tomoeda. – Dijo de forma práctica. Syaoran entendió el punto. Buscaba un motivo. Vaya, esa mujer debería ser psicóloga y no diseñadora o pintora.
- De hecho, no tenía previsto venir. Sin embargo, al presentarse la ocasión…decidí hacerlo, y con respecto a Sakura…realmente yo… - Pausó sin saber que decir. ¿Qué la echaba de menos? ¿Qué anhelaba volver a tenerla entre sus brazos?
- No tenías una razón concreta para desear volver a verla. Más bien una suma considerable de razones, de las cuales, la mayoría no sabes interpretar. – Completó ella acertadamente. Si ya decía él que ella era bruja o psicoanalista, aunque se inclinaba más por la primera opción.
- Algo así. – Asintió. – Pero… ¿qué ganas tú intentando saber todo esto? ¿Acaso no es Sakura la directamente involucrada?
- Desde luego. – Sonrió de aquella forma enigmática. – Es sólo que debo saber si atenerme a defenderla con uñas y dientes de ti, o si más bien…podría dejar que ella creciera y tomara sus propias decisiones. – Aclaró. Él le miró por un momento sin atreverse a decir nada.
- En cualquier caso no deseo hacerle daño, si eso quieres decir. Además, ella ya creció, así que desde hace un buen tiempo toma sus propias decisiones. – Replicó.
- Así es. Más sin embargo, sigue siendo vulnerable y ante ti mucho más, por lo tanto no quiero que te aproveches de esa debilidad que tiene por ti, ¿entiendes? Ni siquiera realmente sé si alguna vez fuiste digno de ella. Por eso decidí que sería bueno poner los puntos sobre las íes desde este mismo momento, ¿no te parece? – Le miró seria.
- Me importa bien poco lo que opinaste u opinas de mí. – Espetó. – Además, en caso de poner las cartas sobre la mesa, es algo que sólo me concierne a mí y a Sakura. Tu intervención está demás, y si tomas como excusa una vulnerabilidad por parte de Sakura, ella debe aprender a manejarla. Ella no es tonta, Tomoyo. No la subestimes. – Agregó observando como la limusina se detenía y los seguros de las puertas eran abiertos. – Comprendo tus intenciones y me parecen entendibles y quizá nobles, pero no te inmiscuyas en mis asuntos, no me importa si Sakura te permite inmiscuirte en los suyos. Ten en cuenta que ella y yo no somos personas precisamente similares. Y yo me manejo por mi propia cuenta. – Finalizó antes de bajarse tranquilamente del vehículo.
Tomoyo sonrió en silencio antes de imitarlo y bajarse ante la imponente mansión Kinomoto.
- Es decir, que al encontrarlo en la calle, decidiste invitarlo. – Entendió Sakura del superfluo relato de los hechos dado por Tomoyo.
- Espero no haberme tomado demasiadas libertades, Sakurita. – Expresó tranquilamente.
Sakura negó con la cabeza un tanto dudosa. Lo cierto es que era que un discreto mensaje de texto le hubiera podido servir para atenerse a siquiera peinarse su alborotado cabello. Sus mejillas se sonrojaron al imaginar su aspecto, e intentando desechar sus poco productivos pensamientos, volvió la vista a sus invitados.
- Disculpen las cajas de cartón por el suelo. Estoy planeando empezar a decorar la casa. – Explicó.
Syaoran reparó que se refería a la próxima navidad. Era cierto, pronto iba a ser tiempo de eso, aunque por los problemas del calentamiento global y todo ese tema soso y ambientalista, la primera nevada aún no había llegado, aunque el frío ya se empezaba a sentir. Miró detenidamente a Sakura. Se veía adorable en esas fachas. Tan delicada, dulce, tan niña…tan…Sakura, se dijo sonriendo para sí.
- ¿Por qué sonríes? – Preguntó Tomoyo mirándole entre burlona e inquisitiva a la vez. Al verse pillado, Syaoran volvió a colocar su rostro serio e impertubable antes de contestar con la primera excusa que se le viniera a la mente.
- Recuerdos de Navidad en casa. – Dijo de forma ambigua. A fin de cuentas, prefería hablar de su familia a lo que creía sentir por Sakura.
- Ya veo. – Repuso Tomoyo sin creerle absolutamente nada, pero no tuvo la imprudencia de decirlo.
Sakura removió algunas cajas del suelo, simplemente arrastrándolas a rincones más discretos, para dejar el camino libre a sus invitados.
