No estoy nada convencida de esta capítulo. No sabía bien qué escribir porque no entiendo esta fase del duelo. Escribir las demás ha sido muy sencillo porque sé lo que se siente, pero la negociación... ¿Cómo puedes negociar la muerte de un ser querido? ¿Con quién vas a hacerlo?

En fin, espero que, a pesar de todo, no haya quedado un churro. Dejadme saber lo que pensáis, por favor. ¡Un saludo!


Capítulo 3 - Negociación

Nada más llegar a casa me quité los tacones con un suspiro de alivio. Nunca me habían molestado tanto como lo hacían últimamente.

Los restos de la última conversación que había mantenido con Jane flotaban por mi mente como una distracción que yo misma me buscaba inconscientemente para no pensar en el motivo que hacía que mi pecho estuviera constantemente oprimido, que mis ojos picaran por llorar, que la voz me fallara cuando iba a hablar por el nudo que me cerraba la garganta. Yo misma le había indicado a la morena que ya había superado las dos primeras etapas del duelo, ya había pasado por la negación, la sensación de estar viviendo una pesadilla, de que en cualquier momento Frost entraría por la puerta de la morgue y, al ver a un cadáver en plena autopsia, se pondría pálido y correría hacia el lavabo para vomitar. Ya había pasado por la ira, me había cabreado con él, le había insultado a mí manera, había sentido la sangre hervir en mis venas y había recordado todos y cada uno de nuestros pequeños, nimios y totalmente estúpidos enfrentamientos; me había reprendido por dejar que pasaran, por malgastar un tiempo precioso.

Llegaba el momento de la negociación.

Debía admitir que no estaba muy segura de cómo lo haría, ni qué era. ¿Cómo vas a negociar la muerte de alguien? Ni siquiera le encontraba el sentido basándome en una perspectiva religiosa o mágica en la que existiera una muerte, física o etérea, que viniera a llevarse las almas de la gente. Carecía de lógica.

Frunciendo el ceño, intenté concentrarme en otra cosa. Abrí la nevera y dejé que el frío me pusiera la piel de gallina, que me estremeciera aunque eso hiciera que las emisiones de contaminantes a la atmósfera aumentaran ligeramente. Sintiéndome culpable, saqué la leche y cerré el electrodoméstico con un golpe de cadera. Vertí el líquido en un bol, casqué un huevo, eché una pizca de sal y pimienta; y revolví todo con un tenedor hasta que se convirtió en una mezcla entre el naranja y el amarillo.

Echándolo todo en una sartén que había puesto previamente a calentar, observé cómo el calor formaba burbujas de oxígeno. Dejé que mi mente se abstrajera, tratando de desconectar el cerebro, en parte para probarle a Jane que estaba equivocada cuando decía que yo no podía dejar de pensar. Para empezar, uno de los requisitos básicos de la meditación era el dejar la mente en blanco. Me di cuenta de que estaba argumentando conmigo misma y suspiré, removiendo el huevo para que no me saliera una tortilla francesa en lugar de huevos revueltos.

Me senté a cenar en la soledad de mi apartamento y luché con la necesidad de coger el móvil y llamar a la detective, llenar el vacío que sentía, acabar con el silencio que reinaba en mi casa. Siempre me habían gustado las casas grandes, me había criado en ellas, pero a veces eran lo más solitario que existía. Esas noches en las que llegaba y hasta Bass estaba sepulcralmente silencioso, me daban ganas de salir corriendo y volver a la calle, mezclarme con la gente a pesar de que siempre decía que no me gustaba. Era ligeramente antisocial, pero tampoco soportaba la soledad.

Era una contradicción andante, por mucho que esa oración fuera errónea en todos los sentidos.

Cuando terminé de cenar, guardé todo y me preparé para meterme en la cama. Entonces, mientras sentía el vacío de mi interior erguirse sobre mí y amenazarme con tragarme entera, casi agradecí el estar sola. No quería que hubiera testigos y pasaba la etapa de la negociación y llegaba a la depresión esa noche, no me gustaba que la gente me viera llorar.

Me quedé tumbada en la cama, encima de la colcha, sin ganas de abrirla, y miré las sombras danzar en el techo de mi habitación. Descansé las manos encima del estómago, mis dedos jugando unos con otros, tratando de mantenerme ociosa de alguna manera. Pero casi parecía que el silencio me susurraba el nombre de Barry Frost en el oído.

¿Acaso era tan ilusa de pensar que iba a poder olvidar algo de tal magnitud, hacer como si simplemente no existiera, no hubiera pasado? Eso supondría volver de golpe a la negación y no tenía ganas ni fuerzas para volver a luchar conmigo misma para avanzar. Mi cuerpo me pedía llorar pero mi mente no me dejaba, era como si ella se hubiera impuesto pasar todas las etapas correspondientes antes de dejarme liberar la angustia, la tristeza y la desolación que me acompañaban desde que había visto el cuerpo inmóvil del que consideraba mi compañero, mi amigo.

Me negué a pasar por lo mismo otra vez.

Tenía que aceptar que no podía seguir negando lo que había ocurrido. Me habían llamado a mí para que le identificara, había sido yo quien se había visto obligada a apartar la manta y observar su magullada cara, llena de cortes y sangre seca. Había sostenido su mano sin vida para comprobar que realmente no tenía pulso. Había deslizado suavemente sus párpados, cerrándolos para que mis ojos no tropezaran con los suyos, antaño tan brillantes, alegres y llenos de vida; y en ese momento sin vida. Apagados. Eso había pasado y había sido tan real que mi mente huía de ello porque le producía un dolor insoportable.

También tenía que aceptar que convertir mi tristeza en rabia no me ayudaba. La ira es destructiva, arrasa todo lo que toca, te quema, te cambia hasta convertirte en algo que no eres. Pagar un ligero enfado con todo el que te rodea acaba haciéndote daño a ti a tus seres queridos. No podía culpar al pobre Frost de haberse puesto a conducir por la noche, de haberse sentido con la energía suficiente como para llegar a Boston y, quizá, invitarnos a algunas cañas para celebrar su vuelta. No podía enfadarme con él por haber tenido un desliz. Tampoco es que él fuera buscando tener un accidente de coche. La probabilidad de tener uno es alta, dada la gran cantidad de vehículos circulando. La probabilidad de morir en uno también es alta. Frost no iba conduciendo con los ojos cerrados, no había bebido más que refrescos, no iba jugando por la carretera. Había sido una mala broma del destino, un mal número en la probabilidad, una mala elección de carta en la baraja del azar.

Esas cosas pasan por mucho que vayamos por el mundo como si fuéramos intocables. La burbuja protectora que crean nuestros padres a nuestro alrededor cuando crecemos nos da la sensación de que va a desviar todos los golpes, todas las balas. Sentimos que a nosotros nunca nos va a pasar nada porque, al fin y al cabo, ¿qué mal hemos hecho?, nos decimos. Estaba totalmente convencida de que esa prepotencia, esa arrogancia, era la perdición de muchos y los "por poco" de otros tantos.

Siendo consciente de que yo a veces también me dejaba llevar por ese lado alocado, me prometí que la próxima vez me lo pensaría dos veces antes de hacer algo. Se me ocurrió la irracional idea de que quizá, si cumplía, la fuerza mayor que nos había arrebatado a Frost antes de tiempo lo reconsideraría y nos lo devolvería.

Negocié conmigo misma y con el aire.

Con ese pensamiento en la cabeza, me quedé dormida finalmente, hecha un ovillo y abrazada a mí misma para mantener a raya a la soledad.