Capítulo 5

Esto duró mucho tiempo. Cada noche, mientras Emma tardaba en coger el sueño, Regina chillaba y comenzaba a llorar, exactamente como la primera noche. Así, Emma se veía obligada a salir de su cama y meterse en la de Regina. Solo cuando sus brazos se aferraban al cuerpo tembloroso y agitado de la mujer, Emma lograba calmarla. La sujetaba apretándola a ella, escuchando sus susurros sin sentido e intentando acunarla, aunque estaba segura de que ella no podía sentirla. Fue solo en la cuarta noche que Emma comprendió qué atormentaba a la madre de su hijo

«Duele» balbuceó Regina, con las lágrimas que le descendían por el rostro. «Duele»

Después de la primera noche, cuando Regina había invocado el nombre de su antiguo amor, Emma no había vuelto a escuchar el nombre de Daniel.

«¿Qué te duele, Regina?» murmuró la muchacha, sintiéndose inútil e impotente.

«La cabeza, duele…» pareció responder la mujer, agitándose ligeramente.

Y entonces Emma lo supo. Supo por qué Regina se aferraba a la cama y no movía ni las manos ni los brazos durante esos instantes de agonía. Supo qué la estaba atormentando y supo, sencillamente, lo supo todo.

Regina sentía todavía el dolor de las torturas que le habían infringido Greg y Tamara. Estaban impresas, malditamente impresas, en su mente y en su cuerpo. Había estado sometida durante mucho tiempo a esos malditos electrodos, que de algún modo ha quedado marcada.

Emma tuvo que reprimirse para no gritar a su vez cuando esa verdad la golpeó.

«Grandísimos hijos de puta » susurró, acariciando instintivamente los cabellos de Regina, ayudándola a calmarse «Solo sois unos grandísimos hijos de puta»

Regina sollozó durante otros interminables minutos, aferrada a la sábana con las manos. Emma le rozó delicadamente una mejilla con los dedos, deseando poder hacer algo más.

«Lo siento, Regina…» susurró, cerrando los ojos y dejándose llevar por el sueño «Lo siento tanto…»

«Concéntrate» soltó Regina por cuarta vez «No obtendrás nada si no te concentras»

Emma rodó los ojos y cruzó los brazos, mirando con obstinación el bulto de ropa puesto en el suelo del camarote

«Explícame cómo hago para concentrarme si continuas gritándome en el oído» responde con acritud.

La magia estaba ahí, con ella, pero no lograba concentrarse lo suficiente para expandirla y hacer que actuase. Todavía tenía en la cabeza los gritos angustiosos de Regina, sus palabras y su dolor. No lograba arrancárselas de la cabeza y eso estaba influyendo muchísimo en sus lecciones de magia

«Porque tendrás que poder concentrarte y emplear la magia en situaciones menos tranquilas que esta» replicó Regina, cansada, cerrando el libro que estaba intentando leer y arrojándolo sobre la primera cama vacía. «¿Crees que quienquiera que este en la isla se quedará en silencio para permitirte concentrarte? ¿Crees que Greg o Tamara esperarán a que tú puedas tener la concentración necesaria antes de deshacerse de nuestro hijo?»

Emma no supo si fue la mención de Greg y Tamara o el hecho de que Regina hubiese llamado a Henry "nuestro hijo", pero de repente los muros invisibles que la tenían separada de su magia se derrumbaron y la nube blanca la invadió, igual que la noche anterior. El bulto de ropa se agitó ligeramente y, después se levantó del suelo y voló perezosamente hasta ella. Emma lo cogió, sorprendida, y lo giro entre las manos. Regina asintió, escondiendo la satisfacción y sentándose sobre la cama más cercana a ella. Emma se dispuso a decir algo, cuando de repente sintió temblar sus piernas y el cuerpo ceder; Regina parecía esperárselo, porque en un momento estuvo a su lado y la agarró por el brazo, socorriéndola y ayudándola a arrastrase hacia su cama. Emma se acostó, con un gemido

«¿Qué me ha sucedido?» jadeó la muchacha, agarrándose la pierna izquierda, todavía algo dormida.

«Nada grave» la tranquilizó Regina, pasando sus manos a pocos centímetros de sus piernas, como para evaluar los daños «La magia ha exigido su precio»

Emma se horrorizó mirándose las piernas

«¿Sucederá siempre lo mismo?» preguntó, palpándose el muslo. Todavía hormigueaba, pero estaba menos rígido que poco antes.

