Capítulo IX: El incidente

Hace tres meses

Había pasado una semana desde que el escándalo se extendiera por todo el Rukongai. La gente susurraba al paso de los shinigamis que salían del inexpugnable Seireitei, el lugar que habitaban los renombrados dioses de la muerte. Desde que se filtrara parte de la historia de aquel suceso, la popularidad de los poderosos habitantes de la Corte de los Espíritus Puros había caído en picado. ¿Shinigamis saqueando lugares sagrados para las almas corrientes? Los rumores aumentaban y la tensión era cada vez más evidente. Los parcos comunicados que daba el Seireitei no parecían satisfacer la necesidad de saber de toda la Sociedad de Almas. ¿Qué era lo que estaba pasando realmente?

Aquellos problemas no eran algo que preocupara a la mayoría de los shinigamis, cómodamente asentados y protegidos por el Seireiheki, el escudo defensivo que cubría toda la Corte. Y como tantos otros, a Longinus aquello no le quitaba el sueño. Por eso, aunque ya era media mañana, él aún permanecía durmiendo en su cuarto. Una mano aferró el pomo de su puerta y la entreabrió. Una cabeza se asomó por la rendija y escrutó la oscuridad de la habitación. Luego entró el resto del cuerpo. La figura se aproximó al bulto que se movía rítmicamente bajo las sábanas, y acercó una mano a él. Antes de que tuviera tiempo si quiera de acercarla lo suficiente como para zarandear al durmiente, una mano salió de debajo de las sábanas y le aferró con fuerza la muñeca.

–Espero que sea importante –dijo una voz acolchada debajo de la ropa de la cama–, porque si no eres hombre muerto.

La ropa se movió y apareció una mata de pelo despeinada y detrás una mirada que podría haber helado la sangre del más pintado. La figura se zafó de la mano que le apresaba y retrocedió un paso.

–Dios, me habían dicho que tenías mal despertar... –dijo el intruso.

La mirada no se apartó de él.

–¿Qué quieres, Dorian? –inquirió Longinus en tono iracundo.

–El taicho te llama, tío.

De nuevo el ambiente se cargó de tensión. Dorian ya había cumplido su cometido, así que no tenía porqué permanecer allí. De hecho decidió que prefería no seguir estando allí, algo en la mirada de su compañero le decía que esa era una idea verdaderamente buena.

–Enseguida voy.

Y diciendo esto, la cabeza de Longinus giró hacia el otro lado, con el consiguiente alivio de Dorian, que, mientras salía, no pudo evitar fijarse en que la respiración de su compañero volvía a ser tan acompasada como antes de que él entrase. "¿Se ha vuelto a dormir?", pensó Dorian para sí, "Bueno, es igual. No es mi problema."

El corpulento shinigami entró en el despacho mientras se atusaba un poco el pelo. Barrió con la mirada toda la estancia y... salió corriendo de allí. Se apoyó en la pared y cogió aire mientras contaba hasta diez. A continuación volvió a entrar en el despacho para sorpresa de los allí presentes.

–Esto... ¿habías olvidado algo, Longi-kun? –preguntó Naeros divertido.

Longinus se sobresaltó ante la pregunta de su capitán. Tardó un instante en asimilar la pregunta, dado que no es que le estuviera prestando especial atención. Tenía todos sus sentidos puestos en otro de los presentes en la sala: Lerín-san.

–Sí... sí, capitán... olvidé... ¡Olvidé una cosa! –respondió Longinus torpemente–. Pero ya está solucionado.

–Me alegro –sonrió el capitán–. Ahora cierra la puerta y siéntate.

El shinigami obedeció y se sentó en la silla contigua a la de su amiga Patri, también presente en aquella audiencia. Naeros volvió la mirada a uno de los papeles que tenía sobre la mesa y masculló para sí:

–Maldita sea, Ailios¿en qué demonios estás pensado?

–No es cosa mía –afirmó una voz a la espalda de Longinus–. Es la Cámara Central la que decide este tipo de cosas. Ya lo sabes.

Longinus se volvió y saludó con la cabeza al capitán de la primera división, el cual le devolvió el saludo con una sonrisa.

