Para evitar confusiones, aviso de antemano que este capítulo es desde el POV de Jane.
¡Espero que os guste!
Capítulo 2 – Ira
Desperté de golpe en medio de la noche, la oscuridad de mi habitación recibiéndome como un manto protector, como la presencia tranquilizadora de una madre. Normalmente a la gente le asustan las sombras, les asusta lo que no ven, pero a mí me gustan. Es cuando puedes aprovechar y jugar con la imaginación, cualquier cosa puede salir de la oscuridad, no hay límites.
Me destapé a patadas, sudando y las manos temblándome como locas. No recordaba qué había soñado pero estaba muy alterada. Oí un sollozo ahogado y tardé unos segundos en darme cuenta de que era yo la que estaba llorando, las lágrimas corrían por mis mejillas libremente, señal de que ya caían mientras dormía. Me las sequé con un gesto brusco, agradeciendo el haber rechazado la oferta de Maura. De haber despertado de esa manera con ella al lado, me habría sentido abochornada.
No me gustaba que la gente me viera llorar, o que me pillaran en un momento de debilidad. Por muy cliché o estúpido que sonara, tenía una imagen que mantener.
Me levanté de la cama, sabiendo que no volvería a conciliar el sueño mientras estuviera así de alterada, y me dirigí arrastrando los pies descalzos hasta la cocina para prepararme una de los muchos tipos de infusiones con los que la forense había llenado mis armarios. Miré entre las diversas cajas y vi uno que rezaba "Duerme bien". Encogiéndome de hombros, saqué la bolsita del plástico protector y puse la tetera en el fuego.
Me quedé mirando mi reflejo distorsionado en el metal y de pronto recordé la sensación que me había acompañado a lo largo de todo el día. ¿Y si había sido de verdad una pesadilla? ¿Y si Frost seguía vivo y lo había imaginado todo? Sentí la esperanza florecer en mi pecho y aliviar la presión y el nudo de mi garganta. Corrí hacia mi habitación en busca del móvil y me abalancé sobre él, tecleando con rapidez el código de marcación rápida del número de mi compañero.
Con paciencia, escuché los bips salir del altavoz, esperando a que me contestara su ronca voz, adormilado, y que me echara la bronca por habérseme ocurrido llamarle a esas horas de la noche. Y todo por una estúpida pesadilla…
Casi me dieron ganas de reírme de mí misma. Pero algo en el fondo de mi mente me susurraba que me estaba comportando como una tonta, agarrándome a clavos ardientes inexistentes. Silencié a esa vocecita justo cuando los bips dieron paso al mensaje del contestador.
Hola, si estás escuchando este mensaje es porque te estoy ignorando o porque estoy de vacaciones. Déjame un mensaje después de la señal y ya te devolveré la llamada.
Sentí los dedos fríos e insensibles y mi mente desconectó. No sé en qué momento dejé caer el móvil, sin preocuparme por si se golpeaba con algo. Me sentí estúpida, muy estúpida. Había tenido una pesadilla, sí, pero no había estado viviendo en una. Barry Frost estaba muerto y yo había tratado de llamarle.
Tendrías que haber probado con la ouija, se burló una vocecita en mi cabeza.
El rayo de esperanza se apagó y solo sentí rabia. Ira. Enfado.
Me enfadé conmigo misma por ser tan tonta e ilusa, por alargar el dolor aferrándome a la irracional creencia de que aquello no estaba pasando. Estaba muerto, no había nada que pudiera hacer para cambiarlo, y pensar lo contrario no lo hacía más llevadero, sino que aumentaba el sufrimiento. Si hubiera podido, me habría dado una bofetada a mí misma, un golpe que me despertara y lograra que aceptara de una vez lo que había pasado. Huir de ello no ayudaba, porque no puedes escapar de la realidad. Me reproché el haberme derrumbado por culpa de una simple pesadilla, haber dejado que me afectara tanto que lograra que me despertara llorando, angustiada, temblando. Yo no era así, tenía unas murallas bien altas que repelían las emociones y me protegían de todo.
Pero la pérdida de Frost había hecho una gran grieta.
Entonces dirigí mi rabia hacia él, hacia mi ex compañero. Me enfadé con él por haber sido tan irresponsable y viajar de noche. Todos sabíamos los peligros que eso conllevaba y él los había ignorado y se había puesto tras el volante de todos modos para poder llegar a tiempo de reincorporarse al trabajo al día siguiente. Quería ayudar a pillar a un malo, hacerle justicia a una víctima, y había acabado siendo él una. ¿Cómo se le ocurrió? Por muchas vueltas que le diera, no le encontraba la lógica, no veía qué retorcido pensamiento le había impulsado a salir de casa de su madre tan tarde.
Mi mirada tropezó con el saco de boxeo en forma de persona que me habían regalado Frost y Korsak cuando me auto-disparé. Me acerqué a él y, sin ponerme guantes ni protegerme las manos de ninguna forma, estampé un puño contra la tela. Dejé escapar un grito de pura ira y encadené una serie de golpes, uno tras otro, separados por apenas unas milésimas de segundo. Los rizos golpeaban mi cuello, colgando de la coleta que me había hecho para dormir, y los aparté con un movimiento de cabeza para que no me taparan la visión.
Imaginé que Frost estaba ahí, sujetándome al muñeco, y lo golpeé con más fuerzas aún.
- ¿Por qué? – grité.
Noté una gota de sudor deslizándose lentamente por mi espalda y otras más bajando por mi frente y metiéndose en mis ojos, haciendo que me escocieran. Me sequé con un antebrazo y le di una patada a un lateral del muñeco, que se bamboleó peligrosamente en su enganche.
- ¿Cómo… – puñetazo – te… – codazo – atreviste… – patada – a conducir? – di cinco puñetazos seguidos.
De golpe sentí como si me hubieran quitado todas las energías. Me quedé observando cómo el saco de boxeo se movía de un lado para otro, impulsado por mis golpes. Sin fuerzas para seguir luchando contra ello, le di un suave puñetazo en el abdomen y lo abracé para que dejara de balancearse. Con la frente impregnada de sudor apoyada sobre la tela del muñeco, cerré los ojos.
- ¿Cómo te atreviste a abandonarnos? – susurré.
Reculé hasta que mi espalda chocó contra la pared y resbalé por ella hasta que quedé sentada en el suelo. Abrazándome las rodillas y apoyando la cabeza sobre ellas, esperé allí, sin moverme, sin llorar, sin hacer nada. Solo esperé. Ni siquiera sabía a qué…
Entonces asentí, me levanté poco a poco, con infinito cansancio, y eché el agua hirviendo en una taza. Sacudiendo la bolsita para que se deshiciera bien, volví a mi habitación arrastrando los pies desnudos y me dejé caer de golpe en la cama tras dejar la infusión en la mesilla.
Apoyé el antebrazo en mi frente y cerré los ojos. Rebusqué en mi interior en busca de una pizca de la rabia que se había apoderado de mí anteriormente, pero solo encontré tristeza y vacío.
Había pasado la segunda etapa, la ira.
