Capítulo XII: Entre rejas
Como la mañana se le había ido en la visita al capitán Ailios, Longinus decidió que visitaría al capitán Naeros después de comer. Como suponía que no encontraría a sus compañeras esperándole con los brazos abiertos en la octava división, acabó almorzando en el comedor de la primera división. Así los calabozos le pillarían más cerca.
Tras la comida dirigió sus pasos a la penitenciaría de la segunda división. Repentinamente volvió el dolor de sus sienes. "No, joder¿otro ataque ahora?", pensó. Se apartó del camino y se apoyó en una pared mientras esperaba que el dolor se mitigara. Empezaba a estar harto de aquella extraña dolencia que ni Lerín-san había conseguido explicar. El dolor remitió y se limpió el pequeño hilo de sangre que había brotado de su nariz. Nadie le había visto.
Cuando llegó a los calabozos comprobó que las cosas seguían muy animadas por allí. Sin pensárselo dos veces se dirigió al guardia que el día anterior había sido abordado por Patri.
–Necesito interrogar al capitán Naeros.
–¿Cómo dices? –dijo sorprendido el guardia.
–Que necesito interrogar al capitán Naeros –repitió Longinus.
–¿Y a mí qué? –repuso malhumorado el guardia.
–Me gustaría usar una de vuestras salas de interrogatorio para ello.
Longinus había pensado en aquella posibilidad. Interrogar a su capitán en la celda podía ser peligroso. Tenía que hacerle algunas preguntas delicadas que no quería que fueran oídas por nadie más. Incluso por sus compañeros. No sabía cómo reaccionarían si supieran que su capitán guardaba una de las reliquias en su propio despacho.
–Pues espera sentado, chaval –fue la respuesta de aquel personaje que parecía todo un dechado de amabilidad.
–Venga, tío, si sólo será un momento –intentó Longinus sin éxito.
–¡Déjame en paz!
El guardia empujó a Longinus para que se hiciera a un lado, de manera que impactó en el cuerpo de un shinigami que pasaba por allí. Longinus se giró para pedirle perdón y se encontró de frente con un viejo conocido.
–Joder, tenías que ser tú, Longi –se quejó Poke.
–Mierda, Poke, siempre en medio –respondió el alto shinigami– ¿Qué haces aquí?
–A ti qué te importa.
–Pues también es verdad.
–¿Y tú qué haces aquí?
La pregunta pilló desprevenido a Longinus, que esperaba haber zanjado la conversación con Poke.
–Pues... esperar que este señor tan amable –y recalcó bien esas últimas palabras– me deje hablar con mi capitán en una sala de interrogatorios.
Poke le miró condescendientemente y luego sonrió. Era una expresión de triunfo inconfundible en él. Se acercó al guardia y le susurró algo al oído. Éste se cuadró y se dirigió a Longinus, que les había observado sin comprender.
–Está bien. Te dejaremos una de las salas. Pero tendrás que esperar un rato.
Diciendo esto, el guardia se alejó y salió por una puerta. Longinus se acercó a Poke sorprendido.
–¿Qué coño le has dicho, tapón?
–Un poco de respeto, enano mental –respondió Poke–. Si no fuera por mí no podrías hablar con tu capitanucho.
Poke estaba esperando la próxima impertinencia de aquel gigante, o en todo caso, su réplica en puñetazos. Esta vez estaba alerta para poder fintarle y darle su merecido. Quería quedar por encima de él a toda costa: primero, consiguiendo algo que él no podía, y segundo, dejándole en ridículo. Pero en lugar de todo eso Longinus sonrió y alzando un pulgar dijo:
–¡Te has portado, peque!
–¿Qué¡No me llames peque, cacho de cabrón!
Longinus prorrumpió en carcajadas.
–No sé cómo lo has hecho, pero me has salvado el culo. Muchas gracias, tío.
Poke se tranquilizó.
–No ha sido nada. ¿No ves que yo pertenecía a esta división antes de irme a la de Mizu?