–Bueno, creo que estaréis preguntándoos qué hacéis aquí reunidos –comenzó Naeros.

En realidad no era una pregunta a la que Naeros esperara respuesta, pero aún así fue respondida por un coro de asentimientos.

–Supongo que os habréis enterado del asunto del robo en el templo de Jade hace unos días...

De nuevo fue interrumpido por el coro de oyentes.

–Desde que comenzara la investigación se ha descubierto que los asaltantes fueron un grupo de shinigamis.

Aquello también era de conocimiento popular.

–Todos ellos enmascarados.

Aquello sí era nuevo para ellos.

–Espere un momento –interrumpió Patri–. ¿Eran shinigamis enmascarados¿Quiere decir... con máscaras de Hollow?

–Eso no lo sabemos aún, querida –respondió el capitán–. Es posible que sólo fueran réplicas para asustar a la población. Aún no hemos llegado a tanto.

–¿Y quieren que nosotros nos ocupemos de la investigación? –preguntó tímidamente Lerín-san–. Tenía entendido que esa investigación ya la lleva la quinta división.

Longinus miró a Patri, que pertenecía a dicha división, sin comprender. Ella simplemente se encogió de brazos. Sabía tanto como él.

–No, querida Lerín-sama. Se trata de otro robo.

–¿Han vuelto a robar en el templo de Jade? –volvió a intervenir Patri.

–No. Esta vez en un templo a las afueras de... espera que lo mire.

Naeros pasó las páginas del informe que tenía entre manos.

–Está cerca del distrito setenta y ocho del Rukongai Este.

Longinus abrió desmesuradamente los ojos.

–Eso es...

–Efectivamente, la zona donde viviste a tu llegada a la Sociedad de Almas, Longi-kun –afirmó el capitán.

Todos miraron al corpulento shinigami rubio.

–¿Quiere que les sirva de guía?

–En realidad ya tenemos guía –dijo a su espalda Ailios–. Pero necesitamos a alguien que también conozca la zona y con gran potencial. Por si acaso aún siguen por la zona esos shinigamis enmascarados.

–¿Siempre tienes que soltarlo todo de golpe? –le reprendió Naeros.

–Ya me conoces –replicó Ailios divertido.

Longinus estaba a punto de hablar, pero Patri se le adelantó.

–¿Por qué iban a seguir en la zona?

–Porque no han conseguido robar lo que buscaban –respondió el capitán de la primera división.

–¿Cómo lo sabe?

–Porque el objeto que robaron del templo de Jade era una especie de reliquia. Un clavo, me parece.

Todos le miraron con expresión de circunstancia.

–Lo sé. Es ridículo¿quién se va a poner a adorar a un clavo? Pero, oye, hay gente ahí abajo que adora un trozo de manera como si fuera su dios –ironizó el capitán Ailios.

–El caso es que los ladrones no consiguieron robar la reliquia de este templo, debido a que está custodiada por un fuerte campo espiritual, muy parecido a nuestro Seireiheki –recondució Naeros la conversación.

–¿Qué hay de esas reliquias? –preguntó Patri–. ¿Tienen algo en común?

–De hecho sí –respondió Ailios–. Su mayor conexión es que nadie sabe cómo llegaron aquí. Se cuenta que alguien las trajo del mundo de los humanos y las escondió en esos templos. Lo malo es que hay tantas versiones de la historia que no tenemos ni idea de cuántas de esas reliquias hay.

–¿Y cuál es el valor de esas reliquias? –preguntó Longinus–. Quiero decir¿para qué iban a robarlas?

Ailios y Naeros permanecieron pensativos un instante, como sopesando el compartir la información con ellos.

–No lo sabemos a ciencia cierta –se decidió a decir Ailios–. Sólo sabemos que esos malditos enmascarados nos están dejando la reputación por los suelos. Las almas corrientes se preguntan por qué están siendo atacados por los que deberían ser sus protectores.

–Así que la Corte Central os manda como avanzadilla –le cortó Naeros–. Como la quinta división estaba al cargo de la primera investigación, han mandado a Patri como representante e investigadora principal. Lerín-san ha sido convocada como curadora del grupo. Y Longinus fue seleccionado porque conoce el terreno y os servirá de apoyo en caso enfrentamiento.

