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Música

En el avión no estaban permitidos aparatos electrónicos y el vuelo duraba doce horas. Los pasajeros, hartos de dormir, miraban las películas que el aeroplano transmitía. La inteligente Candice White Andrey se sentiría apabullada y a punto de explotar por el aburrimiento, de no ser por el libro que había llevado en su bolsa de viaje.

Todo dejó de tener sentido mientras pasaba los ojos ansiosamente por las páginas, llenándose de la historia tan increíble que descubría. No le molestó si quiera la pequeña e irritante niña con la que compartía el asiento, sí, esa morenita que se comía los mocos, hablaba sola y le picoteaba el hombro izquierdo de vez en cuando.

Casi al final de Días de sangre y resplandor, se volvió para mirarla de una forma dulce.

—Cariño, ¿te importaría, por favor, guardar silencio? Trato de leer algo.

La idiota no volvió a crisparle los nervios.

La manera más sencilla de soportar el encierro era pensar en Londres, el lugar al que iba. Por fin vería después de un largo tiempo a sus tres queridos primos adoptivos, Archibald y Alistear Cornwall y Anthony Brown, las personas más especiales, alocadas y sinceras del mundo entero. Ni viajando a otra galaxia encontraría a alguien como ellos.

El internado San Pablo era por excelencia y tradición el lugar al que asistía la joven descendencia de la familia Andrey y sus raíces. Una escuela élite a la que acudían sólo personas influyentes, millonarios, empresarios y la realeza. La infraestructura: asombrosa. Los precios: ni vendiendo un riñón podías pagarlo.

Cuando la tía abuela Elroy le comunicó que viajaría al viejo continente a estudiar, no podía soportar la intensidad de sus emociones.

¡Nueva vida, nuevas reglas y nadie la conocía!

—Pasajeros, se les avisa que en quince minutos aterrizaremos, así que por favor abrochen sus cinturones y coloquen los asientos y mesas en posición vertical. Gracias. —Anunció el piloto con voz grave.

El corazón de Candy se agitó como alas de mariposa. Faltaba poco, debía ser paciente y no saltar por la ventana en la menor oportunidad.

Miró de reojo a su acompañante, el señor George Johnson, que se encontraba en otra fila, leyendo revistas médicas, buscando posibles síntomas suyos que coincidieran con alguna enfermedad terminal. Su paranoia no conocía límites.

Se trataba del asistente personal de William Andrey, la cabeza del clan, a quien nadie conocía (excepto la tía Elroy, obviamente). Él adoptó a Candy sin conocerla, gracias a una carta que sus sobrinos más pequeños le enviaron.

Esa era una conexión que no olvidaría nunca, un lazo que la mantendría siempre unida a los muchachos.

Los conoció cuando tenía diez años. Los Leagan decidieron hacerla parte de ellos. Al principio creyó que sería asombroso, tener por fin los padres y hermanos que tanto deseó. La estirpe pertenecía a los Andrey, así que por defecto se sospecha la cantidad de dinero que tenían.

Nada más al llegar se ganó a pulso el odio de los dos diablillos más irritantes que conocía: Eliza y Niel, que le hicieron la vida imposible en cuestión de días.

A pesar de que muchos momentos fueron un asco en esa casa, Candy no podía quejarse. Se topó con Archie, luego de que lo salvase de morir ahogado en el lago de la mansión Andrey, propiedad de William (que no vivía ahí). Todavía mantenía fresca en su memoria la conversación que sostuvieron luego de que lo rescatara-

—Hey —había dicho la pequeña y escuálida niña rubia, acercándose poco a poco a él—. ¿Te asustaste mucho? ¿No sabes nadar?

—Claro que sí sé: soy un buen nadador.

—Ah. ¿Y por qué no saltaste, entonces?

—Verás, mi camisa es de seda y demasiado costosa. Sería horrible si la arruinara.

—Vaya, que vanidoso. En mi orfanato apenas teníamos ropa, ¿puedes creerlo?

— ¿Orfanato? —Inquirió el diminuto Archie, consternado. Secó su rostro húmedo con rapidez, recostándose.

Sin ser invitada, ella se sentó a su lado en la hierba, debajo de la sombra de un frondoso árbol.

—Ajá.

—Eso quiere decir que tú eres huérfana.

