Capítulo VII: Entre polvo y sangre hallarás mi senda

Habían pasado toda la mañana deambulando de un lado a otro del Seireitei, preguntando a todo aquel conocido que pudiera saber algo. Todo había sido infructuoso, incluso el intento de entrevistarse con algún capitán o subcapitán se había encontrado con un muro de evasivas. Nadie parecía querer hablar del asunto.

A mediodía decidieron descansar en uno de los jardines cercanos al cuartel de la primera división. Una suave brisa corría por la pequeña extensión, proporcionándoles un momentáneo sosiego. Ambas contemplaban el cielo azul con apatía.

–Esto es un fastidio –rompió el silencio Yuki-san.

Aira bajó la mirada hasta ella.

–No podemos hacer que la gente nos cuente todo lo que queramos.

–Al menos podrían decir algo –masculló entre dientes la pelirroja.

Aira rió afablemente la queja de su compañera.

–La verdad es que estamos dando palos de ciego –comentó la shinigami de la décima división–. Si al menos supiéramos por donde empezar...

–¡Pero si es que parece que todo el mundo sea cómplice de este engaño!

Aira le reprendió con la mirada.

–No queremos llamar la atención sobre nosotras¿recuerdas?

Yuki expelió un chasquido con los labios.

–Sí, mamá –bromeó.

De una de las mangas del kimono de Aira apareció como por arte de magia un paquete envuelto en papel con motivos florales. Con más empeño que pericia lo abrió y el aroma a dango inundó el aire durante unos instantes.

–¡Qué rico! –exclamó Yuki-san que hasta el momento se había quedado observando los movimientos de su compañera– ¿Me das uno?

–Claro, toma –respondió Aira mientras le ofrecía uno.

Pasaron un rato sin hablar mientras degustaban los pegajosos dulces hechos a base de arroz. Fue entonces cuando una idea empezó a formarse en la mente de Aira. Su expresión fue cambiando a medida que el pensamiento se iba gestando, hasta que finalmente culminó cuando exclamó:

–¡Eureka!

–Eso tú –le respondió al instante Yuki-san.

Aira se levantó de un impulso tirando el último dango al suelo. Yuki-san saltó para impedir la catástrofe y consiguió agarrarlo por muy poco.

–¿Qué hollows te pasa? –recriminó Yuki-san desde el suelo y en la poco decorosa postura en la que había quedado al finalizar su maniobra de salvamento.

–¡Ya lo tengo! –gritó Aira excitada– ¡Ya sé por dónde empezar!

–Oye¿no eras tú la que decía que no llamáramos la atención? –apuntó Yuki-san.

Aira no le estaba haciendo caso, miraba a su alrededor buscando algo. Al final pareció localizarlo y salió corriendo.

–¡Ey, oye, pero no me dejes así! –le gritó Yuki-san mientras se incorporaba y salía detrás de Aira– ¡Al menos dime dónde vamos!

La visita matutina a los calabozos había enfriado el ánimo del grupo. Patri había intentado animarles un poco, pero Longinus permanecía callado y con el ceño fruncido, echando miradas asesinas a todo aquel que osaba mirarle. Lerín-san no parecía tampoco tener ganas de decir nada, Patri supuso que la nobleza no estaba acostumbrada a ver dependencias como la cárcel. En realidad, al igual que Patri, estaba preocupada por Longinus.

–Bueno... –comenzó a decir Patri–. Creo que va siendo hora de comer¿no?

Como respuesta sólo recibió miradas inexpresivas por parte de sus dos acompañantes.

–Vamos, lo digo porque empieza a haber hambre...

Lerín-san parecía que iba a decir algo, pero se detuvo. Patri susurró una maldición, siempre le pasaba lo mismo, trataba de alentar a la gente pero siempre sin resultado. "Está claro que esto no es lo mío", pensó.

–Vaya, vaya, vaya¿qué tenemos aquí? –dijo una voz detrás de ellos.

Se giraron y se encontraron con una pareja de shinigamis. Él era moreno y un tanto bajo; ella era rubia y de ojos claros.