Los tres se miraron. Se trataba de un equipo equilibrado. Cada uno de sus miembros era bueno en diferentes disciplinas.

Naeros continuó:

–Cuando lleguéis al distrito natal de Longinus, os encontraréis con vuestro guía, y luego os dirigiréis hacia el templo. Vuestra misión será inspeccionar el lugar en busca de posibles pistas sobre la identidad de los asaltantes, y proteger el templo hasta que enviemos una comisión de investigación de apoyo. ¿Alguna pregunta?

–No, señor –respondió Longinus levantándose de su asiento.

Sus dos compañeras se levantaron y le acompañaron hacia la puerta. Longinus les cedió gentilmente el paso, lo cual provocó una carcajada por parte de Patri.

–Estas cosas no me las sueles hacer, Longi. Voy a tener que preocuparme.

Justo cuando Longinus iba a salir por la puerta tras Lerín-san, una voz le frenó.

–Longinus –dijo Naeros con tono grave–. Recuerda: nada de fuego.

El shinigami miró fijamente a su capitán.

–Lo sé, capitán.

Y diciendo esto salió del despacho cerrando tras de sí.

Ailios se aproximó al capitán de la octava división y se apoyó en el escritorio.

–¿Crees que hacemos bien? –preguntó Naeros aún mirando la puerta cerrada.

–No lo sé, amigo mío –respondió el capitán de la primera división en tono acerado–. Pero ya sabes... lo que menos les conviene es saberlo todo.

Llevaban un rato esperando en aquella pequeña posada. Longinus no paraba de mirar hacia todos lados, recuperando viejos recuerdos de su tiempo en aquella zona. Patri y Lerín-san estaban sentadas en una de las mesas de local, degustando una bebida de dudosa procedencia.

–Sabes lo que significa el setenta y ocho¿verdad, Lerín-san? –preguntó Patri.

–¿Te refieres al número del distrito?

–Sí, claro.

–Por supuesto –respondió ella poniendo expresión de pensar–. El Rukongai está dividido en cuatro áreas, que a su vez están divididas en ochenta distritos. El número del distrito es directamente proporcional al índice de criminalidad de la zona.

Patri se maravilló ante la impecable explicación de su compañera.

–Vaya, eres toda una profesora.

–No, mujer, es que cuando perteneces a una familia noble te mandan aprenderte este tipo de cosas.

–Bueno, a lo que iba –Patri reordenó sus pensamientos–. Si el distrito setenta y ocho de esta área es donde Longinus se crió al llegar aquí, eso quiere decir que...

La expresión de Lerín-san tornó en incomprensión. Patri se rindió.

–¡Qué Longinus es un delincuente!

La muchedumbre que les rodeaba se volvió agitada hacia la shinigami. Patri les dirigió una hosca mirada y afirmó:

–Asuntos de los shinigamis, sigan circulando.

Cuando todo se hubo calmado, Longinus avanzó hacia su compañera y le dio un sonoro capón.

–Así que delincuente... Valiente mamarracha estás hecha. ¡Tú vivías en el distrito setenta del Rukongai norte!

Patri, que aún tenía las manos en la dolorida cabeza, le replicó:

–Pero yo soy una dulce chica que nada tiene que ver con un bruto como tú. Seguro que formabas parte de una banda. ¿Verdad, Lerín-sama?

Patri le dio un codazo de complicidad a su compañera para que siguiera la broma.

–Sí... sí... –dijo dubitativa la noble shinigami–. No me extrañaría que... nuestro guía formase parte de tu banda de delincuentes.

Ahí estaba. Había conseguido hacer un comentario ingenioso. Le había costado un poco, pero lo había conseguido. No estaba acostumbrada a este tipo de trato con la gente, pero, después de salir del estirado ambiente en el que se movía desde su infancia entre los miembros de la nobleza, obligada siempre a aparentar lo que no era, aquellos momentos en los que se sentía tan cercana a sus compañeros de misión eran como un soplo de aire fresco en su acomodada vida.