- ¿Necesitas ayuda? – Se ofreció Syaoran al ver el esfuerzo de ella.
- No, está bien así. – Sonrió. – A fin de cuentas, no puedo dejarlas muy lejos o sino el trabajo de decorar esta mansión sería mucho más difícil para mí.
- Pero pudiste decirle a tus sirvientas que te ayudasen, ¿no? – Inquirió Tomoyo aparentando ser casual. Sakura le fulminó con la mirada, no quería que Tomoyo hiciera papel de celestina, ni siquiera de sátiro, si esto último era lo que quería interpretar.
- Estoy perfectamente así. – Repuso cortante, dejándose en evidencia ante el increíblemente perceptivo Syaoran. Se quiso morder la lengua, pero a fin de cuentas ya era tarde. Con un sonoro respiro, intentó escapar. – Voy a traer algún refrigerio. – Anunció disponiéndose a huir.
- Yo creo que lo que dice Tomoyo tiene sentido. – Expresó Syaoran, haciendo que Sakura se detuviese en seco. ¡Demonios! Debió ser más rápida si quería escapar de su interrogatorio solapado.
- Me imagino que así es, con permiso. – Intentó una vez más, pero para salir debía pasar por un lado de él, e irremediablemente Syaoran le detuvo sujetándola por el brazo. Volvió sus verdes ojos a él y contuvo el aliento.
- ¿Tienes algún problema, Sakura? – Inquirió. Ella sintió que se volvía de gelatina. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué no se podía comportar como un déspota para sentir un gran placer en el caso de que pudiera patearlo como a un perro? ¿Por qué debía dirigirle a ella esa expresión de preocupación e intriga mezclado con algo más?
- Yo… - Titubeó tragando nerviosamente. – Ninguno. – Mintió a duras penas. – Si me sueltas, podría ir por el refrigerio. – Sugirió mirando su firme agarre a su brazo. Él le soltó lentamente y se retiró unos pasos, caminando hasta el sofá más cercano. Ella suspiró aliviada al ver que la interacción eléctrica por el acercamiento había menguado.
- Tiene problemas financieros. – Respondió Tomoyo ya desde su cómoda posición en el sofá más amplio. Sakura se detuvo en el umbral de la puerta. ¿De qué maldito lado estaba Tomoyo? De veras que lo quería saber. – Dentro de una semana la van a botar de la empresa donde trabaja, aparentemente no les gusta a los ejecutivos los defensores de los derechos humanos y de los trabajadores. – Continuó para mayor tortura de Sakura que sabía perfectamente que Syaoran estaba perforándole la espalda con su silenciosa mirada. ¡Rayos, detritus y capitidisminución! En esos momentos se alegraba de saber maldiciones con aliteraciones largas luego de pasarse un buen tiempo entre excéntricos artistas. En momentos donde quieres desbocar toda tu ira en un solo ser, cuya denominación empezaba por "T", dichas maldiciones eran perfectas para aliviar tu estado. Lentamente se volteó y se cruzó de brazos, mirando seriamente a Tomoyo.
- Ya Tomoyo. No quiero la caridad de Syaoran o de alguien más. – Dijo ácidamente.
- Anda, que no te estaría molestando con este tema si aceptaras mi préstamo. – Se defendió encogiéndose de hombros levemente.
- Sí, desde luego. – Masculló volviendo su atención a Syaoran, que aún seguía sin decir una palabra. – Lamento esto, Syaoran. A veces Tomoyo puede ser…un tanto imprudente, como te habrás dado cuenta.
- En realidad no. – Contestó él con sorprendente naturalidad. – Todos sus movimientos, cada pensamiento y cada palabra que sale de su boca están fríamente calculados. – Agregó tranquilamente. Sakura no podía refutar eso. Observó la sonrisa complaciente de Tomoyo y supo que ella tampoco renegaba de la acusación. – Sin embargo, no veo porqué no querías que me enterase, no sería la primera vez que te encontrases en un apuro y yo pudiera darte algún consejo útil.
Pero en esos apuros no te consideraba algo inalcanzable, algo peligroso e hiriente como ahora Pensó ella para sí.
- Supongo. – Musitó. – Sin embargo, no necesito de la supervisión o intervención de nadie para salir de ellos. Y con este apuro en particular, puedo manejarlo todo perfectamente.
- Claro. – Sakura detectó el tinte de sarcasmo. – Pero entonces Tomoyo no estuviese tan desesperada de incluirme en sus planes de hacerte razonar si todo lo que me estuvieses diciendo no fuesen más que mentiras.
