Capítulo IV: Happy People
El comedor de la décima división estaba abarrotado de gente. Los rumores del encarcelamiento de la octava habían llegado hasta allí y se habían convertido en la comidilla. En medio del maremagno de cuchicheos y palabras veladas por el secretismo, una persona, al margen de los cotilleos, permanecía callada. Su atención no estaba dirigida al bullicio ambiental que le rodeaba, sino a los platos que tenía delante y que contenían abundante comida. Engullía a una velocidad de vértigo el contenido, como si alguien fuera a quitárselo. Y en cierta manera tal vez tuviera razón. El orondo comensal situado enfrente de él no paraba de mandar alarmantes miradas al contenido de las suculentas viandas. Había terminado su ración y se había unido al alboroto general, pero parecía que se había quedado con un poco de hambre. "Ni se te ocurra, amigo", pensaba Longinus mientras aferraba con fuerza el cuchillo. Fue entonces cuado notó algo a su espalda. Alguien se había apostado detrás de él y parecía golpearle ligeramente con la empuñadura de una espada. Cuando estaba a punto de girarse para ver quién era el que le estaba molestando una voz femenina le frenó.
–No muevas un pelo o eres shinigami muerto.
Longinus sonrió.
–Si haces un solo movimiento en falso te rajo, espía de la octava –continuó la voz–. No deberías haber venido aquí...
Él levantó rápidamente uno de sus brazos y agarró con fuerza la mano que sujetaba la empuñadura de la espada. Con un rápido giro, que parecía mentira dada su envergadura, se situó detrás de la presunta asaltante y, rodeándole el cuello con su robusto brazo, la inmovilizó.
–Lovely Yuki-san, deberías mejorar tus modales –le susurró al oído.
Ésta profirió un sonoro quejido.
–Jo, Longi, no hay por qué ser tan bruto –dijo ella con voz lastimera.
–Y tú deberías saber que tus técnicas no funcionan conmigo.
La expresión compungida de la muchacha cambió y, con un movimiento brusco consiguió zafarse de la presa.
–Hay que ver, con lo mona que estoy cuando sollozo –sonrió ella pícaramente.
La gente que se había levantado de los asientos alarmados por la inminente riña comenzaron a sentarse. La chica que acaba de montar aquel espectáculo era una joven de pelo rojizo y corto, que sujetaba con una cinta corta. Se abalanzó a los brazos de Longinus.
–¡Qué bien que estés libre, Longi¡Nos teníais preocupados! Así que los rumores de que la octava ha sido apresada eran falsos.
–No del todo... –tuvo que admitir él.
–¡¿Cómo?!
Todo el mundo volvió a interesarse por la extraña pareja.
–Esto... creo que deberíamos hablar en otro lado, Yuki-san.
–Como tú quieras, Longi-kun.
Longinus salió del comedor seguido de Yuki-san y una buena parte de las miradas de los comensales. Aquello no le gustaba nada. Estaba bien ser el centro de atención, pero no por algo como aquello.
–¿Y bien¿Qué es lo que pasa? –inquirió Yuki-san impaciente.
–Vamos a tu habitación.
De nuevo la expresión de la chica cambió.
–Oh, vaya, tú sí que eres directo, Longi-kun –dijo ella pícaramente.
Longinus suspiró.
–No, Yuki-san, no estoy para juegos.
En lugar de parecer contrariada, la expresión de la chica se tornó en preocupación.
–Así que los rumores son ciertos... os han acusado de traición.
–Eso me temo...
Ella dio un paso atrás y le miró de arriba abajo.
–¿Y tú te has...?
–No seas ingenua. No podría escaparme de los Ejecutores ni en sueños –atajó él–. Estoy libre de sospechas por haber estado desaparecido aquellos meses.
–Entiendo –la joven volvió a su expresión jovial y se acercó a Longinus–. Entonces... ¿estás aquí para averiguar quién os ha echado el muerto encima?
–No.
–¿No?
–No –reiteró él.
Ella le miró de hito en hito.
–Entonces... ¿para qué estás aquí?
–Pues para comer... –él miró hacia el comedor. Por tercera vez en el día, su ceja se arqueó–. Mierda.
Longinus se lanzó dentro con determinación. Yuki-san, sorprendida, le siguió. Él se paró de nuevo en el sitio donde había estado sentado minutos antes. Su expresión era fiera. Ella se acercó y cogiéndole levemente del hombro le preguntó:
–¿Qué ocurre, Longi-kun¿Qué has visto?