–Umm, tú me suenas de algo –dijo dubitativa Patri señalando a la chica–. ¿No eres de la... tri... trige... trece...?

–Decimotercera división –completó bruscamente la frase Longinus.

–¡Eso! –exclamó ella y girándose hacia su compañero le espetó:– ¡Deja ya de corregirme, leches!

–Hola –saludó Lerín-san a los recién llegados con una reverencia.

La pareja le respondió cortésmente, aunque el chico no parecía muy conforme con tener que saludar después de su entrada.

–No sé si las conocéis, ellas son Lerín-san y Patri –les presentó Longinus–. Ellos sonMizu y Poke.

El grupo intercambió unos superfluos saludos.

–¿Qué hacéis por aquí, parejita? –preguntó Longinus. Trataba de parecer sereno– Esto está un poco alejado de vuestro cuartel.

–Queríamos estar un rato a solas, sin los agobios de la división –explicó Mizu.

–Sí, desde que la pifió tu división, el resto estamos bastante cargados de trabajo –dijo maliciosamente Poke.

Longinus lanzó una mano hacia él y agarró su kimono.

–Retira eso, enano –las palabras se le escapaban entre los dientes apretados.

Poke trató de desembarazarse de la presa de su interlocutor en vano.

–Sólo digo la verdad, estúpido. Si no hubierais traicionado al Seirei...

Antes de que pudiera terminar la frase Longinus ya había lanzado un puño que colisionó contra la mejilla del pequeño shinigami. Poke salió despedido unos metros. Se levantó llevándose la mano a la boca y comprobó que estaba sangrando.

–¡¿Estás loco?! –gritó–. ¿Es que en tu división sólo sabéis arreglar las cosas jodiendo a los demás?

Longinus volvió a abalanzarse contra él, pero los brazos de sus compañeras volvieron a detenerlo, tal y como había pasado en la cárcel. Inmediatamente Mizu se puso en medio.

–Eso es¿qué vas a hacer ahora, cretino¿Vas a pegar a una chica para demostrar que llevas razón? –volvió a provocar Poke.

Mizu se giró hacia él y le increpó:

–¿Quieres callarte, Poke? –Poke enmudeció ante la repentino reprimenda de su compañera–. Basta de tonterías¿vale? Parece mentira que no veas que Longi lo está pasando mal.

Mizu se volvió de nuevo a Longinus y le acarició la mejilla.

–No te preocupes –dijo ella bajando el tono–. Todo saldrá bien. Ya lo verás.

Lerín-san y Patri aliviaron la presión sobre los brazos de Longinus y finalmente le soltaron. Contempló a Poke que se estaba levantando del suelo y le dijo:

–Lo siento.

Acto seguido se dio la vuelta y continuó su camino. Sus compañeras se despidieron de la pareja y salió corriendo detrás de él.

–Alguien debería enseñarle modales a ese orangután –musitó Poke mientras escupía sangre.

Aira había pasado las puertas del cuartel como una exhalación. Aunque no lo suficientemente rápido como para que los guardias que se encontraban en las garitas no se interpusieran en su camino.

–¡Alto¿Dónde va tan rápido, señorita?

–El... archivo... –jadeó ella.

–¿Cómo?

–¿Dónde... está... el archivo? –les preguntó.

Yuki-san apareció en la puerta y barrió con la mirada la zona. Cuando localizó a Aira y los guardias se aproximó a ellos.

–Tía¿quieres ir... más despacio? –exclamó también jadeante.

–¡Yuki-san! –le reconoció uno de los guardias–. ¿Qué haces aquí¿Viene ella contigo?

La pelirroja miró al guardia, tras un breve examen recordó su rostro de una de las numerosas fiestas a las que había acudido aquella semana.

–¡Anda, eres tú! Sí, claro, ella viene conmigo.

–Bueno, pues dile a tu amiga que no se puede entrar a los cuarteles de divisiones ajenas con tanta precipitación –le instruyó el joven guardia como si Aira no estuviera allí.