—Lo soy. O era, creo —la nariz de la infante se arrugó ante la confusión de su nuevo estado—, vivo con los Leagan cerca de aquí.

— ¿En serio? Ellos son malos. Eliza y Niel pelean con nosotros cada vez que vienen. ¿No te quitan tus juguetes?

—No tengo.

—Pero, ¿no eres su hija? ¿No te adoptaron?

—Sí, pero no. Solamente soy su sirvienta.

—Lo lamento —dijo él, y parecía ser la primera vez que lo decía con honestidad. Carraspeó, ocultando su voz quebrada—. ¿Cómo te llamas?

—Candy. ¿Y tú?

—Archibald. Tienes un nombre bonito. Candy —pronunció de nueva cuenta la palabra.

—Me gusta mucho.

—Oh. Pero prefiero gatita.

— ¡Gatita! —La cara de Candy se llenó de color rojo escarlata. Desvió la mirada, sonriendo—. ¿Y qué estabas haciendo en ese bote?

—Intentaba tomar una siesta.

— ¿Siesta? Qué raro eres. ¿No te parece mejor dormir arriba de un árbol?

— ¿Qué? —Exclamó Archie, soltando una carcajada tras otra hasta que sintió como el estómago le dolía—. Auch. Que divertida eres, gatita. ¿Acaso no es difícil trepar hasta ahí?

—No. Yo podría ayudarte —se ofreció Candy de inmediato. Aprendió a trepar casi después de caminar, en el hogar de Pony. Sin embargo, viviendo con los Leagan, encontrar un momento para llevar a cabo su hobbie principal era una misión imposible.

— ¿En serio? ¿Tú?

—Por supuesto. Soy muy buena, ¿te apuntas?

—Supongo que sí. ¿Podemos empezar hoy mismo?

—Encontremos unas buenas ramas cuanto antes.

—Sí.

—Bien.

A partir de ese momento, Archie y Candy se volvieron a juntar. Ella, con su agilidad innata de mono, le mostró la forma correcta de subir sin ser lastimada. Archibald, por su parte, cayó al piso irremediablemente un par de veces, así que abandonaron el pasatiempo, aunque se seguían reuniendo cada tarde para conversar.

No pasó mucho tiempo hasta que conoció a Stear, el hermano mayor de Archie. A comparación de lo otro, la situación en la que se presentaron fue más normal… sólo al principio.

Candy andaba caminando por los alrededores de una enorme ciudad, después de que Eliza y Niel la abandonaran para que volviera sola a casa de los Leagan. A ese paso terminaría llegando en una semana. La odiosa pelirroja se las ingeniaba para hacer cosas verdaderamente malas y desubicadas para su edad.

En eso, se percató del sonido de un claxon a unos metros de ella y reconoció al instante a la persona.

— ¡Hey, gracias por ser tan gentil con Archie! —Se señaló a sí misma un par de veces hasta comprobar que no se había equivocado. Corrió hacia él, tropezando.

Era quizás dos años mayor, de cabello castaño, más oscuro que el de Archibald. Los ojos color avellana estaban ocultos tras unas grandes gafas, pero era atractivo.

— ¿Tú fuiste quién lo llamó desde el coche, no? La última vez que nos vimos.

—Así es. ¿Y qué haces? Con que paseando sola por ahí.

—Ojalá estuviese paseando. No, lamentablemente no. Me han dejado varada en medio de la nada.

—Vaya, que lastima. No te preocupes, yo te llevaré.

— ¿Enserio? ¡Gracias, muchas gracias!

—Anda, no te retrases, sube. Espero que te guste —comentó, una vez adentro. Introdujo la llave dentro del contacto. De inmediato el vehículo comenzó a sacudirse y moverse violentamente, vibrando como una lavadora—. Este es un modelo especial. Lo diseñé yo mismo.

—Es lindo, que velocidad.

— ¡Qué bueno que te agrada! Lo construí con mis propias manos. Tardé un buen tiempo en conseguirlo, pero funciona… creo.

Candy no quiso demostrarlo, pero comenzaba a asustarse. Se veía amable y muy inteligente, ¿pero un auto amateur? Dios la salvara…

—Que maravilloso.

—Lo sé. Y esta es la primera prueba, imposible de creer.

— ¡No es verdad! —Replicó nerviosa, comenzando a sudar frío.

