Hola a mis adorados seguidores, he vuelto luego del mayor bloqueo de escritora de mi vida. Y sin más por el momento comenzamos.


En la casa de estudios de Tokyo existe el recopilado de escritos antiguos de mayor tamaño en todo Japón, eruditos de todos los rincones del país y de más allá se reúnen con el único deseo de obtener conocimiento y un mayor acercamiento a Buda.

A principios de otoño, un joven de facciones finas, muy delgado comenzó a aparecer allí. Llegaba muy temprano, antes que todos y se iba hasta muy tarde. El muchacho revisaba muchos manuscritos y tomaba notas, de vez en cuando, algún anciano se le acercaba cuando parecía que no encontraba lo que buscaba, intercambiaban algunas palabras e incluso le mostraba algún viejo pergamino y entonces el chico seguía con su estudio.

Una noche, el joven le hallaba tan concentrado en su estudio que no notó como la vela, que utilizaba para leer a esas altas horas, comenzaba a consumirse por completo hasta que finalmente se apagó.

El muchacho levantó la mirada y cerró el pergamino, la luna creciente brillaba como pocas veces acompañada de miles de estrellas; se levantó y se acercó a la hermosa terraza desde donde podían admirarse los bellísimos jardines, el invierno estaba avanzado y una blanca cama de nieve lo cubría todo dándole un aspecto completamente puro. Allí, entre la nieve, la delicada figura de una mujer de cabellos blancos caminaba, o más bien pareciera flotar, sin dejar huella alguna hacia la biblioteca.

El joven salió al encuentro de la dama y cuando estuvieron frente a frente, ella dijo con una hermosa pero fría voz.

- Creí que sería ella o el sentimental de mi hijo a quien iba a encontrar aquí – el joven, que había reconocido a la hermosa criatura, hizo una curiosa reverencia antes de comenzar a hablar.

- Ninguno sospecha siquiera lo que yo estoy buscando.

- ¿Y para qué quieres saberlo? – Preguntó Irasue, porque era la hermosa pero terrible madre de Sesshomaru quien se había aparecido en medio de los jardines de esa casa de estudios en Tokyo.

- Necesito comprender por ella, debo saber qué le ocurrirá a Rin.

- Ni yo puedo decirte con seguridad qué le ocurrirá a esa niña. Mi hijo la trajo de la muerte y después yo lo hice… ¿Qué resultará cuando ambos se unan? Es tan difícil de predecir como lo que te ocurrió a ti.

- Pero entonces sí ocurre algo… no son solo figuraciones mías.

- Ocurre, pero en esos supersticiosos escritos es muy poco lo que puedes hallar – un suspiro de desesperación salió de los labios del estudiante.

- Entonces, ¿hay más?

- Solo lo que yo pueda darte si vienes…

Nunca más se volvió a saber del joven estudiante en esa casa de Tokyo, algunos decían que había enloquecido, otros que había abandonado, pero solo unos pocos intuyeron la verdad: que el joven había encontrado exactamente lo que había venido a buscar.


Algunos meses después, al año siguiente, en una cálida tarde de verano en Kyoto, una joven geisha se paseaba nerviosa por su habitación; aún vivía junto a su hermana mayor en una hermosa casa además de ser ambas dueñas de la más próspera casa de té en la ciudad. Desde hacía un tiempo había algo, o más bien la falta de ello, que la tenía nerviosa e inquieta, esa tarde había decidido ir a ver a su hermana y hablar con ella.

- Loto, creo que estoy embarazada – la aludida que ahora afinaba su shamisen levantó sus profundos ojos corroborando lo que ya había sospechado mientras Rin continuaba – tuve cuidado, tomé lo que me dijiste pero…

- Un inukai es más fuerte que cualquier remedio humano – respondió Loto con una sonrisa de satisfacción.

- ¿Qué voy a hacer? – Dijo Rin con desesperación – él no va a quererlo, nunca querrá un hijo mío.