Regina se encogió de hombros, sentándose en la cama de al lado «Depende. La magia siempre conlleva un precio, pero no quiere decir que siempre sea el mismo. Con el tiempo aprenderás a dominar tu poder, tu cuerpo se adaptará a la magia y ya no tendrás problemas semejantes con hechizos tan sencillos»

Emma la miró a los ojos. Solamente ahora que sentía en su propia piel el precio de la magia, lograba comprender cuánto de poderosa debía ser la mujer que tenía delante. Se preguntó cuánta energía mágica poseía Regina dentro de ella, pero decidió que de momento no quería saberlo.

«¿Pero técnicamente…» dijo sin embargo «no debía sentir esto también ayer cuando encendí y apagué la vela?»

Regina sonrió como entusiasmada ante la pregunta

«En teoría sí» respondió con media sonrisa «Pero, evidentemente, tu cuerpo se adapta muy bien a la magia. Un principiante no hubiera podido realizar un hechizo de levitación a comienzos de su adiestramiento, y si lo lograse, dormiría como mínimo una semana»

Emma abrió desorbitadamente los ojos, indecisa de si estar preocupada o sorprendida.

«¿Una semana?» susurró «Pero, ¿cómo es posible? Nunca he practicado magia de verdad, aparte…» Se interrumpió, pero Regina comprendió de todas maneras qué iba a decir. Desvió la mirada

«Ya, aparte de hace unos días en la mina»

Emma llevó sus piernas hacia el pecho y observó a Regina, que se había levantado para ir hacia la puerta.

«¿Por qué no me desfallecí en ese momento?» preguntó Emma «Tenía que ser una magia muy poderosa la que hicimos»

Regina se encogió de hombros, aferrando el libro que poco antes había abandonado, sin responder.

«Regina, ¿por qué?» insistió Emma, con la voz dura

Regina se detuvo con la mano en la manilla de la puerta

«Porque cuando hicimos el hechizo, canalicé tu energía mágica para sacar la imprescindible para neutralizar el mecanismo. El golpe de vuelta lo sufrí yo»

Se produjo un momento de silencio, en el cual Regina aprovechó para abrir la puerta.

«¿Sufriste el golpe de vuelta…por ambas?» preguntó Emma con un hilo de voz

Regina no se giró

«No te comas la cabeza» dijo con voz plana «Lo hice solo porque no habrías resistido el contragolpe. Henry no me lo hubiera perdonado nunca»

Sin dar a Emma tiempo para responder, la mujer salió del camarote, cerrando la puerta a su espalda.

Emma salió unos veinte minutos después, aún confusa por las palabras de Regina. Ya no era capaz de comprender nada con aquella mujer. La confundía completamente, y no estaba segura de que fuese algo positivo

«¡Aquí estás!» exclamó David, sentado en el puente de la nave «¿Preparada para seguir la lección?»

Emma asintió con una sonrisa, aferrando la espada y colocándose delante de su padre. Él no le dio ni siquiera el tiempo de prepararse mentalmente, y se le abalanzó. Desde el otro lado del puente, tumbada cómodamente sobre un par de cuerdas entrecruzadas, Regina levantó la mirada del libro que estaba leyendo, para observar a los dos que se entrenaban a pocos metros de allí.

«¿Has visto algo que te interese?» la voz meliflua que le llegó a los hombros la hizo sobresaltarse

Regina giró la cabeza de un tirón para fulminar a Rumpel con una mirada.

«No tengo ni idea de qué estás hablando» rebatió, irritada. Volvió a abrir su libro y se hundió en la lectura, esperando que esto disuadiese al mago de continuar la conversación. Obviamente no funcionó.

«En mi opinión, sí tienes idea» dijo él, sentándose elegantemente sobre el barril más cercano.

«Estás perdiendo brillo, Señor Oscuro» le toma el pelo Regina, de forma ácida. Volvió a leer por cuarta vez la misma frase, pero cuando no logró concentrarse en el significado, cerró el libro de un golpe, se giró hacia el hombre para hacerle frente.

«¿Quieres dejar de mirarme?» soltó «No consigo concentrarme en el libro»

Rumpel frunce el ceño

«Creo que tienes la razón a medias» dijo, socarrón «Es verdad que no consigues concentrarte, pero la razón es un poco más delgada, atlética y rubia que yo»

Regina se le echó encima. Del otro lado del puente, Emma continuaba retrocediendo ante los asaltos del príncipe

«Metete en tus asuntos, Rumpelstilstskin»

Él levantó las manos, divertido.