Sonrió a sus compañeros esperando el resultado de su broma. Pero éste no fue el que esperaba. Patri y Longinus miraban en su dirección, pero su expresión no era de hilaridad en absoluto, sino más bien de asombro.

–¿Qué pasa? –preguntó extrañada–. No siempre voy a estar callada sin decir nada... ¿no?

Entonces se dio cuenta de que sus miradas no iban dirigidas hacia ella, sino más bien un poco por encima de su hombro. Justo detrás de ella.

–Ya ha llegado el delincuente –dijo una voz a su espalda.

Lerín-san dio un respingo e inmediatamente su sonrojó. Se giró y se encontró ante un chico bajito de pelo negro enredado y ojos de color verde grisáceo. Llevaba un kimono gris azulado con rayas negras que recorrían las mangas. En el hombro derecho, los restos de hilo y tela irregular dejaban ver que aquella manga del kimono había sido arrancada.

Así que era eso lo que pasaba. Para una vez que intentaba hacer una broma y así integrarse en el grupo, iba y ocurría aquello. Desde luego, había sabido escoger las palabras exactas en el momento menos indicado.

El joven extendió la mano hacia ella.

–Me llaman M.

Lerín-san se inclinó y le hizo una reverencia como disculpa.

Entonces se vieron.

–Tenías que ser tú –dijo Longinus.

El recién llegado y el shinigami se lanzaron una mirada desafiante el uno al otro. Lerín-san y Patri se miraron entre sí sin comprender. El guía fue el primero en moverse, se lanzó hacia delante con gesto amenazante. El shinigami le fintó fácilmente y acto seguido le tumbó en el suelo de un golpe en la espalda.

–Nunca aprenderás, Moi –dijo Longinus al abatido guía–. Te he dicho mil veces que no ataques de frente así.

–¡Cállate! –dijo el chico desde el suelo–. ¡Algún día te daré tu merecido!

Longinus sonrió. Cogió del kimono al chico y lo alzó del suelo.

–¿Alguien me puede explicar qué está pasando aquí? –preguntó Patri.

Longinus y el chico recién levantado del suelo les miraron.

–Os presento a mi hermano pequeño Moi –dijo alegremente Longinus.

–¡No me llames eso! –replicó molesto el chico–. ¡Todo el mundo me llama M!

–¿Eme¡Eso es una letra, no un nombre! –se mofó el shinigami.

–¡Cállate!

M intentó golpear a su hermano, pero fue un acto tan infructuoso como su primer ataque. Longinus lo esquivó fácilmente.

–Encantada de conocerte, M-kun. Yo soy Lerín-san.

Aún se sentía avergonzada por el episodio que acababa de protagonizar hacía unos momentos.

–Y yo soy Patri. Encantada.

El joven saludó a ambas y se volvió a su hermano.

–Bueno, entonces ¿cuándo nos ponemos en marcha?

–Ahora mismo –dijo rotundamente Longinus.

–Más vale que llevéis provisiones –aconsejó M–. Llegar al templo nos va a llevar medio día.

–Genial –replicó Patri–. ¿Esto es lo que llama tu capitán un sitio cercano?

–Bueno, podría ser peor –sonrió Longinus–. Compremos provisiones y pongámonos rumbo al templo antes de que anochezca.

–Me parece bien –le apoyó Lerín-san.

Las miradas de ambos se cruzaron e, instintivamente, los dos la bajaron.

Patri observó la escena, pero no dijo nada. "Ya están otra vez", pensó para sí.

Había sido en vano. Se habían demorado tanto al conseguir las provisiones, que para cuando alcanzaron su destino ya se había hecho de noche. Unas nubes oscuras ocultaban la luna y amenazaban tormenta.

–¿De veras tenías que pasarte media hora negociando por esas manzanas? –rezongó Longinus.

–No te quejes¡ese tipo era un estafador¡Nos las quería vender por el doble de su precio! –replicó Patri.

–Chicos, calmaos –intervino Lerín-san.

–¿Y qué más da¡Nosotros no pagamos¡El dinero es de la división!

–¡Te dará igual a ti, pero soy yo luego la que tiene que dar cuenta de ello a mi capitán!

–En serio, no hace falta que os enfadéis por...