–Ah, claro –respondió automáticamente Longinus. Después repuso:–. Pero eso no justifica nada. El tío se ha ido cagando leches.
–Eso es porque no entiendes los rigurosos protocolos que usamos en esta división. Hay que saber pedir las cosas, idiota.
Longinus se le quedó mirando poco convencido. Pero decidió no meterse donde no le llamaban, al fin y al cabo, había conseguido lo que quería gracias a Poke. Le dio una fuerte palmada en la espalda y se alejo dándole las gracias. Poke se quedó observando cómo se alejaba a la vez que se masajeaba la zona donde Longinus le había propinado tan amistosa palmada.
–Será cabrón, pues no me ha dejado el hombro dormido...
–Ese maldito pervertido... –mascullaba Patri mientras avanzaba por la vía junto a sus otras dos compañeras.
–Vamos, Patri, ya os oído a Lerín-san –trató de calmarle Aira–. Al entrar él aún estaba dormido. No tenía intención de hacerte nada.
–Además... –añadió Yuki-san–. Seguro que te ha gustado que te cogiera...
–¿Qué dices? –le gritó Patri–. ¡Antes muerta!
Yuki-san rió divertida ante la exacerbada reacción de la shinigami de la quinta división.
–Aunque puede que, al irnos así, Longi se haya pensado lo que no es... –pensó Aira en voz alta–. A lo mejor se piensa que nos hemos enfadado con él y que le hemos dejado tirado...
–Ay, mi querida Ai-chan, pero qué buenaza que eres –dijo sonriente Yuki-san–. ¡No es tan malo que un hombre sufra para variar!
Las tres rieron aquella ocurrencia. Habían llegado a la encrucijada donde se tenían que separar para llegar a sus respectivas divisiones.
–Espero que demos con algo de provecho, pero sin llevarnos sorpresas –deseó Aira.
–Sí –corroboró Yuki-san–. No quiero ni un encuentro más con esos Enmascarados.
Mientras esperaba que le avisaran Longinus decidió visitar un poco a sus compañeros. La primera celda a la que se acercó fue a la de Dorian, que tenía un aspecto deplorable. La barba empezaba a sombrear su cara y tenía ojeras.
–Ey, Dorian¿cómo te va?
–¡Longi, menos mal que has venido! –exclamó Dorian–. ¡Tienes que hacer algo!
–¿Qué ocurre?
–Son mis chicas... –dijo atropelladamente Dorian–. ¡No sé nada de ellas!
–¿Qué chicas, Dorian? –dijo alucinando Longinus. No tenía constancia de que Dorian tuviera un harén particular escondido.
–Las de la DMC, idiota.
Longinus comprendió entonces. Dorian, en calidad de capitán de la "secreta" DMC, llamaba a sus subordinadas femeninas por el apelativo "sus chicas".
–Mandé a unas cuantas a investigar todo este asunto –continuó el defenestrado shinigami–. Tenían que haber venido a informarme esta mañana, pero no ha venido ninguna. Me temo lo peor, Longi.
–No te preocupes, Dorian –trató Longinus de tranquilizarle–. Seguramente sea porque se han encontrado con algún chico guapo y no han podido evitar la tentación de cortejarle...
Conocidas por todos eran las actividades de la no tan secreta DMC. Sus miembros tenían cierta afinidad por las personas del sexo contrario de buen parecer, no había mejor misión que aquella que te llevara a disfrutar de la belleza de una hermosa dama, o, en el caso de las féminas de la DMC, de un bello efebo.
–Es posible... es posible –caviló Dorian–. Pero es que... se siente uno tan sólo en estas celdas... Sin el calor de una mujer...
Longinus rió ante aquella expresión. Desde luego, Dorian, por muy mal que se encontrara, no podía dejar de pensar en las mujeres, era verdaderamente merecedor del rango de capitán de la DMC.
Se despidió de él para continuar la visita. Cuando pasó cerca de una de las celdas alguien le agarró del kimono y le atrajo hacia sí.
