Capítulo 7

Emma quería matar a Regina. En serio. Nunca había deseado pegarle como en aquel momento.

«Ponte recta»

Emma gruñó, enderezando los hombros e intentando no perder el agarre sobre la empuñadura del arma. Los dedos le hormigueaban, el antebrazo lo tenía dormido. Llevaban entrenando desde hace horas.

«Estoy recta»

La espada de madera golpeó implacable en su rodilla, y esta se enderezó con un espasmo involuntario.

«¡Ay!»

Regina apenas la miró

«Ahora estas recta»

Emma no respondió, continuando el ejercicio que Regina le había asignado. No quería darle la satisfacción de verla vencida. Resistiría hasta que tuviera energía en el cuerpo. Pero el cansancio comenzaba a sentirse.

Hace un par de días que ella y Regina habían tomado la costumbre de despertarse temprano-Emma había comenzado a dormir directamente en la cama de la otra-para poder estar un rato juntas antes del desayuno. Fundamentalmente, no hacían otra cosa que besarse. No querían complicaciones, no querían pensar en lo que estaban haciendo. Todo aquello tenía que ser explicado, analizado, comprendido. Pero ninguna de las dos tenía intención de hacerlo; ninguna de las dos tenía intención de perder tiempo con palabras. Sin embargo, todavía no habían pasado a algo más, a no ser roces inciertos, toques ligeros, caricias inseguras. Esa misma mañana, Emma había rozado inadvertidamente el pecho de Regina, y a la mujer se le escapó un gemido más bien alto. Ambas se separaron de repente, rojas y turbadas como dos adolescentes. Ni siquiera habían hablado de aquello. Emma se preguntó si lo harían alguna vez. Pero se lo preguntó durante un segundo de más, y la espada de Regina la golpeó nuevamente entre las costillas.

«¡Regina!» soltó Emma, dejado la posición de guardia y mirándola de manera atroz «Me duele»

Snow levantó la mirada del libro, sin decir una palabra. Charming dejó de jugar con el borde la malla e hizo lo mismo: se aburría, y esperaba cualquier cosa que cambiara la atmosfera. Era un hombre de acción. No como Hook, que parecía divertirse enderezando el timón una vez cada cierto tiempo, no como Rumpel, postrado en el puente tallando animales de madera.

Regina hizo rodar la espada, chasqueando la lengua.

«Deja de comportarte como una niña» le reprende «E intenta concentrarte, así no estaré obligada a corregirte»

Para Emma eso fue el colmo

«¿Una…una niña?» soltó la muchacha «¿Es eso lo que piensas de mí? ¿Que soy una niña?»

Regina desencajó ligeramente los ojos, sorprendida ante aquella reacción imprevista.

«Emma…»

«¡No!» exclamó la rubia, lanzando con violencia la espada al suelo «¡Emma, unos cojones! ¡Lo dejo!»

Lanzó una mirada de furia a Regina, ignoró las miradas estupefactas de sus padres y se dirigió a paso rápido a su camarote, donde se encerró sin decir una palabra. El silencio caló en el puente. Regina se aclaró la voz y dejó su espada antes de dirigirse con calma al camarote compartido.

Hook soltó una risita

«Esa muchacha lo que necesita es un pol…»

La espada de madera le llegó en plena frente; Charming miró a su mujer completamente sorprendido.

Regina cerró la puerta con llave, y se dio la vuelta lentamente para mirar a la otra ocupante de la estancia.

«¿Qué fue eso?» preguntó la mujer señalando con el dedo sus hombros. Regina intentó no dejarse distraer por el cuerpo de la otra. Emma lanzó con furia la camiseta a la cama.

Un cuerpo tonificado, musculoso, ágil…

«Me iba a dar un baño, Regina» gruñó

«Te he hecho una pregunta, Emma» soltó Regina, alzando el tono de voz.

Emma estiró los brazos, burlonamente «Y yo te he respondido. Ahora, si quieres salir…»

«¿QUÉ FUE ESO, EMMA?» gritó Regina, avanzando hacia ella.

