Penúltimo capítulo ya. En mi opinión, este y el siguiente son los peores, los que tienen más carga emocional.
Espero que os guste.
Capítulo 4 – Depresión
Estaba deseando terminar de trabajar para poder irme a casa.
Llevaba todo el día luchando contra las lágrimas, notándolas quemarme en la garganta, oprimiéndome el pecho, impidiéndome hablar. Cualquier nimio comentario lograba que tuviera que apartar la vista y esconder la cara mientras parpadeaba con rapidez y tragaba saliva para aflojar el nudo de mi garganta.
Me había visto obligada a forzar mis sonrisas, a mantener la mente ocupada ordenado por colores los zapatos de mi armario con tal de no pensar. Sabía que, en el caso de haberme derrumbado frente a Jane o Susie, lo habrían comprendido, pero mi temor había sido el perder el control frente a un completo desconocido. Sabía que la primera me habría abrazado y se habría quedado conmigo hasta que estuviera más calmada mientras que la segunda se habría asegurado de que estaba bien antes de marcharse para dejarme llorar tranquila y en soledad. Ambas despertaban sentimientos de incomodidad en mí, no me habría gustado que Jane me hubiera visto en ese momento de máxima debilidad, pocas veces me he mostrado así ante ella, desnuda, sin la frialdad propia de la Doctora Isles; sin embargo, la perspectiva de llorar a Frost sola, para luego llegar a casa y volver a estar sola…
Desperté de mi ensueño justo para mirar el reloj y ver que ya podía irme sin levantar sospechas. Quería llegar a mi casa, prepararme un buen baño caliente con espuma, poner música, tomarme una copa de vino y dejarme llevar. Recogí todos mis papeles, poniéndolos en un montón perfectamente ordenado y catalogado, cada tema con su color y su separador; y lo dividí en dos partes: una la dejé colocada en un lateral de la mesa de mi despacho y la otra la metí en el bolso junto con el portátil.
Pesqué las llaves del coche, metiendo un dedo por la anilla para no perderlas u olvidarlas, como ya me había pasado varias veces, y me aseguré de haber cogido el móvil y el cargador. Viendo que lo tenía todo, eché un último vistazo a mi despacho de la misma manera que miras tu casa cuando te vais a ir de vacaciones por un largo periodo de tiempo, como si quisieras grabar esa imagen en tu cabeza para tener a dónde recurrir en caso de que la nostalgia te atacara. Pero aquella reacción era totalmente ilógica en mi situación, no tenía planeado abandonar Boston en ningún momento cercano. La única explicación que podía encontrarle era que sintiera que, después de esta noche, no volvería a ser la misma y quisiera tener un recuerdo de mi antigua yo.
Fruncí el ceño y decidí dejar de buscarle el sentido a algo que, quizá, había sido un impulso irracional y totalmente inconsciente. Quizá no tenía que tener un motivo, solo había sido algo que había tenido ganas de hacer. Sonreí al darme cuenta de la influencia que tenía la detective sobre mí, años atrás, jamás se me habría ocurrido desechar un pensamiento y catalogarlo de "fortuito", le habría dado mil vueltas al asunto hasta que le hubiera encontrado la lógica. Pero, de nuevo, aquella era mi vieja yo.
Manteniendo en mis labios la primera sonrisa sincera del día, salí del despacho, cerrando la puerta detrás de mí, y me despedí de Susie. A medida que iba avanzando por el blanco pasillo de la morgue, iba correspondiendo las despedidas de los técnicos que se cruzaban conmigo de camino a sus puestos de trabajo para recoger o hacer los últimos arreglos. Todo el mundo se iba a casa ya.
No pude evitar notar que reinaba un cierto aire de tristeza en la comisaria entera que se había filtrado hasta mi departamento. Normalmente éramos los que nos manteníamos fuera de los dramas policiales, como si no perteneciéramos a ese edificio, como si las vidas que se desarrollaban por encima de nuestras cabezas no tuvieran nada que ver con las nuestras. Parecía que, en lugar de estar separados por unos metros de tierra, estábamos en un universo paralelo y totalmente diferente en el que las emociones se sobre analizaban y diseccionaban para buscarles un porqué científico. Mientras tanto, en el mundo policial, la pasión y los ideales de lealtad, libertad y justicia dirigían las acciones de las personas.
Salí a la zona de las ambulancias y casi choqué con un joven técnico. Disculpándome y deseándole buenas noches, me reprendí a mí misma por ir tan despistada, pero alguien llamándome por mi nombre volvió a sacarme de mi ensimismamiento.
- ¿Doctora Isles? – giré sobre mis tacones y vi que era el joven el que me estaba llamando. – Oí la noticia sobre la muerte del detective Frost y… Sé que ustedes eran amigos y quería darle mis condolencias, era una gran persona.
