Recuerdos impregnados en ron
El ron. Dulce elixir del olvido, delirante y a la vez reconfortante para aquellos que esperan hallar en sus muchas formas de borrachera la forma más rápida de escapar de su miserable existencia.
Allí, en un antro de mala muerte de Tortuga, con una botella de ron en la mano y otra del mismo licor en la otra, intentando pasar desapercibido en una mesa del fondo tras haber armado camorra entre los demás alcohólicos del tugurio y acabar peor de lo que ya estaba; entre toda esa masa de piratas pendencieros llenos de ron hasta el hígado, estaba yo: James Norrington, ex comodoro de la marina británica de su majestad.
Qué ironía.
Tras ascender en todos los rangos posibles de la marina, mi esfuerzo se vio recompensado cuando el gobernador de Port Royal me nombró comodoro. Pero el destino hizo que todas mis condecoraciones se fueran por la borda de la misma manera que perdí a la que iba a convertirse en mi esposa a manos de un rufián que se cruzó en mi brillante camino.
Me llevé la jarra a la boca y di un largo e intenso sorbo que me hizo cerrar los ojos fuertemente cuando atravesó mi garganta. Después, mirando a mi alrededor, me encuentro de nuevo en el mismo antro en compañía de los mismos miserables. Había pasado de ser la envidia de todos los oficiales ingleses a convertirme en uno de ellos, un proscrito... Un pirata, aquello que jure destruir.
Triste ironía.
Siento la necesidad de beber más y así lo hago. El tugurio vuelve a dar vueltas o será simplemente que mi cabeza es un completo remolino atizado por los vientos huracanados de mi pasado. Hundo la cabeza entre mis manos. Sí, eso es, un terrible y tempestuoso huracán, el mismo y terrible huracán que me hizo perder a mi barco, a toda mi tripulación, mi cordura y honor. Aquel repentino temporal me advertía que mi misión iba a fracasar, pero estaba demasiado obsesionado en dar caza al pirata. ¡No iba a volver a permitir que se me escapara otra vez! ¡Así fuera al infierno! Sin embargo, volvió a huir, Dios sabe cómo.
¡Maldito seas Jack Sparrow! ¡Y maldito sea el día en que nuestras vidas se cruzaron!
Lo tuve todo en su día, llegué incluso a paladear al sabor de la justa victoria, pero se me escapó de entre los dedos.
Prefiero olvidar su recuerdo con otro trago. Sin embargo, uno de los piratas, ebrio hasta los tuétanos, cae sobre mi mesa; por suerte, logro agarrar a tiempo mi preciada botella como si fuera lo único que me importara en la vida y en cierto modo así era. El licor era mi única posesión y mientras lo tuviera la vida tendría algún sentido.
Setenta y cinco marineros se hicieron a la mar...
Sólo uno de ellos vivo habría de tornar.
¡Yujujú, y una botella de ron!
Vuelvo a cantar de pura aquella vieja tonadilla marinera o, quizá, pirata. En mis labios adquiere algo de sentido, aunque para la mayoría de los desafortunados a escucharme les suene a simples delirios de borracho.
Otra nueva pelea se produce en el local, vuelan sillas, mesas, botellas vacías y la dignidad de todos. "Maldita inmundicia humana", pienso mientras apuro las últimas gotas de mi preciado elixir, como si la cosa no fuera conmigo.
Tambaleándome me dirijo a la barra y pido una nueva botella de ron que pago con mi última moneda. En ese momento, soy consciente de mi falta de recursos. Daría mi vida por pasarla empapado en ron, y estaba seguro que eso sería lo que ocurriría si el tabernero se negara a darme otra buena dosis de etílico. A menos que le matara con la poca pólvora que me quedaba, o bien acabara él conmigo o quizá, otro cualquiera en su lugar. La chusma así se entretenía.
"En mala época te ha tocado vivir, ex comodoro Norrington". Es lo que me digo al sentarme pesadamente sobre mi desgastado asiento de madera.
Decidí embarcarme en el primer barco que atracase en puerto, así se fueran mis tripas por la quilla a la primera. Era más noble morir nadando en agua salada que en ron, aunque menos placentera. ¿Quién sabe? A lo mejor lograba recuperar mi anterior fortuna.
Echo mano del ron. Vuelvo de nuevo a mis delirios.
Sé que mi muerte se acerca con grandes zancadas. Sólo espero llevarme el recuerdo del hombre noble y humano que era antes de mi deceso. Tal vez quede algo de valor dentro de mí, aunque sé que ese sentimiento se perdió en el camino a Tortuga sustituido por una temeridad indómita.
Daría todo por recuperar mi vida, hasta el peor y más ruin de los actos, si así me fuera posible recuperar mi ventura. Si eso no fuera posible, entonces, tampoco sería posible seguir con esta humillante imitación de vida.
Al cabo de tres tragos que me nublaron por completo la vista hasta pasados unos segundos, mis ojos cargados por la acidez del ron, se posaron en unos piratas recién llegados.
Dos de ellos no me eran desconocidos; más el uno que el otro, el cuál con sus peculiares andares y actitud desenfadada había maldecido a los cuatro vientos.
Se situaron unas mesas atrás sin deparar en mi desquiciada presencia. No les culpo. Mi aspecto en esos momentos dejaba mucho que desear, al igual que la del resto de mis congéneres allí reunidos.
Atento como estaba, escuché que deseaban reclutar una nueva tripulación, y lleno de ron, no me lo pensé dos veces: me situé en la pequeña cola que se estaba formando para apuntar el nombre de los próximos bucaneros al servicio de ese pirata que se hacía llamar "capitán".
-¿Cuál es su historia marinero?
Había llegado mi turno y las palabras salieron a borbotones de mi boca:
-Mi historia es exactamente la misma que la vuestra, pero con un capítulo de retroceso... Perseguí a un hombre por los siete mares. La búsqueda me costó mi tripulación, mi grado de oficial y mi vida...
Para dar más dramatismo a la historia me llevé de nuevo una botella de ron a los labios.
-¿Comodoro Norrington?
Fue la última pregunta que escuche antes de que el frenesí me embargara, al igual que el ron, y ya no me soltara.
N/A: ¿Bueno, que os ha parecido? En resumen, diré que me vino a la cabeza viendo la segunda película de Piratas del Caribe. Espero que os haya gustado.
Un saludo,
Sisa Lupin