Emma se dio la vuelta rápidamente, con una expresión de furia dibujada en el rostro.

«FUE LO QUE FUE REGINA» escupió como respuesta «NO TIENES EL DERCHO DE TRATARME DE ESA MANERA»

«¿DE QUÉ MANERA?»

«ME HAS TRATADO COMO SI FUESE UNA NIÑA»

«ESO ES PORQUE TE COMPORTAS COMO TAL»

«DE TODAS MANERAS NO TIENES EL DERECCHO. NO TIENES EL DERECHO DE HACERLO SOLO PORQUE…»

«¿POR QUÉ EMMA? ¿POR QUÉ ERES HIJA DE SNNOW WHITE? LA PRINCE…»

«PORQUE ESTEMOS JUNTAS»

Regina se enderezó, abriendo los ojos desmesuradamente. Emma la miró, jadeante, un tanto turbada y un tanto tensa.

«Nosotras…¿qué?» balbuceó Regina

«Tengo que ir a lav…»

«No, Emma» Regina la agarró por un brazo, impidiéndole que se alejara «Nosotras…¿estamos juntas?»

Emma intentó zafarse, sin mirarla a la cara

«Se me ha escapado, ¿ok?» dijo

Regina apretó aún más el brazo hasta que la otra decidió mirarla a la cara

«¿Estamos juntas?» repitió

Emma tragó saliva

Los ojos de Regina la miraban profundamente, y la muchacha creyó que le estaba leyendo el alma

«Me gustaría…» responde finalmente la muchacha, intentando sonar dura y resuelta.

Regina la observó durante un largo instante sin decir nada. Después, simplemente, la atrajo hacia ella. Sus labios se encontraron con una extraña urgencia, con una necesidad de ir más allá de lo que nunca habían ido.

Y eso lo comprendieron enseguida ambas. Comprendieron de repente qué las había contenido esos días. Era la necesidad de establecer un nombre a aquella relación que se había instaurado entre ellas, una necesidad, en apariencia psicológica, pero en realidad también física. Regina dejó deslizarse sus manos por los flancos desnudos de la muchacha, obligándola a enarcar el cuerpo contra el suyo mientras le devoraba los labios. Emma cruzó los brazos a su espalda, mordisqueándole el labio inferior y deslizando la lengua en su boca. La movió en su interior, buscando la de Regina y acariciándola en una danza erótica que ambas no veían la hora de profundizar.

Cuando Regina pasó las uñas por el abdomen de la muchacha, Emma no pudo contenerse de gemir sonoramente. Para la ex alcaldesa fue como si todo su cuerpo de repente se hubiera incendiado. Empuja a Emma a la cama, quedándose a los pies de esta, la mirada brillante y el corazón que le latía como nunca antes. Regina recorrió todo su cuerpo, la devoró con los ojos: desde sus piernas tonificadas, apenas escondidas por los pantalones, pasando por sus abdominales-oh, los abdominales-por sus pequeños pechos encerrados en aquel sujetador hasta el rostro sonrojado. Regina se obliga a concentrarse en otra cosa que no fueran aquellos labios rojos, o aquellos ojos brillantes por el placer, o su pecho que se alzaba y bajaba rápidamente…

Emma se elevó hacia ella, cerrando nuevamente la boca en la suya y arrastrándola a la cama con ella. Inmediatamente, las manos de la muchacha se cerraron sobre su pecho, obligando a Regina a mantener la respiración.

«Este…maldito…corsé..» jadeó Emma, luchando con el nudo del corpiño.

«¿Qué cosa no va?» susurró Regina, inclinándose para rodear con sus labios el lóbulo de la oreja de la rubia.

Emma tuvo que recurrir a todo su autocontrol pata poder proferir una frase sensata.

«Desde que te lo pusiste…»un suspiro «…he querido arrancártelo de encima»

Regina gimió ante aquellas palabras, dichas directamente en su oído; Emma cerró los ojos, intentando controlarse.