La garganta comenzó a quemarme por las lágrimas contenidas pero, de algún modo, me las apañé para encontrar la voz. Agaché la cabeza brevemente mientras luchaba por serenarme y esbocé una sonrisa cargada de tristeza.
- Sí que lo era – susurré pero lo suficientemente alto como para que él me oyera. – Gracias.
Asintió con nerviosismo y alzó una mano para despedirse antes de darse la vuelta y entrar en la morgue. Yo caminé en dirección contraria, sintiendo el fresco aire de la calle darme en la cara al salir por la puerta de las ambulancias. Me quedé unos segundos parada, casi imperceptiblemente, mientras reflexionaba sobre lo que acababa de pasar.
Reanudé mi camino con pasos inestables y, entonces, algo estalló en mi pecho. El muro que había construido para mantener mis sentimientos a raya, la caja en la que los había escondido, se rompió en pedacitos en mi interior. Me sentí sobrepasada por la multitud de sensaciones que se apoderaron de mi cuerpo de golpe y tuve que buscar el apoyo en una ambulancia, descansando una mano en la pared para mantenerme estable mientras me veía empujada a inclinarme hacia delante. La intensidad de mi tristeza era tan grande que tuve la sensación de que iba a desmayarme.
Mis pulmones se bloquearon, los sollozos se atragantaron en mi garganta, chocando unos con otros, pisoteándose en una lucha por ver cuál salía antes. Las lágrimas comenzaron a descender por mis mejillas en cantidad abundante y, antes de que pudiera ser consciente de ello, me encontraba sumida en un pozo de paredes lisas y sin ningún salvavidas a mano. El pecho me dolía intensamente, como si el haber reprimido mis emociones las hubiera fortalecido en lugar de hacerlas más frágiles y, ahora que se habían liberado, recorrían mi cuerpo con rapidez, llegando a todos los rincones, sin darme tregua, sin cansarse. Las piernas me fallaron y me dejé caer contra el lateral de la ambulancia, chocando con ella y escurriéndome hasta que mi espalda estuvo totalmente apoyada contra la puerta metálica.
El bolso quedó olvidado junto a mí, tuve que quitarme el chaquetón porque sentía que me ahogaba. No podía respirar. La garganta me ardía, la cabeza me palpitaba. No era capaz de pensar ni de moverme. Me llevé las manos a ambos lados de la cabeza, agarrándome las sienes como si con eso pudiera conseguir que dejaran de dolerme. Apenas conseguía meter el suficiente aire en los pulmones para librarme de la sensación de asfixia, cada pequeña gota de oxígeno que cogía se escapaba rápidamente por mi boca en un nuevo sollozo que sacudía mi cuerpo entero y amenazaba con romperme a su paso.
No sabía cuánto tiempo había pasado, cuánto había llorado; solo que, en algún momento, el dolor se amortiguó lo suficiente como para dejarme levantar. Usando la ambulancia como objeto inmóvil de apoyo, me incorporé lentamente y cogí el bolso del suelo. Mareada y con una gran migraña, todavía llorando pero sin sentir esa sensación de total desasosiego, sin temer desmayarme en algún momento por no poder soportar tanta emoción junta y tan fuerte; llegué a mi coche a trompicones. Entré dentro y me calmé lo máximo que pude, lo necesario para conducir a casa y llegar sana y salva.
Metida en una especie de inconsciencia, mi celebro embotado en dolor, mi cuerpo insensible, en algún momento aparqué frente a mi casa y me las apañé para arrastrarme hasta la cama. No di para más. Me derrumbé sobre el colchón y me hice una bola, abrazándome las piernas flexionadas y usándolas de agarre para evitar romperme mientras las lágrimas volvían a brotar descontroladamente de mis ojos, mientras los sollozos que salían de mi garganta se convertían en gritos amargos que me dejaron sin voz.
Una eternidad más tarde, me quedé dormida, pero hasta en sueños las pesadillas me persiguieron, los coches ardiendo me rodeaban y los cuerpos inmóviles se amontonaban allá donde mirara. Hasta en sueños no pude dejar de llorar, ni siquiera cuando los ojos comenzaron a dolerme ni cuando pensé que ya no tenía más líquido que expulsar, seguí expresando mi desconsuelo a través de mi garganta rasposa.
Y, cuando desperté muy pronto a la mañana siguiente, casi agradecí el no poder volver a dormir. Me quedé tumbada de lado en el colchón, todavía en posición fetal, todavía temiendo convertirme en pedacitos.
Inmóvil, sin mirar a nada en concreto, taché una casilla más en mis etapas del duelo.
