Capítulo VI: Enjaulados
Un fino hilo de luz había conseguido filtrarse a través de la puerta medio entornada y atravesaba la habitación. El atrevido haz luminoso impactó en los párpados cerrados de alguien, e inmediatamente los párpados se cerraron aún más. Aquel estímulo no era suficiente para despertar a alguien sumido en un sueño tan profundo, pero sí lo era el dolor que se estaba extendiendo rápidamente por su columna vertebral.
–¡Joder! –exclamó Longinus despertándose asustado– ¿Qué está pasando?
Somnoliento se llevó las manos a la espalda; tenía algo encaramado a ella. Trató de zafarse, pero la presa era demasiado fuerte. Finalmente consiguió abrir del todo los legañosos ojos y vio lo que le tenía aprisionado: era Yuki.
Cogió la mano que se estaba apretando cada vez más a su pecho y la separó lentamente para no despertarla. Luego tumbó a la shinigami sobre su futón para que siguiera descansando. Pero no contó con lo rebelde que podía llegar a ser en aquel estado la joven. Longinus estaba encima de ella cuando volvió a intentar aferrarse a su presa. Fue en ese preciso momento cuando una voz alarmó al shinigami.
–Vaya, vaya, vaya –dijo la voz. Longinus trató de girarse para ver quién hablaba, pero Yuki-san le aferró aún más en aquella indecorosa postura–. Así que venimos preocupadas a ver cómo estabas y resulta que te encontramos en mitad de una orgía.
El joven volvió a separar a Yuki-san mientras ella seguía lanzando sus brazos en pos de su presa.
–No es... –una mano impactó en su cara, muy cerca del ojo–... No es lo que parece –una rodilla se clavó en su estómago.
Longinus rodó en el suelo dolorido mientras pensaba: "Joder¿es que no se puede estar quieta ni cuando está dormida?". Sus giros se vieron frenados al contacto de una sandalia en su espalda. Miró la sandalia, y luego miró el resto de cuerpo que venía pegado a ella. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Estaba perdido.
–Maldito pervertido –masculló entre dientes la dueña de la sandalia.
Sin mediar más palabra la hoja de una espada titiló en el aire mientras volaba en busca de sangre. Longinus la esquivó por poco. La punta de la espada quedó encajada en el suelo a pocos centímetros de su oreja.
–¡Patri, puedo explicarlo! –trató de razonar él–. Mira, lo que pasó es que...
–Me da igual lo que quieras inventarte, pervertido.
–¡No, en serio¡Para! –Longinus reculó al ver que Patri conseguía sacar su zanpakutou del suelo–. ¿Me quieres escuchar?
Patri no respondió, con un brillo asesino en los ojos se acercaba lentamente hacia él.
–Y yo preocupada por cómo estarías...
Antes de que Patri llegara hasta su presa, alguien se interpuso entre los dos con los brazos extendidos.
–¡Espera, Patri! –exclamó Aira–. Él tiene razón. Aquí no ha pasado nada.
Patri se detuvo y miró a la shinigami que se interponía entre ella y Longinus.
–¿Entonces cómo explicas que me lo encontrase encaramado a esa furcia? –escupió las palabras mientras señalaba a la aún durmiente Yuki-san.
–¡Ella me estaba agarrando en sueños! –gritó Longinus desde el suelo.
–¡Tú cállate! –ordenó imperiosa Patri apuntándole con la espada.
–Tiene razón, seguramente haya pasado eso –justificó Aira–. Yuki-san es bastante rebelde cuando está despierta, así que dormida no tiene por qué ser diferente.
Aquello no bastaba para convencer a Patri, pero aún así guardó su zanpakutou.
–Menos mal que entras en razón –suspiró Longinus.
La mirada que le echó Patri le heló la sangre.
–Nadie ha dicho que me crea todo eso.
Longinus volvió a suspirar. Hasta que no se calmase daría igual lo que le dijese. Entonces se fijó que en la entrada ahora abierta había una figura más. Le dio un vuelvo el corazón. Ahora sí que definitivamente estaba perdido.
En el umbral de la puerta estaba Lerín-san. Le estaba mirando fijamente con una expresión que no dejaba lugar a dudas lo que sentía en aquellos momentos: decepción. Longinus trató de decir algo, pero las palabras murieron en su garganta. Sin saber qué hacer, ni cómo arreglar las cosas, agachó la cabeza, preparado para recibir el golpe de gracia.
Pero éste no llegó. Lerín-san entró en la habitación e, ignorando totalmente la penosa figura de Longinus en el suelo, se dirigió a Aira.