—Lo juro. El otro día acabamos cayendo en el lago. Fue horrible, lo admito.

—Santa virgen, que cabeza fresca tienes.

—Y mira: ahí está el lago. ¿Tienes miedo?

—Claro que no.

—No te asustes. De hecho soy muy buen conductor, ¿quieres que te lo pruebe? —Sin esperar respuesta, despegó las manos del volante.

— ¡NO LO HAGAS, SUJETALO DE NUEVO!

—Tranquila, muchachito. No hay nada que temer.

— ¿Y quién teme algo?

— ¿Cómo te llamas?

—Candy.

—Uh —silbó encantado—. Tienes un nombre muy dulce. Soy Alistear Cornwall, hermano mayor de Archie.

— ¿Cuántos años tienes?

—Acabo de cumplir doce, y sé manejar perfectamente. ¿Y tú?

—Diez.

—Espera, ¡estamos teniendo unas fallas! —Exclamó el intento de inventor. De inmediato, el automóvil se movió como si estuviese poseído—. Lo siento, Candy. Me parece que volveremos a…

No le dio tiempo a terminar la frase, cuando el vehículo los envió fuera en un escupitajo brusco.

Los dos gritaron, horrorizados por la escena. Cayeron al lago estruendosamente.

— ¡CANDY, CANDY! ¿CÓMO TE ENCUENTRAS? ¿DÓNDE ESTÁS?

— ¡AQUÍ! —Le avisó ella, agitando las manos para señalar su presencia.

—Será mejor que regresemos a la superficie antes de coger un resfriado. Perdóname por esto.

Los dos secaron sus ropas, mientras Stear se disculpaba una y otra vez hasta llegar a hartarla.

— ¿Y ahora qué vamos a hacer?

—No te preocupes por mí. Después de todo, pensaba volver caminando —explicó sonriendo como sólo sabía hacerlo.

—Quería ayudarte.

—Me trajiste más lejos de lo que esperaba. Aunque ahora estamos en… un bosque.

—Estamos cerca de casa de los Leagan, ¿vives ahí, no? —Asintió—. Conozco un atajo entre los árboles. Podrá ser un poco duro para ti.

— ¿Arboles, dijiste? ¡Va a ser increíble!

No tardaron en llegar. Candy se movía por las ramas con la agilidad de un mono, dejando atrás al pobre Alistear.

—Listo, llegamos. Aquí es en donde nos separamos.

—Muchas gracias, Stear. Nunca podré agradecértelo.

—Ojalá nos volvamos a encontrar alguna vez, muchachito.

— ¿Por qué me llamas así?

—Entras en la descripción.

—Bueno, entonces espero verte de nuevo.

Así fue como Alistear se unió a Candy y su hermano por las tardes. Formaban un equipo estupendo; la niña rubia se convirtió en el único consuelo, alivio y diversión en su monótono estilo de vida.

Pero sin lugar a dudas, se sentía un millón de veces más unida a Anthony Brown-. Tan increíblemente caballeroso, tierno y bondadoso, se convirtió en el mejor amigo que pudo haber tenido.

Candy corría como alma que lleva al diablo, escapando de la casa de los Leagan, rota por el llanto y el dolor de su corazón.

—Maldita huérfana arrastrada —le había dicho Eliza minutos antes—, eres solo un lastre y una carga. Ahora entiendo porque ni tus papás te querían. Nadie va a amarte nunca, no vales nada.

Normalmente no permitía que las palabras de cualquier persona la hirieran, pero en ese caso ocurrió una excepción: le pegó en su punto débil.

«Tiene razón. Aunque me lastime, no se equivoca»

Cansada y derrotada, se dejó caer en la hierba en un lugar desconocido. Por primera vez desde que llegó, se largó a llorar con verdadera amargura.

—No llores, por favor, pecosa —recordaba haber escuchado a un niño rubio, a unos metros de ella. Iba vestido de manera elegante, sonriendo y sosteniendo una hermosa rosa roja entre sus manos. Sin espinas.

Levantó la mirada. Estaba contemplando a un príncipe.

— ¿Qué no sabes —le preguntó, acercándose— que cuando ríes eres más hermosa que cuando lloras?

—Oh… Sí. Lo sé —respondió, secándose la cara con ambas manos.