–¡Longi, tío, ayúdame!
Longinus se giró para ver que la imploración venía de su compañero Rabsal.
–¿Qué pasa?
–Tío, esta gente no tiene ni puta idea de literatura –se explicó Rabsal–. Aquí no tienen más que bazofia. ¿Podrías hacerme el favor de traerme algo de Pratchett (1) la próxima vez que te pases por aquí?
–Claro, tío, no hay problema –afirmó Longinus.
Rabsal era bastante asiduo a la biblioteca, por eso Longinus le conocía bien. Habían compartido la afición por la buena literatura de Terry Pratchett y por eso se apuntó mentalmente el encargo. Podían pasar calamidades, pero dejar a un fan del Hombre del Sombrero sin su ración de literatura era una verdadera maldad.
En una de las celdas había alguien gritando que le liberasen. Antes de que Longinus llegará a acercarse empezó a escuchar los aullidos:
–¡Tú, traidor, por tu culpa estamos aquí metidos!
Al joven le pilló por sorpresa aquella aseveración, así que se acercó rápidamente. La acusadora era Záresh.
–Pero ¿qué estás diciendo?
–Lo que oyes, cochino traidor –exclamó ella–. ¿Por qué estás tú fuera y yo enjaulada?
–El capitán Ailios me consiguió un indulto por la temporada que pasé desaparecido...
–¡Yo también he estado desaparecida! –le interrumpió ella gritando.
–Ya... sólo que yo puedo explicar dónde estuve y con quién y en tu caso...
–¡Mis escapadas al mundo humano son de mi incumbencia y de nadie más! –gritó aún más fuerte la encarcelada.
–¿Ves? Si no les das motivos para que puedan dejarte fuera ¿cómo quieres que te indulten.
–¡No me vengas con lógicas tontas! No me mola nada estar aquí encerrada. Yo soy como un ave¡necesito volar libre!
"Lo que necesitas es una buena tila", pensó Longinus para sí mismo.
–Bueno, no la pagues conmigo, Záresh. Que no he sido yo el que te ha encerrado.
Záresh murmuró una contestación que Longinus no pudo escuchar. Parecía que la shinigami había dado la conversación por acabada. "Pobre", pensó él, "está tan acostumbrada a salirse siempre con la suya que esta situación la está matando... en el sentido espiritual de la palabra, claro".
La siguiente celda estaba ocupada por Cloud y Andrés. Ambos parecían estar un poco nerviosos.
–Chicos¿qué os pasa? –preguntó Longinus.
–Uff, Longi, qué mal –empezó Cloud–. A ver si nos sacas de aquí porque esto está empezando a ser bastante bizarro.
–¿Bizarro¿Quieres decir esplendoroso? –preguntó Longinus divertido. Al ver que sus compañeros no entendía la broma, explicó:–. La palabra bizarro significa eso. De hecho hay una obra de teatro que se llama algo así como "Las bizarrías de doña nosequé" y el título se refiere a sus... –acompañó la frase con un movimiento de manos que marcaban la zona donde debía haber un pecho femenino–. Es fácil confundirse con la palabra inglesa "bizarre" cuya traducción es "raro".
Ambos le miraron con cara de circunstancia.
–Bueno, Longi, rayadas mentales aparte... Esto no es raro¡es una calamidad! –apostilló Andrés.
–¿Por qué, qué os han hecho?
–Nos han puesto en celdas compartidas y algunos no son de nuestra división –comenzó a explicar Cloud.
–Sí, ayer me di cuenta de eso –afirmó Longinus–. No hay calabozos suficientes para toda nuestra división.
–Ya ves –dijo Cloud–. Lo peor es que tenemos algunos compañeros de celda que están empeñados en que les recojamos las pastillas de jabón en las duchas. No sé si me entiendes...
Longinus les miró de hito en hito.
–Vamos, no jodas... ¿en serio?
–Lo que te digo, Longi –afirmó Cloud–. Yo no tengo nada en contra de esas cosas, pero ¡que no me toquen los cojones!