- ¡Ay! ¡Ya! Dejen de acosarme. ¿Vienen a mi casa y me bombardean en dúo? La verdad que no lo veo justo. – Dijo adorablemente azorada. Syaoran sonrió y Tomoyo hizo un gesto con la mano de "descuida".
- Deberías buscar un trabajo nuevo, Sakura. Y creo que con la ayuda de Syaoran y su influencia podría contactar con gente que te hiciese el favor de darte un empleo bien remunerado cuanto antes, ¿o me equivoco? – Inquirió Tomoyo.
- ¡Pero si tú misma podías hacerlo y a todas tus anchas! – Exclamó Sakura.
- Pero se ve mejor el hecho de que te dé el empleo Syaoran a que lo haga yo. – Le guiñó un ojo descaradamente viendo como su amiga se volvía roja de la rabia contenida.
- Por mí no habría ningún problema. – Dijo él tranquilamente. Sakura suspiró con alivio, al menos Syaoran no era de tomar el pelo continuamente como lo hacía Tomoyo. – Aunque Sakura, cariño, te veo perdiendo condiciones. ¿Desde cuando eres tan grave ama de casa de ver que se te desmorona el techo encima y no hacer nada? – Preguntó socarronamente.
Sakura apartó sus efímeras esperanzas de que Syaoran no le molestase también.
- No se me está desmoronando el techo. Sólo… ¡Ay! De acuerdo, el dinero no me alcanza, estoy que negocio mis zapatos de cuero con la sirvienta en un remate razonable para ver si puedo comprar comida la próxima quincena, ¿satisfecho? – Preguntó observando la perplejidad en sus ojos marrones y como lentamente alzaba una perfecta ceja negra.
- ¿Y eso por qué? – Inquirió sorprendido.
- El dinero de la herencia lo gastó en la construcción de la galería. – Empezó a explicar Tomoyo. – Luego, tuvo que reducir su trabajo a medio turno para poder estar presente en la galería e inspeccionar que todo marchase sobre ruedas. Pero en estos últimos tres meses el gobierno ha retirado todo subsidio a Sakura, pensando que los barrios de la conchinchina son más importantes que la Galería de Arte Kinomoto. Y en su trabajo se hartaron de su falta de disposición a toda hora, además de su incesante martilleo acerca de las medidas de seguridad de los obreros, que ni al caso, porque ella ni trabaja en recursos humanos.
- ¡Eh! Eso último no tienes porqué criticarlo. Esa gente trabajaba sin guantes ni lentes e iban a perder la salud sólo porque la empresa no quiere pagar unos míseros materiales de trabajo. – Dijo indignada. – Lo demás…vale, sí, lo acepto. – Agregó en un murmullo, como una niña quien fue regañada. Syaoran sonrió a medias hasta que al fin lanzó una sonora carcajada, divertida y limpia. Sakura se sorprendió. ¿Desde cuándo no escuchaba aquella risa profunda y clara?
- Me imagino todo el jaleo que han formado por esto ustedes dos… Hay que ver que el tiempo no les afecta en nada ni a Daidouji ni a ti, Sakura. – Comentó divertido. – De acuerdo, quizá si no quieres una ayuda económica o de algún contacto mío, supongo que no estarás en desacuerdo si me ofrezco a acompañarte a buscarnos un trabajo. – Sonrió.
¿ Buscarnos ? ¿En qué momento se había perdido alguna clase de idioma que le dijesen que el plural y el singular se podían usar indistintamente?
- ¿Eh? – Preguntó asombrada. Tomoyo también estaba curiosa de saber porque había usado el verbo "buscarnos".
- Lo que pasa es que…he tomado unas vacaciones bastante prolongadas. – Confesó. Tomoyo arqueó una ceja incrédula y Sakura no cabía en su shock. – Quizá de unos cinco meses. – Explicó. – Y…creo que podría dedicarme a ejercer mi verdadera profesión, no he tenido mucha experiencia en ese campo, pero creo que eso no se olvida, o al menos eso espero. - Volvió a sonreír.
- Pe…pero… ¿en qué momento lo decidiste? – Inquirió sin salir de su asombro.
- Pues…- Musitó adoptando un aire pensativo. – Creo que hoy a las tres de las tarde, luego de un café y un pedazo de pastel de chocolate.
Sakura se desplomó en el asiento cercano a ella y tenía los ojos abiertos como platos, pero de repente frunció el ceño.