Cuando él se giró pudo ver la expresión de enfado que había dibujada en su rostro.
–¡Este cabrón me ha robado mi comida! –gritó Longinus señalando al culpable.
El inculpado se levantó de la mesa y gritó:
–¡Tú te habías ido!
–¡A la jodida puerta! –gritó aún más cabreado él–. ¿Qué pasa¿Qué si te vas de la habitación de tu novia eso quiere decir que puedo entrar a follármela¡Devuélveme mi comida, jodida bola de sebo!
El otro shinigami no encajó bien el recordatorio de su evidente obesidad e hizo amago de desenvainar su espada. Pero antes de que pudiera hacerlo, Longinus ya le había noqueado de un derechazo.
–¡Esto se resuelve con los puños, no con las espadas! –le gritó al inconsciente contrincante.
Yuki-san se dio cuenta de lo caldeado que estaba el ambiente. A su alrededor se iba formando un corro de shinigamis de la décima división a los que no les había sentado bien que el intruso dejara fuera de combate a uno de sus compañeros. No es que fueran amigos del voluminoso shinigami, de hecho no parecía caerle muy bien a nadie por esa molesta costumbre de robarle la comida a los demás, más bien, se sentían molestos por el hecho de que alguien ajeno a la división le había parado los pies y no habían sido ellos. Después se justificarían diciendo que le habían pateado el culo a aquel tipo por haber atacado a uno de su misma división.
Pero nada de aquello ocurrió. En medio del bullicio alguien recitaba inadvertidamente los versos de un conjuro. Cuando hubo terminado una intensa luz inundó la gran sala comedor durante unos segundos cegando a todo el mundo. Para cuando pudieron recuperar la vista el shinigami de la camisa azul ya no estaba.
La puerta se cerró bruscamente. La joven de pelo castaño recogido en una coleta, que tenía una gruesa línea roja tatuada que le recorría la mejilla derecha, se giró a los que acababa de salvar el pellejo.
–¡Aira! –gritó el joven al reconocer a su salvadora–. Muchas gracias por lo del comedor, aunque yo podría haber acabado con ellos...
–Sí, seguro –ironizó Yuki-san a su espalda.
Longinus fingió ofenderse ante la falta de fe de su amiga.
–Cómo se nota que vienes de un distrito conflictivo... ¿era el setenta y nueve del Rukongai (1) Este? –dijo Yuki-san mientras hacía evidente por su rostro que estaba tratando de recordarlo.
–Del setenta y ocho... –le corrigió él.
–¡Eso es¡Por eso eres más bruto que un arao! –concluyó ella alegremente.
La joven de la marca roja observaba divertida la escena.
–Bueno, muchas gracias por todo, chicas. Pero me temo que debo irme.
Longinus hizo amago de dirigirse hacia la puerta, pero las dos chicas se interpusieron en su camino.
–¿Dónde crees que vas? –dijo la pelirroja con actitud socarrona.
–No tengo tiempo para juegos, ya te lo he dicho –se quejó él.
La pelirroja dio un paso y le hizo una seña a su compañera. Aira le siguió el juego divertida. Ambas avanzaron hacia él.
–No te irás de aquí hasta que no nos cuentes qué está pasando, Longi-kun –le amenazó Yuki-san.
Longinus dio un paso hacia atrás instintivamente. Después se detuvo, se llevó una mano a la cabeza y, finalmente, les dirigió una sonrisa a sus dos avasalladoras.
–Está bien, me rindo. Sois demasiado persistentes y acabaríais siguiendome a cualquier sitio... ¡aunque fuera un servicio de caballeros!
–Lo sabes bien –dijo la pelirroja guiñándole un ojo.
–Pues ahí va. Como soy el único shinigami de rango más o menos alto que no ha sido acusado por los cargos de traición... me ha sido asignada la tarea de encontrar a los verdaderos culpables de todo este embrollo.
–¿A quién? –preguntó Aira.
Longinus las contempló un instante y continuó. Sabía darle expectación a su público.
–A los Enmascarados.
Hubo un instante de silencio en el que los rostros de las dos féminas lo decían todo.
–¡No jodas! –exclamó Yuki-san, cuya expresión parecía corroborar el improperio que acababa de salir de sus labios.
–Eso me temo... estoy pringando por culpa de alguien que ha acusado a los de mi división.
Aira lanzó un bufido.
–Menudo lío... ¿Y ahora qué vas a hacer?