–¡Por el amor de Dios, sólo eran unas manzanas¡Si no te gustaba el precio podíamos haber comprado en otro sitio!

–¡No podía dejar que ese timador de tu distrito se saliera con la suya!

–De verdad, no es necesario que...

–¡Ajá¡Así que es eso¡Como es mi distrito entonces todo el mundo es un delincuente!

–¡Yo no he dicho eso!

–Esto...

–¡Pero lo estás pensando!

–¿Y qué si lo hago¡Tu distrito apesta!

–...

–¡Deberías dejar de mirar la paja en el ojo ajeno y mirar la viga que tienes en el tuyo¡Tu distrito tampoco es que fuera de la jet-set!

–¿Qué tienes que decir tú de mi distrito, imbécil?

–¡¿Queréis callaros de una vez?!

El grito de Lerín-san les pilló de improviso. Ambos shinigamis se callaron de golpe y se le quedaron mirando.

–Así está mucho mejor –dijo ella mientras su expresión volvía a tornarse tan serena como de costumbre–. Ya hemos llegado.

Miraron a su alrededor. A la poca luz que proporcionaban sus antorchas pudieron ver que se trataba de un templo de construcción muy antigua. Parecía más una pirámide truncada que un templo. Estaba enclavado en un valle protegido por un acantilado que le rodeaba casi por completo. El templo sólo era accesible por su cara sur.

–Será mejor que entremos –dijo M empujando una de las grandes puertas.

El grupo entró en una gran sala llena de columnas. Al fondo se podía distinguir una oquedad en la pared norte, y unas escaleras que descendían. M las señaló.

–La cosa esa está bajando por ahí.

–¿Dan directamente al sanctum sanctorum? –se extrañó Longinus.

–¿Lo qué? –respondió extrañado M.

–Que si esas escaleras dan directamente a donde está guardada la reliquia –repitió el shinigami.

–Ah, sí.

–Qué raro...

–¿Qué pasa? –preguntó Patri.

–Nada –respondió Longinus–. Pensaba que al ser algo tan importante al menos sería más difícil llegar a él.

–Ah, eso –replicó M–. Es muy fácil. Es por el escudo espiritual.

–Naeros-sama mencionó algo sobre él –intervino Lerín-san–. Está en los informes. Dicen que es bastante antiguo, puede que más que nuestro Seireiheki.

–Al menos es lo suficientemente poderoso como para impedir que entren esos shinigamis... o lo que sean –añadió rápidamente Patri.

–Sea como sea. No vamos a bajar –informó Longinus–. Nos quedaremos vigilando la entrada. Es el único acceso a la sala.

–Te equivocas –replicó Patri–. ¿Qué hay del agujero de esa pared?

La shinigami señaló la pared norte, donde se encontraba la oscura oquedad.

–Tengo entendido que ese agujero da a unas cuevas –explicó M.

–¿Unas cuevas?

–Sí, antes había una mina en esta montaña. Pero hace siglos que está agotada y se decidió cerrar todos los accesos de la montaña. Ese agujero se produjo por culpa de un corrimiento de tierra. Las tormentas en esta zona suelen ser bastante bárbaras.

Como queriendo apoyar tal afirmación, la habitación se iluminó durante un segundo, y pasados unos segundos se escuchó en la lejanía el retumbar de un trueno. Lerín-san, asustada, se aferró al brazo de Longinus. El shinigami se puso rígido al notar el contacto e hizo lo que pudo para evitar perder el equilibrio.

–Por lo que se ve, creo que será mejor esperar cerca de las escaleras –afirmó Patri, haciendo caso omiso de la cercana tormenta–. No quiero arriesgarme a un ataque sorpresa por la espalda.

–Va... vale –respondió Longinus conteniendo la respiración.

"Imbécil", pensó Patri.

Hacía una hora que la tormenta les había alcanzado. El fuerte viento azotaba la cara sur del templo, haciendo que las puertas no parasen de moverse. En aquel momento le tocaba hacer guardia a la serena Lerín-san. Pero en aquel momento no estaba tan serena. Había evitado advertir a sus compañeros la aversión que le tenía a la oscuridad. Por supuesto ellos no estaban a oscuras, tenían sus antorchar. Pero aquello no bastaba. Le daba reparo cada vez que pasaba su mirada por aquella enigmática oquedad. En ella veía aquella oscuridad a la que tanto temía. Era una fobia absurda, lo sabía, pero no podía evitarla.

