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Los chicos sí lloran

Anthony Brown fingió poner atención a su clase. Se reía de las bromas del sacerdote, asentía o negaba con la cabeza de vez en cuando y mantenía la vista clavada en el frente.

Sin embargo su mente vagaba en otro lugar, no muy lejos de ahí. Encontró a Candy hablando con Terrence Grandchester, el aristócrata. ¿Lo peor de todo? Que ella se veía feliz y tranquila, sonreía, bromeaba a su lado y conversaba de temas bastante profundos con él, el muchacho más rebelde e incomprendido del colegio.

Y Terry… estaba encantado al lado de su chica traviesa. Le brillaban los ojos, parecía otra persona.

—Ya veo, justo ahora se siente así: calma y plenitud —recordaba que había dicho el futuro duque.

—Totalmente —respondió su prima.

Después, como una oración de complicidad, los dos contestaron su frase:

—Por supuesto.

—Por supuesto.

Luego de escuchar gran parte de la conversación que sostuvo la señorita Andrey con Terrence, no pudo soportar seguir presenciando la atmosfera intima que se formó entre ambos. No le quedó más remedio que interrumpir antes de que su pesadilla se volviera realidad.

Candy no. No podía gustarle ese arrogante. ¡Le pertenecía, era suya desde la primera vez que la vio!

De niños, era linda, adorable y lista. Pero los años pasaron y ella se transformó poco a poco en una joven hermosa, con ideales firmes y una inteligencia que superaba con creces a la de cualquier persona.

¿Por qué iba a llegar alguien más a robar lo que consideraba de su posesión? Candy, ingenua como siempre, pensaba que todas las personas eran perfectas. No era capaz de notar segundas intenciones.

Terrence obviamente jamás se conformaría con una simple amistad al lado de la rubia, sin importar que se hubiesen conocido hace tres días.

Su deber como primo era protegerla de los que quisieran aprovecharse de ella, de cualquiera que se le acercara a buscar otra cosa.

Y además, ¿cómo olvidar la promesa que se hizo a sí mismo antes de ir al colegio? La tía abuela organizó una fiesta de despedida para sus sobrinos, una reunión impresionante y elegante a la que asistirían las personas importantes de Chicago, incluidos los Leagan.

Anthony, Alistear y Archibald se dirigieron a la habitación de Candice para recogerla.

—Despacio, nada de apurarse —dijo Stear en ese entonces, tocando con los nudillos a la puerta de la adolescente—. Candy, es hora de comer.

Los tres estaban emocionados, vestidos con sus trajes de gala. En el fondo de su corazón, Tony deseaba que Candy se diera cuenta de que, a sus dieciséis años, había dejado de ser un niño.

—Venimos a acompañarte.

— ¿Puedo entrar, señorita Andrey?

—Adelante.

—Aquí estam… ¡Oh, dios, qué hermosa! —Gritó el inventor al mirarla en el umbral. Se vio obligado a ajustarse las gafas y tragar saliva.

— ¡Soberbia! —Exclamó Anthony, aunque esa palabra nunca sería suficiente para describir el aspecto de Candy.

—Quiero verla… ¡Qué preciosa!

Usaba un vestido verde, entallado y con corte de sirena que tenía un bordado en la espalda y joyas falsas en el pecho. Resaltaba su figura, las curvas que poseía y esa cintura tan estrecha. En ese momento, con los zapatos altos, el cabello arreglado con listones verdes y sus preciosos ojos esmeraldas brillando, no pudo evitar pensar en la mujer que se había convertido.

Además, se parecía muchísimo a Rosemary, su madre.

En ese momento juró conservarla para siempre, sin importar las dificultades que se pusieran en su camino. Tarde o temprano él cumpliría la mayoría de edad para convertirla en su esposa, y ella sería una digna representante de la familia.

Pasar el resto de su vida a su lado… La perspectiva lo llenaba de ilusión.

Ahora que estaba cerca de su cumplir su meta, nadie (ni siquiera un malcriado) lo alejaría de Candice Andrey.

Sin embargo, no había pensado en algo. ¿Y si ella era quién no lo quería?

—Te juro que no entendí nada. ¿Seguro que no estaba escrito en griego? —Le preguntó Candy a Patricia, masajeándose las sienes después de una larga clase de álgebra.