«Entonces, hazlo…» dijo Regina, mientras delicadamente, en una caricia, hace descender sus labios por el cuello de la rubia, besándolo y mordiéndolo con lentitud exasperante.

«¿Hacer qué?»

Se produjo un momento de silencio, roto solo por los jadeos de Emma

«Arráncalo» fue la respuesta decidida de Regina «¿o crees que no tienes la fuerza?»

El sonido de tela rasgada que siguió a aquellas palabras fue una respuesta suficiente y el corpiño voló a alguna parte de la habitación, sustituido por las manos frías de Emma

«¡Dios mío..» susurró la muchacha, apretando los dedos sobre los pechos firmes de Regina.

«Son…son…»

Regina nunca supo cómo eran, dado que Emma la empujó sobre la cama, cambiando las posiciones y cerrando la boca sobre su pezón derecho. El gemido que salió de los labios de la morena fue bastante alto para que pudiera ser escuchado desde el exterior.

«¿Qué ha sido eso?» preguntó Snow, levantando los ojos del libro. Lo que había escuchado provenía inequívocamente del camarote de las dos jóvenes «¿Se estarán pegando?»

«Solo estarán discutiendo, Snow» la tranquilizó Charming con una sonrisa.

Rumpel, desde el otro lado del puente, rodó los ojos.

«Y mira que le he enseñado a insonorizar las estancias» murmuró el Oscuro moviendo ligeramente la mano y activando el hechizo protector sobre la estancia de Regina «Esta mujer me debe demasiados favores»

Regina aferró la cabeza de Emma, pasando los dedos entre sus cabellos.

«Oh, dios…» gimió, cerrando los ojos. La lengua de Ema se movió sobre su pezón, dándoles pequeños golpecitos, mientras sus manos recorrían lentamente su cuerpo, sus flancos y sus muslos, comenzando a luchar con los botones de los pantalones.

Cuando logró desabotonarlos, los agarró y se los quitó con un golpe seco. Emma se puso de rodillas sobre el colchón, se quitó el sujetador lanzándolo hacia atrás.

«¿Qué estamos haciendo?» susurró Regina, acariciando el cuerpo perfecto de Emma con la mirada y con los dedos, ayudándola a quitarse los vaqueros. Emma sacude la cabeza, gateando nuevamente sobre ella.

«No lo sé»

Regina rodea su cuello con sus brazos, atrayéndola para besarla; al hacerlo, sus pechos entraron en contacto, apretándose los unos contra los otros. Ambas sofocaron un gemido en la boca de la otra.

«Te quiero…» susurró Emma, besando las zonas descubiertas de cuello de la mujer

Regina cerró los ojos, cerrando las piernas alrededor de su cadera

«Tómame»

Emma casi no se creyó que fuera Regina la que había hablado. No solo por la voz ronca, excitada, entrecortada, sino por el hecho de que la mujer estuviera bajando todas sus defensas, todos sus muros ante ella. Por ella.

Emma, sin embargo, no se lo hizo repetir. Enganchó los dedos en el borde del slip, deslizándolo lentamente a lo largo de las piernas de Regina. Acarició sus muslos, arañándole la piel y provocándole una descarga eléctrica por toda la columna vertebral.

Cuando el último pedazo de tela abandonó su cuerpo, Regina se sitió de repente vulnerable, de repente incómoda. Aferró nerviosamente los dedos alrededor de los hombros de la otra, mordiéndose el labio. Emma pareció darse cuenta de su malestar, porque elevó la mirada a ella, interrogativa

«Yo…» susurró Regina, sin saber qué decir. Llevó una mano a su pecho cubriéndolo, desviando la mirada de la de Emma y esforzándose por no enrojecer.

«Regina»

La voz dulce de la muchacha la devolvió a la tierra y Regina giró la cabeza para mirarla. Emma le sonrió. Le sonrió como nunca antes le había sonreído, y después la oscuridad cayó sobre ambas, cuando la muchacha dejó caer las sábanas sobres sus cabezas.