El infante soltó una larga carcajada, potente y fuerte que resonó por el territorio. Tenía un timbre precioso.

—Mírate; ¡tienes el rostro cubierto de barro! —Indicó.

— ¡Parezco carbonera! —Respondió ella, siguiéndole con las risas. De inmediato, Anthony sintió una dulce calidez abriéndose paso por su pecho.

— ¿Por qué estabas tan triste, pequeña llorona? —Inquirió él, una vez que se hubo calmado.

—Es una tontería.

—Vamos, cuéntamela. Seamos amigos.

—Claro.

Y la niña le contó todo. Sobre su adopción y los Leagan, sobre la vida que llevaba y la debilidad que a veces se apoderaba de su espíritu.

—Eliza está celosa —respondió Anthony, sentado a su lado.

—No debería estarlo. Tiene todo para ser feliz.

—No, no lo tiene todo. Además, eres muy amable, linda e inteligente. Archie dice que lo enseñaste a trepar árboles.

— ¿Conoces a Archie?

—Es mi primo, como Stear. Al principio no pensé que serías tú, pero eres tal cual te describió.

— ¿Un muchachito entrometido?

—Iba a decir hija de los Leagan.

—Te lo repito. No. Soy. Su. Hija.

—Está bien, Candy, entiendo.

—Es injusto. Tú sabes mi nombre, pero yo no el tuyo.

—Soy Anthony, tu nuevo compañero.

—De acuerdo.

—De acuerdo.

Callada y silenciosamente, los muchachos se enamoraron de Candy, cada uno de distinta forma. Y juraron protegerla de todo y todos hasta el final de sus días. Se hicieron los paladines de la pequeña.

En una ocasión, Eliza y Niel le tendieron una trampa, macabra y horrible para tener la edad que tenían. Niel quería a Candy, pero su forma de demostrarle afecto era completamente equivocada. Y además aborrecía la atención que los chicos, sus primos, le prestaban.

Y Eliza la odiaba. No se trataba de un choque de personalidades infantiles, no. Su rencor era superior, llegó a detestarla y lo que guardara relación con la niña. Por envidia, porque era todo lo que deseaba ser.

La acusaron de ladrona frente a la tía abuela y con pruebas de ello. No era verdad, Candy jamás haría algo como eso.

La enviarían a México para trabajar en una mina forzada, en donde de seguro moriría o terminaría en condiciones peores. Le quitaron el apellido.

Para evitarlo, Anthony, Stear y Archie le escribieron a su tío abuelo William, rogándole que adoptara a la chica como parte de la familia Andrey.

La respuesta no tardó en llegar: un rotundo sí.

Esos tres chicos no sólo eran sus amigos, sus primos adoptivos: eran sus hermanos, la tabla de salvación en medio de un furioso mar.

En quince minutos exactamente, George y Candy descendieron del avión. Mientras el hombre iba a por las maletas, ella buscó con la mirada a los muchachos.

Hasta que escuchó una voz conocida.

— ¡Eh, chiquilla! —Gritó Stear.

Sintió su pecho hincharse de alegría. Ahí estaba él. Sin poder evitarlo, extendió los manos y se echó a correr tras ellos.

Cuando sintió los brazos de Archibald, Alistear y Anthony rodearla, un único pensamiento llegó a su cabeza.

Es mi casa.

— ¡Estoy aquí! —Exclamó emocionada—. ¡Hey, hola! Los amo…

—Oh, mi dios. ¿Escucharon eso, chicos? ¡Dice que nos quiere! ¿Deberíamos hacer una fiesta o qué onda?

—Tonto —le dijo Candy a Stear, golpeándolo ligeramente en el hombro.

—Estaba bromeando —contestó, separándose para besarla en la mejilla. Estaba muy alto, pero seguía siendo el mismo niño que conoció años atrás.

No quería alejarse de ellos como en esos cuatro meses.

—Y te amo, también —agregó Anthony, estrechándola contra su cuerpo como si quisiera fundirlo con el de Candy. De pelo dorado y ojos azules como el cielo, resultaba muy atractivo—. Los tres lo hacemos.

—No vuelvan a irse… si lo hacen los castraré, es una promesa.

—Entonces creo que nos quedaremos un largo rato a molestarte —la incitó Archie.