Las matemáticas y ella se peleaban todos los días.

—Bueno —se rio la castaña—, sí que lo estaban. Algunas letras; alfa, omega.

—No, no en griego. Sino en otro idioma más difícil. ¿Coreano? ¿Elfico?

—A veces tienes unas ideas… —Patty negó con la cabeza, totalmente divertida.

Después de la escenita que Anthony le montó en la cafetería, no había visto a Terrence. Tal vez él estaba molesto, y si ese fuera el caso, no pensaba ceder y dirigirle la palabra con facilidad. Su orgullo podía alcanzar niveles extremos cuando la hacían enojar.

— ¿Por qué no quitan esa materia? Le harían un gran favor a la humanidad; se ahorrarían mil dolores de cabeza.

—Candice, es algo muy necesario. —La sermoneó.

—Sigo esperando el día en que compre mangos en la calle y el vendedor me diga: "En un momento te doy la cuenta, niña. Sólo permíteme calcular cuánto es a³ - 3ab²."

—Tal vez tienes razón. Pero es divertido resolver todas esas ecuaciones —comentó Patty.

—Divertido para un mártir —murmuró Candy. Definitivamente, Patricia O'Brien y Stear Cornwall harían una pareja excelente. La rubia los imaginó juntos, hablando sobre fórmulas químicas, la tabla de los elementos y cómo calcular la velocidad que recorre una ardilla con pantalones en una pista de hielo.

—Mira nada más quién está ahí.

Las dos chicas se detuvieron en seco al escuchar esa voz, que denotaba una cantidad de veneno increíble para tratarse de una joven tan hermosa.

Ahí estaba Eliza Leagan, rodeada como siempre de un grupito de seguidoras con la misma expresión de envidia y amargura que las caracterizaba. La señorita Andrey tragó saliva, pero le sostuvo la mirada con fiereza semejante.

Eliza había madurado físicamente, pero seguía conservando los rasgos que la distinguían, el cabello rojo le caía en elegantes bucles por el cuerpo, los ojos marrones brillando con un destello espantoso. Poseía una belleza mortífera; era una bruja hermosa, pero malvada.

—Hola, Eliza.

—Candy. —Respondió, fingiendo una sonrisa amable—, escuché que llegaste ayer, lamento no haber pasado a saludarte a tiempo.

—Lo importante es que estoy aquí, Eliza. Las dos estudiaremos en el mismo internado, ¿no es una noticia fantástica?

—Claro. Increíble. Como te extrañé tanto…

—Me encantaría decir lo mismo. —ironizó la rubia.

—Pero que mala educación tengo, permíteme presentarte a las demás —dijo, separándose de su grupo. Patricia parecía temblar a su lado.

—No es necesario. Tarde o temprano nos conoceremos.

—No importa. Chicas —replicó, ignorándola olímpicamente—, ella es Candy Andrey, mi prima de Norteamérica.

— ¿Qué hay? —La adolescente hizo la señal de paz hippie, intentado olvidar su repentino temor.

Obviamente, Eliza planeaba algo para humillarla frente a la escuela

Todas contestaron entre voces.

—Fue adoptada por nuestro tío abuelo William hace seis años, ¿cierto, Candice?

—En efecto, por si aún les quedan dudas —confirmó ella, mirándose las uñas. De inmediato se desató el caos entre las amigas de Eliza.

—Dios. ¿De verdad eres adoptada? —Inquirió una.

—No pensé que sería cierto —agregó otra. Candy no sabía si era su imaginación, pero le pareció verla formar una mueca de asco—. ¿Todavía existen los huérfanos?

—Lo sé, soy toda una rareza: admírenme, quizás después se me antoje cobrarles. Aprovechen cuando aún es gratis.

—Muy graciosa, Candice. Siempre has tenido un sentido del humor extraño, incluso cuando mis padres te adoptaron…

— ¿Era tu hermana, Eliza? —Inquirió otra chica, llevándose las manos a los labios con sorpresa y espanto.

—No, no —soltó una carcajada burlona, como si la idea le resultase cómica y aterradora—. Mis padres la adoptaron por lástima y caridad.