–Hola¿qué es lo que ha ocurrido? –preguntó amablemente.
Aira la escrutó con la mirada y la reconoció. Era la chica por la que más de una vez había escuchado suspirar a Longinus. Miró al shinigami en el suelo y se compadeció de él.
–Bueno, la verdad es que ayer nos encontramos con Longi y sin saber cómo hemos acabado ayudándole...
–¿Ayudándole¿Ayudándole en qué? –interrumpió groseramente Patri.
–En la investigación –respondió someramente Aira.
Las dos recién llegadas se miraron.
–¿Qué investigación, Aira-san? –inquirió cortésmente Lerín-san.
Aira no estaba segura, pero detrás de aquel velo de amabilidad parecía que aquella chica estaba ocultando una hostilidad casi imperceptible hacia ella. Apartó esos pensamientos y continuó explicándose.
Pasado un rato explicando la situación, por fin pareció que los ánimos se calmaban. Patri le dio una patada a Longinus, que aún permanecía en el suelo, como penitente, diciendo:
–¿Y por qué no me lo habías explicado antes, gurriato?
Longinus alzó la mirada, desafiante.
–Adivina quién no estaba ayer en su cuartel cuando fui a decírselo.
La aludida puso cara pensativa.
–Ah, claro, ayer volví tarde de una misión –la expresión pensativa de Patri cambió por una más sonriente–. Es igual, el caso es que yo también te voy a ayudar.
Longinus la miró frunciendo el ceño.
–¿Qué dem...?
–¡Eso es! No puedo dejar que un pervertido como tú se quede a solas con estas chicas. Dios sabe lo que podrías llegar a hacer. Además, tú, con lo limitado que eres, seguro que no conseguirías averiguar nada. Necesitas nuestro toque femenino.
Y ahí estaba otra vez. Ya le habían liado de nuevo.
–Creo que deberíamos dividirnos en grupos –dijo Aira de repente.
–¿Por? –preguntó Yuki-san, que en ese momento se estaba despertando. Abrió los ojos y vio la cantidad de figuras congregadas a su vera–. Guau, menuda borrachera¡aún veo doble!
Costó un poco, pero al final Aira consiguió que Yuki-san se despejara y entendiera la nueva situación.
–Así que dividirnos... –repitió Patri–. Pero¿por qué?
–Es muy simple, porque así podemos ir a investigar a más sitios.
–Claro,divide y vencerás –remarcó Longinus.
–Así cubriréis un mayor espacio –aportó Lerín-san.
Patri asintió con resolución.
–Está bien. Entonces, Longinus, irás conmigo.
–¿Cómo¿Por qué? –se quejó él.
–Porque no pienso dejarte a solas con ellas.
–¡Pero si te he dicho que no ha pasado nada!
–Pero podría haber pasado...
Longinus vio su oportunidad. Se abalanzó en dirección a la joven shinigami de la cuarta división.
–¡Entonces Lerín-san vendrá con nosotros! –exclamó–. No quiero que en mitad de un malentendido te dé por rebanarme la cabeza de nuevo. Al menos ella es inteligente.
Patri volvió a mirarle con expresión asesina. Parece que no había pensado que aquello acabaría así.
–Pero... yo no puedo ayudaros –dijo tímidamente Lerín-san.
Longinus se giró con expresión lastimera hacia ella.
–Yo... yo tengo que... –Longinus le seguía mirando y notó cómo empezaba a aumentar la temperatura de su cuerpo–. Yo no puedo... las prácticas...
–Eso puede esperar –intervino Aira viendo los derroteros que estaba tomando la situación. Lerín-san sólo necesitaba un empujón.
Lerín-san titubeó. Longinus seguía mirándola, así que apartó su mirada un momento. Finalmente tomó una decisión.
–Está bien.
–¡Genial! –exclamó Longinus lanzándose hacia Lerín-san y abrazándola.
–¡Longinus¡Esas manos! –exclamó Patri.
Él se apartó de mal humor obedeciendo a Patri.
–Bueno, entonces está claro. Yuki-san y yo investigaremos por nuestra cuenta –concluyó Aira–. Tengo en mente un sitio donde podría empezar...
–Nosotros iremos a donde tengan encarcelada a mi división –dijo Longinus. Una sombra pasó por sus ojos.
–Nos veremos esta noche en esta misma habitación¿de acuerdo?
Todos asintieron. Empezaba la investigación.