«Podemos estar así, si te crea incomodidad…» murmuró la voz de Emma, cercana a su oído «Pero, por lo que pueda valer, eres realmente bellísima, Regina»

Regina cerró momentáneamente los ojos. Quería responderle, quería decirle a Emma que no la creía, quería decirle a Emma muchas cosas…Los dedos de Emma se insinuaron entre sus piernas y Regina simplemente olvidó todo.

Retuvo la respiración y buscó los ojos de Emma en la penumbra. Buscó su mano, entrelazó sus dedos y atrajo a la muchacha hacia ella, rodeándole el cuello con un brazo.

«No me hieras…»

Emma hundió el rostro en el cuello de Regina, sintiendo el corazón estrecharse ante aquellas tres sencillas palabras.

«No lo haré. Te lo prometo»

Regina notó que sus ojos se llenaban de lágrimas, porque aquello que estaba sintiendo era decididamente demasiado.

Demasiado intenso, demasiado hermoso, demasiado…demasiado.

Nunca había sido tocada de ese modo. Nunca había sido mirada como Emma la había mirado, y eso la electrizaba. La confundía, le cortaba la respiración y hacia que su corazón se estrechase. Sin embargo, al mismo tiempo, la hacía respirar, le hacía tener esperanza. Regina acarició el rostro de Emma con sus dedos aún entrelazados y le besó sus labios blandos.

«Me fío de ti»

Emma cerró su boca con un nuevo beso, quizás para no escuchar más sus palabras o quizás, y con más probabilidad, para no escuchar más su voz temblorosa, que escondía un dolor que le rompía el alma. Quería hacer sentir bien a Regina. Quería amar a Regina. En cierto sentido, se dijo, ya estaba en buen camino con eso.

Emma apoyó sus dedos con más decisión sobre la intimidad de Regina, provocándole un jadeo de sorpresa. Encontró su clítoris ya hinchado y húmedo y sonrió, comenzando a dibujar en él pequeños círculos. Regina hundió instintivamente las uñas en los hombros de la muchacha, mientras un gemido cortado le salía de los labios. Los dedos de Emma se deslizaron hacia sus pliegues, bañándose en la humedad del sexo de la mujer; Regina movió sus caderas hacia su mano, trastornada ante todas aquellas sensaciones. Era todo tan maravillosamente nuevo para ella: no solo se trataba de placer físico, que en el pasado solo había permitido que se lo diera Graham, era algo más.

La sábana resbaló de sus cuerpos, pero ninguna de las dos pareció darse cuenta. Emma aferró con mayor decisión el clítoris de la mujer, y Regina se encontró gimiendo sin pudor, aferrada a los hombros de Emma como a una tabla de salvación.

«Querría que te pudieses ver en este momento, Regina…»susurró Emma, apoyándose en el colchón para no oprimir demasiado a la otra «Eres estupenda…»

Y era verdad. Emma nunca había visto un espectáculo más bello que el que tenía bajo los ojos. Regina, con sus cabellos oscuros desperdigados sobe la almohada, tenía los ojos resplandecientes por el placer, los labios rojos e hinchados semi cerrados en una serie de gemidos de puro gozo.

Tan bella, se encontró pensando Emma, tan perfecta.

Regina clavó sus ojos en los de ella, perdiéndose en aquella llanura verde que la miraba con pura admiración.

«Emma…»

El nombre de la muchacha apenas tuvo tiempo de salir de los labios de Regina cuando Emma dejó deslizarse dos dedos en su interior. La penetró lentamente, disfrutando de las reacciones de la mujer. Los ojos de Regina se desencajaron, la boca en una O de muda sorpresa; Emma movió lentamente los dedos, embriagada por las sensaciones maravillosas que sentía al estar dentro de ella de aquel modo. La muchacha se abrumó ante toda aquella mezcla de sensaciones; besó a Regina con urgencia, dejándole que ella sofocase sus gemidos en su boca. Regina envolvió una pierna en las caderas de Emma, agarrándose a ella para comenzar a mover la pelvis contra sus dedos.