—Cierto. Deberían canonizarlos, en especial a tu mamá, santa mujer, bondadosa, paciente y amable —dijo Candy con sarcasmo, pero las amigas de Eliza, que poseían el cerebro de un mosquito, no lo notaron.

—Concuerdo contigo. ¿Y no he mencionado, que además trabajó en nuestro establo?

— ¡Establo! Ahora entiendo porque huele a caballo.

—Sí, es tan desagradable.

—Oigan, sigo aquí —replicó la pecosa ofendida—, ¿saben qué es más desagradable aún? Hablar mal de alguien cuando ni siquiera la conocen.

—Incluso dormía ahí, ¿pueden creerlo? Compartiendo con los animes… después de todo, es el lugar al que pertenece.

— ¡Eliza! —Exclamó Patricia, totalmente horrorizada por la situación. Aunque Candice aparentaba fuerza, la chica de lentes notó como sus mejillas se teñían poco a poco de un rojo intenso.

—Déjala, Patty.

—Pero, claro: ¿qué se puede esperar de una chica que fue abandonada por sus padres?

—Digo lo mismo. ¿Qué puedes pensar de una amargada y egocéntrica que no sabe hacer otra cosa más que meterse en la vida de otros porque la suya es bastante vacía?

—Y todavía no he agregado que intentó asesinar a una persona.

Se escucharon grititos de asombro por parte de los espectadores. Patricia comenzó a sudar frío y Candice se puso pálida.

— ¿Qué estás diciendo, Eliza?

— ¡Tú trataste de matar a Anthony! —La acusó, señalándola con un dedo—. Y no te atrevas a negarlo, ¿o acaso no lo olvidaste, en la cacería del zorro?

Candy lo recordaba. Había pasado medio año desde entonces y evitaba las memorias de ese acontecimiento.

Era otoño y los dos se separaron del resto. Cabalgaron durante una hora hasta llegar a un terreno desconocido. Se percataron de la presencia del zorro cuando el caballo de Tony se movió violentamente, y su pata quedó dentro de una trampa. El animal bufó, relinchó y Anthony cayó con fuerza, golpeándose en la nuca.

Fue un milagro que no falleciera en ese accidente, sin embargo pasó varias semanas en coma.

Desde ese día, la señorita Andrey les temía a los caballos.

— ¿Cómo eres capaz de acusarme de algo semejante? ¡Yo no tuve la culpa de eso!

—Claro que la tienes. Eras la única que estaba a su lado y siempre has sido una huérfana agresiva y maleducada.

— ¿Entonces, si lo intenté matar, porque él sigue dirigiéndome la palabra?

—Eso es porque utilizas artimañas sucias para engatusarlo. No sabemos con qué clase de trucos los embrujas —soltó.

—Pero hay algo que no comprendo: si tú eres una jovencita refinada, inteligente y decente, ¿por qué Anthony apenas soporta tu presencia?

—Cállate, estúpida.

— ¿Duele, verdad? Saber que una sucia dama de establo tiene lo único que no puedes conseguir.

En ese punto, Eliza estaba a punto de explotar de rabia, así que decidió no perder la compostura y se dirigió a Patty:

—Patricia, perteneces a una buena familia y eres una excelente estudiante, elije mejor a tus amistades. Ven con nosotras, no te conviene ser amiga de alguien similar —Finalizó mirando a Candy con desprecio.

—No, gracias. Prefiero juntarme con alguien que fue pobre —dijo, rodeando a la rubia en un abrazo—, pero honesta y no con una señorita de sociedad que es hipócrita.

—Vamos, Patty. Hasta pronto, amores. —Se despidió Candy, agitando una mano al lado de la gordita.

Una vez lejos, la miró, tomándola de los hombros.

— ¿Qué pasa?

—No tenías por qué hacer eso. Estar conmigo es prácticamente un suicidio social, en especial si Eliza es la mosca reina.

—Abeja reina —la corrigió Patricia.

—Da lo mismo. ¿Quieres darme un abrazo? —Sin esperar respuesta, la jaló contra su cuerpo, riéndose por lo bajo—. Gracias por esto, aunque nos conocemos de un día.

—Eso no importa. Dicen que los ojos son las ventanas del alma, y la tuya me dice tantas cosas…

—Que tú no aceptes el veneno de Eliza te convierte en alguien increíble para mí. Eres muy especial, Patty.