- Jamás pienses eso Aiaru – Loto se puso de pie y se acercó a su hermana, los ojos de la joven brillaban al igual que su cabello lo que la hacía verse especialmente hermosa en el kimono de tonos verdes y plateados que representaban un bosque de bambú. Casi lamento la serie de acciones que se iban a desencadenar en ese momento y que privarían al yokai de ver a su preciosa mujer.

- Sesshomaru amará a su hijo, de eso yo me voy a encargar, pero por ahora deberás confiar en mí.

Al decir esto tomó la mano de Rin y la llevó consigo a la salita de té, una vez allí retiró la bellísima mesa donde un nuevo lirio con una flor de loto en el centro florecían en el agua y extrajo una tabla del tatami del piso, sacó de este lugar un hermoso cofre el cual dejó ver increíbles joyas en su interior.

- Son hermosas – dijo Rin sin poder contenerse.

- Son muy preciadas para mí – decía mientras tomaba una pequeña cajita en madera de bambú – y lo que hay en el interior de este cofre es para ti, es algo que se atesorarás más que nada en este mundo.

Al abrirlo Rin observó curiosa 3 hebras de plata dentro del cofre preguntándose cómo había sido posible trabajar ese material de manera tan fina, entonces cayó en cuenta qué eran esos hilos en realidad.

- ¡Cabellos! – Dijo sorprendida - ¡Cabellos de Sesshomaru! ¿Pero cómo?

- Con algo de trabajo… ahora suelta tu cabello porque debo trenzarlos en él.

- ¿Por qué?

- Deberás confiar, luego debemos hacer un viaje.

- Pero…

- Es momento de desaparecer…

Mientras los cabellos de plata se iban mezclando con los de ébano de Rin, se iban fusionando de tal manera que una delgada y hermosa trenza de un suave y brillante lila surgía como parte del mismo cabello de la sorprendida geisha, que observaba asombrada mientras su hermana mayor susurraba palabras incomprensibles.

- Listo Aiaru – dijo al terminar. La chica tomó entre sus dedos la delicada trenza intrigada de su textura como seda y su bellísimo color.

- Es hermosa – dijo al tiempo que comenzó a sentir un cambio en ella, más profundo que cuando Sesshomaru la volvió a la vida la primera vez cuando niña, más intenso que la noche en que se había unido a él: era como si su propia alma se hubiera unido a otra, lejos en el castillo del oeste. Además, sintió también como algo dentro de ella comenzara a moverse con mayor velocidad sin estar segura de lo que era.

Al día siguiente, ambas geishas ya no se encontraban en Kyoto, el hogar de ambas había sido cerrado con llave y la casa de té había sido encargada a una amiga de confianza de Loto; no había rastro de ellas por ningún lado…


Se había demorado más de lo que hubiera deseado, siete meses era demasiado tiempo para contener a un grupo de demonios rebeldes que querían obtener sus tierras. Pero luego por una o por otra cosa no podía volver, algo dependía de su atención. Casi con desesperación volaba a esa casa, quería verla, sentirla, abrazarla y hacerla suya una vez más; una vez aceptados sus deseos no había nada que le hiciera detenerse.

Pero había algo extraño en el ambiente, o más bien la falta de algo: su aroma; no encontraba el aroma de Rin por ninguna parte mientras se acercaba a la casa de Loto, ahora que lo discernía, tampoco podía percibir el aroma de la odiosa geisha. Algo no estaba bien.

Al llegar al jardín fue cuando comenzó a preocuparse, la casa aunque aún se hallaba en buen estado no parecía estar habitada, no se veía movimiento por ningún lado, las habitaciones de las sirvientas se encontraban cerradas y los delicados muebles que Loto tenía en el recibidor no estaban. Subió aprisa al segundo piso y ahí encontró todo vacío, no había absolutamente nada en las habitaciones ni en la salita de té, no se hallaba la ridícula mesa con la flor viva de la geisha, ellas no estaban.