—Sí, la vida es un asco sin cierta psicópata amante de los árboles a la cual molestar —agregó Archie, tocándole la frente con un dedo.

—Tienen razón. ¿Entonces volvió el equipo Andrey?

—Siempre estaremos juntos, Candy —Anthony, considerablemente más alto que ella, se inclinó para besarla cerca de la comisura de los labios.

Ella sonrió, volviendo a unirse con los tres.

—Mierda santa. Están guapísimos —comentó en un tono pícaro, retrocediendo para admirarlos—. Guau, podría cometer incesto y morir condenada por ustedes, muchachos.

—Bueno, querida mía —reverenció Archie—, prácticamente no sería incesto, ya que sólo compartimos relación legal.

—No mates la diversión, tonto.

—Lo que el idiota de mi hermanito quiere decir es que estamos abiertos a citas y bailes de bienvenida, primita.

—No lo dirás en serio, Archie. ¿Por qué no van y ayudan a George con el equipaje? Pobre hombre —dijo, apuntando al empresario, que hacía malabares con las maletas, a punto de caerse y derribar a una anciana—. Yo necesito ir a comprar algo a la cafetería. En el avión dan comida para perro.

—Exagerada —la reprendió Stear cariñosamente.

—Volvemos en un minuto, Candice-Chan.

—Me quedaré a acompañarte, guapa —se ofreció Anthony, plantándose con testarudez a su lado.

—Necesito estar sola un minuto, ¿sí? Los veré después, búsquenme.

Aunque refunfuñando, aceptó.

La cafetería del aeropuerto ofrecía alimentos digeribles. Candy pidió una hamburguesa doble y una coca-cola, sin importar que fuesen las once de la mañana y no se tratase un desayuno saludable. Se moría de hambre.

Sentándose en una banca algo dura, comenzó a llenarse la boca de la chatarra, pensando en lo afortunada que era por estar en Inglaterra por fin, con quienes adoraba y a punto de estudiar en el colegio internado más prestigioso del mundo.

En silencio elevó una plegaria a dios.

A punto de acabar se percató de la presencia de alguien. Un chico para ser específicos.

Parecía ser un año mayor que ella, y era caliente como el infierno. Podía describirlo con una palabra: hermoso. No del tipo de belleza de Anthony (serena y delicada), poseía rasgos fuertes, pero suaves al mismo tiempo. Varonil y atractivo y de abundante cabello del color castaño le cubría la cabeza, una melena algo larga, con un flequillo cayéndole por la frente. Tenía la piel blanquísima, como si jamás se bronceara o tuviera el mínimo contacto con el sol, vestía completamente de negro, con rasgos aristocráticos que le recordaron a un dios de la mitología griega.

Sus ojos fueron los que le llamaron la atención. Observaban un punto en el vacío y eran azules, de un tono intenso, como el mar o dos brillantes zafiros, rebosantes de tristeza, enrojecidos e inflamados por el llanto, derramaban gruesas lágrimas saladas.

—¿Por qué lloras? —Las palabras se le escaparon de la boca antes de poder detenerlas.

Por primera vez, la miró con fijeza. Muy intenso, fuerte e intimidante. Candy se sintió abrumada.

—No estoy llorando —gruñó en respuesta. Voz pausada e increíblemente blanda, como la seda.

—Ajá. Engaña a tu abuela.

—Que no lo hacía.

—Sí, claro.

—En serio.

—En serio.

La adolescente sonrió, dándole una gran mordida a su hamburguesa. La situación era rara y divertida.

—Da igual. ¿A ti qué te importa? —Inquirió el joven con brusquedad, aunque vulnerable al mismo tiempo.

—Me gusta ayudar a los desvalidos y tú pareces uno, lo mires por donde lo mires. Ese gran llanto te delató.

—Ya te dije, terca, que no estaba llorando.

— ¿Y por qué tienes los ojos rojos, entonces?

Su contestación no tardó en llegar. Él se secó las lágrimas disimuladamente, esbozando una mueca burlona.

—Porque fumé yerba.

El muchacho imaginó todo tipo de reacciones posibles: violencia, gritos, que lo mandara a la mierda por grosero… pero no una sincera y larga carcajada.

—Qué mala educación no invitar.

Sin saber la razón, también se echó a reír. Enérgico y como nunca lo había hecho, sintió la tensión que acumulaba aflojarse lentamente. La tristeza quedó en segundo plano y se tardó en recobrar la compostura.