—Deja de decir eso. Tengo la cara caliente.

Esa fue la confirmación de una amistad muy fuerte entre Candy White Andrey y Patricia O'Brien. Ninguna de las dos estaba dispuesta a romper el lazo que las unió irremediablemente.

Una semana después de su encuentro con Terrence, Candy no había vuelto a hablar con él.

Aunque compartían mesa en literatura, el muchacho la ignoraba, ni siquiera le dirigía la palabra o se atrevía a mirarla. Y los días pasaban, pero tampoco ella dio su brazo a torcer. ¡Sólo conversaron dos veces y no fue la gran cosa! ¿Por qué iba a pasar su tiempo libre pensando en Terry?

—Necesito ver a mis primos —le dijo a Patty mientras las dos hacían la tarea en su habitación—. ¿Sabes cómo puedo entrar al dormitorio de los chicos?

— ¿Estás loca? —Le preguntó una gordita alterada. Acto seguido; se persignó repetidas veces—. ¡No puedes entrar ahí nunca! Si la hermana Grey o algún maestro te llegase a ver… puedes considerarte expulsada.

—Que amargados son todos en este colegio —susurró—. Me enviaron una carta, quieren que los visite.

— ¿En serio? Pero no entiendo cómo vas a hacer para llegar hasta ahí sin que nadie te vea.

—Ya pensaré en algo, incluso te traeré chocolate y galletas si puedo, ¿sabes cuánto extraño comer dulces?

—Lo imagino —sonrió Patricia—, yo te cubriré, no te preocupes. Sólo ten cuidado.

—Lo prometo. Pero ahora que recuerdo —el rostro de Candy se transformó en una mueca pícara—, traje la cuerda con la que solía trepar árboles en Nueva York.

—Imposible, ¿no es algo arriesgado?

—No para alguien que lleva toda la vida moviéndose entre las ramas —explicó entretenida, sacando la soga de una de sus maletas—, volveré en un rato, Patty.

—Si te quebras una pierna…

—Será mejor para ustedes, me tendrán quieta un buen rato —bromeó—. Hasta pronto.

Abrió la puerta de su balcón, encontrando un panorama solitario, las luces apagadas y la noche negra. Ni siquiera salieron la luna y las estrellas, como si se hubiesen confabulado para ayudarla.

— ¡Aquí voy! —Susurró emocionada, lanzando la cuerda hasta que ésta quedó atada en un tronco cercano. Feliz con el resultado, subió a la barandilla y saltó en picada, transportándose entre los árboles con la maestría de un mono. Contuvo los gritos de alegría al sentir el viento en su cara, la momentánea libertad.

En medio de la negrura logró distinguir una luz amarilla que parpadeaba, encendiéndose y apagándose cada tres segundos. Esa era la habitación.

—Candice, por aquí —murmuró Archibald en un tono bastante bajo para que lo escuchara—. Fíjate por donde…

— ¡AY! —Exclamó cuando cayó sobre su trasero en el duro piso. Se quejó silenciosamente, sobándose la zona adolorida—. Para la próxima no olviden ponerme un colchón o algo parecido.

—Lo pensaremos. Ven, te ayudaré a levantarte —dijo Stear, tendiéndole una mano.

La joven sonrió al contemplarlos. Los veía todos los días, pero nunca tenían oportunidad de hablar sobre lo que querían con tantas personas vigilándolos.

—Entra antes de que alguien te vea —intervino Anthony, poniéndole una mano en la espalda.

Una vez adentro, le sirvieron té y unas galletitas rellenas de crema que escondían debajo de la cama. Fue divertido volver a platicar como en los viejos tiempos.

—No entiendo álgebra, soy malísima con historia —se quejaba la joven—, y además la semana pasada la profesora de español me sacó del salón porque estaba "peleando" con Eliza.

—Escuché que tuvieron problemas cuando llegaste al colegio —agregó Stear.

—Bueno, nos peleamos —admitió avergonzada—, ella me dijo cosas horribles y no podía pasarlas por alto.

— ¿Qué fue esta vez? —Preguntó Anthony, planeando aclararle unos cuantos puntos a Eliza.

—Ya sabes: mi condición, que soy adoptada y eso.