«Emma…»

Emma retiene a duras penas un jadeo de placer al escuchar su nombre dicho de ese modo. De ese modo tan endiabladamente pecaminoso. Tenía que hacer algo. Un segundo gemido llegó a sus oídos. Todo aquello era demasiado. Apretó el puño alrededor de la almohada decidiendo que sí, tenía decididamente que hacer algo para no enloquecer. Emma dejó correr sus labios a lo largo de cuello de Regina, y más abajo hacia el valle de sus pechos; jugó con su ombligo, rozándole el vientre plano con la lengua, antes de continuar descendiendo.

Las piernas de Regina se abrieron casi involuntariamente cuando la mujer comprendió las intenciones de la otra. Emma buscó la mano de Regina con la suya: sus dedos se entrelazaron, así como sus miradas. Regina asintió levemente y Emma cerró instantáneamente la boca alrededor de su clítoris, gimoteando de placer en cuanto el sabor de la mujer inundó sus papilas gustativas. Dios

Lo que salió de los labios de Regina fue, literalmente, un grito. Emma comenzó a mover los dedos, todavía hundidos dentro de ella, bombeando adentro y afuera, siempre con mayor intensidad. Se dedicó a su clítoris, succionando aquel botoncito sensible y dejándolo resbalar por su lengua. Ni siquiera intento retener los gemidos de puro gozo; ya no intentó resistirse a nada. Soltó la mano de Regina y aferró las firmes nalgas de la mujer para mantenerla contra su boca. Un gesto casi imposible, ya que las caderas de Regina se movían descontroladas. Emma succionó con fuerza el clítoris de la mujer, comenzando a darle pequeños golpecitos con la punta de la lengua, sintiendo cómo Regina saltaba y gemía ante cada toque. Emma estaba borracha de aquel sabor; no tenía suficiente, habría querido no separarse nunca. Casi no respiraba del ansia de devorar aquel paraíso que era el sexo de Regina. La muchacha levantó la mirada, y descubrió que la morena la estaba observando apoyada en los codos. Regina agonizó. Era lo más erótico que había visto en toda su larga vida: Emma, con la cabeza ente sus piernas, mirándola de aquel modo. El rostro enrojecido, los labios hinchados y los ojos que expresaban todo el placer que estaba sintiendo en aquel momento; pero sobretodo, y Regina casi jadeó ante esa visión, sus propios fluidos que resbalaban, literalmente, de la barbilla de Emma.

«¡Oh, dios…»

Emma volvió a sumergir los labios en aquel paraíso personal, lamiendo con avidez su sexo caliente. Regina jadeó nuevamente, llevando una mano a los cabellos de la muchacha y empujando su cabeza entre sus piernas. Creía enloquecer; pero tuvo que replanteárselo. Porque enloqueció de veras cuando Emma añadió otro dedo, comenzando a bombear con fuerza dentro de ella. Regina gritó, dejándose caer sobre el colchón; cerró los muslos alrededor de la cara de Emma, sujetando aún su cabeza con una mano. Se dobló violentamente, el placer que la invadía cada vez más con cada lamida, con cada empuje, con cada gesto de la muchacha.

«¡Oh, así…así, sí…Sí!»

Emma sofocó el enésimo gemido, empujando con fuerza dentro de ella, doblando los dedos y tocando sus paredes internas, buscando el punto que la haría enloquecer…

«¡EMMA!»

El grito de Regina invadió la estancia, penetrando no solo paredes-y la magia insonorizada de Rumpel-sino también el alma de Emma. La muchacha pudo sentir los músculos de Regina contraerse alrededor de sus dedos, mientras el orgasmo la envolvía con fuerza, llenándole el rostro con sus fluidos. Regina se hundió en el colchón, llevándose las manos a la cara y jadeando, sin fuerzas para decir nada.

Emma salió lentamente de ella e inmediatamente Regina se sintió vacía, como si le faltase algo para sentirse completa, algo que había tenido hasta hace un momento.