–Longi, tienes que sacarnos de aquí –suplicó Andrés–. No quiero que me dejen el culo hecho un colador.
–Bueno, tíos, no os preocupéis –trató de tranquilizarles–. Haré todo lo que esté en mi mano para que salgáis pronto.
Longinus no sabía qué podría hacer para conseguirlo, pero no podía faltar a su promesa. Cloud y Andrés parecían verdaderamente preocupados. Seguramente alguien quería convertirlos en sus novias. No sabía que en las cárceles del Seireitei se diera aquel estereotipo.
–Oye, por cierto¿cuál es la celda de la fukutaicho? –preguntó Longinus.
–Es la del fondo del pasillo, la de la derecha –le dirigió Andrés.
–Gracias, tíos –se despidió el shinigami–. Por ahora seguid defendiéndoos como podáis.
–Eso haremos¡pero no te olvides de nosotros! –exclamó Cloud.
Longinus avanzó a la última celda. Se encontró con un solitario cuarto en el que había alguien envuelto en sus ropas sobre una cama. Cuando Longinus se acercó, aquella persona alzó la vista y el shinigami pudo comprobar que se trataba de su fukutaicho.
–¡Nae-chan, tienes un aspecto horrible!
–Muchas gracias, Longi –repuso la subcapitana en tono ácido–. Eres un amor.
–¿Estás bien¿Qué te han hecho? –se preocupó el rubio shinigami.
–Nada que pueda hacerme mella.
–Pues estás hecha un cisco.
–No es para tanto.
Longinus echó una mirada a su subcapitana. Para él era como su jefa directa. Siempre había estado a sus órdenes durante el trabajo en la biblioteca de la división. Incluso había sido ella la que le había hecho, como regalo por haber aprobado el examen de shinigami, la camiseta sin mangas que portaba siempre. Siempre estricta con las normas, y regañándole por cualquier falta, Longinus sabía que en el fondo era muy buena y que se preocupaba mucho por ellos. Casi incluso tanto como se preocupaba por el capitán de la división, al cual a veces parecía unirle algo más que una relación de subordinación.
–Voy a ir a hablar ahora con el capitán¿quieres que le diga algo? –se ofreció solícito Longinus.
–No hace falta. Él sabe que estoy bien.
Longinus sonrió.
–Como desees, jefa.
Longinus se alejó de la celda cuando escuchó que Naerys decía algo en voz baja.
–Como le hayan puesto un dedo encima juro que les mataré.
Longinus volvió a sonreír para sus adentros. Sabía que aquel juramento no sería en balde. Lo que Nae-chan prometía lo cumplía.
Así fue como le encontró el guardia que le llevaba un rato buscando para conducirle a la sala de interrogatorios.
Longinus se dejó guiar hasta la reducida sala blanca donde Naeros esperaba sentado frente a una pequeña mesa de madera, donde apoyaba las manos con grilletes. Longinus ocupó el asiento colocado enfrente del capitán, mientras el guardia se apostaba en la puerta.
–Hola, capitán, tiene buen aspecto –saludó jovialmente Longinus.
–Hombre, Longinus, pensé que nunca ibas a venir a saludarme –le devolvió Naeros el saludo.
–Digamos, que he estado un pelín ocupado últimamente.
–Eso espero...
–Como ya sabrá, capitán, estoy investigando el asunto de la traición para el capitán Ailios.
Mientras hablaba, Longinus no paraba de mirar de reojo a guardia. Tenía que encontrar alguna manera de echarle de la sala.
–De eso me informó él ayer. Creo que se armó una buena en el Consejo cuando explicó por qué tú no serías detenido.
–Se lo agradezco de veras –respondió Longinus–. Ahora vayamos a temas más importantes... Como por ejemplo su salud. La subcapitana Naerys está preocupada por usted...
De repente Longinus se llevó las manos a la cabeza. Otra vez uno de esos ataques. Un hilo de sangre empezó a manar de su nariz.