—No tienes por qué preocuparte, Candice. Esa chica siempre es así. ¿Fue lo único que te echó en cara? —Inquirió Archie.

—También sobre el accidente de Tony.

El silencio reinó en la recámara. El rubio sonrió, atrayendo a Candy contra su costado.

— ¿Sigues recordando eso, llorona? Me cansé de repetirte que tú no tuviste la culpa de lo que ocurrió.

—Sí, pero casi moriste y yo no pude hacer nada.

—Deja de pensar así. Claro que hiciste algo, te pusiste a gritar mi nombre y llorar. ¿Sabes? De alguna forma, oírte, pensar en ti, en Stear y Archie, fue mi consuelo para no irme de este mundo.

—Así es, primita —la reconfortó Archie—, no te atormentes por eso. Al final, este idiota sigue vivo.

—Imagino lo que hubiera sucedido si Anthony no hubiese resistido un poco más.

—Lo hizo, es lo único que importa. —Finalizó Stear.

De repente, la computadora que ocupaba el escritorio emitió un pitido semejante a una alarma.

— ¿Qué está ocurriendo?

—Diablos —maldijo Archie a la pantalla. Sus ojos se movían para leer el mensaje que recibió—. Es ella de nuevo.

—Oh, no. ¿Tu acosadora volvió? —Anthony se giró para mirarlo con una expresión de burla.

—Desgraciadamente, pensé que me dejaría en paz un tiempo.

—Me perdí. ¿De qué están hablando?

—Cupido flechó a nuestro querido y pequeño Archie. —Explicó Stear, lanzándole un almohadón a su hermano.

—Flechó a esa tipa, no a mí.

—Increíble, ¿quién es la afortunada?

—Annie Britter, ¿la recuerdas? Vive en Colorado, la millonaria tímida tiene un enamoramiento que roza la obsesión con Archibald —le dijo Tony.

— ¿Annie?

La respiración de Candy se volvió superficial. La conocía incluso más que a sí misma.

Ambas se criaron en el mismo orfanato, el hogar de Pony, incluso las encontraron juntas. Aun cuando usaban pañales se convirtieron en las mejores amigas que alguna vez existieron.

Candy la quería mucho, se convirtió en su hermana de corazón. «Siempre juntas» ese era su mantra.

Un día, Annie estaba deprimida por no tener a sus padres. Candy intentó de todo para ayudarla, así que decidió organizar un picnic en su honor.

Robaron vino de la señorita Pony, pan, queso y fruta de la cocina. Consiguieron tomar prestada una carreta y juntas se encaminaron hacia una especie de lago en donde comieron y se divirtieron.

Casi murieron ahogadas esa mañana, de no ser por el señor Frederick Britter, que las rescató, llevándolas a su mansión.

Les dio ropa limpia, las invitó a dormir cuando comenzó a llover. Pasearon en caballo y a Annie se le ocurrió la idea de que quizás podrían ser adoptadas por el hombre sin hijos.

Candy huyó de la casa esa misma noche, sin poder soportar el egoísmo de su amiga y que olvidara la promesa de estar juntas toda la vida.

Todavía recordaba como Annie apareció en el hogar de Pony antes del amanecer, calada hasta los huesos y asegurando no querer al señor Britter como padre.

Sin embargo, él quedó prendado de la belleza y encanto de la rubia pecosa, que no podía vivir sin trepar a un árbol. Planeaba adoptarla.

¿Cómo iba a dejar sola a Annie, la cobarde y llorona, que con lágrimas surcando su bonito rostro de muñeca le suplicó que no la abandonara?

El día en que Elizabeth y Frederick arribaron en el orfanato para conocer a Candy, ésta hizo todo lo posible para que se decepcionaran de ella.

No lo consiguió, pero Elizabeth comprendió la renuencia de la niña a querer formar parte de su familia, por lo que tomó a Annie como segunda opción.

No rechazó la propuesta, obviamente. No podía hacerlo, jamás sería lo suficientemente altruista o tonta como para desperdiciar la oportunidad de tener una familia de ricos y padres cariñosos.

Dejó sola a su hermanita y tres meses después, dejó de llamarla y escribirle, argumentando que su madre no deseaba que nadie, por ningún motivo, se enterara de su relación con ese lugar.