–Pues tengo esto –dijo él mientras sacaba un pequeño papel satinado–. Es un salvoconducto. Con él puedo ir a donde quiera para poder investigar.
–¡Qué genial¡Estás hecho todo un Sherlock Holmes! –exclamó Yuki-san.
–Mucho me temo que Holmes no estaría tan perdido como lo estoy yo con este asunto... Ni siquiera sé por dónde empezar.
Yuki-san miró a Aira. Aira le devolvió la mirada. La shinigami pelirroja sonrió. La shinigami castaña puso cara de circunstancia. Yuki-san se volvió a Longinus y finalmente dijo:
–¡Está decidido¡Nosotras te ayudaremos a descubrir a los culpables de todo este entuerto!
Y por cuarta vez, casi consecutiva a la tercera, la ceja de Longinus bailó sobre su ojo.
–¿Qué vais a hacer qué?
–Aira y yo te vamos a ayudar, Longi-kun –dijo la pelirroja en un arrebato de entusiasmo.
Longinus trató de rebatir la decisión de Yuki-san, pero sabía que sería inútil. Cuando a la pequeña shinigami de pelo rojo se le metía una idea en la cabeza era muy difícil sacársela. Reflexionó y se dio cuenta que cuantos más fueran investigando más rápido conseguirían pistas. Tres cabezas piensan mejor que una.
Yuki-san seguía hablando mientras él llegaba a aquella conclusión.
–... y el cuarto de Longi será nuestro cuartel general –alcanzó a escuchar.
–¿Qué qué? –replicó Longinus con muy poca elocuencia.
–Tu cuartel ahora mismo está casi vacío, así que en él estaremos a nuestras anchas¿no crees? –dijo Yuki-san.
–La verdad es que es mejor tener un lugar en el que reunirnos sin ser espiados –apuntó Aira.
Longinus las miraba de hito en hito. No podía replicar, ellas solas habían montado ya toda la estrategia. Tuvo que rendirse, no era tan fuerte como para soportar el ataque conjunto de aquel par de féminas.
–Sé que me voy a arrepentir de lo que voy a decir pero... está bien, usaremos mi habitación.
Yuki-san lanzó un grito de victoria y salió alegremente de la estancia.
–¡Recojo mis cosas y nos vamos! –alcanzaron a oír Aira y Longinus desde el cuarto–. ¡Esta noche tendremos nuestra primera reunión!
Pasado un momento, Longinus miró a Aira.
–¿Ha pasado lo que creo que ha pasado?
–Depende de a lo que te refieras –respondió Aira sonriente–. Si te refieres a que sin comerlo ni beberlo nos vamos a instalar en tu habitación para ayudarte en la investigación... creo que sí que ha pasado.
–Me lo temía.
Aira le miró a los ojos y frunció el ceño.
–¿Pasa algo? –preguntó él.
–Te tienes que ir.
Había oído que a veces a Aira le daban extraños ataques de clarividencia, justo en momentos críticos. Longinus se puso en guardia.
–¿Por qué¿Qué va a ocurrir?
–Que voy a abrir el cajón donde guardo las braguitas y no quiero que me espíes –sentenció ella sonriendo.
Las chicas tardaron un buen rato en escoger la ropa que debían llevarse. Longinus les increpó que aquello era temporal, que no hacía falta prepararse tanto. Ellas simplemente le ignoraron. Cuando por fin se decidieron, cargaron a Longinus con sus equipajes y pusieron rumbo a la octava división.
Para cuando llegaron empezaba a anochecer. Una luz anaranjada iluminaba los jardines. Longinus miró a su alrededor y se dio cuenta de que no había ningún movimiento. El bullicio que habría inundado aquellos espacios abiertos con las animadas conversaciones de sus compañeros había sido tornado por un espectral silencio. Tan sólo se escuchaba ruido proveniente de las estancias de los académicos que se hospedaban en las viviendas de la parte inferior del recinto. Sintió que le invadía la nostalgia.
–¿Dónde dejamos las cosas? –inquirió Yuki-san a su lado.
Longinus volvió en sí.
–¿Qué cosas¡Si lo llevo yo todo!
Yuki-san le dio un empujón.
–Venga, no seas quejica y llévanos a tu cuarto, Longi-kun.
–Dicho así suena hasta obsceno, Yuki-san –dijo Aira.
–¿No tenía que sonar así? –volvió a bromear la pelirroja.