–¡Guardia, este chico está sangrando¡Rápido, traiga a alguien de la cuarta división o a algún curandero!
El guardia dudó en actuar. Se acercó a Longinus y comprobó que algo le pasaba. Después, ante la furiosa mirada del capitán Naeros, decidió que era más urgente salvar la vida de aquel desconocido que luego enfrentarse a un interrogatorio acerca de la extraña muerte de un shinigami de la octava división. Cerró tras él la puerta y salió corriendo. Momento en el cual el dolor remitió.
–¡Bravo, Longinus! –exclamó Naeros–. Estoy sorprendido, has conseguido que se vaya.
–Me temo, capitán –repuso Longinus limpiándose la sangre–. Que esto ha sido puramente fortuito. No es gracias a mi maestría.
–Bueno, aún así hemos conseguido algo de intimidad. Recuerda que la suerte es una cualidad más de un buen shinigami.
Longinus se levantó de la silla y se acercó a su capitán. Aunque estuvieran a solas seguía sintiéndose observado.
–Capitán, intentaron robar una reliquia que estaba en vuestro despacho...
–¿Lo consiguieron? –preguntó en voz baja el capitán.
–No, señor, se lo impedimos y ahora...
–No me des más explicaciones, Longi –dijo severo el capitán–. Debes mantenerla en lugar seguro y que nadie sepa dónde la escondes.
–¿Por qué, capitán¿Qué ocurre con esas reliquias?
–No lo sé muy bien. Existen leyendas sobre ellas, quizá deberías consultar a los shinigamis más mayores, que seguramente sabrán más del tema. El caso es que sospecho que estamos en esta situación por culpa de esas reliquias.
–¿Por qué tenía usted una en su despacho, capitán?
Longinus no podía esperar más para hacerle aquella pregunta. Desde que la encontraron era una cuestión que le estaba devorando el alma por dentro. Naeros le observo y comprendió la gravedad del tema.
–Conseguí salvarla de un pequeño templete en el Rukongai Este –afirmó el capitán–. Cuando comprendí lo que estaban haciendo esos Enmascarados, mandé en secreto a Nae-chan para que la recuperara de ese templo. Supongo que así retrasé sus planes y por eso se han puesto tan nerviosos como para dejarnos fuera de juego y así conseguirla.
–¿Es la última?
–Realmente no lo sé. Si lo es... debes mantenerla escondida tanto como sea posible. Creo que encierran un poder terrible, pero no puedo estar seguro de qué tipo de poder. Mientras estuvo en mi despacho a veces escuchaba susurros, como si aquel trozo de tela me llamase...
A Longinus le sorprendió aquella confesión por parte de su capitán, por el cual siempre había sentido una gran veneración. ¿El gran capitán Naeros escuchando voces de ultratumba? Se le antojaba más como una de esas historias de miedo que se cuentan a los niños a la luz de las velas.
–Creo que deberías empezar por ir al templo del Tíbet...
Longinus no entendió aquella afirmación, así que Naeros se lo explicó.
–¿Recuerdas que al día siguiente de nuestra detención teníamos programada una investigación?
Longinus trató de hacer memoria ¿por qué se le hacía tan difícil recordar hechos tan cercanos en el tiempo? Entonces se acordó. Había discutido con Naerys porque al día siguiente tenían que levantarse temprano para ir a un templo en el Tíbet donde había ocurrido un altercado con los Enmascarados.
Longinus meditó unos segundos. Sí, quizá debiera empezar por allí. A lo mejor encontraba alguna pista que le llevara a los Enmascarados. En ese momento llegó el guardia acompañado de un miembro de la cuarta división.
–¿Por qué habéis tardado tanto? –se quejó Naeros–. ¡Quién sabe lo que podía haberle ocurrido!
El guardia no respondió nada. El curandero se acercó a Longinus y le examinó. Tras esto determinó que fuera lo que fuese lo que había pasado ya no quedaba ningún indicio. Longinus se incorporó y le guiñó un ojo a Naeros mientras decía:
–Bueno, creo que eso es todo por ahora, capitán.