Cortó toda comunicación y volvió a verla tiempo después, en casa de los Leagan.

Los Britter mantenían buena relación con los Andrey, así que Elizabeth visitó junto con Annie a la señora Leagan y sus hijos.

La chica fingió no conocer a Candice. Eliza y Niel no desperdiciaron momento alguno para humillarla, y después, cuando decidieron que era hora de montar, Niel cogió una espuela del establo y con eso molestó al caballo de Annie para que saliera descarriado y enfurecido.

Inculparon a Candy, como era de esperar. Pero ella era noble y no guardaba rencor: subió a otro caballo y corrió tras su amiga para rescatarla.

—Lo siento mucho, Candice —le había dicho lejos de la mansión, luego de que la salvara. Las dos estaban sentadas en el pasto, mirando al horizonte—, pero no puedo arriesgarme a que ellos descubran quién soy.

— ¿Cuál es el problema de esa gente? ¿Por qué está mal visto que alguien sea huérfano?

—Mis padres crearon la coartada de que soy hija de un pariente lejano, que murió hace un tiempo. La gente lo cree y me acepta, ¿tienes idea de lo crueles que serían conmigo si se enteraran?

—Te entiendo, Annie. Y tu secreto está a salvo conmigo, jamás le diré a nadie quién eres en realidad.

—Gracias.

—Pero a veces me gustaría que las cosas fueran diferentes. Que me escribieras, que tan sólo me dirigieras una mirada de reconocimiento.

— ¡No me culpes, Candy! Yo no lo elegí así.

—Claro que no, lo sé; ya te dije que siempre serás mi hermana aunque yo ya no sea la tuya.

—Mamá siempre dice que algún día la fortuna de los Britter pasará a ser mía. Me casaré con un hombre de buena posición económica y seré muy feliz —recitó las palabras que sabía de memoria—, pero mi único problema es el Hogar de Pony.

—Bien. Esas son tus decisiones —Candy forzó una sonrisa—, te quiero, Annie.

—Señorita, ¿se encuentra bien? —Interrumpió el mayordomo de los Leagan, dirigiéndose a la pelinegra.

Ésta asintió con la cabeza, desviando los ojos.

—La señora está muy molesta contigo, Candy —le advirtió el jardinero.

—Lo imaginaba.

Regresaron a la mansión. Niel y Eliza la acusaron de tratar de matar a Annie, y ella no lo negó.

Obligaron a Candy a pedirle perdón de rodillas por algo que no hizo; su amiga no dejaba de derramar lágrimas, siendo ese otro acto de traición y cobardía.

Por más que eso la lastimó, no era capaz de guardarle rencor alguno. Ni antes ni nunca.

—Hey, ¿a dónde te fuiste, pequeña pecosa? —Inquirió Anthony muy cerca de su rostro, chasqueando los dedos.

—A ningún lado. Sólo estaba pensando en lo bonito que sería si Annie y Archie se hicieran novios.

El interpelado lucía asustado mientras Stear, Anthony y Candy se burlaban de sus desgracias.

—Dios me libre. Prefiero ser conejillo de indias de Alistear antes que salir con Annie.

— ¿Por qué? Ella es una chica muy bonita y educada —dijo su hermano, ajustándose las gafas.

—No lo dudo, pero simplemente no es mi tipo. A mí me gustan las chicas que dicen lo que piensan sin importar la opinión de las personas, que son sinceras y espontaneas.

— ¿Acaso Annie no es sincera? —Preguntó Anthony, todavía abrazado a Candy.

—Tal vez sí, pero siento que no es completamente honesta con todos. Sé que es una tontería y debería darme la oportunidad de conocerla mejor, pero…

—No te preocupes, ella está en Norteamérica, ¿no? —Susurró Candy, tratando de aparentar indiferencia.

—Me acaba de avisar que vendrá en dos días, ¿pueden creerlo? Pidió a sus padres un cambio de colegio sólo para estar conmigo, ¡qué acosadora! —Gritó Archibald.

—Entonces estarás muy ocupado en estos días, galán. —Lo molestó su prima adoptiva.

—Será mejor que te pongas más elegante que de costumbre. —Siguió Stear.

— ¿Más elegante? Se convertiría en un pavorreal. —Finalizó Anthony, haciéndolos soltar una risa tras otra.