«¿Todo bien?» murmuró Emma, recuperando las sábanas y tapando sus cuerpos con ella.

Regina asintió, la cara todavía tapada con sus manos. Emma se echó a su lado, y le rozó el brazo con aprensión

«Regina…»

No la dejó terminar. O mejor dicho, el sollozo silencioso que pasó a través de los dedos de Regina no la dejó acabar la frase. Emma desencajó los ojos, colocando una mano sobre el brazo de la mujer, intentando sacarle las manos del rostro.

«¡Regina!»

Regina sacudió la cabeza, escondiendo la cara en el cuello de la muchacha. Emma la envuelve con sus brazos, acariciándole dulcemente la cabeza.

«Hey…¿Qué sucede…?» balbuceó Emma «¿He hecho algo mal, he…?»

«¡N-No!» sollozó Regina, levantado la mirada, sus ojos llenos de lágrimas «Dios, Emma, no…»

La mujer movió la cabeza, sonándose la nariz e intentando buscar un mínimo de contención

«Ha estado todo perfecto» susurró Regina, mirándola a los ojos. Emma habría podido perderse en ellos. «Todo increíblemente perfecto»

Una mano de Regina resbaló por detrás de la nuca de la muchacha, obligándola a bajarse; la mujer posó su boca en la de ella, en un beso desordenado con el sabor de sus lágrimas. Emma la aprieta entre sus brazos, acunándola con dulzura.

Lo que estaba pasando en esos instantes lo cambiaría todo, y ambas lo sabían. Ambas lo sabían y ninguna de las dos quería, sin embargo, pensar en ello. Porque estaban bien, y no querían dar cuentas a nadie de lo que estaban sintiendo.

Regina se separó a mala gana de la boca de la otra; la miró por un instante, una pequeña sonrisa agradecida en los labios. Después cerró los ojos, incrustando la cabeza en el hueco del cuello de Emma e intentando recuperar el control de sus propias acciones. Emma sonrió, cerrando los ojos.

Snow estaba nerviosa. Golpeó la cubierta del libro que estaba leyendo con la punta del índice, mordisqueándose el labio inferior.

«Ya llevan un tiempo en el camarote» dijo finalmente, no logrando contenerse.

Charming la miró, sin comprender; Hook rodó los ojos, masajeándose la frente desde donde estaba, pero no se arriesgó a decir nada.

«¿No crees que deberíamos ir a ver?» preguntó Snow, dirigiéndose al marido

Fue Rumpel, de nuevo, el que intervino

«Dios mío, Snow White. Eres la madre más aprensiva que haya conocido nunca. Y yo fui criado por dos mujeres. Déjalas hablar en paz, diablos»

Emma ni siquiera se había dado cuenta de que se había dormido hasta que sintió la cama chirriar, como si alguien se estuviese moviendo. La muchacha abrió los ojos, confusa. Regina la miraba, mortificada.

«Yo…no quería despertarte…»

Emma balbuceó algo incomprensible, agarrando a Regina por un brazo y obligándola a tumbarse nuevamente a su lado. Regina no opuso resistencia, sonriendo mientras envolvía sus caderas con sus brazos.

«Tienes un cuerpo maravilloso, Emma»

Eso logró despertara a la muchacha. Batió los párpados, elevando una mirada confusa hacia ella.

«No es verdad» dijo rápidamente

Regina sonrió quedamente

«Oh, sí que es verdad» comentó, escrutando su cuerpo desnudo con interés. Todavía tenía los ojos ligeramente rojos del llanto, pero no estaban brillantes debido a las lágrimas «Y desde que estamos en este barco me restriegas por la cara todo este regalo de Dios»

Emma tragó saliva. Despierta. Ya estaba decididamente despierta

«Así que…»

El dedo índice de Regina se apoyó en la base del cuello de Emma, comenzando a descender por su piel, deteniéndose interesado en trazar un círculo alrededor de uno de sus pezones. Emma apretó los dientes, sin desviar los ojos de los de Regina, que la miraba con guiño divertido.