Por fin llegaron a la habitación. Longinus abrió de una patada la puerta y cedió el paso a las damas.
–¡Hala, qué cuarto más grande tienes, Longi-kun!
–Me lo ofreció el taicho. Es el más cercano a la biblioteca, si exceptuamos el de la fukutaicho. Estar tan próximo me viene bien para ayudar a Nae-chan en sus tareas de bibliotecaria.
Longinus sonreía mientras lo decía. Ahora echaba de menos hasta las broncas que le profería la subcapitana Naerys cada vez que se quedaba dormido y llegaba tarde a la biblioteca, lo cual ocurría con mucha frecuencia.
–Bueno, creo que esto ya está –dijo Aira dejando su maleta dentro de uno de los armarios de puerta corrediza– ¿Qué tal si hablamos del caso?
–Suena bien –confirmó Yuki-san.
Se sentaron en el suelo formando un corro.
–Pues el caso es que... no tenemos nada –dijo apesadumbrado Longinus.
–Hombre, algo sabemos: que le han tendido una trampa a la octava división al completo –señaló Yuki.
–Eso quiere decir que el que ha tendido la trampa tiene que ser alguien influyente –dedujo Aira.
–No sabría decirte –le frenó Longinus–. Ailios me dijo que mandaron a alguien investigar a la octava división. Quizá debamos pensar que ese espía es el que nos la jugó.
–O tal vez ni siquiera hubo un espía –apuntó Yuki.
–¿Qué quieres decir?
–La teoría de que es alguien poderoso no es tan descabellada –continuó la pelirroja–. Simplemente ese alguien pudo inventarse la historia del espía y escribir él mismo el informe.
–Todavía es muy pronto para empezar con suposiciones –Longinus volvió a serenar a sus compañeras–. Necesitamos recopilar datos para llegar a alguna hipótesis más factible. No podemos ir a cada persona influyente y señalarle con el dedo.
–Tienes razón –confirmaron ellas.
–Sugiero que mañana... –Longinus se trabó–. Mierda, no sé ni por dónde empezar.
Los tres se quedaron callados. Por fin fue Aira quien rompió el silencio.
–¿Y si empiezas interrogando a tus compañeros?
Longinus frunció el ceño y miró desafiante a Aira.
–No me malinterpretes. A lo mejor ellos saben algo que pueda ayudarnos. La octava división ha estado enfrascada en todo este asunto de los Enmascarados. Tal vez te puedan dar alguna pista de su paradero o de quienes podrían ser.
–Eso suena lógico –confirmó Yuki-san–. ¡Eres muy lista Aira!
Longinus sopesó la propuesta de la joven del tatuaje rojo.
–Puede que tengas razón –cedió él–. Tal vez el taicho pueda decirme algo para guiarme...
–Pues ya está decidido. ¡Mañana iremos a los calabozos a ver a tus compañeros! –exclamó risueña Yuki-san.
–Ahora será mejor que nos vayamos a dormir. Mañana nos espera un día duro –dijo Longinus.
Pero la shinigami pelirroja le detuvo alzando una mano.
–De eso nada, Longi-kun. Aprovechando que estamos en tu división... ¡deberías invitarnos a un poco de vuestro famoso sake!
Aquello pilló completamente por sorpresa a Longinus.
–¿Cómo?
Yuki agarró del brazo al sorprendido shinigami y le arrastró hasta la puerta.
–Vamos, vamos. No te hagas de rogar, que porque tú no bebas alcohol no nos vamos a estar los demás sin beber... ¡qué empiece la fiesta!
Ahora entendía Longinus el porqué de tanta insistencia por venir a su cuarto. Mientras era guiado por la shinigami pelirroja, que buscaba afanosamente una de las bodegas de la división para conseguir el preciado brebaje, le pareció ver una silueta en uno de los jardines. Volvió a mirar, pero allí no había nadie, sólo un solitario árbol cuyas ramas se mecían con la suave brisa de la noche. "Bah, me lo habré imaginado", pensó él a la vez que Yuki-san le hundía un codo en el costado para que le hiciera caso.
–Está bien, pero sólo una botella¿vale?
Yuki saltó de alegría y abrazó a Longinus. El día llegaba a su fin. La noche acababa de empezar.
(1) Dentro de la Sociedad de Almas esta es la extensa zona circundante al Seireitei donde se hallan las almas corrientes. Está dividido en cuatro zonas (cada una de ellas representando un punto cardinal) que a su vez se subdividen en ochenta distritos.