Su ameno encuentro se vio interrumpido en el momento que escucharon pasos aproximándose y la seca voz de la hermana Grey.

El rostro de los cuatro muchachos se transformó en un blanco enfermizo.

—La rectora está de inspección —murmuró Stear.

— ¿Qué haré?

—Ya sé, ¡escóndete en el otro cuarto, rápido! —Le ordenó Archibald, abriendo la puerta que se comunicaba con la habitación de al lado. Sin perder tiempo, la rubia se introdujo en la recámara.

Sintió como cada nervio de su cuerpo estaba alerta. Un sudor frío le recorrió de pies a cabeza.

—Alistear Cornwall, Archibald Cornwall y Anthony Brown —escuchó decir a la madre superiora. Comenzó a temblar, escondiéndose tras el armario.

—Sí —contestaron los chicos nerviosamente. Inclusive uno de ellos tartamudeó.

—La hora de apagar las luces pasó hace quince minutos, ¿qué hacen todavía despiertos?

—Lo que pasa es que discutíamos las características físicas de la luna en Norteamérica y Londres —explicó el inventor.

Genial excusa.

—Pero aquí hay… una, dos, tres, ¡cuatro tazas de té! —Candy se congeló, siendo víctima de un repentino dolor de cabeza.

—Invitamos a un compañero a estudiar, es por eso que no apagamos las luces aún, pensábamos recoger todo primero.

— ¿Qué estudiante?

—Terrence Grandchester —se apresuró a responder Archie.

«Sí, claro. Como Terry es tan amigo de los Andrey» pensó Candy conteniendo una risa.

— ¿El señor Grandchester? Vaya, es una sorpresa. Acomoden este desorden y acuéstense lo antes posible si no quieren recibir una sanción.

—Bien —respondieron a coro. Candy pudo respirar aliviada cuando la oyó retirarse.

Salió del armario con las piernas temblando como gelatina. Tuvo que dejarse caer en el colchón de Terrence para no desmayarse.

Gracias a su peso, unas fotografías se acomodaron en su regazo. Incapaz de contener su curiosidad, las miró unos segundos.

—Esta es Eleanor Baker, la actriz de Hollywood —se dijo a sí misma.

Era una mujer preciosa, conocida en el mundo del entretenimiento por ser la persona con más premios Oscar y Globos de oro en la historia, después de Meryl Streep. Sus primos y ella eran aficionados a su trabajo.

Le sorprendió ver el autógrafo adjunto:

Para mi hijo, Terrence. Con todo el amor y cariño de su madre. Eleanor Baker.

Frunció el entrecejo, mareada, confundida y entumecida. ¿Hijo? La señora no estaba casada, todos lo sabían. Y la madre de Terry era la duquesa de Grandchester, ¿verdad?

Entendiendo que se encontraba en su habitación, resolvió levantarse, pero la puerta se abrió de sopetón rebelando a un joven alto, imponente y de ojos impresionantemente azules.

Cuando su mirada se encontró con la de ella, surgieron chispas. No sabía decir si de enojo o alegría.

— ¿Qué estás haciendo aquí? —Le reclamó.

—Lo lamento, me equivoqué de habitación. Pensé que era la de mis primos.

—Tal vez sea eso, o que estás tan desesperada por verme que te has saltado todas las reglas, ¿cierto? —Una sonrisa burlona bailó en su cara. Se acercó lo bastante como para acorralarla—. En caso de que sea eso, no te culpo. ¿Quién puede resistirse a mi encanto inglés?

—Conozco a alguien: Yo.

—Sí, claro.

—Pues sí.

— ¿Y qué hay de tu perro guardián? ¿El Golden Retriver?

—Deja de llamarlo así. Mejor me largo antes de que…

—Espera aquí —la detuvo fuertemente. Su expresión cambio para ser dura y helada como la nieve—. ¿Qué haces con esas fotos?

—Las cogí por error —se justificó, sintiendo el temor más grande de su vida.

Terrence no contestó. Le arrebató las imágenes, impasible, frío, y las partió por la mitad, tirando los restos en el piso.

La ventana del balcón estaba abierta, los trocitos volaron, perdiéndose.

—Me iré, lo juro…

Se interpuso en su camino, tomándola violentamente de los hombros para que lo mirara a los ojos.