«Diría que es hora de que me tome mi pequeña venganza por lo que me has hecho pasar»

El dedo resbaló hacia sus abdominales y Regina los arañó, superando la línea del ombligo y agarró el elástico del slip.

«Yo no…no he hecho nada» balbuceó Emma, intentando desesperadamente controlar el temblor de la voz

Regina alzó una ceja, lamiéndose los labios. Emma desencajó los ojos, mientas seguía los movimientos de su lengua.

«¿Andar por la habitación en ropa interior es hacer nada?» la pinchó

Emma sintió la boca seca: aquel tono, aquella voz, el modo en el que la estaba mirando…Debería ser ilegal, por dios

«Yo no…»

«Oh, cállate» susurró, apoyando sus labios en los suyos y la mano en su intimidad.

Mientras la lengua exploraba su boca, Emma no pudo contener un gemido al sentir el calor de su mano entre sus piernas a pesar de la tela. Los dedos de Regina se movieron exasperantes encima de ella, tocándola como nadie la había tocado. Parecía saber exactamente qué partes tocar, como si conociese perfectamente sus puntos débiles. Arriba y abajo. La lengua de Regina golpeó la suya, invitándola a moverse. Abajo y arriba.

Emma sofocó un gemido, al ver cómo retrocedía del beso. Regina se lamió nuevamente los labios, mirándola llena de lujuria.

«Quítate esas maldita ropa int…»

La ropa interior desapareció, literalmente. Emma comprendió solamente que la magia debió estar por medio, antes de que la palma de Regina se apoyase completamente en su caliente sexo.

«Oh, señor…»

Regina sonrió, pasándole un brazo alrededor de las caderas y obligándola a echarse completamente bajo ella.

«Me has hecho degustar cosas nunca probadas, Emma Swan…»susurró Regina en su oído, mordiéndole el lóbulo.

Emma saltó, ya fuera por aquellas palabras o por los dedos que apenas habían aferrado su clítoris, pellizcándolo vivazmente. Esos mismos dedos continuaron torturándola hasta que sus gemidos se unieron a sus súplicas.

«Regina…por favor…»

Regina parecía no esperar otra cosa. Resbaló la punta de su índice a lo largo de su abertura, sintiéndola abrirse a su paso. El cuerpo de Emma se arqueó, siempre más tenso a medida que el dedo de Regina exploraba su fruto prohibido.

La mujer observó sus reacciones con absoluta maravilla, asombrándose de cómo lograba tenerla bajo su poder tocándola solo con un dedo. Y a continuación, tan rápido como había llegado, el dedo desapareció y Emma se dejó caer en la cama con un jadeo de insatisfacción.

«¿Qué diablos ha…»

Regina cerró los labios alrededor de su propio dedo, lamiéndolo con increíble lentitud. Las pupilas de Emma se dilataron, oscureciendo aquellos ojos ya lúcidos de placer y de expectativas. Regina emitió un sonido de satisfacción, pesando la lengua por la punta del dedo y borrando roda huella de sus fluidos.

«Ahora tengo más ganas de saborearte»

Los ojos de Emma se dieron la vuelta, junto con un gemido animalesco que le brotó de la garganta.

«¿Excitada, Emma?»

La muchacha vio a Regina colocarse entre sus piernas con una mirada de pura lujuria.

«Por todos los santos, Regina, Usa esa boca para hacer algo útil»

Regina sonrió y apoyó sus manos sobre los tonificados muslos; los arañó, dejando a su paso marcas rojas, obligando a Emma a gemir más fuerte. Le separó las piernas, exponiendo ante sus ojos su sexo brillante.

«Oh, wow…» susurró Regina, mientras los ojos se le desencajaron ante ese espectáculo.

Emma no dijo nada, demasiado preocupada a no sucumbir ante la mirada que Regina estaba dedicando a su intimidad. Era una mirada que tenía algo de salvaje, casi como si la mujer quisiera devorarla

Regina le mantuvo las piernas abiertas, sacó la punta de la lengua y se inclinó, rozándole el clítoris rojo e hinchado.