Miró a Longinus, yacía a unos metros de ella. Observó cómo su pecho se hinchaba y encogía al compás de su inaudible respiración. Aquello la calmó, la distrajo lo suficiente como para no pensar en manos asesinas apareciendo desde lugares tenebrosos. Recordaba lo que él le había dicho cuando se enteró de aquel miedo suyo: "Lerín-chan, no hay nada que temer en la oscuridad. En la oscuridad sólo hay lo que estaba antes de que llegara ella. Si no era malo antes¿por qué lo iba a ser ahora?" Recordar aquellas palabras no le reconfortó del todo.

Algo interrumpió sus pensamientos. Creyó oír un ruido proveniente de la entrada. "Es sólo la lluvia golpeando las puertas", pensó. Se giró de nuevo hacia su compañero y volvió a escucharlo, esta vez más nítido. Alguien estaba golpeando la puerta.

Instintivamente se levantó y sus manos cogieron su zanpakutou. Volvieron a golpear la puerta. Miró a sus compañeros. Nadie se movía. Sin pensárselo dos veces se lanzó hacia Longinus.

–¿Qué cojones? –exclamó al ser despertado tan repentinamente–. ¡Lerín-san¿qué ocurre?

–Hay alguien en la puerta.

Longinus se levantó de un salto. Desenfundó su katana y se lanzó hacia la entrada. Cuando estaba a medio camino un rayo iluminó la sala y por el rabillo del ojo vislumbró algo. Se lanzó al suelo justo a tiempo de esquivar unas flechas de energía.

–¿Qué demonios?

Rodó por el suelo y miró a su alrededor. Lerín-san estaba siendo reducida por una figura oscura. Habían conseguido amordazarla y ahora intentaba zafarse de su atacante. A su lado había otra figura con los brazos en alto. Los brazos humeaban.

–Maldito rayo –se quejó la figura–. Si no hubiera sido por eso le habría dado de lleno.

Antes de que Longinus pudiera entender la situación una onda expansiva le derribó. Alzó los ojos intentando ver a través de la humareda que le rodeaba. Las puertas ya no estaban. Un nuevo rayo iluminó la figura que estaba de pie donde antes se encontrara la entrada. Era alguien bastante grande... y enmascarado.

Patri se despertó con el estruendo de la explosión, pero para entonces ya tenía a uno de los Enmascarados reduciéndola. Lo único que pudo hacer fue clamar el nombre de su compañero para que le auxiliara.

Pero Longinus no podía oírle. Los oídos aún le pitaban mientras intentaba esquivar las embestidas del recién llegado. Aquel shinigami de titánicas dimensiones se cubría la cara con una máscara muy parecida a la de un Hollow, pero su forma de luchar no tenía nada que ver con aquellas bestias infernales. Sus golpes eran precisos, y si no hubiera sido por el entrenamiento especial al que Naeros le había sometido, Longinus habría sido derrotado en pocos segundos. En lugar de eso, esperó el momento adecuado. Esquivando todos los golpes de su oponente encontró un hueco en su defensa y lo aprovechó. Esquivó el ataque del Enmascarado y le encajó una patada en su cuello de toro. Fue lo suficientemente fuerte como para hacer que perdiera el equilibrio y que Longinus le rematara con otra patada.

Con el titánico oponente derrotado se dirigió a sus compañeros. Lerín-san y Patri estaban atadas en el suelo. Se lanzó a ellas y cortó sus ataduras con el filo de la espada.

–¿Dónde están?

Patri, aún entumecida, le señaló las escaleras. Longinus no se lo pensó dos veces. Corrió hacia las escaleras y las bajó a toda velocidad. Las escaleras formaban una espiral descendente y sus escalones estaban bastante desgastados, por lo que tuvo que procurar no resbalar. Cuando llegó al final de ellas se encontró con otra sala, más grande que la principal, totalmente excavada en la montaña. En el centro de la misma predominaba una especie de altar, en el cual reposaba un objeto metálico que Longinus no podía distinguir desde tan lejos, pero que sabía que se trataba de la reliquia.