«¿Nerviosa, su Majestad?» la pinchó con una sonrisa

Regina frunció los ojos hasta que no fueron sino dos hendiduras.

«Vuelve a encerrarte en la bodega, Rumpel» susurró cruelmente. Tomó el libro y se lo tiró hacia el regazo, antes de levantarse y caminar con decisión hacia padre e hija.

Emma detuvo el último golpe que iba directo a sus costillas, antes de retroceder, fatigada. El príncipe la miró con mirada de apoyo.

«Adelante Emma» exclamó «Tú puedes»

«Así no puede» soltó la voz aburrida de Regina

Ambos se giraron para mirar a la mujer, parada a dos metros de ellos con los brazos cruzados bajo el pecho.

"Maldito corsé" se encontró pensando Emma con desesperación, intentando mantener la mirada fija en el rostro de Regina.

«¿Qué quieres decir?» jadeó la muchacha, hundiendo la punta de la espada en las junturas de la madera y apoyándose en la empuñadura, retomando el aire.

Regina rodó los ojos. Snow White, sentada cerca, dejó de prestarle atención a su arco y levantó la mirada para ver qué pasaba.

«Quiero decir que no puedes pretender aprender a usar la espada con este modo….de campesino» soltó, desviando su mirada de Emma a David.

Él la miró con mirada torva

«¿Qué tienes que decir de este método?» preguntó, con un tono seco, el príncipe «Yo aprendí la esgrima de este modo, y soy el mejor espadachín del reino»

Regina alzó las cejas

«Exactamente. Tú aprendiste con este método» exclamó, apuntando un dedo hacia Emma «Tú aprendiste con este método de campesino porque lo eres. Era el método más eficaz contigo. Y ha funcionado, nada en contra»

David abre y cierra la boca un par de veces, indeciso de si tomarlo como un cumplido o como un insulto.

«Pero Emma, afortunadamente, no es como tú» continuó Regina, bajo la mirada atenta de los presentes «Tiene una cabeza más compleja que la tuya, y como tal, necesita una técnica»

Decididamente, era un insulto.

«¡Eso no es verdad!» se lamentó David «¡Snow, díselo también tú!»

Snow tosió, desviando la mirada, encontrándose en una situación embarazosa

Regina sonrió, victoriosa. Se acercó a David y le arrancó la espada de las manos.

«Levántate» le exigió sin comedimiento

El príncipe le dirigió una mirada llena de antipatía, antes de obedecer y de irse a sentar junto a su mujer.

«¡Gracias, eh!» susurró, enfadado

Snow le mostró una sonrisa socarrona como respuesta.

Emma extrajo la espada, colocándose en posición. Si con David estaba segura de poder fiarse, no podía decir lo mismo de Regina. Habían tenido tantos enfrentamientos que, aunque hubiese cambiado, Emma sospechaba que con gusto aprovecharía para hacérselo pagar.

«Comenzamos bien» farfulló Regina, acercándose a ella

«¿Qué?» se defiende rápidamente Emma

Regina se le pone al lado

«La posición de guardia» responde la mujer «es completamente errónea. Endereza la espalda, mantén el brazo más bajo y deja caer el peso sobre la pierna de atrás, no sobre la de delante»

Emma se reprimió una protesta y siguió las indicaciones. Inmediatamente descubrió que le era más fácil mantener el equilibrio. Regina deja ver media sonrisa, intuyendo sus pensamientos.

«Mejor, ¿no?»

Emma simplemente asintió

«Bien» asintió Regina «Ahora, haz exactamente lo que yo te muestre»

En el cuarto de hora siguiente, Regina le mostró las seis paradas básicas, deteniéndose en cada una hasta que Emma las hubo asimilado a la perfección. A continuación, moviéndola espada con lentitud, Regina la obligó a parar repetidamente, forzándola a decir en voz alta el nombre de cada parada.

«Venga, ¡es rídiculo!»

«Hazlo y basta»

Después de un malestar inicial, Emma obedeció, encontrando que efectivamente era más fácil recordar el orden de las paradas si las recitaba en voz alta.

La lección siguió durante media hora más, durante la cual Regina aumentó gradualmente la velocidad y la intensidad de los asaltos, hasta que Emma logró manejar todas las paradas a la perfección.

«Por hoy es suficiente» dijo Regina bajando su arma

Emma bajo la suya a su vez «¿Ya está?»

La mujer la miró durante un largo instante antes de contestar.