El trío caminaba tranquilamente por las blancas calles del Seireitei, en dirección a los calabozos de la segunda división, donde se encontraban en aquel momento los miembros más poderosos de la octava división. Longinus iba en el centro atendiendo a las réplicas que le hacía Patri, mientras Lerín-san permanecía callada. Realmente la shinigami de la cuarta división parecía estar disgustada con él, aunque no lo dejara entrever por su expresión.
–Todavía no me puedo creer que os hayan acusado de semejante desfachatez –se quejó Patri–. Si la misión de los Enmascarados os la asignaron¡no la escogisteis!
Longinus trató de responder pero un dolor punzante en las sienes le detuvo. Inmediatamente se llevó las manos a ellas y empezó a frotárselas. El dolor se hacía cada vez más intenso y un pequeño hilo de sangre salió de su nariz. Sus dos acompañantes se detuvieron a su lado.
–¿Estás bien? –preguntó asustada Patri.
–¿Es el dolor otra vez? –escrutó Lerín-san.
Longinus asintió. En ese momento empezaba a perder visión, todo se volvía más luminoso.
–¿Qué dolor? –se extrañó Patri.
–Desde que volvió, Longinus tiene estos extraños ataques –explicó la shinigami de cabello cobrizo.
–Ah, te refieres a eso...
Patri aún recordaba el día que Longinus se fue. Ella pensaba que se había ido de su vida para siempre, y le maldijo por abandonarla, por no haber escuchado las palabras que siempre le quiso decir. Pero resultó que aquel adiós no fue definitivo, porque misteriosamente él regreso, aunque no quiso contarle a nadie lo que había pasado durante su prolongada ausencia. Aún se despertaba en mitad de la noche, sudorosa, escuchando las palabras que él les había gritado cuando sus pies se separaban del suelo y aquella monstruosa fuerza le impulsaba hacia un espacio de infinita negrura. Aún podía ver nítida su figura recortada contra la del agujero negro.
«¡Ahora, Patri!»
La presión empezó a mitigarse y Longinus se repuso.
–Bueno¿seguimos? –dijo él alegremente.
Ellas le miraron un momento y después, sonriendo, continuaron la marcha. Aquello formaba parte del pasado, pensaron.
Las abarrotadas celdas eran un mar de multitudes. Entre la gente dentro de las celdas y los visitantes, aquello tenía pinta de cualquier cosa menos de una cárcel. El bullicio era casi ensordecedor.
Los tres entraron en la estancia y se sorprendieron al ver a tanta gente. Patri se dirigió al guardia de la entrada.
–Oye¿cómo es que dejáis entrar a tanta gente?
El guardia miró a Patri y con un gesto de superioridad explicó:
–Ya sabes, esa gentuza de la octava son muy populares. Todo el mundo quiere venir a darles su apoyo.
Aquel individuo enjuto parecía disgustado con la situación, así que Patri probó suerte.
–Ah, ya sé a qué te refieres. La verdad es que yo no sé qué les verán. Sólo porque monten las mejores fiestas del Seireitei.
–¿Verdad que sí? Para mí no son más que una panda de borrachines...
–¡Y encima son unos traidores! –exclamó vehementemente Patri.
–Sí, efectivamente, encima eso.
–Y ahora dirán que todo ha sido una trampa –era el momento de probar–. Pero¿quién iba a montar este tinglado para culparles¡Qué ocurrencias!
El guardia se le quedó mirando.
–¿Y tú por qué has venido aquí entonces?
"Mierda", pensó Patri, "me va a pillar".
–He venido... he venido...
Longinus apareció a su espalda y la rodeó con un brazo.
–Cariño¿por qué te separas de mí? Vamos, que quiero presentarte a mis antiguos compañeros de clase que están aquí encarcelados.
–¿Eh? Ah, claro, lo siento, amorcito –reaccionó Patri.
Longinus cogió del brazo a Patri y la apartó del guardia.
–Gracias –susurró ella mientras evitaba que el alto shinigami se diera cuenta de sus mejillas sonrojadas.
Moviéndose entre la multitud trataron de localizar al capitán Naeros, pero parecía una misión imposible entre tanto gentío. Pasado un buen rato, cuando los tres empezaban a desanimarse, alguien gritó el nombre de Longinus. Se giraron hacia quién les saludaba. Se trataba de un joven shinigami de pelo oscuro y corto que les hacía señas desde una de las celdas.
–¡Dorian! –exclamó Longinus.
El grupo se dirigió hacia él.
–Tío¿has averiguado algo?
–Poca cosa, he venido a ver al capitán para hablar –Longinus tenía que dar información velada, no podía explicar lo que había pasado hasta el momento.