A unos metros de él se encontraban tres figuras. Dos de ellos llevaban los ropajes de luto de los shinigami y máscaras blancas. El tercero era su hermano.

–¡Moi, aléjate de ellos!

Pero su hermano no parecía oírle. M parecía tener la mirada perdida. Sin darle tiempo a reaccionar, el joven se adelantó hacia la zona interior de la sala. Por un momento todo se iluminó y el aire chisporroteó. M cayó fulminado al suelo mientras gritaba de dolor. Longinus intentó llamar a su hermano para que retrocediera, pero era inútil, el escudo empezó a emitir un ruido ensordecedor. Uno de los Enmascarados, cuya máscara tenía un prominente cuerno en la frente, se lanzó hacia el centro de la sala, mientras el otro permanecía con los brazos alzados hacia M. El shinigami enmascarado consiguió pasar al lado del joven sin ningún problema y llegó hasta la reliquia. Sin preámbulo se hizo con la bandeja metálica y una corriente de poder atravesó su cuerpo. Inmediatamente el escudo cayó y con él acabó la agonía de M.

–¡Ya es nuestra! –exclamó el enmascarado del cuerno alzando la reliquia.

–¡Vámonos! –le gritó su compañero.

Pero antes de que pudiera hacer nada más, un puño duro como el acero se hundió en su estómago. Longinus, llevado por la furia, empezó a golpear sin misericordia al enmascarado. Estaba tan cegado por la ira que no vio venir al otro enmascarado. Éste le derribó golpeándole con al empuñadura de la zanpakutou.

–Así que quieres jugar duro, insecto.

El tono de voz que salía de detrás de la máscara era el de alguien que se consideraba superior a su interlocutor.

–¡Coge al grandullón e iros¡Yo os alcanzaré! –ordenó el enmascarado del cuerno a su compañero.

El shinigami enmascarado se levantó como pudo y salió corriendo por las escaleras. Se encontró con Lerín-san y Patri que trataron de detenerle. El huidizo shinigami recitó un hechizo y de sus manos brotó un rayo azul. Ambas guerreras esquivaron el hadou (1), cosa que aprovechó el enmascarado para evadirse de ellas y alcanzar las escaleras.

–¡Yo que vosotras no le seguiría! –amenazó el enmascarado que se había quedado en la sala.

Al ver a los dos hermanos en el suelo, las dos se lanzaron a ellos. Antes de que Lerín-san llegara a Longinus, el shinigami rubio se levanto de un salto.

–¿Cómo está? –le gritó a Patri.

La morena shinigami le tomó el pulso al muchacho.

–¡Está vivo!

–Lerín-san, por favor, cuida de él –le pidió Longinus a su compañera mientras avanzaba hacia el enmascarado–. Este cabrón es hombre muerto.

–Oh, por favor, Longinus-san, por favor, no me mate –se mofó el enmascarado desde el centro de la sala–. Soy muy joven para morir.

–Maldito niñato mal parido. Vas a pagar lo que le has hecho a mi hermano.

Longinus embistió contra el enmascarado.

–Así que quieres venir a mí¿eh? –siguió burlándose el enmascarado–. Puedo ayudarte si quieres.

Entonces alzó la reliquia delante de él. Un ligero temblor de tierra fue el preludio a lo que se desencadenó a continuación. Delante del enmascarado apareció un punto negro que fue agrandándose en pocos segundos. Longinus notó cómo aquella abominable circunferencia de negrura empezaba a atraerle y detuvo su avance. Luchaba por no avanzar mientras veía cómo los adoquines del suelo empezaban a desprenderse y lanzarse a aquel agujero negro. Todo lo que engullía aquel agujero desaparecía a su contacto. Longinus aguantaba la tensión como podía pero notó cómo sus músculos empezaban a ceder. Si continuaba así sería lo próximo que atravesase aquella cosa. Observó la situación, como siempre hacía cuando se encontraba en peligro inminente. Se fijó en que el enmascarado mantenía abierto el agujero negro a costa de quedarse totalmente desprotegido. Tal vez aquella fuera la clave para derrotarle, si antes no era engullido por aquel círculo infernal.