Yuki-san se cuadró y se puso en posición de firmes.

–¡Entendido!

Los guardias rieron la postura de la joven y les dejaron en paz.

–¡Esperad! –les reclamó Aira– ¿Dónde está el archivo de la división?

El conocido de Yuki-san se volvió y les dio las indicaciones. Aira salió disparada hacia el pasillo que le acababan de indicar, y su compañera salió detrás.

–¿A qué viene tanta prisa¿Qué has descubierto?

Por toda respuesta lo que Yuki recibió fue la súbita desaparición de Aira que acababa de girar una esquina sin previo aviso. Al girarse comprobó que su amiga había girado al ver un cartel que rezaba "Archivo". Aira abrió la puerta que daba acceso a una sala con aire cargado y luz mortecina. Una anciana parapetada tras un pequeño escritorio levantó la vista de una pila de papeles acumulada frente a ella y miró con curiosidad a las intrusas.

–¿Qué desean? –les inquirió.

–Los documentos de los robos –dijo lacónicamente Aira.

–¿Perdón? –dijo la archivista desconcertada ante la ambigua consulta.

–Los archivos de los robos de reliquias –volvió a pedir la joven–. Tiene que haber duplicados de los informes que la octava división remitía a este archivo. Siempre se sigue ese procedimiento.

–Ah, te refieres a archivos de investigaciones... –dedujo la anciana. Frunció el ceño y trató de recordar la localización de los documentos–. Veamos... si son informes de investigaciones de la octava división deben estar en la sección de esa misma división, dentro del apartado "investigaciones". Es un archivo cronológico así que si la investigación es reciente estará en los estantes más cercanos...

Aira ya estaba buscando los archivos que la anciana le indicaba cuando una mano férrea le agarró de la muñeca. Aira miró hacia allí y se encontró que la archivista se había desplazado hasta allí silenciosamente y le impedía continuar su búsqueda.

–Pero para mirar esos documentos necesita una autorización, señorita.

La joven se sintió contrariada, toda aquella carrera ¿para encontrarse con otro muro infranqueable?

Sin que Yuki-san se diera cuenta, alguien se había puesto detrás de ella silenciosamente y observaba la escena. Por esa razón cuando nuevo visitante del archivo habló, ella dio un respingo y se apartó dando un salto.

–No te preocupes, ella tiene mi autorización.

Todas se volvieron y contemplaron la capa blanca del capitán Ailios. La luz que entraba por la puerta y que parecía cubrirle le daba un aspecto imponente, como un inmenso coloso. La anciana soltó a Aira y se postró ante su capitán.

–Capitán Ailios, si hubiera sabido...

–No hace falta que te disculpes, Ba-chan –dijo sonriente el capitán–. Estás haciendo perfectamente tu trabajo.

Se acercó a Aira e hizo señas a Yuki-san para que se acercara. Les habló en voz baja para que la anciana, que había vuelto a su escritorio, no les escuchara.

–Supongo que os habrá mandado Longi.

Ellas le miraron de hito en hito sin comprender cómo lo sabía. Cuando entendió el porqué de sus miradas se explicó:

–Sé que sois buenas amigas suyas y también sé el alboroto que habéis formado a la entrada para buscar el archivo, así que deduzco que estáis ayudándole en la investigación.

No parecieron conformes, pero decidieron darle un voto de confianza, al fin y al cabo les había prestado ayuda.

–Bueno, para la próxima vez, os sugiero que seáis un poco más discretas.

–¡Eso mismo le decía yo! –apoyó Yuki-san.

Aira no dijo nada.

–Y bien... ¿qué andáis buscando en los archivos de los robos? –preguntó Ailios.

–Eso me gustaría saber –replicó Yuki.

Aira volvió a hacer un mutis. Ailios la miró fijamente y finalmente desistió.

–Supongo que no confías del todo en mí –dijo él–. Es comprensible, este es un tema delicado, así que te dejaré a tus anchas –Se volvió hacia la puerta–. Id con cuidado –les previno mientras se marchaba.