—Nunca te había visto por aquí. ¿Eres americana?

—Sí, el acento me delata…

—No, es que las inglesas nunca son tan frescas como ustedes —comentó en un susurro encantador.

—Lo sé, somos perfectas —en ese preciso momento, la cancioncita pop de One Direction (¿cómo se llamaba? ¿Best day ever?) cambió, siendo remplazada por un increíblemente poderoso y buen tema: Boys don't cry—. ¡Joder, amo esa canción!

— ¿Te gusta The Cure?

—Me parece que el verbo "gustar" no alcanza a describir lo que siento cuando escucho a esta banda. Cada uno de sus temas parece subirme el ánimo al cien, como si las letras…

—… estuviesen escritas especialmente para ti, sí —finalizó su nuevo amigo, trazando poco a poco una sonrisa.

—Exacto. ¿Qué más te gusta oír? Si dices que de todo un poco, te arrancaré los ojos y haré que te los comas.

—Buena amenaza, pero no soy un retrasado —se encogió de hombros—. A veces los clásicos: The Beatles, Oasis, Rolling Stones… Lo contemporáneo: My Chemical Romanace, Lifehouse, Imagine Dragons, Death Cab For Cutie.

—Si algo debo admitir, es que tienes buen gusto. ¿Escuchas a Death Cab? Es quizás mi banda indie favorita. ¿Cuál es la canción que más te mola? Para mí es I will follow you into the dark.

Love of mine, someday you will die —tarareó el chico, moviendo un poco la cabeza.

But i'll be close, behind. I'll follow you, into the dark [1] —canturreó Candy—. La conocí por Ghostgirl.

—Muy influenciada por Tonya Huerley, lo noto. Leí ese libro hace como siete años.

—Yo también, fue una de las primeras novelas que me leí completas, así que le guardo mucha nostalgia.

—Comprensible.

—Pero aún no contestas mi pregunta.

Someday you will be loved.

Los ojos verdes de Candy se iluminaron con un brillo especial al escuchar el título.

— ¡Mierda, cada minuto me caes mejor! Tiene una letra preciosa…

—Así es. Especialmente esa parte… But I know your heart belongs to someone you've yet to meet. [2]

—Ajá. Debería ser himno nacional de la adolescencia —bromeó ella—. Y a toda esta perorata, ¿cómo te llamas?

— ¿No sabes quién soy?

Parecía confundido de verdad. La magia se había roto en cuanto ella hizo pregunta. Frunció el entrecejo.

—Nop. Di que eres hijo del rey de Inglaterra y juro que me mato.

—Casi, pero no.

— ¿Casi?

— ¿Señor? —Interrumpió un hombre de traje con aspecto estirado, más viejo y serio que George—. Debemos irnos, lo están esperando.

—Claro, Rick. Sólo necesito un momento.

—Espera, ¿te vas?

—Sí, asuntos importantes —la miró, poniéndose de pie. Era tan alto como Anthony—. Hasta pronto.

—Sin decir tu nombre.

—Lo sabrás de todas formas. Honestamente, fue un placer conocerte y haberme topado contigo, señorita pecas.

—No me llamo así —replicó Candy, haciéndose la ofendida.

—Lo sé, pero a partir de ahora te rebautizo como la señorita pecas.

—Deja de decirlo.

— ¿Por qué? Tienes la cara cubierta de ellas. ¿Seguro que no robaste todas las existentes en el mundo?

—Mocoso malcriado.

— ¿Me estás desafiando?

—Por supuesto.

—Por supuesto.

—Hasta siempre, pecas.

Sin decir otra cosa, el muchacho desapareció con ese porte elegante digno de la realeza, dejando en Candy un sentimiento extraño, de plenitud que sólo conocía con sus primos.

— ¡CANDICE WHITE ANDREY! —Gritó Stear agitado. Tras él estaban Archie y Anthony, con la misma expresión asustada.

—Hey, hola. Pronto acabaré de comer.

—Tonta —Archie se llevó las manos a la cintura, como una madre regañando a sus hijos.

—Boba —afirmó Tony.

—Imbéciles.

—Candy, cariño. Dime, ¿estabas platicando con ese tipo, el de ropa negra? —Inquirió Alistear.