Algo pasó rozándole un pie. Miró al suelo, cada vez menos adoquinado, y vio los ojos de terror de su hermano. Y entonces dejó de pensar y comenzó a actuar.

–¡Álzate desde la madre tierra, Muro de Fuego!

El suelo retumbó. Todo a su alrededor estalló en llamas y un gigantesco muro flamígero les rodeó. La presión desapareció dándoles un pequeño respiro. Entonces Longinus recordó las palabras de su maestro Naeros: Nada de fuego. Sabía que no debía usarlo, pero era lo único que se le ocurrió que podía salvarles. El punto fuerte de Longinus eran las artes demoníacas que implicaban el elemento fuego. Pero era un arma de doble filo. Longinus era incapaz de controlar el torrente de energía que provocaba al invocar aquella fuerza y normalmente acababa casi sin poder moverse ante tal gasto. Aquel muro de fuego no era una excepción. Había creado uno tan gigantesco que había conseguido proteger dentro de él a todos sus compañeros.

–Lerín-san –llamó Longinus–. Por favor, coge a mi hermano.

Ella se precipitó hacia el muchacho y lo levantó.

–Escúchame, Patri –continuó el shinigami cada vez más agotado–. No puede defenderse y atacar a la vez.

–¿Cómo? –preguntó Patri.

A veces Longinus hablaba empezando por el final, y por eso había que pedirle explicaciones.

–El enmascarado –repitió él impaciente–. Mientras usa la reliquia, baja la guardia y no puede moverse. Cuando abra el muro quiero que te fijes en su posición. Lo volveré a cerrar y podrás atacarle.

–Pero mi ataque se estrellará contra el muro.

–No, el muro es casi impenetrable desde fuera. Pero desde dentro se pueden lanzar ataques. Ya lo he hecho otras veces. Me lo enseñó Naeros.

–Entendido –dijo Patri preparándose.

–Ahora, juntaos un poco –añadió él.

–¿Para qué? –preguntó Lerín-san.

–Sólo hacedlo.

–Está bien... –accedió Lerín-san dudosa.

–Una cosa más –añadió Longinus a sus compañeras.

–¿Qué?

–Cuidaos mucho.

Sin darles tiempo a reaccionar el muro se abrió a su alrededor. Patri fijó su objetivo y... Longinus se giró hacia ella.

–¿Le tienes?

Ella asintió y preparó el ataque. La fuerza de atracción del agujero negro se volvió a sentir y empezó a arrastrarles. Longinus, al límite de sus fuerzas, alzó los brazos mientras aquella fuerza arrolladora le alzaba del suelo.

–¡Álzate desde la madre tierra, Muro de Fuego!

Lerín-san gritó el nombre de Longinus mientras le veía desaparecer tras el muro. Longinus sabía que no tenía energía suficiente como para crear otro muro que les protegiera a todos, así que creó uno lo suficientemente grande como para protegerles a ellos, pero no a él. A través de las llamas pudieron escuchar sus palabras:

–¡Ahora, Patri¡No podré aguantar el muro por más...!

Patri lanzó el ataque justo en el momento en que el muro caía. Una flecha de color negro brotó de sus dedos y, atravesando las llamas que empezaban a desmoronarse, impactó en la máscara del atacante.

El agujero negro desapareció. Y la sala empezó a colapsarse.

Lerín-san volvió a gritar el nombre de su compañero, pero no recibió respuesta. No estaba por ningún lado. Sólo estaban ellos y el enmascarado, pero ni rastro de Longinus.

El enmascarado, con media máscara rota y ensangrentada, se lanzó al suelo y cogió la reliquia. El techo empezaba a desprenderse y decidió que era un buen momento de huir. Ya se había divertido bastante.

Las chicas pensaron en detenerle, pero la necesidad de huir de allí y poner a salvo a M era más apremiante. Le cogieron entre las dos y comenzaron la ascensión. Antes de salir de la sala, Lerín-san echó un último vistazo. Él ya no estaba allí.


(1) Hechizo ofensivo. Kidou (Arte Demoníaca) usado para el ataque.