Una vez solas Aira pareció relajarse.

–¿Qué demonios te pasa, chica? –le reprendió su amiga–. Es el capitán de esta división¡el mismo que salvó a Longi para que investigara!

–No me fío de él.

–¿Por qué?

–No lo sé. Pero no me puedo fiar de la gente a la primera. Me ocurre con frecuencia.

Yuki-san no supo que replicar así que el diálogo murió en ese punto. Aira dirigió su atención de nuevo a los rótulos de las diferentes secciones y se puso de nuevo a buscar los documentos de la octava división.

–Supongo que no me vas a decir porqué me has arrastrado a este sitio lleno de moho y vete tú a saber qué más cosas... –dijo Yuki-san encogiéndose de hombros.

Aira no respondió, estaba demasiado concentrada en la búsqueda. Ambas empezaron a vagabundear por el extenso archivo, rodeadas de miles de cajas que contenían documentos de toda índole. Pasado un rato, Aira localizó la sección de la división de Longinus. Yuki-san fue quien dio con la subsección de investigaciones. Aira se lanzó a por las cajas más cercanas. Allí estaban. Todos los informes sobre los robos de reliquias. Empezó a pasar páginas con información técnica sobre las localizaciones.

–¿Encuentras lo que buscas?

Ambas se sobresaltaron al escuchar la voz de la anciana. Estaba en el pasillo observándolas.

–Sí... sí, muchas gracias –la despidió Aira con un ademán.

Aquella anciana le inquietaba. En cierto modo empezaba a sentirse un poco paranoica. Toda aquella historia de conspiraciones estaba poniendo a prueba sus nervios.

Continuó leyendo los informes mientras Yuki-san la observaba curiosa. Seleccionó los informes que hablaban de los robos de reliquias, todo lo referente a los Enmascarados y los metió en una carpeta que tenía disimulada en el interior delhakama (1).

–¿Qué estás haciendo? –le preguntó sorprendida Yuki-san.

–Tranquila, sólo son duplica...

Aira se lanzó sobre Yuki-san y la derribó. El cráneo de la pelirroja impactó contra una de las estanterías de metal y casi la dejó inconsciente. Quejumbrosa se llevó las manos a la cabeza, pero no consiguió completar el movimiento, para entonces Aira la había agarrado y la trataba de poner en pie.

–¿Qué estás haciendo?

–¡Corre! –le gritó Aira asiéndola de la muñeca.

Las chispas y un ruido metálico fueron lo único que delataron que algo había impactado en una estantería donde instantes antes se encontrara la cabeza de Yuki-san. En la oscuridad circundante se pudo escuchar un chasquido. Sin pensárselo dos veces las dos shinigamis salieron corriendo en busca de la salida. Se precipitaron por un pasillo paralelo al principal atestado de cajas de documentos sin clasificar. Mientras huían no escucharon los pasos que resonaban por el pasillo central y que les adelantaban. Al momento una figura enmascarada se interpuso en su camino provocando que ambas se detuvieran.

El Enmascarado tenía una grotesca máscara blanca decorada con líneas negras. De la parte superior sobresalía un pequeño cuerno romo. Las cuencas eran oscuras, y en mitad de ellas, donde debiera haber una pupila, sólo había un destello rojo. La mueca de calavera de la máscara pareció recibirles con una irónica sonrisa.

–¿Dónde vais tan deprisa? –preguntó el Enmascarado con voz un tanto aniñada.

Aira había oído hablar de las tácticas de algunos de estos shinigamis. Solían atacar de dos en dos, mientras uno distraía la atención, el otro atacaba por la espalda. Así que ante la aparición de aquel individuo reaccionó agarrando a Yuki-san de nuevo y retrocediendo. Volvió a ordenar a Yuki-san que corriera mientras ella se quejaba que sólo era un shinigami, que podían encargarse ellas solas.

–Hay más –respondió escuetamente Aira.

–¿Cómo lo sa...?