—Con el que se acaba de ir, sí. ¿Por qué?

—Por favor, asegúrame que no te dijo nada malo. Hazlo, por amor a cristo y la virgen —suplicó Anthony.

—Bueno, me parece que bromear diciendo que fumó marihuana no es malo.

Archie maldijo entre dientes.

—Linda, cuando lo veas en el colegio, júrame por los santos que no le dirigirás la palabra.

—No, ¿va a nuestra escuela? —Preguntó emocionada.

—Candy, promételo.

— ¿Por? Es bastante genial, me cayó muy bien. ¿Sabes cómo se llama? No quiso decir su nombre.

—Terrence Grandchester—dijo Anthony de mala gana.

—Oh. Su apellido me es vagamente familiar. Podría asegurar que lo escuché en algún lugar.

—Obviamente, mi vida —sonrió Archie—. Su padre es el gran Duque de Grandchester y él es el heredero. Además poseen empresas súper importantes con auge en treinta países. Podría decirse que controla la economía de Inglaterra.

—Estás de joda. No lo hubiera imaginado. Y sigo sin comprender porque debo mantenerme un millón de metros lejos de Terry.

—Es una mala influencia. La madre superiora no lo soporta y lo expulsaría hace tiempo, de no ser por su papá, que sostiene el internado. Se escapa del colegio, falta a clases, bebe y les rompe el corazón a las chicas. Intentamos protegerte.

—Eso no va a pasar conmigo. Tampoco es como que me enamore perdidamente de Terrence.

—Tan sólo haz lo que te decimos, Candy —murmuró Stear.

—Escuchen los tres. Los amo, mucho. Pero no pueden controlar mi vida ni decirme a quién debo ofrecerle mi amistad, ¿ok? Gracias por querer lo mejor para mí, pero denme un respiro. ¿Bien?

—Bien.

Candy sonrió una vez.

Terrence Grandchester miraba por la ventanilla del auto. Las calles de Londres pasaban con rapidez frente a sus ojos azules, casi podía sentir las miradas escrupulosas de la gente.

Pero él no prestaba atención. Sólo podía verla a ella.

Era cálida, tan bonita y fresca como un día de verano. De complexión delgada, pequeña como un duende y cintura diminuta. El pelo era largo, hasta el final de la espalda, rubio igual que el sol. Con amplia sonrisa, ojos verdes con destello… ¿dorado? Sonreía con amplitud, mostrando todos los dientes, lo que la hacía parece más hermosa y real. Y esa cara… cubierta de pecas como un dálmata.

Poseía una aguda inteligencia, lo notó en el resplandor de su mirada tan honesta, que lo observaba a él, sólo a él.

No a su título de noble, ni tampoco a la cantidad de dinero que heredaría, no al ducado y el total de beneficios que éste traía. Solamente a Terry y lo que conllevaba, su gusto musical, su personalidad.

Y fue la única persona que pudo hacerlo reír de nuevo, que le hizo olvidar por un momento la razón de su pesar, con frases inteligentes, mordaces, amabilidad innata, entusiasmo e inocencia puros. Se mordía el labio constantemente, provocándole espasmos de deseo.

Le gustó. Esa diminuta señorita le provocó un efecto que nadie más lo había hecho, ninguna otra mujer: la ansiedad de volver a encontrarse con ella.

Sintió algo en el pecho, una emoción que hace tiempo no experimentaba. El placer de sentirse lleno por fin, de saber que no estaba solo, que aún existían personas en el mundo que valían la pena.

«Si la vuelvo a ver… será mía»


[1] I will follow you into the dark –Te seguiré en la oscuridad.

Love of mine, someday you will die –Amor mío, algún día morirás.

But I'll be close, behind –Pero estaré cerca, detrás

I'll follow you, into the dark

[2] Someday you will be loved –Algún día serás amada

But I know your heart belongs to someone you've yet to meet –Pero yo sé que tu corazón pertenece a alguien más que habrás de conocer.

N/A

Hola, espero que este primer capítulo les guste tanto como a mí. Escribirlo fue un placer, y compartirlo con ustedes aún más. Por favor, escuchen esas canciones (traducidas, para que le encuentren significado), son preciosas y no muy conocidas. No olviden dejar un review si les gusta, es mi única paga.

Hasta la próxima.

Fati-Chan.