Capítulo II: La misión
Interminables filas de shinigamis encadenados desfilaban por los amplios jardines de la octava división. Por todas partes se escuchaban gritos imperativos para que nadie se resistiese. Los ánimos de los shinigamis cautivos estaban cada vez más caldeados. Durante la madrugada se habían librado algunos combates ante la sorpresa de la redada, pero gracias a la intervención del capitán Naeros no hubo que lamentar pérdidas.
Longinus avanzaba penosamente en una de las hileras. Detrás de él podía oir las incesantes quejas de Duncan Idaho que empezaba a acusar el síndrome de abstinencia.
–Joder¿no pueden dejarme coger ni un poquito de mi "material"? –por material, Duncan se refería inequívocamente a las hierbas especiales que guardaba en un cajón disimulado dentro del armario de su habitación–. Esto es inhumano...
–Lo que es inhumano es tener que escucharte, cacho de quejica –espetó Dawinch desde una fila contigua.
–¡Silencio! –ordenó uno de los shinigamis de la segunda división.
Estaba claro que no había nada que hacer. Estaban siendo retenidos por razones que desconocían y no tenían posibilidad de defenderse. Mientras esta clase de reflexiones iban minando la moral de los retenidos, un hombre que portaba la capa blanca de capitán entró por una de las puertas del cuartel. Uno de los guardianes se dirigió a él, y tras una breve conversación el guardia se apartó del capitán y empezó a buscar entre las filas de detenidos. Al poco sus ojos encontraron lo que buscaban y gritó:
–¡Está aquí, capitán Ailios!
Inmediatamente el capitán se acercó al guardia, el cual le señaló con la espada al prisionero que buscaba. Estaba apuntando hacia Longinus.
–Está bien, liberadle –ordenó el capitán.
–Pero, señor, no... –trató de responder el guardia.
–He dicho que le liberes, él no es sospechoso de nada. Ha permanecido los últimos tres meses fuera de la Sociedad de Almas (1), así que no podía tener constancia de las actividades de su división –explicó el capitán.
–Está bien... como vos digáis –y diciendo esto el guardia se acercó al sorprendido Longinus y le liberó.
Entonces Ailios le indicó con un gesto que le siguiera y así lo hizo obediente, sin saber qué demonios estaba pasando.
–¡Longi, pídele al taicho que me dejen llevar mis hierbas! –pidió Duncan en la distancia.
Al poco ambos habían desaparecido tras las puertas corredizas de una de las salas del cuartel.
–Te preguntarás por qué te he liberado –comenzó Ailios.
Se había colocado frente a una ventana, dándole la espalda a Longinus, en una pose que le daba dramatismo. Longinus recordó que el capitán de la primera división era muy dado a hacer este tipo de teatro para sorprender a sus interlocutores.
–Creo que lo que más me pregunto es por qué están deteniendo a toda mi división.
Ailios pareció decepcionado. Se dio la vuelta y tras observar un instante la expresión de Longinus decidió comenzar desde el principio.
–Verás. Ya sabes que últimamente la Sociedad de Almas viene siendo asediada por un grupo de shinigamis que anda de aquí para allá robando reliquias.
El joven shinigami lo sabía perfectamente. Por culpa de una misión para proteger una de dichas reliquias había ocurrido el lamentable suceso que le había apartado de la Sociedad de Almas durante tres largos meses.
–Sí, sí, lo de los Enmascarados –atajó Longinus.
Los Enmascarados era como se conocía a los shinigamis que cometían aquellos hurtos. Se les denominaba así porque todos ocultaban su identidad detrás de máscaras que imitaban las de los hollows (2). Nadie sabía de dónde habían salido, quiénes eran y mucho menos por qué se empeñaban en robar las reliquias.
–Pues bien, según un informe que ha llegado a la Cámara Central de los Cuarenta y Seis la octava división ha estado dirigiendo a los Enmascarados –concluyó Ailios.
–Pero¿qué coño estás diciendo? –exclamó Longinus irritado– ¡Eso es mentira¡El capitán Naeros nunca traicionaría al Seireitei!
–Lo sé, lo sé –trató de calmarle el capitán–. Es evidente que alguien le ha tendido una trampa. Es por eso que te necesito.
Longinus arqueó una ceja como solía hacer cuando algo le pillaba por sorpresa.
–Necesito que investigues el asunto de los Enmascarados.
–¿Qué?
–Que necesito que...
–No, no, no, he entendido lo que has dicho, Ailios –la cara de Longinus era todo un poema–. Lo que quiero decir es... ¿qué esperas que haga?
El capitán Ailios soltó una carcajada.
–A ver, te explico. Necesito a alguien que tenga libertad de movimientos por todo el Seireitei para que pueda conseguir información que yo, en calidad de capitán, no puedo conseguir así como así.
–¡Para eso tienes al grupo de Operaciones Especiales!
La expresión de Ailios cambió momentáneamente.
–No sé si puedo confiar plenamente en la segunda división.
–¿Por qué?
–Ya has visto lo que ha pasado –dijo Ailios taciturno–. Alguien mueve los hilos en la sombra, y Naeros ha sido la primera baja. Sólo puedo confiar en alguien que esté de nuestro lado. Y por eso te he elegido a ti.
–Por eso y porque soy el único que podía librarse del edicto de la Cámara –replicó Longinus.
–Eso también –reconoció el capitán–. Entonces... ¿estás con nosotros?
Longinus miró largamente al capitán de la primera división. Finalmente extendió su brazo hacia él. El capitán hizo lo mismo y se estrecharon las manos.
–Si no hay más remedio...
(1) También conocida como Soul Society, es el mundo espiritual donde van a parar las almas que los shinigamis purifican en el mundo humano.
(2) Espíritus vacíos. Son aquellas almas que, ya sea
por su propia maldad, el efecto de otros hollows o simplemente por no
trascender a la Sociedad de Almas pierden su cadena de vida y se convierten en manifestaciones violentas que
pueden llegar a atacar a los seres vivos.
Los shinigamis se enfrentan a ellos numerosas veces para proteger a los seres
humanos.