El guardia, mosqueado por haberse perdido el interrogatorio, le dejó salir malhumorado.
Longinus se alejó de aquel lugar con una idea clara en su mente. Su siguiente meta era ir al Tíbet.
La figura se separó de la pared dejando ver que donde se había apoyado había un pequeño agujero.
–¿Cómo ha ido todo? –preguntó una voz proveniente de la oscuridad.
–Mejor de lo que esperábamos, Sensei –dijo la figura–. Su plan va tal y como anunció.
Un ruido alertó a ambos y les hizo alzar la mirada. Sobre sus cabezas apareció un niño cuyo rostro estaba mancillado por una cicatriz.
–Así que el peón sigue moviéndose.
–¿Qué haces aquí, Soujiro? –preguntó la figura–. Se supone que tienes que prepararte para la misión.
–Vale, vale –les interrumpió el niño–. Siempre igual. Los mayores no tenéis nunca tiempo de divertiros...
–¡Soujiro! –exclamó la voz en la sombra.
No hizo falta más palabras. El niño, que había estado apoyado en una barandilla por encima de ellos, dio un respingo y desapareció tal y como había llegado. Aquella voz lo decía todo con una palabra y no admitía réplicas.
Longinus revisaba frenéticamente el informe de la misión. Tenía la localización exacta del lugar, ahora sólo le faltaba ver qué era lo que había pasado. Se maldijo por ser tan irresponsable y no haberse leído antes aquel informe. Le habría ahorrado mucho tiempo.
Según los datos, una extraña emanación de energía espiritual había perturbado la zona de aquel templo en el Tíbet, una zona del mundo de los humanos. Aquella perturbación, percibida en forma de una resonancia energética en el mundo espiritual, había llamado la atención de los técnicos de la duodécima división. El joven shinigami Soki se había encargado de aportar los datos técnicos para que una pequeña expedición se acercase al lugar a inspeccionar la zona. Cual sería la sorpresa del grupo al encontrarse con un par de Enmascarados que ya habían acudido al lugar. El enfrentamiento fue inevitable, y algunos shinigamis cayeron malheridos antes de que los Enmascarados se replegaran. Tras la lucha se decidió quiénes volverían al Seireitei con los heridos para informar de la situación, y quiénes se quedarían a proteger el templo. La situación era la siguiente: las perturbaciones habían dejado de emitirse desde el templo, por lo que estaba claro que fuera lo que fuese lo que las producía, ya no estaba allí. Y ahí acababa el informe. Se había encomendado a la octava división la inspección del templo debido a que la investigación de los Enmascarados era de su jurisdicción.
–Vaya, así que aquí estabas –dijo una voz femenina.
Longinus se giró y se encontró con sus compañeras de investigación al completo.
–¿Qué... qué hacéis aquí? –preguntó Longinus sorprendido–. ¿No estabais enfadadas conmigo?
–Pero¿qué dices, Longi? –respondió Yuki-san–. ¿Desde cuando?
–Pues desde lo de esta mañana...
–Anda¿todavía estás con eso? –sonrió Yuki.
–Os dije que lo iba a malinterpretar –sentenció Aira.
–¿Qué está pasando aquí? –dijo Longinus.
–Pues no gran cosa –replicó decepcionada Patri–. Nos hemos pasado el día pateando el Seireitei y no tenemos nada nuevo.
–Al menos no hemos tenido encuentros con Enmascarados –afirmó Aira.
–Yo tampoco he podido encontrar nada nuevo –aclaró Lerín-san que hasta el momento no había dicho nada–. ¿Y tú, Longinus-san?
Longinus esta feliz. Parecía que al fin y al cabo no estaban enfadadas con él. Ni siquiera la adorable Lerín-san.
–Pues yo... creo que tengo algo –anunció con una sonrisa en los labios.
El mundo volvía a girar.
(1) Terry Pratchett, autor británico de, entre otras, la saga literaria de Mundodisco.
