Capítulo VIII: Tú serás mi guía en la oscuridad

Era como si el tiempo se hubiera ralentizado. Veía como poco a poco el arma de aquel muchacho demoníaco se acercaba a su compañera hasta que por fin atravesaba carne y el aire se llenaba de sangre. Estaba justo detrás de ella y no era capaz de moverse. Su mente gritaba órdenes a sus músculos, pero éstos seguían paralizados por un terror que nunca antes había sentido. La caliente sangre le salpicó, casi quemándole al contacto con la piel. La culpa por no poder ayudar a su amiga la estaba matando, y eso fue lo que hizo que finalmente se deshiciera el embrujo. Aunque ya era demasiado tarde.

Habían regresado al cuartel con la incipiente sensación de que no habían conseguido descubrir nada. La gente era muy reticente a hablar sobre el tema de la supuesta traición de los shinigamis de la octava división. En tan poco tiempo se había convertido en un tabú, como si de repente ya no tuvieran el beneplácito de ninguna división, como si de verdad fueran traidores...

Longinus se había sumido en aquellos pensamientos. Se había separado de sus dos infatigables compañeras y ahora estaba solo en aquel jardín. Una suave brisa mecía las briznas de hierba a la luz del ocaso, haciendo parecer que el suelo estuviera vivo. Pero él no miraba.

–Bonito anochecer –dijo una voz a su espalda.

Al girarse se encontró con Lerín-san. Estaba de pie, con las manos a su espalda, y con una sonrisa en sus labios mientras contemplaba aquel espectáculo de luces.

–¿Perdón? –articuló torpemente Longinus mientras volvía a la realidad.

–El ocaso –insistió ella–. Para ser preludio de la noche... no está mal.

–Ah, te refieres a eso –dijo él mientras se volvía para ver lo mismo que ella–. Supongo que sí...

Lerín-san rió a su espalda y se sentó a su lado.

–¿Qué tiene que hacer la naturaleza para impresionarte, Longinus-san?

Él se volvió hacia ella. "Contigo ya lo hace", pensó. Pero en lugar de eso respondió evasivamente:

–Sabes que puedes llamarme Longi.

–Lo siento, Longi-san.

Longinus expelió una estruendosa risa.

–Siempre tan formal. No cambiarás, Lerín-chan.

En ese momento una ráfaga de viento alborotó el pelo de Lerín-san, y cuando Longinus se volvió para mirar el corazón le dio un vuelco.

–¿Qué está haciendo Patri? –preguntó él mirando hacia otro lado para ocultar el rubor de su cara.

–Creo que ha ido a buscar la despensa para ver qué cenamos hoy –le informó ella–. Es un chollo tener una despensa entera para nosotros solos¿eh?

–Supongo que sí.

Longinus era bien conocido por su manera de engullir la comida. Daba igual si llegaba el último a la mesa, casi siempre era el primero en acabar. A pesar de esta manera de no saborear la comida, le encantaba comer. Podías saber su estado de ánimo por su reacción ante la comida. Muy deprimido tenía que estar para rechazarla. Lerín-san calibró que no estaba en su mejor momento.

–¿Qué te preocupa, Longi-san?

Él se volvió sorprendido a ella.

–¿Que qué me preocupa? Bueno, supongo que es un poco evidente...

–¿Esto es sólo por la falsa acusación? Has abofeteado a Poke a la mínima provocación, cuando normalmente llegáis a las manos a la segunda.

Lerín-san rió la ocurrencia y su risa fue contagiosa para Longinus.

–No, en serio¿qué te preocupa?

Longinus se quedó pensativo unos instantes.

–Es todo. No sé... –titubeó–. No sé si estoy preparado para esta misión. Normalmente no soy lo que se llama el cerebro de la operación. Siempre tengo alguien que me guía. "Vosotros marcad la X que yo me lanzaré hacia ella", suelo decir. Pero ahora es distinto. Tengo que decidir por mí mismo hacia dónde ir... No sé si estoy preparado.

–Qué tontería –replicó ella–. Claro que puedes. No siempre vas a tener a alguien diciéndote lo que hacer. De vez en cuando está bien decidir.

–No me refiero a eso. Puedo decidir, siempre y cuando haya caminos claros que elegir. Puedo elegir seguir una directriz u otra. Pero aquí no las hay. No sé por dónde empezar. ¿A quién le pregunto¿Dónde están las pistas?

–Mi abuelo solía decir que la mejor manera de encontrar algo es dejando de buscarlo.

–Un tío listo tu abuelo. Pero¿qué pasa cuándo no sabes lo que estás buscando?

–Pero si lo sabemos...

–No, no lo sabemos –la interrumpió Longinus–. Ailios me dice: "descubre quién ha echado la culpa de todo a tu división". Pero... ¿y si no hay ese quién¿Y si de verdad mi división es culpable?

–Ajá, así que era eso lo que te preocupaba –dijo sonriente Lerín-san.

–Supongo que sí.

Ella se levantó y se puso frente a él. Se inclinó un poco para que sus caras se enfrentaran. Longinus se sintió un poco violento al tener su cara tan cerca.