«¡;Mierda!» jadeó Emma, cuyas caderas en seguida se elevaron.

Regina se rio nuevamente, sumergiendo sus labios en su sexo. Emma se dejó llevar; se llevó las manos a los cabellos, después al colchón, y finalmente a la cabeza de Regina que, por su parte, no tenía la más mínima intención de detenerse. La devoró, literalmente, succionando y lamiendo todo lo que tenía delante, alternando golpes en el clítoris con caricias ligeras siempre con la punta de la lengua. Finalmente, cuando los gemidos de Emma alcanzaron niveles de record, Regina separó sus labios con los dedos, antes de pasarle la lengua lentamente, de arriba abajo. Las uñas de Emma se anclaron sobre su piel, mientras la muchacha emitía un grito lleno de excitación y de desesperación.

«¡Regina!

Regina la penetró con lentitud, haciendo resbalar su lengua entre sus calientes y suaves carnes. Emma se estiró hacia su boca, gimiendo y jadeando con desesperación y creyendo enloquecer cuando Regina gruño de satisfacción, hundida en ella. Hace falta poco antes de que para Emma ya no sea suficiente, y Regina se dio cuenta; sustituyó la lengua por dos dedos, empujando no con poca fuerza dentro de ella. Emma se aferró a sus hombros, incapaz ya de registrar otra cosa que no fuese la boca de Regina, la lengua de Regina, los dedos de Regina…

La mujer se echó sobe ella, y ambas temblaron cuando sus pechos entraron en contacto; los dedos de Regina se movieron dentro del cuerpo de Emma, abriéndose y plegándose hasta tocar sus paredes internas.

Emma rodeó sus hombros con sus brazos, hundiendo los dientes en el cuello de Regina para intentar no chillar. Lo que fue casi imposible cuando Regina añadió el tercer dedo, empujando y tocándola como nadie la había tocado, ni siquiera en sus sueños más prohibidos. Emma abandonó la cabeza en la almohada, moviendo las caderas contra esos dedos milagrosos y sintiendo todo su cuerpo tensarse ante el placer. El orgasmo la envolvió con una fuerza desbaratadora, y Emma gritó todo su gozo en el nombre de Regina, sus músculos contraídos por la ola de placer. El calor de la magia que albergaba en su pecho explota junto al orgasmo, liberando cierta cantidad de energía mágica que fue suficiente para dar la vuelta a un par de camas. Regina desencajó los ojos, asombrada ante aquella manifestación de fuerza etérea.

Emma se derrumbó en la cama, completamente exhausta, la frente perlada de sudor, los ojos entrecerrados, el pecho que se alzaba y bajaba rápidamente.

«Emma…» susurró, mientras intentaba salir de ella, pero la mano de Emma se aferró a su muñeca con fuerza, impidiéndole cualquier movimiento.

«Espera»

Fue un silbido casi inaudible, pero Regina la contentó. Solo cuando el agarré se aflojó, sacó sus dedos de su interior, lentamente, estudiando las reacciones de su rostro. Emma hizo una mueca y Regina reconoció la misma sensación de vacío que había ella misma percibido poco antes.

La muchacha se acurrucó sobre sí misma y Regina sintió ensancharse su corazón ante esa visión; sonrió y agarró nuevamente las sábanas y cubrió sus cuerpos. Se acostó tras la espalda de Emma, envolviendo con un brazo sus caderas y sintiendo cómo se relajaba el cuerpo de la muchacha ante el contacto.

Regina dejó un leve beso detrás de su oreja, apoyó la barbilla en su hombro y cerró los ojos. El silencio se hizo camino entre las dos, pero ambas se sentían sencillamente en el paraíso.

«Ha sido perfecto» murmuró Emma.

Regina cerró los ojos

«Sí, es verdad»

Los labios de Emma se estiraron en una dulce sonrisa. Su mano resbalo hasta la de Regina. Sus dedos se entrelazaron casi por instinto.