—No digas una palabra de esto a nadie —susurró. Su voz parecía el silbido de una víbora, bajo y amenazador—, si hablas estás muerta, ¿comprendes? Te estaré vigilando.

—No pensaba decir tu secreto. ¿Por qué lo haría?

—Fuera de aquí —interrumpió tajante, señalando la puerta. Candy se estremeció cuando la soltó. De repente era el mismo, aunque herido y asustado.

—Lo prometo —murmuró ella.

—Vete antes de que haga algo peor.

No dudó en desaparecer esta vez.

Recostado en su cama, media hora después desde que la señorita Andrey descubriera su secreto, Terrence Grandchester no podía sentirse peor.

Le gritó, la maltrató de una manera que no se merecía. Después de todo, Candy no tenía la culpa de sus problemas.

Sin embargo ese encuentro derribó sus defensas y lo hizo recordar la razón por la que lo encontró sollozando en el aeropuerto.

Su madre. Eleanor Baker.

¿No fue un error de su parte buscarla aquel día de febrero? Estaba nevando en Los Ángeles y acudió a la actriz con la esperanza de encontrar la calidez de un corazón que le fue negado toda su vida.

Que iluso de su parte, ninguna persona estaba enterada de que el prestigioso duque engendró un bastardo con Eleanor.

Ese día, esperó en la puerta trasera de su mansión. La mucama lo hizo pasar y la mujer corrió a abrazarlo en cuanto lo vio.

— ¡Terry, hijo mío!

—Mamá —murmuraba el muchacho, sosteniéndose al delicado cuerpo femenino como si su existencia dependiese de ello.

Recordaba respirar su aroma a flores, saberla cerca y tener la certeza de que ese era el lugar al que pertenecía.

—Terrence, no puedes volver aquí de nuevo —le dijo ese día, separándolo sin mirarlo a los ojos—. Imagina el escándalo que supondría, pero no debes confundirte, te adoro, mi amor.

El joven la empujó con rudeza, entendiendo el nuevo desprecio que se avecinaba.

—Ahora comprendo, señora Baker. No volveré a molestarla de nuevo. —Agarró el abrigo del perchero y azotó la puerta a sus espaldas, ignorando los gritos de súplica y el llanto de su mamá.

Al día siguiente en el aeropuerto de Londres, conoció a Candy. La había mirado una vez, cuando se sentó en la banca, y la consideró graciosa y torpe. Comía la hamburguesa sin pensar en otra cosa, daba sorbos a su refresco y no le angustiaba nada.

Cuanto llegó a envidiar su sonrisa.

Luego le habló. Lo descubrió sumido en las lágrimas y fue la única persona en el mundo que logró hacerlo reír, olvidar por un instante que era un hijo ilegitimo y probablemente no sabría jamás lo que significaba el amor.

Y esa noche la lastimó, le dijo cosas horribles y probablemente ella, su tarzán pecoso, no volvería a dirigirle la palabra.

Cuanto deseaba correr a abrazarla, pedirle perdón, explicarle el miedo que lo consumía.

Terrence cerró los ojos y Candy se dibujó en su mente. Preciosa, alegre, risueña y amable.

Jamás la merecería ni aunque reencarnara en mil vidas.

No lo contuvo. El llanto brotó de su garganta, fuerte y poderoso. Por la vida que llevaba, por no ser fuerte y resistir.

Al final, trágate tus palabras, The Cure. Los chicos sí lloran.


N/A

¡Hola! Me reporto con otro capítulo, más feliz que nunca por los comentarios suyos que me han llegado. Sonrío cada vez que los leo, de verdad, lo juro. No puedo evitar sentir tanta alegría porque mi trabajo les gusta. Escribo cada capítulo con amor puro y sólo para ustedes.

Responderé una pregunte: este SÍ es un Terryfic. Amo la pareja que hacen Terry y Candy, y me traumó el hecho de que no acabaran juntos. Ojalá les guste esta historia y no olviden dejar un sensualón review. Tal vez suba el martes, pero si me admiten en la preparatoria a la que hice examen, les subiré el lunes. Las amo.

Oh, y antes de que lo olvide… ¡PREGUNTA!

¿Qué opinan de Annie Britter?

Fati-Chan.