La pregunta quedó en el aire cuando una figura apareció por detrás de unas estanterías. Esta vez era una mujer enmascarada. Su máscara era bastante simple en comparación con la de su compañero, pero daba aún más miedo debido a la expresión deliberadamente sonriente que tenía dibujada. Era una chica no mucho más alta que el otro Enmascarado, de pelo rubio ceniza recogido en dos coletas.

–¿No queréis jugar con nosotros? –dijo la shinigami.

La voz de la Enmascarada también parecía aniñada. Aira se preguntó si realmente debía tenerles miedo. Su respuesta llegó al instante cuando la inmensa presencia espiritual de la chica casi le dejó sin respiración. Era demasiado agobiante, y notó cómo empezaba a desmayarse. Yuki-san la sacó del trance de una bofetada.

–¡Corre! –ahora era ella la que le gritaba.

La enmascarada trató de impedirles el paso pero ambas consiguieron llegar al pasillo central sin que las alcanzara. Escucharon a su espalda unas maldiciones pero no miraron atrás. El otro Enmascarado tenía que estar cerca. Entonces Aira le vio. Estaba en un pasillo paralelo al que habían salido. Confiado en que su compañera les atraparía se dirigía andando hacia su posición. Al verlas, el enmascarado gritó y corrió hacia ellas.

El aura de maldad que desprendía aquel niño se proyectó hacia ellas mientras huían. Pero el miedo a ser capturadas por aquel par de despiadados shinigamis fue más fuerte y alcanzaron la salida, a tiempo de ver que la anciana se había ausentado de su escritorio. "Vieja bastarda", pensó Aira.

Al salir del archivo trataron de desandar lo andado, pero con las prisas se desorientaron totalmente y acabaron en un callejón sin salida.

–¡Mierda¡Esta división parece un laberinto! –maldijo Yuki-san.

Volvieron a notar aquella aura asesina. Se estaba aproximando. Aira asió del brazo a Yuki y se metió con ella en una habitación. Al entrar tropezaron con algo que había en el suelo y cayeron de bruces. La presencia estaba cada vez más cerca. Las estaba buscando.

La sala estaba oscura y apenas se filtraba luz por la puerta que habían dejado abierta de par en par en su acometida. Aira pensó en levantarse y cerrarla pero se dio cuenta que con aquello revelaría su posición. Sólo cabía esperar que el Enmascarado tomara aquella puerta abierta como algo normal.

–Escondámonos detrás de esa cómoda –le susurró al oído a Yuki-san que permanecía aún en el suelo con la mirada fija en la puerta.

Al notar que su compañera no se movía trató de agarrarla para empujarla hacia el mueble.

–Está... muerta.

Aquellas pocas palabras bastaron para que Aira se girara hacia su amiga y dirigiese su mirada a lo que estaba observando Yuki-san. El bulto con el que habían tropezado al entrar en la habitación no era otra cosa que un cadáver, concretamente el de la anciana archivista.

–Oh, Dios mío... –exclamó Aira reprimiendo un grito.

Dirigió sus manos al cuello de la mujer y notó una oquedad en su gargante. Retiró la mano asustada y la vio impregnada en sangre.

–Nos ha dirigido hasta aquí para matarnos a nosotras también –dijo casi sollozante Yuki-san–. Es... es un monstruo.

Aira se giró para calmar a su compañera que había entrado en estado de shock. Justo a tiempo de ver la sombra.

Una sombra se proyectó desde la entrada y oscureció la cara de Yuki-san. Aira llevó la mano a su zanpakutou. Si había que morir, al menos que fuera luchando. No le dio tiempo, la espada de su contrincante golpeó la empuñadura y la zanpakutou de Aira salió despedida. Sin poder reaccionar miró impotente cómo el Enmascarado alzaba su espada para dar el golpe de gracia.

Era el fin. La desesperación ya se había hecho presa de su cuerpo y no se podía mover. La espada del Enmascarado silbó en el aire, Aira sintió el impacto en su cuerpo y notó cómo un líquido tibio manchaba su cara y su ropa. Y todo acabó.


(1) Pantalón largo con pliegues de origen japonés.