«Sí, ya está» dijo «La técnica se aprende con el tiempo, aunque no se te da nada mal. Pero necesitas dividir el trabajo, si no se te superponen las ideas»

Emma, incrédula, la observó mientras le devolvía la espada a David. Le había hecho un cumplido. Aquello había sido, sin sombre de duda, un cumplido.

«Ahora puedes continuar tú» dijo Regina con calma, mirando a David.

Agarró su espada sin decir nada y, junto con los demás, miró a Regina recoger su chaqueta y su libro, lanzar una mirada exasperada a un demasiado satisfecho Rumpel y desaparecer hacia su camarote.

«¿Continuamos?» dijo David, después de un rato

Emma miró la puerta cerrada de su camarote, sacudió ligeramente la cabeza y se giró para dar la cara al padre

«¡Seguro!» exclamó con una sonrisa.

La puerta de la estancia se cerró con un ruido sordo, haciendo sobresaltarse a Regina.

«Gracias»

Regina levantó la mirada del libro y miró con ojos interrogativos a la muchacha que estaba de pie delante de su cama

«¿Mmh?»

Emma se mordió el labio

«He dicho gracias» repitió «por las lecciones de magia y por estas de esgrima. Mi padre no logró darme después de tus instrucciones»

Regina no pudo reprimir una sonrisa complacida, antes de volver a su libro.

«No hay de qué»

Emma asintió, pensativa. Se estaba dirigiendo hacia su cama, pero se paró de nuevo

«Me has hecho un cumplido» dijo como si todavía no se lo creyera

Regina volvió a mirarla

«¿Cómo, disculpa?»

«Antes» especificó Emma «Al terminar la lección. Me has hecho un cumplido»

Regina miró a la muchacha durante unos instantes interminables

«Sí, es verdad» respondió tranquilamente

«¿Por qué?» preguntó Emma rápidamente

«Porque te lo merecías» respondió Regina, arrugado la frente «Has estado muy bien, y es la verdad. Estás muy dotada, ya sea en la utilización de la espada como en la de la magia. Es solo la verdad»

Emma abrió la boca, pero no salió nada. Regina la observó perpleja, preguntándose qué diablos les estaba pasando. La miró a los ojos y vislumbró una gota de sudor que le recorría el rostro; la siguió hasta que esta desapareció por debajo de la camiseta, en el valle de los senos. Regina tragó saliva.

«Bien, uhm…gracias» balbuceó Emma, rascándose distraídamente la nuca y un leve rubor que se le propagaba por las mejillas. «Creo que…me daré un lavado»

Regina asintió, intentando no pensar en lo que recién había visto. Bajó la mirada hacia el libro e intentó desesperadamente concentrarse en las palabras, pero ligeros murmullos captaron su atención inmediatamente. Levantó la mirada y vio a Emma. Se le secó la boca. La muchacha se había quitado la camiseta, dejándola en el suelo, quedándose con los vaqueros y el sujetador. Emma se llevó las manos por encima de la cabeza, estirándose lentamente los doloridos músculos. La mirada de Regina recorrió con lentitud y atención los músculos de la espalda, la escapula…antes de que Emma se girase para dirigirse al armario. En aquel momento, la mujer tuvo una visión perfecta de los abdominales esculpidos de la muchacha que compartía la habitación con ella, de sus pechos pequeños y firmes, apretados dentro del sujetador, de los vaqueros a la cadera y de la V de su vientre que…¡Regina! Se abofeteó mentalmente, dándose la vuelta para desviar la mirada de aquella visión. Con los ojos desorbitados y las mejillas que estaban a fuego vivo, Regina ancló la mirada en las palabras del libro, esforzándose en no levantarla por nada del mundo.

«¿Has visto por casualidad el jabón?» la voz de Emma le llegó a lo lejos

Regina batió los parpados, intentando recuperar el control.

«Debajo de las camisas» respondió, con voz aguda, cerrando los ojos.

Las palabras de satisfacción de Emma indicaron que lo había encontrado, pero eso no contribuyó a las imágenes que lentamente se le estaban formando en la cabeza a Regina. Imágenes deicidamente inapropiadas.

«Date prisa» soltó, con la boca seca «Después me tengo que lavar yo» Con una gran cantidad de agua helada. Dios. Regina esperó a que Emma se encerrara en el cubículo destinado al baño, antes de cerrar el libro y tirarlo al suelo. Se agarró la cabeza con las manos, y encogió las piernas llevándoselas al pecho. No terminaría de leer ese libro, ya lo sabía.