- ¿Y de tu novia qué?
- Ah, ella se fue a Tokio a resolver algunos asuntos familiares. Además… - Dijo consultando su reloj. – Creo que hoy a las nueve y cinco la llamo y termino con ella. – Agregó como si lo que fuese a hacer era cosa de todos los días. Sakura abrió su boca unos centímetros. ¿Que iba a qué?
- Espera, déjame digerir todo esto. – Dijo inhalando aire hondamente. Tomoyo rió. Sakura incluso se había olvidado de su presencia, vaya amiga que era.
- Todo lo que están diciendo parecen chismes de los que te cuenta la cotilla de mi vecina de lo interesantes e inverosímiles que están, pero yo lamentablemente me retiro, disfruten la noche. Hasta luego. – Dijo levantándose. Sakura hizo amago de levantarse también, pero Tomoyo detuvo sus intenciones con un ademán. – Está bien, ya consigo la puerta yo solita. Quizá se les escapa la inspiración si les interrumpo durante mucho rato. – Sonrió. – Adiós a ambos.
Y salió dejando en su camino el resonar de sus puntiagudos tacones. Syaoran volvió su vista a Sakura aún divertido por la reacción de ella. Pese a que les hubiera distanciado el tiempo, aparentemente seguía siendo la misma. Y Dios, como extrañaba azorarla y ver sus expresiones, no había sido conciente de la necesidad de su compañía antes, quizá siempre estuvo el anhelo pero era disfrazado por el remordimiento.
- Yo tampoco debería quedarme mucho rato. Entiendo que ya te he atormentado durante mucho tiempo. – Dijo Syaoran con una sonrisa pícara. Sakura le fulminó con la mirada. Ya sabía lo que quería que hiciese, quería que le suplicase para quedarse y seguir diciéndole de su impulsivos planes que la habían dejado en shock desde el primer momento en que empezó a relatarlos.
Sus labios le temblaron. Tenía que ser fuerte…no podía dejarse llevar por su curiosidad. No otra vez, no…
- No, quédate un rato más. Ni siquiera te he ofrecido algo. ¿Deseas un té, café, un jugo? – Inquirió solícitamente, queriendo darse un puntapié al ver la sonrisa triunfal de él.
- Con agua me basta. – Contestó. Ella asintió y salió a toda prisa de la estancia. Un demonios surgió de sus labios como un gruñido de protesta, pero no completamente dirigido a Syaoran, sino también a ella misma por ceder tan fácilmente.
Al regresar, le entregó un vaso rebosante de agua y hielo.
- ¿Algo más? – Inquirió intentando sonar educada, sin lograrlo del todo. Él sonrió y negó con la cabeza tomando un sorbo del vaso. Ella volvió a tomar asiento.
- Eres malévolo. – Le dijo. - ¡Me has engatusado para no correrte de la casa! – Exclamó indignada. Él volvió a sonreír y terminar el contenido del vaso.
- Y tú cedes todavía a pesar de conocer perfectamente mis intenciones. Es de parte y parte, reconócelo. – Repuso tranquilamente dejando el vaso en una mesita cercana al sofá.
- Supongo.- Masculló.
- Bueno, como te decía, pienso empezar mañana mismo a buscar trabajo. ¿Me acompañas? – Preguntó complacido al ver la cara de susto que ponía su interlocutora.
- Eh…pero… ¿mañana? – Replicó dudosa. – Si ni siquiera he redactado mi carta de renuncia…porque oh sí, renunciaré aunque sea a dos días de terminar el contrato. No les daré el placer de que me den la patada por el trasero. – Dijo frunciendo el ceño. Él rió.
- Ya a estas alturas una actitud tan infantil no serviría sino para darles más placer. Acepta que te echen como un perro dignamente, ¿no te parece? – Preguntó intentando sonar razonable. Ella pareció sopesar la opción.
- Quizá. Luego lo decidiré. Pero entonces, ¿en serio quieres dejar el periodismo? ¿Qué será de los periódicos sin tus artículos? – Preguntó alarmada. – Era por lo único que aún sé algo de la política… - Murmuró para sí. Él logró entenderle y sonrió orgulloso. Le gustaba que ella apreciara su trabajo pese a todo lo que hubiese pasado tiempo atrás.
- Yo no pienso dejarlo, eso creo que se convierte en algo adictivo al final…pero, en parte quisiera descansar por un tiempo. Además, ni siquiera me estoy tomando un año sabático, son sólo unos meses, y créeme, eso pasará volando.