La casa de té aún estaba en funcionamiento pero no se sabía nada de las dos geishas, solo que habían mencionado que irían al norte a pasar el verano en unos baños de aguas termales, pero todavía no habían vuelto a casa, mientras tanto habían encargado su negocio a una amiga.

Desesperado voló al norte, buscando cualquier referencia de ellas, un dejo de aroma en el aire, cualquier cosa que le dijera dónde estaban pero no lo encontraba, incluso intentó buscarlas en la hacienda del danna de Loto pero ellas no estaban. Durante dos meses enteros se dedicó a recorrer por completo el país y no las encontró.

"Maldita Loto, ¿ahora a dónde te la llevaste?" Pensaba constantemente entre rabia y desesperación; el mundo era enorme y comenzaba a descubrir que los recursos de ella eran ilimitados y habían salido de Kyoto muchos meses antes de que él volviera. A pesar de que constantemente su corazón le pedía volver y sentía inquieto no lo había hecho y ahora ellas no estaban, todo parecía como un rompecabezas donde había solo una pieza que no encontraba, al hallarla debía comprender todo.

Finalmente se dio por vencido y decidió optar por la única opción viable: preguntar a la única persona que estaba seguro le dirían dónde se hallaban: Irasue.

Su madre seguramente sabría dónde estaban y qué era lo que sucedía y, aunque detestaba admitirlo, era la única a quien podía acudir en ese momento.


Mientras se acercaba al templo donde su madre vivía, el aroma que tanto añoraba finalmente le llegó. ¡Flores silvestres! Rin estaba con su madre pero… ¿por qué? ¿Y por qué su aroma se mezclaba con el de su sangre? Porque también le olía a sangre, sangre de ella. Se apresuró a llegar a toda velocidad directamente con su madre.

- ¿Dónde está? – Preguntó Sesshomaru a Irasue en el instante que tocó tierra.

- Vaya la geisha realmente es hábil – respondió ésta de manera burlona – dijo que llegarías hoy y mira, aquí estas.

- Madre, me queda muy poco de mi cordura, dime dónde se encuentra Rin.

- ¿Rin? Ah te refieres a Aiaru, está aquí.

- Ya sé que está aquí, dime en qué parte de tu palacio se encuentra.

- ¿Quieres que recorra todo mi palacio para mostrarte dónde está esa dulce geisha? Por mucho que la aprecie no soy una sirvienta hijo. Creo que puedes esperar a que venga Loto, ella con gusto te llevará a ver a tu geisha.

El aroma a sangre seguía invadiéndolo y desesperándolo, caminaba de un lado a otro de la habitación mientras su madre veía con diversión a su hijo totalmente desesperado.

- Realmente te has enamorado de esa mujer ¿no es cierto?

- No sé de qué hablas madre.

- Estás enamorado de Aiaru, la pequeña Rin que hace tiempo reviviste y llevaste contigo durante toda la guerra; luego la fuiste a dejar con la anciana, ella escapó y te encontró; finalmente la dejaste con Loto quien la volvió la geisha más impresionante que he visto en mi vida… y eso es mucho decir.

- ¿Cómo conoces a…? – En ese instante se detuvo un momento, estaba tan alterado por el aroma de la sangre de Rin que no había notado que el de Loto se acercaba, peor aún, la esencia a sándalo de esa odiosa geisha estaba mezclada con el olor a sangre de su pequeña.

Finalmente, Loto apareció, nunca la había visto así: los lujosos kimonos que siempre portaba habían sido sustituidos por una sencilla yukata de algodón en color rosa, el hermoso peinado que siempre llevaba en su cabello había desaparecido, lo llevaba suelto, flotando alrededor de ella y llevaba además un mandil que en algún momento fue blanco, ahora se hallaba bañado en sangre, la sangre de Rin.


No desesperen, todo se aclarará muy pronto...