–No jodas, pues qué mala suerte –dijo Dorian.
–¿Por qué¿Qué pasa?
–Justamente hoy me han dicho que el capitán Naeros va a estar en la sala de interrogatorios todo el día.
–Bueno, pero se podrá hablar con él¿no? –exclamó Patri.
–Mucho me temo que no –explicó Dorian–. Los Ejecutores son muy meticulosos con la atmósfera de sus interrogatorios. No dejarían que nadie fuese por su cuenta a interrogarle.
Longinus se quedó pensativo.
–Entonces... ¿dónde está Nae-chan? –dijo refiriéndose a la subcapitana Naerys.
–También se la han llevado.
–Joder, qué suerte tenemos –replicó Patri.
Dorian agarró la camiseta de Longinus y le atrajo para sí.
–Tranquilo, no estás solo –le susurró al oído–. La DMC (1) también está investigando. Si averiguo algo te lo haré saber.
Longinus se apartó del shinigami y sonrió.
–Está bien, muchas gracias, Dorian –el recuerdo de la alfombra de Dorian pasó por su mente, pero decidió que no era buen momento para evocarlo–. Estaremos en contacto.
El grupo se alejó un poco de la celda de Dorian.
–¿Y ahora qué hacemos? –preguntó Lerín-san.
–Creo que deberíamos interrogar a algunos de los que participaron en las misiones de los Enmascarados –pensó Longinus en voz alta–. Tal vez nos den alguna pista.
Un tumulto se alzó por encima del bullicio de voces. En la entrada parecía que hubiera una pelea. Toda la atención del grupo se dirigió allí. Avanzaron y pudieron ver lo que pasaba. Una shinigami de variopinto aspecto forcejeaba con dos Ejecutores que la llevaban sujeta con cadenas.
–¡Esto no se me hace! –exclamaba la shinigami con creciente enfado–. ¿Sabéis quién soy¡Os va a caer una buena, chavales!
Cuando la shinigami pasó al lado del grupo se fijó en...
–¡Longinus¿Qué demonios está pasando¿Qué les pasa a estos paletos?
Él se acercó a la shinigami y ésta pareció calmarse. Los escoltas se mostraron confusos ante la repentina aparición de Longinus.
–Záresh, tranquila –le instó el shinigami–. Según parece nos han acusado de traición...
–¿Pero qué dices?
Longinus la aferró de los brazos.
–Tranquila, estoy tratando de resolver todo este embrollo. Así que, por favor, mantén la calma.
–Eso no me tranquiliza mucho –dijo ella contrariada.
Longinus ignoró el comentario.
–Por cierto¿dónde te habías metido?
Záresh se lo pensó dos veces antes de contestar.
–Ya sabes, en una de esas interminables misiones en el mundo humano.
–¿Has participado en alguna de las misiones de los robos de reliquias? –preguntó él.
Pero Záresh no pudo contestar. Los Ejecutores le dieron un empellón y la lanzaron hacia delante. Longinus trató de ayudarla a levantarse pero uno de los shinigamis de la segunda división se lo impidió.
–Pero¿qué coño hacéis, jodidos comepollas? –dijo colérico Longinus.
–Apártate, escoria –le empujó el Ejecutor.
Cuando Longinus estaba a punto de lanzar un puñetazo al impertinente shinigami unas manos le aferraron los brazos. Se giró y vio que las manos salían de una de las celdas. Andrés y Cloud habían impedido que Longinus cometiera una locura.
–No les des un motivo para encerrarte, Longi –dijo Cloud.
–Sí, tío, te necesitamos ahí fuera.
El Ejecutor se apartó la máscara y se rió a carcajadas.
–Sabía que los de vuestra división no tenían cojones.
Longinus trató de zafarse de sus compañeros, pero nuevas manos le frenaron. Ahora eran Patri y Lerín-san quienes se interponían.
–Por favor, vámonos –le imploró Lerín-san con ojos vidriosos.
Longinus masculló una maldición y se dirigió a la puerta. Sabía la suerte que tenía de tener tan buenos amigos, pero¡qué demonios! Se había quedado con las ganas de darle su merecido a aquel Ejecutor.
Tenía que golpear algo.
(1) La División de Mentes Calenturientas, una organización secreta infiltrada en la Sociedad de Almas cuya finalidad es corromper la castidad de cualquier shinigami vulnerable de ser pervertido.
Dada su extensión por toda la Sociedad de Almas posee una de las redes de espionaje que rivaliza con la propia segunda división.