–¿Qué crees en realidad?

–¿Cómo?

–¿Crees que tu división es culpable?

–Bueno... en el despacho de Naeros estaba la reliquia y...

–No, he dicho que qué es lo que crees en realidad. ¿Qué te dice tu corazón?

"Que te quiero", fue el pensamiento que le devolvió su corazón. Agitó la cabeza para volver a ordenar sus pensamientos y ella se separó un poco como acto reflejo.

–Creo que... –volvió a pensárselo–. No, no creo que sean culpables. Naeros no es así. Y Naerys le habría dado una buena tunda si hubiera sido así. No hay nada de lo que la fukutaicho no se entere.

Longinus volvió a sonreír.

–Bien, entonces, una cosa menos en la que pensar. Ahora sólo necesitas un guía...

–Ya tengo uno.

–¿Ah, sí? –dijo sorprendida ella– .¿Quién?

–Tú.

La mirada serie de Longinus atravesó el alma de Lerín-san. Sus ojos la acababan de atrapar de manera inexplicable.

–¿Qué... cómo? –articuló ella.

–Serás mi guía.

–Pero si yo no...

Él sonrió.

–No te preocupes, no me estoy refiriendo a la investigación.

–¿Entonces?

–Acabas de ser mi guía para sacarme de la oscuridad en la que me estaba hundiendo –afirmó solemnemente él–. Por eso te doy las gracias. Supongo que lo que más necesitaba era encontrar una luz en la oscuridad...

Ella sonrió.

–Es una gran responsabilidad...

–No te creas, lo haces muy bien –dijo Longinus guiñándole un ojo.

Se volvió al darse cuenta de que mientras hablaban había oscurecido, sin fijarse en que Lerín-san se había ruborizado con su último comentario.

–Creo que va siendo hora de ver qué tenemos de comer –dijo animadamente él.

Ella se volvió hacia el rostro sonriente de Longinus. "Ahora sí estás animado, Longi-san", pensó para sí mientras le seguía al interior del recinto.

Yuki-san no consiguió desenvainar a tiempo. El afilado metal ya estaba en contacto con la piel de Aira. Pero algo extraño había ocurrido: la hoja apenas había penetrado en la carne. Entonces lo vio. Un destello delató la presencia de otra hoja de metal. En la oscuridad pudo vislumbrar un resplandor y acto seguido el muchacho enmascarado retrocedía.

Una fuerza espiritual descomunal azotó a los presentes en la sala. El arma del Enmascarado abandonó el hombro de Aira y volvió a su vaina.

–Mierda –masculló el niño saliendo de la habitación.

Aira permanecía inmóvil. Permanecía sentada de espaldas a Yuki mientras la sangre corría por su hombro.

–Uf, creo que he llegado a tiempo –dijo una voz en las sombras.

Del corazón de a oscuridad apareció un corpulento shinigami con capa blanca.

–Ca... ¡capitán Ailios! –gritó Yuki-san.

–Tranquila, no pasa nada, todo a acabado ya –le tranquilizó el recién llegado–. Menos mal que no han podido ocultar del todo su reiatsu.

–Pe... pero si era asfixiante –las temblorosas palabras de Yuki salían con dificultad por su boca.

–Sí, porque lo estaba proyectando hacia vosotras –explicó el capitán–. Pero no estaba solo, alguien estaba enmascarando su fuerza espiritual. Si no hubiera sido por eso la habría detectado desde el principio. Siento haber llegado un poco tarde.

–¡Aira! –exclamó Yuki reparando en su amiga aún inmóvil y de rodillas– ¡Rápido, tenemos que ayudarla!

Ailios examinó la herida de Aira.

–Parece que no es nada, es sólo un pequeño corte.

Entonces miró el rostro de Aira y su expresión cambió. La joven tenía los ojos desorbitados y llenos de lágrimas.

–Yo... –musitó.

–¿Qué ocurre? –consiguió preguntar Yuki-san mientras trataba de levantarse en vano. La fuerza espiritual de aquel ser demoníaco aún la tenía atrapada.

–He visto... el mal –consiguió decir Aira antes de desmayarse.

Ailios la cogió mientras se derrumbaba.

–¡Aira!

–Tranquila, sólo está inconsciente –afirmó el capitán–. Necesitará un poco de reposo. Sígueme.

Llevando en brazos a la desfallecida shinigami se dirigió a uno de los dormitorios de aquella zona de la primera división. Hizo llamar a uno de los curanderos de la división para que la examinaran y al cabo de un rato Aira volvió en sí.

–¿Cómo te encuentras, jovencita? –preguntó el capitán.

–Mejor ahora, señor –respondió Aira.

–¿Te duele? –dijo Yuki-san señalando el hombro de su compañera.

–Anda, pues no –Aira observó el vendaje que llevaba al hombro–. No ha debido ser para tanto...

Una sombra pasó por su rostro.

–¿Qué ocurre, Aira? –se preocupó Yuki.

–No... nada... acabo de recordar... algo.

–Será mejor que vuelvas a tu cuartel y que descanses –aconsejó el capitán.