- Aún así, ¿en qué se relaciona tu precipitada decisión con Kimiko? – Inquirió llegando al tema que más le intrigaba. – Pensé que no la querías soltar por beneficio propio…
- Si tomas un papel y escribes los pro y los contra, te darás cuenta que te comportas como un idiota diciéndote que será para beneficio propio esa relación sólo porque la tipa esté buena y no sea de rogar. – Dijo arrepintiéndose de sonar grosero. Él por lo general cuidaba sus palabras, pero con Sakura suponía que se sentía excesivamente libre. Ella no pareció escandalizarse por el comentario. – Y ella estos últimos días ha estado un tanto…fastidiosa. Ya ves que hasta mencionó boda y yo ni enterado del asunto.
- Probablemente sea porque vinieron a Tomoeda. – O más explícitamente porque vinieron a su casa, pensó Sakura alimentando su ego, aunque fuese en vano, ya que él nunca crecía lo suficiente como para hacerla lucir pedante, cosa que aún no se definía por si agradecer o lamentar.
- No, ya estaba así antes de venir. Creía que sería el flamante esposo que siempre soñó o alguna idiotez propia de ella.
- Oye, no es por defenderla, porque lo cierto es que no me nace hacer algo semejante, pero creí que tú no eras de los hombres que hablan babosadas de las mujeres con las que han estado.
Él sonrió.
- Lo lamento. – Se disculpó inmediatamente. – Supongo que cuando me pongo a hablar contigo, olvido que estoy tratando con una mujer y que comentarios de este tipo le deben parecer repugnantes.
- ¡Oh, vaya! ¡Que halagador que olvides que soy una persona de sexo contrario! Eso me enternece ciertamente. – Repuso divertida. Él rió.
- Discúlpame, Sakura. Es tu culpa que hayas ganado mi confianza durante tantos años y que ahora sea muy tarde para acomodarme. – Sonrió. – Bueno, entonces será que me voy. Te vengo a recoger mañana a las ocho en punto. – Dijo resuelto. Ella abrió los ojos sorprendida.
- ¿Eh? ¿Así? ¿De una sola vez? – Preguntaba incrédula mientras le seguía cuando él se encaminó a la salida.
Cuando abrió la puerta, se volvió hacia ella y sonrió.
- Llévate una pinta espectacular para que no te nieguen nada. – Le guiñó un ojo. – Adiós, Sak. – Se despidió dándole un fugaz beso en la mejilla.
Una vez que se hubiese ido, Sakura se retiró unos pasos de la puerta llevándose la mano a la mejilla y suspirando como una de las protagonistas de las películas que veía de vez en cuando en sus momentos de ocio. Sonrió como idiota mientras sentía que un calor se apoderaba de su rostro. Ya sabía que estaba sonrojada y sinceramente ¿cómo no estarlo? Dios del Cielo, había que ser de piedra para no apreciar a un hombre real y galante cuando se le tenía en todo el frente. Y ella había pasado la tarde con uno. Suspiró como jovencita enamorada y se rió de sí misma por su actitud.
- Eres el caso de la ingenuidad en persona, Sakura Kinomoto. – Se reprendió sin perder la sonrisa y dispuesta a andar en las nubes lo que restara de noche.
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¡Hola! Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo por anticipado por si por algún inconveniente no se los puedo desear para el 25 como tal xD. Lamento mucho haberme perdido del mapa, la verdad me alegra mucho haber encajado de buena forma en el fandom de CCS, al menos es un buen comienzo para una primeriza por estos lares, supongo. Bueno, aún no dejo de revelar el secreto, lo siento, pero aún es muy pronto a decir verdad. Yo tengo en mente es irlo dejando entrever de a pedazos, por lo que las conclusiones precipitadas no son muy recomendables, sinceramente. Y bueno, ¿qué decir de Sakura? Uds. dirán que ella también le da su permiso a Syaoran, pero como ven, ella misma también tiene un conflicto interno y demás, sin saber a que atenerse dejándolo a él actuar en su vida. Y… ¿soy yo o me estoy dejando un review a mí misma? xD, supongo que es por el tiempo que tengo sin recibir uno, más que todo por mi propia culpa, al no dignarme a actualizar pronto, pero he presentado interminables exámenes estas semanas, así que estoy justificada :P
Muchísimas gracias por sus reviews, espero que puedan ser más numerosos esta vez -aunque sea por Navidad ;) -, y que el capítulo les haya gustado, nos leemos en la próxima actualización. Sayonara n.n