–No podemos, tenemos que... –empezó a decir Yuki-san.

–El capitán tiene razón, Yuki –interrumpió Aira–. Venga, vámonos.

Se levantó de la cama y saludando al capitán de la primera división se llevó consigo a su compañera.

–¿En serio no vas a ir a la octava división? –rezongó Yuki cuando se habían alejado un poco del cuartel–. Habíamos quedado en que sería nuestro cuartel general...

–Claro que sí, Yuki-san. Sólo lo decía porque...

–Entiendo. Sigues sin fiarte de Ailios.

–No es eso... Bueno, puede que sí. Pero es que...

Yuki-san alzó una mano para detener sus palabras.

–Está bien. Lo entiendo.

La sonriente expresión de Yuki-san animó a su compañera.

–Bueno, pues pongamos rumbo a la octava. A ver qué han descubierto los demás.

–¡¿Qué quiere decir nada?!

Yuki-san estaba cogiendo del kimono a Longinus con fiera expresión.

–¿¡Nosotras nos hemos jugado el cuello y vosotros no habéis podido hablar con tu capitán!?

–Tranquilízate, Yuki –le instó Aira.

Yuki lanzó una última mirada furibunda a su presa y por fin soltó la ropa de Longinus.

–No me lo puedo creer... –masculló entre dientes.

–Perdónala, está un poco afectada por lo que nos ha pasado –dijo Aira cortésmente.

–Lo entiendo –dijo Longinus, y se volvió a Yuki-san–. Y lo siento, pero tendremos que esperar a mañana para poder interrogar a Naeros-san.

Yuki-san aceptó rápidamente las disculpas y se lanzó hacia su compañero.

–¡Qué era una broma, so tonto! –dijo abrazándose a él– ¿Cómo me voy a enfadar yo con el pobre de Longi?

–¡La madre que te...! –gritó Longinus lanzando lejos a Yuki-san.

Ésta cayó sobre el sofá y le sacó la lengua.

Aira sonrió al ver aquel ambiente. Era lo que necesitaba para olvidar aquella mala pasada. Con un movimiento sacó la carpeta donde había depositado los duplicados de los informes y les echó un vistazo mientras sus compañeros se peleaban amistosamente por toda la sala.

–Vaya –exclamó al cabo de un rato.

Longinus y Yuki-san dejaron la disputa y dirigieron su atención a su compañera.

–¿Qué ocurre?

–Según estos informes han desaparecido un total de diez reliquias –Aira titubeó–. No, perdón, once, si contamos con la que desapareció hace dos días. El informe no está porque...

–Porque esa es la misión que teníamos encomendada antes de que ocurriera todo esto –terminó Longinus.

–Exacto...

El olor a comida recién hecha inundó de pronto la estancia. Por la puerta aparecieron Patri y Lerín-san con la suculenta cena.

–¡A yantar! –exclamó Longinus, animado ante la llegada de comida.

Colocaron una mesa en el centro de la sala de estar y la prepararon para disfrutar del festín.

–¡Esto está riquísimo, chicas! –dijo Longinus con la boca llena.

–Los aplausos a la cocinera –replicó Patri señalando a Lerín-san–. Si no fuera por ella yo habría hecho saltar en pedazos la cocina.

–¡Así se hace, Lerín-chan! –le alabó Longinus.

Tras la opípara cena todos permanecieron sentados a la mesa. La conversación había vuelto de nuevo al tema de la investigación.

–¿Has visto si hay un modus operandi característico de esos robos? No sé, si dejan marcas, pistas... Cosas así –preguntó Yuki-san a Aira.

–Aún no he revisado tanto los informes, pero no lo sé. Por lo que he podido leer son bastante violentos...

–Puedes jurarlo –masculló Longinus.

–¡Es verdad! –exclamó entonces Yuki–. ¡Longinus ha vivido uno de esos robos!

–¡Ey, que tú también! –respondió Patri–. La otra noche entraron a robar aquí¿no?

–Ostras, pues es cierto...

–Pero no fue igual –dijo Aira–. Apenas hubo enfrentamiento. Al descubrirnos salió corriendo.

–Sí, eso no es propio de ellos –intervino Lerín-san–. Normalmente suelen ostentar su fuerza sin ningún reparo...

–¿Cómo lo sabes?

–Ella estaba conmigo cuando ocurrió aquello –explicó Longinus–. Y Patri también.

–¿Aquello? –se extrañó Yuki-san–. ¿Te refieres a lo de hace tres meses?

–Exacto.

–Nunca nos has contado lo que pasó, Longi –se quejó Aira–. Creo que va siendo hora de que lo compartas con todos. Al fin y al cabo puede que haya algo que nos pueda servir.

–Puede que tenga razón, Longi –le apoyó Lerín.

Longinus se quedó callado.

–Está bien –decidió al fin–. ¿Queréis saber lo que ocurrió hace tres meses¿El por qué desaparecí todo ese tiempo?

–¡Claro! –afirmó Yuki.

–Pues empecemos por el principio –dijo él dirigiendo su mirada a Lerín-san y Patri.